Kokoro (Final)

Natsume Sōseki

 

 

 

51

DE REGRESO A CASA, después del funeral, un amigo me preguntó la razón por la que K se había suicidado. Esa era, precisamente, la pregunta que me hacía sin descanso desde el día de la tragedia. Y la pregunta que se hacían Okusan, su hija, el padre de K, su hermano, todos nuestros conocidos, incluso los periodistas que cubrieron la noticia y a los que no conocía de nada. Y cada vez que alguien preguntaba en voz alta por las razones de la muerte de K, yo sentía una punzada en mi interior y escuchaba una voz amenazante en mi cabeza: «¿Por qué no confiesas de una vez que eres tú el culpable?».

Mi respuesta era la misma para todo el mundo. Me limitaba a repetir las palabras que leí en la carta de K, sin añadir nada más. Mi amigo se había sacado del bolsillo un recorte de periódico y me lo había mostrado. Lo leí mientras caminábamos. En él se aseguraba que K se había suicidado a causa de la desesperación de saberse desheredado. Doblé la hoja del periódico y se la devolví a mi amigo sin hacer ningún comentario. Al parecer en otro periódico aseguraban que se había vuelto loco. Hasta ese momento había estado demasiado ocupado como para prestar atención a lo que los periódicos escribían de él, aunque sí me sentía inquieto por lo que pudieran decir. Y sobre todo, me angustiaba que publicasen algo que perjudicase a Okusan o a su hija. La sola idea de que mencionaran, aunque fuera de refilón, a Ojyosan, me torturaba. Le pregunté a mi amigo si había leído algo más sobre el caso, y me aseguró que eso era todo lo que había encontrado.

Poco después nos mudamos a la casa donde aún vivo. Tanto a Okusan como a su hija les horrorizaba la idea de quedarse en aquel lugar aciago. Y yo tampoco podía quedarme allí, pues revivía noche tras noche el terrible acontecimiento. Así que los tres, de común acuerdo, decidimos buscar algo en otra parte.

Dos meses más tarde me gradué en la universidad. Y cuatro después, me casé con Ojyosan. A la vista de los acontecimientos, puedo decir que todo salió según lo previsto. Las dos mujeres parecían felices de la vida que llevaban. Yo también lo estaba, pero una negra sombra oscurecía mi dicha. ¿No sería esa felicidad una mecha conectada a la bomba que iba a hacer saltar por los aires mi destino?

Después de casarme con Ojyosan, que no es otra que la que tú conoces como mi mujer, fue ella quien sugirió que fuéramos juntos a visitar la tumba de K. Al principio me quedé desconcertado. Incluso me asusté. ¿De dónde había sacado esa idea? Me dijo que estaba convencida de que a K le habría gustado que fuéramos los dos juntos a visitarlo. Miré fijamente la expresión inocente de su cara hasta que tuvo que preguntarme por qué la miraba de ese modo.

Fuimos juntos al cementerio de Zôshigaya. Rocié la lápida con agua fresca para purificar el alma del difunto. Mi mujer prendió incienso y depositó unas flores. Nos inclinamos con una reverencia, juntamos nuestras manos para una oración. No me cabe duda de que ella le habló de nuestro matrimonio con la esperanza de que lo bendijera. Yo, por mi parte, no dejaba de repetirme: «Soy culpable, soy culpable».

A mi mujer le pareció una tumba muy hermosa. No era nada especial, pero probablemente se sintió obligada a decir algo así porque fui yo quien eligió la lápida. Pensé en la tumba, en mi joven esposa, en los restos de K enterrados a nuestros pies y escuché la risa mordaz del destino. En ese momento juré que nunca más volvería con ella al cementerio.

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MIS SENTIMIENTOS HACIA MI AMIGO MUERTO no cambiaron, y así ha sido desde entonces. Justo como me temía. Incluso mi boda, por lo demás tan ansiada, quedó ensombrecida por la angustia que me había causado su muerte. Como seres humanos que somos, nuestra capacidad de ver el futuro es limitada. Quizá por eso confiaba en que el matrimonio me aportase un poco de paz, que supusiese un cambio hacia una vida del todo nueva. Sin embargo, día tras día, sentía como esa frágil esperanza se resquebrajaba aplastada por la implacable realidad. Cuando estaba con mi mujer, me atormentaba la imagen de K, agazapada en algún oscuro rincón de mi mente. Ella se interponía entre nosotros, su presencia era un nexo entre K y yo. Ella lo era todo para mí, pero no podía dejar de pensar que si me alejaba de ella, también acabaría alejándome de él. Mi mujer no tardó en darse cuenta de que ocurría algo extraño, aunque no sabía exactamente qué. De vez en cuando me preguntaba por qué estaba tan absorto en mis pensamientos, si había algo en ella que no me agradaba. Si tenía el ánimo de desmentir sus dudas con una sonrisa, todo quedaba arreglado, pero en caso contrario se quedaba intranquila y empezaba a decir que le ocultaba algo. Aquello me torturaba.

Muchas veces traté de hacer acopio de valor y contárselo todo, pero en el último momento una fuerza misteriosa tiraba de mí hacia atrás y me lo impedía. Creo que no necesitas que te dé más explicaciones. Me conoces lo suficiente. Sin embargo, estoy convencido de que debo continuar. En aquel entonces, no pretendía presentarme ante mi mujer como alguien que en realidad no era. Si me hubiera confesado a ella con la misma sinceridad y humildad de corazón con la que lo hacía con mi amigo muerto, ella habría llorado de alegría, estoy seguro, me habría perdonado. No se trataba, por tanto, de una estrategia que ocultara ningún interés oscuro. No. Si no me confesaba a ella era porque no quería teñir sus recuerdos con la más mínima mancha. Me angustiaba la idea de que una criatura inmaculada como ella pudiera quedar marcada, aunque solo fuera por una gota de mi amargura.

Pasó un año y seguía sin poder olvidar. Mi corazón se debatía en una agitación constante. Para escapar de todo aquello, me refugié en los libros. Me concentré totalmente en el estudio, con la esperanza de que algún día sorprendería al mundo con los frutos de mi esfuerzo. Pero era solo una vana ilusión que acabó convirtiéndose en un suplicio. Descubrí que se trataba de un objetivo imposible de cumplir. Al cabo de cierto tiempo, supe que no podría mantener mi corazón sepultado entre los libros. De nuevo, me encontré observando el mundo, cruzado de brazos.

Mi mujer atribuía mi estado de ánimo a una suerte de aburrimiento existencial, a una debilidad del espíritu nacida del hecho de no tener preocupaciones materiales, de no tener que preocuparme por el día a día. Era comprensible. Su madre tenía suficiente dinero como para mantener a ambas y yo, por mi parte, no me veía en la necesidad de buscar trabajo. Era lógico que pensase así. Sin embargo, no era esa la razón principal de mi pasividad. El engaño de mi tío me había convencido de que nunca podría volver a confiar en nadie, aunque yo sí me sentía digno de confianza. Era un hombre íntegro. Sin embargo, K hizo que mis convicciones se desmoronaran. De pronto comprendí que no era muy distinto de mi tío. ¿Qué podía hacer? Los demás seres que poblaban este mundo ya se me habían hecho insoportables. Ahora era yo mismo el que resultaba insoportable.

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INCAPAZ DE ENTERRARME EN VIDA CON LOS LIBROS, traté de ahogar mi espíritu en alcohol, a fin de olvidarme de mi existencia. No me gusta especialmente el alcohol, pero si se trata de beber, lo hago hasta inundar mi corazón. Obviamente, era una escapatoria infantil que solo hizo que albergara más desazón si cabe hacia el mundo. Entre los efluvios de la embriaguez, volvía en mí cada cierto tiempo solo para darme cuenta de lo estúpido que era al pretender engañarme de esa manera. En ese instante, un escalofrío despertaba de nuevo mi conciencia de la realidad. Otras veces, en cambio, por mucho que bebiera ni siquiera era capaz de ponerme la máscara de borracho y tan solo lograba que mi depresión fuera más honda. Mi querida esposa y su madre asistían a mi decadencia sin saber cómo explicarse lo que me ocurría.

Sé que la madre de mi mujer llegó a decirle cosas terribles sobre mí, aunque siempre me las ocultó. También Ojyosan llegó a criticarme abiertamente. Nunca lo hizo de forma abrupta, por supuesto, y yo nunca llegué a perder los nervios con ella. De vez en cuando me preguntaba si había en ella algo que me disgustara. «Deja de beber», rogaba casi de rodillas. «Vas a arruinar tu vida.» Otras veces lloraba y entre lágrimas me reprochaba haberme convertido en esa otra persona que odiaba. Lo peor de todo, sin embargo, era cuando me decía que, de seguir K vivo, no me dejaría comportarme como lo hacía. Y era cierto. Estaba de acuerdo con ella, a pesar de que la interpretación que dábamos a esa misma afirmación era completamente distinta. A pesar de todo, me sentía incapaz de explicárselo.

Si volvía a casa borracho, a la mañana siguiente me disculpaba. Unas veces ella se reía, otras se callaba, pero casi siempre acababa llorando. Fuera cual fuera su reacción, me odiaba a mí mismo. Disculparme ante ella era tanto como disculparme conmigo mismo. Terminé por renunciar a la bebida. No tanto por mi mujer como por el profundo hastío que me provocaba mi propia manera de afrontar las cosas.

Renuncié a la bebida, cierto, pero aun así continué sin hacer nada. Si retomé los libros, fue únicamente para tener algo con lo que ocupar mi tiempo. Leía por leer. Terminaba un libro y enseguida me ponía a hojear el siguiente. Mi mujer me preguntaba qué era lo que leía con tanta fascinación y yo le contestaba siempre con una sonrisa amarga. Me entristecía hasta lo más profundo de mi corazón que la persona a la que más amaba en el mundo, en la que más confiaba, no pudiera llegar a entenderme nunca. «Está en tus manos que así sea», me decía, «aunque eres demasiado cobarde para explicarle nada.» Darme cuenta de ello me hundía aún más en la tristeza. Llegó un momento en el que me empecé a sentir cada vez más desolado, más solo, más aislado del resto del mundo.

Durante todo ese tiempo, la muerte de K me obsesionó. Al principio me dominaba el amor por mi mujer y mi opinión sobre lo ocurrido no dejaba de ser un tanto simplista: K se había quitado la vida porque tenía el corazón roto. Sin embargo, en cuanto pude analizarlo más fríamente, descubrí que aquel motivo no era tan evidente. ¿Lo hizo por el conflicto entre sus ideales y la realidad? Quizá, pero tampoco esa posibilidad me convencía del todo. Empecé a preguntarme si no fue una soledad insoportable la que lo llevó a tomar esa terrible decisión. El miedo me hacía temblar. Como el viento gélido del invierno que te atraviesa el cuerpo, se apoderó de mí la intuición de que me encontraba caminando por el mismo sendero que él.

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54

PASÓ EL TIEMPO Y LA MADRE DE MI MUJER ENFERMÓ. El doctor dictaminó que su enfermedad era incurable. Me hice cargo de ella con devoción y entrega, no solo por ella, sino también por mi mujer, a la que tanto amaba. En un sentido más amplio, puedo asegurar que también lo hice por justificarme ante la humanidad entera. Desde hacía mucho tiempo sentía la necesidad de actuar de algún modo, pero no sabía cómo y dejé pasar los años sin hacer nada. Aislado del mundo como estaba, sentí que por primera vez hacía algo que valía la pena. Me sostenía lo que solo puedo describir como la expiación de un pecado del pasado.

La madre de mi mujer finalmente falleció. Así que ella y yo nos quedamos solos. A partir de ese momento, yo era para ella la única persona en el mundo en quien confiar, en quien apoyarse. Así me lo dijo. Cuando la escuché, no pude reprimir las lágrimas. Ni siquiera me consideraba un apoyo para mí mismo. Me compadecí de ella. «¿Por qué?» me preguntó perpleja. Una vez más, no pude explicárselo. «¡Eres un cínico, un retorcido!», gritó ella amargamente. «Por eso dices siempre esas cosas.»

Después de la muerte de su madre, me esforcé por tratar a mi mujer lo mejor posible, por ser cariñoso y no solo porque la quería. Detrás de tanta atención, había razones más profundas, algo parecido a lo que me empujó a cuidar a mi suegra. Ella parecía más contenta, aunque más allá de la alegría amenazaban nubes oscuras motivadas por la incomprensión. Por mucho que me esforzara, esas nubes nunca se disiparían del todo. Al contrario, se volverían más y más densas conforme avanzó el tiempo. Tengo la impresión de que las mujeres son proclives, en mayor medida que los hombres, a apreciar el amor que se les profesa, valoran más ser el objeto exclusivo de ese amor que cuando este se dirige a toda la humanidad.

En una ocasión, Ojyosan me preguntó por qué el corazón de un hombre y el de una mujer no podían fundirse en uno solo. Para mí eso sucedía, quizá, cuando aún se es joven. Tuve la impresión de que revivía aquella época por culpa de mis palabras. Dejó escapar un leve suspiro.

Desde entonces, a menudo he sentido la amenaza de una sombra terrible. Al principio lo atribuí a una fuerza externa abrumadora, pero a medida que pasó el tiempo, empecé a pensar que esa sombra moraba en mi interior ya desde el día de mi nacimiento. Cuando me sentía asediado, terminaba por cuestionarme mi cordura, aunque nunca tuve intención de consultar a un médico al respecto.

Ese sentimiento terminó por despertar en mí la conciencia del pecado en el ser humano. Por eso visitaba la tumba de K todos los meses, por eso me ocupé de la madre de mi mujer hasta que murió, por eso decidí ser amable y cariñoso con mi esposa. A veces llegué a sentir la tentación de que un extraño me castigase golpeándome con un látigo a su antojo, aunque quizá debería haber sido yo mismo el que se flagelara. De ahí a la idea de quitarme la vida, solo iba un paso. Decidí continuar con mi vida como si ya estuviera muerto.

¿Cuántos años han pasado desde que tomé esa decisión? Mi mujer y yo hemos vivido en armonía desde entonces. De ningún modo puedo decir que hayamos sido infelices. Más bien al contrario. Pero esa sombra que ha gobernado mi existencia siempre ha constituido una amenaza incomprensible para ella. Algo que hace que sienta una profunda compasión hacia ella.

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A PESAR DE HABER DECIDIDO ENTERRARME EN VIDA, de vez en cuando mi corazón brincaba de alegría movido por algún estímulo externo. No obstante, cada vez que me movía en una u otra dirección, de algún lugar desconocido brotaba esa terrible fuerza que me oprimía el corazón hasta paralizarme. Una voz amenazante me advertía: «No tienes derecho a hacerlo», y automáticamente me vencía el desánimo. Me esforzaba por levantarme, pero la fuerza que me aplastaba era muy superior a mí. Apretaba los dientes, gritaba: «¿Por qué me atormentas? ¿Por qué?». Entonces la voz se transformaba en una fría risotada: «Sabes muy bien por qué». Y de nuevo me derrumbaba.

Durante todos estos años de aparente paz, esa batalla interior no ha cesado en ningún momento. Cuando mi mujer se irritaba por verme en ese estado, te aseguro que me mortificaba. A partir de cierto momento, supe que ya no podía soportar por más tiempo la inmovilidad de sentirme prisionero en esa cárcel de mí mismo. No encontraba la forma de escapar y la última alternativa era el suicidio. Quizá te preguntes por qué pensaba eso y, de verdad, me gustaría explicártelo. Esa fuerza oscura me oprime el corazón, y solo deja abierto ante mí el camino de la muerte.

Hasta el día de hoy, ha habido dos o tres ocasiones a lo largo de mi vida en las que he estado a punto tomar ese camino fácil que aparentemente me señalaba el destino, pero en todos los casos siempre me frenó el amor por mi mujer. No hace falta decir que jamás he tenido el valor de llevármela conmigo. He sido un cobarde toda mi vida, alguien incapaz de confesar un horrible secreto, así que la sola idea de cometer un doble suicidio, de obligarla a ese cruel y terrible sacrificio, me llena de horror. Mi destino me pertenece solo a mí. El suyo le pertenece a ella y solo a ella. Arrojar nuestras dos vidas a las llamas no solo sería actuar contra natura, sino que terminaría por destruir del todo mi corazón.

Sin embargo, no puedo evitar sentir una profunda pena cuando pienso que la voy a dejar sola. Lo que me dijo después de que muriera su madre, que yo era la única persona en el mundo en quien podía confiar, en quien apoyarse, me caló hasta tal punto que provocó una indecisión que ha gobernado mi vida hasta hoy. Muchas veces, al contemplar su rostro, me he alegrado de que así fuera, pero al cabo del tiempo volvía a ser prisionero de mis angustias y de sus miradas de decepción.

Recuérdalo, es así como he vivido. Mi estado de ánimo cuando te vi por primera vez en Kamakura era muy similar a cuando paseamos juntos por las afueras de Tokio un tiempo después. En las dos ocasiones llevaba adherida a mi espalda una sombra perenne. Me arrastraba por la vida solo por el bien de mi mujer. El día en que te graduaste me ocurrió lo mismo. No te mentí cuando te dije que volveríamos a vernos en septiembre. Por mucho que hubiera pasado el otoño, el invierno, aunque hubiera vuelto la primavera, mi intención era volver a verte.

Pero en pleno verano el Emperador murió. El espíritu de Meiji que nació con él, murió también con él. La idea de que nuestra generación, las más imbuida en ese espíritu, sobreviviría apenas como un anacronismo, me afectó profundamente. Así se lo dije a mi mujer. Ella se rio, sin embargo añadió: «En ese caso, puedes seguir la antigua costumbre del junshi y acompañar a tu señor al más allá».

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56

YA CASI HABÍA OLVIDADO LA IDEA DEL junshi, de la inmolación del siervo junto a su señor. No es algo que ocurra frecuentemente en estos tiempos, y quizá por eso lo tenía tan arrinconado en algún lugar perdido de mi memoria, pero al oírlo por boca de mi mujer le dije que si lo hacía sería únicamente para honrar el espíritu de Meiji. A pesar del tono de broma en el que hablábamos, sentí que esa vieja idea había empezado a revivir en mí hasta cobrar un nuevo significado.

Ya ha pasado un mes desde entonces. Recuerdo que la noche de la cremación del Emperador estaba sentado en mi estudio, como de costumbre. Cuando el ataúd imperial salió de palacio, escuché el disparo de un cañón que señalaba el inicio de los funerales. Aquel sonido marcó para mí el final de una Era. Leí más tarde en el periódico que también significó el fin para el general Nogi. Cuando leí la noticia, agarré el periódico y salí corriendo para enseñárselo a mi mujer. «¡Ha muerto con su señor!», le grité. «¡El general Nogi ha muerto con su señor!»

Leí en los periódicos la carta que el general había dejado al morir. Había esperado todo ese tiempo para expiar su fracaso durante la rebelión de Satsuma. Conté los años transcurridos desde entonces. ¡Treinta y cinco! Todo ese tiempo el general había anhelado la muerte sin encontrar el momento oportuno. No podía dejar de preguntarme qué había sido más doloroso para él, si todos esos años de espera o el instante en el que hundió la espada en su vientre.

Dos o tres días después tomé la decisión de suicidarme. Igual que yo no entendí los motivos del suicidio del general Nogi, es probable que tú no entiendas los míos. Lo atribuyo al hecho de que pertenecemos a épocas distintas. Aunque es probable también que las diferencias entre nosotros respondan en realidad a que tenemos caracteres distintos. En cualquier caso, he tratado de explicarme lo mejor que he podido a lo largo de estas páginas que te escribo.

Dejo sola a mi querida esposa. Por fortuna, no tendrá que preocuparse por las cosas materiales de la vida. No me gustaría que lo pasara mal, así que me iré de este mundo sin obligarla a ver mi sangre de ningún modo. Lo haré sin que se dé cuenta. Quiero que piense que he muerto sin dolor, de manera fulminante. Me alegraría pensar que creyera que me he vuelto loco.

Han pasado diez días desde que tomé la decisión de matarme. Debes saber que la mayor parte de este tiempo lo he dedicado a escribir esta extensa carta. Quería verte una vez más, decirte todo esto en persona, pero ahora me alegro de haber optado por este método. Eso me ha permitido mostrarme ante ti con mayor claridad. No creas que lo he hecho por pasar el rato. Mi pasado, eso que me ha hecho ser como soy, es un aspecto de mi vida que solo yo puedo describir. Sé que el esfuerzo de hacerlo honestamente no será en vano; mi relato te ayudará a ti y a todos los que lo lean a comprender un poco mejor cómo es el ser humano. Hace poco leí que Watanabe Kazan pospuso su suicidio una semana hasta terminar de pintar Kantan. Para algunos será ridículo, pero él encontró razones en su corazón que lo llevaron a actuar así. No te he escrito solo para cumplir con la promesa que te hice en su día. En gran medida, lo he hecho por una necesidad imperiosa que habitaba en mí.

He satisfecho esa necesidad. Ya no me queda más por hacer. Cuando esta carta llegue a tus manos, ya no estaré en este mundo. Habré muerto. Hace diez días mi mujer fue a casa de una tía suya enferma, en Ichigaya. He escrito la mayor parte de esta carta en su ausencia. Si ha vuelto a casa en alguna ocasión, la he escondido para que no la viera.

Mi intención ha sido presentar lo bueno y lo malo que ha habido en mi vida para que los demás tengan la posibilidad de aprender algo. Pero mi deseo es que mi mujer sea la única excepción a la hora de difundir mi historia. Debes tenerlo claro. No quiero que sepa nada. Haz cuanto esté en tu mano para que conserve un recuerdo del pasado tan inmaculado como hasta ahora. Y mientras ella esté viva, quiero que guardes todo esto en tu corazón como el más preciado de los secretos.

Una respuesta a “Kokoro (Final)

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