Giulietta (Final)

Federico Fellini

 

 

 

 

LA SANTA DE LA PARRILLA

Cuando llegué a casa, tenía la sensación de que aún me perseguía aquella parrilla en llamas.

Me hallaba en un estado de terror y desasosiego indescriptibles. Me encerré en mi habitación y me metí en la cama. Lloraba como una Magdalena; las visiones del negro, de Susy y de toda aquella gente me producían escalofríos, como si tuviera fiebre. ¡Aquella joven echada en la parrilla! ¡Aquellos ojos…!

Sabía que volvería a verla. Y en efecto, oí que me llamaban y comprendí que era ella de nuevo. No es que me llegara su voz, no; fue algo distinto, una necesidad irresistible de levantarme para ir al salón, como si me hubiera llamado.

Y efectivamente allí estaba, en medio del salón, en el lugar donde tengo una mesita baja sobre la que pongo las flores y las revistas.

Esta vez me quedé plantada en el suelo, mirándola fijamente no sé durante cuánto tiempo. Era jovencísima, casi una chiquilla. Su rostro tenía una expresión de infinita felicidad, resplandeciente y pura. Era algo tan increíble que me descompuso todavía más. Aquella expresión, aquella alegría… La alegría de una niña que está viendo el Paraíso. Me miraba; me estuvo mirando mucho rato con una dulzura desgarradora; yo esperaba que me hablara, que me dijera algo de un momento a otro; que me comunicase qué era lo que quería de mí, qué debía hacer; pero la santa terminó por volver los ojos de nuevo hacia arriba, en dirección al cielo, con un arrobamiento tal de sufrimiento atroz y de felicidad a la vez que no era humano.

Entonces intenté hablar. No oí mi voz, pero estoy segura de que le hablé.

—Me has salvado —le dije—. ¿Quieres que no vuelva nunca más con Susy? Guíame tú… Dime lo que tengo que hacer… Ayúdame.

Y de nuevo dirigió su mirada hacia mí; y hasta me pareció ver que movía los labios, como si estuviera a punto de decir algo… Pero no dijo nada. O quizá fui yo la que no conseguí entenderla, captar lo que me había dicho. Miró otra vez hacia arriba, hacia el cielo. Y en ese momento lo vi todo rojo, como si se hubieran levantado de pronto unas llamas altísimas alrededor de ella; luego la envolvió una especie de viento de fuego, y por último también éste desapareció…

Aquella noche dormí en el suelo. Era una necesidad instintiva de mortificarme, de hacer penitencia. Dormí en el suelo y me desperté con los huesos rotos. Necesitaba volver a ver a la santa, hablarle y que me hablara. Esperaba con ansiedad y al tiempo con terror que volviera a aparecer. Y en efecto, la volví a ver de repente esa misma mañana. Había salido a hacer unas compras; entré, sin pensar en nada, en una tienda de asados y, de pronto, la vi allí mismo, sobre las llamas del horno, en el sitio del asador. Era ella, la santa, y estaba echada sobre la parrilla. De nuevo me miró fijamente, de nuevo parecía que quería hablarme; pero, mirando con dulzura hacia el cielo, desapareció, sin que yo consiguiera oír nada.

Me quedé petrificada y con los ojos fuera de las órbitas allí mismo, en medio de la gente; creo que hasta llegué a hablar en voz alta. El caso es que, cuando la santa desapareció, había dos o tres personas a mi alrededor que me miraban alarmadas. Una mujer me preguntó si no me encontraba bien; otra salió conmigo y luego me acompañó un buen trecho en el camino de vuelta. Yo caminaba a su lado sin darme casi ni cuenta de su presencia; ella me hablaba pero yo no le contestaba o le decía palabras incongruentes…

Una idea estaba empezando a tomar forma dentro de mí de un modo obsesivo; y era que algo seguía impidiéndome que me comunicara con la santa… Algo… Era seguro, segurísimo, que la santa tenía algo que decirme: un mensaje importante, quizá decisivo para mí, para mi vida, que yo no conseguía captar…

Tenía que estar en situación para comunicarme con ella. Seguir con la mortificación, con la penitencia. ¿No sería tal vez éste el camino que la santa me sugería? Con el fuego, con el sufrimiento de su mirada dirigida hacia el cielo… Sí, debía humillarme; cada vez más… Mortificar mi carne, renunciar, sufrir, no existía gozo mayor. Vi a una pobre vieja y, sin dudarlo, le di todo lo que había comprado. A Teresa, mi sirvienta, que esperaba que le llevara la compra para guisar, le dije que se arreglara con lo que hubiera en casa: yo no iba a comer.

Y en efecto, no comí. Daba vueltas por la casa como una gata en celo, y buscaba instintivamente el sitio y la forma de hacer penitencia… Terminé por encontrarlo: era una especie de trastero debajo de la escalera donde habíamos tenido hasta gallinas; ahora estaba lleno de cajones rotos y papel de estraza. Me metí dentro; cerré la puerta, y me quedé allí, sentada en el suelo y casi a oscuras; estaba incomodísima, pero eso era precisamente lo que quería. Esperaba que la santa volviera a aparecer de un momento a otro. Pero en cambio, ¡maldición!, se presentó Iris.

Estaba más hermosa y deslumbrante que nunca; pero me miraba con una media sonrisa de lástima que resultaba ofensiva.

—¡Muy bonito! —me dijo—. ¡Eres una joya…! ¿No te da vergüenza…? Estabas a punto de hacer la única cosa sensata en toda tu vida… y has huido… y ahora te encuentras aquí, en este gallinero… ¿Qué pretendes…? ¿No comprendes que esa joven es una aparición infernal…? ¿No has visto las llamas…? ¿La parrilla…? Esa chica está en el infierno… y quiere arrastrarte al fuego a ti también… ¿Pero no comprendes que la verdadera vida está en la alegría… en el amor…? Tú reniegas de todo, reniegas de Dios…

La escuchaba temblando, porque, de pronto, la idea de que se tratara realmente de una tentación diabólica se había insinuado en mi corazón… Pero la rechacé con todas mis fuerzas… Sabía muy bien que no era verdad… Sabía muy bien quién era aquella santa…

Le contesté a Iris con energía y hasta la insulté. Ella seguía sonriendo, al tiempo que canturreaba y se arreglaba el pelo con sus bellísimas y enjoyadas manos…

Luego desapareció, no porque yo quisiera echarla, sino porque justo en ese momento vinieron a visitarme mi madre y mi hermana Fanny. Adele, mi otra hermana, la que estaba siempre embarazada, ya debía de haber contado alguna cosa rara sobre mí, porque mi madre abrió con fuerza la puertecita del trastero y se quedó unos minutos mirándome en silencio. Mi madre, como ya he dicho, siempre me ha inspirado un respeto terrible. Por consiguiente, me sentó muy mal que me descubrieran en aquel sitio, entre el papel de estraza. Lo sé, siempre he pensado que estoy un poco loca; o que soy tonta de remate.

Salí del trastero a cuatro patas y las seguí hasta el salón. Sin embargo, mi madre no me dijo ni una sola palabra sobre el hecho de haberme encontrado allí metida; y eso me hacía temblar todavía más. La veía irritada, disgustada; tenía esa expresión altiva y distante que siempre me ha helado la sangre.

Y para colmo Fanny me miraba como se mira a una pobre idiota: de una forma algo parecida a como me miraba Iris…

De todos modos, me sentía tan dominada por el deseo, por la necesidad de concentrarme y quedarme sola, que hasta olvidé mis temores; lo que me estaba diciendo mi madre lo oía y no lo oía, cuando siempre suelo escucharla como si fuera un oráculo. En resumidas cuentas, me estaba hablando de mi relación con mi marido; y, como de costumbre, me echaba a mí la culpa de todo. Decía que tenía que aprender a ser astuta, que no sabía tratarle, que terminaría por obligar a aquel pobre hombre a marcharse y buscarse otra mujer; y en ese caso, dijo que peor para mí, que me lo había merecido…

De pronto dejé de escucharla. Me pareció que su voz se alejaba.

Vi de nuevo el fulgor de las llamas, un poco en el cristal de la ventana, un poco en la chimenea, un poco en todas partes… Esperaba vislumbrar detrás de las cortinas la figura barbuda del fraile-director del instituto… con su barba roja y sus ojos de fuego…

Oí en mi interior una voz que me repetía: «humillarse, sufrir, humillarse, sufrir…».

Luego me vi junto a la amante de mi marido. La había visto fugazmente un par de veces, pero ni siquiera me acordaba bien de su cara. Además, como es lógico, no había estado nunca en su casa. Me la imaginé como si estuviera soñando: pero era un sueño muy definido, muy claro, que se asemejaba en todo a la realidad.

Me encontraba, pues, allí, en la casa de aquella mujer, y también estaba mi marido. Se hallaban semitumbados en un diván tan largo como una cama; y se tenían abrazados.

Yo la peinaba a ella dulcemente, con esmero, con afecto: sentía que mi corazón se había ablandado y estaba henchido de perdón, de comprensión, de humildad…

Luego cogía una palangana, me arrodillaba ante aquella mujer, le quitaba las zapatillas y me ponía a lavarle los pies… Al mismo tiempo miraba a mi marido con una dulce sonrisa, sin la menor sombra de rencor; y también mi marido me sonreía… Era una escena llena de dulzura por parte de todos; aunque una dulzura áspera en el fondo, al menos para mí, porque en mi interior sufría terriblemente al verlos tan unidos y abrazados en aquel diván; pero al mismo tiempo me sentía feliz de haber conseguido vencerme, humillarme… Quería sufrir todavía más; y entonces, como para satisfacerme, se abrazaron con más fuerza y mi marido iba haciendo resbalar la bata por los hombros de ella (que debajo estaba completamente desnuda) acariciándola y besándola…

Sí, aquélla era la parrilla… El fuego que me quemaba la espalda… Y yo, como la santa, dirigía hacia el cielo mis ojos inundados de lágrimas… Sentía, percibía con todo detalle el coito de los dos amantes, y perdonaba; ofrecía al cielo mi sufrimiento en una especie de alegría inhumana y terrible… Sí, aquél era el buen camino.

Y un día fui de verdad a casa de la amante de mi marido.

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GABRIELLA

Me hizo esperar un buen rato en el salón antes de aparecer. Quizá tenía miedo. O quizá quería embellecerse todo lo posible para machacarme; eso era justo lo que yo quería… y ella sin saberlo…

Mientras tanto me puse a mirar a mi alrededor, y ya sólo ver aquella habitación y aquellos muebles me encogía el corazón. En el fondo, era la verdadera casa de mi marido, a la que él acudía en lugar de volver a mi lado… Había también un gran diván, muy parecido al que había imaginado… En conjunto, todo era bastante elegante, aunque de una elegancia algo vulgar.

Por fin Gabriella apareció.

Se mostró desconfiada, hostil, altiva. Me miraba de una forma extraña y me escuchaba en silencio, con una dura expresión en sus ojos.

Todo fue muy distinto de como me había imaginado. Quizá fue por mi culpa, pues no conseguí adoptar de ninguna forma aquel tono dulce y comprensivo de mi fantasía. Además, estaba azoradísima, y aquel silencio de Gabriella, aquella mirada suya tan fría y segura, detenían mis palabras en la garganta. En fin, fue una escena lamentable.

Yo quería decir, trataba de decir, que no debía considerarme una enemiga. No había ido a visitarla para ofenderla… para hacerle una escena de celos… ni para suplicarle que dejara a mi marido… Por el contrario, quería hacerle comprender que por mi parte no debía temer nada… yo estaba dispuesta a perdonar… a comprender… No quería sentir ni odio ni rencor… Pero me interrumpió diciéndome secamente que no entendía de qué le estaba hablando. ¿Mi marido…? Sí, lo conocía, se habían visto en algún sitio, a través de amigos comunes… eso era todo… No había absolutamente nada entre ellos. Nada.

En resumidas cuentas, lo negó todo. Hablaba con tal seguridad, con tal serenidad, y me dijo cosas tan convincentes, que yo ya no sabía adonde mirar de tan confusa como estaba. Porque empecé a creer que había cometido un error garrafal. Que había tomado por verdades lo que no eran más que unas vagas sospechas. Me puse a farfullar; ella se mostró un poquito menos altiva; me dijo palabras aún más tranquilizadoras, y eso aumentó mi confusión y mi desconcierto. Me dieron ganas de llorar a causa de la gran emoción que tenía por el esfuerzo que había hecho y por la esperanza, cada vez mayor, de haberme equivocado de verdad. Terminé pidiéndole disculpas… Y salí dando con mis tobillos en todas las puertas.

Bajé las escaleras como borracha. ¿Nada? ¿Nada era verdad? ¿Me había atormentado inútilmente a causa de unos fantasmas? Me parecía volver a nacer, y no me atrevía a creérmelo del todo.

Cuando llegué a la portería, vi que entraba un señor. Me detuve de pronto, totalmente helada: era mi marido.

Pasó ante mí sin mirarme, sin verme. Contuve el aliento encogiéndome en un rincón oscuro de la portería; luego salí a la calle casi corriendo.

Conducía como si estuviera ebria; e inmediatamente Iris se sentó a mi lado.

—¿Has visto? —me dijo—. Esa es una verdadera mujer. No has aprendido nada…

Y se puso a cantar mirándose en el espejo retrovisor, con la mano enjoyada sobre el pecho. Pero luego le entró un ataque de aburrimiento, de miedo.

—¡Ahí está ese pelmazo asqueroso! —dijo. Y desapareció.

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En efecto, por el borde de la calle iba corriendo el fraile con los dos leones a su lado. Me miraba con sus ojos de fuego, muy amenazadores; oí que me gritaba algo repetidas veces…

Apreté el acelerador y, nuevamente, en el espejo retrovisor se reflejó durante un instante el trasero de Iris. Tal vez ahora estaba sentada detrás de mí; oí su voz unos instantes, y, luego, tanto su trasero como su voz se esfumaron.

La cabeza me daba vueltas. Detuve el coche en medio del campo. Bajé. Empezaba a llover y me puse a caminar un poco por la carretera brillante de lluvia. Noté que me seguía alguien. Lo reconocí enseguida por la voz: era Casanova. Volvió a decirme que yo era una mujer excepcional, estupenda; que mi marido nunca había sabido comprenderme, que el hombre de mi vida era otro, y que vendría… pronto… Volví a ver al fraile a lo lejos, corriendo a mi encuentro con los dos leones y el brazo levantado amenazadoramente; volví a subir al coche para huir de él. Pero tuve que frenar, y enseguida: echada sobre el capó, vi de pronto a la joven santa con llamas y todo; me miraba con su acostumbrada expresión arrobada, de sufrimiento y felicidad…

Luego, también la santa desapareció. Sin embargo, durante un buen rato permaneció el resplandor de las llamas en el espejo retrovisor y en todo el coche. Yo seguí conduciendo desesperada, mientras oía a mis espaldas la risa de Olaf que me insultaba y se burlaba de mí…

La lluvia se había hecho torrencial. Repentinamente, en medio de la carretera desierta y triste a causa de la lluvia que caía a cántaros, distinguí un gran paraguas que parecía caminar solo. Debajo de él había dos niños que se apretujaban uno contra otro, con las caritas rojas semiocultas por las puntiagudas capuchas de sus impermeables.

Pensé que eran mi salvación. Detuve el coche y les hice subir: ya no podían más. Treparon al asiento trasero como dos perritos, y durante un rato estuvieron muy callados y sin moverse apenas.

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EL CHINO

Pero pronto tomaron confianza y contestaron a mis preguntas. Iban a la escuela, situada en una casa de campo de los alrededores. Sacaron de las carteras algunos libros y cuadernos para enseñármelos. Uno de ellos era un libro de cuentos: Caperucita Roja, la Bella Durmiente del bosque… Los cuentos de mi infancia, los que me contaba mi abuelo.

Empezaron a reírse y a bromear entre ellos; se trataba de un juego que se mezclaba con las imágenes del Lobo, del Ogro, del Príncipe, con tanta vivacidad y tanto realismo en su trama, que casi parecían estar presentes en el coche aquellos personajes de cuento… Me detuve ante un grupo de casas entre las que se encontraba la escuela. Pero llovía con tanta tuerza que me bajé con ellos para acompañarlos y ponerlos bajo techo, y con ellos entré en la pequeña escuela de pueblo.

Era todavía pronto: evidentemente, la lluvia torrencial mantenía aún alejados tanto a la maestra como a los alumnos. El aula, por lo tanto, estaba desierta; los dos chiquillos desaparecieron casi enseguida riendo y bromeando, y yo me dispuse a esperar a que escampara un poco.

Me senté al sesgo en uno de aquellos pequeños pupitres y me quedé mirando la pizarra, los carteles con figuras de colores, los tinteros, la tarima con la mesa de la maestra… Y hete aquí que de pronto se abrió la puerta, y en lugar del bedel entró aquel chino amigo del abuelo.

Hizo una gran reverencia, obsequiosa y sonriente como era su costumbre, y cedió el paso a mi abuelo, sí, al abuelo precisamente; éste, con una media sonrisa, fue a sentarse en la mesa de la profesora, dedicándose a mirarme con los ojos semicerrados, socarrón e irritante…

Me habló lo mismo que me hablaba en otros tiempos, es decir, de una forma tal que yo nunca sabía muy bien si estaba siendo cariñoso o irónico conmigo. Su humor me parecía sacrílego, hacia todo y hacia todos; sin embargo, así como nunca se me había pasado por la cabeza confiarme con Iris o con la santa, y mucho menos aún con el fraile y todos los demás, de repente me sentí empujada a confiar en mi abuelo, a contarle todo y a desahogarme de una vez…

Le dije que no podía más. Que todo el mundo se había burlado de mí, Iris, Casanova, la santa, todos; me habían arrastrado hacia direcciones opuestas y contradictorias, y yo ya no sabía a quién hacer caso, hacia dónde dirigirme, qué hacer en la vida… Ya no sabía bien dónde estaba el bien y el mal, lo justo y lo injusto…

Cuando dije «bien, mal, justo e injusto», el abuelo sonrió con más franqueza y encendió un puro. También el chino lanzó una amarillenta risita.

Pero yo, que por fin me sentía en familia, seguí hablando.

—¿Por qué —dije— Dios no me ha hablado directamente, en lugar de enviarme a esos mensajeros falsos y mentirosos? Yo necesitaba salvarme, salir de aquel laberinto. Y sólo Su voz, la voz de la Verdad podía ayudarme… Tenía derecho a saber.

En el fondo, yo era una mujer distinta de las demás. Y tenía más cualidades que muchas otras personas. Veía y sentía cosas que nadie suele ver ni sentir. Entonces, ¿por qué no habría de permitírseme hablar directamente con la Verdad? Esperaba que mi abuelo se riera en mis narices; en cambio, asintió con aire grave.

¿Hablar directamente con Dios…? ¿Y por qué no…? Naturalmente. ¿Pero hablar cómo…?

—Para hablarle es preciso que te pongas en contacto con Él; es decir, que Él tome formas humanas que sean comprensibles para ti; y que se explique humanamente… De lo contrario, ¿cómo vas a entenderle…?

¿Verlo…? En ese momento tuve la sospecha de que estaba de nuevo tomándome el pelo; pero el abuelo parecía muy serio. Y, por otra parte, lo que decía era razonable. Entonces, ¿de verdad podría verlo…?

El abuelo asintió nuevamente.

—¿Pero cómo lo quieres ver? ¿Cómo quieres que se te aparezca para no asustarte? ¿Con túnica…? ¿Con ropa moderna?

Yo seguía sin entender si era una broma malévola o no; pero me sentía como fascinada, como impulsada hacia adelante, impulsada a contestar como si creyera en ello; y en el fondo me lo creía realmente. Y el corazón me latía muy fuerte, con unas palpitaciones tremendas.

—De acuerdo —dijo el abuelo—; yo me encargaré de ello. Tienes razón: la única manera de tener una opinión acertada en la vida es la de dirigirse directamente a la Verdad Suprema. Yo te ayudaré. Dios vendrá mañana, mañana por la noche, a visitarte; lo mismo que he venido yo, o Iris, o la santa quemada. Prepáralo todo, prepárate tú también para esperarlo. Se te aparecerá bajo una forma comprensible, humana; y vestido de una manera que no pueda asustarte. Mañana por la noche.

Hubiera querido hacerle todavía mil preguntas, pero se fue. Así que me quedé sin saber si realmente tenía que creerle o no, y cómo tenía que comportarme…

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LA AHOGADA

Cuanto más pasaba el tiempo más me convencía de que el abuelo mantendría su promesa. Estaba en un estado de enorme excitación. Empezaba a hacer una cosa, y la dejaba y empezaba otra… Salí de casa sin motivo tres o cuatro veces; ordené veinte veces las habitaciones. Di brillo a todo aquello que caía en mis manos; compré flores y las coloqué por todas partes. También había comprado velas, y las coloqué en dos grandes candelabros; pero, después de haberlas encendido, las apagué todas, porque me pareció pueril recibir a Dios como si hubiera entrado en la iglesia.

Me cambié dos o tres veces de vestido. Y también de peinado. Me sentía muy insegura: ¿debía llevar un vestido y un peinado modestos, sencillos? ¿O en cambio era mejor un recibimiento más formal, como para cualquier visita de respeto? Terminé decidiéndome por una cosa intermedia: me puse un vestido negro, elegante, pero sencillo; y ninguna joya: sólo una flor en el talle.

Y, sobre todo, quería estar completamente sola. Hice salir a todo el mundo, y a partir de una determinada hora me encerré en casa, descolgué el teléfono y me quedé esperando.

Aquéllas fueron para mí unas horas terribles. Era de noche y cada vez se oía menos gente por la calle; me pareció que en toda la casa reinaba un profundo silencio. El tiempo no pasaba nunca y crecía mi ansiedad. Ya me había convencido de que Él vendría; ni siquiera lo ponía en duda. Durante un segundo sentí un verdadero escalofrío de terror: oí llamar a la puerta. Me quité los zapatos y fui de puntillas a ver quién era a través de la mirilla. Era Marchetta, maldita sea. Me quedé callada e inmóvil, mientras Marchetta convencido de que yo estaba en casa, seguía y seguía tocando el timbre. Finalmente se fue.

Luego llegó la hora a la que se cerraba el portal, y por consiguiente ya nadie podía subir.

Me asomé a la ventana. La calle estaba casi desierta y medio a oscuras. Se oían algunos pasos al fondo, sobre la acera. Pasó algún coche que otro. Me sentí cada vez más sola y asustada.

Me quedé sentada en una butaca hasta la una. Cuando sonaron las doce, volví a tener esperanzas durante algunos segundos; pero enseguida me dije que aquella idea de asociar las doce campanadas con las apariciones ultraterrenas era completamente infantil.

Y en efecto, no vi nada; no había nadie. Y entonces me dije que una vez más el abuelo se había burlado de mí, y de la forma más cruel e indigna. En comparación, las mentiras de Iris no eran más que ingenuas invenciones. Y segura ya de que Él no vendría ni aquella noche ni nunca, sentí nacer dentro de mí un gélido y mortal desaliento. Estaba claro que no había ninguna esperanza de salvación.

Me hallaba en un laberinto y debía seguir en él. Un loco terror se apoderó de mí. Un cansancio, un agotamiento…

Apagué las luces, me dirigí a mi dormitorio y me puse a desnudarme lentamente.

Y de pronto, de pie y junto a la cama, vi una figura femenina. Era una muchacha pálida, que llevaba las ropas manchadas de barro y chorreando un agua grisácea; sus cabellos estaban pegoteados a la cara también a causa del agua, y hasta los ojos aparecían acuosos y tristes; y era una tristeza tan sobrehumana que no se puede expresar con palabras. Bastaba mirar aquellos ojos para sentir el peso de una angustia terrible.

No la reconocí enseguida. No había vuelto a verla desde entonces, cuando teníamos las dos diecisiete años y ella se había arrojado al río por un desengaño amoroso. Había sido mi mejor amiga; se llamaba Laura. Recuerdo que cuando vinieron a decirme que se había ahogado, no quería creerlo. La había visto incluso dos días antes; nos habíamos hablado por teléfono la noche anterior y habíamos quedado en vernos… Y ahora estaba muerta, se había suicidado. No podía creérmelo, no lo creí. El funeral se me quedó siempre grabado en la memoria: había sido como un sueño, un mal sueño, irreal y angustioso. Y no había querido verla en su lecho de muerte.

La habían rescatado del agua al cabo de dos días; y sólo a los familiares más próximos y a los amigos íntimos se les había dado autorización para visitar la capilla ardiente.

Recuerdo el cortejo fúnebre, sin curas, puesto que Laura era una suicida; las flores, la entrada al cementerio… Hacía un día radiante. Y ahora estaba allí, ante mí. Me habló. Hablaba pausadamente, con una voz triste y monótona. Me dijo que nada era verdad; que del otro lado no había más que niebla, grisura y soledad. Y una tristeza desoladora, sin voces, sin relaciones; un errar sin objetivo, sin esperanza… ¿Dios…? Nunca había tenido el más remoto indicio de su existencia; nadie, por otra parte, hablaba nunca de ello; nadie tenía la menor noción ni noticia… No, Dios no existe… No existe…

Desapareció muy pronto; me pareció que el dormitorio se había vuelto tan gélido como una nevera, hasta el punto de que me castañeteaban los dientes…

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EL ASEDIO

Avanzaban despacio. A veces vislumbraba el brillo de sus armas por entre los matorrales; de noche, el resplandor de sus fuegos rompía la oscuridad del bosque. De manera que no había sido un sueño. Habían desembarcado realmente, y en ese momento estaban formando un gran círculo alrededor de mi casa.

Cada vez resultaba más evidente que me estaban asediando a mí; precisamente a mí. Una tarde, cuando se estaba poniendo el sol, vi venir a uno de ellos hacia el chalé a galope tendido: se detuvo de pronto a la entrada del jardín, miró la casa, los alrededores, me miró también a mí un buen rato, lanzó un corto grito gutural y, girando el caballo, volvió a desaparecer en el bosque con la misma velocidad desenfrenada con la que había venido.

Me quedé aterrorizada. Era la primera vez que veía a uno de cerca, y su aspecto era verdaderamente espantoso.

También su caballo, a diferencia de todos los que había visto siempre, parecía un animal feroz: arisco, con ojos de fuego, rezumando una fuerza salvaje.

La idea de lo que podría ocurrirme si cayera en manos de aquellos hombres se apoderó de mí y ya no me abandonó. Se fue haciendo cada vez más obsesiva a medida que los oía aproximarse inexorablemente formando un cerco alrededor de mí.

Empecé a quedarme vigilando de noche, encogida bajo las mantas, con las orejas bien abiertas, mientras mi corazón latía con fuerza. A ratos oía sus voces, así como sus cánticos, que parecían gritos de muerte. Y por último me pareció oír un ruido sordo, hueco, reiterado, que venía de debajo de la tierra: era como si alguien estuviera cavando sin descanso en mi dirección.

Quizá estaban construyendo una galería subterránea para aparecer de pronto en mi jardín o incluso dentro de la casa… O quizá querían minar la casa desde sus cimientos…

No eran sospechas infundadas. Pronto apareció la primera grieta en la pared de la cocina. Otra la descubrí una mañana en el techo del cuarto de baño. Y el ruido iba en aumento; ya llegaba a oírlo hasta de día.

En ese momento se hallaban a una distancia de unos cincuenta metros de la casa.

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EL FINAL

Esta noche mi marido se ha marchado.

En contra de su costumbre, había venido a cenar; hacía mucho tiempo que raramente lo veía a la hora de la cena. Y ésta fue una cena silenciosa, que me produjo palpitaciones precisamente por aquel silencio.

Percibí que me lanzaba rápidas miradas; tenía la cara tensa, y yo presentía que algo grave iba a ocurrir de un momento a otro.

Nos levantamos de la mesa; yo encendí el televisor.

Mi marido no conseguía permanecer sentado. Se levantaba, se paseaba, volvía a sentarse… Cuando le dirigía la palabra, me contestaba con una amabilidad excesiva, casi con ternura; y eso me asustaba todavía más. Por lo demás, bajo las voces y los ruidos del televisor, podía oír con toda claridad el ruido sordo y hueco de los que estaban cavando la galería subterránea; y era un ruido tan evidente, que me parecía imposible que mi marido no se diera cuenta.

Por fin me dijo que se sentía agotado y necesitaba descansar. También, según dijo, se lo había aconsejado su médico. Un período de reposo, de soledad…

Al pronunciar esta palabra, que se había escapado de sus labios sin querer, hizo un gesto nervioso: giró rápidamente el interruptor del televisor y las voces se apagaron. Sólo quedó el reflejo de las imágenes en la pantalla color blanco azulado, imágenes silenciosas e irreales, mientras nosotros permanecíamos en silencio.

Luego, como si fuera otra persona la que hablaba en mi lugar, le dije que, por supuesto, no se iba solo: se iba de viaje con aquella mujer, con su amante. Le dije que lo sabía todo desde hacía mucho tiempo; que le había visto entrar en casa de aquella mujer con mis propios ojos…

No lo negó. Pero su amabilidad, su ternura, desaparecieron de pronto; su mirada se volvió dura y fría. Evidentemente estaba preparado para cualquier explicación y dispuesto a defenderse.

Me pidió disculpas. Pensaba que, precisamente, una temporada de separación sería algo útil y bueno para ambos: nos daría la oportunidad de reflexionar y de ver con mayor claridad muchas cosas.

Sentí que la tierra se hundía bajo mis pies. Había dicho la palabra que desde hacía mucho tiempo había esperado con terror: «separación». Ya estaba, habíamos llegado hasta allí. No se trataba de hacer un viaje con su amiga, como yo me había hecho la ilusión de creer al principio, sino nada menos que de separación…

Mi cara le asustó. Quizá creyó que estaba a punto de desmayarme. Turbado, trató de protestar, de tranquilizarme: no había querido decir que se iría para siempre, sólo pretendía alejarse por un tiempo… aislarse…, interrumpir la doble vida que se veía forzado a llevar y que ya no podía soportar… Un intento, en fin, de resolver de alguna forma aquella situación insostenible… Nada definitivo… nada irreversible.

Y cuanto más hablaba más me sentía morir; porque lo único cierto que se podía colegir de sus palabras era su imposibilidad de dejar a aquella mujer… Para conmigo la ternura, la compasión, tal vez algo de remordimiento; con la otra, un entendimiento profundo, que me separaba ya de ellos sin remedio como un muro inaccesible.

Se fue aquella misma noche. Oía sus movimientos al otro lado de la casa mientras se preparaba la maleta; lo oí salir de casa. Ni siquiera vino a despedirse; evidentemente no tuvo valor.

En la pantalla blanquiazul las imágenes seguían moviéndose en silencio. Y el ruido sordo de la galería subterránea aumentaba más y más; en ese momento lo sentía justo bajo el suelo. No me había vuelto a mover de la butaca; me levanté y fui a mirar afuera.

Sí, ya habían llegado hasta allí, estaban a unos cincuenta metros de la casa. Veía a varios de ellos detrás de las plantas. Todos tenían el mismo aspecto terrible. Estaban colocando unos extraños artefactos bélicos, de madera y hierro; y cavaban una larga fosa alrededor de la casa, para impedirme la huida…

En casa no había nadie. También Fortunata había salido. Así que estaba sola. Sola para toda la vida. Sabía perfectamente que mi marido no volvería nunca más. Se acabó. Nada más, nadie.

Me puse a dar vueltas por la casa. En el dormitorio había mucho desorden. Mi marido había hecho una selección de las cosas que se llevaría; y por todas partes se veían esparcidas sus chaquetas, sus camisas y varios objetos de su pertenencia. Eran las últimas huellas de una convivencia que se había terminado para siempre. Aunque seguramente muy pronto mandaría a alguien a recoger todo lo que le pertenecía, y en casa no quedaría ni la más mínima huella de su presencia.

Volví a poner las cosas en orden. Percibía su olor en todas sus prendas; las chaquetas tenían aún el pliegue de sus miembros.

Volví a asomarme a la ventana. Vi arder por todas partes los fuegos de aquellos sujetos. Se oía un gran barullo de voces y gritos salvajes.

«Es esta noche», me dije. No, no quería caer viva entre sus manos. Prefería morirme. Por lo demás, ¿qué pintaba ya en el mundo?

Todo había sido un engaño, Iris, Susy, la santa, Casanova… Espejismos que me habían arrastrado de un lado a otro, en direcciones distintas y opuestas; también ellos me habían asediado, todos a la vez, y tan despiadadamente como aquellos guerreros llegados del mar con sus caballos salvajes.

Estaba encerrada en un laberinto sin salida y ya no me quedaba ninguna esperanza, ni siquiera para el futuro. Probablemente la única verdad la había sabido por Laura, mi amiga suicida; no había nada tampoco en el más allá. Sólo grisura y tristeza. La única solución posible era el aniquilamiento. Aniquilarme a mí misma ¿no era como aniquilar aquella maraña de problemas insolubles y la única forma de salir del laberinto?

Aniquilarse… Qué sensación de reposo, de abandono, me daba esta idea. Había crecido lentamente dentro de mí como una planta maravillosa y delicada; era algo que me había atraído otras veces —como por ejemplo cuando tuve conocimiento de que no tenía padre, o cuando tuve la certeza de la traición de mi marido— una vieja tentación que ahora volvía a presentarse con la fuerza de las decisiones inevitables.

Cerré a cal y canto todas las ventanas. Junté varios muebles y los arrimé a ellas; arrastré el gran armario de la cocina hacia la puerta, para bloquearla también. Mientras tanto, ya había abierto la llave del gas.

Antes de echar el cerrojo de la puerta, me asomé una vez más al jardín. Por todas partes empezaron a caer dardos con la mecha encendida, que los guerreros lanzaban desde sus artefactos; vi ondear varios estandartes a la luz de las antorchas y a los enemigos formando columnas de a pie y de a caballo.

Todos los gatos habían huido. Sólo se quedó el gato viejo y ciego, que al oírme se erizó sobre sus patas traseras.

No quería dejarle en el jardín, porque los caballos le pisotearían enseguida. Lo cogí en brazos y, de repente, mientras volvía a ponerme de pie, me pareció ver una luz sobre mi cabeza. Levanté los ojos al instante, temiéndome que fuera otro ataque. Y me quedé inmóvil, sin aliento.

Un gran globo aerostático descendía hacia mí. Un globo cuajado de banderitas y de hileras de lamparitas de colores. En la navecilla había alguien haciéndome señas.

El globo aterrizó suavemente con una leve sacudida, y una escalerilla de cuerda se posó sobre el césped del jardín delante de mí.

Sólo entonces pude ver que en la navecilla estaba mi abuelo; y junto a él, una hermosa y exuberante mujer vestida de chántense. Era su bailarina, su famosa aventura…

El abuelo me hizo gestos para que me apresurase. No había tiempo que perder. Corrí hacia él, trepé por la escalerilla y en un minuto estaba ya en el cesto, a su lado.

Después, el gran balón volvió a elevarse muy liviano, se remontó por encima del techo de la casa, dejó atrás las puntas de los pinos bajo los que galopaban y corrían mis enemigos, y se mantuvo en el aire libremente.

Mientras tanto, agarrada al borde de la cesta, yo miraba hacia abajo fascinada.

Veía las casas, los pinos, las carreteras, las personas, que se hacían tan pequeñas como en un juego de niños; y ya resultaba difícil distinguir mi casa entre todas las demás.

—Ya no reconoces tu casa, ¿verdad? —me dijo el abuelo sonriendo. Estaba mordisqueando su puro y me miraba con ironía—. Mírala. Es aquélla, ¿no la ves? Y aquel hombrecillo, aquel de allá, metido en aquel cochecito de juguete… ése es tu marido… ¿Qué impresión te causa ahora, eh, tontorrona…?

La hermosa mujer se echó a reír, expansiva y alegre. También yo, de pronto, me reí alegremente; y esto me sorprendió a mí misma.

Me puse a mirarlos, casi olvidando todo lo que se extendía bajo nuestros pies.

Tenían todo el aire de encontrarse bien juntos; la bailarina estaba comiendo bombones y me los ofreció amistosamente. También le ofreció al abuelo, que los aceptó enseguida con glotonería infantil. Luego le dio un gran beso, sin recatarse lo más mínimo por mi presencia.

Y comprobé con estupor que me sentía invadida por una creciente sensación de libertad y de bienestar.

Volví a mirar hacia abajo: todo se había hecho todavía más pequeño y aparecía más lejano…

—¿Adónde vamos? —pregunté—. ¿Ya no volveremos nunca a tierra? ¿A casa…?
—Claro que volveremos. Cuando tú quieras… Yo siempre vuelvo a casa… Siempre se vuelve; pero el mundo es tan grande… y hay tantas cosas que ver… que hacer… ¿No es cierto, encanto…?

Lo de «encanto» no me lo dijo a mí, naturalmente, sino a su amiga; y lo hizo guiñando un ojo con malicia y hasta con cierta obscenidad, mientras le acariciaba las caderas. La hermosa mujer prorrumpió en una sonora y alegre carcajada, y empezó a cantar una de sus cancioncillas famosas; y me pareció oír cantar a Iris, a la que, en efecto, la bella joven se parecía mucho. Pero no era Iris, era una bella muchacha de carne y hueso, con unas bonitas y largas piernas embutidas en medias negras de malla, y un trasero redondo y lleno, cubierto apenas por los volantes del tutu.

Estábamos ya tan altos que pasaban a nuestro alrededor algunas hebras de pequeñas nubes; el mar se extendía a nuestros pies perdiéndose en el horizonte, y la costa, cubierta de pinos, aparecía como un gran arco allá al fondo. También yo me puse a cantar; y empezó a cantar hasta el abuelo, con una voz tan rota y desentonada que casi parecía la de un borracho, por lo que nos echamos a reír como tres locos…

.

Mi cara se tropezó conmigo en el espejo del salón. Estaba todavía cantando aquella vieja cancioncilla de café cantante de 1890, cuando el espejo reflejó mi cara delante de mí, mi cara de siempre, que en ese momento miraba sorprendida, como si la viera por primera vez.

Porque, en el fondo, me estaba preguntando cómo era posible que durante tanto tiempo me hubiera encontrado tan fea… La complicada forma de mi peinado me pareció de pronto ridícula; y volví a reírme como me había reído en el globo. Me despeiné; me pasé las manos por la cara con fuerza para quitarme el maquillaje, y hasta me froté con el pañuelo; y todo aquel mejunje amarillo-rosa-negro que quedó pegado en la tela me dio casi lástima.

Pues claro, estaba mucho mejor así, con mi verdadera cara, que en conjunto no está nada mal… Nada mal, nada nada mal… Ni mejor ni peor que tantas otras; y por lo demás, eso ya no me importaba nada en absoluto… Había dejado de importarme…

Al otro lado de la casa oí que Fortunata estaba guisando. La casa estaba tranquila, llena de luz… ¿Y mi marido…? ¿Era realmente cierto que se había marchado…? Qué extraño… la cosa ya no me aterrorizaba como antes. Me sentía más tranquila, más serena… Y mi marido ya no me parecía el mismo personaje mítico, indispensable, insustituible de antes.

Todo estaba más distanciado de mí; y sin embargo, todo seguía siendo muy querido, y hasta más querido que antes, en cierto sentido, pero de una forma más libre…

Me asomé a la ventana. El jardín aparecía silencioso, verde, inmóvil como una miniatura. Toda huella de asedio había desaparecido: los enemigos, los caballos, los fuegos… Hacía una mañana luminosa y serena… Los gatos, mis gatos de siempre, me miraban con sumisa espera desde los matorrales y desde el césped.

Levanté la cabeza: allí arriba, inmóvil, suspendido en mitad de la atmósfera, aún podía ver el globo y distinguir unas pequeñas siluetas negras en la navecilla.

Me pareció oír de nuevo la cancioncilla de 1890 que llegaba desde allí arriba…

Y vi la escalerilla de cuerda bamboleándose en el vacío, como una invitación o un ofrecimiento perenne…

Una respuesta a “Giulietta (Final)

  1. Pingback: Giulietta (II) | Periódico Irreverentes·

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