Giulietta (II)

Federico Fellini

IRIS

En efecto, algunos días más tarde Iris me visitó. No apareció enseguida: empecé a sentir su presencia a mi alrededor; yo no la había visto nunca y no podía saber quién era, qué era… Bastaba el reflejo de un cristal, de un espejo… o incluso los reflejos del agua del mar… para que me hiciera estar a disgusto sentir su presencia a mi alrededor de ese modo, sin entender bien… Porque, por ejemplo, la primera vez vislumbré sus caderas en el espejo retrovisor del coche, o mejor dicho, su culo, un hermoso culo de mujer, blanco como la leche, con unas braguitas de encaje negro y un liguero también negro, como los que llevaban las bailarinas de hace un siglo… Por lo demás, también muchas otras veces, antes de verla a ella por completo, empezaba a ver uno de sus pechos; o sus piernas, unas hermosísimas piernas, largas y derechas, con medias negras de malla…

Luego, mientras trataba de entender por primera vez qué era lo que veía en el espejito del coche, de pronto la vi: estaba parada al borde de la carretera; el trigo estaba recién cortado, hacía muchísimo calor, y ella estaba allí, de pie, vestida igual que una chanteuse de aquellos tiempos, con una sombrilla abierta; y me hacía señas de que me detuviera, de que quería subir al coche. Yo sin embargo apreté el acelerador, pero casi enseguida la vi sentada a mi lado. Lo primero que hizo fue girar el espejo retrovisor hacia ella para mirarse; lo hacía con frecuencia; mientras hablaba, de vez en cuando se interrumpía de pronto para mirarse en el espejo de frente, de tres cuartos, de perfil… Porque era muy guapa y lo sabía; y se cuidaba muchísimo. De vez en cuando me preguntaba:

—¿Me encuentras guapa?

Yo le decía que sí y volvía a colocar bien el espejo, porque no podía ver nada; en el fondo me daba incluso un poco de rabia tener que volver a colocar el espejo en su sitio. ¡Pero era tan guapa…! Cuando se lo decía ella sonreía y me contestaba:

—También yo, francamente, me encuentro muy guapa.

Luego dijo de pronto:

—¿Quieres volverte tan guapa como yo? —Y al instante desapareció.

Fue por la noche, en la cocina, mientras preparaba la cena para mi marido con Fortunata, cuando de repente caí en la cuenta de que Iris se parecía muchísimo a la bailarina que había vuelto loco a mi abuelo.

¿También se llamaba Iris? Ya no me acordaba, pero me parecía que era un nombre muy semejante.

Cuando yo era niña, mi abuelo vivía aún; era viejísimo, pero estaba tan sano como una manzana. En casa siempre se le daba un poco de lado, debido precisamente a que unos años antes de que yo naciera, y siendo ya viejo, se había escapado con una chanteuse. Había sido una verdadera locura. Luego, uno o dos años más tarde, volvió; pero en la familia aquello, como es lógico, no se lo perdonaron nunca. Yo había oído hablar del asunto cuando era pequeña; y a menudo me imaginaba a mi abuelo, tan viejo como le conocía por entonces, escapándose con una hermosa cantante… Concretamente, se escapaba en una especie de globo aerostático, porque mi abuelo había sido uno de los primeros aficionados al nuevo arte del vuelo; acudía siempre a los experimentos de vuelo y tenía en casa un montón de tarjetas y fotografías que reproducían aquellos extraños aparatos voladores… Y, en mi opinión, el rapto de la bailarina ocurrió así: con un globo aerostático…

Me imaginaba un gran prado que tenía en el centro un globo fabuloso adornado con muchas banderas e iluminado con lamparillas chinas. Y de pronto aparecía mi abuelo corriendo y arrastrando de la mano a la bellísima bailarina; luego la levantaba en brazos, la introducía en el gran cesto y después también él saltaba dentro; por último, cortaba la cuerda y el globo ascendía hacia el cielo y hasta se llegaba a oír una música. Y en el prado se quedaban dando saltos de rabia mi madre, mi padrastro fascista, el Duce, el director del instituto con su gran barba roja y, en algunos momentos, también mis hermanas. Todos levantaban con furia los puños hacia el globo, que ya no era más que un puntito negro que aparecía y desaparecía en el azul del cielo. Pues bien, creo que Iris se parece realmente a la bailarina de mi abuelo. Y una vez se lo pregunté, le pregunté si de verdad era el alma o el fantasma de aquella bailarina.

Pero Iris me contestó de un modo extraño, entre irritado y equívoco. En general, nunca me contestaba cuando le hacía preguntas concretas sobre su vida. Además, debía de ser bastante mentirosa; fascinadora, pero mentirosa. Yo no sabía bien cuándo me decía la verdad y cuándo no; así que me sentía siempre incómoda.

Pero realmente era una mujer de los pies a la cabeza. Lo sabía todo: qué hay que hacer para gustar a los hombres, para conquistarlos, para hacerles sufrir. Conocía todos los secretos para ser bella o para conservar la belleza: las cremas, las aguas, los masajes… Cómo se colocan las flores; los perfumes que se deben quemar en casa. Algunas veces, cuando me quedaba en el salón tomando un whisky, de pronto empezaba a ver, entre el hielo y el cristal del vaso, sus largas piernas con las medias de malla; y luego aparecía ella y se ponía a colocar bien las flores o se tendía en el diván como una odalisca…

Una vez no vino sola: traía consigo a unas diez mujeres tan hermosas como ella. Todas eran famosísimas, como Helena de Grecia, Mata Hari, Semíramis, Taide… y había también una silueta negra con un pecho desnudo que me recordaba muchísimo la figurita del anuncio de las «Pillules orientales»; todas ellas eran mujeres espléndidas.

Yo no daba crédito a mis ojos; y mientras tanto Iris me decía:

—Fíjate bien… ¿A cuál de estas mujeres quisieras parecerte? Elige.

Yo, por mi parte, si realmente tenía posibilidad, elegiría a la misma Iris… ¿Pero acaso era posible conseguirlo?

—Los senos… —me dijo de pronto Iris una vez.

Me sobresalté, porque sólo con esa palabra había tocado un punto que para mí era doloroso.

—Los senos —siguió diciendo Iris— tienen que ser así y así…

Me dijo cómo tenían que ser unos senos «sexy» y cómo podían conseguirse. Dijo que conocía un secreto indio: consistía en ponerse cabeza abajo para que la sangre afluyera al pecho, y permanecer así por lo menos durante una hora, todos los días…

Yo siempre había tratado de seguir sus consejos: masajes, aguas, curas higiénicas, perfumes… También yo me compré medias negras de malla; pero en esta ocasión me quedé un poco dubitativa.

Sin embargo, Iris terminó por convencerme; y un día hice la prueba. Haciendo un gran esfuerzo, conseguí atarme por los pies a la rama de un árbol, en mi jardín, con una almohada en el suelo bajo la cabeza. Es muy difícil, tal vez con el tiempo termine una por acostumbrarse; pero quien no esté acostumbrada se siente realmente mal al cabo de un rato…

Sentí que me ponía morada. Quizá fue ésta la razón por la que, en un determinado momento, me pareció ver un refulgir de llamas, las mismas que se me aparecerían más tarde, como diré más adelante. Pero, mientras tanto, mi respiración se iba haciendo corta y pesada; quería desatarme, pero no lo conseguía… Por suerte me vio Fortunata y acudió en mi ayuda. Se quedó estupefacta y asustada; no entendía nada, y al principio creyó que había sido atacada y sometida a aquella situación por algún salvaje…

Pero estoy segura de que es un buen sistema, si se sabe hacer. Y volví a probar, entre otras cosas, porque no quería darme por vencida; quería luchar…

Mi marido ya no hablaba en sueños. Yo me quedaba vigilándole a menudo mientras dormía; le miraba, permanecía a la espera, me torturaba siempre con la misma pregunta, que me había repetido mil veces: «¿Será verdad, no será verdad…?».

Esa pregunta me la hacía de día y de noche, en casa y por la calle… y fue precisamente en la calle donde tomé aquella decisión…

.

.

EL ABUELO

Me había pasado toda la tarde en el estudio de Alba.

Durante meses, Alba me había pedido insistentemente que posara para ella; quería prestar mi cara («mi expresión espiritual», decía) a uno de tantos personajes que inundaban sus lienzos neomísticos, y por fin cedí, un poco para cumplir mi promesa y un mucho con la esperanza de distraerme de los angustiosos pensamientos que me torturaban.

También acudía Chierichetta con un gran camisón blanco plateado y un lazo amarillo en la cabeza. En el centro del estudio estaba el enorme lienzo del Paraíso, el gran cuadro que, según Alba, no sólo revolucionaría las técnicas y el lenguaje de la pintura, sino que además daría un nuevo rumbo tanto a la filosofía como a la religión. Alba nos había reproducido más o menos a todos en aquel cuadro: reconocí a Valentina, a Raniero, a Livia… Y en el gigantesco y robusto muchachote completamente desnudo que dominaba todo el conjunto en medio del cuadro, me pareció reconocer los ojos oscuros y los hombros musculosos de un jugador del Lazio que había visto algunas veces en el Seiscientos de Alba.

En el cuadro, el muchachote que sonreía y fumaba con desenfado representaba a Dios.

El asunto me parecía completamente sacrílego, pero no dije nada. Alba me había hecho sentar en una especie de trono y me pedía con insistencia que desnudara mis senos, a lo que me opuse rotundamente.

Chierichetta estaba a mis pies, con un cirio encendido en cada mano, y también había un gran perro que murmuraba en sueños. Alba movía el pincel con mucha energía, fumando un cigarrillo tras otro y hablando sin parar sobre la condición física del Padre Eterno.

¿Pero realmente Dios podía tener la cara del jugador del Lazio?

¿Realmente Alba lo había visto así?

¿Y cómo era Dios para mí? ¿Cómo me lo imaginaba? Recordé un episodio de mi infancia, y de repente vi ante mí un gran postigo de madera polvorienta lleno de telarañas. Al otro lado del postigo estaba Dios. Por lo menos eso era lo que yo creía. Pero el postigo estaba cerrado, tal vez tenía que haber llamado; por desgracia, en aquel momento, abajo, en el patio de butacas, se produjo un gran barullo, y yo estaba atada a una parrilla llameante y suspendida en el vacío… Aunque quizá es mejor que os cuente esta historia desde el principio.

Cuando yo era niña, todos los años, al final del período escolar, y antes de salir de vacaciones, en el pequeño teatro del colegio de monjas actuábamos todas las alumnas en una representación benéfica. Nos divertíamos muchísimo.

Aquel año las monjas nos hicieron representar un texto sagrado sobre la vida de una santa: una muchacha virgen que había tenido una muerte gloriosa sobre una parrilla entre llamas. Yo tenía una gran afición a interpretar; según parece, era la que lo hacía mejor, y más tarde la idea de que de mayor me dedicaría al trabajo de actriz se me quedó grabada durante mucho tiempo. También hoy, en el fondo, pienso a menudo que ése era en realidad mi verdadero camino; sí, creo que si hubiera seguido aquella vocación, habría encontrado en la vida todo aquello que, por el contrario, me ha faltado.

Ese año el papel de la santa de la parrilla lo hice yo. Probablemente aquélla fue mi mejor interpretación: la de un ser tan bondadoso que se había dejado quemar, aceptando el martirio con alegría y perdonando a todo el mundo…

Cuando al final me ataban a una parrilla sobre unas llamas hechas con papeles rojos movidos por un ventilador, yo hubiera deseado realmente que el fuego fuera de verdad; estaba segura de que habría hecho lo mismo que la santa, que yo también moriría mirando al cielo feliz y gozosa, y que vería a Dios…

El día del ensayo general, cuando, atada a la parrilla, ésta fue elevada lentamente y por primera vez hacia el techo del escenario con una grúa (mientras abajo todos cantaban un canto sagrado), sentí que mi corazón latía muy fuerte… Pensé que quizá vería a Dios. La parrilla seguía subiendo, y yo, con las manos unidas y los ojos inundados de lágrimas, esperaba la deslumbrante visión… Luego, la parrilla se detuvo, casi tocaba el techo, y delante de mí, que estaba suspendida en el vacío, había un gran postigo de madera. Supuse que detrás de éste estaría Dios. Esperé rezando con el corazón en la garganta, Pero el postigo permaneció cerrado. Pensé que tal vez Dios no se me había aparecido porque aquello era sólo el ensayo general, y no la verdadera representación, pero que al día siguiente, durante la función, seguramente lo vería.

Me pasé toda la noche en oración con el fin de prepararme mejor para el encuentro; me confesé dos veces, comulgué, y aquella tarde, cuando las monjas me estaban vistiendo para la función, dijeron todas que mi rostro tenía una sonrisa realmente celestial.

Pero hacia el final de la representación, cuando la parrilla empezó a subir y en el patio de butacas se oía a las mamás sonarse la nariz a causa de la emoción, mientras yo, temblando de alegría y de temor, miraba el postigo que se iba acercando cada vez más… se produjo de pronto la de San Quintín. Oí la voz de mi abuelo que gritaba como un loco, y luego lo vi en el escenario agarrando la manivela de la grúa, y girándola luego furiosamente, haciéndome descender a trompicones. Estaba furibundo. Lanzaba insultos a todo el mundo, sobre todo a las monjas, a mi padre y a mi madre.

—¡Usad la parrilla para asar chuletas! —gritaba dando empujones a la superiora—. ¿Qué es lo que les enseñáis a estas pobres criaturas? ¿Qué pretendéis hacer con estas niñas inocentes?

Luego me desató de la parrilla y me gritó en la cara:

—¿Y tú qué? Te has emocionado mucho, ¿no es cierto, estúpida? ¿Te gustaría que te quemaran viva?

Se armó un escándalo tan mayúsculo que hasta llegaron a intervenir los carabineros. La superiora se desmayó en el escenario. Algunas monjas se habían postrado de rodillas para rezar, las niñas lloraban, y aquello parecía el fin del mundo. Hasta que, desde el patio de butacas, un señor altísimo, delgadísimo y con una espesa barba roja exclamó con voz tonante:

—¡Por el amor de Dios, profesor De Filippis, basta ya!

Era el director del instituto donde mi abuelo daba clases de literatura italiana. Mi abuelo, por tanto, se llamaba De Filippis. Y quizá fue este incidente, junto al otro todavía más sonado de su fuga con la chanteuse, lo que hizo que le alejaran, con un expediente disciplinario, de todas las escuelas del reino.

Hereje, ateo, comecuras, vicioso, vagabundo, ácrata, loco…

Siempre oí hablar de mi abuelo en estos términos, tanto en casa como fuera. Una vez incluso en la iglesia, desde el púlpito, el obispo de nuestra pequeña ciudad lo calificó de individuo amoral y peligroso, para sí mismo y para los demás.

¡Quién sabe! Quizá tenían razón. ¿Pero sería un tipo realmente así?

Han pasado ya muchos años y yo no he conseguido modificar mi recuerdo ni he sabido nunca qué era lo que debía pensar de él exactamente. Lo único que puedo decir es que cuando era pequeña, bien por la historia de la parrilla (¡en el fondo me había impedido ver a Dios al otro lado del postigo!), bien porque toda la familia le miraba con recelo y lo juzgaba severamente, creí durante mucho tiempo que el abuelo también podía ser el demonio, o un amigo suyo muy íntimo. La manera que tenía de mirarme, de burlarse de mí, de tomarme el pelo… Ni siquiera sus bellísimos ojos de color azul celeste conseguían tranquilizarme.

Las pocas veces que me lo encontraba o iba a verle me sentía siempre incómoda; nunca sabía si hablaba en serio o en broma, si me quería o si se divertía burlándose de mí… ¿Qué más recuerdo de él? Una vez me llevó a ver los aviones; sobre el prado movido por el viento había un globo aerostático. Era amigo de todos los pilotos. Quería que me diera una vuelta por el aire, pero yo derramé todas mis lágrimas y entonces renunció diciéndome que era una miedica.

Lo que más escamaba a todo el mundo era su facilidad para entablar amistad con todo tipo de gente, sin distinción de clases o ni siquiera de costumbres. Gente completamente desconocida, con las profesiones u oficios más dispares, intimaba con él durante días, semanas o incluso sólo por algunas horas. Se pasaba la mitad del día hablando y hablando con desconocidos; tardes enteras, o noches y noches escuchando a personas absurdas; se entusiasmaba y hablaba de ellas en familia, cada vez como si hubiera descubierto yo qué sé. O también desaparecía y luego se sabía que había estado por ahí, haciendo largos viajes en tercera, durmiendo y comiendo de mala manera; pero a él le gustaba hacer esa vida y siempre volvía contento y feliz, contando cosas raras que había visto y personas no menos raras —para variar— que había conocido a saber dónde…

Cuando la historia con la cantante terminó como tenía que terminar, mi abuelo no volvió nunca a casa realmente. Vivía solo, cambiándose a menudo de un apartamento a otro; solían ser pequeñísimos apartamentos situados en viejos edificios, aunque alguna vez también se alojó en cuartos amueblados. De pronto aparecía en casa a comer o a cenar con la mayor tranquilidad, como si hubiera sido invitado, y luego se marchaba y no se le volvía a ver más durante mucho tiempo. Nunca faltaba, por ejemplo, en las fiestas anuales: ni en Navidad, ni en Semana Santa, ni en los cumpleaños; recuerdo que a mí me traía regalos fastuosos.

En los últimos años de su vida había recogido —no se sabe dónde— y hospedado en su casa a un chino. Un auténtico chino. Cuando iba a verle casi siempre estaba allí el chino. Nos recibía con una profunda inclinación, ceremonioso y sonriente, y a los niños nos causaba mucha impresión. Algunas veces el abuelo no dejaba de hablar con el chino ni siquiera para atendernos, y nosotros nos quedábamos muy calladitos sentados en un rincón, sin entender una palabra de lo que se decían ellos dos…

Estos son los recuerdos que tengo de mi abuelo, pero su papel en esta historia no termina aquí.

.

.

OJO DE LINCE

Estaba hablando antes de la tarde que pasé en el estudio de Alba, posando para su Paraíso y escuchando sus interminables parrafadas sobre el Dios que ella había visto idéntico al jugador del Lazio.

Cuando salí de su estudio ya había anochecido. Pero no tenía ganas de volver a casa; oía repetir en mis oídos ininterrumpidamente aquel nombre de mujer pronunciado por mi marido entre sueños; me parecía verlo escrito en las paredes, en los anuncios luminosos… Y exactamente desde donde me hallaba, en lo alto de un tejado, pude ver ante mí un letrero en luz de neón que se encendía y se apagaba, se encendía y se apagaba.

La imagen se encendía y se apagaba, se encendía y se apagaba. Las bombillitas formaban esquemáticamente la figura de un hombrecillo con boina y una pipa en la boca y debajo decía: Ojo de lince: investigaciones pre y postmatrimoniales.

Mientras miraba el anuncio, me sorprendió por primera vez la idea de hacer la prueba.

Me quedé un buen rato viendo aparecer y desaparecer la imagen luminosa del hombrecillo de la boina, y confieso que me sentía turbada y tenía una gran tentación.

Porque lo cierto es que por primera vez había surgido ante mí, muy concreta, la posibilidad de salir de aquella incertidumbre que me envenenaba la vida y me quemaba la sangre. Saber. Podía saber. Estar segura, por fin, de si mi marido me traicionaba o no. Y exactamente con quién. ¿Y si sólo habían sido ideas mías…? ¿Por qué no? Podía haberme equivocado; y en ese caso, todos los tormentos, las rabias, las angustias y los insomnios desaparecerían de repente…

Pero ¿y si luego, en cambio, descubriera algo concreto…? Ni siquiera esta hipótesis lograba detenerme ya; sí, incluso este descubrimiento sería para mí un alivio; amargo y desolador si se quiere, pero un alivio al fin y al cabo…

Sin embargo había algo que me contenía de forma muy sensible: era una repugnancia instintiva; y también el miedo… En realidad, ¿cómo tendría el valor de presentarme ante aquel tipo para contarle mis asuntos más íntimos, poniendo mi vida y la de mi marido en sus manos…? Hacer que le siguieran, que le espiaran… Era algo repugnante, hay que reconocerlo…

Ya en casa, estuve mucho tiempo mirando aquella dirección y aquel número en la guía telefónica. Dos o tres veces levanté el auricular y volví a colocarlo en su sitio. Casi tenía la impresión de estar concertando una cita con un amante…

Por fin marqué el número, muy deprisa. Me contestó una voz algo ronca, que hablaba con lentitud. No di mi nombre sino uno que me inventé; pregunté de forma vaga cuál era el horario de visitas y colgué enseguida, casi sin esperar la respuesta.

Mi hermana no tenía ninguna duda. Me refiero a mi hermana la casada. La otra, Fanny, no es realmente la persona más adecuada para pedirle consejo en un caso semejante. ¡Estaría gracioso! Se habría reído en mi cara. Fanny quiere ser actriz; yo también hubiera querido serlo, pero no pude conseguirlo; en cambio Fanny ha hecho ya algunos ensayos y algún que otro pequeño papel; siempre tiene alrededor a un montón de adoradores… Pero en Adele sí podía confiar, en cierto sentido; porque Adele, que está siempre embarazada, y goza, entre la familia, de una especie de veneración, es capaz de comprender estos problemas conyugales. Mejor dicho, vive sólo de esto. Parece hallarse constantemente en un estado de absorta fantasía, como si estuviera en las nubes; y sin embargo no piensa más que en las papillas de los niños, en sus zapatitos y en cómo han hecho la caquita…

Con su característica voz pausada y uniforme, me dijo que debía haber pensado en ello incluso antes. Según ella, era lo único sensato que se podía hacer: desenmascarar a aquel sinvergüenza. Para Adele, la posibilidad de que mi marido fuera inocente ni siquiera existía. Sólo se trataba de ponerlo de espaldas contra la pared, ver cómo se ponía blanco, aplastarlo con los hechos en la mano…

.

Fue ella quien me acompañó, porque yo sola no habría tenido el valor suficiente para ir. Incluso hasta en el último momento, cuando estábamos ya en el portal —un pequeño portal oscuro y estrecho, en una casa vieja del centro—, yo quería volverme atrás. Discutimos durante un buen rato, en la calle, en el portal y por el pasillo; yo tiraba de una de sus mangas y ella me decía en voz baja que era una tonta; la enfurecía aquella discusión que manteníamos delante de la gente.

No creo que hubiera conseguido convencerme; pero de pronto vislumbré una extraña figura, como la de un fraile o un ermitaño, con una espesa barba roja y las ojeras hundidas, que me hacía un gesto perentorio y severo con la cabeza. Más adelante explicaré quién era. En fin, el caso es que me decidí y subí las escaleras sin darme cuenta.

La oficina, en conjunto, no era fea ni estaba sucia; las viejas habitaciones, muy amplias, como era costumbre en otros tiempos, habían sido modernizadas en cierto modo, con suelos de linóleo y muebles de estilo sueco. Me había imaginado que me encontraría con saloncitos separados; un aire más misterioso, en una palabra, algo policiaco… En cambio, nada.

Había un ordenanza, idéntico a todos los ordenanzas; nos dijo que el «abogado» en ese momento tenía gente.

Poco después salió una mujercita gruesa y pequeña, y el «abogado» nos recibió.

Además de la boina, que no se quitaba ni un momento de la cabeza, tenía también una barbita puntiaguda, cosa que en el anuncio luminoso, como es lógico, no se podía distinguir. Era muy bajito; más ancho que largo. Y la pipa la tenía sobre la mesa.

Yo le había dicho a mi hermana antes de entrar que hablara ella, como si se tratara de una cosa suya; estaba, en efecto, tan alterada, que no hubiera podido abrir la boca.

Fue al cabo de un rato cuando me di cuenta de que mi hermana estaba hablando muy serena y despiadadamente; me di cuenta porque el «abogado» la interrumpió pidiéndole las fotografías del «sujeto».

Las fotografías las tenía yo en el bolso; y en ese momento se hizo evidente que se trataba de mi marido. El «abogado» no me quitó los ojos de encima mientras estuve rebuscando en mi bolso; las manos me temblaban, pues, la verdad, tenía la impresión de que iba a quemarme al poner aquellas fotografías en manos del policía. Éste, mientras tanto, decía que debíamos confiar plenamente en él. Y nos habló de su experiencia, de la eficacia de sus colaboradores… Tuve que dar direcciones —la de casa, la de la oficina de mi marido—, informar sobre horarios, costumbres, etc. Tenía la sensación de que me estaba desnudando… Al final nos pidió un «depósito» de treinta mil liras.

Al bajar las escaleras me eché a llorar. Y mi hermana me dijo de nuevo que era una tonta. Probablemente tenía razón.

Ojo de Lince se había concedido unos diez días. Fueron unos días mortales. Ahora que había tomado la decisión, un deseo vehemente de saber me dominaba por completo.

Casi todos los días llamaba a mi hermana por teléfono, apremiándola para que se acercara a ver si ya se sabía algo. Ella, implacable, siempre se negaba, diciéndome que debía darle tiempo al investigador para que pudiera recoger todas las pruebas necesarias.

Siete días después recibí una llamada telefónica. No la esperaba todavía, y me cogió desprevenida. El hombrecillo de la boina me preguntó si estaba sola y si su colaborador podía visitarme dentro de media hora.

Fui presa del pánico. Llamé inmediatamente a mi hermana; luego a mi madre; luego a Adelina… Ninguna de las tres estaba en casa. Quería que alguna de ellas viniera enseguida a mi casa, y sin embargo, cuando aquel desconocido llamó a la puerta, me encontraba completamente sola.

Entró en casa un hombre de mediana edad, de estatura media, que llevaba unas guedejas de pelo peinadas a un lado para cubrir la calva. Tenía una cartera bajo el brazo. Me besó la mano, y tuve una extraña impresión: era como si tuviera ante mí a un carnicero vestido de frac.

Se puso a hablar casi en voz baja, lanzando de vez en cuando miradas de desconfianza hacia la puerta y con la actitud de quien está haciendo una visita de pésame en casa de un muerto; o la de uno de esos agentes de pompas fúnebres que se precipitan a llamar a una puerta en cuanto se enteran de que alguien ha muerto en la casa.

Abrió la cartera. Y a partir de ese momento he olvidado todos los detalles; ni siquiera recuerdo cuándo salió. Sobre la mesita había dejado un cartapacio: papeles mecanografiados, fotografías… Todo exacto. Todo inexorable. Calle, número y piso donde vivía esa mujer; profesión —era maniquí—, nombre, edad (veinticinco años); horas de los encuentros… La noche tal, salieron juntos a tal hora; cenaron en tal restaurante; volvieron a casa juntos a tal hora… El día tal, subieron juntos en el coche; de vuelta otra vez a casa, siempre juntos, a tal hora…

Allí se decía exactamente todo lo ocurrido durante siete días. Y con la cabeza dándome vueltas y los ojos sin ver casi nada, trataba aún, sin conseguirlo, de acordarme de dónde estaba yo, qué hacía, qué me había dicho mi marido como disculpa en aquellas mismas horas de esos mismos días…

Y además, para colmo, allí, sobre la mesita, delante de mí, estaba la fotografía de ella… de la otra: la cara que había tratado de imaginar infinitas veces y que ahora se había hecho concreta, real…

.

.

EL FRAILE

Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, se me apareció de nuevo el fraile de la barba roja. El sol caía a pico y hacía calor bajo los pinos, un calor sofocante, espeso. Por los alrededores ya no se veía un alma, todo el mundo se había metido en su casa para dormir la siesta. Esa es la razón de que a mí me guste tanto salir precisamente a esa hora en verano: cuando sólo se oye cantar a las cigarras y el pinar tiene un aroma salvaje…

Por entre los pinos vi avanzar, muy pacíficamente, dos leones, tan inofensivos como dos grandes perros. Al principio los había confundido incluso con dos perros. Pero eran dos auténticos leones. Se acurrucaron a los pies del fraile, que se encontraba apoyado en un pino; estaba vestido con un sayo, iba descalzo y tenía una larga barba roja. Sus ojos eran de fuego, su rostro aparecía demacrado…

—¿Es usted el director del instituto? —le pregunté—. ¿Es usted el director que apartó a mi abuelo de todas las escuelas del reino?

Oí retumbar sus palabras como si fueran truenos.

Dijo que una cosa era perdonar las ofensas y otra muy distinta hacerse cómplice de los pecadores. Tolerar el mal significaba hacerse cómplices. Ser indulgentes con los pecadores significaba compartir su culpa, alentarlos, empujarlos a pecar todavía más. Esto no se debía hacer. El pecado merecía un castigo; el pecador debía ser abandonado a la venganza de Dios. Incomunicado, es decir, apartado, para que permaneciera solo con su culpa. Y era un deber demostrarle todo el desprecio y toda la desaprobación que su culpa merecía. Porque todo el mundo tiene la posibilidad de no pecar, y hasta de arrepentirse y redimirse después de haber pecado; pero quien no lo hiciera, debería sentir sobre sí el peso de la cólera de Dios y el desprecio de las gentes de bien.

Tenía toda la razón. ¿Qué podía esperar de mi marido comportándome como me había comportado? Desde luego nada bueno; mejor dicho, no tendría ningún derecho a asombrarme si un buen día me hubiera traído por las buenas su amante a casa. ¿No es cierto…? Al fin y al cabo me habían visto ambos tan sumisa, tan amoldable… Se lo ponía todo demasiado cómodo, amigos míos.

En lugar de dormir, me quedé con la luz encendida y los ojos abiertos hasta que oí que se abría la puerta de casa y entraba mi marido. Eran casi las tres de la madrugada. Hasta las doce había conseguido leer y distraerme; pero de las doce en adelante las horas se me hicieron eternas. Y pensaba que Luigi estaría con su Gabriella, y que se levantaría de aquella cama para venir a acostarse a mi lado como un hermano; y la sangre se me subía a la cabeza. Sí, tenía razón el fraile, era algo intolerable, abyecto; y era necesario que mi marido se diera cuenta de una vez por todas. Que se avergonzara.

Luigi me encontró con los ojos como platos.

—¿Qué pasa? ¿No duermes? —me preguntó acariciándome una mejilla como suele hacerse con los niños.

No conseguí pronunciar una palabra. Se desnudó y se metió en la cama.

—Buenas noches —dijo, y apagó la luz. Poco después dormía tranquilo y feliz.

.

.

SUSY

Fue entonces cuando Iris se decidió a hablar claro. Hacía una noche magnífica. Había luna llena y el mar brillaba como la plata. Yo estaba sola en el agua sobre un patín. En medio de tanto fulgor vi surgir a Iris, que brillaba también; se había puesto todas sus joyas y parecía una virgen, con su cuello largo y elegante, su cabeza pequeña y redonda, de exuberante y hermosa cabellera y aquellos ojos suyos tan extraños…

Era muy alta; pero esa noche lo parecía aún más. Nunca vi tantas joyas juntas encima de una sola mujer. La verdad es que Iris tenía verdadera pasión por las joyas; todas las que le vi eran hermosísimas, y ella cada vez me contaba una historia distinta sobre tal collar o tal pulsera.

Aquella noche me dijo, toda rutilante, algunas cosas que en el fondo también yo pensaba desde hacía algún tiempo; pero fue ella quien me las aclaró.

Me dijo que si mi marido me había dejado, era por mi culpa. La belleza era importante, pero hasta cierto punto. Lo que realmente tenía valor en una mujer era saber amar. Poseer el arte de amar.

En su opinión, nosotras, las mujeres serias, no pensamos nunca en estas cosas; creemos que sólo conciernen, por así decirlo, a las putas. Y con el paso de los años nos damos cuenta de pronto de que nos hemos equivocado en todo, de que tenían razón las putas. Algo más importante que tener la casa en orden, ir al cine con el marido, ir con él de paseo los domingos… No quería decir que había que ser más putas; pero en fin, sí, en el fondo, sí, eso, ser más putas. Iris, naturalmente, no empleaba esta palabra; ella no se consideraba para nada una puta; decía «mujer de amor»; «arte de amar». Tenía muchísima razón. Me decía que aún estaba a tiempo, que no era demasiado tarde; que todavía podía aprender. Era un arte, sí, un verdadero arte. Decía que las mujeres japonesas y las hindúes lo aprenden como nosotras aprendemos a guisar.

Y por otra parte, embellecerse, llevar medias negras, usar cremas, darse masajes y todo eso, ¿no venía a ser en el fondo lo mismo…? En cierto sentido sí, aunque fuera sólo el principio, la preparación. Desde luego, lo realmente importante era lo otro. Aprenderlo. «Se dice pronto», pensé. «¿Y quién te enseña?».

Aquella noche dijo Iris que hay mujeres que no tienen necesidad de aprender ese arte; nacen sabiéndolo ya todo. Como ella, que sabía todo desde que era una niña. Según ella, también había hombres así: no se reparaba en ellos, porque los hombres, a primera vista, parecen más o menos todos iguales.

—Pero en cambio —decía Iris— hay hombres que, aun siendo más feos que muchos otros, son amantes natos. Un hombre así es lo que te hubiera hecho falta. No se puede explicar, hay que vivir la experiencia de tener ese tipo de maestro; o de maestra.

Esta idea del arte de amar ya no se me quitaba de la cabeza. Y por eso hice amistad con la señora Susanna. Susy es como quiere que la llamen. Ya la había visto varias veces en el pinar, en las tiendas o en la playa; vivía no muy lejos de mi casa. Hasta llegamos a saludarnos de vez en cuando; pero nunca había tenido trato con ella, precisamente porque todo el mundo sabía que era una mantenida; y no de un solo hombre; tenía por lo menos cuatro o cinco amigos que se turnaban para visitarla; y algunas veces coincidían todos a la vez.

Un día en que me encontraba en la playa, percibí algo extraño a mi alrededor, como una corriente algo tensa… Observé mejor: una mujer acababa de salir de su caseta y se dirigía lentamente hacia el mar.

Era una mujer alta, hermosa, elegante.

Cuando llegó hasta donde estaba su sombrilla, se quitó el albornoz y pareció como si se hubiera desnudado. Aparte de las dos pequeñísimas piezas del biquini, no llevaba más que una pulsera de oro en la muñeca.

En sus formas no había nada vulgar; tenía un cuerpo de una belleza clásica, proporcionada, distinguida. Sus piernas eran largas y derechas, sus caderas bien torneadas, y tenía un culo hermoso, abundante y duro, sin que por ello resultara exagerado.

En fin, más que sus provocadoras formas, era todo su ser el que exhalaba una irresistible fuerza de atracción erótica. Un anchísimo radio de tensión se creó a su alrededor. Hombres de todas las edades la seguían con la mirada, más o menos descaradamente; las mujeres se habían puesto nerviosas, agresivas u hoscamente silenciosas.

La conocía de vista: era Susy, una mantenida de clase alta que vivía en un gran chalé no lejos del mío.

Susy extendió el albornoz sobre la arena, descendió hacia el mar y entró en el agua: parecía que no era consciente en absoluto de ser la causa de toda aquella silenciosa alteración.

De pronto, algunos jóvenes se sintieron dominados por un irresistible deseo de bañarse. Otros se tumbaron sobre sus toallas como perros haciendo la muestra.

Susy nadaba poco y mal. Realmente lo que hizo fue más bien chapotear un poco en el agua prudentemente, sin llegar hasta donde cubría; a veces dejaba asomar su cuerpo con el pecho semidesnudo, bronceado y brillante de agua. A su alrededor había varios hombres que nadaban en círculos cada vez más próximos a ella, bromeando ruidosamente entre ellos. Alguno le dirigió la palabra.

Susy le contestó muy serena y con naturalidad, y volvió a la playa.

Luego se tumbó sobre el albornoz, con una pierna doblada y los brazos en una posición de abandono.

Iba aumentando el número de hombres a su alrededor que se mostraban cada vez más agitados…

Me pareció oír la voz de Iris que me decía:

—Ahí tienes a tu maestra…

Y desde ese momento, casi sin apercibirme de ello con claridad, empecé a seguir con profundo interés todos los movimientos de Susy y de sus numerosos amigos. Por la mañana, cuando abría la ventana, mi primera mirada iba dirigida hacia aquella verja: siempre había un coche aparcado y casi siempre era distinto. En cuando oía el ruido de un motor que se acercaba o se alejaba, me levantaba de un brinco y corría hacia la ventana para espiar…

Mi deseo de conocer a aquella mujer, de verla de cerca, era cada vez mayor; pero había un montón de prejuicios que me contenían.

Una mañana, estando sentada en mi jardín, vi surgir de entre los matorrales un gran gato persa que me miraba con sus ojos dorados. Era uno de los muchos gatos de Susy. Me pareció una señal del destino. Lo cogí en mis brazos y me dirigí hacia aquel chalé.

La verja estaba entreabierta. Entré. El corazón me latía con fuerza. Era un jardín grande, exuberante, y al fondo había una piscina. Lo atravesé sin ver a nadie y entré en la casa.

Susy estaba hablando por teléfono, tumbada en un diván; como el respaldo la ocultaba, sólo veía asomar una mano enjoyada de vez en cuando, o una larga y bellísima pierna que su dueña estiraba lentamente, jugueteando con la zapatilla… Estaba hablando con un hombre. Nunca me hubiera imaginado que se pudiera hablar por teléfono con un hombre de aquella forma. Era una conversación telefónica tan cálida, tan sensual, tan apasionada, que parecía como si estuviera haciendo el amor.

Me quedé clavada en el suelo sin saber qué hacer: estaba azoradísima.

Después de colgar, Susy se quedó inmóvil y silenciosa durante unos instantes sobre el diván, como si descansara después de haber hecho el amor; luego se levantó. Bajo una bata muy transparente, su cuerpo aparecía completamente desnudo.

Mi presencia no pareció sorprenderla ni turbarla. Eso sí, se ocupó más del gato que de mí, besándolo muchas veces. Pero después fue muy amable conmigo, y pronto nos hicimos amigas.

Me enseñó la casa y el jardín, que estaban decorados con el lujo fabuloso propio de una villa californiana. Había focos de colores en el jardín, en la piscina y entre los setos; un gran bar totalmente acristalado, un dormitorio con cortinajes, sedas, alfombras…

En uno de los dormitorios había un huésped: era una amiga suya que, al parecer, estaba atravesando una crisis amorosa por haber terminado un gran amor. Lloraba con frecuencia y no quería ver a nadie.

Ya desde ese día, y hablándome precisamente de aquella amiga suya, Susy puso de manifiesto, sin proponérselo y sin darse cuenta siquiera, aquel aspecto de su personalidad que más llegaría a fascinarme y a sorprenderme: su gozosa y libre naturaleza de amadora, desligada totalmente de conflictos de celos, fidelidades y dramatismos.

Susy amaba con la misma naturalidad con que respiraba. Era la amante y la mantenida oficial de un gran industrial de mucha edad, pero todavía lleno de vitalidad y energía: inteligente, escéptico, sin pretensiones de que ella le fuera fiel.

Para ella, cualquier hombre podía convertirse, en el transcurso de pocos minutos, en un amante digno de ser recibido con deseo y con alegría; esto en nada alteraba el sincero afecto que la unía a su protector principal, ni su relación con sus otros amantes. En esta serena y pánica forma de amar, podía incluir con la misma sencillez incluso a mujeres, ya que la relación física para ella formaba parte de la simpatía humana y del disfrute de la compañía de otra persona. Este era precisamente el camino que me había sugerido Iris; y yo, fascinada y contagiada, creía de verdad haber encontrado una «maestra». Por lo demás, Iris empezó a aparecérseme a menudo, siempre sonriente y mostrándome su aprobación.

Salía muchas veces con Susy, que parecía haber entendido a la perfección, sin que yo tuviera que decirle nada en concreto, cuál era mi problema.

Un día Susy me llevó de compras en su coche. Iba a dar un party en su jardín, al que asistiría «Momi», su viejo protector, así como otros muchos «amigos». Susy se sentía feliz ante la perspectiva de esta reunión; hablaba con tierno humor de Cario, de Luigi, de Andrea, de Giovannella, y quería hacerles a todos un pequeño regalo.

Recorrimos muchas tiendas eligiendo y comprando corbatas, perfumes, foulards. Fue en el espejo de una de aquellas tiendas donde volví a ver \fugazmente la llamita serpenteante que ya se me había aparecido en el jardín, cuando estaba colgada cabeza abajo para que me aumentara el volumen del pecho. Me quedé algo asombrada, pero Susy me estaba hablando y me pedía que la aconsejara sobre una corbata, y yo ya no pensé más en la llamita. Por todas partes, tanto en las tiendas como por la calle, señores mayores, jóvenes, dependientes, porteros, taxistas, en cuanto veían aparecer a Susy, se alteraban, se inmovilizaban, torcían el cuello, hacían comentarios en voz alta… Igual que los jóvenes obreros semidesnudos y tostados por el sol que trabajaban en el jardín de Susy y ante los cuales ella se dejaba ver semidesnuda y serena, con una complacencia desenfadada.

Un coche deportivo, conducido por un joven, se dedicó a seguirnos obstinadamente. Nos adelantaba, se detenía, se dejaba adelantar, volvía a adelantarnos…

Mientras tanto, Susy conducía y hablaba conmigo como si no se hubiera dado cuenta de nada. Por fin, en un cruce, los dos coches se detuvieron uno al lado del otro. Y en ese momento no hubo entre Susy y aquel muchacho más que un largo intercambio de silenciosas miradas.

Luego, de pronto, a Susy le entró la prisa. Volvió en dirección a su casa a gran velocidad, mientras el otro coche nos seguía a una discreta distancia. Al llegar a la verja de su casa, se despidió de mí rápidamente y entró.

Poco después vi que también llegaba el coche deportivo y se detenía.

Aquel desconocido se bajó y también entró en casa de Susy…

.

Acudí al party de Susy con la sensación de que aquella noche iba a ocurrirme algo. Me hallaba en un estado de gran desasosiego y excitación.

El jardín de Susy tenía un aspecto magnífico. Luces de colores por toda partes, surtidores luminosos, camareros de chaqueta blanca… Susy sabía recibir muy bien. Conocía los mejores champañas, los mejores licores, la forma mejor de guisar un faisán o una langosta. Había viajado mucho y conocía a gente muy exquisita. También esto me producía fascinación.

Había mucha gente, sobre todo hombres, naturalmente. Entre estos «amigos», que no sabían nada unos de otros, Susy se desenvolvía con una naturalidad y una facilidad tan carentes de malicia, que resultaba verdaderamente admirable. La única persona que tenía aspecto de saberlo y entenderlo todo era «Momi»: era un señor alto y delgado, con cabellos blancos y un rostro enjuto y bronceado; tenía los ojos claros y muy expresivos y una conversación llena de interés… Y sin embargo, contaba casi setenta años.

Entre los invitados había también un negro: un negro joven y maravilloso. Quizá me lo pareció porque ya había bebido un poco; o quizá influyera en mí aquel ambiente que lo impregnaba todo de un halo fascinante; el caso es que en mi vida había sentido una turbación tan profunda.

.

No tengo más remedio que emplear una expresión que me quema los labios, pero no encuentro otra; por primera vez sentí «el sexo». Algo que me resultaba animalesco y divino al mismo tiempo; una alteración de las fibras más recónditas de mi ser, un adormecimiento de la voluntad, de pensamiento, junto a una lucidísima tensión… De repente, comprendí de qué me había hablado Iris y de qué se alimentaba Susy…

Susy enseguida se dio cuenta de todo. Lo leyó en mis ojos, en mi rostro tenso y alterado, en mi voz… No sé cómo se las arreglaría, pero lo cierto es que al cabo de poquísimo tiempo aquel negro estaba sentado junto a mí y me hablaba. No conseguía escucharle ni contestarle de tanto como me obsesionaba pensar en aquel joven cuerpo de bronce, cuyos movimientos, ágiles como los de un espléndido animal, adivinaba bajo el traje de etiqueta.

No sé cómo ocurrió. No sé si fue Iris o Susy quien me acompañó hasta un dormitorio del chalé. Desde luego al principio fue Susy, con el pretexto de dejarme un chal; pero recuerdo que después Susy desapareció, y tuve la impresión de que en su lugar estaba Iris. El joven negro había entrado conmigo; estábamos solos, habían cerrado la puerta. Lo sentí junto a mí, muy muy cerca; sentí sus manos…

De repente vi que una gran llamarada surgía de la cama y ésta desaparecía; en su lugar había una parrilla de hierro, sobre la que se encontraba una joven atada y semidesnuda. Las llamas le rozaban la espalda, las caderas, las piernas; y ella, en medio de aquel horrible martirio, levantaba los ojos al cielo con una expresión de sufrimiento atroz y al tiempo de sublime felicidad… Era la santa… La santa quemada viva… La reconocí enseguida…

Lancé un grito espantoso y me precipité fuera del cuarto. Seguía gritando, llorando y diciendo algunas palabras sin sentido, mientras Susy, acompañada de otros invitados, se puso a mi lado asombrada, asustada…

Como es lógico, creyeron que estaba loca. Rechacé todo consuelo, toda ayuda; y me puse a correr realmente como una loca hacia mi casa, atravesando el pinar a oscuras. Veía a mis espaldas aquella enorme parrilla en llamas, tan alta como los pinos, que me perseguía de cerca; y en lo alto, entre las copas de los árboles, el pálido rostro de la mártir, chorreando sudor y sangre, que me sonreía con una expresión atroz…

.

(Sigue leyendo...)

Una respuesta a “Giulietta (II)

  1. Pingback: Giulietta (I) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .