Recuerdos de Anton Chejov

Maximo Gorki

 

 

Una vez me invitó a ir con él al pueblo de Kutchuk-Koij, donde tenía un poco de terreno y una casa blanca de dos pisos. Allí, mostrándome sus «dominios», me dijo amistosamente:

—Si yo fuese rico habría construido aquí un sanatorio para maestros de escuela. Habría hecho un gran edificio, limpio y claro, con grandes ventanales y techos muy altos. Habría reunido una hermosa biblioteca, diversos instrumentos de música, colmenas; habría arreglado un jardín-huerta… Se habrían dado conferencias y explicaciones de agricultura, de meteorología. ¡El maestro debe saber de todo, querido amigo, de todo!

Dejó de hablar repentinamente, tosió, y comenzó a sonreír con aquella sonrisa suya tan dulce y tan bondadosa, que forzaba la atención y que le atraía tantas amistades.

—¿Qué os parecen mis fantasías? A mí me encanta hablar de esto. ¡Son muy necesarios en el campo ruso los maestros inteligentes, cultos, instruidos!… Sin una educación amplia y diversa en el pueblo, la Nación se derrumbará como una casa mal construida. Es urgentísimo asegurar al maestro una instrucción. ¿Qué es lo que ocurre hoy día? En lugar de un artista enamorado apasionadamente de su vocación, es un mecánico no muy culto el que enseña a los niños de las aldeas. Pasa hambre, está oprimido, tiembla a la sola idea de perder su mísera pitanza. Y debe ser el primero del pueblo; poder responder a todos las preguntas, reconocer en sí mismo una fuerza digna de atención y de respeto, y, sobre todo, que nadie le injurie ni le rebaje, como ahora es corriente que hagan el militar, el banquero, el sacerdote, el policía, y hasta el inspector de escuelas, que sólo se preocupa de que se cumplan las circulares de la Dirección, sin cuidarse de que la instrucción mejore… Y ese hombre es el encargado de instruir al pueblo. Es preciso que el maestro deje de ir harapiento, que deje de temblar de frío en las clases, húmedas y malsanas, y que a los treinta años sea un reumático o un tísico. ¡Es una vergüenza! Durante ocho o nueve meses del año tiene que vivir apartado de todos, sin tener con quien cambiar una palabra; se embrutece en la soledad; sin libros, sin distracciones, y si habla de ello a sus compañeros, le acusan de «conspirador» contra el Gobierno. ¡Esa palabra imbécil con que se aterra a los idiotas!… ¡Todo esto es sencillamente asqueroso! Podéis creer que cuando veo a un maestro de escuela me avergüenzo de verle tímido y haraposo… Me parece que yo soy la causa de su indigencia.

Calló; meditó algún tiempo. Luego dijo a media voz, agitando una mano:

— ¡Qué nación tan absurda y tan estúpida es nuestra Rusia!…

Sus ojos bondadosos, cercados de finas arrugas, los velaba la sombra de una profunda tristeza. Después añadió, burlándose de sí mismo:

—Ya lo veis: os he colocado un artículo de fondo de un periódico liberal… Pero os daré, té para recompensar vuestra paciencia.

Esto era muy frecuente. Hablaba con calor, grave, sincero, súbito y apasionado; luego se chanceaba de sus propios discursos. Se leía en su sonrisa, triste y dulcemente irónica, el exquisito escepticismo de un hombre que conoce el valor de las palabras y de los ensueños. Y había también en su ironía una gran delicadeza, una modestia amable…

Silenciosos, entramos en la casa. El día era claro y cálido. Las olas, jugando con los rayos solares, rielaban al pie de la montaña. Un perro ladraba de alegría. Chejov me cogió por el brazo y dijo lentamente, tosiendo:

—Es vergonzoso y es triste, pero cierto; hay muchas gentes que envidian a los perros.

Y, súbitamente, añadió, sonriendo:

—Hoy no digo más que palabras seniles… Envejezco.

* * *

Con frecuencia me decía:

—¿Sabéis, Gorki, que ha venido un maestro enfermo? ¿No podríais auxiliarle? En espera de ello, yo le he acomodado.

O bien:

—Oíd: hay aquí un maestro de escuela que quiere conoceros y él ni puede salir; está enfermo. ¿Queréis ir a verle?

Y otras veces:

—Sé de algunas maestras que piden se les envíen libros.

Una vez encontré en casa de él a uno de estos maestros de escuela. Estaba sentado al borde de la silla, ruborizado de saberse tan torpe; y sudaba copiosamente buscando las palabras. Se esforzaba en hablar, tan pronto con corrección como con el atrevimiento artificial de los tímidos. Se encontraba dominado por el afán de no parecer ignorante a los ojos de un escritor, y dirigía a Chejov una lluvia de preguntas que jamás se le ocurrieron, sin duda, hasta aquel momento.

El escritor escuchaba atentamente aquella charla incoherente y poco recreativa; sus ojos tristes, brillaban, y en sus labios se dibujaba apenas una sonrisa que hacía temblar las arrugas de sus mejillas; y con voz profunda, matizada, comenzaba a decir palabras claras, sencillas, plenas de vida, palabras que, de súbito, volvían al interlocutor hacia la naturalidad, impidiéndole que forzara el pensamiento, haciendo así su charla más inteligible, más interesante.

Recuerdo un maestro, alto, delgado, famélico, de cara amarillenta, melancólico. Estaba sentado frente a Chejov y decía con voz brusca, mirándole fijamente a los ojos:

—Las impresiones de una existencia tan sombría forman en el espacio pedagógico una conglomeración física que imposibilita absolutamente toda posibilidad de tratar objetivamente la realidad ambiente. Sin duda, el mundo no es más que la representación que de él nos hacemos en nuestro intelecto…

Lanzándose en la filosofía trascendental, erraba como un ciego abandonado.

—Y, decidme —preguntó Chejov, con voz acariciadora—, ¿quién pega a los niños en vuestro distrito?

El maestro se levantó vivamente y respondió furioso, agitando los brazos:

—¿Qué decís? ¿Yo? ¡Pegar a los niños! ¡Nunca!
—Calmaos —continuó Chejov, sonriendo para tranquilizarle—. ¿Quién habla de vos? Pero recuerdo haber leído en los periódicos que alguien pegaba, en vuestro distrito, a los discípulos.

El maestro se apaciguó, y suspirando aliviado, dijo:

—Es cierto. Hubo un caso. Fue Makarof… Un salvaje. Y se comprende: Está casado, tiene cuatro hijos, su mujer está enferma, y él, tísico. Recibe veinte rublos mensuales. La escuela es una cueva y sólo le ceden un rincón. En tales condiciones, ¿qué tiene de extraño que se abofetee a un niño?

¡Cosa rara! Este hombre que acababa de sumergir a Chejov en un río de palabras sabias, comenzó a decir cosas sencillas, pesadas como piedras, pero ardientes y plenas de sinceridad; mostró en su realidad maldita, la vida que arrastra el campesino ruso.

Pidiendo permiso para retirarse, el maestro sacudió entre sus dos manos la mano de dedos finos de Chejov, y dijo:

—Yo vine a vuestra casa todo tembloroso y tímido, como el que va a la de un superior. Y me hinché de vanidad. Quería demostraros que era alguien también. Y os dejo como a un hombre del nivel mío que todo lo comprende.

Gracias por ello. Llevo conmigo una impresión excelente; las personas como vos, sencillas, comprenden al pueblo y están muy cerca de su alma. Adiós… No os olvidaré nunca…

Su nariz temblaba, y con una franca sonrisa, añadió:

—Realmente, los débiles tienen razón en quejarse.

Chejov siguió con los ojos su marcha, y luego comenzó a reír, diciendo:

—¡Es un buen muchacho!… No enseñará mucho tiempo…
—¿Por qué?
—Porque no le dejarán. ¡Le echarán a la calle!

Y con voz apagada, añadió:

—En Rusia, el hombre honrado parece el «coco», con el cual se amedrenta a los niños pequeños…

* * *

En presencia de Chejov, todos sentían el deseo de ser más sencillos que él, de aventajarle en veracidad. Muchas veces noté que, ante él, los hombres abandonaban el ropaje deslumbrante de frases librescas, de palabras de moda, de todas esas futilidades de baratillo con que el ruso se atavía cuando quiere pasar por europeo, al modo de los salvajes que se adornan con dientes de pescado.

Chejov no amaba ni los dientes de pescado ni las plumas de gallo. Le repugnaban las afectaciones con que los hombres creen adquirir importancia, y observé que cuando había ante él algún aspirante a cómico, sentía el deseo de librarle de los vanos oropeles que deforman la cara y el espíritu. Durante toda su vida, Chejov fue siempre el mismo, no preocupándose de lo que esperaban de él, unos, y de lo que otros —menos corteses— exigían. No gustaba de esas conversaciones sobre temas «elevados», encanto de los rusos, que discuten seriamente acerca de los terciopelos con que se vestirán los hombres del porvenir, olvidando que los del presente visten de harapos.

Como era de tan hermosa sencillez, amaba todo lo sencillo, lo sincero, lo natural.

Recuerdo que una vez, estando yo con él, le visitaron tres señoras muy elegantes; llenaron la sala con el ruido de sus faldas y con la violencia de sus perfumes. Se sentaron ceremoniosamente ante el dueño de la casa y afectaron sentir gran interés por la política:

— ¿Cómo creéis, Anton Chejov, que terminará la guerra?

Chejov tosió, reflexionó un instante y respondió en tono serio y acariciador:

— Indudablemente, por la paz.
—¡Oh!… ¡Evidentemente! Pero ¿quiénes saldrán victoriosos? ¿Los turcos o los griegos?
— Me parece que los más fuertes serán los que venzan.
— ¿Y cuáles son los más fuertes, según vos? —preguntaron las tres señoras a un tiempo.
— Los que comen mejor y son más cultos.
— ¡No está mal! —exclamó una de ellas.
—¿Y a quién preferís? ¿A los turcos o a los griegos? —dice otra.

Chejov la miró amablemente y contestó con una sonrisa cordial y dulce:

—A mí me gusta mucho la mermelada. ¿Y a vos?
—¡También! —dijo vivamente la señora.
—Sobre todo la de albaricoques —añadió seriamente la primera de las visitantes.

Chejov volvió de nuevo a su bondadoso sonreír.

Y la tercera señora, entornando los párpados, dijo golosamente:

— ¡Es tan aromática!…

Entonces se pusieron a hablar las tres muy seriamente, demostrando sólida erudición en el arte de confitería. Se notaba que eran felices con verse libres de torturar sus espíritus y fingir vivo interés por la guerra, en la que no pensaban nunca. Y se despidieron alegremente de Chejov.

—¡Os mandaremos unas mermeladas!…
—¡Habéis hablado muy bien! —le dije cuando se marcharon las señoras.

Chejov respondió, sonriendo:

—Cada cual ha de hablar en su lengua.

Otra vez encontré en su casa a un gallardo joven. El sustituto del fiscal. Estaba frente a Chejov y sacudiendo la rizada cabeza, se expresaba así:

—En vuestro cuento El mal intencionado, proponéis una cuestión muy compleja. Si admitimos en Dionisio Gregorief una voluntad criminal y consciente, debemos arrojarle a la cárcel sin ninguna contemplación, puesto que así lo exigen los intereses sociales. Si, por el contrario, es un bruto, incapaz de apreciar la finalidad de sus actos, entonces sólo es digno de lástima. Ahora bien; tratándole como a un irresponsable, ¿cómo garantizaré a la sociedad de que este hombre no volverá a aflojar los tirantes de los raíles para causar una segunda catástrofe? ¡Esta es la cuestión! ¿Cómo obrar en semejante caso?

Luego se estiró con un movimiento rápido y miró atentamente a Chejov. Su uniforme era completamente nuevo, y los botones brillaban sobre su pecho con tanta seguridad y estupidez como los ojos del joven defensor de la justicia, en su semblante perfecto.

—Si yo fuera juez —contestó Chejov— hubiera absuelto a Dionisio.
— ¿En qué os fundaríais?
—Le hubiera dicho: «Dionisio, tú no has llegado todavía al tipo de criminal consciente. Vete y procura llegar a serlo».

El jurista comenzó a reír, pero recobró en seguida su seriedad, y continuó:

—No, Antón Chejov; el problema planteado en vuestro cuento sólo puede resolverse en interés de la sociedad, a la cual estoy llamado a defender. Dionisio es un bruto, pera también es un criminal. Esto es lo cierto.
—¿Os gustan los fonógrafos? —dijo de pronto Chejov.
— ¡Me encantan! ¡Es un descubrimiento admirable! —respondió vivamente el joven.
—Pues yo no puedo resistirlos —confesó apenado Chejov.
—¿Por qué?
—Porque hablan y cantan sin sentir lo más mínimo. Son una caricatura de todo… Es una cosa muerta… ¿Hacéis fotografías?

El joven, que era aficionado apasionadísimo de este arte, empezó a hablar de él con entusiasmo, sin acordarse del fonógrafo, a pesar de su semejanza con él.

Y de nuevo vi aparecer bajo el uniforme a un hombre bastante jocoso, en lugar de un maniquí articulado.

Cuando nos quedamos solos, Antón Chejov dijo hoscamente:

— ¿Qué os parece? ¡Esos fantoches son los que, en nombre de la justicia, disponen de la suerte de los hombres!

Tras un breve silencio, añadió:

—Es preciso creer en que los procuradores son muy aficionados a la pesca, sobre todo a la de ranas…

* * *

Chejov poseía el arte de descubrir y atenuar la banalidad en todo. Es un arte accesible sólo a los que tienen altas exigencias con la vida y que arden en el deseo de ver hombres sencillos, bellos, armoniosos. La vulgaridad hace de ellos un juez despiadado y sutil.

Una vez se comentaba delante de él que el editor de un periódico popular, hombre que disertaba constantemente sobre la necesidad del amor y de la misericordia para con el prójimo, había maltratado de palabra a un empleado del ferrocarril, y que, en general, trataba con groserías a todos los que de él dependían.

—Eso es muy natural —dijo Chejov, con una sonrisa violenta—. Es un aristócrata, es instruido, se educó en un seminario… Y aunque su padre usaba alpargatas, él lleva botas de charol.

Y había en el tono de esta reflexión, algo punzante contra «el aristócrata» de nuevo cuño, hecho de pronto, ridículo…

— ¡Es un hombre de gran talento! —dijo en cierta ocasión hablando de un periodista—. Sus artículos nacen del fondo de su conciencia… respiran amplio humanismo; pero ante sus amigos, el autor llama necia a su mujer, y el cuarto de los criados rezuma humedad: todas sus criadas padecen reuma.
— ¿Os agrada N…, Antón Chejov?
—Sí, mucho. Es un hombre agradable —asintió Chejov, tosiendo—. Sabe de todo, lee mucho… Yo le presté tres libros que no me ha devuelto. Además, es muy distraído. Hoy os dice que sois un hombre maravilloso y mañana afirmará a todo el que quiera oírle, que robáis a los criados y os habéis apropiado los calcetines de seda del marido de vuestra querida; unos calcetines negros, rayados de azul. Porque le gusta dar detalles.

Y como se quejaran, en su presencia, del aburrimiento y de la pesadez de los artículos «serios» publicados en las revistas importantes, dijo:

—No leáis esas cosas. Es literatura convencional, de amigos. La constituyen los señores Blanco, Rojo y Negro. Uno de ellos escribe un artículo, el otro contesta, y el tercero resume y justifica las contradicciones de ambos. Es como si jugaran a las cartas con un muerto… A ninguno de ellos le preocupa si aquello interesará o no al lector.

Otro día una señora gruesa, elegante y respirando salud, creyó necesario hablarle «al modo de Chejov».

—Me aburre la vida, Antón Chejov, ¡todo es tan gris! La gente, el cielo, el mar… Hasta las mismas flores se me antojan grises… Carezco de deseos. Mi alma flota en un lago de melancolía… ¡Es como una enfermedad!
—¡En efecto! ¡Es como una enfermedad! —dijo Chejov con convicción—. Es una enfermedad. En latín se llama Morbus fingimientos. Afortunadamente para ella, la señora no había estudiado latín, a no ser que ocultara su ciencia…
—Los críticos se parecen a los tábanos que impiden a los caballos labrar la tierra —decía en cierta ocasión con su fina sonrisa—. Trabaja el caballo, sus músculos están tirantes como las cuerdas de un arpa, y de pronto el insecto se posa sobre él y le clava su fina trompa… Es preciso cazarle y sacudir la cola. ¿Sabéis por qué molesta el tábano? Apenas lo sabe él mismo: tiene un carácter inquieto, y sencillamente, quiere manifestarlo. Esa es la única razón. Parece que han nacido para decir: «Fijaos en que puedo zumbar, zumbar únicamente». Hace veinticinco años que leo las críticas de mis trabajos y no recuerdo ni una indicación preciosa, ni un buen consejo. Una sola vez me interesó una nota de Skabitchevsky: aseguró que yo moriría en un cercado…

En sus ojos dulces y tristes había casi siempre una exquisita ironía; pero, otras veces, era fría, ruda… Entonces, su voz; de timbre sincero y flexible, resonaba más firme y me parecía que este hombre, modesto y delicado, podría, cuando se presentase la ocasión, oponerse enérgico a una fuerza hostil, y vencerla.

Otras veces creía que los hombres excitaban en él un sentimiento de duda, rayando en la desesperanza.

—¡Qué ser tan extraño es el ruso! —dijo un día—. Se parece a un colador: no permanece nada en él. En la juventud, llena ansiosamente su alma de todo lo que encuentra, y cuando tiene treinta años, no quedan en ella más que restos informes. ¡Para vivir bien, para vivir la vida, es preciso trabajar con amor, con fe!… Y en nosotros no existen esas dos preciosas virtudes. El arquitecto que ha construido dos o tres casas regulares, se pone a jugar las cartas para toda su vida o frecuenta los camerinos de los teatros… Cuando ya tiene clientela, deja el doctor la ciencia; ya no lee nada, excepto Las novedades de la Terapéutica, y a los cuarenta años asegura con gran aplomo que todas las enfermedades provienen de enfriamiento. Después de haberse conquistado una reputación como hábil querellante, el abogado no se preocupa más de defender la razón. Se contenta con estudiar el derecho de propiedad; apuesta en las carreras, engulle ostras y pasa por hábil conocedor de todas las artes. El actor que ha desempeñado acertadamente dos o tres papeles, ya no trabaja en otros; se compra un sombrero de copa y se cree un genio. Rusia es la patria por excelencia de toda clase de gentes perezosas y voraces, que comen y beben excesivamente, que gustan de roncar despiertos y de roncar en sueños. Se casan por ordenar su vida, y se rodean de queridas para mantener su prestigio en la sociedad. Tienen psicología de perros: cuando se les pega, chillan suavemente y se ocultan en la perrera; cuando se les acaricia, $é echan boca arriba, las patas por alto, y agitan la cola…

Pronunciaba estas palabras con un desprecio frío y doloroso. Pero en su alma triunfaba siempre la piedad; y cuando vituperaban a alguno en su presencia, intercedía en seguida por el culpable:

—¿Por qué os enojáis? Es un viejo que tiene ya setenta años.

O bien:
—Pero si es aún muy joven… ¿No veis que sus actos se los dicta la inexperiencia…?

Y cuando hablaba de este modo no había señal de desdén en su semblante.

* * *

Durante los años juveniles, la banalidad es despreciable, casi divertida; pero, poco a poco, penetra en el hombre, llena su sangre y su cerebro de una nube gris, y le transforma en una vieja enseña cubierta de moho: se cree que aquello representó algo; ¿pero qué? ¡Cualquiera lo sabe!

En sus primeros libros ya había sabido Chejov señalar lo que se oculta de trágico tías un acontecimiento banal, hasta cómico…

Es necesario leer atentamente sus cuentos «humorísticos» para comprender cuántas cosas crueles, repugnantes, tristes, ha dejado entrever el autor bajo las palabras y peripecias agradables.

Su pudor no le permite gritar a los hombres: «¡Sed más correctos!». Porque él espera que comprendan ellos mismos la necesidad de una vida regular. ¡Vana ilusión! Odiando todo lo que sea trivial u obsceno, ha descrito la ignorancia de la existencia en noble lenguaje de poeta, con dulce sonrisa de humorista y apenas si se adivina, bajo la espléndida envoltura de la frase, la amargura del reproche interno.

Cuando el «gran público» lee La Hija de Albión, se contenta con reír, sin comprender que se trata, en este cuento, de la injuria más abominable que puede inferir un señor cargado de riquezas a un solitario que vive apartado del mundo. Y en cada una de las páginas de Chejov, yo oigo el profundo suspiro del corazón humano, el suspiro de compasión hacia esos seres inconscientes de su dignidad personal, presa de la fuerza… Ellos no creen en nada, excepto en la necesidad de comer cada día lo mejor posible; no sienten nada, a no ser el temor de que alguien, más fuerte que ellos, les golpee o les arrebate el pan…

Nadie como Chejov ha descrito, tan claramente, tan pulcramente, el lado trágico de las medianías humanas; nadie, antes que él, supo pintar con realismo tan despiadado el vergonzoso cuadro de las melancólicas vidas burguesas… La vulgaridad fue su mayor enemigo. Toda su vida luchó contra ella; su pluma mordiente e impasible la ridiculizó y supo desnudar todo lo que a primera vista, parece arreglado con el orden más agradable, mostrando su podredumbre. Y la vulgaridad se ha vengado mezquinamente; encerró su cadáver —el cadáver del poeta— en el vagón destinado al transporte de «ostras frescas».

La mancha gris, sucia, de este vagón se me antoja la inmensa sonrisa de la vulgaridad… sonrisa de victoria ganada a poca costa. En cuanto a los innumerables «recuerdos» de los periódicos, creo distinguir en ellos una tristeza hipócrita, tras de la cual hay el aliento fétido y frío de la eterna medianía, secretamente contenta de la muerte del perseguidor implacable y sincero.

Leyendo a Chejov se experimenta la sensación de un triste día otoñal, cuando en el cielo opaco se esfuman los árboles desnudos, las casas estrechas, las personas agrisadas… todo es extraño, solitario, inmóvil. El horizonte azul está desierto y el pálido cielo envía sobre la tierra, cubierta de cieno helado, su aliento frío y angustioso.

Y como el cielo de otoño, describe Chejov de un día sombrío los caminos hollados, las calles torcidas y esas casas mugrientas y mezquinas donde se ahogan de aburrimiento y de pereza criaturas lastimosas que vegetan en su vida de modorra y ayuna de sensaciones. Y veis a Donchetchka, que pasa rápida, suave, como una caricia; es la mujer que vistió de ternura su cariño. Si os place, podéis, abofetearla, y la esclava, dulce, no gime, siquiera. A su lado está la desgraciada Olga de Tres Hermanas: también ella sabe de amor y de sumisión a los caprichos de la mujer de su hermano y como él trivial y libertina; ante sus ojos se rompe la vida de las hermanas; ella llora y no puede ayudarles… y de sus labios no sale una palabra de rebeldía ni de reconvención.

He aquí la señora’ Ranievsky, la llorona, y los otros antiguos habitantes del Cerezal, egoístas como niños y caducos como ancianos.

No supieron morir en el momento oportuno y se lamentan sin ver nada en tomo suyo, sin comprender nada: son parásitos impotentes para chupar de nuevo la savia de la vida. El estudiantino Trofimof habla elocuentemente de la necesidad del trabajo; pero holgazanea y se distrae de su aburrimiento persiguiendo a Varia, que se sacrifica al bienestar de los que aborrecen el trabajo.

Varschinine sueña en la belleza de la vida dentro de trescientos años, y ve, sin enterarse, que en torno de él todo se derrumba, que Soleny —empujado por el fastidio y la bestialidad— está dispuesto a dar muerte al barón Touzenbach.

Y así desfila todo un cortejo de parias, forzados de sus propios deseos, de la estupidez, de la pereza, de la avaricia; esclavos aterrados ante la vida, que vegetan en confusa inquietud, que llenan el aire con discursos truncados sobre el porvenir… Saben que en el presente no hay sitio para ellos.

Hay a veces relámpagos en este rebaño sombrío: Son Ivanof y Treplef, que comprendieron su deber y que murieron.

Casi todos sueñan hermosas lejanías y dicen que dentro de dos siglos la vida será espléndida, pero ninguno se pregunta: «¿Y quién le dará esa esplendidez, si nosotros no hacemos más que soñar?».

Pero mezclado con esta multitud de vencidos sin lucha, ha pasado un hombre gallardo, inteligente, atento a todo; ha contemplado a estos míseros habitantes de su patria, y con sonrisa entristecida, con un tono de reproche tierno, pero profundo, con infinita desesperación sobre su alma y sobre su rostro, con voz franca y bella, ha dicho:

— ¡Vivís muy mal!… ¡Vivir así es vergonzoso!…

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