Kokoro (VII)

Natsume Sōseki

TERCERA PARTE
EL TESTAMENTO DE SENSEI

1

A LO LARGO DE ESTE VERANO he recibido dos o tres cartas tuyas. En la segunda, creo recordar, me pedías ayuda para encontrar trabajo en Tokio. Nada más leerla sentí el impulso de ayudarte de algún modo. Como poco debería haber respondido, pero no lo hice y me siento mal por ello. Confieso que no he hecho absolutamente nada para atender tu petición. Como bien sabes, vivo completamente al margen de la sociedad. No tengo, por tanto, forma de ayudarte. El verdadero problema, sin embargo, no es ese. A decir verdad, he estado ocupado pensando qué hacer conmigo mismo. ¿Debo continuar así, como una momia que camina entre el mundo de los humanos o bien…? Cada vez que escuchaba ese «o bien» en mi corazón, me estremecía. Me sentía como si corriera hacia un precipicio y en el último momento me detuviera a contemplar aquel abismo sin fondo. He sido un cobarde toda mi vida. Sufro la angustia que padecen todos los cobardes. A pesar de que me duele reconocerlo, la pura y simple verdad es que el asunto de cómo te ganes la vida a partir de ahora me resulta completamente indiferente. Me da absolutamente igual. Es el último de mis problemas. Guardé tu carta en un cajón, me crucé de brazos y volví a sumergirme en mis pensamientos. Lejos de compadecerme por tu situación, solo pensé en ti con amargura: un tipo de buena familia, con propiedades, recién graduado, a quien lo único que le preocupa es encontrar una buena posición. Si te confieso ahora todo esto, es para excusar mi imperdonable falta de consideración. No pretendo hacerte daño. A medida que leas mi carta irás entendiendo mejor mis intenciones. En cualquier caso, no contesté como debería haber hecho y eso exige que me disculpe contigo.

Poco después decidí enviarte un telegrama. Francamente, me apetecía verte, necesitaba contarte mi historia, como me habías pedido en alguna ocasión. Así que cuando recibí tu respuesta en la que me decías que no podías regresar a Tokio, me quedé profundamente decepcionado. Debiste pensar que aquellas escuetas líneas no eran suficiente, pues al poco tiempo recibí una extensa carta gracias a la cual comprendí que lo que estaba pasando en tu casa te impedía regresar. No tengo motivo alguno para estar enfadado contigo. ¿Cómo podías abandonar a tu padre enfermo para venir aquí? De hecho, fue una equivocación por mi parte escribirte en esos términos, ignorando la gravedad de la enfermedad de tu padre. Lo había olvidado por completo cuando te envié el telegrama, lo admito. Y eso a pesar de que fui yo quien te aconsejó de todo corazón que te hicieras cargo de él, que estuvieras alerta, dada la gravedad de su dolencia. Créeme. Soy un hombre plagado de contradicciones. Quizá es más la presión que el pasado ejerce sobre mí que mi forma de ser. He acabado convirtiéndome en un ser contradictorio. Soy perfectamente consciente de ese defecto de mi carácter. Te ruego que me perdones por ello.

Cuando leí tu carta, la última que me escribiste, me di cuenta de que había actuado mal. Pensé que debía escribirte para disculparme. Llegué incluso a coger la pluma, pero al final volví a dejarla sobre la mesa sin poder escribir una sola línea. Si iba a escribirte, tenía que ser esta carta y no era ese el momento de hacerlo. Por eso te envié un nuevo telegrama en el que te decía que no hacía falta que vinieras ya.

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2

FUE ENTONCES CUANDO DECIDÍ ESCRIBIR ESTA CARTA. Al haber perdido la costumbre de poner mis ideas por escrito, me torturaba la dificultad de encontrar las palabras adecuadas para expresar mis pensamientos y mis experiencias como deseaba. Una y otra vez estuve a punto de abandonar, de renunciar a todo esfuerzo para cumplir con mi promesa. Sin embargo, supe que mis intentos de dejarlo eran inútiles. Al cabo de una hora, volvía a apoderarse de mí la urgencia de escribir. Quizá estaba movido por ese sentido de la responsabilidad que lo obliga a uno a cumplir con sus obligaciones. No lo niego, aislado del resto del mundo como he estado durante tanto tiempo, no puedo decir que tenga demasiadas obligaciones con nada ni con nadie. Ya sea de forma deliberada o como consecuencia natural de las cosas, he vivido así para reducir al mínimo esas ataduras. No es que sea indiferente a mis promesas, no. Si mi actitud ha sido tan pasiva, es porque mi exacerbado sometimiento hacia los deberes ha producido desde siempre en mí una carencia de energía que me impide soportar los compromisos. El caso es que me siento fatal si prometo algo y no lo cumplo. Quiero evitar que eso me suceda contigo, así que vuelvo a tomar la pluma que tantas veces he dejado y me aplico a mi labor.

Además, he de decirte que quiero escribir. Escribir sobre mi pasado, sin que nadie me obligue a hacerlo. Mi pasado es, a fin de cuentas, el conjunto de mis experiencias, y supongo que podría considerarlo como una de las pocas cosas que son auténticamente mías. Si pienso en ello en esos términos, me parece una lástima no compartirlo con nadie antes de mi muerte. Más o menos así es como me siento. De cualquier modo, sería mejor llevarme todas mis experiencias a la tumba antes que compartirlas con alguien incapaz de comprenderlas. De no existir tú, todo habría caído en el olvido y me habría evitado quedar expuesto a miradas ajenas. Entre todos los millones de japoneses que existen en este mundo, tú eres el único a quien le contaría mi historia, con quien compartiría mi pasado. Eres un hombre honesto, sincero, y estás deseando aprender las lecciones que te da la vida.

No vacilaré en proyectar sobre ti las sombras de la vida, pero no temas. Míralas de frente, extrae de ellas las lecciones que te sean útiles. La oscuridad de la que te hablo es una oscuridad moral. Nací y crecí como un ser moral, aunque probablemente mi concepto de la ética sea muy distinto del de los jóvenes de hoy en día. Pero por muy distinto que sea, es mi concepto de la ética. No es mera ropa prestada para salir de un apuro momentáneo. Por eso creo que te será de utilidad, porque eres joven aún, y tienes toda la vida por delante.

A menudo hemos discutido cuestiones que tienen que ver con el pensamiento moderno. Seguro que lo recuerdas. Conoces muy bien mi postura en ese aspecto, estoy convencido de ello. Si disentía de tus argumentos, no era porque despreciara tus ideas. No les daba demasiada importancia porque no los apoyabas en nada. Eres demasiado joven para contar con ningún tipo de experiencia propia. A veces te sonreía. A veces atisbaba un mohín de insatisfacción en tu cara. Mientras tanto, me presionabas para que desplegara mi pasado como si fuera una pintura en rollo. Te respeté por ello porque mostrabas la clara determinación de extraer vida de mí, de beber la sangre caliente que brotaba de mi corazón. Entonces yo aún estaba vivo. No quería morir. En lo más profundo de mi ser me dije que un día satisfaría tu deseo y fue así como me quité toda la presión de encima. Ahora sí, ahora voy a abrirte mi corazón para verter mi sangre sobre ti. Me daré por satisfecho si cuando deje de latir, una nueva vida ha arraigado en tu pecho.

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3

AÚN NO HABÍA CUMPLIDO LOS VEINTE AÑOS cuando perdí a mis padres. Mi mujer te contó que murieron a causa de la misma enfermedad y al parecer te sorprendiste mucho cuando te explicó que sucedió casi al mismo tiempo. En realidad, lo que ocurrió es que mi padre contrajo fiebres tifoideas y mi madre se contagió por cuidarlo.

Yo era su único hijo. Disfrutábamos de una situación muy desahogada y puedo decir que crecí en un ambiente confortable. Ahora, al mirar atrás, me doy cuenta de que si al menos uno de ellos no hubiera muerto, no importa cuál de los dos, aún disfrutaría de la misma vida fácil de entonces.

Su muerte me dejó absolutamente desamparado. Carecía de conocimientos, de experiencia, de sabiduría. Mi madre estaba demasiado enferma como para estar junto a mi padre cuando este falleció. Ni siquiera llegó a enterarse. No sé si al menos lo intuyó o si creyó a quienes estaban a su alrededor y le decían que estaba bien, que se recuperaría. Lo dejó todo en manos de mi tío. Yo estaba a su lado cuando ella le pidió que se ocupara de mí. Tenía su permiso para marcharme a Tokio y se esforzó por transmitírselo claramente, aunque solo alcanzó a pronunciar unas pocas palabras: «A Tokio…». Mi tío la interrumpió antes de que pudiera acabar: «De acuerdo, no te preocupes». Después me miró y me dijo: «Tu madre es una mujer muy fuerte». Quizá se refería a su resistencia contra los ataques de fiebre que la asolaban. Cuando pienso ahora en esas últimas palabras de mi madre, sin embargo, sigo sin ser capaz de interpretar si eran su última voluntad. Yo era muy consciente de la gravedad de la situación de mis padres. ¿Había comprendido ella también que iba a morir? Es imposible saberlo. No importa lo lúcida o lo clara que fuera a la hora de expresarse durante aquellos accesos de fiebre. Una vez superados, no conservaba recuerdo alguno de lo que había dicho. Así que quizá… En fin, no importa. Creo que debo centrarme.

El hecho es que ya desde entonces tenía ese hábito de no tomarme las cosas a la ligera y analizarlo todo hasta el último detalle. Debo explicártelo antes de continuar. Lo que te acabo de contar, aunque no sea muy relevante para mi historia, sí me sirve para dejar claro este punto. Te ruego que lo entiendas desde ese ángulo. Mi tendencia a dudar de la integridad de la gente, de su comportamiento, se desarrolló a partir de entonces. Eso ha multiplicado, sin duda, mi sufrimiento, mi angustia y no quiero que lo olvides.

En cualquier caso, no pretendo confundirte con mis digresiones. Permíteme, pues, que vuelva a centrarme en la historia. Puede que te escriba esta carta con más serenidad de la que tendría otra persona en mi misma situación. El rumor de los tranvías que rompe el silencio de la noche cuando ya todo está dormido hace rato que se ha apagado. Tras la puerta solo se escucha el triste canto de los grillos, como un recordatorio del efímero rocío del otoño. Mi mujer duerme profundamente en la habitación de al lado, ignorante de todo. La pluma se desliza sobre la hoja de papel y con su sonido registra cada una de las palabras que escribo. Estoy sentado frente a las cuartillas con el corazón sereno. Si a veces los trazos se tuercen, no es porque esté inquieto sino por la falta de costumbre.

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4

SOLO EN EL MUNDO, no me quedó más remedio que seguir el consejo de mi madre y confiarme a mi tío. Él aceptó la responsabilidad de buen grado y se hizo cargo de mis necesidades. También lo arregló todo para que me marchara a Tokio como era también mi deseo.

Vine a Tokio y empecé el bachillerato. En aquel entonces, los estudiantes eran mucho más rudos y salvajes de lo que son hoy en día. Un compañero, por ejemplo, discutió una noche con un obrero y lo golpeó repetidas veces con su sandalia de madera en la cabeza hasta abrirle una brecha. Había bebido. Durante la pelea, el obrero pudo arrebatarle la gorra de bachiller con su nombre escrito en una etiqueta pegada al forro interior. El asunto se complicó de tal manera que la policía lo amenazó con contarlo todo en la escuela. Por fortuna, sus amigos intervinieron a tiempo y evitaron que el incidente pasara a mayores. Estoy seguro de que historias así dejarán perplejo a alguien de tu edad, criado y crecido en un ambiente más refinado que el mío. Lo mismo me ocurre a mí, pero te aseguro que los estudiantes de entonces éramos bastante más simplones que los de ahora.

La asignación mensual que me enviaba mi tío era muy inferior a la que recibes tú de tus padres. Obviamente, la vida era más barata entonces, y no puedo decir que sufriera estrecheces. Es más, nunca llegué a envidiar la situación financiera de ninguno de mis compañeros de clase. Más bien eran ellos los que me envidiaban a mí. Solo ahora me doy cuenta. Al margen del dinero de la mensualidad, a menudo escribía a mi tío para pedirle un extra para libros —ya de estudiante tenía la afición de comprar libros— y para otras cosas. Siempre podía hacer uso de ese dinero a mi antojo.

Inocente como era, confiaba plenamente en él, lo respetaba. Se dedicaba a los negocios y había formado parte del gobierno de la prefectura. Tenía algún tipo de relación con un partido político. Era el hermano menor de mi padre, aunque he de decir que sus caracteres eran muy distintos.

Mi padre era un hombre honrado que administraba sus bienes con gran diligencia y cuyo objetivo fundamental era conservar el patrimonio de sus antepasados. Le gustaba el ikebana, los arreglos florales, la ceremonia del té y leer poesía. También las antigüedades. Nuestra casa estaba en el campo, a unos ocho kilómetros de la ciudad, lo cual no era impedimento para que de vez en cuando fuera a visitar a un anticuario que le mostraba pinturas en rollo, incensarios y cosas de ese estilo. En resumen, era lo que los ingleses llaman un man of means, un hombre de recursos, es decir, un caballero del campo de gustos refinados.

Él y mi mundano tío se llevaban bien a pesar de sus diferencias de carácter. De hecho, mi padre hablaba de él en términos bastante elogiosos, como un profesional mucho más capaz y digno de confianza que él mismo. En alguna ocasión me confesó que los primogénitos como él, que recibían la herencia familiar, eran liberados de los sacrificios de la vida a los que se veían sometidos los demás, lo cual los convertía en personas indolentes, algo que para él era muy negativo. Se lo decía a mi madre, me lo decía a mí, pero sus palabras parecían especialmente dirigidas a aleccionarme. «Recuérdalo», repetía mirándome a los ojos. Afortunadamente, le hice caso. Aún hoy tengo muy presentes sus consejos. ¿Cómo podía dudar de mi tío, en quien mi padre confiaba a ciegas? Hubiera estado orgulloso de él aun en el caso de que mis padres no hubieran muerto y no hubiera tenido que vivir con él. Ya no era solo orgullo lo que sentía por él. Mi tío se había convertido, gracias a las circunstancias, en una persona esencial para mi supervivencia.

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5

LA PRIMERA VEZ QUE REGRESÉ durante las vacaciones de verano, mi tío y mi tía se habían mudado a mi casa y habían tomado posesión de ella. En realidad, lo habíamos decidido así antes de que yo me marchara a Tokio. Yo era hijo único, era la única alternativa para que la casa no quedara abandonada.

Por aquel entonces, mi tío tenía negocios en la ciudad. Mientras discutíamos sobre cómo arreglar las cosas, él se reía comentando que le habría resultado mucho más conveniente haberse quedado en su casa para atender sus asuntos, en lugar de tener que mudarse a la mía, que estaba en el campo, a varios kilómetros de distancia. Nuestra casa era una de las más importantes y con mayor solera de la zona. Como probablemente sabrás, vender o derribar una casa así cuando existe un heredero vivo es un asunto muy grave. Hoy en día ya no me preocupan nada ese tipo de cosas, pero entonces no era más que un niño que se debatía entre su deseo de vivir en Tokio y el de conservar la propiedad familiar.

Mi tío aceptó a regañadientes mudarse a la casa que ahora me pertenecía, si bien insistió en mantener la suya de la ciudad para hacer uso de ella en caso de necesidad. ¿Cómo iba yo a poner ninguna objeción? Al contrario, estaba encantado de tener por fin la oportunidad de satisfacer mi deseo de instalarme en la capital.

Mi alma infantil sentía nostalgia por la casa que dejaba atrás. Mis sentimientos hacia ella eran como los de un viajero que recuerda el hogar donde sabe que un día regresará. Me tranquilizaba pensar que cada verano volvería a ella, tras un año entero dedicado a mis estudios en la capital.

Desconocía el modo en que mi tío pasaba su tiempo, a caballo entre las dos casas, pero a mi regreso me lo encontré completamente instalado en la mía. Incluso se había llevado a toda la familia. Quise imaginar que estaban allí simplemente para las vacaciones, puesto que mis primos iban al colegio todavía, y por tanto, volverían a la ciudad en cuanto se reanudaran las clases.

Todos se pusieron muy contentos de verme. Me reencontré con una casa completamente distinta a la que conocía cuando vivían mis padres, una casa inundada de vida y felicidad. Aquello me produjo una enorme satisfacción. Mi tío sacó a su hijo mayor de la que había sido mi habitación para que yo pudiera ocuparla de nuevo. Había suficientes cuartos libres y no me importaba instalarme en cualquier otro, pero él no quiso escucharme. «Es tu casa, y no hay más que hablar», recuerdo que me dijo.

Solo el triste recuerdo de mis padres fallecidos ensombreció aquel primer verano que pasé con ellos. Sin embargo, hubo algo que me inquietó. Apenas acababa de empezar mi vida de estudiante, cuando tanto mi tío como mi tía me urgieron a que me casara lo antes posible. Insistían sin parar en ello. La primera vez que sacaron el tema, me pilló tan desprevenido que no pude evitar mostrarme algo perplejo ante su petición. La segunda vez, les expuse bien a las claras mi absoluto rechazo a lo que me proponían. Cuando insistieron una tercera vez, no me quedó más remedio que preguntarles a qué venía tanto interés. Su respuesta no se dejó esperar, y fue breve y concisa. Al parecer, querían que tomara esposa, como era costumbre en la región, a fin de que pudiera recibir formalmente la herencia de mi padre.

Aquello, ni que decir tiene, rompía todos mis planes. Obviamente, sabía de esa antigua costumbre de regresar a la casa de uno ya casado, pero yo solo contemplaba ir regresando de tanto en tanto, en vacaciones. No me oponía del todo a la propuesta de mis tíos, pero había ido a Tokio a estudiar y aquello de casarme lo veía aún muy lejano, como si lo mirase a través de un telescopio. Así que me marché sin satisfacer el deseo de mis tíos.

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6

PRONTO EL ASUNTO DEL MATRIMONIO pasó a un segundo plano en mi mente. Ninguno de mis compañeros tenía ese aire serio de los jóvenes comprometidos. Más bien parecían vivir libres de ataduras. Si yo hubiera podido ver qué había debajo de aquella apariencia, habría descubierto que a más de uno ya lo habían obligado a casarse, pero mi ingenuidad y mi juventud me impedían darme cuenta. Por otra parte, cualquiera que estuviera casado lo habría mantenido en secreto juzgándolo irrelevante para la vida estudiantil. Ahora me doy cuenta de que yo entraba en esa categoría, pero ni yo mismo lo sabía, así que seguí con mis estudios como si nada.

Al finalizar el año escolar, empaqueté de nuevo mis cosas y regresé de nuevo a mi pueblo, al lugar donde descansaban los restos de mis padres. Mis tíos, junto a toda su familia, seguían instalados en la antigua casa familiar. Nada había cambiado. Una vez más, respiré la atmósfera de mi antiguo hogar, ese aire cargado de nostalgia. Ni que decir tiene que estaba feliz de volver a mi casa y de romper así la pesada monotonía de los estudios.

Sin embargo, sumergido como estaba en el candor del ambiente en el que me había criado, mi tío no tardó en volver a sacarme otra vez el tema del matrimonio. Hizo valer los mismos argumentos del año anterior, alegó razones idénticas, pero si la primera vez no tenía a ninguna mujer en particular en mente, ahora me aguardaba una sorpresa que me desagradó profundamente. Me dijo que quería que me casara con su hija, es decir, con mi prima. Si aceptara, todos seríamos felices.

Y agregó que mi padre era de la misma opinión. Al parecer, así se lo había comunicado a mi tío justo antes de morir. Era cierto que nuestra unión era de lo más conveniente, así que no era descabellado que mi padre así lo hubiera expresado. Mi sorpresa se debía en gran medida a su novedad, y a que me lo soltara de sopetón. Así que, después de pensarlo un poco, la propuesta me resultó comprensible y hasta cierto punto razonable.

Aun así, puede que la principal razón por la que me negaba a ese matrimonio era la indiferencia que sentía por mi prima. Desde la infancia habíamos estado muy unidos. Recuerdo que los visitaba a menudo en su casa de la ciudad, y no solo durante el día, sino que muchas veces me quedaba también a pasar la noche. Como ya sabrás, el amor romántico no nace entre hermanos. Puede que solo repita algo obvio, pero estoy convencido de que entre un hombre y una mujer que han mantenido estrecho contacto desde niños, es imposible que surja esa frescura, ese estímulo esencial que es la semilla del amor. Igual que la primera vez que se huele el incienso o se saborea el primer sake, el impulso del amor debe nacer en un momento clave. Esa, al menos, es mi impresión. Si se deja pasar ese instante, uno se acostumbra a la otra persona, y sí, puede surgir el cariño, pero no ese arrebato del enamoramiento que poco a poco se desvanece. Por muchas vueltas que le diera, no era capaz de imaginarme casado con mi prima.

Mi tío propuso dejar el asunto en suspenso hasta que terminase mis estudios, aunque eso significara que ya nos poníamos una fecha. Aun así, me dijo que no convendría abandonar la idea, y por eso, a ser posible, me aseguró, le gustaría que cumpliéramos con el ritual de beber sake tres veces. Pero yo no sentía nada por mi prima y volví a expresarle mi negativa. Mi tío torció el gesto y mi prima rompió a llorar. Sé que sus lágrimas no estaban motivadas por mi rechazo, sino por su orgullo herido de mujer. Sabía perfectamente que ella me amaba tan poco como yo a ella.

Así que de nuevo decidí regresar a Tokio.

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7

EL VERANO SIGUIENTE VOLVÍ por tercera vez a mi casa. Echaba de menos mi tierra y no quise quedarme siquiera para esperar los resultados de los exámenes finales. Estoy seguro de que alguna vez habrás experimentado esa misma sensación: el color del aire del lugar natal es muy distinto, el aroma de la tierra. Todo aparecía mezclado con el recuerdo de mis padres, flotando en torno a mí. Quería pasar los meses de julio y agosto refugiado en ese mundo, inmóvil como una serpiente en su nido, dejar que me conquistara ese calor placentero provocado por el bienestar de volver al hogar.

Inocente y sin dobleces como era yo entonces, no me preocupaba demasiado por el problema siempre pospuesto del matrimonio con mi prima. Si no quería hacer algo, me bastaba con decir no, al menos eso creía. Y la cosa no tendría mayores consecuencias. De manera que a pesar de ser consciente de que no me sometería a la voluntad de mi tío, nada me perturbaba. Regresé, pues, a casa tras un año de espera y sin haberle dedicado un solo momento a ese asunto.

Nada más llegar, sin embargo, descubrí que la actitud de mi tío había cambiado. No me recibió con su cálida sonrisa de siempre. Quizá el ambiente de tranquilidad y afecto en el que me había criado me impedía captar a la primera la frialdad en las personas, pero lo cierto es que hasta cuatro o cinco días después de mi llegada no noté nada. Pasado ese tiempo, ocurrió algo que me abrió los ojos. Me desconcertó comprobar que no solo mi tío había cambiado, sino también mi tía. Mi prima, como es lógico, se comportaba de un modo extraño. También mi primo, quien poco antes me había escrito una amigable carta para preguntarme sobre una escuela secundaria de comercio de Tokio en la que pretendía matricularse. Ahora también él me miraba diferente.

Aquel cambio de ambiente me desconcertaba. ¿Por qué razón habían mudado mis sentimientos? O mejor, ¿por qué habían cambiado los suyos? Se me ocurrió pensar que mis padres, desde el otro mundo, me habían quitado el velo de los ojos y me habían permitido ver la realidad, contemplar el mundo tal como era. En lo más hondo de mí, sentía su cariño paternal, del mismo modo que lo había sentido en vida. A pesar de estar habituado al mundo real, sentía fluir por mi sangre profundas supersticiones heredadas de mis ancestros. No tengo ninguna duda de que aún hoy me ocurre lo mismo.

Subí la colina que había junto a la casa y fui a arrodillarme frente a la tumba de mis padres. En parte lo hice para expresarles mi gratitud y en parte porque me sentía muy triste por su pérdida. Recé para que cuidasen de mí, como si la felicidad de mi destino estuviese aún en sus manos y no estuviesen enterrados bajo aquella fría lápida. Tal vez te rías al leer esto, y tendrás razón, sin duda. Pero entonces yo era así.

Todo mi mundo se transformó en un abrir y cerrar de ojos, aunque no fue esa la primera vez, ya me había pasado antes. Cuando tenía dieciséis o diecisiete años, recuerdo que me sentí iluminado por el súbito descubrimiento de la belleza. Muchas veces me frotaba los ojos, incrédulo, como si no creyera lo que me mostraban: «¡Qué hermosura!», exclamaba a cada paso. A esa edad, chicos y chicas comienzan a descubrir lo que llamamos sensualidad. Una nueva perspectiva que me permitía, por primera vez, descubrir a través de las mujeres toda la belleza que encerraba el mundo. Ciego hasta entonces a los encantos del sexo opuesto, aquella nueva luz me deslumbró y transformó el universo ante mí.

Fue un impacto parecido al que experimentaba en ese momento cuando constataba el cambio de actitud de mi tío. Sucedió de improviso y sin que pudiera preverlo. En un instante, él y toda su familia eran criaturas distintas a mis ojos. Me asusté. Supe que si dejaba las cosas como estaban, la incertidumbre se abatiría sobre mi futuro.

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8

DECIDÍ INFORMARME SOBRE EL ESTADO del patrimonio heredado de mis padres y su administración. Se lo debía a su memoria. Hasta entonces lo había dejado todo en manos de mi tío, que se vanagloriaba de llevar una vida muy ocupada, y que apenas me daba información sobre mi herencia, hasta entonces suspendida. Iba y venía del campo a la ciudad y de la ciudad al campo, y cuando no estaba en mi antigua casa, estaba en su antiguo domicilio, donde solía quedarse dos o tres días. Siempre inquieto, pregonaba constantemente lo muy ocupado que estaba. Yo no dudaba de su palabra, si bien sospechaba a veces que se dejaba llevar por la rutina de decirse muy ocupado. Sin embargo, desde que empecé a preguntarle por el estado de mi herencia, toda aquella agitación se me antojaba más bien una excusa para evitarme y no encontraba nunca el momento de sentarme con él.

Un antiguo compañero del colegio me reveló que mi tío tenía una amante en la ciudad. Yo sabía cómo era mi tío, y no me extrañó. Sin embargo, no creía que mi padre hubiera llegado a saber de esos rumores. Mi amigo me habló también de otras cosas que se decían de él en la ciudad. Por ejemplo, que todo el mundo sabía que sus negocios estaban al borde del colapso, aunque en los dos o tres últimos años, de algún modo, había conseguido recuperarse. Aquello no hacía más que confirmar mis sospechas.

Finalmente, pude sentarme con él para tratar mis asuntos. Puede que la palabra «asuntos» resulte un tanto áspera teniendo en cuenta nuestro parentesco, pero a medida que hablábamos nuestra relación se iba degradando a ojos vista. Se dirigía a mí como si fuese aún un niño y yo no podía evitar que en mi interior crecieran los recelos. Es la única expresión que encuentro para definir con exactitud lo que empezaba a ocurrir entre nosotros. No hubo forma de llegar a un acuerdo amistoso.

Por desgracia, a pesar de la necesidad que siento de contarte mi historia, no puedo darte detalles de nuestra negociación. En realidad, hay otro asunto más importante del que he evitado hablarte hasta ahora. No he tenido oportunidad de hacerlo en persona, por eso me veo obligado a omitir aspectos que me hubiera gustado mencionar. No solo por carecer del talento para hacerlo por escrito, sino porque el tiempo ahora es precioso para mí.

A lo mejor recuerdas una ocasión en la que te dije que nadie es malo por naturaleza. Yo lo único que quería era advertirte para que tuvieras cuidado. Hasta el más honesto puede cambiar en función de las circunstancias. En tu opinión, me dijiste, yo era demasiado suspicaz y recuerdo que me preguntaste a qué clase de circunstancias me refería. Cuando te respondí con una sola palabra: «dinero», no pareciste satisfecho con mis explicaciones. Recuerdo bien la cara que pusiste cuando te lo dije. Ahora te confieso que en ese preciso instante en quien estaba pensando era en mi tío; lo odiaba, lo veía como el epítome de persona corriente y decente que se transforma, de buenas a primeras, en cuanto huele el dinero. Por eso no podía evitar albergar la idea de que no hay nadie en este mundo digno de verdadera confianza.

Es probable que mi argumento te resultara trillado, que no te satisficiera. Tienes tendencia a interpretar las cosas desde una perspectiva más filosófica, lo sé, pero yo te hablaba desde la experiencia. Es posible que mi respuesta fuese banal, pero te la ofrecí con el corazón en la mano. Las prefiero a esas que se elaboran con la cabeza fría. A fin de cuentas, es la sangre lo que mueve el cuerpo. Las palabras no son solo vibraciones en el aire. Tienen más poder que eso, pueden agitar con fuerza el corazón de los hombres y sacudirlos.

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9

PARA DECIRLO EN POCAS PALABRAS: mi tío me había estado estafando. No le había resultado muy difícil, teniendo en cuenta que yo vivía en Tokio desde hacía años. Desde la perspectiva de otras personas, me había comportado como un insensato al dejarlo todo en sus manos. Desde una perspectiva más elevada, en cambio, se me podía acusar simplemente de ser un inocentón. Miro ahora hacia atrás y me pregunto por qué razón tuve que nacer así, armado solo con esa insensata credulidad mía. Sin embargo, ¿acaso no he sentido en muchas ocasiones el anhelo de recuperar esa pureza innata? Ten en cuenta que ese Sensei que tú has conocido es un hombre manchado por el polvo del camino de la vida. Si se nos puede considerar «respetables maestros» a quienes estamos así de sucios y ajados, en ese caso soy uno de ellos.

Haberme casado con mi prima como deseaba mi tío, ¿habría sido más ventajoso desde el punto de vista material? Me parece que la respuesta está clara, pero lo cierto es que las artimañas de mi tío para casarme con su hija no venían motivadas por un deseo altruista de contentar a todos, sino por su propio interés egoísta. El problema era que yo no amaba a mi prima, si bien tampoco la odiaba. Con la perspectiva del tiempo me doy cuenta de que rechazar ese compromiso me produjo cierta satisfacción. Obviamente, mi negativa no alteró en absoluto el hecho básico de que mi tío me había estado engañando, pero al menos en ese aspecto me salí con la mía. Un consuelo triste y banal, al fin y al cabo. Me imagino que tú, que nada tienes que ver con esta historia, lo juzgarás una absurda satisfacción del amor propio.

Terminaron por entrometerse otros parientes, gente en la que no confiaba en absoluto. De hecho, hasta sentía cierta hostilidad hacia ellos. La traición de mi tío me hacía verlos a todos como unos conspiradores. Pensaba que si el hombre en quien mi padre tanto había confiado se había comportado así conmigo, qué podía esperar de los demás.

Sin embargo, fueron ellos precisamente los encargados de hacer inventario de lo que me quedaba. Traducido en dinero, resultó mucho menos de lo que había imaginado. En tales circunstancias, solo tenía dos opciones: aceptar el estado de las cosas o bien llevar a mi tío a juicio. Estaba furioso, confundido. Sabía que pleitear con él equivalía a un largo proceso y a una dilatada espera. Pensaba que, en relación con mis estudios, aquello me supondría más inconvenientes que ventajas. Después de darle muchas vueltas, fui a ver a un antiguo compañero de colegio que vivía en la ciudad. Quería liquidar todos mis bienes, convertirlos en dinero contante y sonante. Me aconsejó que no lo hiciera, pero me negué a escucharlo. Había decidido no regresar nunca a la casa donde nací. Juré no volver a ver a mi tío jamás.

Antes de marcharme, fui a la tumba de mis padres una última vez. No lo había hecho desde mi regreso aquel año y no volvería a hacerlo más.

Mi amigo lo dispuso todo como le había pedido. Como es natural, me llevó un tiempo arreglar las cosas y volver a Tokio. Cuando vives en el campo, vender las tierras no es tarea sencilla. Uno debe andarse con ojo cuando tiene prisa, y conviene evitar que los demás se aprovechen. Finalmente, no me quedó más remedio que deshacerme de todo por un precio muy inferior al real. Descubrí que mi fortuna se reducía a unos simples bonos del Estado y al dinero que mi amigo enviaba a medida que iba vendiendo los bienes. Por desgracia, la herencia de mis padres había menguado considerablemente y, a pesar de que yo no era el culpable, sufría indeciblemente por ello.

A pesar de todo, para mi vida de estudiante bastaba y sobraba. De hecho, con la mitad de los intereses que producía el capital cubría todas mis necesidades. Y precisamente esa vida desahogada que yo llevaba fue la que me condujo a verme envuelto en una situación que nunca antes había experimentado.

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10

MERCED A MI RECIÉN INAUGURADA situación financiera, empecé a contemplar la posibilidad de dejar la ruidosa habitación donde me hospedaba, para buscar una casa donde instalarme. Me di cuenta enseguida de que eso significaría tomarme muchas molestias para amueblarla, además de que tendría que buscar una mujer digna de confianza que se hiciera cargo de todo y en cuyas manos podría dejar mi casa cuando yo no estuviera. Entre unas cosas y otras, veía que no era un plan tan sencillo de realizar como yo pensaba.

De todas formas, debía encontrar una casa adecuada para mí. Con esa idea en mente, un buen día decidí pasear por la cuesta de Hongo en dirección a Koishikawa y el templo Denzuin. La zona había cambiado radicalmente desde que el barrio estaba comunicado con el centro por un montón de nuevas líneas de tranvía. Antiguamente, a la derecha de la calle se levantaba la tapia de una fábrica de armas y a la izquierda quedaban unos descampados medio en cuesta. Me detuve por allí sin pensar en nada, contemplando un barranco que quedaba al otro lado. Hoy en día ese lugar tiene unas vistas preciosas, pero por entonces la zona que quedaba más al oeste era muy distinta. La vista se perdía hasta el horizonte entre el verdor de espesos bosques cuya visión aplacaba el corazón de cualquier visitante.

Me preguntaba si no habría por allí una casa adecuada para mí. Atravesé la pradera y enfilé por un sendero en dirección norte. Hoy sigue sin ser una zona demasiado desarrollada y entonces solo estaba ocupada por unas cuantas casas dispersas, de aspecto muy humilde. Callejeé un poco y al final me decidí a preguntarle a la dueña de una tienda de golosinas.

—¿No sabrá usted de alguna casa pequeña que se alquile por aquí?
—Vamos a ver, una casa, una casa… —Inclinó la cabeza dubitativa antes de continuar—. Una casa para alquilar… Pues no sé, la verdad.

Realmente, aquella mujer no tenía aspecto de saber gran cosa. Estaba a punto de marcharme cuando me detuvo:

—¿Aunque no preferiría hospedarse con una familia?

Su propuesta me hizo reflexionar. Alojarme en casa de alguien me ahorraría muchos problemas. Me senté y le pedí que me diera más detalles.

Era la casa de un militar caído en combate, creía, en la guerra Sino-Japonesa. Hasta hacía un año la familia vivía cerca de la academia de oficiales de Ichigaya, pero su residencia resultaba demasiado grande, con su establo para caballos y sus numerosas estancias. Fue esa la razón por la que la vendieron y se mudaron allí. Sin embargo, al ser solo dos de familia, se sentían algo solas en la nueva casa y hacía unos días le habían preguntado a la mujer si no conocía algún potencial inquilino. En la casa vivían la viuda, su hija y una criada. Nadie más.

Parecía el sitio perfecto para mí, tranquilo, apacible; pero temía que si me presentaba allí de improviso, un estudiante desconocido, la señora de la casa me rechazaría. Casi di por hecho que me rechazarían, aunque mi aspecto, al fin y al cabo, tampoco era tan malo para ser estudiante. Iba bien vestido, llevaba mi gorra con la insignia de la Universidad Imperial, y puede que te resulte gracioso este comentario intrascendente sobre la gorra, pero, al contrario de hoy en día, aquello era entonces un símbolo de prestigio, de buena reputación. Llevar esa gorra me hacía alguien digno de confianza. Seguí las indicaciones de la mujer y, aunque no había avisado de que iría, me planté en la puerta de la casa y llamé al timbre.

La viuda en persona salió a abrirme y yo, tras presentarme, le expliqué el propósito de mi visita. La mujer me hizo pasar y me preguntó muchas cosas sobre mí, de dónde era, qué estudiaba, en qué universidad… Algo en mí debió inspirarle confianza, ya que enseguida me dijo que podía instalarme con ellas si quería. Me admiró su rectitud, su claridad a la hora de expresarse. No pude evitar preguntarme si todas las mujeres de los militares serían como ella. Por otro lado, me sorprendía que una mujer con ese carácter tan admirable pudiera sentirse sola por no tener a nadie con ella en casa.

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Una respuesta a “Kokoro (VII)

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