La cama con dosel

Estefanía Farias Martínez

The Sleeping Beauty-Edward Coley Burne-Jones (1833-1898)

 

 

 

 

Llevaba todo el día haciéndose la dormida. Había alquilado el torreón, la cama con dosel, el vestido con corsé y falda de vuelo y el ogro para la puerta. El dragón se le salía del presupuesto. Había seguido sus instrucciones al pie de la letra, pero él no llegaba. Le dolía el estómago, estaba hambrienta. El ogro había venido ya dos veces a quejarse del retraso, se tenía que ir a las cinco a una comida familiar.

A las cuatro y cuarto él apareció por fin. El ogro se dejó derrotar enseguida y se fue.

Cuando él entró en la habitación, lo primero que hizo fue asomarse a la ventana. Ella lo observaba por el rabillo del ojo. Estaba ridículo con el traje de sota de copas. Nunca se había fijado en esos horribles rizos rubios que le caían en cascada sobre los hombros. Siempre lo vio con coleta. La espada no se le ajustaba bien a la cintura, no tenía culo. Se soltó el cinturón y lo dejó caer al suelo. Apenas hizo ruido, la espada era de atrezzo. Él se acercó a la cama muy despacio y se inclinó sobre ella; el enjuague bucal con aroma de eucalipto, sazonado con excesivas dosis de Old Spice, la entumecieron las fosas nasales; él tenía los labios agrietados y resecos y al besarla fue como si la restregaran una lija por los suyos. Ella los mantuvo bien apretados y no movió un músculo. Él repitió la maniobra infructuosamente y acabó por apartarse de ella. “Ya se despertará”, pensó, “no es como las otras”, y se sentó a esperar en un silloncito bajo junto a la ventana.

Había sido un día muy duro en la funeraria. Le entraron cinco cadáveres para maquillar: una familia al completo, víctimas de un accidente de tráfico. Menos mal que conservaban la cara en buen estado. Aún así aquello hizo que se retrasara mucho, por eso ella se había dormido. Por lo menos no se había ido.

Él estaba agotado, pensó en dar una cabezada, descansar un poco mientras ella se despertaba. No era tan guapa como en la foto, tampoco era una rubia auténtica, la delataban las raíces negras, y el ogro le debió salir muy barato, era un cobarde. El torreón sí le gustaba y la cama con dosel era perfecta. Tantos años besándolas sin que se despertaran. Esta vez sería diferente. Cerró los ojos y se dejó dominar por el cansancio.

Ella giró la cabeza suavemente, y lo vio allí, en penumbra. No podía levantarse, la escucharía, así que decidió seguir haciéndose la dormida hasta que él se fuera.

Pasaron horas. Amaneció. Él la besaba de vez en cuando, pero ella no reaccionaba. Sus labios eran compuertas selladas.

Aparecieron el dueño del torreón y la señora de la limpieza. Le recomendaron que se fuera, de la bella durmiente ya se encargaban ellos. No era la primera vez que alguna no despertaba.

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