Kokoro (VI)

Natsume Sōseki

11

EN UNA SITUACIÓN TAN PREOCUPANTE como aquella, de vez en cuando sacaba un rato para sentarme con calma. Incluso alguna vez lograba abrir un libro y leer una decena de páginas antes de volver a distraerme. Tuve que sacar mis cosas de la maleta a medida que me iban haciendo falta y reorganizar los propósitos de estudio para cuando volviera a Tokio. Comprobé que ni siquiera había logrado completar un tercio de lo esperado. Era una sensación desagradable que había experimentado ya en numerosas ocasiones, cierto, pero nunca había sido igual que ese verano. Me repetía a mí mismo que así eran las cosas, pero el pobre consuelo que extraía de mis lamentos no me evitaba la sensación de fracaso.

Enredado en esa maraña de recriminaciones, también me castigaba con la enfermedad de mi padre. Trataba de imaginar cómo serían las cosas después de su muerte, y ese pensamiento me llevaba a otro: Sensei. En los extremos de ese espectro de ideas, estaban las imágenes de dos hombres que no podían diferir más en posición social, en educación y en carácter.

Un día, después de dejar la habitación de mi padre, fui a mi cuarto. Mi madre entró al cabo de un rato y me encontró cruzado de brazos, rodeado de una pila de libros.

—¿Por qué no duermes un poco? Debes de estar agotado.

Ella no podía entender cómo me sentía ni tampoco yo era tan ingenuo como para esperar que lo hiciera. Le agradecí su preocupación, pero no se movió del umbral de la puerta.

—¿Cómo está padre?
—Se ha dormido.

Finalmente, entró en la habitación y se sentó a mi lado.

—¿Aún no has recibido respuesta de Sensei?

Ella me había creído cuando le aseguré que contestaría a mi carta, a pesar de que yo mismo no albergaba ninguna esperanza de que lo hiciera. En realidad, la había engañado a sabiendas.

—Escríbele de nuevo. ¿Lo harás?

No me molestaba escribir cartas y más cartas sin consecuencia si eso la tranquilizaba, pero hacerlo con la idea de insistir a Sensei en un tema como aquel me resultaba demasiado doloroso. Temía más su desdén que los reproches de mi padre o el posible disgusto de mi madre. De hecho, suponía que su silencio era, precisamente, su forma de reaccionar ante las cosas.

—Puedo escribirle, pero no me parece un asunto que deba tratar por carta. Debería ir personalmente a Tokio y hablar con él.
—Pero en las condiciones en que se encuentra tu padre, no me parece oportuno. Además, no hay forma de saber cuándo podrás irte.
—Así es. Me quedaré aquí hasta ver si padre mejora o no.
—Lo daba por hecho. ¿A quién se le ocurriría abandonar a una persona en su estado solo por volver a Tokio?

Sentí lástima por la inocencia de mi madre, aunque no entendí por qué elegía ese momento para sacar el tema. ¿Era porque al fin disfrutaba de un poco de tiempo libre, como yo cuando me encerraba en la lectura de mis libros? ¿Podía dedicarse a pensar en otras cosas ahora que había dejado un rato al enfermo al que cuidaba sin descanso? No sabía con cuál de las dos hipótesis quedarme cuando volvió a hablar.

—Para tu padre sería un enorme alivio si encontrases una posición antes de que se muera. Puede que sea demasiado tarde, pero parece que todavía se da cuenta de las cosas. Deberías ser un buen hijo y hacerlo feliz mientras aún puedas.

Me sentí profundamente desgraciado dada mi incapacidad de atender ese último acto de piedad filial. Decidí no escribir de nuevo a Sensei.

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12

CUANDO LLEGÓ MI HERMANO MAYOR, encontró a mi padre en la cama leyendo el periódico. Tenía la costumbre de leerlo todos los días y desde que estaba enfermo, el aburrimiento había intensificado su afición. Mi madre y yo no le decíamos nada. Le dejábamos hacer lo que quisiera.

—Me sorprende encontrarte tan bien. Pensaba que estarías mucho peor, pero te veo estupendamente.

El tono jovial de las primeras palabras que le dirigió mi hermano me pareció que no concordaba con la gravedad de la situación. Sin embargo, cuando habló conmigo a solas, su tono fue mucho más grave.

—¿No es malo que lea tanto el periódico?
—A mí me parece que sí, pero no va a renunciar a ello, así que no hay nada que podamos hacer.

Mi hermano me escuchaba en silencio.

—¿Crees que entiende lo que lee?

Mi hermano intuía que nuestro padre era incapaz de discernir las cosas debido a la enfermedad. En ese momento, intervino mi cuñado.

—Lo entiende todo. Me he tirado veinte minutos hablando de todo lo divino y de lo humano y no he observado nada raro. A juzgar por su aspecto, parece que aguantará todavía un tiempo.

Era el más optimista de todos nosotros. Mi padre no se había olvidado de preguntarle cómo se encontraba mi hermana.

—Has hecho bien en no dejarla venir en uno de esos trenes —le decía mi padre—. Solo habría conseguido preocuparme. Pronto estaré mejor y seré yo quien haga ese viaje para conocer a vuestro bebé.

Cuando el general Nogi se suicidó poco después de morir el Emperador y declaró que lo hacía para seguir a su señor, mi padre fue el primero en leerlo en el periódico.

—¡Oh, no! ¡Esto es terrible!

Estaba horrorizado. En un primer momento no supimos a qué se refería y a todos nos dio un vuelco el corazón. Mi hermano dijo más tarde que por un momento había llegado a pensar que su padre había perdido el juicio.

—Yo también me he quedado helado —lo tranquilizó mi cuñado.

Aquellos días, el periódico venía cargado cada día de artículos que la gente del pueblo esperaba leer, ansiosa. Me sentaba junto a mi padre y se lo leía de arriba abajo. Si no me daba tiempo, me lo llevaba a mi cuarto y lo leía con detenimiento. La imagen del general, con su uniforme militar, y la de su mujer, ataviada como una dama de la corte imperial, se me quedaron grabadas durante mucho tiempo. Un viento de tragedia soplaba por todas partes, penetraba en todos los rincones de aquel pueblo apartado e incluso hacía temblar las hierbas y los árboles. Inesperadamente, llegó un telegrama de Sensei. En aquel apartado villorrio, donde hasta los perros ladraban si veían a alguien vestido a la occidental, recibir un telegrama era un acontecimiento mayor.

Fue mi madre quien lo recibió. Me llamó aparte con cara de susto.

—¿De qué se trata?

No podía disimular su impaciencia, no se apartaba de mí mientras abría el sobre.

Sensei solo decía que quería verme. Me preguntaba cuándo tenía pensado regresar. Sacudí la cabeza confundido.

—Seguro que se trata de algo que te ha conseguido —dijo mi madre, que no podía interpretar de otro modo lo misterioso del mensaje.

Quizá tuviera razón, pero aun así, su parquedad a la hora de escribirme me resultaba muy extraña. Ahora que mi hermano y mi cuñado estaban allí y que el final se acercaba, no podía abandonar a mi padre y regresar a Tokio.

Lo hablé con mi madre. Acordamos responder con otro telegrama en el que le diría a Sensei que no me podía marchar en ese momento. Le diría escuetamente que la enfermedad de mi padre estaba en un punto crítico. Sin embargo no me sentí satisfecho con una explicación tan pobre. Decidí escribirle una nueva carta y se la envié ese mismo día. En ella le explicaba en detalle la situación.

—Es una verdadera lástima que haya llegado en un momento tan inoportuno —decía mi madre, lamentándose convencida de que se trataba de un nuevo trabajo que iba a perder.

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13

LA CARTA QUE ESCRIBÍ A SENSEI era muy extensa. Tanto mi madre como yo pensábamos que en esta ocasión sí obtendríamos respuesta. Dos días más tarde llegó un nuevo telegrama. En él tan solo me decía que ya no hacía falta que fuera. Se lo enseñé a mi madre.

—Eso significa que lo más seguro es que te envíe una carta.

No se quitaba de la cabeza la idea de que Sensei me iba a conseguir un trabajo y, sin embargo, yo no podía evitar preguntarme si efectivamente tendría razón. Sin embargo, esa posibilidad no cuadraba con la imagen que tenía de Sensei. La sola idea de que ni tan siquiera pudiera intentarlo me resultaba descabellada.

—De todos modos, mi carta habrá llegado después de que mandase el telegrama. Estoy seguro de que aún no la había leído —dije yo para justificar aquella extraña respuesta.
—Tienes razón.

A pesar de lo obvio de mi comentario, mi madre contestó con gesto serio, como si diera por buenas mis excusas a pesar de que no había forma de saber si la carta le había llegado o no.

Aquel mismo día iba a venir el médico con el director del hospital para ver a mi padre, así que no tuvimos oportunidad de hablar mucho más del asunto. Los doctores discutieron sobre el estado de mi padre y decidieron colocarle un enema. Después se marcharon.

Desde que el doctor le había ordenado reposo total, mi padre necesitaba ayuda para hacer sus necesidades. Maniático de la limpieza y del orden como era, le molestaba profundamente tener que pedir ayuda para algo tan ordinario. Como no se valía por sí mismo, al principio manchaba la cama a menudo, muy a su pesar. Pero con el paso de los días, no sabíamos si era por su empeoramiento físico o mental, empezó a dejar de preocuparse. Llegó a manchar las sábanas y el edredón para disgusto de todos nosotros y para su indiferencia. Al menos, dada la naturaleza de su enfermedad, la cantidad de orina que expulsaba había disminuido considerablemente, razón que preocupaba mucho al médico. Su apetito también disminuía sin parar. Si comía algo de vez en cuando, era más que nada para probarlo. Incluso llegó a perder la fuerza para sujetar el periódico entre las manos. Ya ni sacaba sus gafas de la funda negra que estaba junto a su cama.

Cuando fue a verlo Saku-san, un amigo suyo de la infancia que vivía a no menos de cuatro kilómetros de distancia, se giró hacia él y le dijo:

—¡Ah, Saku-san! Gracias por venir. Me gustaría estar tan bien como tú, pero ya ves, todo ha terminado para mí.
—A mí me parece que eres un afortunado —intentó animarlo Saku-san—, mírate, aquí rodeado de tus hijos, todos licenciados universitarios. Una pequeña dolencia como la tuya no es para ponerse así. Fíjate en mí. Viudo, sin hijos, sin más opciones en la vida que penar así… ¿Qué alegría significa para uno gozar de buena salud a estas alturas, dime?

Dos o tres días después de su visita, volvieron a ponerle un enema. Se mostró muy agradecido por la mejoría que había experimentado tras la visita del médico y su ánimo se recuperó un poco, como si hubiera vuelto a sentir ganas de vivir.

Mi madre, que no se movía de su lado, con la esperanza o con la intención de animarlo, le habló del telegrama como si diera por hecho que Sensei me había conseguido un trabajo. Escucharla me incomodó mucho, pero sentía que no podía contradecirla, por lo que no me quedó más remedio que escuchar en silencio. Mi padre parecía contento.

—Es estupendo.

Mi cuñado también se alegró.

—¿Sabes ya de qué trabajo se trata? —se interesó mi hermano.

Llegadas las cosas a ese punto, ya no tenía valor de desmentir aquel enredo. Me limité a dar una explicación que ni yo mismo entendí y salí de la habitación.

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14

EL ESTADO DE SALUD DE MI PADRE empeoró hasta el extremo de que el final parecía ya inminente, a pesar de que la muerte vacilaba antes de dar el golpe de gracia definitivo. Todas las noches nos acostábamos con la certeza de que al día siguiente todo habría terminado.

Al menos no tenía dolores, lo cual hubiera sido un enorme sufrimiento no solo para él, sino para todos los demás. Gracias a ello resultaba sencillo atenderlo. Nos turnábamos para que siempre hubiera alguien con él y, de ese modo, el resto pudiéramos al menos descansar.

En una ocasión en que no conseguía conciliar el sueño me pareció oír que se quejaba. Me apresuré en plena noche para ver qué ocurría. Mi madre estaba a su lado, dormida, con la cabeza apoyada en el brazo a modo de almohada. Mi padre estaba tendido, como si, al fin, hubiera caído en un profundo sueño. Me retiré de puntillas para no molestarlos y volví a mi habitación.

Compartía futón y mosquitera con mi hermano mayor, mientras que mi cuñado disfrutaba de una habitación para él solo, en calidad de invitado.

—Pobre Seki —dijo mi hermano refiriéndose a nuestro cuñado—. Lleva aquí días atrapado entre nosotros. Ya hace tiempo que debería haber regresado.
—No estará tan ocupado como dice si puede estar aquí todo este tiempo —repliqué yo—. Me imagino que tú sí que lo estarás. Todo esto te debe de estar causando muchas molestias.
—¡Y qué le voy a hacer! Después de todo, no es algo que suceda todos los días.

Allí tumbados, el uno junto al otro, hablábamos de la situación. Ninguno de nosotros albergaba esperanzas ya de que nuestro padre se recuperase. En las actuales circunstancias, lo mejor era que el final llegase lo antes posible. En otras palabras, esperábamos su muerte sin atrevernos a expresarlo en voz alta, aunque éramos perfectamente conscientes de lo que pasaba por nuestras cabezas.

—Parece que padre sigue convencido de que se recuperará.

Lo que decía mi hermano no era descabellado. Cuando los vecinos iban a verlo, él insistía siempre en que volverían a verse pronto. A continuación se disculpaba por no haberlos invitado a la fiesta por mi graduación y a veces, incluso, aseguraba que pondría remedio tan pronto como se recuperase.

—Has tenido suerte de que se haya cancelado la fiesta. La mía fue terrible. ¿Te acuerdas?

Sonreí amargamente al recordar aquel día. Una jornada bañada en alcohol. Aún me producía rechazo la imagen de mi padre insistiéndole a todo el mundo para que comiera y bebiera.

En realidad, no estaba muy unido a mi hermano. De pequeños nos pasábamos el día peleando y yo, el menor, acababa inevitablemente deshecho en lágrimas. El rumbo tan distinto que habían tomado nuestras vidas a causa de los estudios reflejaba la enorme diferencia de nuestros caracteres. Durante mis estudios universitarios, especialmente desde que empecé a tener relación con Sensei, me inclinaba a pensar en mi hermano como una persona demasiado primitiva. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y la considerable lejanía entre nosotros había terminado por separarnos del todo. Sin embargo, las circunstancias de la vida volvían a unirnos otra vez, algo que provocó que renaciera en cierto modo un renovado afecto fraternal. Las circunstancias, obviamente, desempeñaban un papel importante. Allí, junto al lecho de muerte de nuestro padre, mi hermano y yo nos habíamos reconciliado.

—¿Qué piensas hacer a partir de ahora?

Le respondí con otra pregunta que nada tenía que ver con la suya.

—¿Qué va a pasar con la herencia?
—No tengo ni idea. Padre no ha dicho aún una sola palabra al respecto, pero en lo que se refiere al dinero, no creo que tengan mucho.

En cuanto a mi madre, no conseguía aliviar su preocupación por el silencio de Sensei. Una y otra vez me preguntaba:

—¿Todavía no tienes noticias?

Yo no sabía qué responderle.

.

15

—¿QUIÉN ES ESE SENSEI DEL QUE TANTO HABLAS?

La pregunta venía de mi hermano.

—Te hablé de él el otro día. ¿No te acuerdas?

Me molestó que me preguntase otra vez por algo que había olvidado por no prestarle demasiada atención.

—Sí, ahora sí que me acuerdo…

No me sentía obligado a darle más detalles. Sin embargo, estaba furioso. Esa era, precisamente, la actitud que me molestaba de mi hermano. Él asumía que si hablaba con tanto respeto de alguien llamado Sensei, era porque debía de tener una cierta posición social. Quizá era hasta uno de mis profesores en la universidad. ¿Qué motivo podía haber si no para tanta devoción por alguien sin oficio ni beneficio?

El razonamiento de mi hermano coincidía punto por punto con el de nuestro padre, pero mientras él había llegado a la conclusión de que Sensei llevaba una vida despreocupada porque era incapaz de hacer nada, mi hermano se inclinaba más por pensar que sí podía, pero no le daba la gana, lo cual lo convertía en un inútil.

—Es un descaro vivir sin hacer nada. Todo el talento de un hombre se vuelve estéril si no se pone al servicio de la sociedad.

Comentarios como este me hacían darme cuenta de que mi hermano no captaba el verdadero significado de la palabra egoísta. Escucharlo me revolvía las tripas.

—A pesar de todo —llegó a decir mi hermano después de pensárselo un poco—, si te ayuda a encontrar trabajo, será algo bueno para ti. Padre también está muy esperanzado ante esa perspectiva, como ya te habrás dado cuenta.

Yo era incapaz de compartir ese optimismo, pues ni siquiera había recibido aún respuesta de Sensei y me faltaba el valor necesario para confesar la verdad. Las precipitadas conclusiones de mi madre me impedían echarles un jarro de agua fría y arruinar las expectativas que se habían formado. Sin el apremio de mi madre, no me quedaba otra que esperar la carta de Sensei y desear con todas mis fuerzas que, si esta llegaba, colmase de algún modo sus esperanzas. Mi padre, que ya veía como la muerte se acercaba, mi madre con su afán por calmarlo, mi hermano con su teoría de que si uno no trabajaba no servía para nada, e incluso las opiniones de otros parientes terminaron por someterme a una presión que empezó a ser insoportable. Comencé a sentir una suerte de tormento provocado por un asunto al que yo mismo no le daba ninguna importancia, pero que me pesaba cada vez más.

Poco tiempo después, mi padre vomitó una extraña sustancia de color amarillento. Recordé lo que Sensei y su mujer me habían dicho.

—Debe de ser que su estómago está afectado. Lleva tanto tiempo tumbado…

Mi madre era una ingenua. Al ver que no entendía nada, noté que se me saltaban las lágrimas.

—¿Lo has oído? —me preguntó mi hermano cuando por fin nos quedamos a solas.

Se refería a algo que le había dicho el médico antes de marcharse. A mí no me hacían falta más explicaciones.

—¿Estarías dispuesto a volver a casa y hacerte cargo de la propiedad familiar?

No pude responderle.

—Piensa. ¿Qué va a ser de madre? No podemos permitir que se quede aquí sola —continuó mi hermano.

Era evidente que no le importaba lo más mínimo que yo me quedara en aquel lugar frío y sombrío, pudriéndome poco a poco.

—Aquí podrías leer todo cuanto quisieras. Además, ni siquiera tendrías que trabajar. Eso te va que ni pintado, ¿no crees?
—Todo el mundo sabe que es el primogénito quien tiene que hacerse cargo de las propiedades de la familia —respondí.
—¿No estarás hablando en serio? —dijo en tono cortante. Bien se veía que su verdadero deseo era llevar una vida muy distinta.
—Si tú no quieres, entonces tendremos que pedir ayuda al tío. Pero, desde luego, alguno de los dos tiene que hacerse cargo de madre.
—¿Sabes si ella consentirá en marcharse?

Mi padre aún no había muerto y nosotros ya estábamos discutiendo sobre qué hacer cuando él faltara.

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16

EN SUS DELIRIOS, MI PADRE HABLABA A VECES en voz alta: «Le pido disculpas general Nogi. Me siento muy avergonzado…». Decía cosas de ese estilo, sin venir a cuento, con una voz entrecortada. «Pronto les seguiré a usted y a su Majestad…»

Aquello desasosegaba a mi madre. Ella pretendía que estuviésemos todo el tiempo a su lado, porque cuando recuperaba la consciencia lo único que hacía era quejarse de que lo habían dejado solo, especialmente si miraba a su alrededor y no la veía a ella. «¿Dónde está mi Omitsu?», preguntaba.

Aunque no lo dijera con palabras, por la expresión de sus ojos era evidente que la buscaba sin cesar. Entonces yo me levantaba e iba a buscarla. Ella dejaba lo que tuviera entre manos y regresaba junto a él para atenderlo en lo que pudiera. En ocasiones, él la miraba sin decir nada, otras se ponía a hablar de algo irrelevante, a veces, incluso, la sorprendía con una expresión de dulzura: «Omitsu, no sabes lo que te agradezco todo lo que haces por mí…».

En esas ocasiones, mi madre se echaba a llorar. Entonces se acordaba de cómo era su marido cuando estaba sano.

—Ahora dice esas cosas cariñosas, pero antes se comportaba como un verdadero tirano.

Y nos habló de aquella vez en que le rompió el palo de la escoba en la espalda. Mi hermano y yo conocíamos la historia, pero entonces la escuchamos con una sensibilidad distinta, como si se tratara de recordar a un padre ya difunto.

A pesar de que veía la muerte frente a él, mi padre seguía sin decir nada sobre el testamento.

—¿No crees que deberíamos preguntarle antes de que sea demasiado tarde?

Mi hermano parecía tan ansioso como preocupado.

—Supongo que sí —contesté.

No me parecía oportuno tocar ese tema con un enfermo, y menos en su lecho de muerte. Antes de tomar una decisión definitiva, preguntamos a mi tío. Movió la cabeza con cierta vacilación.

—Sería una lástima que se muriera antes de decir lo que tenga que decir, pero tampoco creo que sea justo presionarlo.

Entonces mi padre cayó en una especie de coma. Mi madre, tan ingenua como siempre, pensó que se había quedado dormido, y respiró aliviada.

—Qué bien que al final se haya podido quedar dormido.

De vez en cuando mi padre abría los ojos y murmuraba el nombre de alguno de nosotros. En su consciencia parecía haber ciertas zonas de luz y de oscuridad. El lado de la luz era como un hilo blanco cuyas puntadas discontinuas avanzaran por la zona de sombra. Hasta cierto punto era normal que mi madre confundiera el coma con un profundo sueño.

Se le trababa la lengua. Empezaba frases que terminaban convertidas en un rumor incomprensible, a pesar de que arrancaba con una voz poderosa bastante impropia de un enfermo en su lecho de muerte. Sin embargo, cuando éramos nosotros quienes le hablábamos, teníamos que levantar mucho la voz, pegarnos a él para que nos escuchara.

—¿Te alivia el frío en la cabeza?
—Mmm… —era lo único que mi padre podía responder.

Entonces, con la ayuda de la enfermera, le cambiábamos la bolsa de goma en cuyo interior poníamos hielo y la sosteníamos con cuidado sobre su amplia frente hasta que los irregulares pedazos se asentaban sobre su cabeza.

En esas estábamos, cuando mi hermano se acercó un día por el pasillo con una carta entre las manos. Me la entregó sin decir nada. Yo extendí la mano izquierda para alcanzarla, intrigado. Noté que pesaba mucho. Era algo más que una carta normal. No estaba guardada en un sobre corriente, dado su considerable volumen, sino en un papel bien doblado y pegado. Era una carta certificada. Le di media vuelta y vi el nombre de Sensei, escrito con una letra muy cuidada. Pero no podía abrirla en ese momento, porque estaba ocupado. Así que me limité a echarle un vistazo y me la guardé bajo la solapa del quimono.

.

17

ESE MISMO DÍA EL ESTADO DE SALUD de mi padre había empeorado considerablemente.El final estaba cerca. Salí de la habitación para ir al baño y de paso poder leer la carta, y me crucé con mi hermano en el pasillo.

—¿Dónde vas? —me preguntó en tono inquisitivo—. Padre está muy mal. Deberíamos estar todos a su lado.

Consciente de la situación, regresé a la alcoba. Padre abrió los ojos y le preguntó a mi madre quién había allí con él. Uno a uno, nombró a todos los presentes. Con cada nombre, él asentía con la cabeza. Si no lo hacía, ella levantaba la voz y volvía a repetirlo.

—Os agradezco mucho a todos vuestras atenciones.

Fueron sus últimas palabras antes de volver a perder la consciencia. Todos los presentes lo contemplamos en silencio durante un rato que se nos hizo eterno. Finalmente, alguien se levantó y se marchó a la habitación de al lado. Lo siguió otro.

Yo fui el tercero en salir. Fui directo a mi alcoba. Solo pensaba en abrir la carta. Podía haberlo hecho en la habitación de mi padre, pero era demasiado larga como para dedicarle la atención que merecía.

Rompí el grueso papel de fibra que hacía las veces de sobre. Dentro había un grueso fajo de hojas cuadriculadas escritas a mano con una letra muy cuidada y dobladas en dos.

El corazón me latía con fuerza. ¿Qué querría decirme Sensei en aquella profusión de papel y tinta? Al mismo tiempo, me inquietaba lo que ocurriría en la habitación de al lado. No estaba en condiciones de poder leer la carta con calma, me sentía angustiado ante la perspectiva de que le ocurriese algo a mi padre, de que alguien me llamara para que volviera junto a su lecho. De un vistazo rápido leí la primera página:

«En una ocasión me preguntaste por mi pasado y no tuve el valor de responderte. Sin embargo, creo que ahora he alcanzado la libertad necesaria para hacerlo con toda claridad. Esta libertad, no obstante, es circunstancial y podría perderla si espero a que regreses a Tokio. Si no hago uso adecuado de ella ahora, es posible que pierda la oportunidad de hablarte de mi pasado y tú perderás la oportunidad de extraer alguna enseñanza de mi experiencia. De no hacerlo, mi promesa quedaría en nada. No me queda, por tanto, más remedio que usar la pluma para decirte lo que debería hacer a viva voz…».

No tuve necesidad de leer más. Ahora entendía por qué la carta era tan extensa. No se me había pasado por la cabeza siquiera que se tomara la molestia de escribir para tratar sobre un posible trabajo. En cualquier caso, ¿por qué precisamente él, que detestaba escribir, me enviaba una carta tan extensa para revelarme su pasado? ¿Cuáles eran las razones que le impedían esperar a mi regreso?

«Esta libertad, no obstante, es circunstancial y podría perderla si espero a que regreses a Tokio…» Esas palabras me martilleaban el cerebro. Una gran ansiedad se apoderó de mí. Retomé la lectura, decidido a terminar la carta, pero en ese mismo instante escuché la voz de mi hermano que me llamaba a gritos desde la habitación de mi padre. Asustado, me levanté de un salto y salí al pasillo para ir a reunirme con los demás.

Estaba preparado para lo peor.

.

18

DURANTE MI AUSENCIA, había llegado el médico. Se disponía a colocarle otro enema con el fin de aliviarlo un poco de sus sufrimientos. La enfermera se había retirado a descansar, ya que había pasado la noche en vela haciendo guardia junto a mi padre. Mi hermano, que no tenía experiencia en ese tipo de cuidados, parecía perdido.

—Ven, échame una mano con esto —me pidió.

Ocupé su lugar y puse el papel encerado bajo las nalgas de mi padre. Pareció reconfortado. El médico se quedó media hora más para comprobar que todo iba bien. Luego se marchó, con la promesa de que volvería más tarde. Cuando estaba a punto de salir por la puerta, nos miró y nos dijo que, en caso de urgencia, lo llamásemos sin importar la hora.

A pesar de la atmósfera de fatalidad que reinaba en la casa, regresé a mi cuarto para continuar con la carta de Sensei. Sin embargo, no lograba reunir la calma suficiente para retomar su lectura. Estaba seguro de que en cuanto me sentase, mi hermano volvería gritando y me obligaría a ir de nuevo junto al lecho de mi padre.

Hojeé la carta intentando fijarme atentamente en los ideogramas colocados en sus correspondientes cuadrículas. Sin embargo, me sentía incapaz de concentrarme en lo que leía, de hacerme una idea general de lo que Sensei quería decirme.

Pasé una hoja, otra, unas más, así hasta llegar a la última. Volví a doblarlas y las dejé encima de la mesa. Al hacerlo, una frase que vi por casualidad llamó poderosamente mi atención: «Cuando esta carta llegue a tus manos yo no estaré ya en este mundo. Habré muerto hace tiempo».

Noté que me quedaba sin respiración. Mi corazón, que hasta entonces latía precipitado, se congeló. Pasé las hojas hacia atrás, leí frases al azar, una detrás de otra. Mis ojos examinaban los cada vez más temblorosos caracteres en un desesperado intento por extraer de ellos algún sentido. Buscaba alguna garantía de que Sensei estaba bien. Su pasado, ese nebuloso pasado del que había prometido hablarme, no me interesaba lo más mínimo en ese momento. En lo único en lo que pensaba era en Sensei.

Al final renuncié. Estaba furioso por no haber sido capaz de encontrar la información que tanto ansiaba. Volví a la habitación de mi padre. Reinaba una extraña calma. Hice un gesto con la mano a mi madre. Estaba sentada junto a él. Parecía agotada.

—¿Cómo está?
—De momento parece que bien.

Me levanté para preguntarle a él directamente.

—¿Te sientes mejor después del enema?

Asintió con la cabeza.

—Gracias… —dijo claramente.

Su mente parecía sorprendentemente lúcida.

Salí de la habitación y regresé a mi cuarto. Miré el reloj y consulté el horario de los trenes. Me levanté bruscamente. Había tomado una decisión. Me ceñí el cinturón del quimono, guardé la carta de Sensei bajo la solapa y salí por la puerta de atrás. Había decidido ir a casa del médico para preguntarle si creía que mi padre aguantaría un par de días más y para pedirle que le pusiera una inyección, algo que le permitiera resistir un poco hasta mi vuelta.

Por desgracia, no estaba. Pero yo no tenía el tiempo ni la paciencia suficiente para quedarme a esperar. Me subí a un rickshaw y pedí que me llevara a la estación.

Una vez allí, apoyado contra la pared, escribí una carta dirigida a mi madre y a mi hermano. Era muy breve. Aquello era mejor, en cualquier caso, que marcharme sin siquiera plantear una disculpa o una explicación. Se la entregué al conductor del rickshaw para que la llevara a mi casa. Envalentonado con mi decisión, me subí al primer tren que salía con destino a Tokio.

Sentado en el vagón de tercera clase, saqué la carta de Sensei y empecé a leerla.

(Sigue leyendo...)

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