Kokoro (V)

Natsume Sōseki

SEGUNDA PARTE
MIS PADRES Y YO

1

CUANDO LLEGUÉ A CASA, me sorprendió enormemente ver que la situación de mi padre apenas había cambiado respecto a la última vez que lo vi.

¿Ya has vuelto? ¡Enhorabuena por tu graduación! Espera un momento, hijo. Voy a lavarme la cara.

Estaba ocupado con el jardín y se dirigió al pozo que había en la parte de atrás de la casa. Mientras caminaba, ondeaba al aire el mugriento pañuelo que se había colocado en la parte de atrás de su viejo sombrero de paja para protegerse el cuello del sol.

Graduarme era algo que había aprendido a considerar de lo más normal, por lo que el entusiasmo de mi padre me resultó de lo más gratificante.

Es estupendo que por fin hayas acabado tus estudios en la universidad.

Lo repetía una y otra vez. Al fin y al cabo, mi padre se alegraba demasiado por una cosa que a mí me parecía bastante normal: graduarse en la universidad. En comparación, me resultaba más noble la actitud de Sensei, que me felicitó a pesar del desdén que evidentemente sentía para sus adentros. Noté que la actitud de mi padre me desagradaba. Me compadecí de él, allí encerrado, sin tener ni idea de cómo era el mundo en realidad.

No hay nada de extraordinario en graduarse en la universidad —dije sin ser capaz de ocultar cierta irritación en mi tono—. La gente se gradúa por cientos todos los años, padre.
—No me refiero solo a la universidad, hijo. También te estoy felicitando por otras cosas, aunque parece que no lo entiendes…

En su puntualización, en cambio, aprecié una expresión bien distinta. Le pregunté a qué se refería. Al principio se resistió, pero al final terminó por explicarse.

Lo que quiero decir es que también me alegro por mí mismo. Cuando estuviste aquí en las vacaciones de invierno pasadas, pensé, teniendo en cuenta mi enfermedad, que no viviría más de tres o cuatro meses. Y sin embargo aquí me tienes, vivito y coleando. ¡Es maravilloso! Yo aún soy capaz de manejarme por mí mismo y tú has terminado tus estudios. Por eso me siento tan feliz, ¿lo entiendes ahora? Deberías darte cuenta de hasta qué punto me alegra ver como el hijo al que he criado con tanto amor y atención se gradúa dándome a mí la oportunidad de verlo. A lo mejor todos estos aspavientos míos por algo que para ti es tan normal te resultan excesivos. Sé que tienes grandes aspiraciones, me doy cuenta, pero si te pusieras en mi lugar lo verías todo de un modo distinto. Lo que quiero decir es que tu graduación representa más para mí que para ti. ¿Lo entiendes?

Me quedé mudo. Incliné la cabeza ante él, abrumado por la vergüenza, incapaz de encontrar la forma de disculparme. Me di cuenta de que, sin que yo supiera nada, mi padre se había hecho poco a poco a la idea de la muerte, que de algún modo intuía que moriría antes de que yo terminase mis estudios. Me había comportado como un verdadero estúpido al no considerar en ningún momento sus sentimientos. Así que saqué mi diploma del bolso de viaje donde lo había guardado y lo desplegué con cuidado delante de mis padres. El diploma, que venía entre toda mi ropa, estaba ligeramente aplastado, y no tenía ya el aspecto inmaculado del día que me lo entregaron.

Mi padre trató de arreglarlo.

Algo tan importante como esto deberías haberlo traído enrollado en la mano.
—O haberlo protegido de algún modo, sí —dije yo.

Mi madre también parecía decepcionada por lo arrugado que estaba.

Después de contemplarlo un buen rato, se levantó. Lo llevó hasta el tokonoma y lo colocó allí, para que pudiera verlo todo el que entrase en casa. En condiciones normales habría protestado, pero en ese momento me sentía una persona completamente renovada. No tenía intención alguna de contradecir a mis padres. Así que me quedé sentado en silencio y dejé que mi padre hiciese lo que estimase conveniente. Yo estiraba el diploma, a fin de que se quedase rígido, pero el elegante y firme papel se resistía a recuperar su aspecto original y en cuanto lo soltaba un momento, volvía a enrollarse sin remedio.

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2

LLAMÉ A MI MADRE aparte para preguntarle por el estado de salud de mi padre.

Tiene buen aspecto, no crees. ¿No tienes miedo cuando sale al jardín a trabajar?
—Se siente bien. Es como si se hubiera recuperado del todo.

Mi madre estaba extrañamente calmada. Era normal que una mujer que se había pasado la vida trabajando en el campo, lejos de la ciudad, no supiera nada sobre cuestiones médicas. No obstante, tanta despreocupación me sorprendía, más si tenía en cuenta lo desconcertada y alarmada que parecía cuando me escribió para decirme que mi padre se había desmayado.

El doctor dijo que era una enfermedad incurable, ¿verdad?
—No sé qué decirte. No hay forma de saber cuánto tiempo puede resistir un cuerpo humano. El médico nos pintó un panorama muy sombrío, ya lo sabes, pero ahí lo tienes, sin parar todo el día a pesar de que lo perseguimos todo el rato para que guarde reposo. Aunque desde que se cayó aquella vez se cuida más, ya sabes lo terco que es tu padre. Como se le meta algo en la cabeza no hay nada que hacer. Hasta que no lo consigue no para.

Me acordé de mi última visita al pueblo, del esfuerzo que hizo el último día por levantarse de la cama y afeitarse. «Tu madre es una exagerada. No le hagas ni caso», recuerdo que me dijo. Pero lo cierto es que no se la podía culpar a ella del todo.

Quería pedirle que mostrara más consideración hacia él, pero pensé que sería mejor contarle todo lo que sabía sobre la enfermedad, a pesar de que mi información se reducía a lo que había escuchado por boca de Sensei y su mujer.

No pareció demasiado afectada por mi explicación. Se limitó a decir:

O sea, ¿que esa mujer murió de la misma enfermedad? Vaya. ¿Qué edad tenía?

Renuncié a seguir por ese camino. Como hablar con mi madre no servía de nada, en lugar de eso, decidí hablar directamente con mi padre. Al menos él prestó más atención a mis advertencias.

Tienes razón. Sin duda es como tú dices, pero mi cuerpo me pertenece y después de todos estos años sé más o menos cómo funciona.

Cuando le conté a mi madre lo que mi padre me había dicho, me sonrió desganada.

Ya lo ves. ¿No te lo había dicho yo ya?
—¡Pero es perfectamente consciente de lo que le ocurre! Por eso se ha alegrado tanto cuando he llegado. Hasta me ha dicho que no pensaba vivir tanto como para verme con sus propios ojos. Se siente feliz de estar aún vivo y con fuerzas para disfrutar de mi diploma.
—Bueno, eso es lo que te dice a ti, pero en el fondo está convencido de que vivirá mucho más tiempo.
—¿Eso crees?

Otros diez o veinte años por lo menos, aunque a veces también se desanima y se lamenta de que no le queda mucho de vida. «¿Qué vas a hacer cuando me muera?», me dice. «¿Qué vas a hacer aquí sola?»

Traté de imaginar aquella vieja y enorme casa de campo tras la muerte de mi padre, con mi madre como única inquilina. ¿Sería capaz de arreglárselas por sí misma? ¿Qué iba a hacer mi hermano? ¿Qué diría ella? Y una vez me había hecho consciente de la situación, ¿cómo podría volver sin más a mi vida despreocupada en Tokio?

Sentado frente a mi madre, recordé la advertencia de Sensei: debía dejar el asunto de la herencia arreglado mientras mi padre aún estuviera en sus cabales.

No te preocupes, hijo. Los que andan siempre quejándose de que se van a morir, son al final los que más tiempo aguantan. Ya ves tu padre. Dice esas cosas, pero quién sabe en verdad cuánto tiempo le queda. Estate tranquilo. Más preocupante sería que dejara de quejarse y no nos dijera nada, y luego se muriese sin avisar.

Yo, mientras tanto, me limitaba a escuchar en silencio sus trillados argumentos, sin saber bien si nacían de la pura especulación o de algún hecho que yo desconocía y que mi madre me ocultaba.

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3

MIS PADRES QUERÍAN HACER ARROZ SEKIHAN y organizar una fiesta para celebrar mi graduación, algo que temía desde el mismo día en que llegué. Rechacé la idea de inmediato con el argumento de que no merecía la pena montar ningún alboroto, y menos por eso.

No me gustaba la gente de campo que acudía a esa clase de celebraciones. Si venían era solo con la intención de comer y de beber, contentos de tener una excusa para poder reunirse. Desde mi más tierna infancia, sufría muchísimo cuando me veía obligado a sentarme en la misma mesa que ellos, razón de más para imaginar lo insoportable que me iba a resultar ahora ser yo el motivo de su reunión. Sin embargo, para no disgustarlos, no podía impedir a mis padres que invitasen a quienes quisieran. Me conformé con protestar, con repetir que no quería celebraciones por tan poca cosa. Infructuosamente.

¿Cómo que tan poca cosa? Uno se gradúa solo una vez en la vida. Es normal que queramos celebrarlo. No deberías ser tan modesto.

Era como si mi madre considerase la graduación tan importante como un matrimonio.

Podríamos no invitar a nadie, pero la gente hablaría.

Obviamente, le preocupaba lo que pudieran decir a sus espaldas. Y tenía razón. Aquella gente del pueblo era muy propensa al chismorreo, a criticar cuando las cosas no sucedían como esperaban. Todo lo interpretaban como una provocación.

Las cosas aquí son muy diferentes a Tokio, ya lo sabes. En los pueblos se habla más de lo que se debe. Deberías pensar también en la reputación de tu padre.

No me sentí con fuerzas para seguir negándome a sus súplicas y al final no me quedó más remedio que aceptar sus argumentos.

Solo digo que si fuera por mí no invitaría a nadie; pero si de verdad pensáis que la gente se lo va a tomar tan mal, pues entonces, haremos lo que decís. No tiene sentido que me empeñe en algo que os puede perjudicar.
—No pongas las cosas más difíciles y deja de darle vueltas a la cabeza. Cómo se nota que has estudiado.

En esa ocasión era mi padre quien se quejaba con el gesto torcido.

Tu padre no ha dicho que lo haga por ti —añadía mi madre—, pero estoy segura de que entiendes que tenemos ciertas obligaciones sociales.

Mi madre, como mujer, carecía de argumentos coherentes, aunque si se trataba de verborrea nos derrotaba a los dos juntos.

Es una lástima. Uno estudia y lo único que consigue es volverse un gallito y pensar que puede destrozar a todo el mundo con sus razonamientos.

En la escueta afirmación de mi padre pude leer todos los reproches que albergaba contra mí. Ignorante de mi propia presunción y de mi frialdad, lo único que podía pensar era lo injustamente que se comportaba conmigo.

Por la noche pareció recuperar el ánimo. Me preguntó cuándo me vendría mejor salir para invitar a la gente. En realidad, a mí me daba igual porque lo único a lo que me dedicaba en la vieja casa desde mi llegada era a descansar sin hacer nada. En cualquier caso, solo podía interpretar su pregunta como un gesto conciliador. Frente a su actitud afable y gentil, no me quedó más remedio que consentir con una inclinación de cabeza. Así que, tras discutir el asunto, fijamos la fecha más conveniente para la celebración.

Sin embargo, antes de que llegase el día ocurrió algo importante. Nos llegó el anuncio de que el Emperador Meiji había caído repentinamente enfermo. La noticia corrió como la pólvora por todo el país. Después de todos los preparativos que habíamos hecho, los planes de fiesta se cancelaron. Se dispersaron como el polvo en el aire.

En estas circunstancias lo más conveniente es no hacer nada —dijo mi padre mientras leía el periódico con las gafas puestas.

De algún modo, parecía pensar también en su propia enfermedad. Fue entonces cuando recordé que, pocos días antes, yo mismo había visto al Emperador, que había visitado, como era su costumbre cada año, la ceremonia de graduación en la Universidad.

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4

EL SILENCIO SE APODERÓ DE NUESTRA CASA, un edificio enorme que se me antojó excesivo para que lo habitaran únicamente tres personas. Saqué mis libros y me puse a leer. Sin embargo, por alguna razón me sentía inquieto. Me concentraba mucho mejor en aquel primer piso de la pensión, en Tokio, acunado por el rumor de los tranvías y de la gente que pasaba por la calle. Allí pasaba las páginas una tras otra, sin darme casi cuenta, y leía sin esfuerzo.

Ahora, en cambio, me sorprendía en ocasiones apoyando la cabeza encima de la mesa y echándome un sueñecito. A veces, hasta llegaba a sacar la almohada del armario para dormir de verdad y solo me despertaba con el martilleo del canto de las cigarras. Aquel sonido, que se me antojaba una prolongación del sueño, me atormentaba con su timbre lacerante. Tumbado en mi habitación, inmóvil, me dejaba dominar a veces por tristes pensamientos.

Dejaba la lectura para escribir cartas a mis amigos, o a veces una simple postal. Algunos se habían quedado en Tokio. Otros habían vuelto a sus lejanos lugares de nacimiento. Había quien me contestaba. De otros no recibía noticia alguna. Ni que decir tiene que no me olvidé de Sensei. Le escribí tres abigarradas páginas en las que daba cuenta de todo cuanto me había sucedido desde mi llegada. Al pegar el sello en el sobre, me pregunté si aún seguiría en Tokio o si finalmente se habría ido de vacaciones. Normalmente, cuando Sensei y su mujer se marchaban a alguna parte, dejaban a cargo de la casa a una especie de viuda, que cuidaba de todo hasta que ellos regresaban. Recuerdo haberla visto en alguna ocasión: unos cincuenta años, discreta, tocada con una especie de peinado simple y que yo creía característico de las viudas. En una ocasión llegué a preguntarle a Sensei qué relación tenía con ella. «¿Tú qué crees?», me respondió él. Daba la impresión de que eran parientes, aunque en varias ocasiones él me había dejado claro que no tenía ninguno. De hecho, no mantenía ningún contacto con nadie de su pueblo natal. Aquella mujer, pues, debía de ser pariente de su mujer.

Al echar la carta al buzón, recordé su imagen, con el estrecho obi anudado de cualquier manera a la espalda. Si Sensei y su mujer ya se habían marchado de vacaciones, ¿tendría esa mujer el buen juicio de reenviarles la carta? No había forma de saberlo. No es que en mi misiva les dijera nada importante, es que me sentía solo, ansioso por recibir su respuesta. Una respuesta que finalmente no llegó.

Mi padre ya no jugaba a shogi tanto como el invierno anterior. El tablero lo tenía cubierto de polvo, abandonado en un rincón junto al tokonoma. Noté que desde que llegaron las noticias de que el Emperador había enfermado, cada vez se le veía más pensativo. Esperaba todos los días con impaciencia la llegada del periódico y era el primero en leerlo. En cuanto terminaba me lo pasaba. Sin importar lo que yo estuviera haciendo, me lo traía y me decía:

Mira, lee esto. Dan más detalles sobre la enfermedad de su Majestad.

Siempre se refería al Emperador en esos términos.

Sé que es un poco presuntuoso por mi parte, pero mi enfermedad es parecida a la suya.

La aprensión ensombrecía su gesto. Yo lo escuchaba y de repente me vencía el temor de que pudiera morir en cualquier momento.

Estoy seguro de que todo irá bien —continuaba—. Al fin y al cabo, si hasta un don nadie como yo es capaz de arreglárselas, qué no hará su Majestad.

A pesar de los ánimos que se daba, parecía anticipar un peligro que no dejaba de acecharlo por más que intentara ignorarlo. Así se lo dije a mi madre.

Padre está realmente preocupado. No creo que esté pensando en serio que va a vivir otros diez o veinte años, como asegura.

La expresión de mi madre se mudó por la angustia.

Intenta animarlo un poco, anda. Juega con él al shogi.

Saqué el tablero de donde estaba guardado y lo desempolvé.

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5

LA SALUD Y EL ÁNIMO DE MI PADRE se fueron deteriorando poco a poco. El sombrero de paja con el pañuelo atado detrás que llevaba puesto cuando llegué estaba ahora abandonado en un rincón. Lo veía sobre la estantería ennegrecida por el hollín y entonces me invadía una profunda tristeza. Mientras aún se las arreglaba, yo no dejaba de repetirle que tuviera cuidado, pero ahora, siempre sentado, pensativo, silencioso, me daba cuenta de que antes no estaba tan mal como creíamos.

Mi madre y yo hablábamos a menudo de ello.

Es su estado de ánimo, por eso está así.

Ella relacionaba su decaimiento con la enfermedad del Emperador. Yo, por mi parte, no lo tenía tan claro.

No creo que se trate solo de eso. Yo lo veo muy desmejorado. Es un problema de salud, no tiene nada que ver con su ánimo.

A medida que hablábamos, se me hacía más evidente la necesidad de recurrir a otro médico para que nos diera una segunda opinión.

¡Vaya vacaciones que te estamos dando! —me decía mi madre, apesadumbrada—. Aquí estás, aburriéndote de lo lindo, y sin ni siquiera haber podido celebrar tu graduación. Ya ves cómo está tu padre y para remate se ha juntado con la enfermedad del Emperador… Deberíamos haber celebrado tu vuelta tan pronto como llegaste.

Había vuelto a casa el cinco o seis de julio, y lo cierto es que mis padres habían empezado a hablar de la fiesta apenas unos días después. Sin embargo, la enfermedad del Emperador desbarató todos sus planes. Era costumbre de la gente de campo tomarse las cosas con calma, y por eso pude librarme finalmente de aquel compromiso que tanto me disgustaba. Sin embargo, mi madre, ajena a mis verdaderos sentimientos, no parecía ser consciente de mi alivio.

El día que llegó la noticia de la muerte del Emperador, mi padre, sin soltar el periódico de las manos, comenzó a lamentarse amargamente:

¡Oh, qué desgracia! Su Majestad se ha ido y yo también me iré pronto…

No llegó a acabar la frase.

Fui a comprar una tela negra para envolver la bola metálica que remataba el asta de nuestra bandera nacional. Corté con unas tijeras un trozo de media cuarta y lo icé. Luego saqué la bandera a la calle y la coloqué frente a la entrada principal de la casa. El crespón se quedó inmóvil en aquella tarde calma, sin viento. Nuestra casa tenía un tejadillo de paja un tanto ralo y grisáceo. Había estado expuesto a la intemperie durante años. Me alejé para observar en perspectiva el efecto que producía el crespón negro con la tela de muselina blanca de la bandera y su círculo rojo recortados contra el viejo tejado.

Sensei me había preguntado en una ocasión qué aspecto tenía mi casa. «Imagino que será muy distinta de la casa donde yo crecí», dijo. Pensé entonces que me hubiera gustado tenerlo allí en esos momentos, para enseñársela, a pesar de que me daba un poco de vergüenza.

Volví a entrar y me senté en la mesa para leer el periódico. Imaginé las escenas que se sucederían en aquel mismo momento en la lejana Tokio, el intenso ir y venir en plena oscuridad a lo largo y ancho de la ciudad más grande del país. Vi la casa de Sensei, el único punto de luz en aquella confusión, como un faro que luchara para no dejarse engullir por las sombras.

No tenía forma de saber que aquel resplandor también había empezado a consumirse lentamente, engullido por la fuerza de la tempestad, y que pronto se desvanecería y desaparecería sin dejar ni rastro.

Alcancé el pincel para escribir a Sensei y comentar con él mis impresiones sobre la muerte del Emperador, pero después de escribir unas diez líneas me detuve. Rompí el papel en pedazos y lo tiré a la basura. No tenía sentido escribir sobre aquello. Estaba convencido de que si lo hacía tampoco en esa ocasión iba a recibir respuesta. Supe que estaba solo. Por eso escribía cartas, con la esperanza de que alguien me respondiera. Pero lo que no sabía es que no había nadie ya que pudiese responder a mis palabras.

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6

A MEDIADOS DE AGOSTO recibí la carta de un amigo en la que me anunciaba que había una plaza disponible como profesor de enseñanza media en una lejana provincia. Este amigo mío, acuciado por la necesidad, andaba a la búsqueda de trabajo cuando le ofrecieron ese puesto. Sin embargo, de manera inesperada le llegó otra oferta desde otro lugar que juzgó más conveniente. Así que, muy amablemente, decidió escribirme y preguntarme si me interesaba. Yo le contesté enseguida para agradecérselo, pero le dije que no, que se lo dijera a otros compañeros que también buscaban un puesto. Con toda seguridad les vendría mejor a ellos.

Solo cuando ya había enviado mi respuesta les hablé a mis padres de la carta. Ninguno de los dos puso objeciones a mi rechazo.

Ya se te presentarán más oportunidades —dijeron al unísono, como si se hubiesen puesto de acuerdo—. No hay ninguna necesidad de que te marches tan lejos.

Detrás de sus palabras, leí entre líneas las grandes expectativas que se habían formado respecto a mi futuro. Sin conocer demasiado la realidad de las cosas, asumían que sería capaz de encontrar un puesto y un salario muy por encima de lo que cabía esperar para alguien recién graduado, como yo. Aun así, me sentí obligado a advertirles.

Hoy en día es difícil encontrar un trabajo decente. Mi campo es muy diferente al de mi hermano. Además, somos de generaciones distintas. Por favor, no penséis que me van a ir las cosas igual que a él.
—Al menos ahora que te has graduado, deberías tener los medios suficientes para independizarte —dijo mi padre—. En caso contrario, las cosas se complicarán también para nosotros. ¿Cómo crees que me iba a sentir si la gente me preguntase qué es lo que está haciendo mi hijo ahora que ha terminado la universidad, y no supiera qué responder?

A juzgar por su gesto, parecía realmente preocupado.

Su visión del mundo se circunscribía al pequeño espacio en el que había transcurrido su vida. Sin duda, la gente del pueblo le preguntaría cuánto podía ganar un universitario, dando por hecho que su salario rondaría los cien yenes al mes. Ese tipo de preguntas tan inquisitivas lo incomodaban. Por eso quería verme bien instalado, en cierto modo para salvar la cara.

Mi forma de ver las cosas era distinta, no obstante. Influido quizá en demasía por el mundo cosmopolita de Tokio, solo lograba que mis padres me vieran como un bicho raro que caminara con las patas hacia arriba. Incluso yo llegué a verme así en más de una ocasión. Mis padres estaban tan alejados de mí, que ni siquiera podía decirles lo que realmente pensaba.

¿Por qué no vas a hablar con ese Sensei y le pides ayuda? Estoy segura de que podría echarte una mano. Ahora es el momento.

Esos eran los únicos términos en los que mi madre concebía a Sensei. No sabía, sin embargo, que fue él quien me sugirió asegurarme mi parte de la herencia antes de que mi padre muriese. Una persona así difícilmente se iba a tomar la molestia de buscarme un trabajo.

¿A qué se dedica para ganarse la vida? —preguntó mi padre, súbitamente interesado en Sensei.
—A nada.

Creía habérselo explicado ya hacía tiempo. Tenía que acordarse, seguro.

¿Y cómo es eso? Siempre he pensado que alguien a quien respetas debería tener al menos una profesión, ¿no crees?

Mi padre opinaba que las personas de bien eran solo las que trabajaban en algo útil para la sociedad. «Ahí lo tienes», parecía insinuar, «ese tipo es un inútil, por eso no tiene oficio ni beneficio.»

Fíjate en mí. No tengo un salario, pero nadie puede decir que me pase el día de brazos cruzados.

Decidí no responder.

Si es un hombre tan distinguido como dices, seguro que te encuentra una buena oportunidad. ¿Le has preguntado al menos?

Mi madre no dejaba de insistir.

No —contesté yo.
—¡Ay, hijo, así no hay manera! ¿Y por qué motivo no recurres a él, si se puede saber? Al menos escríbele una carta.
—Bueno… —respondí evasivo antes de levantarme y marcharme de la habitación.

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7

MI PADRE ESTABA REALMENTE PREOCUPADO por su enfermedad, aunque no era de esa clase de persona que no deja de molestar al médico con preguntas y más preguntas. Por su parte, el médico tampoco era demasiado claro en sus explicaciones. Imagino que para no causarnos más inquietud. En cualquier caso, mi padre no paraba de darle vueltas a lo que sucedería una vez no estuviera él, como si tratase de imaginar la casa sin su presencia.

Dar educación a los hijos no tiene por qué ser bueno siempre, ¿no creéis? Haces el esfuerzo de pagarles unos estudios y después ya no vuelven a casa. Que estudien es la mejor forma de separarlos de sus padres.

Como resultado de sus estudios, mi hermano mayor había acabado mudándose a una provincia lejana, y en mi caso la decisión de quedarme en Tokio estaba motivada también por lo mismo. Las quejas de mi padre eran comprensibles. Le entristecía la idea de que mi madre se quedara sola, y más en aquella enorme casa de campo en la que habían vivido tanto tiempo juntos. Sin embargo, tenía la firme convicción de que nada debía cambiar a su muerte, de que mi madre debía permanecer en la casa hasta que ella también muriese. Pero obligarla a pasar allí el resto de sus días le producía una enorme ansiedad. A pesar de ello, me insistía cada día para que encontrase un trabajo en Tokio. Aquella contradicción suya me llenaba de extrañeza, pero al mismo tiempo me complacía, pues para mí se traducía en una cierta aquiescencia por su parte a que yo regresase a la ciudad.

Cuando estaba delante de él, tenía que fingir para que pensara que me esforzaba por encontrar un trabajo. Escribí a Sensei para explicarle en detalle la situación en la que me encontraba. Le pedí que me recomendase para algún puesto y le aseguré que aceptaría cualquier trabajo que él me propusiese. Era totalmente consciente, no obstante, de que era poco probable conseguir algo por esa vía. Aun en el caso de que quisiera ayudarme, Sensei no tenía los contactos necesarios para hacerlo. De lo que no dudaba, al menos, era de que me respondería.

Antes de cerrar el sobre le dije a mi madre:

He escrito a Sensei como queríais. Mira.
—¿De verdad? Pues date prisa entonces y envía esa carta. Deberías haberlo hecho hace tiempo. No era necesario que nosotros te lo dijéramos.

Aún me trataba como a un niño. De hecho, era así como me hacía sentir.

Una carta por sí sola no vale de nada, madre. No sucederá nada a menos que vaya yo en persona a Tokio. En septiembre debo volver.
—Puede que tengas razón, pero quién sabe si antes no te llegará otra oferta. Por eso debes empezar a moverte desde hoy mismo.
—Te diré algo cuando llegue la respuesta de Sensei. Contestará, estoy seguro.

No tenía ninguna duda de que lo haría. Sensei era un hombre meticuloso, alguien extremadamente cumplidor. Esperé impaciente, pero pronto me di cuenta de que me había equivocado. Pasó una semana y su respuesta no llegó.

Se habrán ido de vacaciones para escapar del calor.

Me sentía obligado a darle alguna explicación a mi madre. Así no solo me justificaría con ella, sino conmigo mismo. Necesitaba una razón que explicara el silencio de Sensei y que de paso calmara mi inquietud.

De vez en cuando, me olvidaba de la enfermedad de mi padre. Me tentaba la idea de volver de inmediato. Él, por su parte, también parecía olvidarse de que estaba enfermo. A pesar de su preocupación por lo que le deparara el futuro, no hacía nada por arreglar las cosas. Y mientras tanto, el tiempo pasaba y no encontraba la ocasión de hablar sobre la herencia, como Sensei me había aconsejado.

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8

CUANDO LLEGÓ SEPTIEMBRE decidí volver a Tokio. Estaba ansioso, por lo que decidí preguntarle a mi padre si seguiría enviándome dinero como había hecho hasta entonces para financiar mis estudios.

Si sigo aquí no voy a conseguir nunca ese trabajo que tanto deseas para mí.

Ese fue mi único argumento, la única justificación que le di para volver a la ciudad.

Solo será necesario hasta que encuentre un trabajo, por supuesto…

A pesar de mis puntualizaciones, estaba casi seguro de que jamás encontraría un trabajo. Mi padre, ignorante de las circunstancias del país, creía firmemente en lo contrario.

Está bien, si es solo por un breve tiempo veré lo que puedo hacer. Imagino que te haces cargo, hijo, de que tienes que encontrar un trabajo e independizarte. Ya te has graduado. No deberías depender ya de nadie en estas circunstancias. Los jóvenes de hoy en día solo os preocupáis de cómo gastar el dinero, pero no de cómo ganarlo.

No acababa ahí lo que tenía que decir:

Antiguamente eran los hijos los que daban de comer a los padres. Hoy en día los hijos se nos comen poco a poco.

Lo escuché en silencio. Cuando acabó con sus quejas, me levanté sin decir nada, dispuesto a marcharme. Me preguntó cuándo tenía pensado regresar. Cuanto antes mejor, pensaba yo.

Dile a tu madre que busque un día propicio en el almanaque.
—De acuerdo.

Me comportaba con suma docilidad. Esperaba poder marcharme sin verme obligado a enfrentarme con él. Pero antes de salir de la habitación, me detuvo:

Vamos a estar muy solos aquí tu madre y yo cuando te vayas. No me preocuparía si estuviera bien, pero en mis actuales circunstancias no tengo forma de saber qué puede pasar cualquier día de estos.

Me esforcé por animarlo y volví a mi cuarto. Me senté en la mesa de estudio. Allí, entre pilas de libros, no conseguía quitarme de la cabeza las tristes palabras de mi padre, y todo lo que subyacía bajo su superficie. Reparé en el canto de las cigarras. No era el mismo zumbido continuo de otras ocasiones, sino uno intermitente, que pertenecía a otra especie. Septiembre había llegado, y con él habían irrumpido las tsukutsuboshi. Su canto anunciaba el final del verano. En otras ocasiones, recuerdo que ese mismo canto me había provocado una profunda tristeza, y había hecho que me invadiera una especie de nostalgia que impregnaba hasta el último rincón de mi corazón. Otras veces había sucumbido a esa melancolía y me había quedado callado, sumido en mis pensamientos.

La nostalgia que me dominó en esa ocasión, sin embargo, era ligeramente diferente. Del mismo modo que los cantos de las cigarras se transformaban poco a poco, una metamorfosis parecida se había ido apoderando de la gente que me rodeaba. En mis oídos resonaban las palabras de mi padre. Era como si su actitud se me hubiera arraigado en el corazón. Pensé en Sensei, de quien no había recibido respuesta. Eran caracteres tan opuestos los suyos, que resultaba sencillísimo enfrentarlos y hacer comparaciones.

Lo sabía todo sobre mi padre. Cuando nos separábamos, el vínculo emocional que nos unía permanecía intacto, a pesar de la distancia. De Sensei, por el contrario, sabía más bien poco. Aún no había tenido la oportunidad de escuchar la historia de su vida, como me había prometido. En gran medida Sensei seguía siendo un ser opaco para mí. Supe que no podría hallar descanso en mi vida hasta lograr salir de esa zona de sombra, y entrar en una de luz. Esa era la razón por la cual me resultaba tan difícil estar lejos de Sensei.

Le pedí a mi madre que consultase el almanaque y por fin fijamos una fecha para mi regreso a Tokio.

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9

DEBÍAN DE QUEDAR DOS DÍAS como mucho para mi partida, cuando mi padre volvió a desmayarse. Yo estaba guardando mis libros y enseres en una maleta de mimbre. Mi padre se estaba dando un baño. Mi madre había entrado para frotarle la espalda, y entonces escuché que empezaba a dar gritos. Cuando llegué, mi padre estaba desnudo y mi madre lo sujetaba a duras penas. Cuando llegamos al cuarto de invitados, mi padre ya se había repuesto, y no dejaba de repetir que se encontraba bien. Sin embargo, me quedé a su lado hasta las nueve de la noche, refrescándole la frente con un pañuelo húmedo. Solamente me levanté para cenar algo ligero.

Al día siguiente se encontraba algo mejor. A pesar de nuestras protestas, insistió en levantarse para ir solo al baño.

Ya estoy bien, ya estoy bien.

Repitió las mismas palabras que el invierno anterior, cuando sufrió el primer desvanecimiento. No se equivocó entonces, así que yo solo esperaba que en esta ocasión sucediera lo mismo. El doctor nos advirtió de que tuviéramos cuidado, pero, a pesar de nuestra insistencia, no fue más explícito en cuanto a las razones.

Tan angustiado estaba, que decidí cambiar el día de mi partida.

¿Debería quedarme un poco más? —le pregunté a mi madre.
—Sí, te lo ruego, quédate.

Mi madre, que aparentemente estaba muy tranquila en otras ocasiones, cuando mi padre salía a trabajar en el jardín, estaba ahora consumida por la preocupación.

¿No era hoy cuando tenías que regresar a Tokio? —me preguntaba mi padre.
—Sí, pero lo he pospuesto.
—No será por mi culpa…

No supe qué responder. Si decía que sí, sería tanto como confirmar la gravedad de su enfermedad y no quería inquietarlo más. A pesar de mi cautela, debió de interpretar lo que ocultaba mi corazón.

Vaya, lo siento de veras —prosiguió.

Regresé a mi cuarto y contemplé la maleta de mimbre que había dejado tirada en el suelo. Estaba cerrada y atada, lista para mi partida. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer, si deshacerla o dejarla como estaba.

Pasé tres días en ese extraño estado de suspensión mental, como alguien que se levanta de la silla sin hacerlo del todo, sin decidir si debe marcharse o bien quedarse donde está. Fue entonces cuando mi padre sufrió otro desmayo. El doctor vino y le prescribió reposo absoluto.

¿Qué debemos hacer? —me preguntaba mi madre en un susurro, para que mi padre no pudiera oírla. Parecía desamparada.

Preparé sendos telegramas dirigidos a mi hermano y a mi hermana. Nuestro padre no tenía dolores. Por su forma de hablar, diríase que apenas padecía un resfriado. Incluso tenía más apetito de lo habitual. No estaba en absoluto dispuesto a escuchar las recomendaciones de los que lo rodeaban.

¡Ya que voy a morirme, al menos lo haré comiendo cosas ricas!

Sus palabras me chocaron por lo trágicas y a la vez lo cómicas que resultaban. Después de todo, no estaba en un lugar donde resultase sencillo salir a comer cosas ricas. Por la noche pedía kakimochi y se ponía a masticarlos con fruición.

¿Cómo es posible que tenga esa gazuza? —se preguntaba sorprendida mi madre—. Tiene una constitución tan fuerte… A pesar de todo, resiste.

Me llamó la atención que utilizase aquella palabra: «gazuza», tan antigua y tan pasada de moda.

Mi tío vino a verlo y mi padre lo obligó a quedarse hasta muy tarde junto a su lecho. No quería que se marchara porque, según decía, se sentía solo, aunque el verdadero motivo parecía ser el de quejarse de mi madre y de mí por no dejarle comer lo que quería.

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10

DURANTE LA SEMANA SIGUIENTE no se produjeron cambios significativos en su estado de salud. Aproveché para enviar una larga carta a mi hermano que vivía en Kyushu. Pedí a mi madre que se encargara de escribir a mi hermana. Intuía que aquella iba a ser la última ocasión en que les escribiríamos informándoles de la enfermedad de mi padre. Les dijimos que les enviaríamos un telegrama llegado el momento, advirtiéndoles de que estuvieran preparados para venir si nuestro padre empeoraba de repente.

Mi hermano apenas disponía de tiempo libre por culpa de su trabajo. Mi hermana estaba embarazada. Ninguno de los dos estaba en disposición de acudir hasta que fuera realmente necesario. Sin embargo, si llegaban después de su muerte, jamás me lo perdonaría, y tendría que aceptar en silencio sus reproches. Decidir, por tanto, el momento oportuno para enviar los telegramas era para mí de la mayor importancia.

No puedo decirles nada más preciso, pero quiero que entiendan la realidad de la situación —nos dijo el doctor. Había venido ex profeso desde la ciudad más cercana.

Lo hablé con mi madre y le pedimos que enviase una enfermera del hospital para atenderlo. Cuando mi padre puso los ojos encima de aquella mujer con uniforme blanco que se acercaba a su cama para saludarlo, su rostro se enrareció.

Él sabía desde hacía mucho tiempo que su enfermedad era mortal, sin embargo, no era consciente de lo rápido que se acercaba la muerte a nuestra casa.

Cuando me recupere, iré a Tokio —me dijo—. Nadie sabe cuándo vamos a morir. Por eso hay que hacer las cosas que a uno le apetecen antes de que sea demasiado tarde.

Mi madre lo miraba, desconsolada, e intentando aparentar normalidad, le decía:

Espero que me lleves contigo.

Otras veces, en cambio, mi padre parecía profundamente abatido.

Cuida bien de tu madre cuando yo me muera.

Me lo repitió en varias ocasiones. Ese «cuando yo me muera» hizo que me viniera a la cabeza algo que ya había olvidado. La noche después de mi graduación, cuando me preparaba para marcharme, Sensei utilizó aquellas mismas palabras en varias ocasiones durante la conversación que mantuvo con su mujer. Recordé su cara sonriente, a su mujer tapándose los oídos para no escuchar sus funestas advertencias, a ambos riéndose. Entonces solo representaron una hipótesis, pero ahora esos funestos presagios volvían a resonar dentro de mí con la certeza de que antes o después se harían realidad. Yo no solo no podía imitar el gesto de la mujer de Sensei, sino que me veía obligado a decir algo para consolarlo.

No seas tan pesimista, padre. ¿No has dicho que ibas a ir a Tokio cuando te pusieras bien? Irás con madre y ya verás qué sorpresa cuando veas lo mucho que ha cambiado. Los tranvías, por ejemplo. Hay líneas nuevas que llevan a todas partes y en cuanto llega a un barrio nuevo, este cambia por completo. Además, hace poco que han reorganizado los distritos de la ciudad. Es una ciudad que no descansa un momento, ni de día ni de noche.

Me esforzaba por animarlo con historias de este tipo. Ambos sabíamos que en otra situación jamás se las habría contado. Él me escuchaba complacido.

Tener en casa a un enfermo significaba también que las visitas aumentaban de modo considerable. Cada dos por tres aparecía algún familiar, aunque viviera lejos y no mantuviéramos demasiado contacto con él. Hubo uno que al marcharse dijo:

Habla sin esfuerzo y no parece haber perdido peso.

La casa, vacía y silenciosa a mi llegada, estaba ahora cada vez más concurrida y alborotada. Mi padre era el único que permanecía inmóvil en mitad de aquel torbellino de entradas y salidas. Su estado, no obstante, empeoraba. Después de consultar a mi madre y a mi tío, decidí enviar finalmente los telegramas que tenía preparados. Mi hermano respondió enseguida. Vendría tan pronto como pudiera, lo mismo que el marido de mi hermana. Vendría él, porque el primer embarazo de mi hermana se había malogrado y él prefería dejarla en casa para que no corriera ningún riesgo.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Kokoro (V)

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