Kokoro (IV)

Natsume Sōseki

 

 

 

30

EN ESE INSTANTE RECUERDO que sentí verdadera antipatía por él. Reanudamos la marcha y, a pesar de que aún había cosas que quería preguntarle, decidí permanecer callado. Él no pareció en absoluto afectado por mi enfado. Caminaba como si nada, con paso tranquilo, en silencio, sin perder la compostura y la serenidad. Pero yo me rebelaba ante su actitud, ardía en deseos de decirle algo, de derrotarlo de algún modo.

—Sensei.
—¿Sí?
—Antes se ha puesto usted nervioso, ¿verdad? Me refiero a cuando estábamos sentados en el jardín. Nunca antes lo había visto así.

No contestó enseguida, lo que interpreté como una pequeña victoria que paliaba en cierto modo mi derrota. Pero finalmente me rendí. Volví a guardar silencio. Entonces, sin previo aviso, Sensei se apartó del camino, se dirigió hacia unos setos recién podados, se levantó el quimono y se puso a orinar. Yo me quedé atónito, sin saber bien qué hacer. Miré para otro lado.

—Te ruego que me disculpes —se limitó a decir él.

Entonces, una vez acabó, volvió hacia donde yo estaba y reanudamos el camino. Decidí renunciar a mi propósito de atacarlo. El camino se iba llenando de gente poco a poco. Cada vez había más casas a ambos lados del camino. Sin embargo, aún se veía de vez en cuando algún huerto ocasional sembrado de alubias sujetas con varas de bambú, algún gallinero cerrado con tela metálica, lo que imprimía a la escena cierto aire de serenidad. Continuamente nos cruzábamos con caballos de tiro que volvían de la ciudad. Todo cuanto veía llamaba mi atención, así que el problema que me preocupaba hasta hacía tan solo un instante se esfumó como por arte de magia. Cuando Sensei retomó nuestra conversación interrumpida, yo ya había olvidado de qué estábamos hablando.

—¿De verdad crees que me he puesto nervioso?
—Bueno, en realidad no tanto, solo un poco.
—No me importa, no creas. En cierto modo he perdido los nervios. Me ocurre siempre que hablo sobre dinero. No sé cómo me verás tú, pero déjame que te diga que soy un hombre extremadamente vengativo. No puedo olvidar el daño y la humillación que me causaron en cierto momento de mi vida. No, jamás podré, por mucho tiempo que haya pasado desde entonces.

Parecía estar más enfadado que apenas un rato antes. Sin embargo, no era su tono lo que me más me sorprendía, sino el significado que ocultaban sus palabras. Como recompensa a mis esfuerzos por conocer a Sensei, nunca pensé que pudiera escuchar semejante confesión de sus labios. No sospechaba ni de lejos que en su naturaleza habitara un rencor tan tenaz. Por entonces lo creía un hombre débil, y era precisamente esa debilidad y esa nobleza suyas lo que más apreciaba en él. En alguna ocasión había tratado de enfrentarme a sus argumentos, pero lo que me dijo entonces logró sobrecogerme.

—Me engañaron, ¿sabes? Y no una persona cualquiera, sino mis parientes. Familiares míos. No podré olvidarlo mientras viva. En presencia de mi padre todos parecían tan buena gente… Pero en cuanto se murió se transformaron en unos avaros sin escrúpulos. Llevo conmigo hasta el día de hoy el peso de esa humillación, aún me atormenta el dolor que me causaron. Supongo que será así hasta el día de mi muerte. Jamás podré olvidar lo que me hicieron. Aún no he tenido ocasión de cobrarme mi venganza, pero creo que estoy haciendo algo mucho más grande que vengarme solo contra una persona concreta. No solo he aprendido a odiarlos a ellos, sino a la humanidad entera a la que ellos pertenecen, y a quien representan. Eso ya es venganza suficiente para mí.

Me quedé mudo, petrificado, incapaz de pronunciar una sola palabra de consuelo.

.

31

NUESTRA CONVERSACIÓN DE AQUEL DÍA no continuó. De hecho, yo no quería seguir con el tema. Las palabras de Sensei me habían desconcertado.

Tomamos el tranvía a las afueras de la ciudad. Durante el trayecto apenas intercambiamos una palabra. Al bajar nos despedimos, dispuesto cada uno a marcharse por su lado. Sin embargo, el humor de Sensei parecía haber cambiado de nuevo.

—Desde ahora hasta el mes de junio, vivirás la época más libre y despreocupada de toda tu vida. Es posible que no vuelvas a disfrutar nunca de tanta libertad. Aprovéchala cuanto puedas.

Sonreí y me quité el sombrero. Le miré directamente a la cara. Me preguntaba en qué rincón de su corazón habitaba ese intenso odio hacia la especie humana del que me había hablado. En su sonrisa, en sus ojos, era imposible detectar una sola traza de misantropía.

Debo confesar que Sensei fue crucial para la formación de mi pensamiento, pero en cuestiones relacionadas con el espíritu, hubo muchas veces en las que no saqué nada en claro de él. Mis charlas con él podían llegar a ser frustrantes, por inconclusas, y la de aquel día en concreto me dejó ese mismo sabor de boca.

Lanzado como era, un día decidí hablarle con toda franqueza. Él no dejó de sonreír mientras me escuchaba.

—En realidad no me molestaría si usted no conociese las respuestas a las cosas que yo le pregunto —le dije—. Pero el problema es que sí las conoce.
—Yo nunca te escondo nada.
—Sí, desde luego que sí.
—Me parece que mezclas mis ideas y mis opiniones con mi pasado. No me considero un gran pensador, pero te aseguro que no te ocultaría conclusiones a las que hubiera podido llegar. ¿Qué quieres decir con eso? Otra cosa es que pretendas que te cuente todo sobre mí y sobre mi pasado. Ese es otro asunto.
—A mí no me lo parece. Sus ideas son importantes para mí precisamente porque son producto de sus experiencias del pasado. Si separara ambas cosas, perderían todo su valor. Es como si me estuviese ofreciendo un muñeco sin alma.

Sensei me miró sorprendido. La mano con la que sostenía el cigarro le tembló ligeramente.

—Realmente eres muy audaz, ¿no crees?
—Solo soy sincero, nada más. Mi único interés es el de recibir de usted lecciones de vida.
—¿Incluso si eso se traduce en que te tenga que revelar mi pasado?

La palabra «revelar» tenía un matiz amenazante. De pronto, el hombre que estaba sentado frente a mí ya no era el Sensei a quien tanto admiraba, sino un criminal. Estaba pálido.

—¿De verdad hablas en serio? Mis experiencias del pasado me han hecho desconfiar de la gente y la verdad es que también sospecho de ti. Sin embargo, quiero creer en ti. Eres la única excepción en lo que se refiere a mi visión del mundo. Me pareces demasiado directo y abierto como para ser indigno de confianza. Me gustaría poder confiar plenamente en una persona, en una sola persona antes de morir. ¿Eres tú esa persona? ¿Harías eso por mí? ¿Eres sincero de verdad conmigo, desde lo más profundo de tu corazón?
—Si lo que acabo de decirle no es cierto, entonces es que toda mi vida es una mentira.

Me temblaba la voz.

—De acuerdo. En ese caso te contaré toda la historia de mi vida sin olvidar ningún detalle. A cambio… No, da igual, pero no te resultará tan beneficioso como imaginas. Te aseguro que harías mejor en no escucharme. Además… pero no, no puedo decírtelo en este momento. Te ruego que esperes a que llegue el momento oportuno. Ya te lo contaré todo, no te preocupes.

Cuando llegué a mi cuarto, la conversación que acabábamos de tener aún me oprimía el corazón.

.

32

TAL COMO ESTABA PREVISTO, aprobé, aunque a mis profesores mi tesis no debió parecerles tan buena como yo había supuesto. El día de la graduación, saqué del baúl la ropa de invierno, que olía a humedad, y me la puse. Ocupé mi sitio en el salón de actos y me dediqué a observar las caras de los que estaban sentados a mi alrededor. Todos aguantaban como podían el intenso calor, mientras que mi cuerpo, oprimido por el tejido de lana a través del cual no entraba una brizna de aire, sudaba profusamente. Al poco rato, había empapado ya el pañuelo con el que me secaba el sudor de la frente.

Tan pronto como terminó el acto de graduación, regresé de prisa a mi cuarto, me desnudé y abrí las ventanas de par en par. Con el diploma enrollado a modo de telescopio, observé el mundo exterior hasta donde alcanzaba la vista. Después lo tiré a un lado y me tumbé con los brazos extendidos en medio de la habitación. Allí, inmóvil, pensé en mi pasado y traté de imaginar cómo sería mi futuro. El diploma se me antojaba como una frontera que dividía mi vida en dos mitades. Era un documento extraño: cargado de significado y al mismo tiempo insignificante.

Sensei me había invitado a cenar a su casa. Habíamos acordado de antemano que si me graduaba, lo celebraríamos juntos. La mesa estaba puesta, como me había prometido, en el cuarto de invitados, cerca del engawa, con vistas al jardín. El mantel blanco, impoluto, almidonado, resplandecía bajo la luz de la lámpara. Siempre que cenaba en su casa, Sensei y su mujer vestían la mesa con un mantel blanco que parecía traído a propósito de algún restaurante occidental, siempre inmaculado y recién planchado.

—Como los puños o el cuello de una camisa. Para usar uno que no está limpio, es mejor que sea de otro color. En caso contrario debe estar perfecto, como este —decía Sensei.

Era un maniático. Su estudio estaba siempre meticulosamente ordenado. Yo, sin embargo, era todo lo contrario a él, por lo que ese rasgo de su carácter no dejaba de llamarme la atención. En una ocasión le pregunté a su mujer:

—Sensei se preocupa mucho por la limpieza, ¿verdad?
—Sin embargo, no presta ninguna atención a su ropa —me replicó ella.

Él estaba sentado al lado. Con una sonrisa en los labios, confesó:

—Es cierto, soy un maniático de la limpieza. Es un verdadero problema. Qué ridículo, ¿verdad?

No supe si se refería a cuestiones prácticas o más bien a una cierta limpieza de espíritu. Su mujer parecía tan perdida como yo.

Me senté enfrente de Sensei con la mesa cubierta por el mantel entre nosotros. Su mujer estaba a un lado, de cara al jardín.

—¡Enhorabuena!

Alzó su copa de sake en un brindis. Su gesto, en cambio, no me hizo especialmente feliz. Tenía un cierto humor sombrío respecto a ese tipo de celebraciones. Además, cuando pronunció su felicitación, su tono no era precisamente de una alegría desbordante. No aprecié ironía alguna en su expresión, cierto, pero sí que había una genuina falta de entusiasmo por mi éxito en los estudios. Era como si con su sonrisa dijera: «Supongo que esta es la clase de situación en la que la gente tiene costumbre de felicitar a los demás».

—¡Enhorabuena!

En esa ocasión le tocaba el turno a su mujer.

—Tu padre y tu madre estarán muy contentos.

De pronto, la imagen de mi padre, afligido por la enfermedad, se me vino a la cabeza. Supe que tenía que ir a casa lo antes posible y enseñarle el diploma.

—¿Dónde tiene su diploma de estudios, Sensei?
—No lo sé, la verdad. —Y se dirigió a su mujer—. ¿Lo has guardado tú?
—Sí. En algún sitio lo habré puesto.

Algo me dijo que ninguno de los dos parecía saber en realidad qué había sido de aquel trozo de papel.

.

33

CUANDO RECIBÍAN INVITADOS INFORMALES, en casa de Sensei se solía liberar a la criada de sus obligaciones para que su mujer asumiera la responsabilidad de servir. Era la costumbre. Las primeras veces que cené con ellos me sentí algo incómodo, he de reconocerlo, pero llegué a acostumbrarme y al final ya no tenía ningún reparo, cuando quería repetir, en acercarle mi cuenco de arroz para que volviera a llenarlo.

—¿Más arroz? ¿Más té? Porque te gusta comer, ¿verdad?

Eran preguntas que solía repetir medio en broma sin preocuparse por su lacerante franqueza. Aquel día, en cambio, con el calor del verano ya instalado en nuestras vidas, el apetito me había abandonado.

—¿Eso es todo lo que vas a comer? Últimamente te alimentas como un pajarito.
—No, no, en absoluto. Es solo que no puedo comer con este calor.

Llamó a la criada para que recogiera la mesa y le pidió que sirviera el postre: helado y fruta.

—Lo he hecho yo misma —dijo la mujer de Sensei.

Era evidente que disponía de tiempo de sobra para dedicarse a agasajar a sus invitados. Repetí varias veces.

—Ahora que te has graduado, ¿qué piensas hacer?

Sensei puso el cojín contra la puerta corredera que daba al jardín y apoyó la espalda.

Yo aún no era consciente del todo de haberme graduado. En cualquier caso, no había decidido qué hacer en el futuro, una vez que había concluido mis estudios. Al verme dudar, la mujer de Sensei intervino:

—¿Te gustaría dedicarte a la enseñanza?

Al ver que no le respondía insistió con otra pregunta:

—En ese caso, ¿funcionario?

Sensei y yo nos echamos a reír.

—A decir verdad, aún no tengo nada planeado. Ni siquiera sé qué profesión elegir. ¿Cómo va a decantarse uno por algo en la vida si aún no lo ha probado?
\—Cierto —continuó ella—, después de todo algún día heredarás las propiedades de tu familia. Supongo que eso te dará cierta tranquilidad. Pero echa un vistazo a los que están a tu alrededor. No todo el mundo tiene tu misma suerte.

Lo que decía era cierto. En mi fuero interno sabía que tenía razón. Sin ir más lejos, entre mis propios compañeros había muchos que se habían procurado un puesto como maestro antes incluso de graduarse. Sin embargo, dije:

—Es posible que Sensei me haya influido demasiado.
—Mucho me temo que mi marido no es una buena influencia en ese sentido —añadió ella.
—Me da igual si te he influido o no —intervino Sensei con una mueca—. Ya te dije hace un tiempo que lo que deberías hacer es asegurarte el futuro mientras tu padre aún esté vivo. No deberías tomarte mi consejo a la ligera.

Recordé la conversación que habíamos mantenido el mayo anterior en el espacioso jardín del vivero, entre las azaleas florecidas. Las bruscas palabras que él me dirigió cuando volvíamos por el sendero volvieron a resonar en mis oídos. Y no solo eran bruscas. Eran terribles. Ignorante aún de su pasado, todavía no era capaz de darles un verdadero sentido.

—¿Y ustedes, son ricos?

Mi pregunta iba dirigida a su mujer.

—¿Por qué me preguntas eso?
—Sé que Sensei no me lo reconocería.

Ella sonrió y miró a su marido.

—Eso es porque no somos lo suficientemente ricos como para que merezca la pena mencionarlo.
—Pero me gustaría saberlo. Si finalmente decidiera vivir como Sensei, debería tener una idea clara de qué decirle a mi padre cuando vuelva a casa.

Sensei contemplaba el jardín en silencio mientras daba lentas caladas a su cigarrillo. Estaba tan ausente que era normal que me dirigiera a su mujer.

—En realidad la cuestión no es cuánto tengamos… Quiero decir, de un modo u otro mi marido y yo logramos arreglárnoslas. Eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que encuentres algo que hacer en la vida. No te la puedes pasar holgazaneando, como hace mi marido.
—Yo no soy un holgazán —protestó Sensei girándose un poco hacia ella.

.

34

ME MARCHÉ DE CASA DE SENSEI pasadas las diez de la noche. Tenía previsto volver a casa de mis padres en dos o tres días, así que aproveché para despedirme.

—No los veré en un tiempo.
—Volverás en septiembre, ¿verdad? —dijo ella.

Como ya me había graduado, no tenía ninguna razón de peso para volver a Tokio en septiembre y tampoco tenía intención de hacerlo en agosto, en plena canícula. Como no me apremiaba la necesidad de encontrar trabajo, volver dependía de mí. Era mi elección.

—Sí, más o menos en septiembre —dije.
—Cuídate mucho, entonces. Puede que nosotros salgamos este verano. Promete ser muy caluroso. Si lo hacemos, te escribiremos una postal.
—¿Dónde tienen previsto pasar las vacaciones?

Sensei sonreía burlón mientras escuchaba la conversación.

—Qué importa. Aún no hemos decidido si iremos o no.

Me dispuse a marcharme, pero Sensei me retuvo.

—Por cierto, ¿cómo está tu padre?

No sabía gran cosa sobre su estado de salud, así que, a falta de noticias, podía suponer que no había empeorado, al menos.

—No deberías tomarte a la ligera una enfermedad como la suya. Si desarrolla uremia, todo habrá terminado para él.

Nunca antes había escuchado aquel término, «uremia», así que no tenía la más mínima idea de lo que significaba. Durante las vacaciones del invierno anterior, el médico no lo había mencionado siquiera.

—Cuida bien de él —añadió la mujer de Sensei—. Si las toxinas le llegan al cerebro, entonces se acabó todo. No es un asunto que pueda tomarse a la ligera.

Me sentía muy ignorante, pero al menos pude fingir una mueca.

—Ya que se trata de una enfermedad incurable, supongo que no hay de qué preocuparse —dije yo.
—Veo que ya te das por vencido. Ante eso, no sé qué más puedo decir.

Su voz sonaba resignada. Probablemente se acordara de su madre, que murió a causa de la misma dolencia hacía unos años. Me invadió una profunda tristeza al pensar que un destino similar le aguardaba a mi padre.

Sensei se volvió hacia su mujer.

—¿Crees que morirás antes que yo, Shizu?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Por nada en especial, solo es una pregunta. ¿Moriré yo antes que tú? Normalmente es el marido quien muere antes que la esposa.
—No siempre sucede así, si bien es cierto que los hombres suelen ser mayores que sus esposas.
—¿Quieres decir que es por eso que se mueren antes? En ese caso, eso abona mi teoría: moriré antes que tú.
—Tú eres un caso especial.
—¿De verdad lo crees?
—Mírate. Estás sano como una manzana. Nunca has tenido nada serio. No, estoy convencida de que seré yo la primera en irme.
—¿De verdad lo crees?
—Sí.

Sensei me miró. Le sonreí. Sin embargo, él siguió insistiendo con su mujer.

—Si fuera yo el primero en morirme, ¿qué harías tú?
—¿Qué haría…?

Parecía no encontrar las palabras. Se la notaba sobrecogida por la pena que le producía pensar en la muerte de su esposo. Pero alzó la vista de pronto y respondió con un gesto resplandeciente:

—¿Qué haría? Pues resignarme. Como se suele decir, la muerte no se detiene ante nada.

Parecía que estaba de broma, pero cuando lo dijo sus ojos no se despegaron de mí.

.

35

YO YA ME HABÍA LEVANTADO y estaba a punto de marcharme, pero al tomar ese cariz la conversación, me sentí obligado a sentarme de nuevo y esperar. Sensei se giró hacia mí.

—Y dime, ¿tú qué piensas?

Yo no estaba en situación de saber quién de los dos iba a morir primero, así que me limité a responder con una sonrisa:

—¿Quién es capaz de predecir la duración de una vida?
—Efectivamente —intervino la mujer de Sensei—. Eso es cosa del destino. Cada uno tiene su fecha marcada en el calendario, y nada puede cambiar eso. Es lo que les sucedió al padre y a la madre de Sensei. ¿Lo sabías?
—¿El qué? ¿Murieron el mismo día?
—No exactamente pero casi.

Enterarme de aquello me sorprendió mucho.

—¿Cómo sucedió?

La curiosidad me podía.

Ella estaba a punto de responder, cuando Sensei la interrumpió bruscamente.

—Ya basta con ese asunto. No tiene sentido que hablemos de eso.

Sacudió su abanico con fuerza y se volvió hacia su mujer:

—Shizu, cuando me muera te dejaré esta casa.

Ella se rio.

—Y también el suelo que hay debajo de ella, si no te importa.
—El suelo pertenece a otra persona, ya lo sabes. ¿Qué se le va a hacer? Pero te dejaré todas mis pertenencias.
—Te lo agradezco, pero no creo que me sirvan de gran cosa todos esos libros extranjeros que tienes.
—Puedes venderlos.
—¿Cuánto crees que me darían por ellos?

En lugar de contestar a su pregunta, Sensei siguió hablando sobre su eventual muerte, como si hubiera asumido ya que fallecería antes que su mujer. Y aunque en un principio su mujer se había tomado la conversación a la ligera, al final su sensible corazón femenino empezó a acusar cierta opresión.

—No paras de decir «cuando me muera, cuando me haya muerto». ¡Déjalo ya, por favor! Trae mala suerte. Si te mueres, lo haré todo según tus deseos, de eso puedes estar seguro ¿Qué más puedes pedirme?

Sensei contempló el jardín y sonrió. No quería molestarla más y dejó el asunto en ese punto.

Yo sentía que me había excedido con el tiempo de mi visita, así que me levanté ya para marcharme. Sensei y su mujer me acompañaron hasta la entrada principal.

—Cuida mucho de tu padre —dijo ella.
—Nos veremos en septiembre —dijo Sensei.

Me despedí y dejé a mi espalda la puerta de celosía. La frondosa reseda que había entre la puerta y la verja extendía sus ramas en la oscuridad, impidiendo el paso. Al alejarme unos pasos, imaginé las flores perfumadas que sustituirían sus oscuras hojas el próximo otoño. Mi imagen de la casa de Sensei estaba inseparablemente unida a aquel arbusto.

Me di media vuelta para mirar una última vez la casa y pensé en ese día de otoño en que cruzaría de nuevo el umbral de aquella puerta. La luz que hasta un momento antes brillaba a través de la celosía se apagó. Sensei y su mujer debían de haber entrado ya. Entonces continué mi solitario camino a través de la oscuridad del exterior.

No regresé directamente a mi pensión. Tenía cosas que hacer antes de marcharme, y además pensé que me convendría bajar la cena, así que me dirigí al centro. Todo bullía con la actividad propia de las primeras horas de la noche. Hombres y mujeres atestaban las calles, y no llevaba mucho tiempo paseando cuando me encontré con un compañero de graduación que me arrastró a un bar donde me obligó a escuchar durante lo que se me hizo una eternidad una cháchara tan espumosa como la cerveza que bebíamos. Cuando por fin llegué a mi cuarto, era ya más de medianoche.

.

36

AL DÍA SIGUIENTE HACÍA UN CALOR SOFOCANTE. Aun así, decidí salir para comprar las cosas que me habían encargado en casa. No me pareció demasiado cuando recibí la carta, pero ahora que me tocaba cumplir aquello me resultó un verdadero fastidio. Sentado en el tranvía, mientras me limpiaba el sudor de la frente, no podía dejar de maldecir a todos esos pueblerinos que tan poca consideración mostraban por uno, y que tanto exigían a los demás.

Por otro lado, no tenía intención de pasarme el verano en casa sin hacer nada. Me había elaborado un detallado plan de trabajo para mis meses en el pueblo, y tenía que conseguir algunos libros. Me pasé la mitad de la jornada metido en la librería Maruzen, hojeando libros extranjeros. Primero los localizaba en las estanterías dedicadas a mi especialidad y luego los escrutaba minuciosamente uno tras otro.

El más difícil de todos los encargos que me había hecho mi familia fue un cuello falso para quimono de mujer. El dependiente sacó varias muestras, pero yo no sabía cuál escoger. No tenía ni idea de cuellos de quimono. Y por si fuera poco, el precio que me querían cobrar me parecía caro y arbitrario. Si preguntaba por el precio de uno que me parecía barato, resultaba que era de los más caros, mientras que otros que se me antojaban inaccesibles estaban a buen precio. Me sentía incapaz de descubrir la razón de esas diferencias de precio. Estaba abrumado, y en cierto modo arrepentido de no haberle pedido ayuda a la mujer de Sensei.

También compré un bolso de viaje. No era de muy buena calidad, pero al menos estaba fabricado en Japón y tenía suficientes adornos metálicos como para impresionar a la gente del pueblo. El bolso era encargo de mi madre. Además, necesitaba una maleta donde llevar todas las cosas que me habían pedido. Recuerdo que cuando leí lo que me pedía no pude reprimir la risa. No porque no entendiera lo que me decía, sino porque me parecía ridículo.

Y así, tal como les había dicho a Sensei y a su mujer al despedirme, tres días después cogí el tren y me volví a casa de mis padres.

Sensei no había dejado de llamar mi atención desde el invierno anterior sobre la gravedad de la enfermedad de mi padre, hasta el punto de que me sentía moralmente obligado a preocuparme por él. Pero lo cierto es que la salud de mi padre no era lo que más me importaba. Al contrario, sentía más lástima por mi madre. Me preguntaba qué sería de ella cuando mi padre muriera. Probablemente fuera esa la razón de que ya me hubiera resignado a lo inevitable.

Había escrito a mi hermano mayor, que vivía en Kyushu, diciéndole que no creía que nuestro padre fuese capaz de sobrevivir mucho tiempo a su enfermedad. En otra carta, le decía que por muy ocupado que estuviera con el trabajo, debía procurar hacernos una visita en verano. Apelé a su corazón recordándole que nuestros padres eran ya muy mayores, que estaban solos en el pueblo y que nosotros, como hijos suyos, debíamos compadecernos de su situación. Le escribí todo lo que se me ocurrió en aquel momento, pero lo que yo sentía mientras escribía aquellas palabras era muy distinto de lo que afloró después en mí.

Sentado en el tren, le daba vueltas y más vueltas a todas esas contradicciones hasta que descubrí que mi problema era otro: yo era un ser insustancial y variable. Un fastidio de persona, en pocas palabras. Pensé también en Sensei y en su mujer, y en la conversación que habían mantenido tan solo unos días antes, cuando me invitaron a cenar.

¿Quién se moriría antes? La pregunta que planeó por la habitación aquella noche me rondaba aún por la cabeza y no se me iba. Era una pregunta a la que no se podía responder, pero en el caso de poder hacerlo, ¿cómo actuaría Sensei? ¿Qué haría su mujer? Quizá seguir con su vida sin más, sin que nada cambiase. Lo mismo que hacía yo en el caso de mi padre, que estaba al borde de la muerte. Es decir, resignarse. ¡Qué insignificante resulta el ser humano! No podía dejar de admirarme ante la vanidad de nuestra existencia, y ante la fugacidad de la vida. Un pensamiento, en fin, que ahondaba en mi convicción acerca de la extrema fragilidad del ser humano.

(Continuará…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .