“VICIO PROPIO”, de Thomas Pynchon

Germán Cáceres

 

 

 

Vicio propio se denomina un concepto de las pólizas de seguro: es lo que no se cubre de una mercadería porque ya está dañado. Al final de la novela, un personaje que es abogado lo explica así: “Es lo que no se puede evitar, cosas que las pólizas navales prefieren no cubrir. Por lo general se aplica a la carga, como huevos que se rompen, pero a veces también al buque que lo transporta”. Corresponde informar que el libro fue llevado al cine por Paul Thomas Anderson en 2014, con Joaquin Phoenix, Owen Wilson y Katherenne Waterston. La acción transcurre a fines de la década del sesenta, cuando Estados Unidos estaba perdiendo la guerra de Vietnam y Nixon era el presidente.

El estilo Pynchon –tan característico– no es nada convencional y bastante complicado. Sus párrafos suelen ser extensos e imbricados, con expresiones de un slang característico de las playas de Los Ángeles, principalmente de la zona de Gordita Beach. Por ejemplo, para proporcionar la atmósfera de la ciudad y de la novela escribe: “De repente se encontraba en un planeta donde el viento podía soplar en dos direcciones a la vez, arrastrando la neblina desde el océano y la arena desde el desierto al mismo tiempo, lo que obligaba al conductor desprevenido a bajar una marcha en cuanto entraba en esta atmósfera alienígena,…” Los diálogos abundan en elipsis y en ex abruptos porque reflejan las vicisitudes y deformaciones propias de la jerga popular.

Podría clasificarse a “Vicio propio” como una novela negra lunática y a veces experimental hasta la alucinación, cuyo protagonista es el detective privado Larry Sportello, de muy escasos recursos económicos y aficionado a la marihuana. Su ex novia, Shasta, desaparece misteriosamente junto a su actual amante, un magnate excéntrico llamado Mickey Wolfmann, uno de cuyos guardaespaldas es asesinado. A la vez, una extraña goleta, Colmillo Dorado, que desde décadas cometía toda clase de acciones delictivas, parece que ahora transporta cargamentos de droga.

Y así, a la manera del Lew Archer de Ross Macdonald, que recorría en su automóvil el sur de California para resolver un caso, Larry Sportello explora la insólita Los Ángeles topándose con un submundos de hippies y surfistas drogadictos, escenas con desbordes sexuales, pocilgas exóticamente decoradas (como la placa de su propia oficina: LSD Investigaciones), y agentes del FBI metidos en asuntos turbios junto a prestamistas vinculados al mundo del crimen, el juego y la droga.

Por la novela desfilan innumerables personajes secundarios: tantos, que podría comentarse que son sus auténticos protagonistas, con sus diálogos irónicos y sus sobreentendidos, como si ya estuvieran de vuelta de todo. Por ello un humor zumbón recorre sus páginas, en las que abunda la amplificación a través de la enumeración de modelos de autos con exagerados detalles (“…siguió a Boris afuera hasta que una Dodge Power Wagon del 46, pintada de un caqui oliva jaspeado sobre una capa de imprimación gris.”), citas de marcas de cigarrillos, de ropas –tanto masculinas como femeninas–, nombres de calles, de tiendas, bares, restaurantes y la lista sigue, sobre todo la mención de películas y de música contemporánea. Y siempre están omnipresentes sus bellas imágenes literarias: “Los vientos de la costa habían soplado con demasiada fuerza para que se pudiera surfear bien, pero aún así los surfistas madrugaban para contemplar aquel extraño amanecer, que parecía un equivalente para la vista de la sensación que a todos producía en la piel los vientos, el calor y los rigores del desierto, intensificada por los gases de los tubos de escape de millones de vehículos a motor que se mezclaban con la arena microfina de Mojave para refractar las luz hacia el extremo sangriento del espectro, todo tenue, escabroso y bíblico…”

Algo que el autor no deja de señalar críticamente es que en Los Ángeles la urbanización se realizó arrasando viviendas mexicanas, indígenas y de japoneses indigentes.

Por si la variedad temática no alcanzara, aparecen varias frases terminantes sobre el destino humano. Un personaje, viendo televisión, exclama: “Lealtad suicida a la marca, tío, una profunda parábola del capitalismo de consumo, no se darán por satisfechas hasta que nos atrapen a todos con la red, nos hagan picadillo y nos amontonen en los estantes del Supermarket Amerika, y subconscientemente lo más espantoso es que…, que queremos que lo hagan…”

La magnífica traducción de Vicente Campos es fruto de un talento aunado a un esfuerzo ciclópeo.

Thomas Pynchon nació en Nueva York en l937, y se sabe muy poco sobre su persona, salvo que estudió ingeniería y literatura en la Universidad de Cornell y redactó folletos para la Boeing. Es uno de los más destacados escritores norteamericanos contemporáneos. Su labor narrativa comprende las novelas “V.” (1963), “La subasta del lote 49” (1966), “El arco iris de gravedad” (1973), “Vineland” (1990), “Mason y Dixon” (1997), “Contraluz” (2006), “Al límite” (2013) y el libro de cuentos “Un lento aprendizaje” (1984). Ganó el National Book Award y es frecuente candidato al Premio Nobel de Literatura.

VICIO PROPIO”, de Thomas Pynchon. (Tusquets Editores, Buenos Aires, 2012,420 páginas)

 

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