Kokoro (III)

Natsume Sōseki

 

 

 

20

TRATÉ DE CONSOLARLA EN LA MEDIDA de lo posible, dada mi limitada comprensión de los hechos. Ella, al menos, pareció algo reconfortada por mis palabras. Seguimos un rato más hablando sobre el asunto, pero yo cada vez me sentía más incapaz de intuir siquiera dónde estaba la raíz del problema. Su ansiedad nacía de las dudas que la asaltaban, unas dudas parecidas a esas nubes tenues que flotan en el cielo. No parecía saber mucho sobre la verdad de lo que había pasado y, de lo poco que sabía, no podía revelarme gran cosa. Yo la consolaba y ella se dejaba consolar. Parecíamos dos náufragos a la deriva en un inabarcable océano de inseguridades. Perdida como estaba, alargaba los brazos para aferrarse con todas sus fuerzas a mis endebles opiniones, tan carentes de un sólido apoyo como las suyas.

Alrededor de las diez, se escucharon los pasos de Sensei en el zaguán. Ella se levantó de inmediato y salió a recibirlo antes incluso de que él llegara a deslizar la puerta corredera que daba acceso al interior de la casa. Me sentí obligado a seguirla. La criada debía de haberse quedado dormida, porque no salió.

Sensei parecía de un humor excelente, pero me extrañó ver que su mujer se mostrara aún más exultante que él. Estaba atónito. Momentos antes, sus hermosos ojos estaban empañados por las lágrimas y su frente marcada por el signo del sufrimiento. Dudaba que me hubiera engañado, aunque me preguntaba si aquello no era en parte una estratagema femenina, si es que había intentado enredar sus sentimientos con los míos. Sin embargo, me abstuve de juzgarla. Mi primera reacción fue de alivio al verla resplandecer de nuevo y concluí que no había en realidad verdadero motivo de preocupación en sus actos.

Sensei me saludó con una sonrisa.

—Muchas gracias. El ladrón no se ha presentado, según veo. Espero que no te sientas frustrado por tanta inactividad.

Su mujer se despidió de mí con una ligera inclinación de cabeza mientras me decía:

—Habrás de disculparme las molestias que te haya podido causar todo este embrollo.

Pero en su voz no detecté tanto una disculpa, como un cierto tono de broma por el hecho de que el ladrón me hubiera hecho perder el tiempo aquella noche. Envolvió los dulces que habían sobrado y me los entregó. Yo me guardé el paquetito bajo la amplia manga del quimono, atravesé a toda prisa los fríos y despoblados callejones que rodeaban la casa y me encaminé en dirección a la luminosa y animada ciudad.

He intentado reproducir lo más detalladamente posible todo lo que ocurrió aquella noche, en parte porque me parece necesario para contar mi historia. En aquel momento, en cambio, mientras me dirigía a casa con las galletas que ella me había dado, no le di muchas más vueltas a nuestra conversación. Al día siguiente, acabadas las clases, nada más regresar a mi cuarto para almorzar, me fijé en el paquete que me había dado la mujer de Sensei y que había dejado la noche anterior sobre la mesa. Lo desenvolví, elegí uno de los dulces cubiertos de chocolate y me lo metí en la boca. Al notar su sabor, supe al instante que Sensei y su esposa eran una pareja feliz.

El otoño llegó a su fin, sin que ocurriese nada en particular. El invierno se instaló en nuestras vidas. Seguí siendo asiduo de la casa de Sensei. No pocas veces, cuando los visitaba, aprovechaba para pedirle a su mujer que me arreglase algún quimono, ya que por aquel entonces empecé a preocuparme algo más por mi modo de vestir. Y ella siempre se ofrecía encantada, asegurando que sería una estupenda oportunidad para disipar el aburrimiento de su vida sin hijos.

Un día se dio cuenta de que una de las prendas que le llevé estaba tejida a mano.

—Nunca había tenido un material tan bueno entre mis manos. No es fácil de coser. Se me han roto ya dos agujas de lo buena que es la tela.

Pero no eran quejas en realidad. Nunca ponía mala cara.

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21

AQUEL INVIERNO ME VI OBLIGADO a regresar a mi casa, en el pueblo. Mi madre me había escrito para decirme que mi padre había empeorado de su enfermedad, y que aunque no revestía especial gravedad y no era urgente, le preocupaba su edad y por eso me pedía que regresase lo antes posible.

Desde hacía tiempo, mi padre padecía de los riñones. Al igual que en muchos hombres de su edad o incluso algo más jóvenes, su dolencia era crónica. No obstante, tanto él como el resto de la familia pensábamos que mientras se cuidara como era debido no habría nada de qué preocuparse. De hecho, él mismo se jactaba con los conocidos que lo visitaban de que, de no cuidarse tanto como lo hacía, habría muerto hace mucho tiempo ya.

Mi madre me dijo, en cambio, que hacía unos días se había desmayado en el jardín. Al principio lo atribuyeron a un leve derrame y le pusieron un tratamiento. No fue hasta unos días más tarde cuando el doctor concluyó que en realidad todo volvía a conducir a sus riñones.

No faltaba mucho tiempo para las vacaciones de invierno. Pensé que no pasaba nada si esperaba unos días para irme, de manera que pospuse el asunto aferrándome a Tokio de una forma casi irracional. Sin embargo, no se me iba de la cabeza la imagen de mi padre convaleciente, y de mi madre angustiada a su lado. Un dolor sordo me atenazaba el corazón. Una mañana, supe que no podía esperar más. En lugar de aguardar a que mis padres me enviasen el dinero para el viaje, decidí ir a casa de Sensei para pedírselo prestado. Además, de paso podría despedirme de él.

Al llegar, me dijo que tenía un ligero resfriado, y no le apetecía moverse al cuarto de invitados. Me hizo pasar a su estudio, bañado por una luz tenue que caía directa sobre un paño extendido encima de la mesa y que era muy rara en aquellos oscuros días de invierno. Había colocado un trípode sobre el rescoldo del brasero, y sobre él un recipiente del que inhalaba unos vapores que al parecer lo ayudaban a respirar mejor.

—No me dan miedo las enfermedades graves, pero detesto estos pequeños catarros.

En su gesto se dibujó un sonrisa amarga.

Nunca había sufrido ninguna enfermedad grave en realidad, por lo que su comentario me resultó divertido.

—Yo, como mucho, puedo soportar un resfriado. No quiero ni pensar en pillar algo peor. Estoy seguro de que a usted le ocurre lo mismo, Sensei. Espere a caer enfermo de verdad y después me dirá.
—¿Eso es lo que crees? De caer realmente enfermo, preferiría que resultase fatal.

No presté especial atención a su comentario y en lugar de eso le hablé de la carta de mi madre y aproveché para pedirle prestado el dinero para el viaje.

—Lamento de veras lo de tu padre. Y, naturalmente, el dinero no es problema. Déjalo todo arreglado y márchate lo antes posible.

Llamó a su mujer y le pidió que trajera el dinero. Ella lo sacó del cajón de un aparador que había en la habitación del fondo de la casa y me lo entregó metido en un sobre blanco.

—Estarás muy preocupado —me dijo su esposa. Parecía muy preocupada por las noticias—. ¿Se ha desmayado ya otras veces?
—En la carta no decía nada. ¿Es que puede desmayarse más de una vez, Sensei?
—Claro que sí.

Fue de este modo como me enteré de que la madre de su mujer había fallecido a causa de la misma dolencia.

—Parece una enfermedad difícil de tratar —dije.
—No exageres. Me cambiaría con gusto por tu padre, te lo aseguro. ¿Tiene náuseas?
—No lo sé. La carta tampoco dice nada. Aunque no creo que sea ese el problema.
—Si no las sufre es que las cosas todavía van bien —dijo la mujer de Sensei. Parecía saber de lo que hablaba.

Salí de Tokio en el tren nocturno.

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22

AL LLEGAR, COMPROBÉ QUE LA ENFERMEDAD de mi padre no era tan grave como temía. Lo encontré sentado sobre el futón con las piernas cruzadas.

—Estoy aquí solo para complaceros —me espetó nada más verme—. Todos parecéis preocupadísimos por mí, aunque si quisiera podría levantarme de la cama sin ningún problema.

Al día siguiente, sin ir más lejos, le pidió a mi madre que lo recogiera todo. No hizo caso de ninguna de sus objeciones.

—Qué curioso. —Mi madre me hablaba de mala gana mientras doblaba el grueso edredón de cama—. Vuelves a casa y tu padre recupera milagrosamente las fuerzas.

A mí, en cambio, no me parecía que estuviera haciéndose precisamente el valiente.

Mi hermano mayor trabajaba en la lejana isla de Kyushu y no volvería a no ser que la situación fuera de verdadera emergencia. Mi hermana, por su parte, se había casado y se había ido a vivir a la otra parte del país, por lo que tampoco podía volver precipitadamente. De los tres hermanos, yo era el que más fácil lo tenía; aún era estudiante. Atender la carta de mi madre y dejarlo todo para volver parecía complacer enormemente a mi padre.

—Es una lástima que hayas perdido clases por una cosa tan tonta —se lamentó—. Tu madre no debería exagerar en sus cartas como lo hace.

Pero sus bravuconadas no se limitaban a las palabras. Una vez el futón estuvo doblado y guardado, se comportaba como si nada hubiera pasado.

—Como te descuides y sigas siendo tan impetuoso sufrirás una recaída.

Mi insistencia caía en saco roto. Se tomaba mis advertencias a la ligera.

—¡Venga ya! Me encuentro perfectamente. Solo tengo que cuidarme, como de costumbre.

Lo cierto es que daba la impresión de encontrarse bien. Iba y venía por la casa sin jadear ni marearse. El color de su cara, no obstante, era terrible. Eso no lo podía ocultar. Pero ese era el único síntoma nuevo, así que, a partir de cierto momento, también dejamos de prestarle atención.

Escribí a Sensei, agradeciéndole el préstamo. Y le prometí que tan pronto como regresase a Tokio en enero se lo devolvería. Le expliqué que la enfermedad de mi padre era menos grave de lo que esperaba, que ya no sufría náuseas ni mareos y que no había razón para preocuparse. No me olvidé de preguntarle por su resfriado, por mucho que él mismo no le diera importancia. Lo hice sin pensar siquiera en la posibilidad de que me respondiera. De paso, les hablé a mis padres de él y mientras lo hacía, no pude por menos que imaginármelo, allí, en su lejano estudio de Tokio.

—¿Por qué no le llevas de nuestra parte unas cuantas setas secas cuando regreses?

La idea se le ocurrió a mi madre, aunque yo no estaba seguro de que Sensei apreciase ese tipo de cosas.

—No son de la mejor calidad, pero seguro que le gustan.

Por alguna razón, me resultaba extraño asociar la imagen de Sensei con la de las setas.

Cuando recibí su respuesta me sorprendí mucho. Especialmente porque parecía haberla escrito sin ninguna razón en particular, quizá solo por pura cortesía. Era una carta franca y directa que me produjo una enorme alegría. Era la primera, de hecho, que recibía de él.

Por mucho que alguien hubiera podido pensar, habida cuenta de nuestra amistad, que nos escribíamos de vez en cuando, lo cierto es que nunca lo hacíamos. Solo recibí dos cartas suyas en vida. La primera fue aquella sencilla respuesta. La segunda, extremadamente larga, la redactó poco antes de morir.

La enfermedad impedía a mi padre moverse tan libremente como él habría querido. A pesar de haberse levantado de la cama, rara vez salía de casa. Una mañana inusualmente templada, se aventuró a dar un paseo por el jardín. Por precaución, me ofrecí a acompañarlo, por si necesitaba que lo ayudase, pero él me rechazó con una sonora risotada.

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23

PARA DISTRAER A MI PADRE, a menudo jugaba con él al shogi. Perezosos como éramos, nos molestaba incluso sacar la mano de debajo de las faldas del kotatsu para mover las piezas sobre el tablero. A veces se nos perdía alguna y no nos dábamos cuenta hasta la partida siguiente. Mi madre llegó a rescatar una de ellas de entre las brasas, lo que fue motivo de risa para todos nosotros.

—El tablero de go es demasiado alto con esas patas como para ponerlo encima del kotatsu. Es más conveniente el del shogi. Es un juego perfecto para un vago como tú, que no quiere sacar las manos de debajo de la mesa. ¿Otra partida?

Siempre que ganaba quería jugar enseguida otra partida. Tampoco le hubiera importado en el caso de perder, aseguraba. En una palabra, no quería moverse del kotatsu al margen del resultado del juego.

Al principio encontré cierto deleite en esos placeres de la vida, propios de un hombre retirado, a los que me entregaba con tanta pasión aquellos días. Pero pronto la energía de mi juventud se inquietó ante tan insulsos estímulos. De vez en cuando bostezaba, estiraba los brazos con alguna de las piezas aún en la mano sin el más mínimo reparo y me mostraba aburrido.

Cuando pensaba en Tokio, sentía como la sangre aceleraba el ritmo de mi corazón. Aquello sí que me hacía rebosar de vida. Extrañamente, a causa de algún sutil mecanismo de la mente, supe que esa pulsión interior estaba alimentada por Sensei.

Di en comparar a mi padre con Sensei. Ambos eran tranquilos, ambos estaban retirados hasta el extremo de no existir ya para el mundo, y ninguno de los dos disfrutaba de reconocimiento social. Sin embargo, a pesar de ser su compañero de juego y de compartir con él aquellos sencillos placeres, la compañía de mi padre no me satisfacía especialmente, mientras que la de Sensei, a quien nunca había visitado con el único objetivo de pasar el rato, me había marcado profundamente. Para ser justo, Sensei no ejercía en mí tanto una influencia «intelectual» como «espiritual». No exageraría si dijera que tenía la impresión de que su fuerza se había apoderado de mí, de que su espíritu circulaba por mi sangre, desbocado. Pensaba en mi padre, pensaba en Sensei, que no tenía ningún parentesco conmigo, y la comparación me hacía sentir tan aturdido como si me hubiera sido revelada de pronto una verdad fundamental sobre la vida.

A medida que el tedio me fue venciendo, la alegría de mis padres por la presencia de un hijo al que consideraban algo así como una preciosa criatura también se mitigó, y empezaron a habituarse a mi presencia. Supongo que es lo mismo que les pasa a todos los estudiantes cuando regresan a casa en vacaciones. La primera semana son agasajados y tratados como invitados de honor; después el entusiasmo familiar se diluye y finalmente empiezan a tratarlo a uno sin la más mínima consideración, como si ya no les importase tu presencia. Yo ya estaba en esa tercera fase, sin duda.

En aquella época, además, siempre que volvía de Tokio lo hacía trayendo conmigo las modas y comportamientos propios de la capital. Actitudes que mis padres no entendían. Era un disonante, un anacronismo. Era como si hubiera irrumpido en una casa tradicional confuciana con las subversivas ideas del cristianismo. Obviamente me esforzaba por ocultar tal circunstancia, pero ya formaba parte de mí y por mucho que quisiera ahuyentarla, antes o después terminaba por brotar y ellos se daban cuenta. En consecuencia, la vida familiar de mi casa familiar me resultaba cada vez más aburrida y más frustrante. Suspiraba por regresar a Tokio lo antes posible.

Por fortuna, y aunque su salud siguió siendo frágil, la enfermedad de mi padre no empeoró ostensiblemente. Para estar seguros, hicimos venir a un médico de renombre, que vivía lejos, y su exhaustivo examen no reveló nada que nosotros no supiéramos ya.

Poco antes de que finalizaran las vacaciones de invierno, anuncié a mi familia que me volvía a Tokio. Y como los sentimientos humanos son perversos e impredecibles, mis padres no estuvieron de acuerdo con mi decisión.

—¿Pero ya te marchas? —se quejaba mi madre—. Aún es muy pronto, ¿no te parece?
—Seguro que podrías quedarte otros cuatro o cinco días —la apoyaba mi padre.

Sin embargo, no di mi brazo a torcer. Me marché el día fijado.

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24

CUANDO REGRESÉ A TOKIO, ya había desaparecido de las entradas de las casas la decoración de Año Nuevo. Soplaba un viento cruel y en la ciudad no quedaba ni rastro de las recientes celebraciones, como si las calles hubieran sido vencidas por el frío.

En cuanto pude, fui a casa de Sensei para devolverle el dinero que me había prestado. Le llevé también las setas de mi madre, cuidadosamente guardadas en una caja. Las dejé frente a él y les expliqué que era un regalo de mi familia, aunque no les dije qué era. La mujer de Sensei me dio las gracias muy efusivamente. Cuando se retiró, se llevó la caja y solo cuando se dio cuenta de lo ligera que era, me preguntó qué había dentro. Lo hizo con esa franqueza casi infantil de la que hacía gala solo con sus íntimos.

Una vez nos acomodamos, me preguntaron por la enfermedad de mi padre. Yo los tranquilicé.

—Por lo que veo, no hay motivo de alarma —dijo Sensei—. Sin embargo, haría mal en descuidarse.

Obviamente sabía más que yo sobre enfermedades del riñón.

—Es habitual que el enfermo se sienta bien y baje la guardia. Conocí a un militar que murió a causa de esa misma enfermedad en la cama mientras dormía. Fue tan repentino, que su mujer ni siquiera se enteró de que estaba enfermo. La despertó en mitad de la noche para decirle que se encontraba mal y a la mañana siguiente había fallecido. La muerte le sobrevino de una forma tan fulminante que ella pensó que simplemente se había quedado dormido.

El optimismo que había sentido hasta entonces pronto se transformó en ansiedad.

—Me pregunto si le sucederá lo mismo a mi padre, el pobre. No hay manera de saberlo, ¿verdad?
—¿Qué os ha dicho el doctor?
—Su enfermedad es incurable. Pero nos ha dicho que de momento no hay de qué preocuparse.
—En ese caso, puedes estar tranquilo. El hombre del que te he hablado ni siquiera sabía que estaba enfermo. Además, era uno de esos tipos rudos del ejército, de esos que no prestan atención a ese tipo de cosas.

Me sentí aliviado. Al notar el cambio en mi estado de ánimo, Sensei añadió:

—Enfermos o sanos, los seres humanos somos criaturas frágiles. Ya lo sabes. No hay forma de saber cuándo o cómo moriremos, ni siquiera la razón.
—¿Eso piensa usted?
—Yo me encuentro bien de salud, pero sí, lo pienso de vez en cuando.

Su intento por sonreír se quedó apenas en una mueca.

—A menudo uno oye hablar de gente que ha muerto por causas naturales o de personas que fallecen de repente, a consecuencia de actos violentos.
—¿A qué se refiere con actos violentos?
—No lo sé. Al fin y al cabo la gente que se suicida comete en cierto modo un acto de violencia contra sí misma. ¿No te parece?
—También los que mueren asesinados.
—No pensaba en ese tipo de muertes, pero ahora que lo mencionas no te falta razón.

Cuando esa tarde regresé a mi cuarto, ni me acordaba ya de la enfermedad de mi padre. Las palabras de Sensei no dejaron en mí más que una vaga impresión. Era otro asunto el que me preocupaba. Tenía que decidir el tema de mi tesis y luego tenía que redactarla. Todavía no le había dedicado la debida atención y ya no podía posponer por más tiempo dedicarme a ella.

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25

SI PRETENDÍA GRADUARME EN EL MES de junio tal como esperaba, tenía hasta finales de abril para terminar la tesis. Pero después de contar los meses que me faltaban, me invadió la angustia. Mis compañeros de estudios llevaban tiempo ocupados recopilando material y tomando notas, mientras que yo era el único que no había hecho nada aún. Absolutamente nada. Decidí ponerme a ello después de Año Nuevo.

Empecé con fuerza, pero a partir de cierto momento noté que me atascaba por completo. Tenía clara la idea general de lo que quería escribir, así como el cuadro general del tema. Sin embargo, con la cabeza sujeta entre mis manos mientras me empeñaba en vano en trabajar, sentía como si todo a mi alrededor hubiera desaparecido. Al final tomé la determinación de simplificar lo máximo posible mi trabajo. Me olvidé del difícil proceso de ordenar mis ideas y me concentré en utilizar todo el material que encontrase publicado para añadirle al final una conclusión que sonase al menos adecuada.

El tema que había elegido estaba bastante relacionado con la especialidad de Sensei. Se lo había comentado hacía algún tiempo y enseguida me dio su aprobación. Dada la confusión mental en la que me encontraba, no dudé un instante en ir a verlo para que me recomendara algunas lecturas. Compartió conmigo de buena gana todo lo que él sabía sobre el tema e incluso se ofreció a prestarme dos o tres libros. Sin embargo, ni por un momento mostró el más mínimo interés en dirigirme la tesis.

—No leo mucho últimamente. No estoy al tanto de las cosas nuevas que se han publicado. Mejor deberías preguntar a tus profesores.

Entonces recordé que en una ocasión su mujer me había contado que en tiempos Sensei había sido un gran lector, aunque a partir de cierto momento, sin motivo aparente, perdió todo interés por los libros. Dejé a un lado el tema de la tesis y le pregunté:

—Sensei, ¿por qué ya no le interesan los libros tanto como antes?
—Oh, por nada en concreto… Supongo que ya soy demasiado mayor para creer que nadie pueda convertirse en mejor persona solo por leer libros. Además…
—¿Qué? ¿Hay más razones?
—En realidad no tiene importancia. En aquella época me avergonzaba si alguien me preguntaba algo que no sabía responder. Temía que mi ignorancia me dejara en evidencia. Ahora, en cambio, tengo la impresión de que no hay por qué avergonzarse por algo que no se sabe. Quizá sea por eso que ya no siento el impulso de leer. Me he hecho viejo, en una palabra.

Hablaba con serenidad. En sus palabras no se apreciaba la amargura de alguien que le ha dado la espalda al mundo. Tal vez fuera por eso por lo que sus palabras no me impresionaron especialmente. Regresé a casa. Pensé que no me parecía viejo como él mismo aseguraba, aunque tampoco me impresionaba demasiado su forma de pensar.

A partir de ese día, me concentré en mi tesis, como un psicópata al que no dejara de perseguirle su obsesión, con los ojos enrojecidos por la fatiga. Pregunté a unos cuantos amigos que se habían graduado un año antes, cómo habían hecho para sobrevivir a tal esfuerzo. Uno de ellos me contó que apuró tanto, que el mismo día en que le tocaba entregar el trabajo, apenas unos minutos antes de que cerrasen el plazo de admisión, tuvo que alquilar un rickshaw para poder llegar a tiempo. Otro me contó que él había acabado entregándolo quince minutos después de las cinco de la tarde, la hora límite. A pesar de que en un primer momento se negaron a admitir el trabajo, logró solventar el problema gracias a la intervención de un profesor de su departamento. Historias, todas ellas, que me llenaron de congoja, pero que a la vez me animaron a afrontar mi problema con inteligencia. Un día tras otro, sentado a la mesa de estudio, me obligaba a trabajar hasta el límite de mis fuerzas. Cuando no estaba en la mesa, estaba entre los lúgubres estantes de la biblioteca, escrutando los lomos dorados de los libros con los ojos ávidos de un buscador de antigüedades.

Florecieron los ciruelos y el viento frío del invierno comenzó a cambiar de dirección y se convirtió en un viento más cálido, del sur. Poco después empecé a escuchar los primeros rumores sobre la floración de los cerezos. Mientras tanto, seguía concentrado en el trabajo, tal como haría una mula con orejeras. Vivía únicamente para mi tesis. No fue hasta finales de abril, cuando al fin concluí mi trabajo, cuando volví a cruzar el umbral de la puerta de la casa de Sensei.

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26

FUE EN LOS PRIMEROS DÍAS DEL VERANO, cuando las ramas de los cerezos de doble flor ya empezaban a poblarse de hojas, cuando finalmente alcancé mi libertad. Como un pájaro liberado de su jaula, extendí mis alas imaginarias para volar y deleitarme con la visión del mundo que se abría ante mí. Enseguida fui a visitar a Sensei. De camino a su casa, mis ojos se embriagaron con la visión de un mandarino silvestre, con sus blancos capullos destacados sobre sus ramas negras, y con un granado de cuyo tronco marchito nacían hojas amarillentas que reflejaban los destellos dorados del sol. En mi corazón era como si viese todas aquellas maravillas por vez primera.

—Has terminado tu tesis. Bien hecho.

Mi cara, rebosante de felicidad, pareció divertir a Sensei.

—Muchas gracias. Creo que al final lo he conseguido. Ya no tengo nada más que hacer.

De hecho tenía la reconfortante sensación de que ya no me quedaba más obligación en la vida que la de entregarme al disfrute de mi propia alma. Estaba satisfecho con mi trabajo, convencido de que había valido la pena. No podía dejar de repetírselo a Sensei.

Como de costumbre, me escuchó sin más interrupciones que algún ocasional «¡Ah! ¿sí?» o «¿En serio?», sin hacer más comentarios. Su falta de entusiasmo me decepcionó, en cierto modo. Pero estaba tan henchido de vitalidad y de energía que decidí llevarle la contraria, contraatacar e invitarlo a salir conmigo al mundo, que reverdecía impetuoso por doquier.

—Vayamos a dar un paseo. Está todo precioso.
—¿A dónde quieres que vayamos?

A mí no me importaba dónde fuéramos. Solo quería llevarlo más allá de los límites de la ciudad.

Una hora más tarde habíamos dejado la ciudad a nuestra espalda y caminábamos por un lugar tranquilo. No sabría decir si se trataba de un barrio lejano o ya del campo. Arranqué una hoja tierna de mandarino, la coloqué entre las palmas de mis manos y soplé fuerte hasta lograr extraerle un silbido, del mismo modo que suele hacerse con las hojas de hierba. Se me daba bien hacer aquello. Lo había aprendido de un amigo mío de Kagoshima. Jugaba con todo lo que encontraba a mi alrededor mientras Sensei caminaba a mi lado con una expresión indiferente.

Al poco rato, el sendero se perdía bajo una cúpula de ramas de árboles, repletas de hojas tiernas. Seguimos andando y llegamos a una casa con un jardín que a mí me pareció bastante grande. En la entrada había un letrero que decía: «Vivero». Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que no se trataba de una casa particular. Sensei sugirió que entrásemos para echar un vistazo. Yo lo seguí.

Rodeamos la curva que trazaba el sendero hasta dejar la casa a nuestra izquierda. Los shoji de la casa estaban abiertos de par en par, pero no se veía signo alguno de vida en el interior. El único movimiento era el de las carpas doradas que nadaban en un amplio recipiente situado bajo el alero del tejado.

—Está todo muy tranquilo. ¿Cree que podemos entrar sin pedir permiso?
—No creo que pase nada por que lo hagamos.

Seguimos avanzando sin encontrar a nadie. A nuestro alrededor florecían las azaleas como pequeñas llamitas prendidas. Sensei señaló un seto de color naranja.

—Esa es la variedad que se conoce como kirishima.

Había una superficie de unos diez tsubo plantada de peonías, aunque todavía era pronto para que floreciesen. Sensei se tumbó en un banco y yo me senté en el extremo y encendí un cigarrillo. Sensei se quedó allí tumbado con la vista clavada en el azul firmamento. Yo estaba embriagado por la abundancia de hojas verdes que proliferaban a mi alrededor. Si me fijaba bien en ellas, descubría en cada una matices y colores distintos. Fijé mi vista en un arce. Ni una sola rama albergaba dos hojas del mismo tono. Una ligera brisa arrancó el sombrero de Sensei de la rama del cedro donde lo había colgado y se lo llevó volando por el aire.

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27

ME LANCÉ A RECOGERLO DEL SUELO.

—Se le había caído, Sensei.

Sacudí la tierra roja que se le había quedado pegada al sombrero.

—Gracias.

Se incorporó para alcanzarlo y sin cambiar de postura me hizo una pregunta de lo más extraña:

—Disculpa la indiscreción, ¿tu familia es rica?

—No especialmente.

—¿Pero cuánto tiene? Te ruego perdones mi insistencia.

—Tenemos algunos terrenos en el monte, algunos campos de arroz, pero de dinero, poco, según tengo entendido.

Era la primera vez que me preguntaba por ese tipo de detalles acerca de mi familia. Yo nunca le había preguntado a él por sus circunstancias personales. La primera vez que nos vimos, me pregunté cómo podía vivir sin trabajar, y encima permitirse unos días de vacaciones en aquel lugar tan exclusivo. Esa misma pregunta me rondaba por la mente desde entonces. Sin embargo, me la había guardado para mí convencido de que preguntárselo constituiría una descortesía por mi parte. En cambio, allí sentado, mientras descansaba mis fatigados ojos en la contemplación de aquel verdor balsámico, me atreví a hacerlo de una forma natural.

—¿Y usted, Sensei? ¿Es usted rico?

—¿Acaso te lo parezco?

Lo cierto es que vestía discretamente, su casa no era grande y solo tenía una criada. No obstante, incluso para un extraño como yo, era evidente que disfrutaba de una vida desahogada. A pesar de que estaba lejos de ser lujosa, no había signos de frugalidad o estrecheces en ella.

—Sí, me lo parece.

—Bueno, pues he de decirte que dispongo de cierta cantidad de dinero, pero eso no significa que sea rico. De serlo viviría en una casa más grande, ¿no crees?

Sensei se sentó y cruzó las piernas encima del banco. Dibujó un círculo en la arena con la punta de su bastón de bambú. Cuando terminó, lo clavó justo en el centro.

—Antes sí que era rico.

Parecía como si hablase para sí mismo. No sentí que hubiera llegado mi oportunidad de intervenir. Me sentí obligado a guardar silencio.

—Antes sí que era rico, ¿sabes?

Lo repitió mirándome directamente a los ojos con una sonrisa en los labios.

Continué callado. No sabía qué decir. Sensei cambió de tema.

—Y dime, ¿cómo se encuentra tu padre últimamente?

No había tenido noticias de él, ni de su enfermedad, desde Año Nuevo. Cada mes, me llegaba su asignación junto con una carta escrita de su puño y letra, en la que me hablaba de todo tipo de cuestiones, pero nunca de su salud. Su modo de escribir era firme. En los trazos de sus pinceladas no se apreciaban rastros de los temblores provocados por su enfermedad.

—Nadie me ha dicho nada, así que supongo que estará bien.
—Me alegro de que así sea, pero no te olvides de que su enfermedad es grave.
—Sí, supongo que ya jamás se recuperará, aunque tengo la impresión de que aguantará así al menos durante un tiempo. Como nadie dice nada…
—¿En serio?

Me tomaba esas preguntas sobre la situación económica de mi familia y sobre la salud de mi padre como uno de esos lugares comunes que surgen en cualquier conversación mundana. Aunque algo me decía que debajo de las palabras de Sensei subyacía una cierta intención de conectar ambos asuntos. Una intención que a mí se me escapaba, siendo como era aún un muchacho bisoño, sin las experiencias vitales de Sensei.

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—NO ES ASUNTO MÍO, por supuesto, pero si te corresponde parte de la herencia, deberías dejarlo arreglado antes de que sea demasiado tarde. Luego las cosas se complican y no hay forma de enderezarlas. ¿Por qué no lo dejas todo organizado ahora que tu padre todavía está bien? Cuando ocurra lo inevitable, la herencia será motivo de grandes disputas.
—Sí.

Tengo que reconocer que no presté especial atención a sus palabras. Y estaba convencido de que el resto de mi familia, incluidos mis padres, prestaban tan poca atención a ese asunto como yo. Es más, la inesperada vena pragmática de Sensei me dejó atónito. Fue solo el obligado respeto hacia una persona mayor lo que hizo que me mordiera la lengua.

—Te ruego que me disculpes por aventurarme a hablar antes de tiempo de la muerte de tu padre, pero el orden natural de las cosas dicta que hemos de morir en algún momento. Tú lo sabes. No tenemos forma de saber cuándo el más sano de entre todos nosotros morirá.

El tono de Sensei denotaba una extraña amargura.

—No me molesta en absoluto lo que dice.
—¿Cuántos hermanos me dijiste que tenías?

Después se interesó por el número total de miembros de mi familia: tíos, tías, demás parientes, y a continuación me pidió que le diera todo tipo de detalles sobre ellos.

—¿Son todos buenas personas?
—No hay nadie a quien pueda considerar una mala persona, creo. La mayor parte son gente de campo.
—¿Y por qué no puede ser mala la gente de campo?

Sus preguntas me desconcertaban cada vez más, pero no me daba siquiera un respiro para que pudiera sopesar mis respuestas.

—La gente de campo es mucho peor, si cabe, que la de ciudad —añadió—. Y otra cosa. Acabas de decir que no consideras que en tu familia haya nadie malo. ¿Acaso crees que hay alguien en este mundo que se ajuste fielmente a la imagen que nos hacemos de una mala persona? Jamás encontrarás a nadie que encaje en ese molde, créeme. A primera vista todos somos buenas personas o, al menos, somos lo que se entiende por personas normales. ¡Lo aterrador del asunto es que, a la hora de la verdad, cualquiera puede convertirse en alguien malo! —exclamó como arrastrado por un rapto de inspiración—. Deberías tener más cuidado.

Yo estaba a punto de interrumpirlo, cuando un perro ladró de pronto justo detrás de nosotros. El banco en el que estábamos sentados quedaba frente a unos plantones de cedro. Un poco más allá, ocultando una superficie de unos diez metros cuadrados, se divisaban unos matorrales de bambú enano tras los cuales asomaba la cabeza de un perro que ladraba sin parar. Sorprendidos, ambos giramos la cabeza. En ese momento, apareció un niño de unos diez años a la carrera que hizo callar al animal. Se acercó a nosotros y se inclinó ante Sensei sin quitarse la gorra del colegio.

—¿No había nadie cuando entró, señor?
—Nadie.
—Pero mi madre y mi hermana estaban en la cocina…
—¿Ah, sí?
—Debería haber entrado y saludar.

Sensei sonrió apenas. Sacó de su monedero una moneda de cinco sen y se la dio al niño.

—Dile a tu madre que si nos haría el favor de dejarnos descansar aquí un poco.

El chico asintió con los ojos chispeantes ante la visión del dinero.

—Yo soy el jefe del cuerpo de expedicionarios, ¿sabe? —dijo el niño.

Y, dicho esto, salió corriendo entre las azaleas.

El perro corrió tras él con el rabo erizado. Poco después, otros dos muchachos pasaron por allí y corrieron en la misma dirección, seguramente siguiendo los pasos de su jefe.

.

29

LA SÚBITA INTERRUPCIÓN PROVOCÓ que nuestra charla no concluyera propiamente. No pude, por tanto, descubrir lo que pretendía decirme Sensei con todas aquellas advertencias. De cualquier modo, en aquella época no me preocupaba en absoluto por cuestiones relacionadas con la propiedad o con las herencias familiares. Puede que fuese por mi naturaleza, o quizá fuesen las circunstancias, pero por entonces no dedicaba ni un minuto a pensar en cuestiones de dinero. Visto en retrospectiva, me doy cuenta de que todo lo relacionado con los asuntos económicos me resultaba ajeno. Quizá porque no me veía obligado a ganarme la vida por mí mismo, quizá por puro desinterés, pero lo cierto es que me daban igual.

Sin embargo, Sensei había dicho algo sobre lo que me habría gustado profundizar: dijo que todos podemos transformarnos en seres malvados cuando la situación se tuerce. Entendía lo que decía, pero quería saber más, necesitaba saber qué se ocultaba detrás de aquellas palabras.

En cuanto el chico y el perro desaparecieron, el exuberante jardín recuperó la tranquilidad. Nos quedamos allí inmóviles un rato más. Parecíamos dos hombres congelados en el silencio. Poco a poco, el hermoso cielo empezó a perder su brillo. Sobre las copas de los árboles que nos cobijaban, la mayor parte de ellos arces de tiernas hojas que acababan de brotar, la oscuridad iba ganando terreno poco a poco.

Desde algún camino escuchamos el rumor de un carruaje. Imaginé a un hombre del pueblo cargado de árboles y de plantas para venderlas en el mercado. El ruido sacó a Sensei de su meditación. Se levantó abruptamente, como si hubiera resucitado.

—Debemos irnos —exclamó—. Los días son cada vez más largos, cierto, pero como nos descuidemos se nos hará de noche.

Tenía la espalda cubierta con los restos de hojas y ramitas que había en el banco donde se había tumbado. Se los sacudí con ambas manos.

—Te lo agradezco. ¿No tendré resina pegada?
—No, ya está totalmente limpio.
—Mi mujer acaba de hacerme este haori. Si vuelvo a casa con él manchado, seguro que se enfada. Gracias.

Descendimos por una cuesta no muy pronunciada hasta llegar frente a la casa. Un rato antes, cuando llegamos, no vimos a nadie dentro. Sin embargo, ahora sorprendimos a una mujer con una chica de quince o dieciséis años que enrollaba un hilo con una rueca. Al pasar junto al recipiente donde estaban los peces de colores, nos inclinamos para saludarlas, y aprovechamos de paso para excusarnos por la intrusión.

—No se preocupen.

La mujer respondió educadamente. No se olvidó de agradecer a Sensei la moneda que le había dado al niño.

Salimos del jardín y emprendimos el regreso a casa. Después de caminar apenas un trecho, me volví hacia Sensei.

—Eso que me ha dicho antes, eso de que la gente se transforma cuando las cosas se tuercen… ¿Qué quería decir exactamente?
—Oh, nada especial. No le busques un significado profundo. Solo constataba un hecho, no pretendía teorizar.
—De acuerdo, pero ¿qué quiere decir con que las cosas a veces se tuercen? ¿A qué tipo de cosas se refiere?

Sensei se echó a reír. Ya había pasado el momento y no parecía tener demasiado interés en explicármelo.

—El dinero lo estropea todo. El más moral de los hombres se convierte en un villano bajo el poder del dinero.

Era una respuesta tan obvia, tan estúpidamente obvia, que me defraudó. Si no estaba dispuesto a hablar en serio, tampoco yo iba a fingir que me seguía interesando lo que me decía. Apreté el paso y decidí aparentar indiferencia. Sensei se quedó rezagado.

—¡Eh! —me llamó—. Ahí lo tienes. ¿Te das cuenta?
—¿El qué? —respondí mientras lo esperaba.
—Solo con aludir al dinero y fíjate cómo has cambiado de humor.

Al decirlo me taladró con su mirada.

(Continuará…)

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