Kokoro (II)

Natsume Sōseki

 

 

 

 

10

DE REGRESO A CASA, caminamos más de doscientos metros sin decir nada. Finalmente, fue Sensei quien habló.

—He hecho mal. Me he marchado de casa enfadado y seguro que mi mujer está preocupada por mí. Las mujeres son dignas de lástima, créeme. La mía no tiene a nadie en este mundo en quien confiar, excepto a mí.

Se calló de repente, pero sin esperar respuesta por mi parte continuó:

—Dicho así, como marido parece que tengo que ser el fuerte y eso me suena un poco ridículo. ¿Tú cómo me ves? ¿Te parezco un hombre fuerte o uno de esos debiluchos?
—Más bien ni una cosa ni otra.

Sensei pareció sorprendido por mi respuesta. Se quedó callado y reemprendió el camino sumido en el más absoluto silencio.

Para ir a su casa había que pasar cerca de mi pensión, pero cuando llegamos al cruce donde debíamos separarnos me pareció mal dejarlo solo.

—¿Quiere que lo acompañe hasta su casa?

Sensei levantó la mano e hizo un gesto negativo.

—Es tarde, no hace falta. Me voy ya. Es por mi mujer…

«Es por mi mujer.» Esas palabras me conmovieron profundamente, y gracias a ellas dormí en paz aquella noche. Desde entonces, y por mucho tiempo, se me quedaron grabadas en la memoria.

Comprendí que la discusión de Sensei con su mujer no había sido tan grave como me había parecido en un principio. Como resultado de mis frecuentes idas y venidas a la casa, llegué a la conclusión de que las peleas entre ellos existían, pero eran muy esporádicas. De hecho, en una ocasión Sensei me abrió su corazón:

—Solo he conocido a una mujer en mi vida. Ninguna, aparte de mi esposa, me ha atraído jamás. De igual modo, creo que yo soy para ella el único hombre. Deberíamos ser la pareja más feliz del mundo.

Ya no recuerdo en qué contexto me hizo ese comentario, por lo que no sabría decir por qué me lo dirigió precisamente a mí. Sí recuerdo, en cambio, que sus palabras eran sinceras y que su voz era calma. Lo único que me extrañó fue la conclusión: «Deberíamos ser la pareja más feliz del mundo». ¿Por qué dijo «deberíamos»? ¿Por qué no «somos»? Ese pequeño detalle me confundió. Me inquietó ese tono forzado de obligatoriedad. Sensei tenía todos los motivos para ser feliz, sin embargo, ¿lo era en realidad? Me sentía incapaz de encontrar una respuesta, si bien mis dudas pronto quedaron enterradas en alguna parte muy profunda de mi ser.

Poco tiempo después volví a su casa. Sensei no estaba. Eso me brindó la oportunidad de hablar directamente con su mujer. Al parecer, Sensei había ido a la estación de Shinbashi para despedir a un amigo que se embarcaba al extranjero desde Yokohama. Lo habitual para la gente que iba a tomar el barco en Yokohama era coger un tren que salía de Tokio a las ocho y media de la mañana. Me había citado con Sensei a las nueve porque necesitaba su opinión sobre cierto libro que estaba leyendo. Su marcha, de hecho, había sido de lo más imprevista, pues ese amigo suyo fue a decirle que se marchaba justo la noche anterior. Sensei había dejado dicho que regresaría pronto de Shinbashi y me pedía que lo esperase. Fue precisamente durante esa espera cuando su mujer y yo tuvimos por fin la oportunidad de hablar los dos solos por primera vez.

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11

POR AQUEL ENTONCES YO ESTUDIABA ya en la universidad y era mucho más maduro que cuando empecé a visitar su casa, y era apenas un colegial. Al final también había terminado entablando amistad con su mujer, hasta el punto de que solía hablar con ella despreocupadamente de cualquier tema que a uno pudiera ocurrírsele. Nuestras conversaciones, por lo demás, eran intrascendentes. No había nada en ellas digno de ser recordado y quizá por eso la mayoría se han borrado de mi memoria. Sin embargo, sí que hubo una cosa por aquella época que me llamó la atención. Pero antes de hablar de ello quizá merezca la pena que explique un par de cosas.

Desde el principio de nuestra relación, supe que Sensei se había licenciado en la Universidad Imperial, pero solo después de regresar a Tokio descubrí que no tenía ocupación alguna, que no trabajaba en nada. En suma, que llevaba lo que se podría denominar una vida ociosa. Y la verdad, no lograba explicarme cómo podía permitírselo.

Sensei no era un hombre conocido. Yo parecía ser el único destinatario de sus ideas y enseñanzas, lo cual me parecía una verdadera lástima. Siempre se negó a hablar del tema y en una ocasión que lo mencioné se limitó a decir: «Alguien como yo no debería salir al mundo, ni siquiera abrir la boca en público». Su respuesta me pareció de una exagerada modestia. Pero en sus palabras aprecié también un enorme desdén hacia la sociedad en su conjunto. En más de una ocasión hizo ácidos comentarios con los que evidenciaba su desprecio por algunos de sus antiguos compañeros de estudios que ocupaban puestos prominentes. Yo no dudaba en rebelarme ante su actitud no por oponerme a él, sino porque lamentaba de verdad que el mundo ignorase a un hombre tan admirable. Cuando la conversación se desviaba por esos derroteros, solía decir en un tono sombrío: «Mucho me temo que no hay nada que hacer. Es sencillo, no tengo ningún derecho a hacerme un hueco en la sociedad». Al hablar, se dibujaba en cada uno de los rasgos de su cara una expresión indefinible que bien podía significar decepción, descontento o tristeza. No sabría decir cuál primaba. Sea como sea, era lo suficientemente intenso como para desarmarme, como para anular todo mi coraje hasta el extremo de no saber qué más decir.

Una mañana en la que su mujer y yo hablábamos de él, la conversación derivó de forma natural hacia esa cuestión.

—¿Por qué está siempre su marido encerrado en casa con sus estudios, con sus pensamientos, en lugar de esforzarse por encontrar una posición digna de él? —le pregunté.
—No tendría sentido que trabajara fuera de casa. Ese tipo de cosas no van con él.
—¿Quiere decir que las considera triviales?
—Bueno… Como mujer que soy, no puedo decirte gran cosa sobre eso, pero no me parece que sea por esa circunstancia. Estoy segura de que le gustaría hacer algo, pero por alguna razón no es capaz de llevarlo a cabo. Y me da mucha pena que eso ocurra.
—Es un hombre sano, ¿verdad?
—Sí. Su salud no es el problema.
—Entonces, ¿por qué no puede hacer nada?
—Yo tampoco lo entiendo. Si lo entendiera no me preocuparía tanto.

A pesar de la insinuación de una sonrisa en la comisura de sus labios, su tono era profundamente compasivo. A ojos de un observador ajeno, yo debía parecer mucho más preocupado que ella. Me quedé en silencio, con una expresión apesadumbrada.

En ese momento, ella retomó la conversación como si acabase de recordar algo.

—De joven no era así. En absoluto lo era. Era muy distinto. De unos años a esta parte ha cambiado por completo.
—¿A qué se refiere con cuando era joven?
—Cuando era estudiante.
—¿Lo conoce, pues, desde su época de estudiante?

Y la mujer de Sensei se sonrojó ligeramente.

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12

LA MUJER DE SENSEI ERA DE TOKIO. El propio Sensei me lo había contado. Sin embargo, ella decía: «La verdad es que no soy de pura cepa». Su madre había nacido en el distrito de Ichigaya cuando Tokio aún se llamaba Edo, pero su padre era oriundo de provincias, de Tottori o de algún otro lugar igual de remoto. Sensei, por su parte, era originario de la parte opuesta del país, de la prefectura de Nigata. Por tanto, si se conocían desde que Sensei era estudiante no era porque viniesen de la misma ciudad. Pero ella se había sonrojado y tuve la impresión de que no quería hablar más del tema. Así que decidí no insistir.

Desde nuestro primer encuentro hasta el día en que él murió, Sensei compartió conmigo ideas y sentimientos sobre todo tipo de cuestiones, pero jamás me contó nada relacionado con las circunstancias de su matrimonio. Yo aceptaba su reticencia de buen grado. Imaginaba que, al ser mayor que yo, se guardaba estas cuestiones para sí en algún rincón de su corazón. Otras veces, en cambio, veía el asunto de una manera menos positiva y me parecía que tanto él como su esposa aún compartían esa timorata aversión propia de las viejas generaciones a tratar abiertamente cuestiones consideradas delicadas, como el amor. Ambas interpretaciones eran, por supuesto, meras especulaciones y las dos presuponían por mi parte que antes de su matrimonio había existido amor entre ellos.

Mi suposición no estaba muy alejada de la realidad, si bien solo podía intuir una mínima parte de su historia. No tenía forma de saber que detrás de ella se ocultaba una horrible tragedia. De hecho, la mujer de Sensei jamás alcanzó a entender lo devastadora que la experiencia había sido para él, y hasta el último momento no llegó a saber nada de ella. Sensei murió sin decir una sola palabra. Decidió acabar con su vida antes que acabar con la felicidad de su esposa.

Aún no voy a contar nada sobre aquella tragedia, una tragedia nacida de la historia de amor que los unió. Ninguno de los dos me contó casi nada al respecto. En el caso de ella por pura discreción. En el caso de Sensei porque quizá tenía razones más profundas para guardar silencio.

Hay algo, en cambio, que recuerdo muy bien. Un día de primavera, en la época en que los cerezos están en plena floración, Sensei y yo decidimos ir a admirarlos al parque de Ueno. Entre la multitud había una encantadora pareja joven que caminaba tiernamente bajo los árboles. El lugar era público y la gente no podía evitar mirarlos más a ellos que a los árboles en flor.

—Diría que son recién casados —dijo Sensei.
—Y que se quieren mucho —añadí yo con un matiz en cierto modo más insidioso.

Sensei no se inmutó. Seguimos con nuestro paseo hasta que perdimos de vista a la pareja. Cuando ya no se los veía por ningún sitio me preguntó:

—¿Te has enamorado alguna vez?
—No, nunca.
—¿Y no te gustaría?

Guardé silencio.

—Estoy convencido de que te sucederá en algún momento —continuó él.
—Supongo —contesté de manera lacónica.
—No me gusta que te burles de esa pareja. Para mí esa burla esconde la amargura de alguien que desea amar y no lo consigue.
—¿Es eso lo que le ha hecho pensar mi comentario?
—Sí. Un hombre que conoce las satisfacciones que aporta el amor habría dicho algo más afectuoso. Aunque el amor también puede ser un pecado. ¿Lo entiendes?

Sus palabras me asustaron. No supe qué contestarle.

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13

ESTÁBAMOS RODEADOS DE MUCHA GENTE, gente que paseaba con aspecto feliz. Nos abrimos paso a través de la multitud hasta una zona arbolada donde no había cerezos en flor, ni tampoco paseantes, y allí pudimos retomar la conversación.

—¿De verdad considera el amor un pecado?

Formulé la pregunta de manera brusca.

—Sí, sin duda lo es.

Las palabras de Sensei no tenían el mismo tono enérgico de antes.

—¿Por qué cree usted eso?
—No tardarás en comprenderlo, aunque puede que ya lo hayas hecho. Tu corazón está inquieto por culpa del amor, ¿no es así?

Miré en mi corazón para comprobar si lo que Sensei decía era cierto, pero lo único que encontré en mi interior fue un gran vacío. No había nada allí que se correspondiera a sus palabras.

—No hay en mí ningún objeto de amor, Sensei. Créame, soy honesto con usted.
—Precisamente por eso. Si estás inquieto es porque no hay nada. ¿No lo ves? Te mueve la idea de que solo si encuentras ese objeto podrás estar en paz.
—No siento demasiada inquietud en este momento, a decir verdad.
—Si te acercaste a mí es porque sentías alguna carencia en tu alma. ¿O no?
—Es posible, pero no es amor lo que me falta.
—Es un primer paso en dirección a ese amor. Has sentido el impulso de acercarte a alguien del mismo sexo como primer paso para poder acceder a alguien del contrario.
—Pues a mí me parece que son dos cosas de naturaleza absolutamente opuesta.
—No, son la misma, créeme. Pero como yo soy un hombre, no puedo llenar ese vacío tuyo. Además, hay ciertas cosas que hacen imposible para mí ser quien tú quieres que sea. Lo lamento de veras. Acepto que la urgencia de tu inquietud te llevará un día a otro lugar, lejos de mí. De hecho, espero por tu bien que así sea. Y sin embargo…

Noté que me invadía una súbita tristeza.

—Si de verdad cree que me alejaré de usted, ¿qué puedo decir? Sin embargo, le aseguro que nunca he sentido la más mínima urgencia por ello.

Pero Sensei no me escuchaba.

—Debes tener cuidado. El amor es un pecado. Mi amistad nunca llegará a satisfacerte del todo, pero al menos no habrá ningún peligro en ella. Dime, ¿conoces la sensación de tener enredado tu corazón en los largos cabellos negros de una mujer?—prosiguió él.

En mis fantasías conocía bastante bien aquello de lo que me hablaba, pero no lo había experimentado nunca en la realidad. Sin embargo, mi mente estaba ausente. El sentido que le daba a la palabra «pecado» me resultaba demasiado vago, no entendía bien qué quería decir en realidad. Por si fuera poco, sus implicaciones me hacían sentir molesto.

—Sensei, por favor, me gustaría que me explicase a qué se refiere exactamente con «pecado». En caso contrario, preferiría no seguir con esta conversación hasta no descubrir por mí mismo lo que quiere decir.
—Te pido perdón. He tratado de ser directo y sincero contigo, pero solo he conseguido molestarte. Me he equivocado.

Continuamos nuestro paseo en silencio. Pasamos por la parte de atrás del Museo Nacional de Tokio y nos encaminamos hacia el barrio de Uguisudani. Entre los huecos que se abrían en los setos, veíamos retazos de un amplio jardín salpicado de bambú enano. Toda la escena producía una impresión de aislamiento y misterio.

—¿Sabes por qué visito cada mes la tumba de mi amigo en Zôshigaya?

La pregunta de Sensei me pilló de sorpresa. Él era consciente de que no tenía forma de saberlo. No dije nada. Se produjo un silencio y su gesto se ensombreció.

—He vuelto a equivocarme, —dijo arrepentido—. Quería explicártelo porque me siento mal por haberte molestado. Sin embargo, mi intento por aclarar las cosas solo ha servido para empeorarlas. Es absurdo. Mejor dejemos el asunto. Simplemente quiero que recuerdes una cosa: que el amor es un pecado y a la vez algo sagrado.

Sus palabras cada vez tenían menos sentido para mí. Aquella fue la última vez que me habló del amor.

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14

YO ERA JOVEN POR ENTONCES, y tenía cierta tendencia a caer en un ciego entusiasmo. Al menos así era como me veía Sensei. En cualquier caso, hablar con él me parecía mucho más provechoso que acudir a mis clases. Sus ideas me estimulaban más que cualquiera de las opiniones de mis profesores. Después de todo, Sensei, que hablaba poco y se guardaba cosas para sí, me parecía un hombre mucho más grande que los grandes hombres que trataban de guiarme desde lo alto de sus atriles.

—No deberías hacerte tantas ilusiones conmigo —me advirtió un día.
—Nada de eso. Tengo la cabeza fría y eso me permite alcanzar mis propias conclusiones.

En mi respuesta quedaba patente la confianza que tenía en mí mismo. Él, sin embargo, no aceptaba esa supuesta frialdad que yo esgrimía.

—Te dejas arrastrar por la pasión y en cuanto se te pase esa fiebre, la desilusión te dominará. Esa admiración que sientes por mí me resulta de lo más penosa, el cielo bien lo sabe, pero mucho más doloroso aún será ver el cambio que se operará antes o después en ti.
—¿De verdad me cree tan voluble? ¿Tan poca confianza tiene en mí?
—No. Solo siento lástima por ti —respondió.
—Se compadece usted de mí, pero no me otorga su confianza. ¿Se trata de eso?

Sensei se giró para contemplar el jardín. Parecía molesto. Las flores de las camelias, que hasta hacía poco lo inundaban todo con su intenso carmesí, se habían marchitado ya. A Sensei le gustaba contemplarlas desde el cuarto de estar.

—No es que no confíe en ti, es que no confío en la humanidad en su conjunto.

Desde detrás del seto llegaba la voz de un vendedor de kois. De no ser por él, todo habría estado en la más absoluta calma. El callejón en curva donde estaba la casa, separado apenas dos manzanas de la avenida principal, resultaba sorprendentemente silencioso. Yo sabía que su mujer estaba en la habitación contigua, escuchando sentada sus movimientos mientras cosía. Sin embargo, en ese momento la había olvidado por completo.

—¿Quiere decir que ni siquiera confía en su mujer?

Sensei pareció incómodo por mi pregunta. Evitó dar una respuesta clara.

—Ni siquiera confío en mí mismo, por eso no puedo confiar en los demás. Y yo soy el único culpable de ello.
—Si uno piensa de ese modo, nadie resultará digno de su confianza.
—No ha sido por pensar por lo que he llegado a este punto. Está en mi carácter. Cuando me di cuenta de ello tuve miedo.

En ese instante me hubiera gustado indagar un poco más, pero la dulce voz de su mujer lo reclamó desde la habitación de al lado.

—¿Qué ocurre?

Sensei pareció impacientarse cuando ella lo llamó una segunda vez.

—¿Podrías venir un momento? —contestó su esposa.

No me dio siquiera tiempo a averiguar por qué lo llamaba con tanta urgencia, cuando Sensei ya estaba de vuelta.

—De todas formas —continuó—, no deberías hacerme mucho caso. Te arrepentirás si lo haces y en cuanto sientas que te he engañado querrás vengarte.
—¿Qué quiere decir?
—El recuerdo de haberse prosternado ante los pies de alguien puede tornarse en un ansia por pisotear a la persona admirada. Es por eso que trato de esquivar esa admiración que sientes por mí, para protegerme de tu futuro desdén. Prefiero quedarme como estoy, sufrir mi soledad ahora en lugar de soportar algo peor más adelante. A nosotros, que hemos nacido en esta época de libertad e independencia, no nos queda más remedio que soportar esa soledad. Es el precio que tenemos que pagar por este tiempo que nos ha tocado vivir.

No supe encontrar las palabras adecuadas para rebatir su convicción.

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15

A PARTIR DE ENTONCES, CADA VEZ que veía a la mujer de Sensei recordaba aquella conversación. ¿Acaso desconfiaba de ella como desconfiaba del resto de la humanidad? En ese caso, ¿cómo se sentiría ella?

Por su aspecto no podía saber si estaba contenta o no junto a Sensei. No había la suficiente intimidad entre nosotros como para juzgarlo convenientemente. Cada vez que nos encontrábamos, ella se mostraba de lo más natural, y además nunca estaba sola.

Había otra pregunta que también me inquietaba. ¿Qué era lo que motivaba esa profunda desconfianza por parte de Sensei? ¿Había llegado a ese estado después de observar con una mirada fría e inerte su corazón, el mundo que lo rodeaba? Por naturaleza tenía tendencia a apaciguarse, a analizar las cosas. Con un carácter así, quizá fuera natural llegar a esas conclusiones.

De todos modos, yo no creía que eso fuera todo. Sus convicciones eran vivas, muy distintas a los muros de una casa de piedra consumida por un fuego ya extinguido hace tiempo. A mis ojos, él era alguien que hacía florecer el mundo en forma de pensamiento. Pero en el origen de todo aquello se aletargaba una terrible y aplastante realidad. No es que otras personas no pudieran pensar en lo que Sensei pensaba, sino que las conclusiones a las que él llegaba resultaban inalcanzables para el resto. Tras aquello habitaba una experiencia vívida e inabarcable que podía convertir en fuego su sangre y, a la vez, alertar a su corazón.

En realidad, todo aquello no eran más que especulaciones, aunque Sensei terminaría por confirmarlas con el tiempo. Su confesión quedó suspendida en el aire, pesada, oscura. Me oprimía como una nube amenazadora. La causa de mi miedo era algo inexplicable para mí, pero ahí continuaba todo el rato, latiendo.

Imaginé que en el origen de sus ideas sobre la vida estaba la apasionada historia de amor entre su mujer y él. Su afirmación de que el amor era un pecado encajaba perfectamente con esa suposición. Sin embargo, me había asegurado que amaba a su mujer, lo cual me impedía formarme una idea pesimista de ese amor. El ansia por arrodillarte ante alguien a quien admiras puede transformarse en el deseo de pisotearlo, me había dicho. Con ello podía referirse a cualquier persona medianamente moderna, no a él mismo ni a su mujer.

La idea de la tumba de su misterioso amigo de Zôshigaya me atormentaba sin cesar. Era innegable que ese lugar guardaba un profundo vínculo con la vida de Sensei. A pesar de nuestra intimidad, me encontraba en un punto en el que ya no podía ir más allá. No me quedó más remedio que aceptar aquel lugar como un fragmento de su vida que yo nunca podría habitar, algo muerto que no me ofrecía ninguna llave capaz de abrir la puerta de la vida interpuesta entre nosotros. La losa del cementerio me impedía el paso como una barrera colocada allí por algún tipo de espíritu maligno.

Entretanto, se me presentó otra oportunidad de hablar con la mujer de Sensei. Fue durante uno de esos días del otoño temprano en que uno se da cuenta de pronto de lo mucho que se acortan los días. La semana anterior habían robado en varias casas de la zona donde vivía Sensei. Nada serio en realidad, aunque habían entrado en algunas viviendas y su mujer estaba inquieta. Una noche se quedó sola porque a su marido no le quedó más remedio que salir con unos amigos. Era una cena de compromiso con un conocido que trabajaba en el hospital de su ciudad natal y que estaba de visita en Tokio. Sensei me explicó la situación. Me pidió que me quedara con su mujer hasta su regreso. Acepté de inmediato.

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16

LLEGUÉ AL ATARDECER, a la hora en que empezaban a encender ya las luces. Sensei, puntual como siempre, acababa de marcharse a su cena.

—Mi marido no quería llegar tarde. Habrá salido hace un minuto.

Después de saludarme con aquellas palabras, su mujer me acompañó al estudio.

La habitación tenía una mesa de estilo occidental y una silla. También había una buena cantidad de libros debidamente ordenados en una librería cerrada con puertas de cristal. El lomo de piel de los libros resplandecía bajo la luz eléctrica del techo. La esposa de Sensei me invitó a sentarme en un cojín en el suelo, junto al brasero.

—Puedes coger el libro que quieras.

Se marchó y yo me quedé allí sentado. Me sentía un poco incómodo. Encendí un cigarrillo. Me notaba torpe, como un invitado inesperado al que no le queda más remedio que aguardar el regreso de su anfitrión. Al final del pasillo, en la cocina, escuché a la mujer de Sensei hablar con la criada. El estudio estaba al fondo, en la parte más alejada y solitaria de la casa, lejos de la habitación donde solía sentarme con Sensei. Al cabo de un rato las voces se apagaron y la atmósfera entera quedó envuelta en un completo silencio. Estaba alerta, como si esperase la irrupción del ladrón de un momento a otro.

Al cabo de media hora, la mujer de Sensei regresó con una bandeja de té.

—¡Hay que ver! —exclamó. Su expresión denotaba sorpresa—. ¿No estás incómodo ahí sentado tan rígido y tan formal? Sabes que no eres un simple invitado.

Parecía divertida.

—Estoy bien, gracias.
—No me parece que estés muy cómodo. Además, seguro que te estás aburriendo.
—En absoluto. Estoy tan pendiente de los ladrones que me resultaría imposible aburrirme.

Tenía la bandeja de té aún en las manos. Sospeché que se estaba riendo de mí.

—Aunque no tiene mucho sentido que me quede aquí, en esta habitación. Es el lugar más aislado de la casa.
—En ese caso, vente conmigo al cuarto de estar. Te he traído té porque pensé que te aburrías, pero podemos tomarlo allí si quieres.

La seguí. La tetera silbaba sobre el brasero. Me sirvió un té inglés acompañado de unos dulces. Ella, en cambio, no quiso probarlo. Decía que le quitaba el sueño.

—¿Suele ir Sensei a reuniones de ese estilo muy a menudo?
—No, prácticamente nunca. Cada vez tiene menos interés en ver a la gente.

No parecía demasiado preocupada, así que me animé.

—Supongo que usted es una de las pocas personas a las que él quiere ver.
—¡Qué va! Le ocurre lo mismo conmigo.
—Eso no es cierto. Sabe perfectamente que eso no es cierto.
—¿Por qué lo dices?
—Creo que le disgusta el resto del mundo precisamente por todo lo que la ama a usted. —Eliges bien las palabras, como buen estudiante que eres, aunque tus razonamientos son algo huecos. Estoy convencida de que podrías dar la vuelta al argumento y decir que como le disgusta el mundo también le disgusto yo. Sería lo mismo.
—Cierto, pero en este caso tengo razón.
—No me gustan las discusiones. A los hombres os encanta, lo sé. Disfrutáis con ello. Jamás dejará de sorprenderme como seguís y seguís discutiendo sin cansaros, satisfechos de darle vueltas y más vueltas a cualquier asunto por fútil que sea.

Sus palabras me resultaron severas, aunque no especialmente ofensivas. No era una de esas mujeres modernas ansiosas por demostrarles a los demás lo inteligente que era. Al contrario, era una mujer que parecía darle más valor al corazón de la cosas, a lo que residía en nuestros más profundos recovecos.

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17

YO QUERÍA AÑADIR ALGO MÁS, pero me mordí la lengua por miedo a que me juzgase uno de esos tipos a los que les encanta discutir. Al verme tan concentrado en la contemplación de la taza vacía, me ofreció un poco más de té, como si de ese modo pudiera calmar mis sentimientos heridos. Le acerqué la taza.

—¿Cuántos quieres?

Me lo preguntó mientras alcanzaba un terrón de azúcar y me lo mostraba con un gesto delicado.

—¿Uno, dos?

Aunque no coqueteara en el sentido más estricto del término, sí que se esforzaba por mostrarse encantadora, como si de ese modo anulara el tono reprobatorio de sus anteriores palabras. Me bebí el té en silencio. Cuando terminé me mantuve en mi silencio.

—Estás muy callado.
—Es que tengo la impresión de que diga lo que diga me va a acusar de polemista.
—¡Anda ya!

Su espontánea queja favoreció que la conversación se reanudara como si nada hubiera pasado. De nuevo, el asunto volvió a girar en torno al único interés que compartíamos: Sensei.

—¿Puedo añadir algo más respecto a lo que decía antes? —le pregunté—. Puede que no le parezca más que otro de mis argumentos vacíos, pero al menos intento ser sincero.
—Habla entonces.
—Si desapareciera usted de repente, ¿cree que Sensei podría vivir como ha hecho hasta ahora?
—No lo sé. No te quedará más remedio que preguntárselo a él directamente.
—Hablo en serio. No eluda la respuesta, se lo ruego. Sea honesta conmigo.
—Te lo acabo de decir con toda honestidad. No tengo ni idea de lo que haría mi marido.
—Está bien. En ese caso, ¿cuánto ama usted a Sensei? Me resulta más sencillo preguntárselo a usted que a él.
—¿Cómo puedes hacerme semejante pregunta?
—¿No entiende mis motivos o quiere decir que no tiene por qué responder algo obvio?
—Supongo que se trata de eso.
—En ese caso, si Sensei perdiera inesperadamente a una mujer tan leal y entregada como usted, ¿qué haría? El mundo ya lo decepciona tal como está. ¿Pero qué pasaría si usted no estuviera? No le pregunto por la opinión de Sensei, le pregunto por la suya. ¿Cree que él podría ser feliz?
—Yo solo puedo responder por mí, aunque no estoy segura de que él comparta mi opinión. Para decirlo de una manera sencilla, si mi marido y yo nos separásemos, creo que él se hundiría. Incluso dudo que fuera capaz de seguir viviendo. Puede sonar engreído por mi parte, lo sé, pero si hay algo por lo que me esfuerzo en la vida es por hacerlo feliz. Me atrevería a afirmar que nadie es capaz de procurarle tanta felicidad como yo. Eso me tranquiliza.
—Yo creo que esa convicción suya tiene un reflejo en el corazón de su marido.
—Eso es otra cosa.
—¿Y dice usted que, pese a ello, su marido la aborrece?
—No creo que me aborrezca. No tiene ningún motivo. Es solo que aborrece el mundo en general. Puede que de hecho deteste a la humanidad entera. En ese sentido y teniendo en cuenta que yo formo parte de esa humanidad, es probable que sienta algo parecido por mí.

Al fin pude entender por qué decía que le disgustaba a Sensei.

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18

TANTA COMPRENSIÓN POR SU PARTE me conmovió. Me sorprendió darme cuenta de que su forma de abordar esas cuestiones no era la de una mujer tradicional japonesa, por mucho que no se expresara con los términos de moda por aquel entonces.

En aquella época yo no era más que un joven inconsciente, sin experiencia real en el trato con el sexo opuesto. Soñaba por puro instinto con las mujeres como objeto de deseo, pero eran solo vagas fantasías, como los anhelos que se sienten cuando se contemplan las hermosas nubes del cielo de primavera con el corazón arrebatado. Quizá por eso, cuando me encontraba cara a cara con algún miembro del sexo femenino, no era raro que mis sentimientos viraran ciento ochenta grados y, en lugar de sentirme atraído por ella, notara que me invadía una extraña repulsión. Sinnembargo, no experimentaba reacción alguna ante la mujer de Sensei. Ni siquiera pensaba en las obvias diferencias entre nosotros en tanto hombre y mujer. De hecho, con frecuencia me olvidaba de que ella pertenecía al género femenino. Me limitaba a observarla simplemente como a alguien capaz de realizar una crítica sincera y compasiva de la personalidad de Sensei.

—En una ocasión le pregunté por qué su marido no se relacionaba en sociedad, pero usted me dijo que no siempre había sido así, ¿lo recuerda?
—Sí, cierto. Hubo un tiempo en el que mi marido era alguien muy distinto.
—¿Cómo?
—Era un joven prometedor, digno de confianza, como a ti y a mí nos gustaría que fuera.
—¿Por qué entonces ese cambio tan repentino?
—No fue en absoluto repentino, más bien fue gradual.
—¿Fue usted testigo de ese cambio?
—Naturalmente. Ya éramos marido y mujer.
—En ese caso, sabrá las razones que lo llevaron a ser como es hoy.
—Ese es el problema. Me duele mucho esa suposición tuya, pero lo cierto es que por mucho que lo piense no lo sé. Ya no sé las veces que le he suplicado que me lo explicara.
—¿Y qué le suele decir él?
—Que no hay nada de qué hablar, nada de qué preocuparse. Lo atribuye a cambios de carácter, y no hay nada más que pueda sacarle al respecto.

No supe qué más decir. La mujer de Sensei también se quedó en silencio. Desde el cuarto de la criada tampoco llegaba ruido alguno. Hasta se me habían olvidado los ladrones. Fue ella quien al final rompió el silencio.

—Quizá pienses que es culpa mía.
—En absoluto.
—No me escondas nada, por favor. Te lo suplico. Si lo hicieses sería más doloroso aún que si me cortaran en carne viva. Hago cuanto puedo por mi marido. Trato de hacerlo lo mejor posible.
—No se preocupe. Sensei lo sabe, créame. Le doy mi palabra.

Mezcló las ascuas del brasero y las cubrió con ceniza. Añadió un poco de agua fría a la tetera, que de inmediato dejó de silbar.

—Un día ya no pude resistirlo más y le dije: «Si he hecho algo mal, dímelo honestamente. Si está en mi mano remediarlo, lo haré». Pero él se limitó a contestar: «Tú no tienes ningún defecto. Soy yo el único que está lleno de defectos». Recuerdo que sus palabras me produjeron una profunda tristeza. Cada vez que lo pienso no puedo evitar ponerme a llorar. ¿Qué es lo que hay en mí que tanto le desagrada?

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

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19

EN UN PRINCIPIO, yo la trataba como a una mujer compasiva, pero a medida que nuestra conversación avanzaba fui cambiando de opinión. Su manera de expresarse ya no era la misma y sus palabras, en lugar de dirigirse a mi mente, empezaron a calar en mi corazón. Al parecer nada enturbiaba la relación que tenía con su marido —¿qué podía provocar algo así?— y, sin embargo, había algo entre ellos que no funcionaba. Y por mucho que se esforzara en descubrir la causa, era incapaz de encontrarla, y eso la hacía sufrir.

En un primer momento, pensó que su marido contemplaba el mundo con unos ojos demasiado negativos, y que eso hacía que también la viera a ella del mismo modo. Sin embargo, esa hipótesis no llegó a convencerla nunca. De hecho se inclinaba a pensar lo contrario, que el disgusto que sentía por ella era la causa precisamente de su enfrentamiento con el mundo. Una hipótesis que, igualmente, también se reveló indemostrable. Sensei era, en todos los sentidos, un marido modélico, amable, tierno. Por eso, a pesar de la calidez que demostraba hacia ella en su vida cotidiana, parecía vivir con la sombra de la duda instalada en el alma. Aquella noche, en cambio, su mujer alejó de sí todos sus recelos y se sinceró conmigo.

—¿Tú qué piensas? ¿Crees que todo esto ha sido por mi culpa o que lo que falla es su forma de mirar y de enfrentarse al mundo? Dímelo con toda honestidad.

Yo no tenía ninguna intención de ser deshonesto con ella, pero intuía que la raíz del problema se encontraba en algún lugar desconocido para mí. Descubrí que era incapaz de darle una respuesta satisfactoria.

—En realidad no lo sé.

Su expresión reflejó una fugaz desilusión, como la de alguien que ve frustradas sus esperanzas por algo largamente anhelado.

—En cualquier caso, le garantizo que no es usted quien disgusta a Sensei —añadí—. Tan solo reproduzco lo que he escuchado de sus labios. Su marido no es un hombre que mienta, ¿no le parece?

Guardó silencio durante unos instantes.

—Lo cierto es que algo ha habido…
—¿Algo que ha provocado esa actitud en él?
—Sí. Si fuera esa realmente la causa, dejaría de sentirme responsable. De hecho sería un gran alivio.
—¿De qué se trata?

Dudó antes de contestar. Tenía la mirada clavada en las manos, que tenía apoyadas sobre su regazo.

—Te lo diré y podrás juzgar por ti mismo.
—Si está en mi mano hacerlo, no dude que lo intentaré.
—Aunque no te lo puedo contar todo. Eso lo enfurecería. Si te parece, te contaré solo la parte que a él no le importaría que conocieses.

Tragué saliva. Intenté, sin éxito, aliviar la tensión.

—Cuando era estudiante en la universidad, mi marido tenía un amigo. Era un amigo muy cercano. De manera inesperada, ese amigo suyo murió justo antes de que se graduaran. —Hablaba casi en un susurro—. No fue por causas naturales.

No pude evitar preguntarle por cómo había muerto.

—Lo siento. Es todo lo que puedo decirte. Sin embargo, fue a raíz de aquello cuando todo empezó. A partir de ese momento, mi marido, poco a poco, fue cambiando. Desconozco las circunstancias últimas de la muerte de su amigo. Es más, incluso diría que ni él mismo las conoce. Pero a raíz de aquella muerte, mi marido dejó de ser el mismo.
—¿Se trata del amigo que está enterrado en Zôshigaya?
—Tampoco puedo decirte eso. Dime, ¿crees posible que alguien cambie tanto solo por la pérdida de un amigo? Me lo pregunto desde hace mucho tiempo. ¿Tú qué opinas?

Me inclinaba a pensar que no.

(Continuará…)

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