El arte de morir (Final)

Émile Zola

 

 

 

 

IV

Enero ha sido duro. Sin trabajo, sin pan y sin fuego en casa. Los Morisseau se hunden en la miseria. La mujer es lavandera y el marido albañil. Habitan en Batignolles, en la calle Cardinet, en una casa renegrida y envenenada. Su piso, en la quinta planta, está tan deteriorado que la lluvia entra por las grietas del techo.

Pero no se quejarían si no fuera porque el pequeño Charlot, un muchacho de diez años, necesita comer bien para hacerse hombre. El niño está enclenque, un nada lo tumba en la cama. Cuando acudía al colegio, se aplicaba tanto que quería aprenderlo todo de golpe y regresaba febril a casa. Es por lo demás muy inteligente, un sapito muy bueno que habla como una persona mayor. Los días que no tienen pan para darle, los padres lloran de rabia. Sobre todo porque los niños caen como moscas, arriba y abajo, en aquella casa malsana.

En las calles, la gente está rompiendo el hielo. El padre logra que lo contraten para picar el hielo del río, así que por las tardes regresa con cuarenta céntimos en el bolsillo. Suficiente para no morirse de hambre mientras esperan que la construcción se reactive.

Pero un día, al volver a casa se encuentra a Charlot guardando cama. La madre no sabe qué le pasa. Lo ha enviado por la mañana a Courcelles a visitar a su tía, que es trapera, para ver si conseguía una chaqueta que abrigara más que su blusa de tela, con la que tirita de frío. Pero su tía no tenía más que viejos gabanes de hombre demasiado amplios y el pequeño ha regresado con escalofríos, con aspecto ebrio, como si hubiera bebido. Ahora está rojo como un tomate y no dice más que tonterías; se imagina que juega a las canicas y canturrea canciones.

La madre ha colgado un jirón de chal ante la ventana para tapar un cristal roto; en lo alto tan sólo quedan dos cristales intactos que dejan penetrar el pálido gris del cielo. La miseria ha desvalijado la cómoda, toda la ropa está en el monte de piedad.

Hace poco han vendido una mesa y dos sillas. Charlot dormía en el suelo, pero desde que ha enfermado le han dado la cama, aunque no está muy cómodo en ella, pues han ido vendiendo la lana del colchón puñado a puñado de media libra, por cuatro o cinco céntimos cada vez. Ahora son los padres los que se acuestan en un rincón, sobre un jergón de paja que no querrían ni los perros.

Ambos se quedan mirando al pequeño Charlot, que no para quieto en la cama. ¿Qué le pasa pues al mocoso, que parece que tiene el baile de San Vito? Tal vez lo ha picado algún bicho o le han dado algo malo de beber. Una vecina, Madame Bonnet, olisquea al pequeño y afirma que es una calentura. Ella sabe de qué habla, pues ha perdido a su marido por una enfermedad parecida.

La madre se echa a llorar abrazando a Charlot. El padre sale como un loco a buscar a un médico. Trae a uno alto y estirado; éste pega el oído a la espalda del niño y le da golpecitos en el pecho sin decir ni una palabra. Entonces, Madame Bonnet tiene que ir a su casa en busca de un lápiz y papel para que pueda escribir la prescripción. Cuando se va a retirar, sin haber dicho nada, la madre lo interroga, con voz ahogada:

—¿Qué es, monsieur?
—Una pleuresía —responde con sequedad, sin más explicaciones. Y pregunta a su vez—. ¿Están ustedes inscritos en la oficina de la beneficencia?
—No, monsieur… Es que hasta el verano estábamos bien. Es este invierno el que nos está matando.
—¡Lástima, sí, lástima!

Y promete regresar. Madame Bonnet les presta veinte céntimos para que vayan al farmacéutico. Con los cuarenta céntimos de Morisseau han comprado dos libras de carne de buey, carbón y candela. La primera noche pasa sin mayores problemas. El fuego se mantiene; el enfermo, adormilado por el calor, deja de hablar solo. Sus manitas arden pero como la fiebre aplasta su agitación, los padres se tranquilizan. Pero al día siguiente, cuando el médico sacude la cabeza ante la cama, con una mueca de desaliento, los padres se quedan aturdidos y espantados.

Durante cinco días las cosas siguen igual. Charlot duerme, medio inconsciente sobre la almohada. En la habitación, la miseria sopla con rabia, parece entrar con el viento por los agujeros de la techumbre y de las ventanas. Al segundo día, se han visto obligados a vender la última camisa de la madre; al tercero, más puñados de lana que han tenido que retirar bajo el enfermo para pagar al farmacéutico. Ahora, ya no queda nada para vender.

Morisseau sigue picando hielo, pero sus cuarenta céntimos ya no alcanzan. El frío cruel puede matar a su hijo, por lo que desea que llegue el deshielo, pero también lo teme. Cuando sale a trabajar, se alegra al ver las calles blancas, pero entonces piensa en su pequeño, que agoniza ahí arriba, y pide ardientemente que un rayo de sol y la tibieza primaveral barran la nieve. Si tan sólo se hubieran inscrito antes en la oficina de beneficencia, tendrían un médico y medicinas por poca cosa. La madre ha acudido a la alcaldía pero ahí le han dicho que hay demasiadas peticiones, que tienen que esperar. Sin embargo, ha logrado unos pocos bonos de pan y una dama caritativa le ha dado cinco francos. Pero una vez consumidos, la miseria se ha vuelto a instalar.

Al quinto día, Morisseau trae a casa los últimos cuarenta céntimos. El deshielo ha comenzado y le han dado las gracias por su trabajo. Es el fin: la estufilla se queda fría como el metal, no hay pan y ya nadie baja a la farmacia a por medicamentos. En la habitación, chorreante de humedad, el padre y la madre tiritan de frío frente al niño, que lanza estertores. Madame Bonnet ya no pasa a visitarlos porque es muy sensible y se entristece demasiado. Ante su puerta, los vecinos aceleran el paso. A veces la madre, presa de un ataque de llantina, se abalanza sobre la cama para abrazar a su hijo, como si así pudiera aliviarlo y sanarlo. El padre, estupefacto, pasa horas delante de la ventana, alzando el viejo chal para observar el chorreo del deshielo, el agua cayendo de los tejados a goterones y oscureciendo las calles. Tal vez le venga bien a Charlot.

Una mañana, el médico declara que ya no va a volver. El niño está perdido. «Es este tiempo húmedo lo que lo está rematando», asegura.

Morisseau alza un puño rabioso hacia el cielo; ¡cualquier tiempo es bueno para reventar a la pobre gente! Si hiela, malo; si deshiela, peor. Si su mujer accediera, prenderían fuego a un puñado de carbón y se irían los tres juntos. Y asunto acabado.

Pero su mujer ha vuelto a la alcaldía; han prometido enviarles socorro y ellos esperan. ¡Horrible jornada! De la techumbre se desprende un frío oscuro; en un rincón llueve, hay que colocar un balde para recoger el agua. No han comido nada desde ayer, el niño tan sólo ha bebido una tisana que le ha subido la portera. El padre, sentado ante la mesa, con la cabeza entre las manos, permanece pasmado, con los oídos zumbándole. A cada ruido de pasos, la madre se precipita a la puerta, creyendo que es el socorro prometido. Suenan las seis y no ha venido nadie. Cae un crepúsculo fangoso, pesado y siniestro como una agonía.

De repente, en la noche rampante, Charlot balbucea palabras entrecortadas: «¡Mamá… Mamá…!». La madre se aproxima, recibe en el rostro un aliento fuerte pero ya no oye nada, tan sólo distingue vagamente al niño, con la cabeza volcada y el cuello rígido. Ella grita, enloquecida, suplicante: «¡Luz! ¡Rápido, un poco de luz!… ¡Charlot, háblame!». Ya no queda candela. Rasca apresuradamente cerillas y se le rompen entre los dedos. Se pone entonces a palpar con sus manos temblorosas el rostro de su hijo.

—¡Ay, Dios mío! ¡Está muerto!… Morisseau, ¡está muerto!

El padre alza la cabeza, cegado por las tinieblas.

—¿Qué querías? Está muerto, sí… ¡Casi mejor así!

Al oír los sollozos de la madre, Madame Bonnet se ha decidido a aparecer con su lámpara. Ambas mujeres están ocupadas adecentando a Charlot cuando llaman a la puerta; es el socorro que por fin llega con diez francos y bonos de pan y de carne.

Morisseau ríe estúpidamente, diciendo que los de la beneficencia siempre pierden el tren.

¡Qué penita de cadáver, flaco, ligero como una pluma! Si hubieran posado en el colchón a un gorrión muerto de frío, recogido en la calle, no ocuparía mucho menos espacio.

Sin embargo, Madame Bonnet, de nuevo muy servicial, insiste en que ayunar no va a resucitar al pequeño Charlot. Se ofrece a ir a buscar pan y carne, añadiendo que también va a traer un poco de candela. La dejan hacer. Cuando regresa, pone la mesa y sirve unas salchichas calientes. Los Morisseau, hambrientos como lobos, devoran con glotonería junto al cadáver, cuya pequeña silueta blanca puede percibirse entre las sombras. La estufilla ronronea de forma reconfortante. Por momentos, los ojos de la madre se humedecen y deja caer lagrimones sobre el pan. ¡Qué bien estaría ahora Charlot al calorcito! ¡Con qué ganas comería salchichas!

Madame Bonnet se empecina en quedarse a velar el cuerpo. Hacia la una, cuando Morisseau se queda dormido al pie del catre, las dos mujeres preparan café. Invitan a otra vecina, una costurera de dieciocho años que trae consigo un culo de botella de aguardiente, por aportar algo. Entonces, se toman su café a traguitos, hablando en voz baja, contándose historietas increíbles de muertos; poco a poco, sus voces se van elevando, pasan a cotillear de la casa, del barrio, de un crimen cometido en la calle Nollet. De vez en cuando, la madre se levanta, va a mirar a Charlot, como para asegurarse de que no se haya movido.

Al no haber tramitado la declaración de defunción por la tarde, tienen que quedarse con el pequeño todo el día siguiente. Como tan sólo tienen una habitación, viven con Charlot, comen y duermen con él. A veces, se olvidan de él y cuando vuelven a encontrárselo, es como si lo perdieran otra vez.

Por fin, al segundo día, traen el ataúd, tan pequeño que parece una caja de juguetes, cuatro planchas mal clavadas cedidas gratuitamente por la administración gracias al certificado de indigencia. ¡En marcha! Van corriendo a la iglesia. Detrás de Charlot va el padre con dos colegas que ha encontrado de camino, la madre, Madame Bonnet y la otra vecina, la costurera. Todos chapotean hasta el tobillo en el barro. No llueve, pero la niebla es tan espesa que cala su ropa. En la iglesia, la ceremonia se despacha velozmente y retoman la carrera por el fangoso adoquinado.

El cementerio está en el quinto pino, fuera de las murallas. Bajan por la avenida de Saint-Ouen, pasan las puertas de la ciudad y por fin llegan. Es un vasto recinto, un descampado cerrado por un muro blanco. Dentro crecen matojos de hierbas, la tierra removida forma hondonadas y al fondo hay una fila de árboles escuálidos que ensucian el cielo con sus ramas negruzcas.

El cortejo avanza, ya lentamente, por la tierra blanda. Ahora está lloviendo y hay que esperar bajo el chaparrón a que un viejo cura se decida a salir de una pequeña capilla. Charlot va a ir a descansar al fondo de la fosa común. El campo está sembrado de cruces tumbadas por el viento, de coronas podridas por la lluvia; es un descampado de miseria y duelo, arrasado, pisoteado, como una escombrera sudada de cadáveres ahí apilados por el hambre y el frío de los suburbios.

Todo ha terminado. La tierra cae, Charlot está en el fondo del agujero y sus padres se van sin haberse podido arrodillar en el barro líquido en el que se hunden. Ya fuera, como sigue lloviendo, Morisseau, al que todavía le quedan tres francos de los diez regalados por la beneficencia, invita a sus amigos y vecinos a tomar algo en una venta de vinos. Se instalan en una mesa, se beben dos litros de vino acompañados de un trozo de queso de Brie; los colegas, a su vez, invitan a otra ronda. Cuando toda esta parroquia regresa a París, tienen el ojo bien alegre.

.

V

Jean-Louis Lacour tiene setenta años. Ha nacido y envejecido en La Courteille, una aldea de ciento cincuenta habitantes perdida en un país de lobos. En toda su vida tan sólo ha ido una vez a Angers, que se halla a unas quince leguas. Pero era tan joven que ya no se acuerda. Ha tenido tres hijos, dos varones, Antoine y Joseph, y una mujer, Catherine. Ésta se casó, pero su marido ha muerto y ha regresado a casa de su padre con un chaval de doce años, Jacquinet. La familia vive de unas pocas tierras, lo justo para comer y no andar desnudos por ahí. No son los más miserables de la región, pero tienen que trabajar duro. Se ganan el pan a golpes de azada. Cuando se toman un vasito de vino, lo han sudado antes bien.

La Courteille se halla en el fondo de un valle; los bosques la rodean totalmente, encerrándola y ocultándola. No tiene iglesia, pues el municipio es muy pobre; es el cura de Les Cormiers el que viene a decir misa, pero como está a dos leguas, tan sólo hace la visita cada quince días. La aldea consiste en una veintena de casas desvencijadas y desordenadamente salpicadas a lo largo del camino. Unas cuantas gallinas picotean el estiércol ante sus puertas. Que un forastero se aventure a pasar por el camino es un suceso tan extraordinario que todas las mujeres alargan el cuello mientras los niños, repantigados al sol, huyen despavoridos lanzando gritos de bestezuelas.

Jean-Louis nunca ha estado enfermo. Es grande y nudoso como un roble. El sol ha curtido y agrietado su piel, aportándole el color, la dureza y la tranquilidad de los árboles. Al envejecer, ha perdido la lengua; ya no habla pues encuentra las palabras inútiles. Mira siempre hacia el suelo, su cuerpo se ha encorvado en postura de labor.

El año pasado aún era más vigoroso que sus hijos; se reservaba siempre las labores más duras, silencioso en su terruño, que parecía conocerlo y temblar en su presencia. Pero un día, hace dos meses, se cayó y se quedó dos horas tendido a través de dos surcos, como un tronco abatido. Al día siguiente retoma la labor, pero, de repente, ha perdido sus dos brazos, la tierra ya no lo obedece. Sus hijos menean la cabeza, su hija quiere retenerlo en casa. Pero él se empecina así que hacen que Jacquinet lo acompañe, para que pegue un grito en caso de que el abuelo vuelva a caerse.

—¿Pero qué haces aquí, holgazán? —le dice Jean-Louis al chaval, que no se aparta de él—. Yo, a tu edad, ya me ganaba el pan.
—Cuidarlo, abuelo —responde el niño.

El anciano se estremece; no añade ni una palabra más. Por la tarde, regresa, se acuesta y ya no vuelve a levantarse. Al día siguiente, cuando los hijos van a salir al campo, pasan a ver a su padre, al que no han oído moverse. Lo hallan tendido en el catre con los ojos abiertos y aspecto meditabundo. Tiene la piel tan curtida y tostada que no se puede ni saber el color de su enfermedad.

«Y bien, padre, ¿algo no va bien?» Él lanza un gruñido y niega con la cabeza. «Entonces, ¿no viene, nos vamos sin usted?» Sí, les hace un gesto de que partan sin él. La cosecha ha comenzado y no sobra ningún brazo. Si pierden una mañana, puede llegar una tormenta y estropearlo todo. Incluso Jacquinet acompaña a su madre y tíos. El viejo Lacour se queda pues solo. Por la tarde, cuando sus hijos regresan, lo encuentran en el mismo sitio, boca arriba, con los ojos abiertos y aspecto meditabundo.

«Y bien, padre, ¿no va mejor?» No, no va mejor. Gruñe y mueve la cabeza. ¿Qué podrían hacer por él? A Catherine se le ocurre hervir un poco de vino con hierbas. Pero resulta demasiado fuerte, casi lo mata. Joseph dice que mañana será otro día y todos se acuestan.

Al día siguiente, antes de partir a cosechar, los hijos se quedan un rato frente al catre. Definitivamente, el viejo está enfermo. Tal vez convendría ir a buscar al médico. El problema es que hay que ir a Rougemont; seis leguas de ida y otro tanto de vuelta, doce leguas. Echarían todo el día. El viejo, que está escuchando a sus hijos, se agita y se enfada. Él no necesita a ningún médico; es demasiado caro.

«¿No quiere médico, padre? —pregunta Antoine—. ¿Podemos entonces ir a trabajar?» Claro que pueden ir a trabajar. ¿De qué serviría que se quedaran ahí? La tierra necesita más cuidados que él. Si él revienta, eso es cosa entre él y el buen Dios; pero si se pierde la cosecha, todo el mundo lo va a pasar mal. Pasan así tres días, los hijos acuden cada mañana al campo, Jean-Louis se queda solo, inmóvil, bebiendo de una jarra cuando tiene sed. Es como uno de esos viejos percherones que se desploma agotado en un rincón, donde se le deja morir. Ha trabajado duro durante sesenta años, ya es hora de irse, pues ya no vale para nada salvo para ocupar sitio y molestar a sus hijos. ¿Acaso alguien duda en talar un árbol que está seco? Ni siquiera los hijos sienten gran tristeza. La tierra los ha resignado a aceptar las cosas como vienen. Viven demasiado pegados a ella para reprocharle que se lleve al viejo. Un vistazo por la mañana, otro por la tarde, poco más pueden hacer. Si por lo menos el padre se levantara de nuevo, eso demostraría de qué madera está hecho. Si ya no se levanta, es que tiene la muerte en el cuerpo y todo el mundo sabe que cuando se tiene la muerte en el cuerpo no hay manera de espantarla; no valen ni rezos ni medicamentos. Aun a una vaca sí se la cura pues, si se logra salvarla, son por lo menos cuatrocientos francos ganados.

Por las tardes, Jean-Louis les pregunta con una mirada sobre la cosecha. Cuando los escucha recontar las gavillas cosechadas o hablar del buen tiempo que facilita la labor, parpadea satisfecho. Vuelven a replantearse la idea de ir a buscar al médico, pero, definitivamente, está demasiado lejos; Jacquinet nunca podría llegar y los hijos no pueden distraerse. El viejo tan sólo pide que vayan a buscar al guarda forestal, un antiguo camarada. El viejo Nicolas es mayor que él, ha cumplido setenta y cinco años el día de la Candelaria. Él sigue recto como un ciprés. Acude y se sienta junto a Jean-Louis, meneando la cabeza. El moribundo, que desde esa mañana ya no puede hablar, lo mira con sus pequeños ojillos pálidos. El viejo Nicolas, poco hablador de por sí, le devuelve la mirada, no sabiendo qué decirle. Y los dos ancianos permanecen así, cara a cara, mirándose durante una hora, sin pronunciar una palabra, felices de volver a verse, sin duda recordando mil cosas lejanas, perdidas en el pasado. Esa misma tarde los hijos, al regresar de la cosecha, hallan al viejo Lacour muerto, tendido boca arriba, rígido y con los ojos abiertos.

Sí, el viejo ha muerto sin agitar un dedo. Ha lanzado al frente su último aliento, un soplo de más en el vasto campo. Como las bestias que, resignadas, buscan un lugar donde morir a escondidas, no ha molestado a los vecinos, ha resuelto el asunto por sí mismo, lamentando tan sólo dejar a sus hijos el estorbo de su cuerpo.

«Padre ha muerto», anuncia el mayor, Antoine, llamando a los demás. Y todos, Joseph, Catherine, incluso Jacquinet, repiten: «Padre ha muerto».

No están sorprendidos. Jacquinet alarga el cuello con curiosidad, la mujer saca su pañuelo, los dos hombres se van sin decir nada, con el rostro grave y pálido bajo su tez de bronce. ¡Ha durado lo suyo, el buen viejo, todavía era recio! Los hijos se consuelan con esta idea, orgullosos de la dureza de la familia.

Por la noche, velan al padre hasta las diez, tras lo cual todos van a acostarse. Jean-Louis se queda solo, con los ojos abiertos. En cuanto amanece, Joseph parte hacia Les Cormiers para avisar al cura. Pero como aún deben recolectar algunas gavillas, Antoine y Catherine salen al campo por la mañana y dejan el cuerpo a cargo de Jacquinet.

El pequeño se aburre con el abuelo, que está como petrificado, así que de vez en cuando se asoma a la calle para lanzar piedras a los gorriones, observa a un vendedor ambulante que exhibe fulares a dos vecinas. Cuando se acuerda del viejo, vuelve correteando a casa, se asegura que no se haya movido y vuelve a escabullirse para ver a dos perros peleándose. Como deja la puerta abierta, entran las gallinas y se pasean tranquilamente alrededor del catre, picoteando convulsamente el suelo. Un gallo rojo se alza sobre sus patas, alarga el cuello, redondea sus ojillos de ascuas, inquieto por la inexplicable presencia de ese cuerpo; es un gallo prudente y sagaz, que sabe que el viejo no acostumbra a quedarse tumbado una vez que ha salido el sol; acaba lanzando un sonoro quiquiriquí, comprendiendo tal vez, cantando la muerte del viejo, mientras las gallinas van saliendo una a una, sin dejar de cloquear y de picotear el suelo.

El cura de Les Cormiers deja dicho que no podrá llegar hasta las cuatro. Desde la mañana, se oye al carretero serrando madera y plantando clavos. Los que aún no saben la noticia, se dicen: «¡Vaya! Eso es que Jean-Louis ha muerto», pues las gentes de La Courteille conocen bien esos sonidos. Antoine y Catherine ya están de vuelta, la cosecha ha terminado y no se pueden quejar, pues hace años que no veían granos tan hermosos. Toda la familia se emplea en sus quehaceres para hacer tiempo mientras esperan al cura: Catherine pone la sopa al fuego, Joseph saca agua. Envían a Jacquinet a que se asegure de que en el cementerio ya está cavado el agujero. Finalmente, hasta las cinco no llega el cura. Aparece en un carricoche con un chaval que hace de monaguillo. Desciende a la entrada de la casa de los Lacour, saca de un paquete una estola y una sobrepelliz y, mientras se atavía, comenta: «¡Venga, daos prisa! Que tengo que estar de vuelta a las siete».

A pesar de lo cual, nadie se apresura. Van a buscar a los dos vecinos de buena voluntad que se prestan a portar la camilla. Hace cincuenta años que utilizan siempre la misma camilla y el mismo trapo negro, ya recomido por los gusanos, raído y descolorido. Los propios hijos son los que introducen al viejo en la caja que acaba de traer el carretero, con unas planchas tan gruesas que parece un auténtico cofre para amasar pan. Cuando ya van a salir, Jacquinet llega corriendo y dice que el agujero aún no está cavado del todo, pero que se puede ir para allá, de todas formas.

Entonces, el cura avanza el primero, leyendo en voz alta en latín. El pequeño monaguillo lo sigue, portando una vieja benditera de cobre de la que asoma un hisopo. Cuando llegan a mitad de la aldea, otro niño sale de la granja donde se dice misa cada quince días y toma la cabeza del cortejo con una gran cruz acoplada a un palo de madera. Sigue el cuerpo en la camilla portada por los dos campesinos y después la familia. Poco a poco se unen todos los habitantes del pueblo; una bandada de niños, sin sombrero, desaliñados, descalzos, cierran la procesión.

El cementerio está al otro lado de La Courteille. Así que los campesinos sueltan la camilla un par de veces en mitad de la ruta, resoplan un poco, se escupen en las palmas mientras todo el cortejo se detiene; retoman la marcha, se escucha el pisoteo de los zuecos en la endurecida tierra. Cuando llegan al cementerio, el agujero, en efecto, aún no está acabado, el enterrador todavía está en el fondo, trabajando, se le ve hundirse y reaparecer con regularidad, lanzando paletadas de tierra.

¡Qué calma la del cementerio, dormido bajo el sol radiante! Está rodeado por una valla sobre la cual anidan las currucas. Las zarzas han crecido y los niños siempre andan por aquí en septiembre, en busca de moras. Es como un jardín entre campos segados, donde todo crece a su aire. Al fondo hay unos groselleros enormes; en un rincón, un peral ha crecido hasta el tamaño de un roble; en medio, una avenida de tilos invita a un fresco paseo, derramando una sombra bajo la cual los viejos vienen a fumar sus pipas en verano. En el camposanto, abierto e inculto, proliferan hierbas altas, cardos magníficos, matojos floridos sobre los cuales dibujan sus vuelos blancas mariposas. El sol arde, los saltamontes crepitan, moscas doradas ronronean en el calor tembloroso. El silencio está colmado de vida, se puede escuchar la alegría zumbando entre los muertos, la savia de esta grasa tierra floreciendo en la sangre roja de las amapolas.

El ataúd es posado al lado del agujero mientras el enterrador sigue lanzando paletadas de tierra. El chaval que traía la cruz la planta en el suelo, a los pies del ataúd mientras el cura, de pie frente a la cabeza del mismo, sigue leyendo en latín. Los asistentes se interesan sobre todo por el trabajo del enterrador. Rodean el agujero, siguiendo con la mirada el movimiento de la pala. Cuando por fin se dan la vuelta, el cura ya ha desaparecido con los dos chavales, sólo queda ahí la familia, esperando.

Por fin el agujero parece acabado. «¡Ya es bastante hondo, va!», grita uno de los campesinos que ha portado el cuerpo.

Todo el mundo ayuda a bajar el ataúd. ¡Ah, el viejo Lacour estará a gusto en este agujero! Conoce bien la tierra y la tierra lo conoce bien. Hacen buena pareja. Hace ya más de cincuenta años que ella le susurró este rendez-vous, cuando él la desfloró con su primer golpe de azada. Sus amores tenían que terminar así, tarde o temprano la tierra iba a abrazarlo y guardarlo en su seno. ¡Qué buen reposo le espera! Tan sólo escuchará las patas ligeras de los pájaros brincando en la hierba. Nadie lo pisará, permanecerá años en su rincón, sin que nadie lo moleste, pues no mueren ni dos personas al año en La Courteille; los jóvenes pueden envejecer y morir a su vez sin importunar a los antepasados. Es la muerte apacible y soleada, el sueño eterno en medio de la serenidad del campo.

Sus hijos se acercan. Catherine, Joseph y Antoine toman un puñado de tierra y lo lanzan sobre el ataúd. Jacquinet, que ha cogido amapolas, también las lanza. Tras lo cual, la familia regresa a casa, el ganado vuelve de los campos, el sol se acuesta y una noche tibia adormece a toda la aldea.

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