El arte de morir (I)

Émile Zola

 

 

 

 

I

El conde de Verteuil tiene cincuenta y cinco años. Pertenece a una de las familias más ilustres de Francia y posee una gran fortuna. Mal avenido con el gobierno, siempre ha buscado todo tipo de ocupaciones, aportando artículos a revistas científicas, lo que le ha valido una plaza en la Academia de las ciencias morales y políticas, se ha dedicado a los negocios, apasionándose sucesivamente por la agricultura, la ganadería y las bellas artes. Incluso, durante un corto periodo de tiempo, ha sido diputado, distinguiéndose por su oposición recalcitrante al gobierno.

La condesa Mathilde de Verteuil tiene cuarenta y cinco años. Aún se la cita como la rubia más adorable de París. La edad parece haber blanqueado su piel. Siempre fue un tanto delgada; ahora, al madurar, sus hombros han adquirido la redondez de una fruta sedosa. Nunca ha sido tan hermosa como ahora. Cuando aparece en un salón, con sus cabellos dorados derramándose por el satén de su pecho, parece que se produce el amanecer de un astro; las muchachas de veinte años la envidian.

La vida en pareja del conde y de la condesa es uno de esos asuntos de los que no se habla. Se casaron como se casan a menudo en su mundo. Incluso se asegura que durante seis años vivieron muy bien juntos. En esa época tuvieron un hijo, Roger, que ahora es teniente, y una hija, Blanche, a la que han casado el año pasado con Monsieur de Bussac, relator. Siguen conviviendo por sus hijos. Aunque hace años que se han separado, han quedado como buenos amigos, aunque en el fondo siempre movidos por el egoísmo. Se consultan las decisiones; en público, siempre se presentan como la pareja perfecta; pero luego cada uno se encierra en su habitación, donde reciben a sus amigos íntimos a su libre albedrío.

Sin embargo, una noche, Mathilde regresa de un baile hacia las dos de la mañana. Su dama de compañía la desviste y cuando se va a retirar le dice: «Esta noche, Monsieur el Conde se encuentra un poco indispuesto».

La condesa, medio dormida ya, gira perezosamente la cabeza. «Ah», murmura. Se tumba y añade: «Despiértame mañana a las diez; espero a la modista».

Al día siguiente, durante el desayuno, como el conde no hace acto de presencia, la condesa primero pide nuevas de él y luego se decide a subir a verlo. Lo halla en la cama, muy pálido pero guardando la compostura. Ya han venido tres médicos, han charlado en voz baja y han dejado instrucciones; volverán por la tarde. Es atendido por dos criados que no paran quietos, manteniendo el gesto grave y mudo, amortiguando el ruido de sus pisadas en las alfombras. La enorme habitación dormita con fría severidad; no hay ni un trapo fuera de su sitio, ni un mueble descolocado. Es la enfermedad decorosa e impecable, ceremoniosa, que espera visitas.

—¿Sufrís pues, amigo mío? —pregunta la condesa según entra.

El conde se esfuerza en sonreír.

—¡Oh! Estoy un tanto fatigado —responde—. Tan sólo necesito un poco de reposo… Os agradezco la visita.

Pasan dos días. La habitación conserva su dignidad; cada cosa está en su lugar, las pociones van desapareciendo sin dejar ni una mancha. Los rostros bien rasurados de los criados no se permiten ni siquiera un gesto de aburrimiento. Sin embargo, el conde sabe que está en peligro de muerte; ha exigido a los médicos que le digan la verdad y se ha puesto en sus manos, sin un pero. La mayor parte del tiempo lo pasa con los ojos cerrados, o bien con la mirada fija ante él, como si reflexionara sobre su soledad.

En el mundo exterior, la condesa cuenta que su marido está sufriente. No ha alterado un ápice de su rutina cotidiana, come, duerme y se pasea a sus horas. Una vez por la mañana y otra por la noche, acude en persona para saber cómo se encuentra.

—¿Qué tal? ¿Os sentís mejor, amigo mío?
—Claro, mucho mejor; os lo agradezco, mi querida Mathilde.
—Si lo deseáis, me quedo a vuestro lado.
—No, no es necesario. Julien y François se bastan… ¿Para qué fatigaros?

Se entienden bien entre ellos; han vivido separados e insisten en morir separados. El conde experimenta ese placer amargo del egoísta que prefiere abandonar el mundo solo, evitándose embarazosas comedias de dolor. Abrevia lo más posible, por su bien y el de la condesa, el fastidioso tête-à-tête supremo. Su última voluntad consiste en desaparecer sin perder la compostura, como hombre de mundo que no quiere molestar ni incomodar a nadie.

Sin embargo, una noche siente que ya no le queda más que un soplo, sabe que no va a ver amanecer. Cuando la condesa sube a hacer su visita rutinaria, le dice, forzando una última sonrisa: «No os vayáis… No me siento bien».

Quiere salvaguardarla de las malas lenguas; ella, por su parte, estaba esperando una señal al respecto, así que se instala en la habitación. Los médicos también se quedan junto al agonizante. Los dos criados prosiguen su servicio con la misma premura silenciosa. Se ha hecho llamar a los hijos, Roger y Blanche, que ya están cerca de la cama, al lado de su madre. Hay otros parientes instalados en una habitación cercana. La noche transcurre así, en una espera grave. Por la mañana vienen a darle los últimos sacramentos y el conde comulga ante todo el mundo, como para dar su último apoyo público a la religión. Una vez terminada la ceremonia, ya puede morir.

Pero no parece tener prisa, incluso recupera fuerzas con el fin de evitar convulsiones y otras escenas escandalosas. Su respiración, en la amplia y severa habitación, parece el desajustado ruido de un reloj trastornado. Desde luego, es la muerte de un hombre de esmerado decoro. Una vez que ha abrazado a su mujer y a sus hijos, los aparta con un gesto, se gira hacia la pared y muere solo.

Entonces, uno de los médicos se inclina sobre él, le cierra los ojos y dice, a media voz: «Ya está».

En medio del silencio, comienzan a elevarse suspiros y lágrimas. La condesa, Roger y Blanche se han arrodillado y lloran entre sus manos juntas; no se puede ver su rostro. Al poco, los dos hijos se llevan a su madre quien, llegada al umbral de la puerta, marca su desesperación bamboleándose en un último sollozo. Desde ese momento, el muerto pasa a manos de las pompas fúnebres.

Los médicos parten, cabizbajos y con aire de vaga desolación. Se pide a la parroquia que envíe a un cura para velar el cuerpo. Los dos criados se quedan con el cura, sentados en sus sillas, rígidos y dignos; se acerca el esperado final de su servicio. Uno de ellos se percata de una cuchara olvidada sobre un mueble; se levanta y la guarda con viveza en su bolsillo, para que la habitación recupere su orden impecable.

Llegan ruidos de martillazos procedentes de abajo, del gran salón: se trata de los tapiceros que están preparándolo para convertirlo en capilla ardiente. El embalsamamiento ocupa todo el día; se cierra la puerta y dejan a solas al embalsamador con sus ayudantes. Cuando al día siguiente bajan al conde engalanado, para exponerlo; presenta una frescura juvenil.

Desde las nueve de esta mañana de exequias, la casa se llena de murmullos. El hijo y el yerno del difunto reciben al tropel de visitantes en un salón de la primera planta; se inclinan y muestran una cortesía discreta de personas afligidas. Todas las fuerzas vivas están presentes: la nobleza, el ejército, la magistratura; hay incluso senadores y miembros del Institut.

A las diez por fin el cortejo se pone en marcha hacia la iglesia. El coche fúnebre es de primera, empenachado con plumas, ornado de telas con franjas plateadas. Un mariscal, un duque viejo amigo del difunto, un antiguo ministro y un académico llevan las cintas del féretro. Roger de Verteuil y Monsieur de Bussac encabezan el cortejo, seguidos de una tropa de gente enguantada y encorbata de negro, todos personajes importantes que resoplan entre la polvareda y avanzan con el trote de un rebaño en desbandada.

Todo el barrio tomado por el desfile se agolpa en las ventanas; numerosas personas forman vallas humanas en las aceras, se descubren y miran pasar, meneando la cabeza, el coche fúnebre triunfal. La circulación queda interrumpida por una fila interminable de coches fúnebres, casi todos vacíos; los ómnibus y coches simón se aglomeran en los cruces; se pueden oír los juramentos de los cocheros y los restallidos de los látigos. Mientras tanto, la condesa de Verteuil se ha quedado en su casa, encerrada en su habitación; ha dejado dicho que está rota por las lágrimas. Repantigada en una tumbona, se entretiene jugueteando con la hebilla de su cinturón, contemplando el techo, relajada y soñadora.

En la iglesia, la ceremonia dura cerca de dos horas. Todo el clero está en zafarrancho; desde primera hora de la mañana, sólo se ven curas atareados corriendo en sobrepelliz, lanzando órdenes, enjugándose la frente y sonándose la nariz con estruendo. En medio de la nave cubierta de negro flambea un catafalco. Por fin, el cortejo se ha ordenado, las mujeres a la izquierda y los hombres a la derecha; el órgano lanza sus lamentos, los chantres gimen sordamente y los niños del coro cantan con agudos sollozos; de los tederos se elevan altas llamas verdes que tiñen con su fúnebre palidez la pompa de la ceremonia.

—¿No iba a cantar Faure? —pregunta un diputado a su vecino.
—Creo que sí —responde éste, un antiguo prefecto, gran galán que lanza de lejos sonrisas a las mujeres.

Y cuando por fin un chorro de voz se eleva de la nave estremecida, comenta a media voz, balanceando la cabeza con regocijo: «¡Escuche! ¡Qué método!, ¡qué potencia!».

El cantor ha seducido a todos los asistentes. Las damas, con una difusa sonrisa en los labios, recuerdan sus soirées en la ópera. ¡Este Faure tiene realmente talento! Un amigo del difunto llega a decir: «¡Nunca ha cantado tan bien!… ¡Es una pena que el pobre de Verteuil no pueda escucharlo, con lo que le gustaba!».

Los chantres, con sus capas negras, se pasean alrededor del catafalco. Una veintena de sacerdotes complican la ceremonia, saludan, repiten frases en latín, agitan hisopos. Finalmente, los propios asistentes desfilan ante el féretro, los hisopos pasan de mano en mano. Todo el mundo va saliendo, tras dar la mano a la familia. Una vez fuera, un día luminoso ciega al público.

Es una espléndida mañana de junio. Ligeras briznas revolotean por el aire cálido. En la plazuela delante de la iglesia se producen avalanchas y empujones. El cortejo se toma su tiempo para reorganizarse. Hay quienes aprovechan la confusión para esfumarse. La zona sigue atestada de vehículos cuando, a doscientos metros, al final de una calle, se ve un balanceo de plumas del coche fúnebre avanzando y desapareciendo. De repente, se oyen portazos y el brusco trote de los caballos en los adoquines. Los cocheros logran ponerse en fila y el cortejo se dirige hacia el cementerio.

En los carricoches, la gente se acomoda; se diría un tranquilo paseo hacia el Bois atravesando un París primaveral. Como han perdido de vista el coche fúnebre, olvidan rápidamente el entierro y surgen las conversaciones, las damas hablan del verano, los caballeros de sus negocios.

—Entonces, querida, ¿os vais de nuevo a Dieppe este verano?
—Sí, supongo. Pero en todo caso, no hasta agosto… El sábado partimos a nuestras propiedades en el Loira.
—Entonces, amigo mío, descubrió una carta y se batieron en duelo. ¡Oh!, sin demasiada violencia, algún que otro rasguño… Si esa misma tarde cené con él en el club. Incluso me ganó veinticinco luises.
—La reunión de los accionistas es pasado mañana, ¿no? Quieren nombrarme miembro del comité, pero estoy tan ocupado… no sé si aceptaré.

El cortejo lleva un tiempo siguiendo una avenida. Una fresca sombra se derrama de los árboles y una luz gozosa canturrea en la verdura. De repente, una dama atolondrada se asoma por la portezuela y se le escapa: «¡Vaya! ¡Esto es encantador!».

El cortejo acaba de entrar precisamente en el cementerio de Montparnasse. Las voces se acallan, ya no se oye más que el chirrido de las ruedas en la arena de la avenida. Hay que seguirla hasta el final, pues el panteón de los Verteuil se halla al fondo a la izquierda. Se trata de una gran tumba de mármol blanco, con una especie de capilla adornada con innumerables esculturas. Posan el féretro ante la puerta de la capilla y comienzan los discursos.

Hay cuatro. El antiguo ministro retraza la vida política del difunto, que presenta como un genio humilde, que hubiera salvado a Francia si no hubiera desdeñado tanto las intrigas palaciegas. A continuación, un amigo habla de las virtudes privadas de aquel que hoy todo el mundo llora. Tras lo cual, un desconocido toma la palabra como delegado de una sociedad industrial de la que el conde de Verteuil era presidente honorífico. Finalmente, un hombrecillo de aspecto gris expresa la pérdida que supone para la Academia de ciencias morales y políticas.

Mientras tanto, los asistentes curiosean por las tumbas vecinas y leen las inscripciones en las lápidas de mármol. Los que tienden el oído captan tan sólo palabras sueltas. Un viejecillo de labios afilados, tras escuchar: «… las cualidades del corazón, la generosidad y la bondad de las personas de carácter…», alza el mentón y murmura: «Claro, claro. Si yo lo conocía bien. ¡Era un perro!».

El viento se lleva las palabras del último adiós. Una vez que los sacerdotes bendicen el cuerpo, la gente se retira y tan sólo se quedan, en una esquina apartada, los enterradores bajando el féretro. Las cuerdas rozan sordamente, el ataúd de roble cruje. Monsieur el conde de Verteuil ya está en casa.

La condesa no se ha movido de su tumbona. Sigue jugueteando con su cinturón, con la mirada en el techo, perdida en ensueños que, poco a poco, provocan un rubor en sus mejillas de deliciosa rubia.

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II

Madame Guérard es viuda. Su marido, que falleció hace ocho años, era magistrado. Pertenece a la alta burguesía y posee una fortuna de dos millones. Tiene tres hijos que, a la muerte de su padre, heredaron cada uno quinientos mil francos. Pero esos muchachos, de familia severa, fría y afectada, han crecido sin embargo como retoños salvajes, desarrollando unos apetitos e instintos que nadie sabe de dónde proceden. En pocos años se han comido sus quinientos mil francos. El mayor, Charles, es un apasionado de la mecánica y ha despilfarrado toda una fortuna en inventos locos. El mediano, Georges, se ha dejado devorar por las mujeres. El pequeño, Maurice, ha sido robado por un amigo, con el cual proyectaba la construcción de un teatro. Hoy en día, los tres hijos están a cargo de la madre, que no tiene inconveniente en alimentarlos y alojarlos pero que prefiere, por prudencia, llevar siempre encima las llaves de los armarios.

Toda esta gente vive en un amplio piso de la calle de Turenne, en el Marais. Madame Guérard tiene sesenta y ocho años. Con la edad, se ha hecho maniática. En su casa exige una tranquilidad y una pulcritud monacales. Se ha vuelto avara; cuenta los terrones de azúcar, aprieta ella misma los tapones de las botellas abiertas, raciona a los criados el suministro de sábanas y de vajilla. Sus hijos sin duda la quieren y ella ejerce sobre ellos una autoridad absoluta, a pesar de que ya rondan la treintena y de su atolondramiento. Sin embargo, cuando se ve sola rodeada de esos tres calaveras, siente una inquietud sorda, teme que le pidan un dinero que no sabría negarles. Por ello ha tenido la precaución de invertir su fortuna en propiedades inmobiliarias: posee tres casas en París y unos terrenos por Vincennes. La gestión de estas propiedades conlleva, es cierto, auténticos quebraderos de cabeza, pero le aportan igualmente la tranquilidad de tener siempre una buena excusa para no desembolsar grandes sumas de dinero.

Charles, Georges y Maurice, de hecho, se mantienen al acecho del botín. Merodean por la casa, disputándose el trozo, reprochándose mutuamente la miseria propia. La muerte de su madre los volverá a hacer ricos; lo saben y les parece una razón de talla para permanecer agazapados, sin hacer nada. Si bien nunca hablan de ello, su constante preocupación consiste en saber cómo se realizará el reparto; si no logran ponerse de acuerdo, habrá que vender, lo que siempre es una opción ruinosa. Piensan en ello sin mala idea, simplemente porque conviene tenerlo todo previsto. Se muestran alegres, buenos hijos, de una honestidad pasable; como todo el mundo, desean que su madre viva lo que tenga que vivir. No les molesta. Se mantienen a la espera, eso es todo.

Una noche, al acabar la cena, Madame Guérard siente cierto malestar. Sus hijos la convencen para que se acueste y, cuando ya les asegura que está mejor, que se trata sólo de una fuerte migraña, la dejan con su doncella. Pero al día siguiente el estado de la anciana dama ha empeorado; el médico de la familia, preocupado, le realiza un examen. Madame Guérard está muy grave. Durante los ocho siguientes días, un drama se desarrolla en torno a la cama de la moribunda.

Su primera precaución, una vez que se ve postrada, consiste en hacerse traer todas las llaves y esconderlas bajo la almohada. Pretende seguir gobernando desde la cama, proteger sus armarios de cualquier derroche. Se debate en luchas internas, las dudas la desgarran. Se pierde en interminables cavilaciones antes de decidirse a confiar en alguien. Sus tres hijos están ahí, ella los estudia con su mirada cansada, esperando una buena inspiración.

Un día decide confiar en Georges, le hace un gesto para que se acerque y le dice a media voz: «Toma, la llave del aparador… ve a por azúcar, vuelve a cerrarlo bien y me devuelves la llave». Pero al día siguiente ya desconfía de él; en cuanto se mueve, lo sigue con la mirada, como si temiera que se metiera en los bolsillos figuritas de la chimenea en cuanto ella se despistara.

Así que llama a Charles y le confía a su vez una llave, murmurando: «La doncella va a acompañarte. Quiero que la vigiles mientras coge unas sábanas y que cierres tú mismo el armario».

En su agonía, ése resulta ser su verdadero suplicio: no poder seguir controlando los gastos de la casa. Le vienen a la cabeza todas las locuras de sus hijos; sabe que son holgazanes, tragaldabas, descerebrados y manirrotos. Hace tiempo que ha perdido la estima por ellos, que nunca han cumplido sus expectativas, que contrarían sus hábitos de austeridad y severidad. Pero aún perviven restos de afecto que la llevan a perdonarlos. En el fondo de su mirada hay una súplica, les pide la última gracia de que esperen a que ella ya no esté ahí para vaciar los armarios y repartirse su fortuna. Presenciar tal reparto supondría una tortura para su agónica avaricia.

Sin embargo, Charles, Georges y Maurice se portan muy bien. Se han puesto de acuerdo para que uno de ellos permanezca siempre al pie del lecho de su madre. Hasta el menor de sus cuidados parece estar lleno de afecto. Pero, inevitablemente, traen consigo la despreocupación del mundo exterior, el olor a un cigarro que se han fumado, la agitación por las nuevas que corren por la ciudad. Y el egoísmo de la enferma sufre por haber dejado de serlo todo para sus hijos ahora, en su hora postrera. Según se va apagando, su desconfianza genera un malestar creciente entre ella y sus hijos. Si por ventura aún no hubieran pensado por sí mismos en la fortuna que van a heredar, el reconcomio de la madre por defenderla hasta el último suspiro aseguraba que el tema omnipresente. Les lanza miradas tan afiladas que delatan con tanta claridad sus temores, que desvían incómodos la cabeza hacia otro lado. Entonces ella piensa que están al acecho de su muerte; y realmente lo están, pues sus inquisitivas miradas mudas conducen continuamente hacia ese punto. Es pues ella la que fomenta en sus hijos la concupiscencia. Cuando sorprende a uno de ellos distraído, le dice, con el rostro lívido:

—Acércate… ¿En qué piensas?
—En nada, madre.

Pero se sobresalta y ella asiente lentamente, añadiendo:

—No os doy más que problemas, hijos míos. Venga, no os sigáis atormentando, dentro de poco ya no estaré aquí.

Entonces, ellos la rodean, jurándole que la aman y que la van a salvar. Pero ella responde que no, con gesto terco, y se sume aún más en la desconfianza. Es una agonía terrible, envenenada por el dinero.

La enfermedad dura tres semanas. La anciana ya ha pasado por cinco exámenes y han hecho venir a los médicos más célebres. La doncella ayuda a los hijos en el cuidado de madame, a pesar de lo cual el piso está algo desordenado. Ya no hay esperanza alguna, el médico anuncia que la enferma puede sucumbir en cualquier momento.

Una mañana, cuando los hijos creen que su madre duerme, entablan una conversación cerca de una ventana, pues ha surgido un imprevisto. Estamos a 15 de julio y la madre acostumbraba a encargarse personalmente del cobro de los alquileres de sus casas; están en un aprieto, pues no saben cómo cobrar ese dinero. Los conserjes ya han pedido instrucciones. En el debilitado estado en el que está ella, no osan ir a hablarle de asuntos como éste. Sin embargo, si sucediera alguna desgracia, necesitan el dinero de los alquileres para cubrir gastos personales.

—¡Vaya por Dios! —dice Charles, a media voz—. Si os parece bien, ya me encargo yo de presentarme ante los inquilinos… Comprenderán la situación y pagarán.

Pero Georges y Maurice no parecen precisamente entusiasmados por la idea.

También ellos se han hecho desconfiados.

—Podemos acompañarte —propone el primero—. Los tres tenemos gastos que cubrir.
—¡Pero bueno! Si os voy a pasar el dinero… ¿No me creeréis capaz de huir con él?, ¿no?
—No, pero es mejor que vayamos los tres juntos. Será más regular.

Los tres intercambian miradas; en sus ojos lucen ya las disputas y rencores del reparto. La sucesión queda abierta y cada uno quiere asegurarse el trozo más grande. Bruscamente, Charles propone en voz alta lo que ya ronda en la cabeza de sus hermanos: «Mirad, lo mejor es que vendamos… Si ya hoy nos estamos peleando, mañana nos vamos a devorar mutuamente».

Pero un estertor les hace girar rápidamente la cabeza. La madre se ha alzado, pálida, con la mirada despavorida y el cuerpo agitado de temblores. Ha escuchado todo, tiende sus escuálidos brazos repitiendo en un tono de voz azorado: «Hijos míos… Hijos míos…».

Una convulsión vuelve a tumbarla en la cama, donde muere con la abominable idea de que sus hijos ya están robándola.

Los tres, aterrados, caen de rodillas ante el lecho. Besan las manos del cadáver, le cierran los ojos entre sollozos. En ese momento, los recuerdos de infancia se agolpan en sus corazones y se sienten huérfanos. Pero esta horrible muerte queda grabada en lo más profundo de sus entrañas, como fuente de remordimientos y de odio.

La doncella lleva a cabo la limpieza de la muerta. Se hace traer a una monja para que vele el cuerpo. Mientras tanto, los tres hijos se dedican a los trámites; registran la defunción, encargan las esquelas y organizan la ceremonia fúnebre. Por la noche, se relevan para velar por turnos junto a la monja. En la habitación, con las cortinas echadas, la fallecida permanece tendida en mitad de la cama, con la cabeza rígida, las manos cruzadas y un crucifijo de plata en el pecho. A su lado se consume un cirio.

Una brizna de boj está a remojo en el borde de un recipiente de agua bendita. La velada termina con el escalofrío del amanecer. La monja pide un vaso de leche caliente, pues no se siente a gusto.

Una hora antes del cortejo fúnebre, la escalera se llena de gente. La puerta cochera está cubierta de telas negras con franjas plateadas. Ahí es donde se expone el féretro, como en el fondo de una estrecha capilla, rodeado de cirios, cubierto de coronas y de ramos. Todo el que pasa dentro toma un hisopo de una pila de agua bendita, al pie del ataúd, y rocía el cuerpo con él. A las once, el cortejo se pone en marcha, encabezado por los hijos de la difunta. Detrás de ellos van magistrados, algunos grandes industriales, toda una burguesía grave e importante que camina midiendo los pasos y lanzando miradas oblicuas a los curiosos que están parados en las aceras. Al final del cortejo siguen doce coches fúnebres. La gente los cuenta y se habla de ellos en todo el barrio.

Los asistentes se apiadan de Charles, Georges y Maurice, trajeados, enguantados de negro, siguiendo al féretro, cabizbajos y con el rostro enrojecido por las lágrimas. La gente es unánime: entierran a su madre de forma irreprochable. El coche fúnebre es de tercera clase, se calcula que les habrá costado varios miles de francos. Un viejo notario apunta, con una leve sonrisa: «Si Madame Guérard hubiera tenido que pagar ella este entierro, se hubiera ahorrado por lo menos seis coches fúnebres».

En la iglesia, la puerta está abierta y el órgano resuena; el cura de la parroquia reparte absoluciones. Cuando los asistentes ya han pasado ante el cuerpo, se topan a la entrada de la nave con los tres hijos formando una fila, ahí situados para recibir los apretones de manos de las personas que no pueden ir hasta el cementerio. Permanecen diez minutos con el brazo tendido, apretando manos sin reconocer siquiera a las personas, mordisqueándose los labios, tragándose las lágrimas. Se sienten muy aliviados cuando por fin se vacía la iglesia y retoman su lenta marcha tras el coche fúnebre.

El panteón de los Guérard se halla en el cementerio de Père-Lachaise. Muchas personas siguen a pie, otras suben a los coches fúnebres. El cortejo atraviesa la plaza de la Bastilla y sigue la calle de la Roquette. Algunos viandantes alzan la mirada, se descubren. Es un cortejo fastuoso que los obreros de ese barrio popular ven pasar mientras comen sus bocadillos de salchichón.

Al llegar al cementerio, el cortejo gira a la izquierda y se topa inmediatamente con el panteón: un pequeño monumento, una capilla gótica que lleva inscrito en su frontal, en letras negras «FAMILIA GUÉRARD». La puerta de hierro, abierta de par en par, deja entrever una mesa de altar con cirios encendidos. Alrededor del monumento hay otras construcciones similares alineadas y formando calles; se diría el escaparate de un vendedor de muebles, con armarios, cómodas, secreteres recién fabricados y ordenados simétricamente para su exposición. Los asistentes se distraen observando toda esta arquitectura o buscando un poco de sombra bajo los árboles de la avenida vecina. Una dama se aleja para ir a admirar un magnífico rosal, florido y fragante, que ha crecido sobre una tumba.

Mientras tanto, se baja el ataúd. Un cura pronuncia unas últimas palabras mientras los enterradores, en uniforme azul, esperan unos pasos más allá. Los tres hijos sollozan, con la mirada clavada en las fauces abiertas del panteón, donde ya se ha retirado la losa; es ahí, en esa fresca sombra, donde les tocará también a ellos venir a descansar algún día. Unos amigos se los llevan según se acercan los enterradores.

Dos días más tarde, en casa del notario de su madre, los tres discuten, con los dientes chirriantes, la mirada seca y el ánimo encendido de enemigos dispuestos a no ceder ni un céntimo. Les interesa esperar, no precipitar la venta de las propiedades.

Pero se lanzan a la cara unas cuantas verdades: Charles lo devoraría todo con sus inventos; Georges debe tener alguna querida que le chupa la sangre; Maurice sin duda se ha vuelto a embarcar en alguna especulación alocada que se tragaría todo su capital. El notario intenta en vano que lleguen a un acuerdo amistoso, pero los tres se separan amenazándose con sus abogados.

La muerta resucita en ellos, con toda su avaricia y sus temores a ser robada. Cuando la muerte está envenenada de dinero, sólo produce odio. La gente se pelea sobre los ataúdes.

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III

Monsieur Rousseau se casó con veinte años con una huérfana, Adèle Lemercier, que tenía dieciocho. Recién casados, entre los dos reunían setenta francos. Comenzaron vendiendo papel de escribir y bastones de cera para sellar, bajo una puerta cochera. Después, lograron alquilar un cuchitril, un puesto pequeño como un gua, en el que permanecieron durante diez años, extendiendo poco a poco su negocio. Ahora ya poseen un comercio de papelería en la calle Clichy, que debe de valer por lo menos una cincuentena de miles de francos.

Adèle no posee una salud muy robusta. Siempre está tosiendo. La escasa ventilación de la tienda, los hábitos sedentarios de mostrador, no le sientan muy bien. Un médico al que consultan le recomienda reposo y paseos cuando haga buen tiempo. Pero ésta es una prescripción que es imposible cumplir cuando se pretende reunir unos cuartos con los que envejecer tranquilamente. Adèle dice que ya reposará y se paseará más tarde, cuando hayan vendido su negocio y se hayan retirado a provincias.

Monsieur Rousseau, por su parte, claro que se inquieta cuando ve la palidez de su mujer, las manchas rojas en sus mejillas, pero su papelería lo absorbe totalmente y no puede estar continuamente detrás de ella, cuidando de que no cometa imprudencias. Durante semanas, no encuentra un solo minuto para hablar con ella sobre su salud. Hasta que le da por pararse a escuchar su pequeña tos seca, se enfada y la obliga a coger su chal y a darse una vuelta con él por los Campos Elíseos. Pero ella suele regresar todavía más cansada, tosiendo aún más. Los pequeños quebraderos de cabeza del negocio vuelven a asaltar a Monsieur Rousseau y la enfermedad es olvidada de nuevo, hasta la siguiente crisis. Así son las cosas en el pequeño comercio: uno se va muriendo poco a poco, sin tener tiempo para cuidarse.

Un día, Monsieur Rousseau se lleva al médico a un rincón y le pregunta con franqueza si su mujer está en peligro. El médico comienza diciendo que depende de la naturaleza de cada uno, que ha visto a gente mucho más enferma recuperarse. Pero, presionado por las preguntas, acaba confesando que Madame Rousseau tiene tisis y que la enfermedad está incluso en un estado bastante avanzado. El marido empalidece al escuchar la verdad. Ama a su mujer por todo lo que han tenido que trabajar juntos para poder comer pan blanco a diario. Para él no es sólo una esposa, es también una socia, cuya laboriosidad e inteligencia aprecia. Su desaparición resultaría una tremenda pérdida, tanto emocional como comercial. Sin embargo, tiene que ser valiente, no puede cerrar la tienda para echarse a llorar en un rincón. Así que se recompone, no quiere asustar a Adèle con sus ojos enrojecidos por las lágrimas. Retoma su día a día. Al cabo de un mes, pensando en estas cosas tristes, acaba convenciéndose de que los médicos se equivocan a menudo. Su mujer no parece más enferma que de costumbre. Así que la ve morir lentamente sin sufrir demasiado, distraído por sus quehaceres, esperando la desgracia pero retrasándola a un futuro indefinido.

Adèle comenta a menudo: «¡Ay! ¡Cuando nos retiremos al campo ya verás lo bien que me voy a poner!… ¡Dios santo! En sólo ocho años. Eso no es nada».

A Monsieur Rousseau ni se le ocurre plantear que podrían retirarse ya, con unos ahorros más modestos. Para empezar, Adèle no lo aceptaría. Cuando uno se plantea una cifra, hay que alcanzarla.

Y sin embargo, en dos ocasiones ya Madame Rousseau se ha visto obligada a guardar cama. Pero siempre se ha levantado antes de tiempo para bajar a atender el mostrador. Los vecinos ya comentan: «A la pobre mujercilla no le queda mucho». Y no se equivocan. Justo cuando deben hacer el inventario, se ve obligada a guardar cama por tercera vez. El médico aparece por la mañana, charla con ella y firma una receta con gesto distraído. Pero advierte a Monsieur Rousseau de que el fatal desenlace se acerca. Pero el inventario lo mantiene encadenado a la tienda y apenas si puede escaparse cinco minutos de vez en cuando. Sube a verla cuando está el médico, baja con él y reaparece un momento antes de la comida; se acuesta a las once, en un cuartito de la tienda donde se ha hecho instalar una camilla.

Es la criada, Françoise, la que cuida a la enferma. Una chica terrible, esta Françoise, una auvernesa de grandes manazas y de modales e higiene un tanto dudosos. Menea a la moribunda con brusquedad, le trae los medicamentos con desgana, arma un tremendo alboroto cada vez que barre el dormitorio, que deja continuamente desordenado; la cómoda está llena de frascos pegajosos, las cubetas nunca están limpias, hay trapos sucios colgando en los respaldos de todas las sillas; el suelo está tan abarrotado de cosas que no sabe uno donde pisar. Sin embargo, Madame Rousseau no se queja, se limita a dar golpetazos en la pared cuando llama a la criada y ésta no acaba de acudir. Françoise tiene otras cosas que hacer, además de cuidarla; tiene que mantener la tienda limpia, ahí abajo, tiene que cocinar para el patrón y sus empleados, sin hablar de las compras que tiene que ir a hacer por todo el barrio, además de otras tareas imprevistas que siempre surgen. Por lo que madame no puede exigir que esté siempre a su disposición. Se la cuida cuando queda tiempo.

Por otro lado, incluso en cama, Adèle sigue ocupándose del negocio. Hace su seguimiento de las ventas, pregunta cada tarde cómo van las cosas. Está preocupada por el inventario. En cuanto su marido encuentra unos minutos para subir a verla, ella no quiere nunca hablar de su salud, sino de los posibles beneficios. Se siente muy apenada cuando le cuentan que el año ha resultado mediocre: los beneficios han sido menores que el año pasado en catorce francos. Ardiendo de fiebre, repasa con la almohada los pedidos de la semana pasada, aclara las cuentas y organiza los asuntos domésticos. Si su marido se entretiene demasiado en el dormitorio, ella misma lo manda de nuevo abajo. Su presencia ahí no hace que mejore su salud pero sí que empeoren los negocios. Está convencida que, sin su presencia, los dependientes se dedican a mirar las moscas. Le repite: «Baja, querido, no necesito nada, te lo aseguro. Y no olvides hacer un pedido de cuadernos, que se acerca la vuelta al colegio y nos podemos quedar cortos».

Durante mucho tiempo, se engaña a sí misma sobre su estado de salud. Siempre piensa que al día siguiente se va a poder levantar y bajar al mostrador. Incluso hace planes: cuando pueda levantarse, irán a pasar un domingo en Saint-Cloud. Nunca ha sentido tantas ganas de volver a ver el campo. Pero, de repente, una mañana, su estado se agrava. Por la noche, sola, con los ojos abiertos, comprende que va a morir. No dice nada durante todo el día, reflexiona, con la mirada clavada en el techo. Por la tarde, retiene un poco a su marido, charla tranquilamente con él y le dice, como si le comentara una factura:

—Mira, mañana vas a ir a buscar a un notario. Hay uno aquí cerca, en la calle Saint-Lazare.
—¿Un notario? ¿Para qué? —exclama Monsieur Rousseau—. Pero no pienses en cosas así, cariño, ¡no estás tan mal!
—Puede ser —replica ella con tono calmo y razonable—. Pero me tranquilizaría saberlo todo arreglado… Nos casamos en comunidad de bienes cuando no poseíamos ni una perra chica ninguno de los dos. Hoy hemos ganado algunos dineros entre ambos, no quiero que mi familia pueda venir a saquearte… Mi hermana Agathe no merece que la deje nada; preferiría llevármelo todo conmigo.

Se obstina hasta que su marido, en efecto, va a buscar al notario al día siguiente. Ella le realiza numerosas preguntas, para dejarlo todo bien atado y que no haya líos posibles. Una vez concluido el testamento, el notario se marcha y Adèle se tiende de nuevo, murmurando: «Ahora ya puedo morirme contenta… Me hubiera gustado disfrutar de ese retiro al campo, no digo que no. Pero tú sí podrás ir… Prométeme que te irás al lugar que habíamos elegido, ya sabes, el pueblo donde nació tu madre, cerca de Melun… Eso es lo que me gustaría».

Monsieur Rousseau se deshace en lágrimas, ella lo consuela y le da buenos consejos. Si se aburre solo, lo mejor que puede hacer es volver a casarse. Pero con una mujer de su edad, porque las muchachas jóvenes que se casan con un viudo se casan con su dinero. E incluso le menciona a una dama conocida de ambos con la que no le importaría que él se juntara.

Durante la noche, la agonía es terrible. Se asfixia, reclama aire. Françoise se ha quedado dormida en una silla. Monsieur Rousseau, de pie en la cabecera de la cama, no puede hacer otra cosa que apretar la mano de la moribunda, diciéndole que está ahí, que no se separa de ella. Por la mañana, de repente, experimenta una gran tranquilidad; está muy pálida, con los ojos cerrados, respirando lentamente. Su marido aprovecha para bajar un momento con Françoise para abrir la tienda. Cuando vuelve a subir, Adèle sigue pálida, rígida en la misma posición, pero con los ojos abiertos. Está muerta.

Hace ya tiempo que Monsieur Rousseau se ha hecho a la idea de perderla. Ya no llora, simplemente, se siente agotado. Baja de nuevo, manda a Françoise que vuelva a echar las postigos de la tienda y él mismo escribe en una hoja: «CERRADO POR DEFUNCIÓN» y la pega hacia afuera con cuatro obleas.

En la parte de arriba, toda la mañana es dedicada a limpiar y a preparar la habitación. Françoise friega el suelo con un trapo, hace desaparecer los frascos, coloca cerca de la difunta un cirio encendido y un cuenco de agua bendita; pues se espera la visita de la hermana de Adèle, la tal Agathe que tiene una lengua viperina, y la criada no quiere que la acusen de llevar mal la casa. Monsieur Rousseau ha enviado a un dependiente para que arregle los papeleos necesarios. Él acude a la iglesia para negociar largo y tendido las tarifas del funeral. Que esté triste no quiere decir que se deje robar. Amaba mucho a su esposa y, si ésta pudiera verlo, seguro que se ponía contenta al verle regatear con los curas y los empleados de pompas fúnebres. A pesar de lo cual, desea que el entierro esté a la altura, por el qué dirán en el barrio. Finalmente, llegan a un acuerdo: ciento sesenta francos para la iglesia y trescientos francos para las pompas fúnebres. Calcula que, sumando otros pequeños gastos, no le saldrá por menos de quinientos francos.

Cuando Monsieur Rousseau regresa a su casa, se topa con Agathe, su cuñada, instalada cerca de la difunta. Agathe es una mujer grande y seca, con los ojos enrojecidos y los labios azulados y afilados. Hace tres meses, se enfadaron con ella y no la habían vuelto a ver. Se levanta ceremoniosamente y abraza a su cuñado. Ante la muerte, las rencillas se disipan. Monsieur Rousseau, incapaz de llorar durante todo el día, se echa entonces a sollozar, al volver a ver a su pobre mujer blanca y rígida, con la nariz aún más puntiaguda y la cara tan consumida que apenas la reconoce. Los ojos de Agathe permanecen secos. Se ha instalado en el mejor sillón; pasea lentamente la mirada por toda la habitación, como si estuviera realizando un minucioso inventario de los muebles que la adornan. Aún no ha sacado el tema de la herencia, pero está visiblemente ansiosa de hacerlo, preguntándose sin duda si existe testamento.

Llegada la mañana de las exequias, en el momento del traslado del cuerpo al ataúd, resulta que las pompas fúnebres se han equivocado de caja y han traído una demasiado corta. Los sepultureros se ven obligados a ir a buscar otra. Mientras tanto, el coche fúnebre espera ante la puerta; el barrio está revolucionado. Es una nueva tortura para Monsieur Rousseau. ¡Aún si sirviera para resucitar a Adèle, guardarla tanto tiempo! Por fin bajan a la pobre Madame Rousseau, pero el féretro tan sólo se deja diez minutos expuesto, bajo la puerta cubierta de negro. Hay un centenar de personas esperando en la calle: comerciantes del barrio, inquilinos de la casa, amigos de la pareja, algunos obreros trajeados. El cortejo parte conducido por Monsieur Rousseau.

A su paso, las vecinas se santiguan rápidamente, cuchicheando. «Es la papelera, ¿no? Esa mujercilla amarillenta que estaba en los huesos. Ya… Unos comerciantes bien instalados que trabajaban para lograr una buena vejez tranquila. No como nosotros. ¡Pues buen negocio ha hecho! ¡Ahora sí que va a estar tranquila, la papelera!» Y las vecinas ponderan la buena actitud de Monsieur Rousseau, andando tras el coche fúnebre, con la cabeza descubierta, solo, pálido y con sus cuatro pelos revoloteando al viento.

En la iglesia, los curas resuelven la ceremonia en cuarenta minutos. Agathe, que se ha sentado en primera fila, parece contar el número de cirios encendidos. Sin duda piensa que su cuñado podría haber sido menos ostentoso ya que, si finalmente no hay testamento y ella hereda la mitad de su fortuna, tendría que pagar la mitad de los gastos fúnebres. Los curas dicen una última oración, el hisopo pasa de mano en mano y la gente sale. Casi todo el mundo se va. Se adelantan los tres coches fúnebres, en los que se han subido las damas. Detrás del coche ya no queda más que Monsieur Rousseau, siempre con la cabeza descubierta, y una treintena de personas, amigos que no se atreven a escaquearse. El coche fúnebre está decorado con sencillez con una tela negra con una franja blanca. Los viandantes se descubren y aceleran el paso.

Monsieur Rousseau carece de panteón familiar, sólo tiene una concesión de cinco años en el cementerio de Montmartre, pero pretende comprar más adelante una concesión a perpetuidad, exhumar a su mujer e instalarla definitivamente en la misma.

El coche fúnebre se para al final de una avenida y se porta en brazos el féretro entre lápidas bajas hasta un foso recién cavado en la tierra fresca. Los asistentes pisotean el suelo, en silencio. El cura ya se está retirando tras mascullar entre dientes una veintena de frases. Por todas partes hay pequeños jardines enrejados, sepulturas decoradas de alhelí y de plantas verdes; las lápidas blancas, entre tanta verdura, parecen todas nuevas y alegres. Monsieur Rousseau se queda fascinado ante un monumento, una columna fina encumbrada con una urna simbólica. Por la mañana, un marmolista se había dedicado a atormentarlo con todas sus ideas. Así que piensa que, cuando compre la concesión a perpetuidad, hará instalar sobre la tumba de su mujer una columna parecida, con una urna tan bonita.

Pero Agathe se lo lleva y, ya de vuelta en la tienda, por fin se decide a preguntarle sobre la herencia. Cuando se entera que existe un testamento, se levanta con rigidez y se marcha dando un portazo. Jamás volverá a poner los pies en ese antro. Monsieur Rousseau aún siente, por momentos, una enorme pena que lo ahoga; pero lo que más ansiedad le genera, lo que hace que le zumbe la cabeza y mantiene sus miembros en constante agitación, es que la tienda esté cerrada entre semana.

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(Continuará…)

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