Guerra

William Saroyan

 

 

 

Karl el prusiano tiene cinco años, un magnífico teutón que camina con paso militar sobre la acera frente a su casa val hablar ejercita una disciplina discursiva innata admirable a la vez que alentadora, como si el pequeño entendiera la dignidad esencial de la expresión mortal y no pudiera soportar emplear mal ese don, abrir la boca sólo en raras ocasiones para decir tan sólo una frase de no más de tres o cuatro palabras, absolutamente concisa e increíblemente pertinente. Vive al otro lado de la calle y es el orgullo de su abuelo, un hombre erguido de cincuenta años, con un buen bigote alemán, cuya fotografía apareció en el periódico hace unos años en relación con una campaña política. Este hombre empezó a enseñar a caminar a Karl en cuanto el muchacho aprendió a sostenerse en pie, y se lo podía ver junto al niño rubio y vestido con un peto azul, recorriendo de un lado a otro la mitad de la acera con las manos del pequeño en las suyas, enseñándole a avanzar con sumo cuidado y algo pomposamente, al estilo imperialista alemán, las rodillas rígidas, cada paso como una patada convulsiva.

El viejo y el niño practicaron todas las mañanas durante varios meses, el número resultaba muy ameno. El progreso de Karl era rápido pero apenas precipitado, y parecía que el pequeño entendiera la tranquila severidad de su abuelo. Incluso desde el otro lado de la calle se veía claramente que el muchacho creía en la importancia de poder caminar de forma distinguida, y que deseaba aprender a hacerlo como su abuelo quería que lo hiciera. Esencialmente, el niño y el viejo eran iguales, lo único que los diferenciaba era una inevitable diferencia de edad y experiencia, y Karl no mostraba signos de querer rebelarse contra la disciplina que le imponía el viejo.

Al cabo de poco tiempo el niño ya recorría arriba y abajo el tramo de acera frente a su casa sin la ayuda del viejo, el cual lo observaba silenciosamente desde las escaleras de entrada, fumando en pipa y vigilando al muchacho con una expresión de severidad en el rostro que era al mismo tiempo de orgullo, y el niño se impulsaba muy bien hacia delante pateando el suelo con brío. Es cierto que este andar resultaba anticuado y un tanto antidemocrático, pero los vecinos apreciaban a Karl y lo consideraban un hombrecito estupendo. Un niño que caminara de esa forma tenía algo que a todo el mundo resultaba satisfactorio. Los auténticos teutones valoran la importancia de funciones relativamente automáticas como el respirar, el caminar y el hablar, y son capaces de preocuparse por esas simples acciones de un modo a la vez razonable y decoroso. Para ellos, al parecer, respirar, caminar y hablar están estrechamente relacionados con vivir en general, y por lo tanto el celo que ponen en estas acciones no es nada ridículo.

La gente que vive aquí se ha reproducido a buen ritmo durante los últimos seis o siete años, y así la calle cuenta con una población bastante numerosa de niños, todos sanos e interesantes, para mí extremadamente interesantes. Karl es único en el grupo, y si lo nombro primero es porque quizá sea el único al que han enseñado una técnica de vida racial consciente. Los demás niños son de varias razas distintas, y sí bien los rasgos básicos de cada raza son visibles en cada uno, éstos no han sido en ningún caso acentuados y fortalecidos como lo han sido en Karl Dicho de otro modo, cada niño pertenece a una raza, innata e instintivamente, y es posible que de no haber sido por la instrucción de su abuelo, Karl sería ahora más como los demás niños, más ingenuo e irreprimido. No tendría esa forma militar de andar, que es la principal diferencia entre él y los demás niños, ni esa afectación que a veces saca de quicio a Josef, el muchacho esloveno que vive en el piso de abajo.

Josef tiene casi un año menos que Karl, y es un niño despierto que parece que lo haga todo riéndose para sí. Tiene el rostro radiante y pícaro de su padre, que es panadero de oficio, y es la clase de niño que habla mucho, que se interesa por todo el mundo que lo rodea y que no para de hacer preguntas. Siempre quiere saber cómo se llama la gente, y su pregunta preferida es «¿Dónde has estado?». El modo en que lo pregunta indica que espera que uno acabe de regresar de algún lugar extraño y maravilloso, completamente distinto a todo lo que él ya conoce, y tal vez a cualquier lugar del mundo, y a mí mismo siempre me ha dado apuro tener que decirle que volvía de un sitio no más maravilloso que la ciudad, un lugar que él ya ha visto por lo menos media docena de veces.

Karl apenas corre, mientras que Josef apenas camina, casi siempre está corriendo o saltando o brincando, como si el hecho de ir de un sitio a otro para él fuera mucho más importante que dejar atrás un sitio y llegar a otro, como si lo que realmente le interesara fuera la acción en sí, y no el objetivo de ésta. Josef juega, mientras que Karl actúa. Para el eslavo primero es él y luego su raza, mientras que para el teutón primero es su raza y luego él. Llevo varios años estudiando a los niños de esta calle, y espero que nadie piense que me invento cosas sobre ellos para poder escribir un pequeño relato, ya que no me estoy inventando nada. El pequeño episodio que aconteció ayer por la noche sería absurdo si yo no hubiera observado el crecimiento de estos niños, y si algo lamento es no saber más cosas de Irving, el niño judío que tan amargamente lloraba mientras Karl y Josef se pegaban.

Irving llegó a esta calle con sus padres en noviembre, no hará ni cuatro meses, pero yo no empecé a verlo hasta un mes después, cuando empezó a salir a la calle. Se trata de un niño de aspecto melancólico, debe de tener la edad de Josef, aproximadamente, y que entraría en la categoría de los niños de los que por regla general suele decirse que son introspectivos, que parece que se sienten más seguros consigo mismos. Imagino que sus padres le estarán dando una formación musical, ya que por su aspecto podría llegar a ser un excelente violinista o pianista, la cabeza grande y grave, la complexión delgada y un sistema nervioso delicado.

Una tarde, mientras iba a la tienda a comprar, vi a Irving sentado en las escaleras de entrada de su casa, al parecer soñando el sueño increíblemente hermoso de un niño apabullado ante el misterio del ser, y yo esperaba poder hablar con él tranquilamente e intentar averiguar, si tal cosa era posible, lo que se le pasaba por la cabeza, pero al ver que yo me acercaba, él se levantó rápidamente, subió los peldaños y entró en la casa, con aspecto asustado y muy temeroso, Daría mi fonógrafo para saber lo que Irving había soñado esa tarde, pues creo que de algún modo me ayudaría a comprender por qué lloraba anoche.

Karl es firme y muy seguro de su postura, extremadamente seguro de sí mismo, ya que Ja disciplina prohíbe hacer demasiadas conjeturas respecto a circunstancias ajenas a uno mismo, mientras que Josef, por otro lado, si bien no es menos seguro de sí mismo, sí es mucho menos firme debido al hecho de que la viva curiosidad que siente por todo lo impele a mantenerse en movimiento y a hacer cosas sin pensar. La presencia de Irving en esta calle es lo bastante firme, pero esa presencia resulta divertida y triste al mismo tiempo, como si ni siquiera él mismo supiera lo que es, como si él se creyera en otra parte. Irving no está nada seguro de sí mismo. No es ni disciplinado ni indisciplinado, sino sencillamente melancólico. Con el tiempo, supongo que llegará a adquirir una total comprensión de sí mismo y de su relación con todas las cosas, pero por el momento aún está demasiado apabullado para tener cualquier punto de vista definitivo acerca de ello.

No hace mucho hubo disturbios en París, y poco después estalló una guerra civil en Austria. Es bien sabido que Rusia se está preparando para defenderse de Japón, y todo el mundo está al corriente de la inquietud que siembra en Europa el programa nacionalista del actual dictador de Alemania.

Menciono estos hechos porque tienen relación con la historia que estoy contando. Tal como diría Joyce, la Tierra tiene niños en todas partes, y el pequeño episodio de anoche para mí es tan importante como deben de serlo los episodios de mayor envergadura en Europa para esos hombres que han crecido y ya han dejado de ser niños. Al menos en apariencia.

Ayer el día despertó con una espesa niebla, seguida de un breve aguacero. Hacia las tres de la tarde el sol brillaba y el cielo estaba despejado, a excepción de algunas nubes blancas que lo salpicaban, la clase de nubes que indican buen tiempo, claridad, aire limpio, todas esas cosas. En San Francisco el tiempo suele cambiar así. Por la mañana puede ser invernal y por la tarde transformarse de pronto en tiempo primaveral, en cualquier estación del año. Aquí casi nadie es consciente del cambio de estación. Tenemos todas las estaciones a la vez durante todo el año.

Cuando salí de casa por la mañana, ninguno de los niños de la calle estaba fuera aún, pero cuando volví por la noche, vi a Josef y a Irving de pie en mi lado de la calle, delante de la casa de Irving, charlando. Karl estaba al otro lado de la calle, delante de su casa, caminando de esa forma militar que ya he descrito, irguiéndose graciosamente con engreimiento, muy orgulloso de sí mismo. Más abajo, en la misma calle, había cinco niñas, saltando a la pata coja en la acera: la hermana mayor de Josef, dos niñas irlandesas que son hermanas, y dos italianas, hermanas también.

Tras la lluvia el ambiente se despeja y resulta muy agradable estar fuera, con todos esos niños jugando en la calle, a la luz del sol. Aquél era un momento espléndido para estar vivo y sentir amor por el prójimo, y si digo esto es para demostrar que la fealdad ocasional del corazón humano no necesariamente debe ser consecuencia de una fealdad parecida en la naturaleza. Sabemos que cuando el paisaje rural europeo estaba más hermoso el desarrollo de la ultima guerra no varió en modo alguno y que la mortalidad se mantuvo tan alta como durante el mal tiempo, y que la única consecuencia del tiempo esplendido fue la conmovedora poesía de los jóvenes soldados deseosos de crear, que anhelaban mujeres y hogares, y que no querían morir.

Al pasar junto a Josef y a Irving, oí cómo el primero decía, refiriéndose a Karl:

—Míralo, Mira cómo anda. ¿Por qué andará así?

Yo ya sabía que a Josef le molestaba la engreída seguridad de la forma de caminar de Karl, de modo que sus comentarios no me sorprendieron lo más mínimo, Además, ya he dicho que el niño sentía una curiosidad innata por todo lo que se ponía al alcance de su conocimiento, y que no paraba de hacer preguntas, Me pareció que su interés por la forma de caminar de Karl era en gran parte estético, y no detecté mala intención en sus palabras. No oí que Irving le contestara, y subí directamente a mi cuarto. Tenía una carta que escribir y me puse a trabajar, y cuando ya la hube terminado me acerqué a la ventana de mi cuarto e inspeccioné la calle con la mirada. Las niñas ya se habían ido, pero Karl seguía al otro lado de la calle, y Josef e Irving seguían juntos. Empezaba a anochecer, y la calle estaba muy silenciosa.

No sé cómo sucedió, pero cuando Josef e Irving empezaron a cruzar la calle, yendo hacia Karl, vi cómo una nación entera hacía avanzar las líneas de su ejército hacia la frontera de otra nación, y los niños parecían tan inocentes y simpáticos, y las naciones se parecían tanto a los niños que no pude evitar reírme para mis adentros. «Oh», pensé, «quizá dentro de poco habrá otra guerra, y los niños armarán un gran escándalo en todo el mundo, pero seguramente será como lo que está a punto de suceder ahora mismo». Y es que estaba convencido de que Josef y Karl iban a expresar el odio que sentían el uno por el otro, ese odio que era estúpido y absurdo y consecuencia de la ignorancia y la inmadurez, pegándose el uno al otro, del mismo modo en que naciones enteras, a través de un odio estúpido, tratan de dominarse o aniquilarse unas a otras.

Sucedió al otro lado de la calle, dos niños se pegaban y un tercero lloraba, naciones enteras en guerra sobre la Tierra. No oí lo que Josef le dijo a Karl, o lo que Karl le dijo a Josef, y no estoy seguro de cómo empezó la pelea, pero creo que fue mucho antes de que los dos niños empezaran a pegarse, quizá un año antes, quizá un siglo antes. Vi cómo Josef tocaba a Karl, el uno y el otro niños buenos, y vi cómo Karl empujaba a Josef, y vi cómo el pequeño judío los observaba, horrorizado y mudo, casi aturdido. Cuando el pequeño teutón y el pequeño eslavo empezaron a pegarse en serio, el pequeño judío se echó a llorar. Era precioso…, no la pelea, sino el llanto del pequeño judío. El episodio apenas duró un instante, pero las consecuencias fueron totales, y la parte más perdurable y reconfortante fue ese llanto que oí. ¿Por qué lloraba? Él no estaba implicado. Él sólo era un testigo, como yo. ¿Por qué lloraba?

Ojalá supiera más del pequeño judío. Sólo puedo suponer que lloraba porque la existencia del odio y la fealdad en el corazón humano es una realidad, y hasta ahí alcanza mi teoría.

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