CINE EXPRESS: “La gata sobre el tejado de Zinc”

Helena Garrote Carmena

 

 

Año: 1958
País: Estados Unidos
Dirección: Richard Brooks
Actores: Elizabeth Taylor, Paul Newman, Burl Ives, Jack Carson, Judith Anderson, Madeleine Thornton-Sherwod, Larry Gates, Vaughn Taylor.
Género: Melodrama-familia

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Texto redondo de Tennessee williams.

Soberbia actuación de Liz Taylor e impecables todos los secundarios que arropan este drama sureño, en el que la temperatura de los acontecimientos va subiendo hasta resultar asfixiante para todos, excepto para mi adorado Paul Newman, que debía tener otras cosas en la cabeza cuando participó en esta joya.

Ella es la protagonista absoluta, es la gata que se revuelve y aguanta sobre el “tejado”, eso está claro. Entiendo la trama como un combate a dos, en el que ella golpea y él esquiva cada golpe desde la aparente impasividad, para mayor desespero y crecimiento de la furia de la gata, pero dentro de este hombre apático, también hay un hombre que sufre – motivos tiene de sobra- y debe hacerlo desde la contención y el amarre de emociones, pero no veo en Paul ni contención ni emoción. Una cosa es esquivar los golpes y otra, participar en el combate como vaca mirando el tren.

Ha puesto el autor en el texto motivos personales y elementos externos suficientes para que el personaje de Paul se ” remueva”, se “duela” mínimamente frente al ataque, pero lo único que veo en Paul Newman es dar la réplica oportuna, con cierta contundencia, porque lo manda el texto. El resto de su actuación es mera contemplación.

Teniendo en cuenta que la historia esta está contada en el tiempo que transcurre una jornada, me resulta extraño que un hombre pueda pasarse horas bebiendo whisky a palo seco y a buen trago y que no se altere, mínimamente su estado por los efectos del alcohol, no mostrando el más leve signo de embriaguez. Diría que está bebiendo té helado. Si sumamos que ese mismo hombre, con una pierna fracturada y escayolada desde el pie hasta la rodilla se pasa el día a saltitos por la habitación, sin torcer el gesto, empiezo a creer en superpoderes. Y todo esto le sucede habiendo perdido a su amado, y estando “acorralado” en una habitación, con una mujer que le provoca de todas las formas posibles: le reprocha, le suplica, le seduce, le culpa (que bien mostrado cada registro, Liz) no inmutándose en absoluto ante semejante presión. Tampoco un padre que va a morir y con el que parece tener asuntos pendientes, ni un fondo de cuellicortos chillando fuera, ni un supuesto calor del carajo hacen mella en él. Paul Newman no utiliza ninguno de los elementos que el autor le pone al personaje, no transita por emoción ninguna. Solo al final de la historia parece que reacciona, o tal vez, solo está recitando las últimas frases de este maravilloso texto.

Seguiré admirando y disfrutando este clásico, y seguiré preguntándome, en qué demonios estaba pensando mi pese a todo, adorado Paul Newman.

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