El orgasmo de “El Sapo”

José Luis Barrera

 

 

 

 

Lo que más me gusta del relato es que se parece a la vida: breve y terrible.

A diferencia de la novela, que puede darse el lujo de ir de la excitación al clímax pasando por más o menos aburridos estadios de meseta, el cuento es una explosión orgásmica tan inmediata como implacable.

Si no captura desde la primera línea, por lo general es un fracaso. Y entre más corta la historia, más evidente es tal aserto.

En el caso de “El sapo” de Estefanía Farias la brevedad se mezcla con el humor. A menudo se trata de humor amargo, pero es natural: el mundo ya no está para tibiezas y hay que reír para no llorar.

El libro se parece mucho a un diminuto museo donde las diferentes caras de la humanidad se dibujan sin piedad. Hay viejos, niños, deformes morales o deformes físicos. Hay bien y mal. Empero, todas las criaturas están atravesadas por lanzazos implacables de ironía que desnudan flaquezas y gorduras.

La autora ha escogido separar sus historias en cuadros, como tratando de conducir al lector a través de las salas de un museo, siendo que cada una corresponde a un periodo vital: desde la juventud con sus veleidades y sus maldades, hasta la vejez que colinda con la muerte y desde el deseo de matar hasta el de vivir.

Cada sala de este museo escritural forma parte de aquello que Balzac llamó la “Comedia humana”, pese a que lo adecuado habría sido “Tragicomedia humana”.

En “El sapo” las salas no siguen necesariamente el orden cronológico de la vida, es decir, del nacimiento a la muerte, porque se trata de retratar los estadios espirituales del ser humano, toda vez que no solo el cuerpo envejece, lo hacen también la mente y el alma.

Los relatos impactan porque, pese a su vertiginosidad, desenrollan con cuidado las pasiones humanas como si se tratasen de hebras del hilo de Ariadna.

Caminamos a tientas por el laberinto del alma humana, cuyas paredes parecen estar hechas de espejos en los que la figura del lector, con sus verrugas, lunares e incongruencias, se refleja implacable.

Cada página del libro tiene una ventaja adicional: no se cierra como una fábula de aquellas que inundan los libros de los escolares, sino que más bien queda inconclusa y los espacios en blanco que la propia maquetación del libro deja, parecen cascadas por las que el lector se precipita para armar su propia historia.

Justamente, el buen relato no es ese empeñado en cocinarlo todo y aun deglutirlo, sino más bien aquel que empuja a su lector a convertirse en escritor (no es necesario que tome una pluma, lo hace mejor con su imaginación), pues, al fin y al cabo, la lectura no sería un placer pleno si no tuviese mucho de orgasmo, es decir, una sensación tenaz de incompletitud en medio de la máxima felicidad.

Eso es “El sapo”.

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