Teoría de los vasos comunicantes

Helena Garrote Carmena

Hombre dormido (1861)-Charles Auguste Émile Durand

 

 

En pantalla un coche amarillo averiado en mitad de un campo, con una mujer y tres niños en su interior. También hay un perro; es muy grande, negro y de aspecto fiero. Tiene sangre en el hocico y está babeando delante del coche.

Yo, y toda la sala, nos preguntamos cómo van a poder salir de ahí esos desgraciados, cuyas cabecitas atemorizadas asoman en sus asientos. Todos, excepto Bernardo, que se ha quedado dormido hace un rato. Bernardo duerme como se duerme en los cines; manteniendo la postura recta, inmóvil, como si estuvieras despierto pero con los ojos cerrados, igual que duermen los patos y las vacas.

—Bernardo…, Bernardo…
—¡Qué!

Le he asustado.

— ¿Qué pasa?
—Te estas durmiendo…
—¿Yo?
—Sí. Te has quedado dormido.

El perro comienza a gruñir y a dar vueltas sigiloso alrededor del coche.

—¡No estoy dormido…! Además estas butacas son incomodísimas.

Bernardo se reacomoda en su asiento y abre exageradamente los ojos.

Primer Plano de la mirada asesina del perro.
Plano desde el interior del coche de los niños llorando asustados.
Plano detalle de la mano temblorosa de la mujer buscando algo en la guantera.

Bernardo ahora tiene la barbilla pegada al cuello. Se ha vuelto a dormir.

—¡Bernardo….!

Le doy un ligero golpecito con el codo.

—¡Que pasa! ¿Todavía está ese perro ahí? ¡Joder, que asco de perro!

Un chillido colectivo en la sala. La fiera ha saltado al capó, ladra y golpea el cristal con sus poderosas patas.

Plano corto desde el interior del coche, de la boca colgosa y las fauces sanguinolentas del animal pegadas al cristal.

Primer plano de la mujer temblorosa con una pistola entre las manos.

Bernardo ronca. No me lo puedo creer.

—¡Bernardo!

Suenan dos disparos.

—No aguanto más. ¡Que mierda de película!. Me voy. Te espero fuera.

Bernardo se levanta, remueve a unas ocho personas a su paso y enfila a la salida.

Los impactos de bala han quebrado la luna pero no han acertado al perro, que se enfurece más aún, e intenta meter la cabeza entre los cristales rotos gruñendo terroríficamente.

Vibra mi móvil. La pantallita silenciosa se ilumina. Mensaje de Bernardo:

“No encuentro las llaves del coche. Mira en tu bolso. Está lloviendo”.

Plano corto del perro con medio cuerpo ya dentro del coche.
Primer plano de la mujer chillando aterrorizada intentando esquivar al animal.
Plano de los niños gritando ¡Mamá! ¡Mamá!

Nuevo mensaje de Bernardo:

—¿¿Encuentras las llaves??

¡Me estoy empapando!

No puedo más. Me levanto, incomodo a toda la fila y busco rápida la salida. Un revuelo de gritos en la sala es lo último que escucho mientras se cierra la puerta.

Rebusco en el bolso. Mensaje de Bernardo. No contesto.

—Las llaves, ¡donde he echado las llaves¡

Miro al exterior. ¡La que está cayendo!.

Me cubro la cabeza con la chaqueta y salgo. La tormenta difumina el campo de visión y me dificulta encontrar el coche. Tampoco localizo la figura de Bernardo bajo la lluvia. Recorro todo el parking, estoy empapada. De repente dos faros me deslumbran intermitentemente y me detengo en seco, como un conejo.

Adivino la calva de Bernardo en el interior. Se abre la puerta del copiloto y me meto rápidamente.

—Encontré las llaves. ¿Al final que ha pasado?,— sarcástico—¿Se los come el perro?

Primer plano de mi cara encolerizada.

—Arranca Bernardo…

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