Tonka (Final)

Robert Musil

 

 

VI

Pues en una sola mañana todo se había convertido en un zarzal.

Habían pasado algunos años desde que vivían juntos, cuando un día Tonka se notó embarazada, pero no fue en un día cualquiera, sino que el cielo había escogido para ello una fecha que, según cálculos suyos, reveló que la concepción caía en realidad en una época de ausencia y de viajes, pero Tonka pretendió haberse dado cuenta de su estado sólo cuando sus comienzos ya no se podían averiguar con demasiada exactitud.

En tal situación hay ideas que a cualquiera le pasan por la cabeza; pero en su alrededor no hubo ningún hombre a quien relacionar en serio con el asunto.

Algunas semanas después, el destino se manifestó aún con más claridad: Tonka enfermó. Era una enfermedad que llega a la sangre de la madre o bien procedente del hijo o bien, aun sin éste, viene del mismo padre; era una enfermedad espantosa, grave, perniciosa, pero lo mismo que si tomara el camino más directo o el más lejano, lo curioso fue: en ninguno de los casos había transcurrido el tiempo necesario para que se manifestara. Por otra parte, según el saber humano, él no estaba enfermo, así que o bien un proceso místico le unía a Tonka, o bien ella había incurrido en una culpa humana y vulgar. Desde luego, entraban también otras posibilidades naturales —teóricas, platónicas, según se dice—, pero su probabilidad era prácticamente nula; materialmente era casi seguro que no era ni el padre del hijo de Tonka, ni el causante de su enfermedad.

Detengámonos un momento para comprender lo difícil que le resultó entenderlo. ¡Un ejemplo práctico! Si vas a ver a un comerciante y, en vez de abrirle una perspectiva que despierta pronto su avidez, le diriges un largo discurso sobre la época en que vivimos y sobre lo que en realidad tendría que hacer un hombre rico, entonces sabrá que has venido para robarle el dinero. En esto no estará equivocado, aunque hubieras podido venir también para darle consejos. Tampoco un juez no duda ni un momento cuando el acusado le cuenta que el cuerpo de delito encontrado con él lo recibió de un «hombre desconocido». Y, sin embargo, alguna vez podría incluso suceder que fuera verdad. Pero la vida real se basa en que no hay que contar con todas las posibilidades, ya que las más inverosímiles podemos decir que prácticamente no se dan nunca. Pero, ¿y teóricamente? El viejo médico, el primero a quien había consultado acompañando a Tonka, tras haberse quedado a solas con él, se había encogido de hombros: ¿Posible? Ciertamente tampoco imposible; miraba con unos ojos buenos y suplicantes, pero pareció querer decir: No perdamos el tiempo con algo que carece de la probabilidad necesaria para el juicio humano. Un hombre de letras tampoco no es más que un ser humano y antes de aceptar una cosa médicamente improbable, prefiere suponer que la causa es una falta humana; en la naturaleza las excepciones son raras.

El resultado fue, pues, una especie de pleitomanía médica. Consultó muchos médicos. El segundo sacó la misma conclusión que el primero, y el tercero, la misma que el segundo. Regateó. Procuró hacer chocar unos contra otros los conceptos de diversas escuelas médicas. Los señores le escucharon en silencio o también con una amable sonrisa, como a un loco y estúpido incorregible. Y naturalmente él mismo sabía mientras hablaba que hubiera podido preguntar igualmente: ¿Es posible la fecundación virginal? Y se le hubiera podido contestar únicamente: aún no se ha dado nunca. ¡Sería, sin embargo, un cornudo incorregible si quisiera creer esto!

Tal vez se lo dijera a la cara alguien con quien hablara, o bien se le ocurriera a él solo; de todos modos, hubiera podido venirle la idea. Pero precisamente porque uno no sería capaz de abrocharse el botón del cuello si antes quisiera recordar todas las posibles combinaciones de los dedos para hacerlo, junto a la certidumbre de su razón hubo otro hecho inmediato: la cara de Tonka. Uno camina por entre los campos de trigo, siente el aire; el vuelo de las golondrinas, a lo lejos las torres de la ciudad, muchachas cantando…; uno está apartado de todo lo real, se encuentra en un mundo que no conoce el concepto de la verdad. Tonka quedaba allá cerca de aquel mundo de las leyendas. Era el mundo del Ungido, de la Virgen y Poncio Pilatos, y los médicos dijeron que había que cuidar mucho a Tonka para que en su estado no peligrara su vida.

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VII

Desde luego, a pesar de ello intentó de vez en cuando arrancarle a Tonka una confesión; que para eso era un hombre y no un loco. Pero ella trabajaba entonces en un comercio grande y feo de un barrio obrero; por las mañanas tenía que estar allí a las siete y por las noches salía lo más temprano a las nueve y media, a menudo por unos cuantos peniques que pagaba un cliente retrasado; no vio nunca el sol, de noche durmieron separados, y no encontraron tiempo para recrear sus almas. Tuvieron que temer incluso por esta pobre vida cuando los demás se dieran cuenta del embarazo, pues por entonces ya estaban metidos en dificultades económicas; él había gastado el dinero destinado a sus estudios y no era capaz de ganarlo, lo cual al principio de una carrera científica es sumamente difícil; había llegado ya tan cerca a la solución a sus investigaciones —sin haberla aún encontrado— que necesitaba de todas sus fuerzas para el logro final. Con esta vida sin sol y llena de preocupaciones, Tonka desmejoraba, y desde luego desflorecía sin aquella belleza de algunas mujeres que al decaer exhalan un aire embriagante; se marchitó insignificante como una pequeña verdura que amarillea y se pone fea al perder su vivo verdor. Las mejillas se volvieron pálidas y hundidas, por lo que la nariz sobresalía muy grande en su cara, la boca parecía ancha e incluso las orejas le quedaban algo separadas de la cabeza; también su cuerpo enflaqueció y donde antes había carne en flexible abundancia, ahora traslucía sus huesos de campesina. Como él, con su cara distinguida, resistió mejor las penas y le duraron más tiempo los trajes buenos de antes, notaba la mirada asombrada de uno y otro transeúnte al salir con ella. Y al no ser libre de vanidad, el hecho de no poder comprarle vestidos bonitos le irritó contra Tonka; estuvo enfadado con ella por su pobreza de la que él tenía la culpa. Pero, en verdad, pudiéndolo hacer le hubiera comprado primero unos trajes bonitos y suaves para futura mamá y sólo después le hubiera pedido explicaciones por su infidelidad. Al intentar arrancarle el reconocimiento de su culpa, Tonka la negaba. Ella no sabía cómo había sucedido. Cuando le pidió, por la vieja amistad que los unía, que no le mintiera, su cara adoptó una expresión atormentada y cuando él se puso furioso, sólo dijo que no mentía ¿y qué más se puede hacer entonces? ¿Hubiera debido pegarla e insultarla, o abandonarla en su terrible situación? Ya no dormía más con ella, pero ni puesta en el tormento hubiera confesado ni una palabra, por el solo hecho ya de que había quedado callada desde que notó su desconfianza; esta obstinada testarudez le dejó más indefenso desde que su soledad ya no fue aliviada por los encantos de Tonka. Tuvo que estar tenaz y ponerse al acecho.

Había decidido pedir a su madre una ayuda monetaria. Pero desde hacía tiempo el padre se encontraba entre la vida y la muerte, y así todo el dinero disponible estaba reservado para él; no lo pudo comprobar, aunque sabía que su madre estaba preocupada ante la posibilidad de que, a la larga, quisiera casarse con Tonka.

Incluso se inquietaba pensando que no habría nunca otra boda porque Tonka estaba por medio; y cuando todo sufrió demora, tanto en los estudios y en el éxito de su carrera como en la enfermedad de su padre, y las preocupaciones en la casa no cesaron, fue Tonka quien más o menos tuvo la culpa de todo; la consideraron no sólo el motivo principal de una serie de desgracias, sino incluso un desgraciado augurio que pronosticaba mala suerte, ya que por su culpa el curso normal de la vida de ellos había sido perturbado por primera vez. En las cartas que recibió y en sus visitas a la casa paterna, se había manifestado esta confusa convicción que, en el fondo, o no consistía en nada más que en el presentimiento de un oprobio para la familia, pues el hijo se dejaba atar «por una chica de éstas», más de lo que era costumbre entre los demás jóvenes. Hyazinth tuvo que advertírselo y cuando el muchacho le contradijo enérgicamente, consternado por esta inconfesada superstición y pensando en sus propias experiencias imprudentes y dolorosas, Tonka fue llamada una «chica olvidada de su deber», que no respetaba la paz de una familia; junto con toda la inexperiencia de la vida, propia de las madres honradas, salieron a la luz del día unas torpes alusiones a los «artes sensuales» con los que «le tenía preso». Estas alusiones se notaban también en la contestación que acababa de recibir, como si cada penique lo llevara a la desgracia si lo gastaba con Tonka. Decidió volver a escribir para confesarles que era padre del hijo que Tonka esperaba.

La contestación fue la llegada de su madre.

Vino «para ordenar los asuntos».

No puso pie en su piso, como si tuviera que temer encontrarse allí con algo insoportable; lo citó en el hotel.

Había logrado vencer una ligera confusión con su sentido del deber; habló de la gran preocupación que él constituía para ellos, del peligro para la enfermedad de su padre y de unos vínculos que podían atarle toda la vida; con pillería poco diestra tocó todas las teclas del sentimiento, pero un tono de indulgencia que acompañaba todas sus palabras la salvó de la curiosidad recelosa de su oyente, aburrido por la astucia descubierta ya. «Esta desgracia podría convertirse incluso en una suerte», dijo, «y entonces uno se habría llevado sólo el susto: ¡había que procurar únicamente que en un futuro no volvieran a pasar tales hechos!»

Por lo que, a pesar de todas las dificultades, había inducido al padre a sacrificar cierta suma. Con ella se indemnizaría a la muchacha, incluidos los derechos del niño, reveló hablando como de un gran favor.

Con gran sorpresa suya, su hijo preguntó tranquilo a cuánto ascendía la oferta y escuchó la respuesta; con más tranquilidad aún movió luego la cabeza en señal de negación y contestó simplemente: «No puede ser».

Alentada por la esperanza, ella respondió: «¡Tiene que ser posible! No seas ofuscado; muchos jóvenes cometen tonterías parecidas a la tuya, pero aprenden la lección. Precisamente ahora se ofrece una buena ocasión de librarte, no dejes de aprovecharla por un equivocado sentido del honor, ¡te lo debes a ti mismo y a nosotros!»

«¿Por qué una buena ocasión?»

«Ciertamente. La muchacha será más sensata que tú; sabrá que tales relaciones suelen romperse cuando hay un hijo.»

Dejó la contestación para el día siguiente. Algo en él se había encendido.

Su madre, los médicos con la sonrisa del sentido común, el Metro que se deslizaba suavemente cuando iba a reunirse con Tonka, el guardia con sus gestos firmes que desenredaban el caos, la cascada atronadora que era la ciudad: todo ello fue una misma cosa; él se encontró en el vacío solitario que había debajo —sin mojarse, pero incomunicado.

Preguntó a Tonka si lo haría.

Tonka dijo que sí. Este sí fue terriblemente ambiguo. Tan sensato como lo había predicho su madre, pero la boca que lo dijo temblaba perturbada.

Sin que ella se lo preguntase, al día siguiente le dijo en la cara a su madre que tal vez ni siquiera fuera el padre del hijo de Tonka, que Tonka estaba enferma, pero que a pesar de ello quería considerarse como padre e incluso como enfermo, antes que abandonar a Tonka.

Rendida ante semejante ceguera, su madre sonrió mirándolo con ternura y se fue. Sabía que ahora su madre había recibido el gran ímpetu de proteger al hijo de sus entrañas contra el oprobio, y él se había creado un enemigo poderoso.

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VIII

Por fin Tonka perdió su empleo; casi había estado ya intranquilo porque esta desgracia se había hecho esperar tanto. El hombre de negocios al que Tonka servía era un hombre bajo y feo, pero en su miseria les había parecido de una fuerza sobrenatural. Durante semanas enteras lo habían hablado entre los dos: «tiene que saberlo, pero es buena persona y no da empujones cuando uno está en la desgracia»; y otra vez: «no lo nota; ¡gracias a Dios, no lo ha notado todavía!» Pero un día Tonka fue llamada al despacho y se la preguntó sin rodeos por su estado. No pudo contestar, pero los ojos se le llenaron de lágrimas. Y al hombre sensato no le conmovió que ella no pudiera decir palabra; le pagó el sueldo de un mes y la despidió en el acto. Se había enfadado tanto que empezó a vociferar, diciendo que ahora necesitaba una sustituta y que Tonka le había engañado al ocultarle su estado cuando aceptó el empleo; no mandó salir ni siquiera a la otra dependienta cuando le dijo esto. Después Tonka se sintió muy mala persona, pero también él admiró en secreto a ese comerciante miserable, pequeño e insignificante que no había vacilado ni un momento en sacrificar a Tonka en beneficio de sus negocios; con ella sacrificaba sus lágrimas, un hijo y Dios sabe qué inventos, qué almas, qué destino humano, ya que todo lo ignoraba, ni tampoco preguntaba por ello.

En adelante tuvieron que comer en pequeñas fonduchas, donde en medio de la suciedad y grosería les sirvieron por pocos peniques unas comidas que no le sentaban bien. Recogió a Tonka para estas comidas, puntual y cumpliendo con un deber. Con sus trajes elegantes hizo un papel muy extraño entre los dependientes y ordenanzas, serio, callado, fiel al lado de su compañera embarazada, inseparable. Le dirigieron muchas miradas burlonas y algunas aprobatorias que no abrasaban menos que las primeras. Fue un curioso andar por el mundo, con la cabeza llena de su invento y con la convicción de la infidelidad de Tonka, en medio del rudo recelo humano de la metrópolis. Hasta entonces nunca había sentido con tanta fuerza la responsabilidad común que por todo el mundo llevamos; en cualquier calle que atravesó encontró a los hombres cazándose e hipando como una jauría de perros estrepitosos; cada uno lleno de codicia individual y, sin embargo, todos juntos formando una traílla; fue solamente él quien no tuvo a nadie a quien pedir ayuda, ni a quien contarle su vida siquiera; no había tenido nunca tiempo para los amigos, o no se había interesado por tenerlos o bien no tenía atractivo para ellos: sus ideas pesaban sobre él y éste es un peso que hace peligrar la vida mientras los hombres no han descubierto aún lo que pueden sacar en su provecho. No sabía ni hacia dónde dirigirse para buscar ayuda; era un extraño. ¿Y quién era Tonka? ¿Una persona de su mismo ingenio? No, en concordancia significativa ella era un ser extraño con su secreto encubierto que se había acogido a él.

Había una pequeña grieta que dejó ver un lejano esplendor y hacia él empezaron a encaminarse sus pensamientos. Trabajaba en un invento cuyo significado, al fin y al cabo, sería también grande para los demás y, cosa segura, aparte del intelecto hubo aún otros componentes: un valor, una confianza y un presentimiento que no engañaban nunca, un sano sentimiento de la vida que era una estrella a la que seguiría. También él se fió sólo de las mayores probabilidades y siempre acertó escogiendo una de ellas; para encontrar aquello cuya heterogeneidad quiso descubrir, confió en que todo sería como siempre; si hubiese querido examinar todas las dudas posibles de la misma forma que lo hizo con Tonka, no hubiera llegado nunca a ningún fin: Pensar significa no pensar demasiado y no se puede hacer ningún invento sin renunciar, en cierto modo, a lo infinito del genio inventivo. Esta mitad de su vida pareció estar amparada por la estrella que era la suerte incomparable o el secreto. Y la otra mitad estuvo a oscuras. Participaba ahora con Tonka en las apuestas de caballos. Salió la lista del sorteo; había esperado a Tonka, quisieron comprar y estudiar la lista en el camino.

Se trató de un sorteo miserable, con un solo premio de pocos miles de marcos; pero esto no tuvo ninguna importancia, podía solucionarles el futuro más próximo. Y aunque hubieran sido sólo unos cuantos centenares de marcos, hubiera podido comprarle a Tonka los vestidos más imprescindibles y ropa, o sacarla de su ático de condiciones poco saludables. Si les hubieran tocado tan sólo veinte marcos, esto significaría un estímulo y él hubiera comprado nuevos billetes de lotería. Incluso si les tocasen sólo cinco marcos, sería una señal de que el intento de volver a enlazar con la vida en tierras desconocidas estaba consentido.

Pero ninguno de los tres billetes fue premiado. Desde luego entonces hizo ver que los había comprado sólo para bromear; ya cuando esperaba a Tonka, sintió un vacío que anunciaba un fracaso; pero probablemente, a pesar de todo, había vacilado entre sus deseos y la desesperación, o bien fuera porque en su situación incluso veinte peniques gastados por una lista inútil significaban una pérdida: de repente sintió que había un poder invisible que le estaba adverso, y se notó rodeado de hostilidad.

En lo sucesivo se volvió muy supersticioso, es decir, sólo aquel hombre que por las tardes recogía a Tonka, mientras que el otro trabajaba como un hombre de letras. Poseía dos sortijas que, sin embargo llevaba alternativamente. Las dos eran de valor, pero una era refinada y antigua, mientras la otra era un regalo de sus padres, que nunca había tenido en mucha estima. Entonces notó que los días en que llevaba la sortija nueva, que era sólo una sortija cara pero vulgar, quedaba más protegido de nuevos empeoramientos de su situación que no en los días en que llevaba la sortija buena; desde entonces no se atrevió a ponérsela más, sino que llevó la otra a modo de un yugo que se le había puesto. También tuvo suerte un día en que por casualidad no se afeitó; cuando lo hizo al día siguiente, a pesar de que su sentido de observación se lo había advertido, la infracción quedó castigada por una nueva y miserable desgracia —de aquellas que sólo en la situación en que se encontraba eran una desgracia, en vez de una ridiculez—: desde aquel momento ya no pudo decidirse más a meterse con su barba; creció, sólo fue cortada cuidadosamente en punta y la llevó en todas las tristes semanas que aún fueron siguiendo. Esta barba le desfiguraba, pero era como Tonka: cuanto más fea, más cautelosamente cuidada. Tal vez su sentimiento por ella se enterneciera a la medida de ser desengañado, ya que la barba, en el fondo, era tan buena porque de aspecto era tan fea. A Tonka la barba no le gustaba y no la comprendía. Sin Tonka no hubiera llegado a saber lo fea que era esta barba, puesto que uno sabe muy poco de sí mismo cuando no tiene a otros en que reflejarse. Y dado que uno no sabe nada, quizás a veces deseara que Tonka estuviera muerta para que esta vida insoportable se acabara; a su barba sólo la quería porque todo lo disimulaba y escondía.

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IX

De vez en cuando aún la sorprendió a mansalva con una pregunta de fingida ingenuidad cuyo tono correcto debió hacer resbalar la precaución de Tonka. Pero aún con más frecuencia tuvo ataques repentinos. «Es totalmente absurdo negar los hechos, por lo que te pido que me digas de una vez cómo ha podido pasar, para que vuelva a haber sinceridad entre nosotros», dijo con voz insinuante. Pero ella le daba siempre la misma respuesta: Échame a la calle si no quieres creerme; al decir esto, abusaba ciertamente de su situación indefensa, pero al mismo tiempo era seguramente la respuesta más sincera, puesto que no sabía defenderse ni alegando razones médicas, ni filosóficas, y sólo podía responder de la sinceridad de sus palabras con la sinceridad de su persona.

La acompañaba en sus paseos, pues no se atrevía a dejarla sola; no temía nada concreto, pero le inquietaba saberla sola en las calles anchas y desconocidas. Cuando por las tardes la recogía y andaban juntos, y cuando en el crepúsculo les salía al encuentro un hombre que no los saludaba, a veces parecía ser un conocido y Tonka se sonrojaba aparentemente; entonces solía surgir de repente el recuerdo de que en el pasado, en cualquier ocasión, habían estado acompañados de aquella persona y a la vez —con la misma seguridad que correspondía a la cara inocente de Tonka— surgía la convicción: ¡éste era el hombre! Una vez pareció ser un rico meritorio de una casa exportadora a quien conocían muy poco y en otra ocasión, el tenor de un caféconcierto que había perdido la voz y había vivido en casa de la misma patrona de Tonka. Siempre se trataba de figuras de una relación grotescamente lejana que fueron arrojadas al recuerdo igual que un paquete atado y sucio que contiene la verdad, y que al primer intento de desatarlo se deshace en una polvareda de penosa incapacidad.

Estas evidencias de la infidelidad de Tonka tuvieron aire de sueños. Tonka las soportó con su humildad conmovedora y llena de silenciosa ternura: ¿¡Pero cuántas cosas pudo significar esta humildad!? Y al repasar todos los recuerdos, ¡qué ambiguos eran todos! La manera sencilla, por ejemplo, de que se había acogido a él pudo ser indiferencia o seguridad del corazón. La forma como le servía fue pereza o felicidad. ¡Si era apegada como un perro, también pudo ser que siguiera como un perro a cualquier amo! Esto lo había sentido en seguida en aquella primera noche, ¿pero fue también la primera noche para ella? Había observado sólo los indicios psíquicos, pero de ningún modo los físicos fueron muy perceptibles. Ahora era demasiado tarde. El silencio de Tonka lo envolvió todo y pudo significar inocencia u obstinación, lo mismo que astucia o dolor, arrepentimiento o miedo; pero también vergüenza para él. Y, sin embargo, aunque hubiera podido volver a vivirlo todo, esto no le hubiera facilitado las cosas. Desconfía de una persona y verás que las señales más claras de su fidelidad se te convertirán en señales de su infidelidad, pero confíate en ella y notarás como las pruebas más evidentes se vuelven indicios de una fidelidad no comprendida que llora como un niño ante una puerta cerrada. Ningún hecho pudo ser interpretado aisladamente, una cosa dependía de la otra, hubo que fiarse o desconfiar del conjunto de los hechos, amarlos o tomarlos por un engaño; conocer a Tonka significó en cierto modo tener que contestarle, darle a entender quién era ella; lo que era dependía casi solamente de él. Entonces vio a Tonka borrosa y suavemente brillante, como en un cuento de hadas.

Escribió a su madre: Sus piernas son iguales de largas del suelo hasta las rodillas como de las rodillas hasta arriba, y es que son largas y saben andar como gemelas, sin cansarse. Su piel no es fina, pero la tiene blanca y sin defectos. Sus pechos son casi demasiado pesados y en los sobacos tiene un pelo moreno y velludo; en su cuerpo esbelto y blanco esto hace un efecto realmente vergonzoso. Las melenas le tapan las orejas y a veces piensa que ha de encresparse el cabello y hacerse un moño; entonces parece una criada y esto es, seguramente, lo único que ha hecho de malo en su vida…

O bien contestó a su madre: Entre Ancona y Fiume o también entre Biddlekerke y una ciudad desconocida, hay un faro y todas las noches su luz resplandeciente aparece en el mar como un abanicazo; igual que un abanicazo, y seguidamente no se ve nada, mas en seguida vuelve a verse algo. Y en el valle del Venna hay edelweiss en las praderas.

¿Es esto geografía o botánica o náutica? Esto es una cara, es algo que existe, que existe única y eternamente y, por lo tanto, es como si no existiera. Y si no, ¿qué es?

Desde luego, estas respuestas disparatadas no las mandó nunca a su destino.

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X

Faltaba algo indefinible para convertir la convicción en una auténtica convicción.

Una noche había viajado con su madre y Hyazinth y a eso de las dos, con aquel cansancio despiadado que hace que los cuerpos se muevan en el tren de un lado para otro en busca de apoyo, le pareció que su madre se apoyaba en Hyazinth, los dos llenos de complicidad y Hyazinth cogiéndole la mano. Entonces los ojos se le habían dilatado de ira, ya que le daba pena su padre; cuando se inclinó hacia delante, Hyazinth estaba sentado solo y su madre tenía la cabeza inclinada hacia el lado opuesto. Al cabo de un rato, cuando volvió a reclinarse, todo se repitió. Tal fue el tormento ocasionado por la mirada imprecisa, o bien así de imprecisa fue la mirada a causa del tormento de la oscuridad. Por fin se dijo que estaba convencido y se propuso que a la mañana siguiente pediría explicaciones a su madre; pero cuando se hizo de día, este propósito se había desvanecido igual que la oscuridad. En otra ocasión, la madre se puso indispuesta en un viaje y Hyazinth, que tuvo que escribir al padre en su lugar, preguntó sin mucha gana: ¿Pero qué le tengo que decir? — ¡él, quien escribía cartas de varias hojas a su madre siempre que estaban separados!—: entonces hubo riña, pues el muchacho se enfadó de nuevo y la indisposición de su madre empeoró, pareció ponerse de cuidado, hubo que ayudarla, y en este empeño las manos de Hyazinth se cruzaban continuamente con las suyas y continuamente las apartaba bruscamente. Hasta que Hyazinth preguntó con voz casi triste: «¿pero por qué me apartas siempre?» Entonces se asustó del tono infeliz de esta voz. Tal es la ignorancia de las cosas que uno sabe o quiere.

Esto es comprensible; pero él pudo estar sentado en su cuarto, atormentado por los celos, y decirse que no estaba celoso de ninguna manera, sino que era otra cosa distinta, remota, curiosamente inventada, a pesar de que éstos fueron sus propios sentimientos. Cuando alzaba la vista, no faltaba nada. El papel de la pared era verde y gris. Las puertas eran de un color pardo rojizo y estaban llenas de inmóviles reflejos. Los goznes de las puertas, hechos de cobre, eran oscuros. En la habitación había una silla de caoba tapizada de terciopelo granate. Pero todas estas cosas parecían estar inclinadas, caídas hacia delante, casi como si se tumbasen a pesar de su postura vertical; le parecían infinitas y absurdas. Se frotaba los ojos, miraba a su alrededor, pero el efecto no se lo producían sus ojos. Eran las cosas mismas. De ellas valía decir que la creencia en ellas tuvo que existir antes que ellas mismas; cuando el mundo no se mira con los propios ojos del mundo, sino que uno ya lo tiene enfocado, entonces se descompone en pedazos incoherentes e inútiles que viven tan tristemente separados unos de otros como las estrellas en la noche. Sólo tuvo que mirar por la ventana y de repente en el mundo de un cochero que estaba esperando allá abajo, se metió en el mundo de un empleado que pasaba y se formó en la calle un montón de pedazos, un asqueroso lío de cosas que se mezclaban, entretejían y arrimaban entre sí, un caos de puntos centrales que iban recorriendo sus trayectorias y alrededor de cada uno de ellos, un círculo de gozo del mundo y de confianza propia; todo esto eran soportes para ir con la cabeza alta por un mundo que no sabía ni dónde era arriba, ni dónde abajo. El querer, saber y sentir están como aovillados; uno se da cuenta sólo cuando pierde el extremo del hilo; ¿pero tal vez sea posible andar por el mundo de otro modo que no sea guiándose por el hilo de la verdad? En tales momentos, cuando un barniz frío le separaba de todos los demás, Tonka fue más que un cuento de hadas; entonces fue casi un apostolado.

Se dijo a sí mismo: o bien tengo que casarme con Tonka, o bien debo abandonar a ella y a estas ideas.

Pero nadie le tomará a mal si con tales razones no hizo ni una cosa ni otra. Pues todos estos pensamientos o impresiones puede que tengan su legitimidad, pero hoy nadie duda de que la mitad de ellos son solamente quimeras. Por lo tanto, los pensó, pero no los pensó muy en serio. A veces sí que se sintió como puesto a prueba, pero cuando se despertaba y hablaba consigo mismo como con un hombre verdadero, tuvo que confesarse que tal prueba consistió tan sólo en la pregunta que si quiso creer en Tonka a la fuerza, en contra del noventa y nueve por ciento de probabilidad de que había sido engañado y de que era un imbécil. Por cierto, esta posibilidad vergonzosa había perdido ya gran parte de su importancia.

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XI

De modo curioso, aquél fue un período de grandes éxitos científicos para él. Había resuelto su tarea en sus rasgos principales y pronto tenían que notarse las consecuencias. Ya fue gente a buscarle. Le proporcionaron gran seguridad interior, a pesar de que hablaron de química. Todos creían en la probabilidad de su éxito; ¡ya subía al noventa y nueve por ciento! Y se aturdió con el trabajo.

Pero mientras su persona burguesa se fortalecía y entraba, por decirlo así, en un estado de madurez vital, sus pensamientos no seguían ya su curso fijo cuando dejaba de trabajar; bastaba con que algo evocara la existencia de Tonka para que empezaran a surgir en su mente figuras que se relevaban unas a otras, sin dar a conocer su significado, como unos desconocidos que se encuentran a diario, mutuamente, en el mismo camino. Allí estaba el dependiente-tenor de quien había sospechado una vez, y todos aquellos en los que había tenido una seguridad en otro tiempo. No hacían gran cosa, existían simplemente; o incluso cuando hacían lo más horrible, esto no significaba gran cosa; y dado que a veces eran dos o más en una persona, uno no podía estar simplemente celoso, sino que estos sucesos se volvían tan transparentes como el aire más puro e incluso más claros aún, hasta alcanzar una libertad y un vacío libre de todo egoísmo, debajo de cuya cúpula invariable transcurrían minúsculos los azares de la vida mundial. A menudo esto se convertía en sueños —o tal vez en un principio lo hubieran sido—, sobre cuyo pálido mundo de sombras él se levantaba cuando quedaba libre del peso de su trabajo, como si fuera para avisarle que este trabajo no era su vida auténtica.

Estos sueños verdaderos eran más bajos y más feos que sus pensamientos cuando estaba despierto; eran calientes como unos cuartuchos abigarrados, de techo bajo. En ellos Tonka fue acusada por su tía de no tener alma, pues no había llorado en el entierro de la abuela; un hombre feo confesó ser el padre del hijo de Tonka y ella, cuando le dirigió una mirada interrogante, por primera vez no lo negó, sino que permaneció inmóvil, con una sonrisa inmensa; esto había sucedido en una habitación con plantas verdes, alfombras rojas y con estrellas azules en las paredes, pero cuando levantó la vista buscando lo infinito, las alfombras eran verdes, las plantas tenían grandes hojas de color rubí, las paredes brillaban amarillas como la suave piel de una persona, y Tonka estaba allí azul como la luz clara de la luna. Casi se refugiaba en estos sueños como en una modesta felicidad; tal vez no fueran más que cobardía, debían decir solamente que Tonka tenía que confesar su culpa para que todo se arreglara; la frecuencia de estos sueños le perturbó mucho, pero no tenían aquella tensión insoportable del estar medio despierto que le llevaba a alturas cada vez mayores.

En estos sueños Tonka era siempre grande como el amor y ya no la pequeña y débil dependienta que era en realidad, pero, por otra parte, cada vez tenía otro aspecto distinto. A veces era su propia hermana menor que no había existido nunca y muchas veces no era más que el crujido de sayas, el sonido y tono de otra voz, el movimiento más extraño y sorprendente, toda la tentación delirante de las aventuras desconocidas que, de un modo que sólo existe en los sueños, provenían del conocimiento íntimo de su nombre y que ofrecían un fácil contento de posesión ya en el momento en que aún eran la mera ansia de lo que quedaba por lograr.

Con estas dobles imágenes surgían en él un afecto, al parecer sin vínculos y todavía insubstancial, y una ternura sobrenatural, pero no se podía decir si en estas visiones querían separarse de Tonka o bien unirse a ella. Cuando meditaba sobre esto, adivinaba que esa misteriosa capacidad de transferencia e independencia del amor tenían que mostrarse también cuando estaba despierto. La persona amada no es el origen de los sentimientos aparentemente provocados por ella, sino que éstos se colocan tras ella como una luz; pero mientras en los sueños existe aún una sutil hendidura por la que el amor se destaca de la amada, esta hendidura desaparece cuando estamos despiertos, como si sólo fuéramos las víctimas de un juego con dobles y se nos obligara a tener por maravillosa a una persona que no lo es en absoluto. No pudo decidirse a colocar la luz detrás de Tonka.

Como pensaba mucho en los caballos, seguramente tenía que ver con ello y significaba algo una cosa extraordinaria. Tal vez lo fueran Tonka y las apuestas de caballos con los billetes no premiados, o bien su infancia, ya que en ella hubo bonitos caballos bayos y píos con arreos pesados, guarnecidos de latón y pieles.

A veces se enardecía en él de repente el corazón infantil para el cual la magnanimidad, la bondad y la fe aún no son deberes de los que se descuida uno, sino que son caballeros en el jardín encantado de las aventuras y los rescates. Pero tal vez fuera tan sólo el último chisporroteo antes de apagarse el fuego, la irritación de una cicatriz que se iba formando. Los caballos siempre arrastraban leña; debajo de sus herraduras, el puente se sonaba con el ruido sordo de la madera y los leñadores llevaban sayos cortos a cuadros, de color violeta y pardo. Todos se quitaban los sombreros ante una cruz grande con un Cristo de hojalata que se alzaba en la mitad del puente, y sólo un chiquillo que en invierno los observaba al lado del puente, no había querido quitarse el suyo porque ya era listo y no tenía fe. De repente ya no pudo abrochar su chaqueta; no logró hacerlo. El frío le había paralizado los deditos; cogieron un botón y lo acercaron con dificultad, pero en cuanto quisieron hacerlo pasar por el ojal, éste había vuelto a su sitio y los dedos se quedaron suspensos y perplejos.

Por muchas veces que lo intentaran, siempre terminaron rígidos y torpes.

Y era éste el recuerdo que le vino a la memoria con particular frecuencia.

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XII

Entre estas incertidumbres el embarazo avanzó e hizo patente la realidad.

Tonka empezó a andar como llevando una carga y como si necesitara un brazo que la apoyara, con su barriga pesada y misteriosamente caliente; empezó a sentarse con las piernas abiertas, de aquella manera torpe y fea que conmueve; llegaron todos los cambios que trae consigo el proceso prodigioso que, sin vacilar, transformó al cuerpo de muchacha en un folículo, cambiando todas las medidas, ensanchando las caderas y bajándolas, quitándoles su forma aguda a las rodillas, fortaleciendo el cuello y convirtiendo los pechos en ubres, atravesando la piel del vientre con vénulas rojas y azules, de manera que uno se asustaba al ver cuan cerca del mundo exterior circulaba la sangre, como si esto pudiera indicar la muerte. La nueva silueta se esforzaba, con mucha paciencia, en abarcar toda aquella deformidad y el desequilibrio humano se reflejaba también en la expresión de los ojos; miraban algo atontados, descansando detenidamente en los objetos y soltándolos con mucha torpeza. A menudo Tonka dejaba descansar su mirada también en él. Volvió a ocuparse de sus pequeños asuntos y le sirvió penosamente, como si aún al final le quisiera demostrar que sólo vivía para él; en sus ojos no había ni pizca de vergüenza por su fealdad y deformación, sino sólo el deseo de hacer por él cuanto podía con sus movimientos entorpecidos.

Entonces volvían a estar juntos casi tanto como antes. No hablaban mucho, pero permanecían el uno cerca del otro, pues el embarazo avanzaba como una mano de reloj, ante lo cual quedaban indefensos. Hubieran debido desahogarse hablando, pero lo único que seguía adelante era el tiempo. El hombre irreal, lo ficticio que había en él buscaba a veces palabras para expresarse, estaba a punto de comprender que todo tenía que medirse con otros valores muy distintos; pero esta comprensión, como todas, era ambigua, insegura. Y el tiempo corría, el tiempo se les escapaba, el tiempo se perdía; el reloj en la pared tenía más relación con la vida que no los pensamientos. Era una habitación burguesa donde no pasaba nada importante, donde estaban sentados; el reloj de pared era un reloj redondo de cocina y marcaba unas horas de cocina, y su madre lo bombardeó con cartas en las cuales todo estaba comprobado; no mandó dinero, sino que lo gastó en conseguir las opiniones de los médicos que debían ponerle en razón; lo comprendió muy bien y ya no lo tomó a mal. Una vez la madre le mandó incluso un nuevo dictamen médico del que se desprendía que efectivamente Tonka tuvo que haberle sido infiel aquella vez; pero en lugar de alarmarle, sólo le causó una sorpresa casi agradable; como si nada tuviera que ver con él, se puso a meditar cómo pudo haber sucedido todo en aquel entonces y como única reacción pensó: ¡pobre Tonka, sufría tanto con las consecuencias de una sola y fugaz perturbación…! A veces incluso tuvo que tener cuidado para no decir de pronto muy desenfadado: Escucha, Tonka, ahora por fin se me ha ocurrido lo que habíamos olvidado: ¡que con quién me engañaste aquella vez! Así transcurrió todo. No hubo nunca ninguna novedad. Sólo quedaba el reloj. Y la antigua familiaridad.

Y aún sin haber puesto las cosas en claro, volvieron los momentos en que sus cuerpos se anhelaron mutuamente. Llegaron como los viejos conocidos que, aun al cabo de una larga ausencia, entran en la habitación sin hacer cumplidos. Las ventanas que en frente daban al estrecho patio quedaban a la sombra, ciegas; los hombres habían salido para su trabajo y en su fondo el patio estaba oscuro como un pozo; el sol entraba en el piso como a través de unos cristales emplomados, resaltando los objetos y envolviéndolos en una luz muerta. Un día había allí, entre otras cosas, un pequeño y viejo calendario, abierto de tal forma como si Tonka acabara de hojearlo, y en la llanura ancha y blanca de una hoja había un pequeño signo de exclamación rojo puesto junto a un día, como una pirámide del recuerdo. Todas las demás hojas estaban llenas de apuntes de la vida, de precios y encargos y únicamente aquélla estaba en blanco, aparte del signo.

No dudó ni un momento que esto significaba el recuerdo de aquel día con los sucesos que Tonka le ocultaba; la fecha coincidía más o menos y la certidumbre le subió a la cabeza en un remolino de sangre. Pero la certidumbre no se fundaba en nada más que en este mismo ímpetu, y al cabo de un instante había vuelto a deshacerse en nada; si uno quería creer a este signo de exclamación, lo mismo podía creer en el milagro, pero lo destructivo era precisamente que uno no hizo ni una cosa ni otra. Entonces las miradas se cruzaron asustadas, Tonka debió haber notado la hoja en la mano de él. Ahora los objetos parecían ser sus propias momias en aquella luz rara de la habitación. Los cuerpos se enfriaron, las puntas de los dedos se congelaron y las entrañas retuvieron todo el calor vital como un ovillo caliente. Era cierto que el médico le había avisado que Tonka necesitaba el máximo cuidado, y que en el caso contrario le podía pasar una desgracia; pero en aquellos momentos eran precisamente los médicos los que no merecían confianza. También en el otro sentido todos los esfuerzos quedaron sin resultado; tal vez las fuerzas no le llegaran a Tonka, ya que quedó un mito sin acabar.

«Ven a mi lado», rogó Tonka y con triste consentimiento compartieron la pena y el calor.

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XIII

A Tonka la habían trasladado a la clínica; se había producido el cambio en peor. A él le permitían visitarla; a ciertas horas. Así había avanzado el tiempo.

El día en que se la llevaron de casa, se hizo cortar la barba. Ahora volvió a sentirse más él mismo.

Pero luego se enteró de que aquel mismo día Tonka —impaciente, precipitada, para librarse de lo que durante mucho tiempo había aplazado por ahorro, hasta que le entró el miedo de que ya no lo podría hacer— se había hecho extraer apresuradamente una muela, como última acción en la libertad antes de ingresar en el hospital.

Ahora sus mejillas estarían tristemente hundidas, ya que nunca quiso que se le ayudara. Entonces los sueños volvieron a reemplazar la realidad.

Un sueño le persiguió en muchas versiones. Una muchacha rubia, insignificante y de tez pálida, le contó que su nueva amante, cualquier amante inventada, lo había dejado; él, lleno de una nueva curiosidad, preguntó incidentalmente: «¿Pero cree usted que Tonka era mejor?» Movió la cabeza de un lado para otro y puso una cara incrédula para incitar a la muchacha a una viva protesta a favor de las virtudes de Tonka; saboreaba ya el gusto agradable del alivio que le proporcionaría la opinión de la muchacha; pero en lugar de ello, vio nacer lentamente una sonrisa en la cara delante suyo, la vio extenderse con lentitud terrible, y entonces la muchacha le dijo: «Vaya, aquélla que ha mentido tanto. Fuera de esto era bastante agradable, pero no se le podía creer ni una sola palabra. Siempre quería llegar a ser una mujer de gran vida». El mayor tormento de este sueño no era esa sonrisa tajante como una cuchillada, sino el hecho de que nunca pudo defenderse contra el acaloramiento vulgar con que terminaba, ya que, envuelto en la impotencia del sueño, sintió que era exactamente lo que él pensaba.

Por eso se quedó a menudo callado cuando estaba sentado junto a la cama de Tonka. Le hubiera gustado ser tan generoso como en sus sueños de antes. Tal vez hubiera podido lograrlo si parte de la fuerza con que trabajaba en su investigación la hubiera dedicado a Tonka. Era cierto que los médicos nunca habían podido encontrarle ninguna enfermedad, de manera que le ligaba a Tonka una posible unión misteriosa: sólo tenía que creerle y ya se pondría enfermo. Pero quizá, se decía a sí mismo, en otros tiempos esto hubiera sido posible —ya se complacía en pensamientos retrospectivos como éstos—, en otros tiempos Tonka hubiera llegado tal vez a ser una muchacha célebre a quien los mismos príncipes no hubieran vacilado en pretenderle la mano. ¿¡Pero hoy en día!? Habría que meditar detenidamente sobre esto, alguna vez. Así estaba sentado junto a su cama, la trataba con cariño y bondad, pero nunca pronunció las palabras: te creo. A pesar de que desde hacía tiempo le creía ya. Pues le creía sólo hasta el punto de no poder ya seguir escéptico y enfadado con ella, pero no en forma de querer justificar también ante su juicio todas las consecuencias. El que no lo hiciera, fue lo que le mantuvo sano y salvo y en el terreno de la realidad.

Las visiones del hospital le atormentaron. Los médicos, los reconocimientos, la disciplina; el mundo se había apoderado de Tonka que estaba sujeta a una mesa. Pero esto le pareció ya casi un defecto en ella; posiblemente ella fuera algo más hondo, algo que quedaba por debajo de lo que pasaba con ella en la realidad, pero entonces todo tendría que estar cambiado en este mundo para que uno pudiera luchar por ello. Él ya cedió un poco; al cabo de un par de días de separación, Tonka le parecía estar lejos, porque ya no pudo remediar a diario su extrañeza ante aquella vida demasiado sencilla que siempre había compartido con ella.

Y dado que junto a Tonka, al lado de su cama de hospital, a menudo casi no hablaba, le escribió unas cartas en las que decía muchas cosas que no dijo de palabra; le escribió casi tan en serio como a un gran amor; sólo ante la frase: ¡Creo en ti!, se detuvieron también estas cartas. Tonka no le contestó y quedó muy desconcertado. Sólo entonces se acordó que nunca las había mandado, pues no expresaban con certeza su opinión, sino que eran un simple estado de ánimo que no puede desahogarse de ninguna forma más que escribiendo. Entonces se dio cuenta de la suerte que aún tenía al poder expresarse, mientras que Tonka no sabía hacerlo. En aquel momento la vio muy claramente. Era un copo de nieve que caía del cielo solitario, en pleno día de verano. Pero al cabo de un instante esta definición ya no valía —tal vez fuera sencillamente una buena chica—; el tiempo pasó aprisa y un día le sorprendió la terrible noticia que a Tonka no le quedaban ya muchos días de vida. Se reprochó duramente a sí mismo por la imprudencia de no haberla cuidado suficientemente bien, pero como estos reproches no se los ocultó a Tonka, ella le contó un sueño que había tenido una de las últimas noches; pues ella también soñaba.

Durmiendo, dijo, sabía que me moriría pronto y no lo puedo comprender, pero: estaba muy contenta. Tuve en la mano un cucurucho de cerezas; entonces pensé: ¡Pase lo que pase, te las comes rápidamente antes de que sea tarde!…

Y al día siguiente ya no le dejaron ver a Tonka.

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XIV

Se dijo a sí mismo: tal vez Tonka no haya sido tan buena como yo me la imaginaba; pero en esto mismo se manifestó el carácter misterioso de la bondad de Tonka, que hubiera podido ser propia, tal vez, también de un perro.

Fue dominado por un dolor que le arrasó, seco como un huracán. No te dejan escribirle más, no te dejan verla más, le dijo con un bramido al doblar las esquinas de su firmeza. Pero estaré contigo como Nuestro Señor, se consoló, sin poder imaginarse nada al pensarlo. A menudo hubiera querido gritar y sólo gritar: ¡Ayúdame, ayúdame tú! ¡Aquí me tienes arrodillado delante tuyo!

Se dijo a sí mismo tristemente: ¡Imagínate que un hombre con un perro anda solo por la montaña de las estrellas, por el mar de las estrellas! —y le atormentaron unas lágrimas que se volvieron tan grandes como el globo celeste y que no pudieron caer de sus ojos.

Entonces siguió soñando despierto los sueños de Tonka.

Algún día cuando Tonka haya perdido toda la esperanza, él de repente volverá a entrar y allá lo tendrá de nuevo. Vestido con su gabardina inglesa de anchos cuadros marrones. Cuando lo desabroche, debajo se verá desnudo su cuerpo flaco y blando, llevando una cadenita de oro de la cual penderán colgantes que sonarán al rozarse. Y todo habrá sido como un solo día, de esto estaba muy segura. Él anhelaba tanto a Tonka como ella lo había anhelado a él. ¡Oh, ella nunca fue concupiscente! No la atraía ningún hombre; prefiere, cuando uno la corteja, poder señalar con un pesimismo algo torpe la fragilidad de semejantes relaciones. Y cuando por las tardes vuelve de la tienda, está totalmente absorta por los sucesos ruidosos, divertidos o fastidiosos; le zumban los oídos, la lengua le sigue hablando en silencio; no cabe ni el recuerdo más remoto de un hombre extraño. Pero siente que aquello no la llena del todo y que, además, es también una gran persona, generosa y bondadosa; no es ninguna dependiente en este aspecto, sino de su misma clase social, y merece un gran destino. Por ello también creía tener un cierto derecho a él, a pesar de todas las diferencias; no entendía nada de lo que él hacía, tampoco le importaba, pero como en el fondo era bueno, le pertenecía a ella; ya que también ella era buena y en alguna parte tenía que estar el palacio de la bondad donde vivirían juntos y no se separarían jamás.

¿Pero qué era esa bondad? Ninguna actividad. Ninguna cosa existente. Un reflejo que se distingue cuando se abre la gabardina. Y el tiempo pasó demasiado de prisa. Él se adhirió a la realidad y aún no había pronunciado convencido el pensamiento de ¡Yo creo en ti!, sino que siguió diciendo: ¿y aunque todo fuera así, quién lo podría saber? Lo siguió diciendo cuando Tonka ya estaba muerta.

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XV

Le había dado dinero a la enfermera y ella se lo había contado todo. Tonka le había mandado un saludo.

Entonces se acordó incidentalmente, como de una poesía a cuyo ritmo uno mece la cabeza, de que no era Tonka con quien había vivido, sino que algo le había llamado.

Repitió esta frase, y con ella se encontró en la calle. El mundo le rodeaba. Comprendió que había sufrido un cambio y que aún cambiaría, y sin embargo era él mismo, lo que no era verdaderamente ningún mérito de Tonka. La tensión de las semanas pasadas, la tensión de su invento, entiéndase bien, había cesado, lo tenía hecho. Él estaba a la luz y ella, bajo la tierra, pero lo que sintió en resumen fue el gozo de la luz. Sólo que al mirar a su alrededor, de repente se encontró con la cara llorosa de uno de los muchos niños que le rodeaban; el sol le dio de pleno y se retorcía como un gusano asqueroso; entonces el recuerdo le gritó: ¡Tonka! ¡Tonka!

La sintió desde los pies hasta la cabeza, sintió la vida entera de ella. Todo lo que no había sabido nunca lo vio muy claro en aquel momento, cayó la venda de sus ojos; por un breve instante, ya que en seguida le pareció haberse acordado sólo de algo efímero. Desde entonces iba acordándose de muchas cosas que hicieron que fuera algo mejor que los demás, ya que en una vida brillante se había posado una pequeña y cálida sombra.

A Tonka ya no le sirvió de nada. Pero a él le ayudó. Aunque la vida humana transcurra demasiado de prisa como para poder distinguir bien todas sus llamadas y acertar en las respuestas.

Una respuesta a “Tonka (Final)

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