Tonka (I)

Robert Musil

(Tonka, 1922)

I

Junto a una valla. Un pájaro cantaba. El sol ya se había escondido allá detrás de los arbustos. El pájaro callaba.

Era casi de noche. Los jóvenes campesinas se acercaban cantando a través de los campos. ¡Qué detalles! ¿Es meticulosidad, cuando estos detalles persiguen a una persona? ¿¡Cómo una sombra!? Así era Tonka. A veces lo infinito cae de gota en gota.

Está también el caballo rubicón, atado al tronco de un sauce. Era el año de su servicio militar. No es ninguna casualidad que fuera el año del servicio, ya que nunca se está tan despojado de sí mismo y de las propias obras como en esa época de la vida, cuando una fuerza desconocida lo desnuda a uno hasta los huesos. En ese tiempo quedamos menos protegidos que nunca.

¿Pero había sido siempre así? No, se lo había compuesto todo más tarde. Esto era el cuento; ya no sabía distinguirlo de la realidad. En la realidad ella vivía en casa de su tía cuando él la conoció. Y de vez en cuando, la prima Julie les hacía una visita. Así es. Por cierto, él se extrañaba de que uno pudiera sentarse en la misma mesa que la prima Julie y acercarle una taza de café, pues ello significaba una deshonra. Se sabía que era fácil dirigirle la palabra en plena calle y llevársela a la cama aquella misma noche: iba también a las casas de citas cuando la llamaban, y no tenía otro oficio. Pero, por otra parte, no dejaba de ser una parienta, aun si no se aprobaba su conducta; y aunque era una fresca, no era justo negarle un sitio en la mesa y menos con lo poco que venía. Un hombre tal vez sí hubiera armado un escándalo, ya que un hombre lee el periódico o pertenece a una asociación con ciertos fines y siempre tiene el pecho lleno de palabras rimbombantes, pero la tía se conformaba con algunas agudas observaciones en cuanto Julie se había marchado; mientras se estaba en la mesa con ella había que reírse, pues era una chica graciosa y sabía más cosas de la ciudad que una misma. De todas formas, aunque se la criticaba, no había ningún abismo de separación.

El mismo caso era el de las mujeres de la penitenciaría; la mayoría también eran prostitutas y poco después incluso tuvieron que trasladar el establecimiento a otra parte, porque mientras cumplían su condena, de repente muchas quedaron embarazadas en aquellas nuevas construcciones donde ellas llevaban argamasa y los presos trabajaban de albañiles. Estas mismas mujeres se alquilaban también para las faenas de casa; lavaban muy bien, por ejemplo, y la gente humilde las buscaba por su trabajo barato. También la abuela de Tonka las hacía venir los días de lavado; se les daba café y un panecillo, y como se había trabajado con ellas en la casa se desayunaba también juntas y no se sentía repulsión. Al mediodía alguien tenía que acompañarlas otra vez hasta la penitenciaría, pues así estaba establecido, y normalmente Tonka se ocupaba de ello siendo aún una chiquilla; iba charlando con ellas y no se avergonzaba de su compañía, a pesar de que llevaban unos pañuelos blancos que se distinguían desde lejos y el uniforme gris de las presas. Podría llamársele ingenuidad o la despreocupación de una vida joven y pobre frente a influencias que la tenían que insensibilizar; pero si más tarde, cuando tenía dieciséis años, Tonka seguía bromeando con la prima Julie sin inmutarse en absoluto, puede decirse que lo hacía sin la menor idea de lo que es la vergüenza, ¿o quizás esta alma había perdido ya la facultad de sentir vergüenza? Aunque no hubiera sido culpa suya, ¡sería muy significativo!

No hay que olvidar tampoco la casa. Cinco ventanas daban a la calle —la casa era un vestigio entre otras nuevas y mucho más altas— y tenía un piso interior en el que habitaban Tonka y su tía —que en realidad era su prima, mucho mayor que ella— y el hijito de ésta que era hijo ilegítimo, aunque nacido de unas relaciones amorosas tomadas muy en serio, tanto como un matrimonio; también vivía una abuela que de hecho no era abuela, sino la hermana de ésta; antes había vivido con ellos también el hermano auténtico de la difunta madre de Tonka, pero aquél murió muy joven; todos vivían en una habitación con cocina, mientras que las cinco ventanas delanteras de la casa, con cortinas de un aire distinguido, no ocultaban nada menos que una casa «non sancta», donde se organizaban los encuentros entre ciertos hombres y frívolas mujeres burguesas e incluso citas con prostitutas. En la casa todos, muy callados, hacían ver que no se enteraban de lo que pasaba allí, y como no querían enemistarse con la alcahueta, hasta la saludaban; era una persona gruesa, muy cuidada de su respetabilidad, y tenía una hija de la misma edad que Tonka. A esta hija la mandaba a una buena escuela, le pagaba clases de piano y francés, le compraba vestidos bonitos y tenía mucho cuidado en apartarla de los manejos del piso; tenía buen corazón y esto le facilitaba su trabajo, ya que sabía que era detestable. Antes se le había permitido a Tonka jugar algunas veces con aquella hija y entonces había entrado en el piso de enfrente, que a esas horas estaba vacío y parecía enorme, lo que a Tonka le causó una impresión de esplendor y elegancia que no se le borró de la memoria hasta que él se la redujo a su justa medida. Por lo demás, no se llamaba precisamente Tonka, sino que la bautizaron con el nombre alemán de Antonie; Tonka era una abreviación de Toninka, nombre cariñoso checo; en aquellas callejuelas se hablaba una extraña mezcla de los dos idiomas.

Pero, ¿adonde le llevan a uno esos pensamientos? Aquella vez ella había estado junto a una valla, ante la negrura de una puerta abierta que pertenecía a la primera casita del pueblo, camino de la ciudad; llevaba borceguíes, medias rojas y unas sayas multicolores, anchas y tiesas; mientras hablaba, parecía mirar la luna que colgaba pálida encima del trigo segado, contestaba tímidamente, pero con acierto, reía, se sentía protegida por la luna, y el viento pasaba por el rastrojo soplando tan suavemente como si tuviera que enfriar un caldo. Durante el regreso a caballo, él había dicho riendo a su compañero, el barón Mordansky, voluntario de un año: «Me gustaría tratar a una chica de éstas, pero lo considero demasiado peligroso; tendrías que prometerme que te harías su cortejador, para protegerme de cualquier sentimentalismo». Y Mordansky, que ya había sido voluntario en la fábrica de azúcar de su tío, le había contado entonces cómo lo pasó durante la recolección de la remolacha cuando centenares de estas muchachas campesinas trabajan en los campos de la fábrica y, según dicen, se someten en todo a los inspectores y sus ayudantes, tan obedientes como si fueran esclavas negras. Estaba seguro de que alguna vez había cortado semejante conversación con Mordansky porque le hería, pero esto no había sucedido en aquella ocasión, pues lo que acababa de ocurrírsele fingiendo ser un recuerdo, volvía a ser el zarzal que más tarde había enredado su cabeza. En realidad la había visto por primera vez en el «Ring», en aquella calle principal con soportales de piedra donde los oficiales y los altos cargos del Gobierno se paran en las esquinas, se pasean los estudiantes y los jóvenes comerciantes, pasan las chicas a dos y a tres, cogidas del brazo, a la hora del cierre de los comercios y las muy curiosas ya en el descanso del mediodía; donde a veces uno de los abogados, saludando a todo el mundo, deja que le vayan empujando despacio y donde no falta el concejal, ni tampoco el prestigioso fabricante, ni siquiera las damas que, regresando de sus compras, tienen que pasar precisamente por allí. Allí la mirada de ella de repente había encontrado la suya, una mirada alegre, sólo por un segundo y como una pelota que por descuido da en la cara de un transeúnte, apartándose al instante con una expresión de fingida ingenuidad. Rápidamente había dado medía vuelta, pues pensó que ahora vendrían las risas ahogadas, pero Tonka andaba casi asustada, con la cabeza erguida; iba con otras dos chicas, era más alta que ellas y su cara de expresión clara y definida no llegaba a ser bonita. Nada en ella acusaba esa pequeña y astuta feminidad que sólo causa impresión en el conjunto de los rasgos; boca, nariz y ojos quedaban bien definidos y resistían también un examen detallado, sin tener otro encanto que el de su franqueza y la frescura que los envolvía. Era extraño que una mirada tan serena se clavara como una flecha; ella misma parecía haberse hecho daño con ella.

Esto quedaba ahora bien claro. Estaba entonces en la pañería, que era un comercio importante con muchas chicas trabajando en el almacén. Tenía que vigilar los fardos de tela y encontrar los correspondientes cuando se pedía una muestra; las manos las tenía siempre algo húmedas porque la pelusa de los tejidos las inflamaban. No tenía nada de ensueño: su cara era abierta. Por entonces estaban allí los hijos del dueño de la pañería; uno de ellos tenía un bigote como una ardilla, con los extremos rizados, y siempre llevaba zapatos de charol; Tonka contaba lo fino que era, cuántos zapatos tenía y que sus pantalones los ponían cada noche entre dos tablas con unas piedras encima, para que los pliegues se mantuvieran intactos.

Y ahora, como se distinguía muy claramente algo real a través de la niebla, apareció una sonrisa —la sonrisa incrédula y contemplativa de su propia madre, llena de compasión y desprecio para él. Esta sonrisa era real.

Decía: ¡Por Dios, todos lo saben, esa tienda…! Pero aunque cuando la conoció, Tonka era aún virgen, esta sonrisa maliciosamente disimulada o disfrazada había surgido también en muchos de sus sueños torturadores. Quizás esta sonrisa no la hubiera visto nunca de veras y como tal; ni ahora estuvo seguro de ello. Y hay también noches de bodas en las que uno no puede estar enteramente seguro, con unas llamadas ambigüedades fisiológicas de las que ni la misma naturaleza da una explicación clara; en el mismo instante en que esto le vino de nuevo a la memoria, lo sabía: también el cielo estaba en contra de Tonka.

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II

Había sido una imprudencia por su parte meter a Tonka en casa de su abuela como enfermera y señorita de compañía. Era muy joven aún y había empleado un pequeño truco; la cuñada de su madre conocía a la tía de Tonka que iba a las «casas de bien» haciendo de costurera de ropa blanca, y él le había hecho preguntar si sabía de alguna muchacha joven, y cosas por el estilo. La muchacha debería quedarse con la abuela, que no podía durar más de dos o tres años, y aparte de pagarle un sueldo testaría en favor de ella.

Pero mientras tanto habían sucedido algunos incidentes insignificantes. Un día, por ejemplo, fue con ella a un recado; unos niños jugaban en la calle y de repente los dos se quedaron mirando la cara de una chiquilla que lloraba y la retorcía como un gusano, bajo un sol que le daba de pleno. La claridad despiadada de la luz le pareció entonces un ejemplo de la vida semejante a la muerte de cuyo ámbito ellos venían. Pero a Tonka «le gustaban los niños»; se agachó para consolar con bromas a la pequeña, tal vez encontrara graciosa la escena, y esto fue lo último, por mucho que él se esforzara en demostrarle que en el fondo esa escena era aún otra cosa más. Aunque se le acercara de uno y otro lado, al final siempre se encontró ante la misma opacidad de su espíritu; Tonka no era tonta, pero algo pareció impedirle ser prudente; por primera vez sintió aquella inmensa compasión por ella que tan difícil era de apoyar con razones.

En otra ocasión le preguntó: «Señorita, ¿cuánto tiempo lleva usted con la abuela?» Y cuando ella le hubo contestado, dijo: «¿De veras? Es mucho tiempo para pasarlo junto a una anciana».

«¡Oh!», dijo Tonka. «Me gusta estar aquí.»

«Bueno, a mí me puede decir tranquilamente lo contrario. No me imagino cómo una chica joven se siente a gusto en estas condiciones.»

«Una cumple con su trabajo», contestó Tonka y se sonrojó.

«Hace su trabajo, muy bien, ¿pero no espera otra cosa más de la vida?»

«Sí.»

«¿Y es que usted lo consigue?»

«No.»

«Sí, no, sí, no», él se impacientó, «¿qué quiere decir esto? ¡Acúsenos al menos!» Pero vio que ella quiso contestarle y siempre que estuvo a punto de hacerlo, volvía a desechar la respuesta, y de repente le dio lástima. «Acaso no me comprenderá, señorita, no pienso mal de mi abuela, no es eso; ella también es una pobre mujer, pero ahora no lo considero desde este punto de vista, yo soy así. Me pongo en su caso y entonces ella es un conglomerado de asquerosidad. ¿Me entiende usted ahora?»

«Sí», dijo la señorita en voz baja y se puso de mil colores. «Ya le entendí antes. Pero no lo puedo decir.»

Él se rió. «Esto es algo que no me ha pasado nunca: ¡no poder decir una cosa! Pero ahora sí que me empeño en saber lo que usted quiere contestar, le ayudaré.» Se volvió del todo hacia ella y la muchacha se desconcertó más aún. «Empecemos, pues: ¿Tal vez le agrade el deber continuo y siempre igual, el mismo trabajo día por día? ¿Es eso?»

«Oh, pues, no sé lo que quiere decir; mi trabajo me gusta bastante.»

«Bastante, bien. ¿Pero una necesidad: no lo es precisamente? Hay gente que no quiere otra cosa que el trabajo diario.»

«¿Qué sentido le da a esto?»

«Me refiero a los deseos, sueños, ambiciones; ¿no le impresiona un día como hoy?»

Por entre las paredes de la ciudad vibraba un día lleno de la miel de primavera.

La señorita se rió: «No. Pero si no es esto».

«¿No lo es? ¿Bueno, entonces tal vez tiene usted una predilección por las habitaciones a media luz, el hablar en voz baja, el olor a frasquitos de medicinas y cosas por el estilo? También hay gente de este tipo, señorita, pero ya veo por su cara que sigo sin acertar.»

La señorita Tonka movió la cabeza en señal de negación y bajó un poco los ángulos de los labios —en un gesto de tímida ironía o tal vez sólo de confusión. Pero ahora no la dejó en paz. «Ve cómo me equivoco, cómo hago el ridículo ante usted con mis cálculos erróneos: ¿No le da valor esto? ¿Entonces…?»

Y ahora, por fin, lo dijo. Hablando despacio, entrecortadamente. Corrigiendo sus palabras, como si tuviera que explicar una cosa muy difícil de entender:

«Pero si tengo que ganar dinero.»

¡Ay, lo más sencillo de todo!

Qué imbécil era él y qué eterna verdad implicaba esta contestación nada extraordinaria.

Otro día había salido clandestinamente a dar una vuelta con Tonka; hacían excursiones en los días libres que ella tenía, dos veces al mes; fue en verano. Cuando se hizo de noche, se sentía el aire tan caliente como la cara y las manos y al cerrar los ojos uno creía disolverse en nada y flotar en el infinito. Se lo describió a Tonka y como ella se puso a reír, le preguntó que si lo entendía.

Oh, sí.

Pero como era desconfiado, quiso que ella se lo describiera con sus propias palabras; y esto no lo supo hacer.

Entonces tampoco lo entendía.

Que sí —y de repente—: Habría que cantarlo.

¡Todo menos eso! ¡Que sí! Así se pelearon. Al final empezaron a cantar, tal como se coloca un «corpus delicti» sobre la mesa o como se hace una inspección ocular. Mal con ganas y de opereta, pero por suerte Tonka cantaba bajito y él se alegró de esta pequeña señal de discreción. Se dijo a sí mismo que ella seguramente no habría ido a un teatro más de una sola vez en su vida y que desde entonces aquella música chapucera significaba para ella la encarnación de una existencia dichosa. Pero incluso estas pocas melodías las había aprendido sólo de oído, con sus antiguas amigas de la tienda.

¿Que si le gustaban de verdad? Se sintió molesto cuando notó que alguna cosa la ataba aún a la tienda.

Ella no sabía lo que era, ni si esta música era bonita o estúpida; sólo que despertaba en ella el deseo de estar alguna vez en el escenario de un teatro y poder poner todo su empeño en hacer que la gente se sintiera feliz o infeliz. Pero cuando uno miraba a la pobre Tonka, esto era totalmente absurdo, y le puso de tan mal humor que pronto su canto se redujo a un tarareo. Tonka se calló de repente; pareció sentirlo también, así que siguieron andando callados uno al lado del otro, hasta que Tonka se paró y dijo: «No es esto lo que quise expresar cuando propuse que cantáramos». Y como sus ojos le contestaron con una ligera expresión de bondad, empezó de nuevo a canturrear, pero esta vez fueron canciones populares de su patria. Siguieron caminando, y estas melodías sencillas entristecían lo mismo que blancas mariposas a la luz del sol. De repente fue muy natural que Tonka tuviera razón.

Ahora era él quien no sabía expresar lo que le pasaba y Tonka, por no hablar el lenguaje corriente sino otro lenguaje impreciso y global, había tenido que sufrir que se la tomara por tonta e insensible. Entonces vio muy claro el por qué se acordaba ella de canciones. Le pareció muy solitaria. Si no le tuviera a él, ¿quién la comprendería? Y cantaron los dos. Tonka le fue diciendo la letra extraña y se la tradujo; se cogieron de la mano y cantaron como los niños. Siempre que tenían que hacer una pequeña pausa para respirar, enmudeció también un poco el camino delante de ellos en el que se fue posando el crepúsculo, y sí bien todo esto fueron fantasías necias: la tarde parecía que se identificaba con sus sentimientos.

Otro día volvieron a estar sentados en el linde de un bosque; él miró con los ojos casi cerrados, sin decir palabra y absorto en sus pensamientos. Tonka se asustó, temiendo haber vuelto a ofenderle. Contuvo la respiración repetidas veces buscando las palabras, pero su timidez la retuvo. Así, durante mucho tiempo no se oyó nada más que el balbuceo torturador del bosque que a cada momento surge y enmudece en diferente lugar. Vieron pasar una mariposa marrón que se posó en una flor de tallo alto que tembló al contacto y se tambaleó en un vaivén, hasta que de repente su movimiento cesó como una conversación interrumpida.

Tonka hundió los dedos en el musgo sobre el cual estuvieron sentados, presionando con fuerza; pero al cabo de poco tiempo los tallitos, uno tras otro, volvieron a levantarse en hileras y al cabo de otro rato se borró toda huella de la mano que había reposado allí. Fue para llorar, sin saber por qué. Si Tonka hubiera aprendido a pensar como su acompañante, en aquel momento hubiera sabido que la naturaleza consiste en toda una serie de insignificancias feas que viven tan tristemente apartadas una de otra como las estrellas en la noche; la hermosa naturaleza; una avispa fue dando la vuelta por su pie, tenía la cabeza parecida a un farol y él la observó. Y observó a su propio pie que se asomaba ancho y negro, en una postura torcida, al camino pardo.

Tonka había temido a menudo verse un día delante de un hombre y no poder escapar. Lo que le contaban entusiasmadas sus amigas mayores de la tienda era la frivolidad aburrida y grosera del amor y la indignaba ver que los hombres intentaban pegarse también a ella, tan pronto empezaban una conversación. Al mirar ahora a su acompañante, de repente sintió una puñalada en el corazón; hasta entonces no había experimentado jamás la compañía a solas de un hombre, pues todo fue distinto. Estuvo tumbado, reclinado cómodamente en los codos, con la cabeza apoyada en el pecho; casi tímida, Tonka buscó sus ojos. Pero en ellos vio una sonrisa muy particular; tenía un ojo cerrado y el otro apuntaba a lo largo de su cuerpo; seguro que sabía lo fea que era la postura de su zapato y, tal vez, se diera cuenta también de que era bien poco el hallarse tumbado con Tonka en el linde de un bosque, pero no hizo nada para cambiarlo; los detalles, uno por uno, todos eran feos, pero el conjunto era la felicidad. Tonka se había levantado sin hacer ruido. Detrás de su frente le había subido un ardor repentino y le latió el corazón. No entendió lo que él pensaba, pero lo vio todo escrito en su ojo abierto, y de pronto se sorprendió a sí misma con el deseo de coger su cabeza entre los brazos y taparle los ojos. Dijo: «Ya es hora de que nos vayamos, para que no se nos haga oscuro».

Cuando estuvieron en el camino, él dijo: «Seguramente se habrá aburrido, pero tiene que acostumbrarse a mí». La cogió del brazo, ya que empezó a haber poca luz, y trató de disculparse por su silencio así como, espontáneamente, también por sus pensamientos. Ella no entendió de qué hablaba, pero a su manera adivinó sus formales palabras que penetraron la niebla. Y cuando incluso se disculpó por estas palabras serias, ella se desconcertó del todo y la Virgen María no le sugirió otra respuesta que la de apretar su brazo con más ternura, aunque le diera una vergüenza terrible.

Él le acarició la mano. «Creo, Tonka, que nos llevamos muy bien, ¿pero es que me comprende?»

Al cabo de un rato Tonka contestó: «No importa que yo entienda o no a lo que se refiere. De cualquier modo, no sabría contestarle. Pero me gusta que esté tan serio».

Por cierto, todo esto fueron sucesos sin importancia, pero lo extraño es eso: que en la vida de Tonka existieran dobles, exactamente iguales. En realidad, estuvieron siempre presentes. Y lo raro es que más tarde llegaran a significar lo contrario de lo que habían significado al principio. Tonka siguió tan igual, fue tan sencilla y transparente que uno pudo creer tener alucinaciones y ver las cosas más increíbles.

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III

Entonces llegó un acontecimiento; su abuela murió antes de lo previsto; los acontecimientos en realidad no son otra cosa que momentos y lugares inoportunos que nos colocan en un sitio equivocado, o bien se olvidan de nosotros, de forma que quedamos tan impotentes como la cosa que se queda en el suelo y que nadie recoge. Lo que pasó mucho más tarde, también sucede mil veces en el mundo, sólo que era incomprensible que pasara con Tonka.

Vino, pues, el médico, vinieron los hombres de la empresa funeraria, se expidió la fe de defunción y enterraron a la abuela —una cosa tras otra en un orden perfecto, tal como se tiene que hacer cuando se trata de una buena familia. Se liquidó la herencia; podía uno sentirse contento de no estar mezclado en los asuntos; un solo párrafo del testamento requirió atención: la parte que correspondía a la señorita Tonka con apellido de ensueño, que era uno de aquellos apellidos checos que significan «cantaba» o «atravesaba la pradera». Existía un contrato de servicio. Aparte del sueldo, que era pequeño, a la señorita se legaría cierto importe por cada año de servicio cumplido; dado que se había calculado que la enfermedad de la abuela duraría más tiempo y dado que por las molestias que traía el cuidado de la enferma, se habían fijado importes cada vez mayores, resultó que a una persona joven que contaba en minutos los meses de juventud sacrificados por Tonka, este importe tenía que parecerle vergonzante. Estuvo presente cuando Hyazinth ajustó cuentas con ella. Aparentemente leía un libro —eran todavía los fragmentos del diario de Novalis—, pero en realidad siguió atento el acto y se avergonzó cuando su «tío» nombró la suma. Éste parecía sentir algo semejante, ya que empezó a detallar a la señorita las condiciones del contrato concertado en su día. La señorita Tonka le escuchó atenta, con los labios apretados; la seriedad con que siguió el ajuste de cuentas dio a su cara joven una expresión muy conmovedora.

«¿Así que está de acuerdo?», dijo el tío, poniendo el dinero sobre la mesa.

Ella aparentaba no tener ni la menor idea; sacó su monederito de entre los pliegues del vestido, dobló los billetes y los metió dentro; pero como tuvo que doblar y volver a doblar los billetes muchas veces, éstos, aun siendo pocos, le abultaron mucho y no cupieron debajo de la falda; el monedero deformado le hizo una especie de hinchazón en el muslo.

Entonces la señorita tuvo una pregunta: «¿Cuándo me tengo que ir?»

«Bueno», dijo el tío, «pasarán aún algunos días hasta que vaciemos el piso; mientras tanto podrá sin duda quedarse. Pero puede marcharse también antes si quiere, nosotros ya no la necesitamos más.»

«Gracias», dijo la señorita y se fue a su cuartito.

Mientras tanto, los demás habían llegado ya en el reparto a las cosas de uso diario. Se portaban como lobos que se comen al compañero muerto y se habían incluso irritado unos con otros, cuando preguntó que si a la señorita no se le debía dar un recuerdo valioso al menos, pues había recibido tan poco dinero.

«Le hemos destinado el gran devocionario de la abuela.»

«Bien, pero seguro que le gustaría más algo práctico; ¿qué se hace con esto, por ejemplo?» En la mesa había un cuello de piel marrón y lo levantó.

«Es para Emmi.» —Emmi era su prima—. «¡Pero qué ocurrencia, si esto es visón!»

Se rió. «¿Quién dice que a las chicas pobres se les pueden regalar sólo cosas para el alma? ¿Queréis parecer tacaños?»

«Deja esto a nuestro criterio», opinó su madre y dado que no le negaba del todo la razón, añadió: «No lo comprendes; ¡ella no saldrá perjudicada!» Enfadada, pero con gesto generoso, apartó para la señorita algunos pañuelos, camisetas y bragas de la vieja señora, además de un vestido negro cuyo paño estaba nuevo todavía.

«Bueno, con esto habrá bastante. No son muy grandes los méritos de la señorita, ni tampoco es de grandes sentimientos: ¡No vertió ni una sola lágrima cuando se murió la abuela, ni en el entierro! Así que te ruego que nos dejes en paz.»

«Hay quien le cuesta llorar; pero esto no es ninguna prueba», contestó el hijo, no porque le pareciera importante decirlo, sino porque le tentó su propia elocuencia.

«¿¡Por favor…!?», dijo la madre. «¿No te das cuenta que tus observaciones no están muy acertadas en este momento?»

Ante la reprimenda se calló, pero no por timidez, sino porque de repente le causó una inmensa alegría que Tonka no hubiera llorado. Sus parientes hablaban todos a la vez y notó lo mucho que cada uno miraba para su provecho. No se expresaban con bellas palabras, pero sí con agilidad confiando en su elocuencia, y al final todos obtenían lo que querían. Saber hablar no servía para expresar los pensamientos, sino que era un capital, una joya imponente; ante la mesa llena de objetos a repartir, recordó los versos: «Celeste don del dulce canto el dios Apolo le dio», y por primera vez se dio cuenta de que éste era un don de verdad. ¡Qué callada era Tonka! No sabía ni hablar ni llorar. Pero qué es este algo que no se expresa ni es pronunciado, este algo que desaparece silencioso e inadvertido por la humanidad, como una rayita grabada en las tablas de la historia —esta acción, esta persona, este copo de nieve que cae solo, en pleno día de verano; ¿existe en la realidad o en la imaginación, es bueno, fútil o malo? Uno siente que aquí las nociones llegan a un límite donde ya no encuentran ningún apoyo. Salió sin pronunciar ni una sola palabra, para decirle a Tonka que se cuidaría de ella.

Encontró a la señorita Tonka haciendo sus maletas. Sobre una silla había una caja grande de cartón y en el suelo, otras dos más; una de ellas estaba ya atada con un cordón, pero en las otras dos no querían caber sus riquezas dispersas por la habitación y la señorita estudiaba el problema; volvió a sacar pieza por pieza para colocarlas en otra parte, medias y pañuelos, zapatos de lazos y útiles para costura; lo intentó por lo largo y por lo ancho, pero a pesar de poseer poco, no pudo meterlo todo, ya que más pobre aún era su equipaje.

La puerta del cuartito estaba abierta y pudo observarla un rato sin que ella lo supiera. Cuando se dio cuenta, se sonrojó y se puso rápidamente delante de las cajas entreabiertas.

«¿Nos quiere abandonar?», dijo, gozando con la turbación que ella mostraba. «¿Qué hará usted?»

«Me voy a casa de mi tía.»

«¿Quiere quedarse allí?»

La señorita Tonka se encogió de hombros. «Procuraré encontrar algo.»

«¿No se disgustará su tía?»

«Para unos cuantos meses ya tengo de qué vivir, y hasta entonces habré encontrado empleo.»

«Pero así gastará lo poco que tiene ahorrado.»

«Qué se le va a hacer.»

«¿Y si no encuentra empleo en tan poco tiempo?»

«Entonces volveré a tenerlo a cada momento en el plato.»

«¿En el plato? ¿El qué?»

«Pues eso, el que no gane dinero. Ya fue así cuando estuve en la tienda. Allí ganaba muy poco, pero no tenía remedio, y ella nunca dijo nada. Sólo cuando estaba furiosa, pero entonces sí que no fallaba.»

«¿Y es por lo que aceptó usted el trabajo en nuestra casa?»

«Sí.»

«Sabe una cosa», dijo de repente. «No debe volver a casa de su tía. Encontrará algo. Yo me hago responsable de usted.»

Ella no dijo ni que sí ni que no, ni tampoco le dio las gracias; pero en cuanto él se fue, volvió a sacar de las cajas una cosa tras otra, volviendo a meterlas en su sitio. Se había ruborizado mucho, no pudo concentrarse, se paró a menudo con una cosa entre las manos sintiendo: lo de ahora era amor.

Pero al volver a su habitación, él encontró aún en la mesa los fragmentos del diario de Novalis y se sintió confuso por la responsabilidad que de pronto había asumido. Inesperadamente había sucedido algo que determinaría su vida y que él, sin embargo, no sentía con bastante intensidad. Tal vez en aquel momento incluso estuviera receloso porque Tonka había aceptado su oferta sin el menor reparo.

Pero entonces se le ocurrió preguntarse: «¿Cómo he llegado a ofrecérselo?», y no lo sabía, ni tampoco el por qué ella lo aceptó. La cara de ella había reflejado la misma perplejidad que la suya. La situación fue cruelmente cómica; como si en un sueño se hubiera caído hacia arriba, no volviendo a encontrar el camino de bajada. Pero volvió a hablar con Tonka. Quiso ser sincero. Habló de la libertad de acción, espíritu, metas, ambición, aversión contra el idílico nido, mujeres importantes que él esperaba encontrar, en fin, tal como habla un muchacho joven que aspira a mucho y que ha vivido poco. Cuando notó que los ojos de Tonka se contraían convulsivamente, le dio lástima y, atacado por el miedo de ofenderla, suplicó: «¡No lo interprete mal!»

«¡Si lo comprendo!», fue lo único que contestó Tonka.

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IV

«Sí, es una chica muy sencilla que trabaja en una pañería», habían dicho. ¿Qué significa esto? Hay otras mujeres que tampoco saben nada, ni han estudiado. Este hecho quiere marcarles el vestido en la espalda, colocarles una marca donde no se la puedan quitar. Hace falta haber aprendido algo, hay que tener principios, una posición social, es decir, hay que tener un apoyo; el ser humano no merece confianza por sí solo. ¿Y qué aspecto tenían las que lo poseían todo, las que merecían confianza? Pudo admitir la posibilidad de que su madre temiera ver repetido el vacío de su propia vida en la de él; ella no había elegido con suficiente orgullo; su marido había sido antes oficial del ejército, un hombre alegre e insignificante, su padre; ella quería mejorar su propia vida en la del hijo. Luchó por ello. En el fondo, él aprobaba su orgullo. ¿Por qué no lo conmovía la madre?

Su razón de ser era el deber; su matrimonio había recibido un significado sólo cuando enfermó el padre. Al lado del marido que fue ensandeciendo lentamente, aguantó en adelante igual que un soldado o un guardia que defiende su puesto contra fuerzas superiores. Hasta entonces, con el tío Hyazinth no había podido ni adelantar, ni dejar las cosas del todo. No era, en realidad, ningún pariente, sino un amigo de los padres, uno de aquellos tíos a los que los hijos encuentran cuando abren los ojos; era consejero mayor de Hacienda y, al mismo tiempo, conocido poeta alemán cuyas narraciones alcanzaban ediciones de gran tiraje. Proporcionaba a la madre aquel aire intelectual y de conocimiento del mundo que la consolaban en sus privaciones del alma; estaba instruido en la Historia y, por lo tanto, sus pensamientos eran de tal índole que cuanto más vacíos, más importantes parecían, abarcando milenios y los mayores problemas. Por razones que el joven no se había explicado nunca, desde hacía años este hombre le tuvo a su madre un amor persistente, admirador y desinteresado; probablemente porque ella, siendo hija de oficial, tenía un concepto muy alto del carácter y del honor que mostraba activamente a su alrededor, porque poseía esa firmeza de principios que él necesitaba para los ideales de sus libros; pero sospechaba vagamente que la fluidez de su estilo y don de palabra se basaba precisamente en que su espíritu carecía de esa fluidez. Como naturalmente no lo quiso reconocer como fallo suyo, tuvo que aumentarlo hasta una escala universal y pesimista e interpretarlo como la suerte del genio que necesita semejante suplemento de vigor ajeno, de manera que también ella como mujer podía sentir una dolorosa exaltación. Con mucho cuidado, e incluso entre ellos mismos, disfrazaban sus relaciones de amistad intelectual, pero no siempre lo lograban y a veces se quedaban estupefactos ante ciertas debilidades de Hyazinth que les pusieron en peligro y les hicieron dudar que sí tenían que caer o si debían volver a subir valientes a las antiguas alturas. Pero cuando el marido se puso enfermo, las almas recibieron el apoyo con el cual crecieron aquel centímetro que a veces les había faltado. A partir de entonces la esposa estaba protegida por el deber, desagraviando por un doble sentido del deber lo que tal vez pecara aún en sentimiento; mediante una regla sencilla que ahora fue lo que decidió, los pensamientos estuvieron puestos a salvo de aquel vacilar entre la obligación a la fuerza de la pasión por una parte y a la fuerza de la fidelidad por otra, que era sobremanera desagradable.

Estos eran, pues, los seres en quienes se podía confiar; lo demostraban por su espíritu y carácter. Pero por mucho que se diera en las novelas de Hyazinth el flechazo de amor: alguien que seguía a otra persona sin más ni más —como un animal que sabe dónde puede beber y dónde no—, les hubiera parecido un ser en un estado primitivo y salvaje, sin moralidad alguna. Pero el hijo, sintiendo compasión por su padre, que era de una bondad primitiva, y luchando contra Hyazinth y contra su madre como contra la peste, en todas las pequeñas ocasiones de la vida familiar, se había dejado empujar por aquellos dos al rincón más apartado y contrario a las oportunidades modernas. El muchacho, dotado de muchos talentos, se puso a estudiar química y se hizo el sordo a todas las cuestiones que no tuvieran una clara solución; fue incluso un enemigo casi rencoroso de semejantes conversaciones y un adepto fanático del nuevo y frío espíritu de ingeniería, revolucionario, seco y fantástico a la vez. Fue partidario de la destrucción de los sentimientos, contrario a la poesía, bondad, virtud, sencillez; los pájaros cantores necesitan una rama en la cual posarse, y la rama, un árbol y el árbol, tierra parda y estúpida, pero él volaba, se hallaba en el aire por entre los tiempos; tras este tiempo que destruye tanto como construye, llegará el que tendrá las nuevas condiciones que creamos con más ascetismo, y sólo entonces se sabrá lo que debiéramos sentir —así pensaba él más o menos: por de pronto, había que ser duro y vivir pobremente, como en una expedición. Con tales impulsos no había podido menos que llamar ya la atención de los profesores de su escuela; había concebido ideas de nuevos inventos, debía dedicarse un año o dos a su desarrollo, aun después del doctorado, y esperaba salir entonces con seguridad incontenible sobre aquel brillante horizonte que la gente joven se imagina que es el futuro, mezcla de esplendor e incertidumbre.

Quería a Tonka porque no la amaba, porque en vez de excitarle el alma, la lavaba y la dejaba limpia como el agua fresca; sintió por ella más de lo que se creía capaz de sentir y le apresuraban las preguntas de su madre, que a veces indagaba cautelosa, pero con punta afilada, presintiendo un riesgo del que no podía pedir explicaciones por no tener ninguna certidumbre. Realizó sus exámenes y dejó la casa paterna.

.

V

Su camino le guió a una gran ciudad alemana. Había llevado consigo a Tonka; dejarla atrás en la ciudad de su tía y de su propia madre le hubiera parecido entregarla al enemigo. Tonka hizo sus maletas y dejó su patria con tanta frialdad y naturalidad como el viento que desaparece con el sol, o la lluvia que se va con el viento.

En la nueva ciudad aceptó un empleo en una tienda. Se familiarizó pronto con su nuevo trabajo y la alababan por ello a diario. ¿Pero por qué recibió un sueldo insuficiente y no pidió nunca un aumento, a pesar de que se lo escatimaron sólo porque ella seguía en la tienda también sin aumento? Lo que le hacía falta lo aceptó de su amigo sin el menor reparo. No por eso, sino porque su modestia casi le molestaba y para enseñarla, de vez en cuando le dirigía un discurso reprochándola. «¿Por qué no exiges que te emplee en un puesto mejor pagado?»

«No puedo.»

«¿No puedes y te empeñas en que tienes que ayudar a todo el mundo siempre que las cosas van mal en cualquier parte?»

«Sí.»

«¿Pues entonces, por qué…?»

En tales conversaciones Tonka hacía una mueca obstinada. No le contradecía, pero no estaba dispuesto a reflexionar. «Por favor», podía decir, «esto es un contrasentido, tienes que hacer el favor de explicarme ahora porque…»; no sirvió de nada. «¡Tonka, me enfadaré si te pones así!»

Sólo entonces, cuando usó de tal látigo, el carrito del que tiraban como dos burros su modestia y su terquedad, se puso lentamente en marcha y logró algo, como, por ejemplo, cuando ella le dijo que tenía una letra muy torpe y temía también la ortografía, lo que hasta entonces había callado por vanidad, haciendo temblar de miedo su querida boca en la que sólo reapareció el arco iris de una sonrisa cuando sintió que no le tomaba a mal esa fea imperfección.

Al contrario, él amaba sus defectos, como, por ejemplo, la uña que ella se había deformado en el trabajo. La hizo ir a la escuela nocturna y se alegraba de la ridícula caligrafía comercial que allí fue aprendiendo. Incluso le gustaban los juicios mal enfocados sobre esto y aquello que trajo de allá. Los trajo a casa en la misma boca y sin haberlos comido, por decirlo así; hubo una noble naturalidad en la actitud indefensa con que rechazaba la fútil, presintiendo que no debía adoptarlo. Fue asombrosa aquella seguridad con que se negaba a todo lo grosero, lo poco espiritual o poco fino, aún disfrazado, sin saber decir el porqué; pero en la misma medida carecía de toda ambición en salir de su ambiente y ascender a otro superior; permaneció pura y tosca como la misma naturaleza. No fue muy fácil querer a la muchacha sencilla. A veces le sorprendió con nociones incluso de química, de las que parecía estar muy lejos; cuando contaba algo referente a su profesión, monologando más que explicándoselo, de pronto ella sabía esto y aquello. Cuando lo hizo por primera vez, desde luego la interrogó con asombro. El hermano de su madre que había vivido con ellos en la casita detrás del burdel había sido estudiante universitario. «¿Y ahora?» «Murió inmediatamente tras haber terminado sus exámenes.» «¿Y esto lo aprendiste entonces?» «Era todavía pequeña», contó Tonka, «pero cuando él estudiaba, siempre tenía que examinarle. No entendía ni una sola palabra, pero él me ponía las preguntas en un papelito.»

Sencillamente esto. ¡Y había estado encerrado en una cajita más de diez años, cual bonitas piedras cuyos nombres se desconocen! Así pasó también ahora; mientras él trabajaba, toda su dicha era estarse callada cerca de él. Ella era la naturaleza que se ordenaba para volverse espíritu; que no quería hacerse espíritu, pero que lo amaba y se le adhirió misteriosamente como uno de los muchos seres que se han acogido a hombre.

Sus relaciones con ella distaban entonces, en una tensión misteriosa, tanto del enamoramiento como de la frivolidad. En realidad, se habían tratado ya en su patria, durante un período asombrosamente largo sin caer en la seducción. Se habían visto de noche, habían paseado juntos, contándose los pocos sucesos del día y sus pequeñas molestias, lo que habían encontrado tan agradable como tomar pan con sal. Desde luego, más tarde había alquilado una habitación, pero sólo porque esto es consecuencia inevitable y también porque en invierno no se puede estar en la calle horas enteras. Allí se besaron por primera vez. Algo rígidos, fue más confirmación que placer y Tonka tuvo los labios toscos y duros de emoción. Entonces habían hablado ya de «pertenecerse uno al otro enteramente». Esto es —él había hablado y Tonka le había escuchado callada. Con una exactitud ridícula —la misma que impide borrar de la memoria las tonterías cometidas—, se acordó de sus propias explicaciones instructivas, por cierto muy inexpertas, sobre aquello que tendría que ocurrir, ya que sólo entonces dos personas se abren de veras uno al otro; de este modo vacilaron entre sentimiento y teoría.

Lo único que Tonka pidió repetidamente fue que lo aplazara algunos días. Hasta que él la preguntó enfadado si le suponía un sacrificio demasiado grande. ¡Entonces fijaron un día!

Y Tonka acudió. Llevaba la chaqueta verde musgo y el sombrero azul con borlas negras; llegó con las mejillas coloradas de haber andado aprisa y del roce del aire fresco de la noche. Pone la mesa, prepara el té. Sólo un poco más presurosa que de costumbre y fijándose únicamente en los objetos que tiene entre las manos.

Aunque él ha estado esperando impaciente todo el día, ahora está sentado en el sofá, inmovilizado por la torpeza helada de la juventud, observándola. Notó que Tonka no quería pensar en lo inevitable y se arrepintió de haber fijado para ello una fecha; ¡cómo un ejecutor! ¡Pero sólo entonces se dio cuenta de que hubiera tenido que sorprenderla, conseguirlo por sus caricias!

Estaba lejos de sentir alegría; antes temió tocar lo que notaba como un viento fresco todas las noches cuando se veían. Pero alguna vez hubo de ser, se agarró a esta necesidad, y al seguir con la mirada los movimientos espontáneos de Tonka, le pareció como si su pensamiento estuviera enganchado al tobillo de ella, igual que una cuerda que a cada movimiento se enreda y acorta más.

Tras haber cenado casi sin decir palabra, se sentaron juntos. Él hizo un intento de bromear, Tonka hizo otro de reír. Pero torció la boca como si sus labios estuvieran en tensión, y de repente se puso seria otra vez.

De improviso, dijo: «¿Te parece bien, Tonka? ¿Sigues dispuesta a hacerlo?» Tonka bajó la cabeza y a él le pareció que por un instante algo pasó por su mirada, pero no dijo que sí, ni tampoco «te quiero»; se asomó hacia ella y desconcertado le fue hablando en voz baja: «Sabes, al principio hay muchas cosas desacostumbradas, tal vez incluso prosaicas. Imagínate, no podemos…, sabes…, no es sólo que… Cierra entonces los ojos. ¿De forma que…?»

La cama estaba ya abierta y Tonka se acercó a ella, pero de repente volvió a estar indecisa y se sentó en la silla que había al lado.

La llamó: «… ¡Tonka!» Ella se levantó otra vez y, vuelta la cara, empezó a quitarse el vestido.

A este dulce instante quedó adherido un sabor amargo.

¿Se entregaba Tonka? Él no le había prometido el amor; ¿por qué no se rebelaba contra una situación que excluía la esperanza suprema? Actuó callada, como si la subyugara la autoridad del «señor»; ¿tal vez obedeciera de la misma manera a otro que se lo exigiera decididamente? Pero allí la tenía con la torpeza de su primera desnudez, la piel ciñéndole el cuerpo como un vestido demasiado estrecho; la carne de él era más humana y más astuta que su pensamiento juvenil, pero sofisticado. Tonka, como queriendo huir de él, que en aquel momento se levantó precipitadamente, se metió en la cama con una prisa extrañamente torpe y rara.

Más tarde sólo recordó que al pasar delante de la silla sintió que lo más íntimo se había quedado en ella, junto a la ropa que conocía tan bien; al acercarse, notó que despedía aquel perfume fresco, tan querido que había sido lo primero que percibió siempre que se veían; en la cama le esperaba lo desconocido y lo extraño.

Volvió a pararse: Tonka estaba tumbada en la cama, con los ojos cerrados y la cabeza vuelta hacia la pared, larguísima, con un miedo terrible y solitario. Cuando por fin le sentía a su lado, tenía los ojos calientes de lágrimas. Entonces le cogió otra ola de miedo, su desagradecimiento produciéndole sobresalto; una palabra sin sentido, desamparada, arrojada desde un solitario pasillo sin fin, se transformó en el nombre de él, y entonces se hizo suya; él ciertamente no comprendió con qué encanto y valentía infantil le conquistaba, qué sencillo truco había ideado para poseer todo lo que admiraba en él; sólo había que pertenecerle enteramente y luego se era algo inseparablemente suyo.

En adelante, él ya no se acordó más de cómo había pasado aquello.

(Sigue leyendo...)

Una respuesta a “Tonka (I)

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