MAX AUB Y LA PERSPECTIVA REPUBLICANA

Pedro A. Curto

 

 

Una de las mentes más clarividentes de la intelectualidad republicana, es quizás uno de los menos conocidos, el escritor Max Aub. Sobre todo por cuanto su cosmovisión sigue teniendo, salvando las distancias del tiempo, bastante vigencia. Militante socialista ya antes de la llegada de la II República, tuvo con la misma un fuerte compromiso, tanto en su desarrollo como en su perdida, al mismo tiempo que una visión crítica. Así en 1967, en “Balance de un mundo perdido”, analizaba: “Manuel Azaña encarnó como nadie en espíritu de la II República Española. Cambiáronse los colores de la bandera, pero no la administración, los banqueros, los militares, los clérigos, siguieron ocupando sus puestos con algún cambio personal que se pretendió ejemplar, pero que, en modo alguno varió la relación de fuerzas entre sí. Cuando en 1936 las fuerzas reaccionarias se enfrentaron de verdad con el gobierno que España se había dado según las ordenanzas democráticas burguesas, la República se hundió como lo había estado en la ilusión de la palabra de sus falsos servidores.” Señalaba Max Aub la necesidad de una ruptura, la construcción de un nuevo edificio respecto al antiguo régimen borbónico. Y esto lo planteaba con una República que sí tenía esa voluntad de ruptura, tanto las élites que apoyaron el Pacto de San Sebastián, como una amplia base social que se lanzaron a las calles y tomaron los ayuntamientos, con la victoria de las candidaturas republicanas en las elecciones municipales del doce de abril y que amaneció con jubiloso 14 de abril. ¿Qué sucede entonces cuando ese “cambio” no existe? ¿Cuándo son las élites del régimen quienes conducen el proceso? ¿Cuándo se va de la ley a la ley tras un régimen dictatorial de cuatro décadas? Pues simplemente que se heredan esas estructuras, por más que las circunstancias y la geografía política, indujera a la necesidad de una adaptación formal a las democracias liberales.

La profunda crisis institucional que vive hoy el marco jurídico-político del 78, señala algo de lo que apuntaba Max Aub: sin una ruptura democrática, sin un cambio a fondo de las estructuras, persisten los viejos modelos y prácticas autoritarias, por más que estas contengan un convencionalismo democrático. Tras los cambios forzados y pactados con las élites de la oposición, a cuarenta años vivimos el agotamiento del Régimen del 78 y el fracaso de la mitificada transición.

“Soy un turista al revés; vengo a ver lo que no existe”, escribía Max Aub cuando regresó a España, brevemente, durante 1969. Una paradoja parecida a la que, si viviese, quizás observase ahora mismo: lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir. La necesidad de una ruptura democrática y republicana, no termina de estar en el tablero de juego. Al contrario, la amenaza de involución avanza a modo de defensa del status quo, en particular frente a la reivindicación democrática catalana. Y todo ello en un contexto internacional donde las democracias liberales se vacían de contenido bajo la gestión neoliberal, avanzando el despotismo con diversas características.

Ya en los últimos años de su vida, este escritor quejoso de tener pocos lectores, escribía el Discurso de la III República, manteniendo esta como el avance positivo que el país necesitaba: “únicamente mediante la rebelión frente al influjo de un pasado negro podrá verse la luz de un futuro diferente, a la luz de unos actores también distintos.”

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