Los negociantes de la Puerta del Sol

Carmen de Burgos ¨Colombine¨

 

 

 

Miraba con ira aquel sol tan espléndido que iluminaba más de lo que le convenía su traje manchado, los zapatos sin tacones y el sombrero mugriento. Había tenido deseos de que pasasen los días del invierno, que había sufrido, mal abrigado y sintiendo penetrar el agua a través de su calzado, pero ahora echaba de menos la media luz discreta y velada que disimulaba el horror de su indumentaria.

Acostumbrado a concurrir todos los días a aquella acera, punto de cita «de los grandes negociantes», tan ricos de ideas y proyectos como escasos de dinero, no prestaba atención a la multitud que pasaba a su alrededor, ni al aspecto que la Puerta del Sol ofrecía a aquella hora.

Más que el reloj del Ministerio de la Gobernación, marcaba las horas el aspecto de la gran plaza, que de hora en hora ofrecía un cambio notable. Era allí donde en las primeras horas de la mañana se percibía el bostezo de la ciudad que se despertaba y donde poco a poco iba afluyendo la vida toda, como si cada una de las calles que conducen a ella fuesen los grandes ríos que reciben a su paso a todos los tributarios y van a desaguar en ese océano de la Puerta del Sol, siempre revuelto y turbulento.

Aquel barullo parecía que lo tonificaba, que había algo en la corriente de una gran muchedumbre que engendra una especie de energía eléctrica. Había sido siempre la Puerta del Sol el lugar más concurrido de Madrid, al que acudían todos aquellos arrieros y carreteros de las diferentes provincias de España, que entraban por la Puerta de Toledo a vender sus mercancías, cuando aún no había ferrocarriles.

La tradición se conservaba. La Puerta del Sol seguía siendo el punto de reunión de todos los desocupados, y de todos los forasteros que llegaban a Madrid. El Ministerio de la Gobernación traía también su concurrencia especial, un ochenta por ciento de las gentes que entraban en él eran provincianos que llegan a Madrid a solicitar los empleos que les ofrecieran los caciques.

En vísperas de elecciones la concurrencia aumenta: policías, agentes electoreros, pretendientes a gobernadores… La afluencia de gente impide a veces andar. El cruce de tranvías que ha sustituido a los tranvías de mulas y a los ripers de Oliva, la multitud de coches que tienen allí su estación o la cruzan en todas direcciones… gente que espera los tranvías en las paralelas; concurrencia del Ministerio, de los cafés; compradores de los comercios; vecinos de la gran plaza (aunque nunca se piensa en que son vecinos de allí los que pasan), vendedores, golfos… Ese conjunto de gentes del pueblo y gentes bien vestidas, esos señores de sombrero de copa, que caminan a pie y esas señoras que llevan guantes blancos a cualquier hora del día; las niñas vestidas como de baile o de teatro y las mujeres con mantón; los paletos con los trajes típicos de salmantinos o las lagarteras de Toledo; todo eso revuelto, confuso, mezclado, en una nota tan intensa de color y de vida que es única de la Puerta del Sol y no ya única en Madrid y en España si no en el mundo todo. Por eso veía con tanta frecuencia a los extranjeros, acostumbrados a más grandes capitales, embebecidos y suspensos en la Puerta del Sol, entre la nube de chicuelos que ya los ha notado como extranjeros y los asedia procurando venderles sus mercancías y engañarlos, si se descuidan un poco.

Generalmente la burla de la multitud sigue a todo extranjero, aunque lo traten de explotar. Todo extranjero que da algo es un inglés y lo miran con el respeto que inspiran las libras esterlinas; y todo extranjero que no da nada es un franchute. No se tiene idea de que existan y puedan visitarnos gentes de otros países; sino cuando pasa un marroquí o un chino con su traje nacional, que hace correr a la gente detrás de él y que los guardias tengan que proteger su paso.

A medio día, a la hora de la salida de las oficinas, se notaba allí más que en ninguna otra parte la animación febril del trabajo. Las paralelas se llenaban de obreros y empleados, ansiosos de tomar su puesto en los tranvías, y las aceras se poblaban de la multitud que pasaba de prisa, apresurada, en esa mezcla abigarrada de los elegantes y los hombres de blusa, las mujeres de mantón y las de sombrero, los mendigos y los chicuelos derrotados y astrosos con las gentes bien vestidas.

Después venían unas horas de mayor silencio, de mayor calma, unas horas como de descanso y siesta; parecía entonces que los tranvías cruzaban más perezosos y los coches más de prisa; los comercios cubrían sus escaparates; se cerraban las ventanas; sólo los que iban a sus quehaceres pasaban espaciados por las aceras. Esta era la hora de las citas; la hora de la sobremesa; cuando muchos hombres podían marchar reunidos al café para tratar mejor un asunto.

El calor era en aquellos momentos insoportable, la gran plaza justificaba su nombre por la fuerza con que él sol caía sobre ella, llenándola toda, abrasándola. Los que no podían ir al café y se veían obligados a ventilar sus negocios en la calle se desesperaban.

—Antes tenía toldos. Ahora debía seguirlos teniendo, porqué es inaguantable que el Gobierno consienta este calor —decían, con esa costumbre, tan arraigada de dar la culpa de todo a los gobiernos y de esperarlo todo de ellos.

Más tarde era ya un imposible el permanecer allí. Empezaba la hora de la alta marea. La hora en que se encendían las luces, los anuncios movibles y brillantes se encendían y apagaban, dando la impresión de una corriente de lava que iluminase con su oro encendido las fachadas de los edificios. Era la hora del tumulto, del ir y venir de coches y automóviles; del cruzar de tranvías, haciendo sonar el «tan tan» de su timbre de aviso; de la afluencia de floristas y de vendedores de periódicos, libros, juguetes y baratijas de todas clases que se pregonaban a voz en grito. De los escaparates de las tiendas, de los cafés, de los hoteles, de las casas se escapaban ríos de luz, ecos de vida, que venían a aumentar la bulla, la animación, la algazara que da todas las tardes a Madrid el aspecto de un pueblo en fiesta, como si celebrase una romería o verbena.

Los vendedores ambulantes han tenido siempre una predilección por la Puerta del Sol. Es aquí donde se han lanzado todos los gritos callejeros de los pregones que sería curioso conservar hoy que se uniforma a las floristas de la Puerta del Sol, y que los vendedores, con sus tableros colgados ofrecen limpiamente las mercancías; no se tiene idea de los otros vendedores, muchachos descalzos y sucios; mujeres desgreñadas y en chancletas, hombres astrosos y llenos de lamparones que gritaban:

—¡Rabaninitos y coooles!

—¡Al queserooo!

—¡Llevo aaceeiitee!

—¡Quien me compra un gallos!

—¡Poollos y huevos frescos!

En medio de esta bulla el sartenero chocando las sartenes con estrépito los vinateros con el pellejo a la espalda infestándolo todo de olor a pez y vino, los aguadores con la cuba al hombro y la botella del aguardiente en la vasera, y los vendedores de fósforos con la sombrilla abierta sobre su caja para resguardarla del sol lo mejor; la concurrencia se aumentaba con la presencia del cocinero y del pinche de una posada que salían a pelar los pollos a la puerta de la calle: y de las señoras y criadas que acudían a comprar a los vendedores, que llevaban burros cargados de hortalizas, y a veces armaban broncas descomunales, ya por la falta de pago, ya por la falta de peso.

Desaparecieron aquellas costumbres y aquellos tipos, dejaron de oírse aquellos gritos con sus diferentes tonos, pero todavía se vocea, se ofrecen mercancías y los vendedores ambulantes llenan la Puerta del Sol. No son ya vendedores de hortalizas, de quesos y de aceite, sino vendedores de cosas que podíamos llamar frívolas, de un comercio más delicado.

A veces la mercancía no es tan inocente. Entre libros que se pregonan a precios inverosímiles, se ofrece la postal de una mujer desnuda o el libro solo para hombres, sin que las autoridades se inquieten.

Aquí se venden periódicos por un pitillo, libros de tres pesetas por una perra gorda, y objetos de bazar o de escritorio por la décima parte de su valor sin que nadie averigüe como los han adquirido para venderlos así. Pero cada acera tiene su concurrencia diversa. Hacía la Carrera de San Jerónimo, la pollería elegante que iba a lucir y a presenciar el desfile de coches. Hacia la calle de Alcalá, la «acera de los apretones», de las niñas cursis, de los viejos libidinosos, de los jovencitos procaces, que tienen allí un campo de operaciones galantes. Hacia la calle del Arenal se encontraba más la gente que pasea por pasear o que va a sus ocupaciones. La acera de las citas era aquella acera del Ministerio de la Gobernación, hacia la calle de Carretas, preferida por los que iban a sus negocios.

Y aquel reloj de la gente marcaba con sus manecillas gigantescas la hora de ir a cenar, dejando la gran plaza solitaria, con el suelo de luciente asfalto las luces movibles, los guardias a caballo en medio de la explanada. Marcaba la hora de ir a los teatros y la hora intermedia en que vendedores, golfos y muchachuelas reemplazaban la multitud elegante. Después la última ola de la salida de los teatros y las silenciosas horas de la madrugada, en las que lucía la torre del reloj en la soledad y la sombra que agrandaban la plaza, que simboliza el centro de España, el corazón de Madrid, cuanto hay de más neto y castizo en la capital del reino, la corona de esa capital.

*

* *

Don Justo miraba con tristeza en torno suyo. Era ya viejo y había perdido el tiempo lejos de aquel centro, en una apartada provincia desde la que contemplaba como un sueño el palenque abierto en Madrid a los luchadores. Era allí donde había que ir para que la labor hecha repercutiese en toda España, era allí donde podían abrigarse ambiciones grandes, proyectos vastos, donde el comercio, la industria, la literatura abrían generosos sus puertas a los audaces.

Él, metido en su pueblo, soñando y sin trabajar, al correr de los años se encontró con que había perdido toda su fortuna; se vio obligado a vender las casas y tierrecillas heredadas de sus padres, sintiendo el dolor de la indiferencia y la ingratitud con que sus coterráneos se reían de su desinterés y le volvían la espalda.

No pudiendo soportar la miseria en su pueblo, se vino a Madrid, con los últimos restos de su fortuna, trayendo en su compañía a sus dos hijos Anita y Juanito y a doña Antonia, su mujer.

El calvario recorrido desde su llegada había agriado su carácter apacible, tornándolo en hosco, huraño, malhumorado y violento.

Trató primero de sostenerse en un pisito de buen aspecto, solicitando un destino de los caciques y los poderosos amigos políticos que había obsequiado en su tierra y le habían ofrecido su amistad… Día a día su cabeza se tornaba blanca. Su barba y su cabellera poco cuidadas tenían, con la mezcla de sus canas, un aspecto de atochera madura, y entre este tono pajizo y el pajizo de su tez. Los párpados irritados y sin pestañas, formaban un ribete rojo en torno de las pupilas rubias, de un modo que recordaba a los conejos de indias.

Desengañado al fin de conseguir la protección política, don Justo se había dedicado a la industria, había entrado en el círculo de los negociantes de la Puerta del Sol.

La Puerta del Sol era para él un refugio, un entretenimiento que le hacía pasar las horas sin darse cuenta. Contemplaba el espectáculo cambiante, pintoresco, sorprendía rasgos de las novelas de la vida de los que transitaban, se distraía con el desfile de tipos. A veces pasaba horas enteras entretenido en analizar los rasgos fisonómicos de los transeúntes; pero de una manera tan exigente, que encontraba un escaso tanto por mil de personas de carácter bondadoso e inteligente. Bien es verdad que en la cuenta no incluía a las mujeres, porque solían gustarle todas.

Aparte esta pequeña manía fisonómica, don Justo se sentía optimista en la Puerta del Sol. Lo invadía su alegría, su bullicio, que parecía poner una vibración eléctrica en el aire para comunicar mayor vida. Sentía la sensación de lo gran frontón que era.

—Aquí se puede uno sentir satisfecho —decía, olvidando su miseria—. Aquí se ve que hay elementos para poder trabajar y luchar.

A fuerza de estar allí él conocía ya todos los tipos habituales, todos aquellos pequeños comerciantes que vendían ingeniosas baratijas, restos de saldos, periódicos y otros mil objetos.

Lo sonreían como a un compañero todas las floristas y los golfos grandullones que se entretenían en jugar a «La ruleta de la Puerta del Sol», frente al trébol de colores con una manecilla movible la anunciadora que está encima del Bar Sol. Apuntaban en las hojas de ese trébol como en los números de una ruleta, y el capricho de la manecilla al pararse decidía la suerte de los jugadores, entre los que no faltaban ya algunos jugadores de ventaja, que a fuerza de hábito sabían dónde solía pararse con más frecuencia la manecilla y explotaban a sus compañeros.

Eran lo que pudiéramos llamar la cría de la Puerta del Sol, los que han de perpetuar esa raza de Puertasolinos semejante a esos Sampedrinos de Roma, que a fuerza de vivir en las claverías de la iglesia de San Pedro forman una raza aparte.

Estos Chicos de la Puerta del Sol parece que han nacido en ella. Herederos directos de Ginesillo de Pasamonte o de Marcos de Obregón, educados por Gil Blas o por Monipodio; son de una pillería tan amable que se hace simpática. Tienen siempre su alegría que resiste al hombre y las privaciones. Se han acostumbrado a ellas y en tan juveniles años tienen ya algo del estoicismo de los faquires. Hijos de raza árabe son fatalistas y esperan que caiga de gracia el pan, de cada día.

Ellos conocen de vista a todos los políticos y literatos de valía; hablan de todo: discuten de política y de toros; tienen sus amores con esas chicuelas que lo mismo que ellos pululan por allí vendiendo flores, alfileres o periódicos; fuman, beben y se envician antes de desarrollarse. Tienen siempre los movimientos rápidos la respuesta pronta… Llaman el coche que hace falta antes de que se lo digan, abren la portezuela, ofrecen periódicos, libros o baratijas… todo menos, que los lleven al asilo o les hagan trabajar.

Ninguno se muere de hambre, como notaba don Justo, saben ingeniarse para vivir y hasta para entrar en los teatros y en los toros, de balde.

A veces oía diálogos tan pintorescos como éste:

—¿Quieres ganarte unas pesetas?, —le decían a uno.

—¡A lo que estamos! ¿Qué hay que hacer?

—Llevarme este bulto a mi casa. Plaza del Progreso número…

No dejan acabar.

—¡A ver que vida! ¡Llévelo usted si quiere! ¡Mis lomos no se han hecho para cargar!

Y con su fiera independencia volvían la espalda y se ponían a hablar con otros compañeros en su argot especial, cuyos términos burlan la curiosidad del que no está iniciado.

Si van al servicio militar o van a la cárcel, hay la seguridad de que volverán allí; que no se apartarán de la Puerta del Sol y si son ricos soñarán con tener allí sus casas. Ellos no son madrileños, ni españoles: son de la Puerta del Sol.

Su viveza es tanta que ellos, sin el reclamo de los grandes timadores extranjeros, limpiaron un día los bolsillos de Mr. Hermans, que se consideraba el rey de los escamoteadores europeos y se metió incautamente en medio de sus desconocidos colegas de la Puerta del Sol.

Su audacia sin límites les llevó a cortar el faldón izquierdo de la casaca del rey de Sicilia, que oía devotamente misa en el Buen Suceso, cuando vino a casar a su hija con Femando VII. Decían, con su gracia chispeante, que les había sido simpático su majestad y querían tener como recuerdo aquel pedazo de trapo… y la tabaquera de brillantes que llevaba dentro…

*

* *

Todo pícaro acude a la Puerta del Sol como para perderse en una selva de gente. La policía detendría a todos los criminales de Madrid solo con esperarlos en la Puerta del Sol. Es allí donde se conciertan todos los robos y todos los fraudes. El falsificador de moneda actúa en la Puerta del Sol y desde allí desparrama su caudal. Esos timos célebres e inverosímiles del entierro o del Portugués se dan en la Puerta del Sol. La grotesca combinación de los cilindros fue allí donde dio más juego. En alguno de aquellos cafés se hicieron funcionar los dos cilindros metiendo entre ellos un papel; parecía que este iba a salir liado como un cigarrillo, pero lo que salía era un billete de cien pesetas, reluciente, nuevo, recién hecho, fresco y como preñado de otros billetes, dispuesto a multiplicarse como las hojas de papel muy fino que dan la sorpresa de ser varias cuando se creía que era una sola.

¿Qué significaba aquello? Lo cierto era que se hacía el milagro metiendo un papel blanco por un lado salía por el otro un billete estampado y con su firma correspondiente, y se pagaba con él el café al mozo para prueba de que era auténtico pues bueno había de ser cuando lo pasaba un camarero de café, y de café de la Puerta del Sol. Cuando se averiguó que no se trataba de un juego ya habían caído muchos incautos en el lazo. El billete era legítimo, pero la máquina no lo era. Entraba el papel blanco del tamaño de un billete y lo que salía no era el papel sino un único billete de cien pesetas, hecho en el Banco y que como convencía y engañaba hacía soltar cuatro mil pesetas para comprar aquella máquina que produciría billetes ya siempre.

Eran increíbles algunos engaños de puro grotescos. Una de aquellas agencias se comprometía a tornar a una persona invisible… y hubo varios que se dejaron coger, descubriéndose al fin el engaño por un paleto, de la provincia de Toledo, que la emprendió a palos con los falsificadores.

El pobre hombre estaba enamorado de la alcaldesa y encontró de perlas eso de ser invisible. Los inventores del procedimiento lo llevaron a su casa y después de estarle dando varios días unturas declararon que ya era invisible. El hombre salió entre los servidores y los amigos, reunidos a propósito que fingieron no verle. Al llegar a su pueblo se fue sin más ni más a abrazar a su adorada… Cuando se curó de la paliza que le dieron volvió a Madrid y acabó, a su vez a palos con la agencia.

Todavía existen en las esquinas hombres que acechan el paso de un paleto y después de contarle una historia fantástica le dejan a cambio de unos cuantos duros como fianza el sobre cerrado con el capital que le confían… Que luego resulta algunos periódicos y papeles viejos.

No se puede uno fiar de nada en la Puerta del Sol, desde lo más grande hasta lo más sencillo. Existe la vendedora de periódicos viejos y atrasados, que los da como nuevos, en el momento de subir a tranvía. Hay la vendedora de alfileres que da un papel vacío y la que ofrece décimos de Lotería atrasados por el mismo procedimiento.

*

* *

De la Puerta del Sol salían también los inventos más estrambóticos.

Don Justo había trabado allí conocimiento con un señor anciano que pasaba los días enteros parado, ya en una esquina ya en otra, de la gran plaza.

—No sé vivir fuera de la Puerta del Sol —le confesó don Diego cuando el verse meses y meses les hizo conocidos—. Soy hijo de Madrid, me he criado aquí, desde pequeño, que en lugar de irme a jugar al campo, como dicen que se hace en otras partes, me venía a la Puerta del Sol. Soy como un marino que no pudiera estar fuera de su barco.

Cuando intimaron más llegaron a las confidencias.

—Yo también he hecho un invento —confesó don Diego— pero no me lo han dejado explotar.

—¿De qué se trata?

—Es la forma más original de anunciar, con menos coste que todas esas luces eléctricas y esos reclamos de los periódicos. Yo he inventado el anuncio por el grito.

—¿Cómo?

—Un grito artificial, lanzado por un fonógrafo de gran calibre, invención mía, que se coloca en el tejado de las tiendas que acepten el anuncio y lo aceptarán todas. De pronto el aparato gritaría de un modo estentóreo «Gran sastrería. Bailen, 8» y se oiría hasta el final de la calle de Alcalá… Pero el señor Ayuntamiento se opone diciendo que eso molestaría al vecindario. ¿Qué ha de molestar? Pero entre tanto me encuentro con un invento, que es una fortuna inutilizada. Por puro patriotismo no lo he ofrecido ya a los Estados Unidos.

—¿Y qué piensa usted hacer?

—Trato ahora solo de ver la manera de adosar a mi aparato una especie de telégrafo sin hilos, que no necesite receptores y que podré hacer penetrar a voluntad en las casas para que dé el grito dentro de los comedores y de las alcobas, sin que se sepa de donde sale.

—Diantre, sabe usted que es peligroso.

—Sí, pero al que despierten un día a las cuatro de la mañana para decirle «Tome usted pastillas Valda», no se le olvida jamás.

*

* *

Según se compenetraba de su espíritu, don Justo amaba cada vez más aquel lugar. El pobre hombre se entretenía viendo el desfile dé las mujeres más bonitas y de los trenes de más lujo de la corte; no había mujer que al estrenar un traje o un sombrero no quisiera lucirlos en la Puerta del Sol.

Pero había otra cosa que a él le interesaba más. «Los comerciantes de la Puerta del Sol».

Era tradición antigua la de aquellos comerciantes. Don Justo conocía muy bien su historia, era el compendio de la historia de Madrid.

A veces parado en medio de la Puerta del Sol se quedaba como pasmado al pensar en su antigüedad, que era como asombrarse de la antigüedad de la tierra, puesto que de todo lo primitivo ya no quedaba nada; pero aquel era el solar donde el Emperador Carlos I estableció el célebre hospital del Buen Suceso para soldados enfermos y criados de su real casa; cerca de la iglesia donde se veneraba la imagen de la Virgen que los hermanos Obregones habían encontrado en las montañas de Cataluña. Algunas tardes llegaba paseando con don Diego, el viejo cantor de las glorias de la Puerta del Sol, hasta la calle de la Princesa para ver la iglesia y el hospital que se habían reedificado allí y que ellos creían que se les habían robado a la Puerta del Sol.

—¿No cree usted, decía don Diego, que una hermosa iglesia de alta, torre, estaría mejor colocada en el ángulo que ocupa el Hotel de París?

—¡Ya lo creo! Pero debía ser la catedral de Madrid, no una simple iglesia.

—Como que allí debía estar también el Banco de España.

—Sin duda. En este lugar ha debido edificarse el Palacio Real, que para eso es el corazón de la ciudad.

Al llegar a este punto don Justo movía la cabeza. Él era republicano y no le tenía amor a aquel palacio. No lo concebía sin todas aquellas viejas estatuas de reyes que rodean la Plaza de Oriente y que a él le parecían parte del palacio.

—Todo eso le quitaría el carácter a la Puerta del Sol —decía—. Su tradición es otra.

Y para probarle a su amigo que él conocía también la historia de aquel pedazo de terreno le contaba como en la antigüedad había ya en la Puerta del Sol muchos cajones en los que se vendían, quincalla, gorras, peluquines, lazos y otras menudencias. Allí tuvieron cajones también los tablajeros, choriceros y tocineros, que anunciaban en grandes cartelones, la víspera de las corridas de toros, al precio que se vendería la carne.

—Con un cajón de esos no quería más para hacerme rico —decía con convencimiento.

—Ya no se necesita —respondía don Diego—. Hoy son todos vendedores ambulantes y todos viven. Fíjese usted en todo lo qué se vende en la Puerta del Sol. Aquí se venden todos los inventos y juguetes ingeniosos. Hay quien lleva una tienda entera colgada del cuello. Gomas de borrar, lápices, tinteros, papel de cartas a precio inverosímil, lacre, sindetikón, botonaduras y petacas, gomas para los paraguas, refuerzos para los tacones, polvos para pegar la loza y el cristal… insecticidas, remedios contra los sabañones y el dolor de muelas. Ya en muchas casas en vez de decir «hay que ir a comprar esto o lo otro a la tienda» se dice: «Hay que ir a comprarlo a la Puerta del Sol». Fíjese usted en cómo todos viven.

—Es cierto.

—Yo he conocido a un millonario al que su padre le dijo al morir: «No te dejó más que la Puerta del Sol… Me has visto trabajar en ella… te he presentado en nuestras tertulias. Eso es una fortuna para el que la sepa aprovechar… ¡Te dejo la Puerta del Sol y muero tranquilo!».

—¿Y dice usted que hizo fortuna?

—¡Ya lo creo! El que conoce la Puerta del Sol conoce el mundo entero. Es como aquel rey de Granada que al morir le dejó a su hijo un tesoro escondido en la tierra. Nunca encontraba más que unas cajitas que decían «más allá» pero él aprendió a trabajar… Eso le sucedió a mi amigo… millonario.

*

* *

Don justo se iba saturando de aquel espíritu.

Presenciaba también todas aquellas reuniones, animadas siempre, llenas de esperanza, de los que iban a tratar allí sus negocios. Iban algunos bien vestidos, tipos de «verdaderos caballeros» —pensaba él—, con los que le hubiera gustado relacionarse.

A fuerza de verse allí ya se saludaba con algunos, y poco a poco tuvo ocasión de trabar conversación con ellos.

La ocasión de hablar la daban las paralelas durante los largos ratos de espera unos cerca de los otros, tratando de distinguir qué número traía el tranvía que asomaba por lo alto de la cuesta de la calle de Carretas.

Otro lugar a propósito era cerca de los puestos de limpiabotas. En las horas de la tarde los limpiabotas no daban abasto a todos los parroquianos, y éstos, censados de esperar, charlaban entre sí. Allí fue donde don Justo conoció a Galán.

Francisco Galán era un hombre alto, seco, de tez morena y semblante expresivo, uno de esos hombres muy movibles, muy activos, que inspiran confianza porque no dejan reflexionar y se apoderan de la voluntad por la rapidez de la acción. Iba vestido con cierta desaliñada elegancia que le daba aspecto de persona de buena situación.

Pronto se estableció una gran amistad entre ellos, y don Justo contó a su amigo la difícil situación en que se encontraba.

Lejos de esquivar su amistad, Galán le ofreció su protección.

—Si usted necesita algo no vacile en decírmelo.

—Yo desearía encontrar medios de conseguir un empleo, de trabajar.

—¡Qué duda cabe! Tiene usted méritos sobrades. Confíe en mí que yo lo protegeré. Con poco que usted tenga podremos empezar.

—Sólo me quedan tres mil pesetas que acabo de recibir de la venta de lo único que me quedaba en el pueblo.

—Hay bastante para empezar.

—Es que necesito gastar más de dos mil en desempeñar lo que tenemos empeñado en el Monte, y buscar un cuarto mejor que la miserable habitación donde ahora nos hemos refugiado.

Galán tomó un aire de suficiencia.

—Dios me libre, amigo don Justo, de tratar de intervenir en sus asuntos; pero yo creo que no debe usted malgastar en todo eso ni una sola peseta.

—¿Malgastar?

—¡Claro! Dinero al que no se le hace producir es malgastado.

—Pero usted no sabe lo que sucede en mi casa. Las mujeres y los chiquillos no entienden de negocios y me dan la tabarra con sus quejas y sus lamentaciones.

—Sí; pero los negocios son los negocios; no hay que darle vueltas. Con lo que le producen a usted esas pesetas podrá atender a todos esos pequeños compromisos y hasta crearse una fortuna.

—¿Una fortuna con tres mil pesetas?

—¡Ya lo creo! Si usted viera lo que puede producir un interés compuesto en las fabulosas ganancias de la industria de aprovechamientos. Yo he gastado mi fortuna en estudiar este asunto y no me pesa. Tengo la seguridad de volver a rehacerla, a triplicarla. Sólo me faltaba encontrar un hombre como usted para emprender el negocio. Con tener medios de aprovechar lo que se tira podemos hacernos millonarios… Me ha dicho usted que sabe química. El aprovechamiento de residuos es una mina que no está explotada. ¡Se desperdicia tanto! Ve usted esos cabellos de mujer que se tiran diariamente, pues sólo de ellos viven 30 fábricas en los alrededores de Berlín.

Don Justo lo escuchaba con la boca abierta.

—Aquí no se hace nada —prosiguió Galán—, todo tienen que traerlo hecho del extranjero. ¿No sería usted capaz de fabricar tintes, específicos, gelatinas y conservas como las que traen de allí?

—¿Qué duda cabe? Y mejores —respondió don Justo, entusiasmado y ya dentro del negocio.

—Con todo lo que nadie quiere —seguía Galán—, con los desperdicios que se tiran… ¡qué cría de conejos y gallinas se puede tener!…

—¡Es cierto!

—¡Y usted sabe lo que renta una gallina! Una gallina pone quince huevos al mes. Con dos gallinas hay un huevo diario… De modo que con sesenta gallinas se vende una docena diaria… y no cuesta nada mantenerlas… y luego ellas mismas que se venden cuando se desponen… y los pollos… y las plumas… porque no se desperdicia nada.

Don Justo escuchaba deslumbrado.

—¿Pues y los conejos?, —seguía Galán—. Esos se reproducen tanto que con un macho y una hembra se hace una fortuna… Si yo fuese gobernante compraría y vallaría grandes solares que se poblarían de conejos inmediatamente… Se acababa el problema del hambre.

—Eso tiene un inconveniente —decía don Justo—. Yo sé lo que son los conejos. Hacen agujeros tan profundos que se escapan por debajo de los cimientos sin que haya nadie que lo pueda evitar. Yo creo que si se empeñasen saldrían, hasta por el otro hemisferio.

Galán quedó un poco desconcertado y al fin repuso:

—Esos que usted dice son conejos de monte… mala carne… dura… como liebres… Yo hablo de los conejos caseros…

—¿Y por qué no emprendemos el negocio? Si no se gasta nada en mantenerlos…

—Los terrenos, amigo mío, los terrenos. Ese es el inconveniente; pero todo se arreglará.

—¡Hay tantas industrias que explotar! Sólo el oro que llevan las aguas del Manzanares y que podía cogerse con un buen filtro, es una riqueza. Pienso hacer una sociedad al efecto.

—¿Y podría tomar yo parte en esas empresas con tan poco dinero?

—¡Natural! Las primeras materias cuestan poco… las acciones de mi empresa no son caras…

Don Justo empezaba a decidirse.

—Si quiere usted, Galán, podemos entrar en un café y hablaríamos mejor.

—Tendría mucho gusto; pero la verdad, no me atrevo sin que lo explore primero Severiano. Suele haber allí tanto sablista, que el entrar un hombre de mi posición constituye un peligro… todos saben mi generosidad… y me asedian. Más de una vez tengo que salir corriendo al ver aparecer un pedigüeño… no le extrañe a usted. Yo no sé decir que no… ¡Si llego a ser mujer! ¿Qué remedio me queda?

Se volvió, hizo una seña, y de la esquina de la calle de Carretas surgió un hombre alto, seco, de cabellos negros y rostro, barbilampiño. Se adelantó andando encorvado, con el cuerpo torcido y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—Severiano, explora si puedo entrar en el Relámpago.

Severiano se alejó y volvió al poco rato diciendo:

—Puede usted entrar.

—Quédate aquí, y si viene mi hermano a buscarme avísame.

Y los dos hombres entraron en el bar, sin que Justo sospechase de aquéllas precauciones, que tenían por objeto no hallarse cara a cara con un acreedor o con un engañado furioso.

De ser más observador, hubiese visto una sonrisa de conmiseración en los labios del camarero que se acercó a servirlos y que parecía decir:

—¡Ya ha pescado este pillo a otro tonto!

Al mismo tiempo que preguntaba:

—¿Qué va a ser?

*

* *

El cabo de vela colocado en la boca de la botella vacía que servía de candelero iluminaba la estancia.

Aquel bohardillón al que se llegaba casi gateando por el largo y estrecho corredor, perfumado por las emanaciones del retrete que servía de vanguardia a la mísera vivienda, se componía de una sola estancia, que habían dividido colocando en uno de los ángulos una falda vieja a guisa de cortina, donde estaban las camas de la joven y del chico separadas de la cama del matrimonio, debajo de la cual se guardaban la arqueta de la ropa, los líos de las ropas sucias, el tintero, la pluma y la enorme cartera que le servía al padre de mesa, colocada sobre las rodillas, cuando quería escribir.

Unos cajones con tablas servían de estantería para guardar los libres y los manuscritos de don Justo. El resto del mobiliario estaba compuesto por una mesilla de cocina, pequeña y desvencijada, dos sillas, algunos cacharros de cocina, y un cajón lleno de arena que servía de escupidera y que don Justo tenía siempre cerca.

Anita no era fea, delgada, alta, mórbida, su palidez era blancura y su anemia le daba un cutis fino, lleno de suavidades y de dulzura para los ojos. El hermoso y abundante cabello que tan pocas veces se trenzaba, formaba una selva virgen, encrespada con matices de oro cobrizo, que hacía aparecer enormemente grande la cabeza y más pequeño el rostro de facciones correctas, boca rosada y ojos claros, muy vagos y soñadores.

Bien vestida y bien cuidada Antia hubiese sido una mujer capaz de llamar la atención por su belleza; así y todo era agradable, daba la impresión de lo que podría ser cuidándola un poco, si bien ofrecía ya esa semejanza de las hijas bellas con las madres feas, que son cómo una amenaza para lo porvenir. Esas semejanzas en que las dos parecen decir: «Así era». «Así seré».

Participaba de las ilusiones de su padre al que veía volver cada noche lleno de una alegría nueva, de una esperanza reanimada en los estupendos negocios que podían hacerse en «este país» donde estaba «todo por hacer».

Sus nuevos amigos lo habían relacionado con una agencia, importante, que sin pagar contribución se ocupaba de toda clase de negocios. La agencia de «Ramírez y Compañía», que se ocupaba de todo: testamentarías, cobro de créditos, dinero a rédito sobre sueldos e hipotecas, patentes de invención, protección a las industrias, negocios de minas, y de compra-venta.

La agencia tenía «ganchos» para proporcionarles los negocios, con el pretexto de eludir la terrible contribución que tendría, que pagar si declarase sus negocios. Eran esos ganchos los que citaban a los clientes que aún no les inspiraban confianza, en aquella acera de la puerta del Sol, donde se resolvían los más arduos proyectos, a no ser que el citado los pudiese convidar, en cuyo caso entraban en alguno de los cafés de la Puerta del Sol o en las más próximos, como el Bar Monopol o el Relámpago.

Sin embargo, a pesar de su optimismo, don Justo tenía que confesar que aún no se veían los resultados de su esfuerzo. Algunas pequeñas ganancias habían venido de vez en cuando a hacerle olvidar los gastos que le ocasionaban.

—En todo negocio es preciso esperar —le decía Galán— no llegan las ganancias el primer día. Siempre se necesita un pequeño capital de resistencia.

Él lo esperaba todo del Metropolitano. Constantemente se ocupaba de eso.

—Cuando el Metropolitano funcione —decía a los capitalistas que le confiaban sus intereses— se venderá cuanto se quiera.

*

* *

La Puerta del Sol ha tenido siempre una relación con la hora. En los antiguos edificios, en los más antiguos, había siempre un reloj, desde que los relojes se inventaron. Uno de los primeros fue el de la Puerta del Sol.

El reloj de la Puerta del Sol con su gran bola descendente al dar las doce, es aun célebre en toda España y no hay paleto que al venir a Madrid no pase por la gran plaza para ver caer la bola, en la acera de enfrente al Ministerio de la Gobernación con los ojos y la boca muy abiertos, como el que espera un milagro.

No tiene este reloj la complicación del reloj de Berna donde se mueve un pueblo entero, pasa una procesión de osos y hasta canta un gallo; ni siquiera tiene lo pintoresco del viejo reloj de Medina del Campo con sus figuras que tocan la campana; pero tiene el prestigio de ser el reloj de la Puerta del Sol y con eso le basta para ser el reloj de los relojes, como ella es la Plaza de las Plazas; a pesar de esa maravillosa Plaza Mayor, invencible en belleza y en poesía.

Ahora en la Puerta del Sol se puede saber la hora que es en cada parte del mundo porque el Trust Joyero ha colocado ese reloj de todo el mundo y que sin embargo, es típicamente nacional porque un toro da con los cuernos la hora embistiendo la campana.

Sin embargo el reloj que toma importancia en los grandes sucesos, es el antiguo reloj de la bola. La última noche del año se puede decir que la que se celebra es la fiesta del reloj. Es en vano que embista el toro del reloj mundial, diciéndonos que hay gentes para los que ya empezó el año y otras para los que no empezará todavía. Los ojos de todos buscan el reloj qué dejará caer su bola, como si de un formidable reloj de arena cayese en la eternidad el grano que marca un año en el tiempo. Es todo un año el que cae al caer la bola y un año nuevo, con su aurora de esperanzas y misterios el que con ella se vuelve a levantar.

El pueblo de Madrid despide con alegría poco filosófica al tiempo que se fue y recibe con confianza el misterio que se anuncia. Las alegres pandillas de gente del pueblo pasan tocando guitarras, acordeones y panderetas y cantando los «couplets» de moda con voces más o menos destempladas. No es solo alegría del pueblo, es alegría de la clase media, de señoritas que acuden con sus novios y sus mamás, familias enteras que llevan con ellos hasta los niños en pañales; modistas, criados, estudiantes… la algazara de Madrid, el pueblo más alegre y gritador del mundo, que parece despedir al año con una estrambótica cencerrada.

Las niñas llevan cestitas de uvas, se han conservado para esta fiesta muchos barriles de uvas. Salen doradas, transparentes, con esa cosa de vidrio que tienen las uvas, y limpias del polvo del aserrín se colocan en las cestitas, adornadas con una cinta rosa o azul, que hacen de la docena de uvas que es preciso engullir, una a cada campanada, un regalo elegante. Los hombres llevan botas y botellas de vino, que pone más bullicio aun en el conjunto en la multitud.

Al dar las doce todos los ojos están fijos en el reloj, se inicia el movimiento de cansancio, en esa misa pagana al empezar a descender la bola. Es preciso no descuidarse en cumplir ese rito que asegura la felicidad de todo el año. Algunos quedan tristes y desanimados por no haber podido tomarlas lo bastante deprisa y un temor vago y supersticioso se apodera de las almas. Es la verbena, la verdadera verbena, de la Puerta del Sol, verbena sin farolillos, porque le basta solo para engalanarse el prestigio de su reloj.

Un año la multitud esperó en vano; el reloj no dejó caer su bola. ¿Se había descompuesto? Parece que eso era lo lógico pero el pueblo echó la culpa a sus gobernantes y les achacó el hecho de amargar la alegría de todo un pueblo en fiesta. Este era un crimen. Había sido como matarlos a todos… suspendiendo el tiempo y retardando la entrada del año.

Para don Justo y sus amigos aquello constituyó un atentado. Ellos tenían su propiedad en la Puerta del Sol y era una deslealtad aquello. Don Justo había llevado a toda su familia. Anita apenas podía andar con los zapatitos tan estrechos que compró para esa noche y el dolor de los pies le hacía subir el color de la cara. Recogía piropos al pasar por los grupos alegres, esos piropos pintorescos y poco respetuosos del pueblo de Madrid, que la hacían ruborizarse aun más, pero que le regocijaban en el fondo del corazón, haciéndole sentirse bella. Antoñito iba ya ronco de gritar y rendido de darle a la pandereta, mientras que doña Antonia se quejaba continuamente de los callos y del dolor de cabeza y lo criticaba todo.

En cuanto a don Justo se sentía feliz. Era como si fuese él quien recibía a sus invitados. Se sentía como un gran señor que tenía fiesta en su casa.

Así es que a pesar de las quejas de la mujer, y con gran contentamiento de sus hijos, esperó, a que el salón se quedase desierto; parecía que quería ver las sillas colocadas en su lugar. Respiraba con satisfacción el aire frío de aquella primera noche de Enero. Todos habían comido sus uvas a tiempo, todos menos doña Antonia que seguía quejándose del frío. Anita volvía con disimulo la cabeza. Para ella, empezaba bien el año. Dos jóvenes la iban siguiendo con un paso militar y acompasado a respetuosa distancia. ¿Seria un novio sacado de la Puerta del Sol?

En el momento que el sereno con el farol y el chuzo en la mano les abría el portal, los vio parados en la acera de enfrente. ¡Qué pena no tener un balcón que diera a la calle! Sentía una verdadera atracción hacia aquellos hombres entrevistos que quizás pertenecieran a la clase de encerradores de la Puerta del Sol que son unos jóvenes que siguen por costumbre todos los días a media docena de mujeres bonitas, hasta dejarlas encerradas en sus casas y no piensan en volver más bastándoles con saber donde las encerraron.

*

* *

Como hay días de días, de fiestas onomásticas, hay días de la Puerta del Sol. Además de la Fiesta del reloj, la noche de año nuevo, la Puerta del Sol tiene la noche de Reyes, esa noche en la que no se cierran los bazares y las tiendas de juguetes que los padres van a buscar en esa última noche de plazo, para la llegada de los Reyes magos, porque no se han acordado antes y no se puede defraudar la esperanza de los niños que han puesto sus zapatitos en balcón y que duermen soñando con la visita de les orientales.

Pero ninguno de aquellos muñecos de bazar tenía la gracia de los juguetes de la Puerta del Sol; en ninguna parte se encuentran esos muñecos ingeniosos, inefables, más que allí. Son los muñecos nacionales, los españoles por excelencia, los que se fabrican en casa, fruto de la fantasía de su inventor.

—¡Toribio que saca la lengua!

Un gallito que sube y baja pendiente de un elástico de bota antigua —aquellas botitas de elástico que casi han desaparecido—, monitos que saltan, aeroplanos que vuelan, ratoncitos que corren… Toda una serie de juguetes que es inútil buscar en ninguna otra parte, porque son como producto del gran árbol de Noel que es la Puerta del Sol.

Los días de procesiones solemnes pasan por la Puerta del Sol; esta sé engalana como cuando pasan las carrozas de la casa real. Una de estas procesiones es la del Corpus; que tiene más importancia por las mantillas blancas con claveles reventones, color de sangre de toro que lucen las mujeres que por el desfile de santos y autoridades, que se empequeñecen en la amplitud de la gran plaza. A él le parecía que en esas procesiones solemnes debían ir los reyes como van los alcaldes en las procesiones de los pueblos.

Fuera de estos días fijos había días de fiestas impensados, como los días de crisis, en los que la Puerta del Sol tiene algo del antiguo mentidero. En esos días se espera saber más pronto el resultado en la Puerta del Sol, que en la de Palacio o en el Congreso. La gente va a la Puerta del Sol a enterarse: se preguntan hasta los desconocidos, unos a otros, y el que la sepa no vacilará en decírselo a los demás; feliz por haber dado la noticia.

Además, allí se esperan los periódicos que rivalizan en salir temprano y que llegan a la Puerta del Sol antes que a ninguna otra parte. Los chicos que salen al trote con las «manos» de papel bajo el brazo no se detendrán en su carrera, aunque los llamen, van ciegos a la Puerta del Sol para gritar allí «¡El Heraldooo!».

Además el transparente de La Correspondencia tiene ese día una atracción. Frente a él hacen su tribuna los directores de muchedumbre, esos que hablan mucho en público en voz alta, y siguen los acontecimientos desde aquella esquina, sin que por eso dejen de tomar un aire misterioso de hombres bien informados por conductos autorizados y secretos.

Los días en que se juega la Lotería Nacional ejercen una influencia también sobre ella. Esos días el comerciante está allí desde muy temprano. A eso de las once de la mañana sale el gordo, y sin saber por qué se le considera como a un fetiche que puede ejercer su influencia en las demás cosas. Un dios que viene a visitar la ciudad. Se nota en la Puerta del Sol más animación que de ordinario; los comerciantes se sienten más optimistas. ¡Quién sabe si ese día harán mejores negocios, si a ellos también no les tendrá la suerte guardado su gordo! Es optimista pensar en la suerte de la lotería, que puede enriquecer a uno en un momento.

*

* *

Por la Puerta del Sol pasa todo lo que hay de notable; se considera corno el sitio obligado de todos los espectáculos oficiales. Por allí pasan los reyes para ir a abrir las Cortes —salvo excepciones contadas—, por allí transitan los Embajadores que van a presentar credenciales, las princesas que vienen a desposarse y los reyes que nos visitan.

Entradas de un ejército triunfante, actos de grandes exhibiciones, todo tiene que tener lugar en la Puerta del Sol. Es incalculable el dinero que se ha gastado en festejos en ese lugar; arcos triunfales, columnatas, colgaduras, iluminaciones y banderas. Hoy sólo los entierros de gran lujo pasan por la puerta del Sol; ya no la cruzan aquellos míseros entierros que conducía la Cofradía del Consuelo, encargada de dar sepultura a los muertos pobres, llevando el ataúd encima de unas angarillas, y delante el mismo estandarte de hule negro que se usaba para los ajusticiados en garrote. Hoy es un honor de muertos ilustres, de esos a los que se les conceden honores por decreto, y cuyos entierros, seguidos de muchos coches llenos de gentes indiferentes, se detienen delante del teatro Español, o delante del Ateneo o de las Academias. Se necesita ser ilustre para pasar después de muerto por la Puerta del Sol.

Se evita que pase por ella lo desagradable: Las cuerdas de presos… los entierros pobres… hasta las recogidas de noche del Gobierno civil pasan tarde o dan un rodeo. En la Puerta del Sol se han prohibido las castañeras…

*

* *

Aquella noche habían acabado tristemente la cena, un potaje de lentejas, con unos mendrugos de pan que doña Antonia había rebuscado en la cesta, donde los guardaba revuelto con las patatas y las cebollas.

Don Justo veía con miedo que se aproximaba la hora de pedirle dinero para la compra del día siguiente, sin tener un solo céntimo.

—Es raro… No ha venido ninguno de mis corredores —dijo por decir algo.

—Ni vendrán —repuso doña Antonia—. Solo son puntuales cuando se trata de venir por género o por dinero.

—No digas eso, Antonia, ya has visto como todos cumplen bien.

—Menos el que no. No hace tanto qué le diste el dinero a Robustiano para comprar los ingredientes necesarios para hacer los polvos de clarificar vinos y no ha vuelto a aparecer…

—Cierto… se valió de aquellas pesetas para desempeñar su gabán. Está mal hecho pero es muy humano.

—Y ahora te están sacando el dinero para fabricar la gelatina pura de pie de cerdo… y lo crees. Buenos banquetes se estará dando a tu costa el señor Galán.

—Mujer, me apuras la paciencia y no sabes lo que te dices. Si tú vieras la casa del señor Galán no pensarías eso. Además está por medio la agencia de Ramírez y Compañía, una gran casa donde se desarrollan negocios importantes.

Como siempre que no tenían un céntimo, Justo deslumbró a su mujer con el relato de grandezas de sus amigos y consocios. Allí se daba dinero a rédito sobre sueldos e hipotecas, se cobraban créditos y deudas dejados por imposibles, se sacaban patentes de invención, se daban informes, se buscaban colocaciones. Era cierto que había que proceder con cuidado para evitar pagar contribución y no se podían anunciar; estando obligados a reunirse en medio de la Puerta del Sol o en los cafés; pero los negocios afluían y todos llevaban sus iniciativas a Ramírez y Compañía. La agencia tenía letrados que asesoraban a los clientes y se encargaban de todos los asuntos jurídicos y contaban con gentes de grandes influencias capaces de conseguir las cosas más difíciles. No eran aquellas agencias casas de timos como decían los mal intencionados. Ramírez y Compañía era una sociedad importante de «Defensa Mercantil». Los que buscaban dinero acudían allí y se suscribían a la sociedad, por la módica suma de dos pesetas cincuenta, al mes, lo que les daba derecho a que se les facilitase conocimiento con los usureros que daban préstamos por mediación de la agencia.

El aspecto de la casa era serio, sobre cada puerta de las que daban a la sala de espera o a lo largo del pasillo se leían pomposos letreros «Caja», «Dirección», «Letrados», «Sala de espera», «Secretaría».

Verdad es que ningún cliente pasaba de la «Secretaría» y no podía ver que la «Dirección» era la alcoba, la «Caja» el comedor y el gabinete de los «Letrados» el pasillo que conducía a la cocina.

Ni don Justo, que entraba en la casa con cierta confianza, gracias a su amistad con Galán había penetrado en aquellas estancias. Ahora iban a emprender dos magníficos negocios grandes, además de la venta en proyecto de algunas minas. La sociedad para extraer el oro del agua del Manzanares, y la busca de Sevillanos, herederos de la opulenta duquesa que quisiesen reclamar sus derechos. No contentos con poner anuncios en todos los periódicos «Se ruega que se presenten Sevillanos» los amigos recorrían cafés, posadas y pueblerinos cercanos buscando a todos los que tenían ese apellido. Galán los convencía de la realidad a los que ignoraban que tenían parentesco con la difunta duquesa y les hacía firmar un documento cediendo una parte de su futura herencia después de conseguida. Nadie podía sospechar de un hombre que sólo pedía a cada heredero cinco pesetas y que nada iba a cobrar hasta solucionar el negocio. Eran ya miles de Sevillanos los que había coleccionado y por lo tanto miles de duros los embolsados.

—Está claro el derecho —decía don Justo— y figúrate tú qué millonada; el día que se cobre empezamos la explotación del Manzanares.

—Pero entre tanto…

—Siempre tu impaciencia, mujer.

—Es que no tenemos para comer mañana.

Estas palabras volvieron al pobre hombre a la realidad.

—Caramba, eso es verdad… Yo esperaba hoy alguno de mis corredores. Ya es que no estoy parado.

En efecto esperando el desarrollo de las grandes empresas y mientras buscaba Sevillanos y gentes necesitadas que llevar a los prestamistas, don Justo había emprendido una multitud de aquellas industrias que explotaban los negociantes de la Puerta del Sol.

Con hojas de acacia que le recogía Severiano y otros ingredientes había compuesto un específico para curar los sabañones, del que pensaba sacar patente.

Hacía además emplastos para las mataduras de las caballerías, polvos para clarificar vinos, jarabe para curar la diabetes, ungüento para cicatrizar heridas, tintas de todas clases, unas famosas bolitas para limpiar los ojos, quitando las motas y el polvo que se hubiese introducido en los párpados.

—Ya ves, Antonia, que con todo esto es imposible dejar de triunfar.

Como si quisieran darle la razón sonaron unos golpecitos en la puerta. El chicuelo acudió a abrir y apareció un hombre alto, derrotado, con el cabello hirsuto, medio desnudo, con el pie fuera de la bota, que llegó tambaleándose cerca de la mesilla.

—Buenas noches, don Justo y la compaña.

—¿Trae usted algo?, —preguntó don Justo ansioso, después de contestar al saludo.

No, no traía nada; la tinta estaba demasiado clara… era menester hacer otra nueva. Aquella la había tenido que dejar gratis para no perder la clientela. Eso no significaba nada, tenía un gran negocio, un pedido de tinte azul para las fábricas de paños de Bejar.

Don justo disimuló su mal humor. Nemesio era un buen hombre, aquel vicio de la bebida lo perdía, no era la ocasión de decirle hada, estaba tan borracho que parecía que se había bebido la tinta, sería menester proceder con más prudencia en adelante.

No había acabado de salir Nemesio cuando apareció otro hombre alto, barbado, con una cara de Cristo martirizado y macilento, con una gran caja de cartón, en cuya tapa se leía en letras gordas «Sabañones. Se curan en 24 horas».

Un relámpago de alegría iluminó el rostro de don Justo; este sí que era un muchacho formal y juiciosito. Había sido sacristán en un convento de monjas y era muy aficionado a la literatura, tanto que había escrito un soneto hermosísimo destinado a cantar las glorias de un español ilustre, y con una hábil combinación de consonantes lo variaba para poderlo dedicar a todos los que han sobresalido por su talento en las diversas ramas del arte o del saber. Aquel soneto era una mina porque lo iba ofreciendo a todos los descendientes de hombres ilustres, que conmovidos por la lisonja, no vacilaban en abrir la bolsa y sufrir el sablazo que seguía a la lectura de aquellos renglones que lo mismo exaltaban la figura cruel de González Bravo, que los nombres de Echegaray, Núñez de Arce o Benot. Era un hombre rubizco cuya barba y cabellos toscos y encrespados tenían algo de cepillo viejo y entre aquel monte de pelos cerdosos del bigote y la barba que le cubrían la boca, sin dejar ver los labios, se descubrían al hablar unos dientes largos grandes, con tono de dátiles maduros, que armonizaban con el conjunto del rostro inmóvil, largo y los ojos sanguinolentos. Mejor vestido que el anterior no iba por eso menos sucio. Las solapas caídas iban lo mismo que el cuello, el sombrero y el chaleco llenos de manchas y residuos.

—Siéntese, amigo mío, siéntese —dijo complacido don Justo presentándole la silla. Andrés con el aspecto humilde de sacristán que conservaba, tomó con timidez, la silla que se le ofrecía y se sentó, permaneciendo con la caja y el sombrero en la mano.

—A ver, a ver —repitió don Justo impaciente—. ¿Qué se ha vendido?

—Toda la remesa —repuso el otro con voz pausada, dejando deslizar las palabras sílaba a silaba.

—A ver, Antonia, saca de debajo de la cama mi carpeta y trae el tintero… Por fortuna tenemos bayas e ingredientes y se pueden fabricar más.

—Sí, señor, hay pedido y se venderán admirablemente. Solo en la Guindalera me han encomendado cien botes.

Así hablando colocó sobre la mesa la caja abierta, cuyo fondo vacío miraban todos con satisfacción. Doña Antonia empezaba a pensar que tenía razón su marido y que les aguardaba aún una vida de opulencia. Dándose bien aquellos negocios era tremendo, cada duro producía cincuenta pesetas de ganancia.

Conociendo el buen efecto causado a su familia, lo que no era su menor triunfo, don Justo se puso la cartera sobre las rodillas, se caló los anteojos y dijo procurando disimular su satisfacción:

—¿Conque casi todo se ha despachado?… Bueno… Bien… prepararemos la otra remesa.

—¿Y cómo están mi señora doña Antonia y la señorita Anita?

—Muy bien —contestó doña Antonia satisfecha de su finura.

—Traigo un tomito de la Biblioteca Clásica que gustará a la señorita. Romeo y Julieta. Siento haber venido tarde para saludarla. Harán el favor de dárselo —así diciendo puso su grasiento librito sobre la caja—. Verdaderamente he venido muy tarde y es hora de descansar. Ya volveré por la nueva remesa.

—Pero ¿y el dinero de la venta? —preguntó don Justo interrumpiendo sus cálculos y tendiendo hacia Andrés su cabeza de viejo león.

—¿El dinero?… Le diré —repuso Andrés con su imperturbable calma— en confianza, lo que me ha sucedido, a mí me gusta mucho el pan, no lo puedo remediar… pues bien, el otro día comiendo en casa dice mi padre: «Hijo, eres caro de mantener por el pan; si estuvieras en otra parte no comerías tanto pan». Yo digo: «Pues padre será que darán cosa de más fuerza». Y entonces dice mi padre: «Hijo, si no estás conforme con la comida de aquí te vas». Yo dije: «Pues me iré». Y me marché al colegio de las Madres donde me habían ofrecido una plaza de pasante.

Don Justo se había calado los anteojos y miraba ansioso de comprender a dónde iba a parar aquel relato.

—¿Qué quiere decir todo eso? ¿Eh? ¿Eh? ¿Y el dinero? ¿Eh? ¿Eh?

—Como solo me dan tres duros… y como uno tiene necesidades —siguió el otro imperturbable con su aire modesto, su mirada baja, dando vueltas al sombrero entré las manos— he dispuesto del dinero de la venta de los sabañones.

—No entiendo. ¿Qué dice usted? No entiendo —exclamó don Justo levantándose con violencia.

—Quiero decir qué he dispuesto del importe de la venta de los sabañones — siguió el otro imperturbable.

La cólera ahogaba la voz de don justo; quería hablar y balbuceaba.

—¿De manera que ha dispuesto usted del dinero?… Del dinero que no es suyo. ¿Y sabe usted como se llama quien dispone de lo ajeno?

—Perdóneme usted don Justo. Yo no he tomado nada que no fuese mío.

—¡Como!

—No he hecho más que cobrarme de mi comisión de venta que descontaremos en las remesas sucesivas…

—¿Pero qué está usted diciendo?, —exclamó el pobre señor—. ¿Con qué voy hacer nueva remesa? ¿Con qué doy de comer mañana a mi familia?

—Es que yo no podía suponer que un señor como usted…

—Pues sí, señor, sí; un señor como yo no tiene hoy una perra y es preciso que me traiga hoy mismo, en el acto, cinco pesetas… porque si no… —Se adelantaba amenazador, con la atochera de sus cabellos encrespada y las manos trémulas.

El otro no se alteró.

—Si usted tiene a bien decirme de donde las he de sacar se las traeré.

Haciendo un saludo ceremonioso ganó la puerta y desapareció.

—¡Pillo! ¡Pillo!, —gritó don Justo queriendo lanzarse detrás de él.

—Justo, por Dios.

—Papá.

Todos se precipitaron a detenerlo. Aquella muestra de cariño de la pobre familia cambió la cólera en dolor y rompió a llorar.

—No te aflijas, Justo —exclamó la pobre mujer olvidando su penuria; todavía queda algo que empeñar. Ya iremos saliendo. ¡Quién había de pensar esto de un hombre tan fino!

*

* *

La situación de don Justo había mejorado algo, gracias al crédito que iba teniendo entre sus consocios por su actividad para buscar los negocios y las iniciativas que ofrecía constantemente. Aquellos explotadores conocían que les convenía explotarlo de una manera diferente y así estaban obligados a darle una parte de sus ganancias.

Sin darse cuenta don Justo iba siendo un verdadero negociante de aquellos típicos negociantes de la Puerta del Sol. Empezaba ya a ver el fondo oscuro de los negocios sin asustarse de ellos, se inmoralizaba hasta el punto de contribuir al engaño de otros, aunque siempre en cosas que le parecían de poca importancia, como llevar a un cliente a conseguir un préstamo firmando triple de la cantidad recibida; proporcionando a las pensionistas dinero a peseta por duro al mes, sin amortizar; convenciendo a muchos para que hiciesen seguros sobre la vida y sobre fincas, en sociedades insolventes, cuyos médicos fingidos aseguraban cancerosos y tísicos en último grado, cobrando fuertes sumas de las familias cuya ambición había de quedar chasqueada.

Intervenía también en el ramo que la Agencia tenía destinado a colocaciones, cobrando primas para colocar dependientes y criados que a los pocos días estaban de nuevo en la calle, y amas de cría, entre las que las había de «profesión» ofreciendo como fresca la leche conque habían criado tres o cuatro muchachos.

Había aprendido ya dé Galán la habilidad para elegir los cafés según el asunto de que iba a tratar, en lo que estribaba una gran parte de su éxito.

Al Café de Correos, iba sólo alguna que otra vez, cuando quería descansar, y se distraía presenciando las intrigas de las niñas que acudían a las citas para ver a los viejos. Le parecía poco propicio, siempre cerrado y lóbrego.

El Café de Lisboa era su preferido. Gustaba de él para llevar a su familia, parecía que le facilitaba el salir y el entrar aquella doble salida a la Puerta del Sol y al Bazar de la Unión. Era el café para los negocios claros, y tenía la ventaja de poder entrar de un modo optimista en el planteamiento del negocio contando la historia del café. Se creía como artículo de fe en aquella historia del pastor al que le tocó la lotería —casi todas las cosas buenas les suelen pasar a los pastores— en aquel tiempo en que había quinas, ambos, cuartos, ternos y doscientos mil líos. Al pastor le tocaron nada menos que el primero, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto premio y todos por duplicado. El rey no le pudo pagar y le concedió aquella manzana de casas, además del pago que le haría el Tesoro en distintos plazos, pues se dio el caso de no haber dinero en España para pagarle. Después de esta introducción, de esa evocación de dinero y suerte, sé sentía con confianza para lanzarse a cualquier negocio.

El Café de Puerto Rico llevaba en su nombre algo de lejano que le hacía más propicio para plantear los negocios con América o con las provincias.

El Nuevo Levante le gustaba para los negocios difíciles. Se prestaba más, tenía más fondo, y el saloncillo central con Panaux negros, que le da cierto aspecto de sala de los milagros, donde los negocios se tramitan muy bien. Tenía la ventaja, además, de que allí daban bien de comer, sobre todo unas perdices escabechadas y un vinillo de la tierra estupendos para acabar de realizar un negocio.

Para negocios más secretos era preferible el Café Universal, lleno de medallas de oro en la portada, café que daba confianza en los negocios en que hay que emplear dinero y que para el negocio silencioso tiene un cuartito completamente escondido, especie de sacristía del café, con puerta al portal de la Puerta del Sol y donde el negocio más peligroso puede ser realizado sin que se oiga una palabra.

El Café de la Montaña era el café a propósito para cazar santanderinos y bilbaínos ricos, que han venido a sustituir en la fama a los mejicanos y con las mujeres a los príncipes rusos. Aquellos grandes capitalistas, mineros y fabricantes a los que lo mismo, les da perder mil duros en un negocio que ganarlos, con tal de tentar a la fortuna y no tener el dinero parado. Era como hablar en las tierras honradas de la montaña tratar allí un negocio.

Para el Café Candelas se necesitaba gran tacto. Café servido por camareras, predisponía bien y regocijaba a los grandes paletos o a los ricachos burdos y mujeriegos, que pierden parte de su raciocinio escaso cuando las camareras los rozan, al servirlos, con sus enormes bustos. A los hombres serios y de mal humor, a los que sólo tienen quinientas pesetillas disponibles, no se les debe llevar allí, porque se irritan y desconfían como de un juerguista del que les propone, el negocio. En cambio es excelente para que los que necesitan dinero no discutan las condiciones excesivas del crédito.

Aunque un poco al margen tenía los refugios de Pombo, el Colonial y hasta la Mayorquina y el nuevo Bar Sol. Porqué era preciso refugiarse de pronto en un café, bien para no perder a un cliente que se niega a ir dos pasos más allá, o bien para hacer perder la pista a alguno que no le convenía que lo viera. El Colonial era el buen café para los negocios ayudados por saludar a mucha gente, y porque aun abundando los del hampa se puede saludar mucho allí, y ese es un elemento importante en los negocios, porque parece una garantía de ser conocido y de tener crédito.

En Pombo se encontraba mal; café de artistas, aristocrático por sus recuerdos, solitario por la noche y frecuentado por buenos y sanos burgueses por la tarde, tenía algo demasiado clásico y digno en su ambiente para prestarse a sus amaños.

A la Mayorquina iban solo para casos excepcionales, al saloncillo del interior, y en el Bar Sol les prestaba buenos servicios aquel salón del piso alto, donde daban cenas económicas, durante las cuales se veía toda la Puerta del Sol, y eso daba el optimismo que deben tener los negocios y decidía a soltar mejor la pastizara.

Así podían valerse de todos los teléfonos de estos cafés, que usaban en los momentos necesarios, jugando con claves conocidas. Se habían mandado hacer tarjetas con el número del teléfono de los cafés.

*

* *

Don Justo veía ya la mala fe de los vendedores, engañando al público con drogas que carecían de las virtudes que ellos les atribuían.

El hombre de los perros lograba hacerle reír por la habilidad con que transformaba a un perro de baja estofa, dándole toda la apariencia de un perro de raza y falsificando su «pedigre» para hacerlo descendiente de una ilustre familia de canes.

Un día le dio cuenta a Galán de sus observaciones.

—La cría del perro —le dijo éste— es de las más lucrativas. La emprenderemos junto con la de los conejos y gallinas.

«Luis de Val, el gran novelista —decía un señor acostumbrado a novelones como la Hija del Jornalero y Doscientas puñaladas en el corazón—, a pesar de darle tanto sus novelas por entregas se dedica a la cría del perro en un hotelito de Barcelona, que ladra hasta por la chimenea».

—¿Pero es posible?

—Ciertamente. No hay que desdeñar la cría del perro; produce mucho; pero hay que estar bien enterado de ese asunto: razas, cruzamientos, falsificaciones… En sabiendo conducir el negocio da una burrada de dinero… una millonada.

El caso era vivir y todos vivían. Un vendedor de gomas para los paraguas había logrado hacer con esta industria una pequeña fortuna. Había otro que labraba toscamente juguetes de madera; que conseguía tales ganancias que lo veía entrar todos los días a comer en el Colonial, haciendo sus «menús» con gran refinamiento en la elección de platos, que luego engullía de un modo curioso de manera que a veces, viéndole comer los riñones salteados, parecía que se le iba a clavar la aguja en la garganta, por como le daba la vuelta, introduciéndola toda de una vez en la boca.

El centro de operaciones de todos seguía siendo la Puerta del Sol. De vez en cuando aparecía Galán, siempre precedido de Severiano, que exploraba el terreno, para que no encontrase quien le pudiera molestar.

Se daba cuenta Justo de la habilidad de Galán para encontrar clientes o capitalistas en las paralelas o en aquellos puestos de limpiabotas en donde lo conoció a él. Había en aquello una gran psicología, que escoge para hacer hablar el momento de aburrimiento, de inacción, en esa larga espera, cuando se encuentran confundidos con todos. No menos finura de percepción había en la elección de sitio. La mayoría del publico de los limpiabotas lo constituían los grandes provincianos, los hombres relucientes, fastuosos, que vienen a Madrid con el bolsillo lleno de dinero y reventando de orgullo y de presunción. Aquellos hombres fastuosos, de gran puro y facha de conquistadores eran las víctimas predilectas de Galán, que los iba cazando como moscas para vivir una temporada a costa de ellos, bien divirtiéndolos o bien interesándolos en el comercio, según el carácter de cada uno, hasta que la mayoría de ellos recurrían a Ramírez y C.ª para irse.

*

* *

Con el mayor bienestar económico había mayor paz en la casa. Doña Antonia empezaba a tener fe en su marido y a respetar sus negocios. Antoñito iba al colegio y Anita se ocupaba en limpiar sus vestidos y los deseados zapatitos descotados, que la obligaban a estar siempre esclava de las medias.

Ahora su padre las llevaba de noche a la tertulia al Café de Lisboa. Aquel café era el encanto de las dos mujeres, a las que los contertulios solían hacer algún regalo.

El regalo solía ser también de la Puerta del Sol. Una cajita o un paquete de caramelos de La pajarita.

—La Puerta del Sol es un mundo en pequeño —decía don Justo—. En ella se encuentra todo: hasta el único estanco que no se cierra de noche.

Miraba enternecido aquel paquete de caramelos. Era enternecedora La pajarita, la tiendecita tan pequeña, tan infantil con su nombre y con su jeroglífico en la puerta, que sólo se veía cuando estaba cerrada. Había escrito su dirección con el signo musical La, y el nombre con la pajarita de papel, para que fuese más pajarita que una pajarita de carne, y después una puerta y un Sol a los que seguía el número.

Era inefable: sus dulces, sus bombones y sus pastillas perfumadas resultaban así como más dulces y más acarameladas, por eso era de allí de donde los llevaban al Congreso, para que los diputados galantes obsequiasen a las damas que iban a contemplarlos desde la tribuna de la presidencia.

Le gustaba pasear por aquella acera y mirar al interior de La pajarita. El aire estaba aromado con las perfumerías, y a cada vuelta se detenía con cierto respeto en las losas donde cayó muerto Canalejas. Aquel asesinato manchaba la Puerta del Sol, como la había manchado el arrastrar a Riego por allí mismo. Y de este asesinato no se había lavado aún. Él hubiera querido que existiese allí algo que recordara el gran hombre muerto a los que pasaban indiferentes, algo como esas cruces que se ponen en los caminos en el lugar donde muere alguno y a cuyo pie todos los viajeros arrojan una piedra. Le parecía eme la luna del escaparate de la librería de San Martín debía tener perpetuamente el agujero de una bala y un letrero, a manera de epitafio, para conmemorar el triste suceso.

Mientras él pensaba todo eso, los labios golosos y húmedos de la muchacha acariciaban un bombón, y Antoñito insistía, dándole golpes por debajo de la mesa, en que le diese más sin que los viera la madre, que por no endulzarse no quería tomar caramelos.

Don Justo no pagaba jamás el consumo y todas las noches eran escoltadas hasta su casa por algún apasionado. Pero nada pasaba de ahí. Ningún compromiso serio, ni una declaración formal. Doña Antonia empezó a pensar con inquietud qué sería de la suerte de Anita sí no se casaba y empezaba a molestar a su marido incitándolo a realizar sus magníficas empresas a fin de que su hija tuviese dote.

Algunas noches Galán hacia su aparición en el café. Solía dirigirse a uno de los extremos donde había un hombre grueso, moreno, coloradote de amplio abdomen y boca grande; vestido con un traje de pana negra, en la que lucían la blancura de la camisa y la doble cadena de oro de su reloj, llena de dijes que acariciaba con una mano chata y morena en la que brillaban los aros de oro con grandes solitarios. Después de conversar un momento Galán venía a saludar a don Justo y a las señoras y solía llevarse a este aparte para hacerle alguna confidencia o darle algún encargo.

*

* *

Después de esto se retiraba satisfecho a su casa, más optimista cada vez, para ir al día siguiente a continuar sus negocios y departir con su amigo don Diego, agotando el tema de cuanto se refería a su querida Puerta del Sol.

Don Diego se indignaba de todas aquellas obras modernas de la Puerta del Sol:

—La están afeando cada día más —exclamaba—; es inicuo haber hecho ésos subterráneos con techo de cristal en medio de esta plaza. No era digna de convertirla en eso con la historia que ella tiene.

Estaba tan enterado de su Puerta del Sol, que era como si viviese en ella centenares de años y la hubiese conocido en su forma primitiva. Algo semejante a esos antiguos conserjes que quedan en los edificios ruinosos para contar su historia a los visitantes.

—Esto no conserva ya nada de su antiguo carácter —decía con pena, tomo si lamentase que la plaza central de España no fuese ya la inmunda barriada de casas chatas, obscuras, húmedas y mal olientes que había sido en la mitad del siglo XVIII. Se diría que experimentaba la nostalgia de aquel Madrid que no se barría todos los días, formado por callejones sucios, entre tapias de conventos, por donde transitaban cerdos y gallinas y los vecinos sacaban las inmundicias, que recogían los carros de seis a ocho de la mañana.

Paseando con su amigo hacía la reconstrucción.

—Todo eran casitas pequeñas, de dos pisos solo ¡tan graciosas!, con uno o dos balcones en cada piso. Baste decir que en este lugar que hoy ocupa el Ministerio de la Gobernación había treinta y dos casas…

Luego iba marcando los lugares.

—Aquí estaba la callejuela del cofre y entre las calle Mayor y del Arenal estaban las casas de mujeres que ahora esperan de noche en ese mismo sitio sin necesidad de casa.

En sus balcones había siempre colgados como-muestra, mantones, enaguas y medias de rayas de colores. Fue Carlos I el que echó de aquí a esas palomas menos pintorescas que las de la plaza de San Marcos. Por cierto amigo mío que verá usted que poco vuelan por el centro de nuestra Puerta del Sol; les impone cierto respeto.

—Es verdad.

—¡Es mucha puerta Puerta del Sol esta! Aquí estuvieron el hospital, y la Iglesia del Buen Suceso —seguía, señalando entre las calles de Alcalá y Carrera de San Jerónimo— y ahí, donde se abre la calle de Espoz y Mina estaba la lonja del convento de la Victoria.

—¿Y las gradas de San Felipe?

—¡Ah! El Mentidero. El convento de San Felipe el Real que tenía esas celebres gradas se extendía en el sitio que ocupa, hoy la calle del Correo, llamada así porque el Ministerio de la Gobernación se hizo entonces para Casa de Correos. No me diga usted que a pesar de los defectos de la época no sería entonces bella también esta plaza.

—¿Y por qué se llamó Puerta del Sol?

—Eso es más antiguo. En tiempos de las Comunidades de Castilla, fue transformada en castillo esta puerta y sobre ella se pintó un sol, sin duda porque miraba a Oriente.

Escuchando estas descripciones don Justo olvidaba sus asuntos y experimentaba la satisfacción del hombre a quien le muestran su árbol genealógico lleno de brillantez, Se sentía como elevado en su alcurnia.

El otro le seguía contando las transformaciones.

—En el primer cuarto del siglo pasado, contaba mi abuelo, que alcanzó a verlo, que todavía eran las casas mezquinas, pobres y sin simetría. Casi todos los pisos bajos eran tabernas y figones, donde venía el pueblo y los soldados los días de fiesta, y se armaban broncas y jolgorios.

—Naturalmente que todo esto la hacía más popular:

—Además era el mercado de todo. En las casas de soportales tenían las tiendas los comerciantes de cáñamo y los beloneros con sus grandes belones de cobre colgados en los puestos. El comercio ha sido siempre cosa de este lugar; alrededor de las posadas, tiendas y tabernas había cajones de carne y de baratijas, sin contar con los ambulantes, que siempre, como ahora, han encontrado aquí un tesoro. Luego, ya en mi tiempo todo se ha ido cambiando. Los industriales han llenado de tiendas todo esto, porque saben que es el lugar para hacerse ricos. En las plantas bajas seguían los cafés y las tabernas, en los portales había memorialistas y zapateros y exhibían sus muestras dentistas y callistas con dentaduras postizas dentro de cajas de cristal y los callos clavados en fondos de bayeta. En los primeros pisos se establecieron sastres, comadronas y peluqueros; en los últimos los fotógrafos de daguerrotipo. No faltaban tampoco escaparates de libreros… Cada vez más todo esto se ha ido perfeccionando, por más que no está aún todo lo que es de desear.

Sin embargo no era amigo de sus cambios y modificaciones. Debía quedar así, sin perder su irregularidad para convertirla en una gran plaza de dimensiones armónicas como querían algunos. La Puerta del Sol debía seguir así, sin más cambios que dejar de cruzarla los tranvías; llevar a la Red de San Luis aquel subterráneo y que no haya en ella esos agujeros del Metropolitano que le hacen perecer en madriguera.

Los establecimientos debían ser —según él— dignos del desarrollo y el progreso que requería la Puerta del Sol; de aquel asfalto luciente que había sustituido al antiquísimo empedrado y a las antiguas losas. Establecimientos nuevos, elegantes, como la Agencia Americana que colocaba allí sus lujosas oficinas de información mundial. Eran esas las únicas cosas que debían permitirse.

El correo nuevo debía haberse hecho allí. Eran los muchos enemigos de la Puerta del Sol —qué también tenía enemigos— los que pretendían llevarse el centro hacia allá. Pero no conseguirían nada. La puerta del Sol era el centro de España y no el cerrillo de los Ángeles, como se quería hacer creer. Era el centro y el alma. Lo había sido siempre. No había más que ver sus recuerdos.

*

* *

Entonces a la descripción sucedía la historia. Todos los hechos grandes de España estaban relacionados con la Puerta del Sol. Era ella el alma de Madrid. Lo mismo que al decir Francia se piensa en París siempre; al decir Madrid se piensa en la Puerta del Sol.

Esta plaza representa un gran papel en la guerra de las Comunidades y en las guerras de sucesión, pero fue en los días primero y dos de Mayo de 1808 cuando ganó su inmortalidad. La Puerta del Sol fue el Foro de Madrid. Más tarde fue aquí mismo donde el cura Merino detuvo el coche de Fernando VII y entregándole la constitución le dijo: «Trágala tirano». No hubo nunca motines ni asonadas en que no tomase parte la Puerta del Sol. Solo ahora es cuando va perdiendo este privilegio, sin duda por las picaras ametralladoras, que ahora, si se acaban las guerras no se van a poder usar más que contra los pueblos.

Empezaba a enumerar y no acababa los hechos ocurridos allí. No quedó un palmo de terreno que no se regase con sangre el dos de Mayo… Por creer que habían envenenado las aguas de la fuente de la Puerta del Sol se armó a la orilla de la fuente el motín contra los frailes, que dio origen a la célebre matanza.

—Bien es verdad —decía— que este pueblo se amotinaba entonces por cualquier cosa y lo mismo se amotinó contra los frailes que contra las galgas —cintas que usaban las mujeres en los zapatitos descotados— ni más ni menos que contra la falda pantalón. Ahora es cuando se le ha vuelto horchata la sangre.

Enseguida le hablaba de sus propios recuerdos, que don Justo oía con cierta envidia.

—Cuando la crisis de 1909 estaba yo en la Puerta del Sol —decía don Justo— y también cuando las cargas que dieron a los estudiantes con motivo de no querer dejar casar a la princesa de Asturias con don Carlos.

—Eso no vale nada.

—Y cuando las cargas de Agosto pasaba yo con un paquetito de fresa en la mano y lo perdí.

—¡Bah! Todo eso es nada. ¡Si hubiese usted estado en la noche de San Daniel…!

No se cansaba de referir lo sucedido aquella noche, que hizo de luto la crueldad de González Bravo. Si no es por la tropa nos asesinan —decía— éramos chiquillos, sin armas, que solo tratábamos de dar una serenata al Rector de la Universidad. Yo estaba delante de la tropa cuando el general exclamó: «Yo no mando hacer fuego sobre chiquillos» y entregó la espada… por eso escapé… y corrí a refugiarme en mi casa entre tiros de la guardia… Tuve que pasar por aquí. La Puerta del Sol estaba militarmente ocupada con tropas y cañones… la casa de correos tenía honores de ciudadela… Mi madre, la pobre, me esperaba llorando…

El buen viejo se enternecía como si aún fuera el niño que huía de los tiros para acogerse al regazo maternal.

*

* *

Hacía falta agua en la Puerta del Sol. No apagaban la sed del asfalto las mangas de riego. Don Diego lamentaba siempre:

—Ah, cuando estaba la fuente en medio es cuando esto estaba bien.

—La Cibeles debía estar aquí —añadía otras veces, porque para él era La Cibeles el colmo de la suntuosidad y el modelo de la escultura.

Le contaba a don Justo como había sido la primitiva fuente de Mariblanca.

—¿Por qué se llamó de Mariblanca? Todos oímos ese nombre y pocos lo sabemos.

—Era por una Diana, a la que el vulgo llamaba así. Una figurita pequeña de la Diosa, que alcanzó gran popularidad. Luego sustituyeron, sucesivamente, por otras dos, esa fuente que no se debía haber quitado de allí por respeto a la tradición ya que estaba desde el siglo XVII. Era un pequeño, aunque no muy extenso pilar circular, con otros dos pequeños semicirculares adosados al Este y Oeste y en el centro un surtidor con juegos de aguas, que permitía hacer alarde de las aguas del depósito del canal de Lozoya cosa de cinco minutos, pasados los cuales toda la plaza se convertía en un enorme pilón.

Su imaginación se remontaba a aquel tiempo, no tan lejano, en que los aguadores iban a llenar sus cubas a la Puerta del Sol y los arrieros daban de beber a las bestias, mientras que tal o cual golfillo se bañaba descuidadamente.

A orilla de esa fuente bienhechora se sentaban los paseantes, y era el lugar favorito de los novios en las noches de luna.

Aún se recordaban los viejos de haber oído contar a sus padres las fechorías realizadas allí por los jóvenes de la partida del Trueno, de la cual formaban, parte unos muchachos que se llamaron Mariano José de Larra y José de Espronceda. Se divertían ligando con una cuerda los cántaros y barricas que esperaban turno para llenarse y ataban el extremo de la cuerda a cualquiera de las caballerías, que al salir, espoleada por un varazo, arrastraba todos los cacharros con el estrépito y el escándalo consiguiente. Desde luego que aquello no estaba bien. No era la Puerta del Sol un lugar de las afueras que permitiese esas expansiones. Quisieron quitar la fuente por eso y habría sido una injusticia. Debía haber allí una gran fuente, decorativa, llenándolo todo de frescura, a la que nadie se acercase como no fuese a beber agua. Era el carácter español el que no consentía aquello; el que hubiera hecho que la fuente estuviese rodeada de chiquillería astrosa, que no tendría idea de lavarse en la fuente, sino de estar encharcados con su fango ensuciándolo todo, como sucede en las pocas fuentes que hay en Madrid, que podría ser tan alegre multiplicando sus fuentes.

En lugar de un jardín en el centro, de la fuente o de la farola, que ya era un punto central en la plaza, han puesto esos corralillos, esas infames paralelas para tomar los tranvías. Ningún tranvía debía cruzar la Puerta del Sol. Cada uno debería volverse al llegar a ella, para eso tiene siete calles, como Roma siete colinas.

*

* *

Aquella noche don Justo gozaba él bienestar del ambiente del café sin tener gana de marcharse, aunque ya se aproximaba la hora de que las sillas se subiesen a las mesas como gallinas que se preparan a dormir.

Veía marcharse poco a poco a todos los parroquianos, envolviéndose en los abrigos perezosamente y sorprendía el gesto con que ellas, hijas o esposas, aprovechaban el momento para lanzar una mirada curiosa hacia los hombres que habían visto en los espejos.

Los camareros, cansados de la tarea se iban reuniendo cerca de la puerta, soñolientos y con deseos de poderse marchar.

Apenas quedaban media docena de personas, además de don Justo, su familia y los amigos que los acompañaban. En un ángulo una pareja que debía ser de enamorados, por como él había hecho que ella se sentase en la silla de espaldas al público mientras él se sentaba en el sofá.

En un ángulo estaba el hombre de las cadenas de oro y facha de chalán, que unas veces miraba a la puerta y otras a la mesa que ocupaba la tertulia de don Justo, de un modo en él que se reflejaba un interés poco común. Ya doña Antonia lo había notado y le tocaba con el codo a Anita. ¡Quién sabe si ese cotorrón sería un buen candidato a marido! Tenía aplomo de hombre rico, que se encuentra bien situado en la vida, y estaba en esa edad de «la caída» de los calaverones que empiezan a necesitar quien les cuide.

Don Justo no observaba nada, tal vez un vasito de cerveza más que de costumbre contribuía aquella felicidad, a aquel sentirse bien que experimentaba. Respiraba con gusto, satisfecho, la atmósfera viciada con las emanaciones de la multitud y el olor a tabaco y café. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para decidirse a marcharse. En el momento que se levantó, el hombre de las cadenas se puso de pie y dirigiéndose a él le dijo:

—Tenga usted la bondad de oír dos palabras.

—Quisiera —dijo el hombre sin más rodeos— que me dijese usted cuando le va pagar lo que le debe al señor Galán.

—¿Yo?

—¿Pero no le debe usted dos mil pesetas al señor Galán?

—Yo no le debo nada.

—Es inútil que me lo quiera usted negar y burlarse de mí. Yo sé muy bien que usted le debe esa cantidad al señor Galán, porque lo he visto venir a exigírsela y llamarlo aparte para reclamársela muchas veces.

—¡Cómo!

—Sí, señor. Él me ha dado cita aquí varios días diciendo que tenía que cobrarle a usted. Ha venido y ha hablado con usted en presencia mía, pero usted siempre le daba aplazamientos.

—¿Pero no comprendo?

—Pues es muy fácil de comprender. Galán me debe dos hermosos caballos que me ha comprado y espera para pagarme que usted le pague a él.

—Pues yo le juro a usted por mis hijos que no le debo nada.

El semblante moreno y coloradote palideció de cólera.

—Entonces yo he sido víctima de un timo.

—No creo que…

—Sí, de un timo indecente… ¡como se burlaría de mí!, y esta misma tarde me ha pedido la tartana para probar los caballos… Seguramente me he quedado también sin tartana. El muy pillo me aseguró que vendría a cobrarle a usted esta noche a última hora.

Los gritos y los ademanes del pobre hombre furioso atrajeron la atención de todos. La familia y los amigos de don Justo se acercaron seguidos de los camareros y la pareja de enamorados se levantó para marcharse.

—Vea usted que yo no tengo la culpa de lo que ese señor le haya podido decir a usted —vociferaba don Justo queriendo calmarlo—. Yo soy un hombre honrado y no consiento…

El otro le atajó.

—Eso lo veremos en los tribunales. Del hijo de mi madre no ha nacido quien se ría.

*

* *

Había vuelto la miseria más negra y más triste después de la temporada de bienestar.

Al día siguiente de la escena del café, don Justo se había apresurado a buscar a Galán en la agencia de Ramírez y C.ª pero la agencia había desaparecido como por encanto. Ni los porteros ni los vecinos podían darle razón. Solo sabían que vino el Juzgado y no encontró más que las paredes.

Al pobre hombre le costaba trabajo creer aquello. ¿Cómo desaparecía así una agencia que tenía dados préstamos de consideración? No se daba cuenta de que en letras, pagarés y escrituras, no figuraba para nada aquella razón social y que bien pronto surgiría otra agencia semejante.

*

* *

Con la miseria, que apareció al perder su dinero en la Agencia, volvió el malestar de la familia, las reconvenciones mutuas y los disgustos. ¡Algo era preciso hacer! Sin embargo, él no sabía hacer nada sino pasear por la Puerta del Sol y tratar en sus cafés y sus aceras sus negocios obscuros.

Para librarse del infierno de su casa, acudía allí, se reunía con don Diego, y juntos ambos, se le olvidaban sus pesares, agotando el tema de sus conversaciones sobre aquel lugar tan querido como si fuese su propio solar.

El tiempo pasaba y la miseria se hacía mayor. Don Justo veía con pena que cada día tenía que correr un punto a la correa de su cinturón. Se le caían los calzones sin cadera donde sujetarse y su cara rojiza empalidecía cada vez más. Miraba con inquietud a su hija, que se iba poniendo traslúcida; a su mujer, cuya garganta se fosilizaba, tallada en pergamino, y a su hijo, que enseñaba los bracitos con esa cosa de alón de pollo que hay en los bracitos delgados de los niños.

Una tarde tomó la resolución de no dejarse engañar por las apariencias, que un día le hacían parecer más gordo y otro más flaco. Acostumbrados a verse todos los días, ellos notaban poco el cambio, y todos esos amigos que al encontraros en la calle dicen: ¡Tiene usted mala cara!, o ¡Qué bien está usted!, sólo bailan maquinalmente y reflejan su impresión sobre los otros. Para salir de dudas entró a pesarse en la báscula colocada en la puerta del Bazar de la Unión. Dirigió una mirada triste hacia el café de Lisboa recordando sus hermosas noches de café, y no sin pesar, como si supiera que malgastaba lo que hacía falta a la familia, sacó del bolsillo los diez céntimos y los echó en la rendija de la máquina.

La manecilla giró: Él miraba espantado: ¡50 kilogramos! ¿Era posible, cuando el invierno pasado pesaba 85? Movió la báscula, la agitó. ¡Nada! Oscilaba la aguja, pero la manecilla, la flechita, quedaba implacable en su sitio. ¡Se había disminuido en más de la mitad! Sintió pánico. Había hecho bien en buscar aquella ficha comprobatoria de su estado. Y todos los suyos estaban peor que él. Se hacía preciso tomar una decisión que los salvase. La falta de voluntad era la muerte segura.

*

* *

Entonces don Justo tuvo una resolución heroica. Él y su hijo serían vendedores en la Puerta del Sol. La Puerta del Sol ejercía sobre él una atracción misteriosa, constituía todo su mundo.

A veces le parecía que la Puerta del Sol debía ser algo sobrenatural, que no existían en ella esos hoteles vulgares donde van los paletos ricos que visitan Madrid, cuando solo debían albergar reyes.

Cuando alguien ofrecía su hotel o su casa en la Puerta del Sol lo miraba sorprendido y le parecía un ser raro, presuntuoso o equivocado, por atreverse a decir que vivía en la Puerta del Sol.

Don Justo había logrado ya cierta experiencia y hasta un barniz de picardía en el secreto de los «timos» o engaños de la Puerta del Sol. Allí lo había aprendido y allí era preciso explotarlo. Su conocimiento del alma colectiva, del gran público de la Puerta del Sol era ya un tesoro. A pesar de las protestas de las mujeres, que no se avenían de buen grado a que sus numerosos conocimientos del café las vieran así venir a menos, una tarde don Justo y Antoñito se colgaron los tableros al cuello y salieron a la calle vendiendo el hijo, pajaritos de pluma amarilla qué saltaban de un dedo a otro; y el padre un famoso dentífrico para lavarse los dientes sin necesidad de cepillo.

Éste fue su triunfo. Había encontrado su mina. Las gentes acudían a comprar aquel específico tan cómodo para la pereza nacional, y gracias al cual algunas personas se resolvían por primera vez de su vida a lavarse los dientes. Bien pronto tuvo vendedores a comisión y no tardó en recibir pedidos de las tiendas.

Esta vez don Justó labraba su fortuna sólidamente. Su conocimiento del espíritu nacional lo había salvado y sobre todo su fe y su amor a aquel centro de la Puerta del Sol que absorbió su vida toda.

(1919)

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