Padres e hijos [Fragmento]

Iván Turguénev

 

 

 

I

—Qué, Piotr, ¿aún no se ve nada? —preguntaba el 20 de mayo de 1859 un señor de algo más de cuarenta años que salía sin sombrero, enfundado en un abrigo lleno de polvo y pantalones a cuadros, al porchecito bajo de una posada situada en el camino de… La pregunta iba dirigida a su criado, un muchacho mofletudo con la barbilla cubierta de vello blanquecino, de ojos pequeños y apagados.

El criado, en el que todo revelaba que se trataba de una persona de la novísima y perfeccionada generación —el pendiente color turquesa en la oreja, el cabello abigarrado y untado de grasa, los movimientos corteses; en una palabra: todo—, echó una mirada condescendiente al camino y respondió:

—Parece ser que no, señor: no se ve nada.

—¿No se ve nada? —repitió el señor.

—No se ve nada —respondió por segunda vez el criado.

El señor suspiró y se sentó en un banquito. Aprovechemos para presentárselo al lector ahora que está sentado, con las piernas recogidas, mirando pensativamente a su alrededor.

Se llama Nikolái Petróvich Kirsánov. A quince verstas de la posada tiene una buena hacienda de doscientos siervos —o de dos mil desiatinas, como le gusta decir desde que acordara la división de las tierras con los campesinos y montara una «granja»—. Su padre, un general que combatió en 1812, medio analfabeto y grosero, aunque un ruso sin maldad, cumplió con su trabajo toda la vida; primero dirigió una brigada, después una división, y siempre vivió en provincias, donde debido a su rango tuvo un destacado papel. Nikolái Petróvich nació en el sur de Rusia, al igual que su hermano Pável —del que hablaremos más adelante—, y hasta los catorce años fue educado en casa, rodeado de preceptores baratos, ayudantes de campo descarados pero serviles, y otros personajes del regimiento y del Estado Mayor. Su madre, del linaje de los Koliazin, de soltera Agathe, y como generala Agafokleia Kuzmínshina Kirsánova, pertenecía a esa categoría de «madres marimandonas», llevaba cofias vaporosas y vestidos de seda crujientes, en la iglesia era la primera en acercarse a la cruz, hablaba fuerte y mucho, por las mañanas permitía a sus hijos que le besaran la manita y antes de acostarse los bendecía; en una palabra: vivía a sus anchas. Nikolái Petróvich, como hijo de un general, debía ingresar en el servicio militar —al igual que su hermano Pável—, a pesar de no destacar por su valentía y de haberse ganado incluso el apodo de cobarde. Pero, justo el día en el que le notificaron su destino, se rompió una pierna y, tras tener que guardar cama dos meses, quedó «cojito» para toda la vida. Su padre se resignó y le dio permiso para dedicarse a la carrera civil, y, en cuanto cumplió dieciocho años, se lo llevó a San Petersburgo y lo instaló en la universidad. En aquel momento el hermano de Nikolái era oficial en el regimiento de la guardia, y ambos jóvenes se fueron a vivir juntos a un apartamento bajo la vigilancia de su tío segundo por parte materna: Iliá Koliazin, un importante funcionario. El padre regresó a su división, junto a su mujer, y solo de vez en cuando enviaba a sus hijos grandes cuartillas de papel gris con la letra suelta de un escribano. Al final de estas cuartillas resaltaban, afanosamente rodeadas de «florituras», las palabras: «Piotr Kirsánov, general mayor». En 1835 Nikolái Petróvich se licenció en la universidad, y ese mismo año el general Kirsánov, que había sido destituido a causa de un pase de revista desafortunado, viajó a San Petersburgo con su mujer para instalarse allí. Su intención era alquilar una casa al lado del jardín Tavrícheski y hacerse socio del club inglés, pero murió repentinamente de apoplejía. Agafokleia Kuzmínshina pronto le siguió: no logró acostumbrarse a su vida solitaria en la capital y la tristeza del retiro la consumió. Entretanto Nikolái Petróvich, aún en vida de sus padres y para gran aflicción de estos, se había enamorado de la hija de un funcionario llamado Prepolovenski, antiguo patrón de su apartamento; se trataba de una muchacha hermosa y, como se suele decir, culta: leía artículos serios de las revistas, de la sección de «Ciencias». Se casó con ella en cuanto concluyó el período de luto, y, tras abandonar el Ministerio de la Corte y Patrimonio Imperial, donde había sido colocado por su padre, gozó de una felicidad completa junto a su Masha en una dacha cercana al Instituto Forestal; después se instaló en la ciudad, en un pequeño y agradable apartamento, con una escalera limpia y un salón algo frío; y finalmente se fue a vivir al campo, donde se instaló definitivamente y donde poco después nació su hijo Arkadi. Los cónyuges vivieron muy bien y tranquilos: casi nunca se separaban, leían juntos, tocaban el piano a cuatro manos y cantaban duetos; ella plantaba flores y cuidaba del corral; él iba a cazar de tarde en tarde y se ocupaba de la hacienda. Mientras tanto, Arkadi crecía y crecía: como ellos, bien y tranquilo. Así pasaron diez años, como un sueño. En 1847 murió la mujer de Kirsánov. Este a duras penas encajó el golpe, y en cuestión de semanas su cabello encaneció. Se dispuso a viajar al extranjero para al menos distraerse un poco… pero llegó el año 1848. Muy a su pesar regresó a su aldea y, al cabo de un tiempo bastante largo de inactividad, se dedicó a reformar la hacienda. En 1855 llevó a su hijo a la universidad; pasó tres inviernos con él en San Petersburgo, sin salir apenas a ningún sitio y tratando de entablar amistad con los jóvenes compañeros de Arkadi. El último invierno no pudo ir, y ahora lo vemos en el mes de mayo de 1859, con el cabello ya totalmente cano, regordete y un poco encorvado. Está esperando a su hijo, que se ha licenciado, como él en su día.

El criado, por un sentimiento de decoro, o quizá para no estar bajo la mirada del señor, se metió detrás del portón y encendió su pipa. Nikolái Petróvich agachó la cabeza y se puso a mirar los decrépitos peldaños del porchecito; un pollo grueso y de abigarrado plumaje se paseaba por ellos con aire digno, golpeando con fuerza con sus grandes patas amarillas; una gata sucia lo miraba con hostilidad, melindrosamente acurrucada sobre la barandilla. El sol quemaba; de la penumbra del zaguán de la posada llegaba un olor a pan caliente de centeno. Nuestro Nikolái Petróvich estaba enfrascado en sus pensamientos: «Mi hijo… licenciado… Arkasha…», no dejaba de rondarle por la cabeza. Intentaba pensar en otra cosa, pero de nuevo le venían aquellas mismas ideas. Entonces recordó a su mujer fallecida. «¡No ha vivido para verlo!», musitó con tristeza… Una gruesa paloma gris voló hasta el camino y, presurosa, fue a beber a un charquito que había cerca del pozo. Nikolái Petróvich la observó, y de pronto su oído captó el traqueteo de unas ruedas que se aproximaban…

—Parece ser que vienen, señor —anunció el criado saliendo por el portón.

Nikolái Petróvich se levantó de un salto y observó el camino. Apareció una calesa tirada por tres caballos de posta; en la calesa refulgió el cintillo de una gorra estudiantil y el contorno de un rostro familiar y querido…

—¡Arkasha! ¡Arkasha! —gritó Kirsánov, que salió corriendo y agitando los brazos… Al cabo de unos instantes sus labios ya rozaban la mejilla imberbe, tostada y cubierta de polvo del joven licenciado.

 

II

—Pero deja que me sacuda el polvo, papá —dijo Arkadi con voz algo enronquecida por el viaje, aunque sonora y juvenil, respondiendo alegremente a las muestras de cariño su padre—: te voy a manchar entero.

—No pasa nada, no pasa nada —repitió con sonrisa enternecida Nikolái Petróvich, y dio dos palmaditas en el cuello del capote de su hijo y en su propio abrigo—. Déjame verte, déjame —añadió separándose e, inmediatamente, se dirigió con paso apresurado a la posada y dijo—: Hacia aquí, hacia aquí, traed rápido los caballos.

Nikolái Petróvich parecía mucho más agitado que su hijo; parecía un poco turbado, como intimidado. Arkadi le retuvo.

—Papá —dijo—, permite que te presente a mi buen amigo Bazárov, sobre el que te he escrito tantas veces. Es tan amable que ha aceptado pasar unos días en casa.

Nikolái Petróvich se volvió rápidamente, se aproximó a un hombre alto enfundado en un sobretodo largo con borlas que acababa de apearse de la calesa y le estrechó con fuerza su mano desnuda y enrojecida, que el otro no le tendió enseguida.

—Un verdadero placer —empezó a decir—, le agradezco su buena intención de visitarnos. Espero que… Pero permítame: ¿cuál es su nombre y patronímico?

—Yevgueni Vasílev —respondió Bazárov con voz apática aunque viril, y, al abrir el cuello de su sobretodo, Nikolái Petróvich pudo ver su rostro entero. Era largo y flaco, con la frente ancha, la parte superior de la nariz plana y la inferior afilada, los ojos grandes y verdosos, y las patillas largas de color arena; su rostro, animado por una sonrisa tranquila, expresaba seguridad en sí mismo e inteligencia.

—Espero, queridísimo Yevgueni Vasílich, que no se aburra en nuestra casa —dijo Nikolái Petróvich.

Bazárov movió levemente sus finos labios, pero no respondió nada: se limitó a levantar un poco la gorra. Su cabello rubio oscuro, largo y espeso, no ocultaba las grandes prominencias de su ancho cráneo.

—Entonces, Arkadi —empezó a decir de nuevo Nikolái Petróvich volviéndose hacia su hijo—, ¿enganchamos ya los caballos? O ¿queréis descansar?

—Ya descansaremos en casa, papá; manda que los enganchen.

—Ahora mismo, ahora mismo —se apresuró a decir su padre—. Eh, Piotr, ¿lo has oído? Encárgate tú; rápido, hermano.

Piotr, quien en calidad de criado «perfeccionado» no se había acercado a besar la mano del hijo del señor y se había limitado a hacerle una reverencia desde lejos, volvió a desaparecer por el portón.

—He venido en carretela, pero hay tres caballos más para tu calesa —dijo Nikolái Petróvich atareado, mientras Arkadi bebía agua de un cucharón de hierro que había traído la dueña de la posada y Bazárov encendía su pipa y se acercaba al cochero, que desenganchaba los caballos—. Lo que ocurre es que la carretela es de dos plazas, y tu amigo no sé cómo…

—Irá en la calesa —le interrumpió a media voz Arkadi—. Por favor, no andes con ceremonias con él. Es un muchacho excelente y muy sencillo, ya lo verás.

El cochero de Nikolái Petróvich sacó los caballos.

—¡Venga, barbudo, muévete! —le dijo Bazárov al cochero.

—Eh, Mitiuja, ¿has oído cómo te llamado el señor? —intervino otro cochero que había allí con las manos metidas en las aberturas traseras de su zamarra—. ¡Es que eres un barbudo!

Mitiuja se limitó a sacudirse el gorro y arrastró las riendas del sudoroso caballo de varas.

—Venga, venga, muchachos, echad una mano —exclamó Nikolái Petróvich—: ¡habrá para vodka!

Al cabo de unos minutos los caballos ya estaban enganchados; padre e hijo se sentaron en la carretela y Piotr trepó al pescante. Bazárov subió de un salto a la calesa, apoyó la cabeza en un cojín de cuero, y ambos carruajes se pusieron en marcha.

 

III

—Así que por fin te has licenciado y vuelves a casa —decía Nikolái Petróvich rozándole a Arkadi a veces el hombro, a veces la rodilla—. ¡Por fin!

—Y ¿qué tal el tío? ¿Está bien? —preguntó Arkadi quien, a pesar de la sincera y casi infantil alegría que lo embargaba, deseaba cambiar cuanto antes el tono emocionado de la conversación a otro más rutinario.

—Sí, está bien. Iba a venir a recibirte conmigo, pero por alguna razón ha cambiado de idea.

—¿Llevas mucho rato esperándome? —preguntó Arkadi.

—Unas cinco horas.

—Pero ¡qué bueno eres, papá!

Arkadi se volvió animadamente hacia su padre y le dio un sonoro beso en la mejilla. Nikolái Petróvich se echó a reír suavemente.

—¡Te he preparado un caballo fantástico! —empezó a decir—. Ya lo verás. Y he hecho empapelar tu dormitorio.

—Y ¿habrá alguna habitación para Bazárov?

—Sí, también para él habrá una.

—Por favor, papá, sé cariñoso con él. No puedo expresarte hasta qué punto aprecio su amistad.

—¿Lo conoces hace poco?

—Sí, hace poco.

—Por eso no lo vi el invierno pasado. ¿A qué se dedica?

—Su ocupación principal son las ciencias naturales. Pero sabe de todo. El año que viene quiere examinarse para ser médico.

—¡Ah! De modo que está en la facultad de Medicina —dijo Nikolái Petróvich y se quedó callado—. Piotr —añadió alargando una mano—, ¿esos que van por ahí son nuestros campesinos?

Piotr miró hacia donde señalaba el señor. Varios carros, tirados por caballos sin brida, rodaban ligeramente por el estrecho camino vecinal. En cada carro iba un campesino o dos a los sumo, con las zamarras desabrochadas.

—Así es, señor —profirió Piotr.

—Y ¿adónde van? ¿A la ciudad?

—Es de suponer que sí, a la ciudad. A la taberna —añadió desdeñosamente, y se inclinó ligeramente hacia el cochero, como buscando su complicidad. Pero este ni siquiera se movió: era un hombre chapado a la antigua que no compartía sus novísimos puntos de vista.

—Este año tengo grandes preocupaciones por culpa de los campesinos —continuó Nikolái Petróvich dirigiéndose a su hijo—. No pagan el obrok. ¿Qué le vamos a hacer?

—Y ¿estás satisfecho con tus jornaleros?

—Sí —dijo entre dientes Nikolái Petróvich—. Pero los instigan, eso es lo malo, y no ponen auténtico empeño en el trabajo. Echan a perder los arneses. Aunque no han mal. Con el tiempo, todo irá mejor. ¿Acaso ahora te interesa la hacienda?

—Aquí no tenéis ni una sombra, que lástima —observó Arkadi sin responder a la última pregunta.

—He puesto un toldo en el balcón que da a la cara norte —dijo Nikolái Petróvich—, ahora también podemos comer al aire libre.

—La casa se parecerá demasiado a una dacha… Pero bueno, qué más da. ¡Qué aire se respira aquí! ¡Qué bien huele! ¡Realmente creo que no hay lugar en el mundo donde huela como en estos parajes! Y este cielo…

Arkadi se detuvo súbitamente, miró de refilón a su espalda y se quedó callado.

—Por supuesto —observó Nikolái Petróvich—: tú naciste aquí, y todo tiene que parecerte especial…

—Bueno, papá, da igual donde uno nazca.

—Pero…

—No: es completamente indiferente.

Nikolái Petróvich miró a su hijo de soslayo y la calesa recorrió media versta antes de que la conversación se volviera a reanudar.

—No recuerdo si te escribí que murió Yegórovna, tu antigua niñera —dijo Nikolái Petróvich.

—¡Qué me dices! ¡Pobre vieja! Y Prokófich… ¿está vivo?

—Sí, está vivo y no ha cambiado ni un ápice. Sigue refunfuñando, igual que siempre. En realidad no vas a encontrar grandes cambios en Márino.

—¿Aún tienes el mismo capataz?

—Pues el capataz justamente lo he cambiado. Decidí que en casa no tendría a más siervos liberados, antiguos miembros de la servidumbre; o que, por lo menos, no les confiaría cargos de responsabilidad. —Arkadi señaló a Piotr con la mirada—. Il est libre, en effet —observó Nikolái Petróvich a media voz—, pero es que él es ayuda de cámara. El capataz que ahora tengo proviene de la pequeña burguesía, y parece diligente. Le he asignado un sueldo de doscientos cincuenta rublos al año. Te acabo de decir que en Márino no encontrarás grandes cambios; sin embargo… —añadió Nikolái Petróvich frotándose la frente y las cejas con una mano, algo que en él siempre denotaba una turbación interior— no es totalmente cierto. Considero un deber prevenirte por lo menos de que… —Se detuvo un momento y prosiguió en francés—. Un moralista severo encontraría que mi franqueza es inoportuna, pero, en primer lugar, es un hecho que no se puede ocultar, y, además, ya sabes que siempre he tenido unos principios singulares sobre las relaciones entre padres e hijos. Por otro lado, naturalmente, tienes derecho a reprobarme. A mi edad… Bueno, en una palabra: esa… esa muchacha sobre la que probablemente ya has oído hablar…

—¿Fénechka? —preguntó Arkadi con desenfado.

Nikolái Petróvich enrojeció.

—No digas su nombre en voz alta, por favor. En efecto… ahora vive conmigo. La he alojado en casa… Quedaban dos habitaciones pequeñas. Pero esto es algo que podemos cambiar.

—Pero ¿qué dices, papá? ¿Por qué?

—Tu amigo se va a hospedar en casa. Me resulta embarazoso…

—Por Bazárov no te preocupes, por favor. Está por encima de estas cosas.

—Bueno, pero… y tú… —profirió Nikolái Petróvich—. El pabellón de la casa no es gran cosa, ese es el problema.

—Haz el favor, papá —le cortó Arkadi—, parece que te estés disculpando, ¡cómo no te da vergüenza!

—Naturalmente que me debe dar vergüenza —respondió Nikolái Petróvich enrojeciendo cada vez más.

—Ya está bien, papá, basta, ¡haz el favor! —Arkadi sonrió con dulzura. «Pero ¡de qué se tiene que disculpar!», pensó, y un sentimiento de indulgente ternura por su bueno y blando padre mezclado con una sensación de cierta superioridad secreta le llenó el alma—. ¡Ya basta, por favor! —repitió una vez más, deleitándose sin querer al sentirse un hombre avanzado y libre.

Nikolái Petróvich le miró por entre los dedos de la mano, con la que seguía frotándose la frente, y sintió una punzada en el corazón… Pero enseguida se sintió culpable.

—Aquí ya empiezan nuestros campos —dijo después de un largo silencio.

—Eso de ahí delante parece nuestro bosque, ¿no? —preguntó Arkadi.

—En efecto. Pero lo he vendido. Este año lo talarán.

—¿Por qué lo has vendido?

—Necesitaba dinero; además, esta tierra pasa a manos de los campesinos.

—¿Los mismos que no te pagan el obrok?

—Eso es cosa de ellos; por otra parte, ya me lo pagarán algún día.

—Me da pena por el bosque —observó Arkadi y se puso a mirar alrededor.

Los lugares por los que pasaban no podrían definirse como pintorescos. Campos y más campos se extendían hasta el mismo horizonte, a veces ascendiendo ligeramente, otras descendiendo de nuevo; bosques pequeños aparecían aquí y allá; barrancos sinuosos cubiertos de ralos y bajos arbustos recordaban el modo en que eran representados en los antiguos mapas de los tiempos de Catalina; asimismo aparecían riachuelos de orillas escabrosas, estanques minúsculos con diques decrépitos, pequeñas aldeas con isbas bajas de techos oscuros, a menudo medio derruidos, pequeños cobertizos destinados a la trilla con las paredes hechas de ramas secas trenzadas y los portones abiertos de par en par junto a las eras desoladas, e iglesias, ya de ladrillo con el estuco medio desprendido, ya de madera con las cruces torcidas y los cementerios devastados. A Arkadi poco a poco se le iba encogiendo el corazón. Como adrede, todos los campesinos con los que se cruzaban iban andrajosos, montados en pencos de aspecto lamentable; sauces con la corteza desollada y las ramas quebradas se alzaban como pobres harapientos en el borde del camino; vacas enflaquecidas y de piel rugosa, como roída, arrancaban ávidamente la hierba de las zanjas. Parecía como si acabaran de escaparse de unas garras amenazantes y mortíferas, y, al conjuro del aspecto miserable de aquellos animales desfallecidos, en medio del magnífico día de primavera, se alzaba el blanco espectro del invierno desolador e interminable con sus ventiscas, heladas y nieves… «No, no es rico este lugar —pensó Arkadi—, no destaca por su abundancia ni por su laboriosidad; pero no puede quedarse así: las reformas son imprescindibles… Aunque ¿cómo llevarlas a cabo, por dónde empezar…?».

Estas eran las reflexiones de Arkadi… y, mientras reflexionaba, la primavera iba imponiéndose. A su alrededor todo verdecía con matices dorados, todo —árboles, matorrales y hierba— palpitaba amplia y suavemente, brillaba bajo el suave aliento del cálido vientecillo; por todas partes las alondras emitían trinos interminables y sonoros; las avefrías graznaban revoloteando sobre los prados bajos o cruzaban corriendo en silencio los terrones; los grajos paseaban su negro y bello plumaje por el verde tierno de las espigas de trigo aún bajas; se perdían entre el centeno, ligeramente blanquecino, y sus cabezas aparecían solo de vez en cuando entre aquellas ondulaciones grisáceas. Arkadi miraba y miraba, sus reflexiones poco a poco se fueron debilitando hasta desvanecerse… Se quitó el capote bruscamente y miró a su padre como un niño pequeño, con tanta alegría que este lo abrazó de nuevo.

—Ya estamos cerca —observó Nikolái Petróvich—, en cuanto subamos este montículo se verá la casa. Qué bien viviremos juntos, Arkasha, me ayudarás con la hacienda si es que esto no te aburre. Ahora debemos estrechar nuestra relación, conocernos como es debido, ¿no es cierto?

—Desde luego —profirió Arkadi—, pero ¡qué día tan maravilloso hace hoy!

—Es por tu llegada, querido. Sí: la primavera en todo su esplendor. Además, estoy de acuerdo con Pushkin, ¿recuerdas estos versos de Yevgueni Oneguin?

Cómo me entristece tu llegada,

¡primavera, primavera, tiempo de amor!

Qué…

—¡Arkadi! —se oyó la voz de Bazárov desde la calesa—, pásame las cerillas, no tengo nada para encenderme la pipa.

Nikolái Petróvich se quedó callado, y Arkadi, que había empezado a escucharle con cierto asombro aunque no sin interés, se apresuró a coger de su bolsillo una cajita plateada de cerillas, y se la pasó a Bazárov por medio de Piotr.

—¿Quieres un puro? —volvió a gritar Bazárov.

—Vale —respondió Arkadi.

Piotr regresó a la carretela y le entregó la cajita junto con un grueso y negro puro, que Arkadi se encendió inmediatamente, algo por lo que Nikolái Petróvich, que nunca había fumado, apartó sin querer la nariz, pero con disimulo, pues no quería ofender a su hijo.

Al cabo de un cuarto de hora ambos carruajes se detuvieron ante el porche de una casa nueva de madera, pintada de gris y cubierta por un techo rojo de hierro. Habían llegado a Márino, también conocido como Nuevo Poblado o Granja de los Solterones, tal y como lo llamaban los campesinos.

 

IV

No hubo ninguna multitud de sirvientes reunida en el porche para recibir a los señores; únicamente apareció una niña de unos doce años, y tras ella salió de la casa un joven, muy parecido a Piotr, que vestía una chaqueta de librea gris de botones blancos blasonados: era el sirviente de Pável Petróvich Kirsánov. Abrió la portezuela de la carretela en silencio y desabrochó el fartuk de la calesa. Nikolái Petróvich atravesó junto a su hijo y Bazárov una sala oscura y casi vacía, tras cuya puerta fulguró el rostro de una mujer joven, y dieron al salón, decorado a la última moda.

—Por fin estamos en casa —dijo Nikolái Petróvich quitándose el casquete y sacudiéndose el cabello—. Ahora lo importante es cenar y descansar.

—Efectivamente, no estaría nada mal comer algo —observó Bazárov estirándose, y se desplomó en el sofá.

—Sí, sí, ¡que sirvan la cena, cuanto antes! —Nikolái Petróvich pateó varias veces en el suelo sin motivo aparente—. Aquí llega justamente Prokófich.

Entró un hombre de unos sesenta años, de cabello blanco, delgado y de tez morena, en un frac castaño oscuro con botones de cobre y un pañuelo alrededor del cuello. Sonrió mostrando los dientes, besó la mano de Arkadi y, tras hacer una reverencia al huésped, se retiró hacia la puerta y colocó una mano detrás de la espalda.

—Ya lo tenemos aquí, Prokófich —dijo Nikolái Petróvich—, por fin ha vuelto a casa… Qué, ¿cómo lo encuentras?

—Con un aspecto inmejorable, señor —respondió el viejo, y de nuevo sonrió mostrando los dientes, pero inmediatamente después frunció sus frondosas cejas—. ¿Desea que pongamos la mesa? —preguntó con aire grave.

—Sí, sí, por favor. Pero ¿no quiere pasar por su habitación, Yevgueni Vasílich?

—No, se lo agradezco, no es necesario. Únicamente ordene que lleven allí mi maleta y esta prendita —añadió quitándose el sobretodo.

—Muy bien. Prokófich, coge el capote de ambos. —Prokófich, perplejo, cogió con las dos manos la «prendita» de Bazárov y, alzándola bien alto por encima de la cabeza, se marchó de puntillas—. Y tú, Arkadi, ¿pasarás un momento por tu habitación?

—Sí, debo asearme —contestó Arkadi, y ya se estaba dirigiendo hacia la puerta, cuando de pronto entró en el salón un hombre de altura media, que vestía un traje oscuro inglés, corbata baja a la moda y botas cortas de charol. Se trataba de Pável Petróvich Kirsánov. Aparentaba unos cuarenta y cinco años: su cabello corto de color gris tenía un brillo oscuro, como de plata nueva; su rostro bilioso pero sin arrugas, extraordinariamente proporcionado y pulcro, como tallado con un fino y ligero cincel, mostraba los vestigios de una gran belleza; sus ojos luminosos, negros y rasgados eran especialmente bonitos. Toda la fisonomía del tío de Arkadi, elegante y de linaje, conservaba esa esbeltez juvenil y esa tendencia a elevarse lejos de la tierra que en la mayoría de los casos desaparece después de los veinte años.

Pável Petróvich sacó su bonita mano, de uñas largas y rosadas, del bolsillo del pantalón, que parecía aún más bonita por el blanco nevoso del puño de la camisa, abrochado con un único ópalo de gran tamaño, y se la tendió a su sobrino. Después de hacer el shake hands europeo, le besó tres veces a la rusa; es decir, le rozó tres veces la mejilla con su fragante bigote, y dijo:

—Bienvenido.

Nikolái Petróvich le presentó a Bazárov; Pável Petróvich inclinó levemente su flexible talle y esbozó una ligera sonrisa, pero no le tendió la mano: incluso la volvió a introducir en el bolsillo.

—Ya pensaba que no llegaríais hoy —dijo con voz agradable, meciendo la cabeza amablemente, contrayendo los hombros y mostrando sus dientes perfectos y blancos—. ¿Es que ha pasado algo en el camino?

—No ha pasado nada —le respondió Arkadi—, simplemente nos hemos retrasado un poco. Y ahora tenemos más hambre que un lobo. Papá, métele prisa a Prokófich, yo ahora vuelvo.

—Espera, voy contigo —exclamó Bazárov levantándose de pronto y con ímpetu del sofá.

Los dos jóvenes salieron.

—¿Quién es este? —preguntó Pável Petróvich.

—Un amigo de Arkasha; según sus palabras, se trata de un hombre muy inteligente.

—Y ¿va a hospedarse en nuestra casa?

—Sí.

—¿Este melenudo?

—Pues… sí.

Pável Petróvich repiqueteó la mesa con las uñas.

—Encuentro que Arkadi s’est dégourdi —apuntó—. Estoy contento de su regreso.

Durante la cena hablaron poco. Especialmente Bazárov, que casi no pronunció una palabra, aunque sí comió mucho. Nikolái Petróvich contó varias anécdotas de su vida de granjero —según su propia expresión—, habló sobre las medidas gubernamentales inminentes, sobre comités, diputados, la necesidad de introducir maquinaria, etcétera. Pável Petróvich se paseaba lentamente de arriba abajo por el comedor (nunca cenaba), de vez en cuando bebía un sorbo de una copa llena de vino tinto, y aún más raramente hacía alguna observación, o más bien exclamación, del tipo «¡Ah!», «¡Eh!», «¡Hm!». Arkadi contó algunas novedades de San Petersburgo, aunque sentía cierta incomodidad, esa incomodidad que suele dominar a un joven que acaba de dejar de ser un niño y regresa al lugar donde están acostumbrados a verlo y considerarlo como tal. Estiraba su discurso sin necesidad alguna y evitaba la palabra «papá», que incluso sustituyó una vez por «padre», aunque, a decir verdad, la pronunciaba entre dientes; con una desenvoltura excesiva se sirvió mucho más vino del que en realidad quería, y se lo bebió todo. Prokófich no le quitaba ojo de encima y se limitaba a mover los labios. Se separaron en cuanto acabó la cena.

—Tu tío es un poco extravagante —le dijo Bazárov a Arkadi, sentado en batín junto a su cama y chupando su corta pipa—. ¡Vaya finura se gasta para estar en una aldea! Y ¡qué uñas, ni que fuera a exponerlas!

—Es que tú no sabes —le respondió Arkadi— que en sus tiempos fue un «león». Algún día te contaré su historia. Fue un hombre muy guapo, las mujeres perdían la cabeza por él.

—¡Así que es eso! De modo que continúa con su vieja costumbre. Lástima que aquí no tenga a quién cautivar. Lo he observado bien: qué cuellos tan almidonados lleva, parecen de piedra, y qué bien lleva afeitada la barbilla. Arkadi Nikolaich, ¿no te parece ridículo?

—Tal vez; pero lo cierto es que es un buen hombre.

—¡Es un fenómeno arcaico! Sin embargo, tu padre es estupendo. Es inútil que lea poesía y dudo que entienda cómo llevar la hacienda, pero es un buenazo.

—Mi padre vale su peso en oro.

—¿Te has dado cuenta de que se ruboriza?

Arkadi asintió con la cabeza, como si él mismo nunca se ruborizara.

—¡Qué curiosos son estos viejos románticos! —continuó diciendo Bazárov—. Excitan su sistema nervioso hasta la irritación… y claro, pierden el equilibrio. Bueno, ¡adiós! En mi cuarto hay un lavamanos inglés, aunque la puerta no cierra. Con todo, habría que incentivar su uso: ¡lavamanos ingleses, eso sí que es progreso!

Bazárov se marchó y a Arkadi lo invadió un sentimiento de alegría. Dormir placenteramente en su casa natal, en una cama familiar, bajo una manta que tejieron unas manos queridas, quizá las de su niñera, esas manos afectuosas, buenas e infatigables. Arkadi recordó a Yegórovna, suspiró y le deseó el reino de los cielos… Por sí mismo no rezaba.

Tanto Bazárov como él se durmieron rápido, pero hubo otras personas en la casa que tardaron mucho en hacerlo. A Nikolái Petróvich el regreso de su hijo le había causado agitación. Se acostó, aunque no apagó las velas, y estuvo pensando un buen rato con la cabeza apoyada en la mano. Su hermano estuvo despierto en su gabinete hasta mucho después de medianoche, sentado en un ancho sillón Hambs, delante de la chimenea, en la que ardía débilmente el carbón de piedra. Pável Petróvich no se desvistió, únicamente cambió sus botas cortas de charol por unas pantuflas chinas de color rojo. Tenía en las manos el último número del periódico Galignani, aunque no lo estaba leyendo; su mirada estaba fija en la chimenea, en la que una llama azulada se estremecía, ora extinguiéndose, ora relumbrando… Solo Dios sabe por qué lugares discurrían sus pensamientos, pero seguro que no por su pasado: la expresión de su cara era concentrada y sombría, y esto es algo que no se da cuando alguien está inmerso únicamente en sus recuerdos. En una pequeña habitación trasera, sentada sobre un gran baúl, con una chaquetilla sin mangas azul celeste y un pañuelito blanco sobre el cabello oscuro, una joven mujer, Fénechka, aguzaba el oído, dormitaba o miraba de vez en cuando hacia la puerta abierta, tras la cual se veía una cunita y se oía la respiración regular de un bebé dormido.

 

V

A la mañana siguiente Bazárov fue el primero en despertarse y en salir de la casa. «¡Vaya, qué poca gracia tiene este sitio!», pensó al mirar a su alrededor. Cuando Nikolái Petróvich deslindó sus tierras de los campesinos tuvo que agregar a su nueva hacienda unas cuatro desiatinas de campo completamente liso y pelado. Mandó construir una casa, sus dependencias y una granja, trazar un jardín, cavar un estanque y dos pozos; sin embargo, los jóvenes arbolillos no arraigaron, en el estanque se acumuló muy poca agua, y la de los pozos era algo salada. Solo un cenador de lilas y acacias creció bien; a veces tomaban el té y comían en él. Bazárov recorrió en pocos minutos todos los senderos del jardín, entró en el establo, en las cuadras, encontró a dos chiquillos de la servidumbre con los que al instante hizo amistad, y se dirigió con ellos al pequeño pantano a por ranas, a una versta de distancia de la casa.

—¿Para qué quieres las ranas, señor? —le preguntó uno de los chiquillos.

—Pues para esto —le contestó Bazárov, que tenía una capacidad singular de generar confianza en la gente pobre, a pesar de que nunca era indulgente con ella y la trataba con bastante desdén—: la extenderé y miraré lo que tiene dentro. Y, como tú y yo somos iguales que las ranas, pero con piernas, sabré lo que tenemos dentro.

—¿Es que eres dostor?

—Sí.

—Oye, Vaska, el señor dice que somos como las ranas. ¡Qué raro!

—Pues a mí las ranas me dan miedo —exclamó Vaska, un niño de unos siete años con la cabeza blanca como el lino que llevaba un casaquín gris con el cuello levantado e iba descalzo.

—¿Por qué te dan miedo? ¿Es que muerden?

—Anda, meteos en el agua, filósofos —dijo Bazárov.

Entretanto Nikolái Petróvich, que también se había despertado, se dirigía al dormitorio de Arkadi, al que encontró vestido. Padre e hijo salieron a la terraza, bajo el tejadillo de una marquesina; al lado de la baranda, sobre la mesa, entre grandes ramos de lilas, ya hervía el samovar. Apareció una niña, la misma que el día anterior había recibido a los recién llegados en el porche, y con voz fina pronunció:

—Fedosia Nikoláievna no se encuentra del todo bien, no puede venir; me ha mandado que le pregunte si se servirá usted mismo el té, o si quiere que envíe a Duniasha.

—Yo… yo mismo lo serviré —se apresuró a decir Nikolái Petróvich—. Arkadi, ¿con qué tomas el té, con crema de leche o con limón?

—Con crema de leche —respondió Arkadi y, al cabo de un breve silencio, dijo con tono interrogante—: ¿Papá?

Nikolái Petróvich miró turbado a su hijo.

—¿Qué? —dijo.

Arkadi bajó la mirada.

—Papá, perdona si mi pregunta te parece inoportuna —empezó a decir—, pero tú mismo, con la franqueza que me mostraste ayer, me impulsas a que también sea franco… ¿No te enfadarás…?

—Habla.

—Me infundes valor para preguntarte… ¿No será que Fén…? ¿No será que ella no ha venido a servir el té porque estoy yo aquí?

Nikolái Petróvich se volvió ligeramente.

—Puede ser —dijo por fin—. Cree que… Se avergüenza de…

Arkadi alzó rápidamente la mirada hacia su padre.

—No tiene por qué avergonzarse. En primer lugar, ya conoces mi forma de pensar —a Arkadi le causaba gran placer pronunciar estas palabras—, y, en segundo lugar, ¿acaso voy yo a querer cambiar en lo más mínimo tu vida, tus costumbres? Además, estoy seguro de que no has podido hacer una mala elección; si le permitiste que viviera contigo bajo un mismo techo, significa que se lo merece: en cualquier caso, un hijo no puede erigirse en el juez de su padre, especialmente de un padre que, como tú, jamás ha coartado en nada mi libertad.

Al principio a Arkadi le temblaba la voz: se sentía magnánimo, pero al mismo tiempo comprendía que era como si estuviera sermoneando a su padre; sin embargo, el tono de las palabras que uno pronuncia produce un fuerte efecto en él, y Arkadi pronunció estas últimas palabras con firmeza, incluso con efectismo.

—Gracias, Arkasha —dijo con voz sorda Nikolái Petróvich, y sus dedos volvieron a recorrer sus cejas y frente—. Tus suposiciones son, efectivamente, acertadas. Naturalmente, si esta muchacha no lo valiera… No se trata de un frívolo capricho. Me incomoda hablar contigo sobre esto, pero debes entender que para ella resultaba difícil presentarse ante ti, sobre todo al día siguiente de tu llegada.

—En ese caso yo mismo iré a verla —exclamó Arkadi en un nuevo acceso de magnanimidad, y se levantó de un salto—. Le explicaré que no tiene por qué sentirse avergonzada delante de mí.

Nikolái Petróvich también se levantó.

—Arkadi —empezó a decir—, hazme el favor… Cómo vas a… Allí… No te he advertido de…

Pero Arkadi ya no le escuchaba y salió corriendo de la terraza. Nikolái Petróvich le siguió con la mirada y, turbado, se desplomó en la silla. Su corazón empezó a latir con fuerza. Es difícil afirmar si en ese instante se imaginaba la inevitable extrañeza de su futura relación con su hijo, o si pensaba que Arkadi le habría dado muestras de mayor respeto si no hubiera tocado aquel asunto en absoluto, o si se reprochaba a sí mismo ser débil; todos estos sentimientos se agolpaban en su interior, pero en forma de sensaciones, y, además, confusas. El rubor no desaparecía de su rostro, y el corazón le latía con fuerza.

Se oyeron unos pasos apresurados, y Arkadi entró en la terraza.

—¡Padre, nos hemos conocido! —exclamó con cierta expresión de dulce y bondadoso triunfo en la cara—. Fedosia Nikoláievna realmente no se encuentra del todo bien hoy, vendrá un poco más tarde. Pero ¿cómo es que no me habías dicho que tengo un hermano? Lo habría cubierto de besos ayer, como he hecho ahora.

Nikolái Petróvich quiso decir algo, quería levantarse y abrir los brazos… Y Arkadi se arrojó a su cuello.

—¿Qué es esto? ¿Otra vez abrazándoos? —se oyó por detrás la voz de Pável Petróvich.

Padre e hijo se alegraron a la par de que este apareciera justo en ese momento; existen situaciones llenas de ternura de las que, no obstante, uno quiere salir cuanto antes.

—¿De qué te sorprendes? —dijo alegremente Nikolái Petróvich—. Hace una eternidad que esperaba a Arkasha… Desde ayer no he podido dejar de mirarlo.

—No me sorprendo en absoluto —respondió Pável Petróvich—, incluso yo mismo no tengo ningún reparo en abrazarle.

Arkadi se acercó a su tío y volvió a sentir en las mejillas el roce de su bigote perfumado. Pável Petróvich se sentó a la mesa. Llevaba un traje de mañana, elegante, de corte inglés; lucía un pequeño fez en la cabeza. Este fez y una corbatita anudada con descuido daban muestras de la libertad de la vida en el campo, pero los apretados cuellitos de la camisa —que por supuesto no era blanca, sino de colores abigarrados, como corresponde a un atavío matutino— apretaban su afeitada barbilla con la inflexibilidad habitual.

—Y ¿dónde está tu nuevo amigo? —preguntó a Arkadi.

—No está en casa; se suele levantar temprano e ir a alguna parte. Ante todo, no hay que prestarle atención: no le gustan los cumplidos.

—Sí, eso salta a la vista. —Pável Petróvich se puso a untar mantequilla en el pan con calma—. ¿Se va a quedar mucho tiempo en casa?

—Ya se verá. Ha venido aquí de camino a casa de su padre.

—Y ¿dónde vive su padre?

—En nuestra provincia, a unas ochenta verstas de aquí. Tiene una pequeña finca. Antes era médico de regimiento.

—Ya, ya, ya… Por eso no he dejado de preguntarme: ¿dónde he oído el apellido Bazárov? Nikolái, ¿no es cierto que en la división de nuestro padre había un médico apellidado Bazárov?

—Creo que sí.

—Así es, así es. De modo que aquel médico es su padre. ¡Hm! —Pável Petróvich movió el bigote—. Bueno, y este señor Bazárov ¿qué es a fin de cuentas? —preguntó estirando las palabras.

—¿Que qué es Bazárov? —Arkadi sonrió para sí—. ¿Quiere que le diga lo que es a fin de cuentas, tío?

—Hazme el favor, querido sobrino.

—Pues es nihilista.

—¿Cómo? —preguntó Nikolái Petróvich. Pável Petróvich, por su parte, levantó el cuchillo con un trozo de mantequilla en la punta de la hoja, y se quedó inmóvil.

—Es nihilista —repitió Arkadi.

—Nihilista —profirió Nikolái Petróvich—. Viene del latín, nihil; es decir, «nada», por cuanto puedo juzgar. Por lo tanto, esta palabra define a una persona que… que ¿no reconoce nada?

—Mejor di: que no respeta nada —se apresuró a decir Pável Petróvich y volvió a untar la mantequilla.

—Que todo lo valora desde un punto de vista crítico —precisó Arkadi.

—Y ¿no es eso lo mismo? —preguntó Pável Petróvich.

—No, no lo es. Un nihilista es una persona que no se doblega ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como un dogma de fe, por mucho respeto que este principio infunda a su alrededor.

—Y ¿acaso eso está bien? —le interrumpió Pável Petróvich.

—Según para quién, tío. Para unos está bien, y para otros muy mal.

—Vaya. Pues ya veo que esto no va con nosotros. Nosotros, los hombres de antaño, opinamos que sin prinsipiós —Pável Petróvich pronunciaba esta palabra con suavidad, a la manera francesa; Arkadi, al contrario, la pronunciaba «principios», acentuando la segunda sílaba—, tomados como un dogma de fe, como tú dices, no se puede dar ni un paso, ni respirar. Vous avez changé tout cela: que Dios os conceda salud y el rango de generales; mientras tanto, nosotros nos dedicaremos a admiraros, señores… ¿cómo era?

—Nihilistas —pronunció Arkadi con claridad.

—Sí. Antes estaban los hegelianos y ahora los nihilistas. Ya veremos cómo vivís en la vacuidad, en el espacio vacío. Y ahora, Nikolái Petróvich, toca la campanilla, por favor, hermano: es la hora de mi cacao.

Nikolái Petróvich la tocó y gritó «¡Duniasha!», pero en vez de ella salió a la terraza la propia Fénechka. Se trataba de una mujer joven, de unos veintitrés años, toda blanca, dulce, con el cabello y los ojos oscuros, con los labios rojos y gruesos como los de un niño, y unas manos pequeñas y finas. Llevaba un aseado vestido de percal, y una pañoleta nueva de color azul pálido descansaba suavemente sobre sus hombros redondos. Traía un gran tazón de cacao y, cuando lo dejó delante de Pável Petróvich, se ruborizó: la sangre caliente le corrió en una ola de color escarlata bajo la fina piel de su gracioso rostro. Bajó la mirada y se detuvo junto a la mesa, apoyándose ligeramente sobre las puntas de los dedos. Parecía que le avergonzara haber ido, y, al mismo tiempo, que sintiera que tenía derecho a hacerlo.

Pável Petróvich arqueó las cejas con severidad y Nikolái Petróvich se quedó turbado.

—Buenos días, Fénechka —dijo entre dientes.

—Buenos días, señor —le respondió esta en voz baja pero sonora, y, después de mirar de soslayo a Arkadi, que le sonreía afectuosamente, se marchó sin hacer ruido. Caminaba contoneándose ligeramente, pero incluso esto le favorecía.

El silencio reinó en la terraza durante unos instantes. Pável Petróvich sorbía el cacao y de pronto alzó la cabeza.

—Aquí tenemos al señor nihilista —anunció a media voz.

Efectivamente, por el jardín, atravesando el parterre, se aproximaba Bazárov. Tanto su abrigo de paño como sus pantalones estaban manchados de barro; en la copa de su viejo y redondo sombrero llevaba una planta viscosa enganchada; en la mano derecha sostenía un saquito, y dentro de este se agitaba algo con vida. Bazárov se acercó rápidamente a la terraza e, inclinando la cabeza, dijo:

—Buenos días, señores. Disculpen que llegue tarde al té, ahora mismo vuelvo: tengo que poner a estas prisioneras en su sitio.

—¿Qué lleva usted? ¿Sanguijuelas? —preguntó Pável Petróvich.

—No, ranas.

—¿Se las come o las cría?

—Hago experimentos con ellas —respondió Bazárov con indiferencia, y se dirigió a la casa.

—Las va a abrir —dijo Pável Petróvich—. No cree en los prinsipiós, pero sí en las ranas.

Arkadi miró a su tío con pesar, y Nikolái Petróvich se encogió de hombros con disimulo. El propio Pável Petróvich advirtió que su agudeza no había tenido gracia, y se puso a hablar de la hacienda y del nuevo administrador, que en la víspera había acudido a él para quejarse de que el jornalero Fomá «armaba escándalos» y estaba inmanejable. «Es un Esopo —dijo entre otras cosas—; ha quedado como un necio en todas partes. Vivirá y morirá como un tonto».

 

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