Por las calles que ya no están

Marcelo Filzmoser

 

 

Hay dos clases de viejos, los que le tienen miedo a todo y a los que ya no les importa nada. Como soy de los segundos, fumo, como con ganas y desde hace un tiempo salgo a caminar de noche por mi barrio. Mis hijas me preguntan, el otro día hasta el mayor de mis nietos se animó a repetirlo, qué necesidad tengo de salir de noche pudiendo hacerlo a cualquier hora del día. Sin duda he sido un mal padre. En más de cuarenta años no logré explicarles que las cosas no se hacen solamente por necesidad, que hay un montón de otras buenas razones. Por lo visto el error se pasa como antorcha y mi nieto repite.

Llegado el caso tampoco sé cómo explicárselos ahora. Los vecinos que no conozco, las calles sin adoquines, las bicisendas vacías, esas cajas grises, cuadradas y llenas de olor a podrido que desparramaron por todas partes para tirar la basura, las pajareras de hormigón y vidrio que invadieron los lotes donde antes estaban las casas de los que fueron mis amigos.

Salgo de día para hacer las cosas que hace todo el mundo y veo las cuadras llenas de coches estacionados, en doble fila o en las esquinas, cayéndose de las manzanas. Hasta los negocios son iguales a los de los demás barrios. El mismo nombre, el mismo cartel, el uniforme de los empleados, adentro todo está ordenado igual y da lo mismo estar ahí o a cien kilómetros de distancia. Por las veredas la gente va hablando sola. Caminan sin ver, mueven las manos y conversan a los gritos como si fuesen pelotudos.

Más allá de todos estos cambios yo sigo existiendo. No digo vivir porque vivas están las plantas y mi primo, que desde hace más de una año quedó conectado a un respirador en la cama de la clínica. Yo además existo. A veces siento que ante esta especie de testarudez, la ciudad decidió mudar todo el barrio mientras el paso del tiempo me distraía. Eso debería decirle a mis hijas. No lo hago porque son capaces de no entender, decidir que me volví loco, mandarme a un asilo y poner en venta la casa antes de que me muera. Siempre hay una empresa constructora esperando que muera un viejo.

En cambio de noche, a eso de las doce, ya no queda nadie en la calle. Ahí aprovecho para cruzarme con mi gente. El otro día fue que me acordé de Rossi, el poeta. No era escritor ni mucho menos, apenas si había terminado el quinto grado, pero le decíamos así porque vivía como si fuera uno. No trabajaba, se vestía con sobretodo y zapatillas de lona, a veces hasta usaba sombrero. Escuchaba jazz, era hábil con las mujeres y cada tanto soltaba alguna frase media rebuscada. Otras veces hablaba de la pobreza en el mundo y sin solución de continuidad pasaba a los colores que reflejaba el aceite de los coches en los charcos de agua.

Nos encontrábamos en lo de García. Era medio lejos pero íbamos siempre por las picadas que hacía el gallego. Hacía poco Rossi había cumplido veintinueve y ya empezaba a marcársele la panza contra la remera. Esperó a que se fueran los demás para hablarme.

Manija —Me decían así por la nariz. Hoy sigo siendo narigón pero a nadie parece importarle—, necesito que me escuches un rato.

Tengo toda la noche.

Me apago Manija, todavía no cumplí los treinta pero ya me estoy avivando de cómo viene la cosa.

Pedí otro pingüino y lo dejé hablar. Yo tenía diecinueve y me daba lo mismo, pero me habían dicho que ese cagazo les agarraba a algunos.

Para no perder el tiempo explicando boludeces te la hago corta. Pregúntame la formación de cualquier equipo, el que prefieras.

Una de las características del poeta era no tener idea de cuantos tipos corrían atrás de una pelota cada domingo adentro de una cancha. Pensé que era una joda y se la seguí. Pregunté la de Boca para hacérsela fácil. La dijo completa y de corrido. Como no lo podía creer le pedí la del equipo del barrio. No falló. Agregó además los resultados de todos los partidos que se habían jugado ese fin de semana.

No sé mo pasó. Me desperté un día, hará tres meses y sabía todo. Te juro que no escucho ni un solo partido y todos los lunes sé los resultados.

Pedí más picada y otro sifón. Lo dejé seguir.

Eso no es nada, Manija, nada. Si te cuento. Luisa anda con ganas de casarse. Se hace la distraída, me lo dice medio en joda, pero yo sé bien por donde va. Y no le puedo decir que no, no me salen las palabras. Hasta me llevó a la plaza, haciéndose la que estaba perdida y nos quedamos viendo a los pibes en la calesita. Al principio medio que me le enojé, pero después de un rato, entre tanto pibe con la risa pintada, tanto padre, tanto abrazo, el sol que acariciaba, hasta me dieron ganas de tener uno.

Algunos de los del grupo sospechábamos que Rossi escribía de vez en cuando. Nunca nos había mostrado nada pero teníamos esa sensación. Aquella noche me pareció que el poeta se había estudiado las formaciones y los resultados solamente para contarme uno de los cuentos que no nos había mostrado. Cuando volví a escucharlo estaba con otra confesión.

Lavé un auto, Manija.

El domingo pasado le lavé el coche a mi cuñado.

Agarré un pedazo de pan sin levantar la mirada.

Vas a ver que dentro de poco te invito a comer un asado en familia, con el partido en la radio de fondo y el coche estacionado en la puerta.

Me reí con toda la cara. Hasta le tiré maní como cuando hablábamos de minas. No sirvió. La tristeza había ganado. Rossi, el poeta, nos dejaba. Le serví más vino. Él jugaba con una aceituna y comía fiambre mirando la tabla.

Con el tiempo se mudó. Otros, a los que sí les gustaba el fútbol y los asados, hasta los que lavaban el coche con ganas, los sábados a la tarde con el estéreo a todo volumen, también se alejaron, dejaron de venir a lo del gallego, cada uno hizo su vida. La mayoría disfrutó de esos años que siguieron sin pedir perdón como había hecho Rossi conmigo. Quizás todo tenía que ver con que era el primero.

De ese barrio tranquilo, de esa gente buena, no queda nada. O casi nada, que vengo a ser yo hecho viejo.

Lo que sí queda es el sol y su vuelta diaria. Todavía se hace de noche y las piernas me responden lo más bien, así que mientras pueda voy a seguir saliendo por las calles que ya no están a cruzarme con mis fantasmas conocidos. El pasado es mío, noche tras noche, por mucho que mis hijas bufen.

 

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