Ocho mil hombres

Alfredo Ruíz Islas

 

 

Ocho mil hombres. Ni uno menos. Tal vez algunos más.

Winfield Scott entró a la Ciudad de México —la Ciudad de los Palacios de Humboldt, aunque maldita la cosa le importaban tales palacios al flamante conquistador— con ocho mil soldados a sus espaldas. Atrás dejó los cadáveres insepultos en Padierna, en Churubusco, en el Molino del Rey, en Chapultepec. Atrás quedó la odisea que había significado desplazarse desde Veracruz hasta México a través de selvas, de montañas, de áridos valles o de interminables planicies. También quedaron atrás la heroica —por no decir desesperada e infructuosa— resistencia de los veracruzanos, el absurdo sacrificio de soldados y milicianos en Maltrata y hasta la cómplice indolencia de los poblanos. Todo quedó atrás.

14 de septiembre de 1847. El ejército estadounidense abandona el Castillo de Chapultepec y se apresta a recorrer la legua —tres millas y media, desde su punto de vista— que los separa de la ciudad. Será un desfile triunfal. La clásica parada militar —con todo y banda de música— en la que, azorado e impotente, el vencido contempla el paso gallardo del vencedor mientras la mirada altiva e indiferente de éste lo somete sin remedio, lo humilla, le muestra su sitio y le evidencia el por qué de su derrota. Gusano. Un desfile de garbosos caballos, uniformes y correajes impecables, fusiles bruñidos, espantables cañones. Y de ocho mil soldados envanecidos tras haber aniquilado los ejércitos andrajosos del enemigo —tal y como se les imaginaba—, saqueado sus templos —guaridas del fanatismo y la idolatría—, violado a sus mujeres —inaceptables para sus estándares estéticos, pero qué remedio—, expoliado sus campos y su hacienda —el digno botín del vencedor—. Ni más, ni menos.

El ejército entra en la ciudad por la calle de Tacuba. No los recibe una multitud que los vitorea —como esperaban algunos—, ni tampoco un conjunto de caras atónitas —como quisieran los más—. Los recibe, en cambio, una lluvia de adoquines. Una granizada de balas. Cuadrillas de léperos armados con palos, con piedras, con cuchillos. Mujeres desgreñadas que, desde los balcones y las azoteas, lanzan al paso del invasor tiestos, macetas, aceite hirviendo, orines. La columna victoriosa se dispersa y comienza la matanza. Calle por calle. Casa por casa. Las mujeres oponen sus dientes y sus uñas a los sables y las bayonetas. Los hombres pelean desesperados, se hacen fuertes en sótanos y callejones, repelen la embestida del enemigo, lanzan furtivos contraataques.

Los comercios se abren subrepticiamente para abastecer de lo necesario a la plebe, las casas reciben a los heridos y los curan con lo que hay a la mano —sábanas hechas jirones, sal, agua, aceite y vinagre; no mucho más—, los templos se cierran a piedra y lodo lo mismo para el saqueador que para el que busca acogerse a sagrado.

La tenacidad del estadounidense —proverbial— se impone poco a poco. Inclemente. Sin razón alguna, un soldado rubio aplasta el cráneo a una niña con la culata de su fusil. Una mujer cae ensartada por una bayoneta después de subir a la grupa de un caballo y, sin pensárselo dos veces, apuñalar al jinete antes de que éste logre apuntar. Dos hombres lanzan piedras y reciben a cambio una descarga de fusilería. Los rebeldes aparecen donde menos se les espera, liquidan partidas aisladas de invasores, desaparecen, son cercados y quedan tendidos sobre la calle. Una joven pierde la cabeza tras acercarse a un pelotón con las manos extendidas. Pedía sólo un poco de pan, cualquier caridad.

La noche toma posesión de la ciudad. Al norte se insinúa un incendio mientras los perros salen de sus madrigueras y se dan un festín de carne fresca. Manos invisibles surgen en medio de la oscuridad, ubican los cadáveres —con uniforme o sin uniforme; con faldas o con pantalones— y los desnudan. Ya aparecerán en el tianguis del Baratillo las camisas, las casacas, los sombreros, las leontinas, las crinolinas. Al amparo de la penumbra, el conquistador agrega a su papel de ejecutor de una ley inexistente, el de salteador. Las puertas de las tiendas saltan por los aires a tiros y a culatazos, los templos son expoliados, las casas no se salvan del furor. Allá, una mujer clama misericordia mientras tres uniformados le desgarran las ropas. Acá, un tendero es colgado de una farola por oponerse a entregar víveres y caudales. Más allá, un pelotón dispara contra un grupo de sombras que huye. O que, al menos, lo intenta.

15 de septiembre. Nadie sabe dónde ha quedado el Presidente de la República, el inefable Antonio López de Santa Anna. «Ha renunciado». «Está en Toluca». «Va rumbo a Guatemala». Se hizo con el poder —como de costumbre— en medio de la crisis, aupado por el clamor popular, y ahora ha desaparecido. No para siempre, pero ése es otro cantar. Sin embargo, su ausencia, sumada al entreguismo —disfrazado de civilidad— del Ayuntamiento, desalienta a la población. La Guardia Nacional —lo que de ella queda— aún tiene arrestos bastantes para organizar la resistencia donde mejor puede, planea ataques, busca puntos fuertes, construye ciudadelas imaginarias. El pueblo corre, presenta batalla, muere en cualquier esquina, se sabe perdido pero trata de vender cara esa misma perdición. El invasor, en tanto, divide la ciudad en zonas y acaba sistemáticamente con los defensores. Entre menos queden, mejor. Los mutilados se arrastran por las calles ante la indiferencia general. ¿Usted no tiene brazos? Yo no tengo piernas. A éste lo llevamos al hospital. El de más allá será operado en cuanto dispongamos de un segundo de paz. A ese otro ha dejado de interesarle si recibe atención o no. Cada cual está en lo suyo, en defenderse, en atacar al enemigo, en hacerse con alguna ganancia —incluso menuda— en el río revuelto, en proteger las ventanas o en reforzar las puertas. O en esconder a las hijas.

La urbe es un sepulcro abierto al caer la tarde. Los últimos contingentes rebeldes han sido dispersados y la gente se encierra en sus casas a esperar lo que les depare la noche. El sonido marcial de los tacones sobre las aceras es lo único que rompe el silencio. Ocasionalmente se alcanzan a escuchar disparos, pero cada vez son más lejanos. Y más esporádicos. La vigilia es tensa, nadie duerme. Nadie sabe con certeza en qué momento su puerta se abrirá con estrépito y un alud de sujetos vestidos de azul arreará con todo. Tampoco se sabe si, en un santiamén, la calle frente a la ventana propia se convertirá en el nuevo campo de batalla. Sólo resta esperar a que amanezca. Mientras, por si acaso, no falta el que sitúa en un lugar visible la bandera de las barras y las estrellas —o algo que se le asemeje— para así, simbólicamente, cambiar de bando. Si, por lo mismo, alguien apedrea la casa, ni hablar de ello. Gajes del oficio.

Día 16. Día de la Independencia, según reza el calendario cívico nacional. Día de sacar cuentas, de enterrar a los muertos, de hacer algo con los heridos. Día, según el Ayuntamiento, de restablecer el orden; según Scott, de cortar por lo sano cualquier intento de ofensa contra sus hombres. Día de abrir nuevamente los comercios —los que aún tienen géneros para hacerlo—, de retomar la normalidad suspendida por las hostilidades, de encontrar a los vecinos y preguntar por los ausentes. Día de fiesta. Día de observar al enemigo formar filas frente al Palacio Nacional y ver su bandera ondear en el asta principal. De enterarse que Santa Anna estaba cerca, muy cerca, en la Villa de Guadalupe, y que apenas ahora, justo antes de partir con rumbo desconocido, ha presentado su dimisión. Día de guardar silencio, de ventilar la casa, de mirar las caras mustias y las orejas gachas de los diputados que, meses atrás, vociferaban en el Congreso exigiendo la guerra total contra el vecino incómodo. Día de luto.

Dos mil bajas —según los cálculos más exaltados— ha sufrido el ejército estadounidense en apenas dos jornadas. El mexicano, con todo y los seiscientos millones de pesos gastados en formarlo —mal— y en equiparlo —peor—, ha desaparecido, junto con los últimos vestigios de la dignidad nacional. Ahora, todo se reduce a esperar. A esperar que el invasor se marche pronto, que sea clemente, que muestre algo de humanidad, que se deje arrebatar unas cuantas migajas. La espera, lo saben todos, será larga. Eterna.

 

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