El guión incompleto

Miguel Rodríguez

 

 

Las palabras me dan paz. Es extraño hablar de paz en un sitio como éste, pero así es, aunque tal vez sea más extraño aún hablar de palabras. El tiempo pasa y, de vez en cuando, hablo. Hablo solo, claro, supongo que recibir mi propia voz es como escuchar la de alguien más que vive en mí, en este lugar donde todo está muerto y que, justo por eso, resulta idóneo para este tipo de práctica: aquí no cabe el miedo escénico, nadie va a afear una actuación poco profesional, no hay nada que temer. Uno puede equivocarse de lleno, no pasa nada, por una vez es dueño por entero del guion y de los actos de su vida. No hay nada que ensayar, no es necesario tener tablas, todo va sobre la marcha, no hay ensayo que valga para la muerte. Uno siempre es un amateur en esto, y se va muriendo poco a poco, a medida que comprende que vive. Tampoco hay sitio para el sentido del ridículo: los que estamos aquí ya hemos hecho el ridículo abundantemente a lo largo de nuestra vida, algunos también durante la muerte. Todo está bien, no hay fallo posible; no hay artificio ni preparativos. No hay tiempos de espera entre bastidores. Ya no hay nada que esperar, todas las cosas han llegado ya. Todo ha sucedido. Uno se levanta de las cosas en las que ha muerto e improvisa un discurso, una declaración de amor o una tragicomedia, lo que sea, da igual, es imposible que algo salga mal ahora. Uno está solo y, a estas alturas de la vida, lo último que necesita es un apuntador que le marque qué decir, qué sentir, cómo moverse en el escenario. Ya no importan el aplauso o el reconocimiento, ya han caído todos los telones. La representación es íntima, uno mismo es actor y audiencia. Ya solo hay paz. Solo hay palabras que recupero como si fueran mis juguetes de niño, como si se hubieran regenerado después de este tránsito y la quietud y el tiempo les proporcionaran una perspectiva o un orden distintos, un significado que no conocieron con anterioridad.

Así hablo, así es como hablaba, hasta que un día, por sorpresa, mis vecinos comenzaron a visitarme y a participar de mis conversaciones, y mis días dejaron de ser un monólogo sin pausa. Algo les llamaba la atención en mí, o en mis palabras, o en la paz que éstas me proporcionaban. Poco después, e igual de inesperadamente, vinieron los vivos a escucharnos, como en una visita que hubieran pospuesto y realizaran ahora, a destiempo de todo. Tal vez habían estado muertos anteriormente y no lo sabían, y encontraran en nosotros algo de paz para sus lugares inciertos. No sé por qué vinieron, sin duda había algo en nuestras voces que reconocían como suyo, pero nunca hubo conflicto, y la convivencia era pacífica hasta que un día los vivos empezaron a hablar. Fue horrible. Tuvimos que matarlos a todos y volver a refugiarnos en nuestras tumbas. No entendíamos sus palabras.

Ahora observo este lugar de muerte y de paz en el que me han acogido mis vecinos. Sé que me han reconocido, que se han dado cuenta, saben que estoy vivo. Creo que quizás debería estar aterrorizado, pero estoy tranquilo. No sé qué decir. Por primera vez en tanto tiempo, ya no necesito hablar de nada.

 

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