La cocina del infierno: “Comando Meón” (IX) Tercera Parte

Fernando Morote

Cárcel

-Tienes que ser coherente, Conde –dijo el Doctor-. Si vienes a decirle a la gente que no mee en la calle, tú tampoco puedes tirar eso al piso.

Los dedos chorreados y pegajosos del Conde le impedían articular una coartada razonable. Las cáscaras de naranja que yacían desperdigadas a sus pies lo condenaban.

-Mikirimikimiki -balbuceó.

-Recógelas y ponlas en una bolsa –prosiguió el Doctor-. Ahí tienes un tacho de basura.

-Mis respetos, Doctor –aduló el Champero-. Es usted una eminencia.

La cola rodeaba la manzana. Familiares entumecidos, perros callejeros, bolsas de comida, emoliente hirviendo y titulares con calatas abarrotaban el largo y polvoriento sendero.

-Esos infelices del INPE cada vez están más lentos –refunfuñó el Conde.

-Dos meses de haber firmado el convenio y nada –apuntó el Champero.

-Se supone que son funcionarios –dijo el Narizón-. Deben hacer que las cosas se muevan, que la huevada corra…

-Función antes que forma –declaró el Doctor.

-¿Perdón? –preguntó el Champero.

-Lo que importa es la función, no la forma –aclaró el Doctor-. Pero esos descerebrados se pierden en los trámites.

Aguardando de pie en el frío, desde las siete, el encuentro estaba pactado para las diez de la mañana. El sol empezó a romper la tupida neblina y el cansancio a causar estragos en el ánimo de los Comandos.

-Se pasó de pendejo el taxista –comentó el Champero.

-Fue demasiado premio pedirle que nos hiciera la carerra hasta acá –mencionó el Conde.

-No fue premio -precisó el Doctor-. Fue canje.

-No pagarle a cambio de protegerlo resultó buen negocio –opinó el Narizón.

-Creía que meando en los pasajes iba a estar caleta –dijo el Champero.

-De todos modos le tengo un espacio reservado en la pantalla –aseguró el Narizón.

-Atentos –alertó el Conde-, ya abrieron la puerta.

Hubo que empujar a varios en la fila para que despertaran y se movieran. Los agentes carcelarios berreaban, gruñían y ladraban. La revisión a los visitantes era un proceso nada distante al que sufrían los judíos antes de ingresar al campo de concentración. Con gestos obscenos, los desvalijaban y les decomisaban sus efectos personales. Luego les estampaban un sello en el brazo y de un empujón los aventaban adentro.

En su recorrido los Comandos atravesaron una asquerosa y pestilente galería que conectaba con la biblioteca. Se sentían como en una auténtica feria del hampa. La visión de chavetas y chairas, confeccionadas a base de fierros de cama, no los perturbó tanto como el olor a pasta básica que les paralizó los pelos e inflamó sus pulmones de emoción.

El corredor parecía interminable. Avanzaron metro a metro, con sigilo. Lo que les preocupaba era el creciente envilecimiento que notaban en la actitud de los personajes a su paso. Y la peligrosa indiferencia manifestada por los custodios del orden, encargados de vigilar a 7,000 reos en un recinto diseñado para albergar sólo a 1,500.

La puerta de madera no estaba ya tan lejos. Un pequeño trecho y desembarcaban en la tierra prometida. El reducido grupo de presidiarios que los esperaba, sentados en sillas blancas de plástico, se puso de pie al verlos entrar y los recibió con un amistoso aplauso. Paseando su vista por la minúscula sala, el Conde se sorprendió de que en las estanterías no hubiera libros, sólo revistas, historietas y fotonovelas de otra época.

-El servicio es un sacrificio –recordó, aliviado, el Doctor.

-Me gustaría que los del INPE oyeran eso -masculló el Conde.

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