Entremientras: “Tuyet” (X)

Miguel Rodíguez

OUI

El día que oí a Tuyet hablar en francés, comprendí que en realidad no sabía casi nada de la vida de mi hermana. Dos viajeras habían recalado en la Mara un par de días por medio de Saúl, su hijo. A la hora de la cena, mientras unos y otros procurábamos acordar un idioma común en el que entendernos con ellas, Tuyet se adelantó y, antes de que nos diéramos cuenta, ya reían juntas e intercambiaban curiosidades sobre la ciudad y los vecinos.

Aquella mujer a la que de niños también llamábamos mamá, de inmediato se hizo con la confianza de las recién llegadas y nos dejó boquiabiertos por su desenvoltura ante los presentes de una manera tan distinta a la habitual. De hecho, no lo hacía ante nosotros, sino tal vez solo ante ella misma y como si no fuera nada extraordinario; quizás con una voz más dulce que de ordinario y un tono de alegría que yo desconocía, o mostrando una parte de ella apenas puesta en práctica en casa. En nuestro barrio, de origen inglés y alemán, nadie hablaba francés, ni habíamos tenido huéspedes francoparlantes. Aquella noche no dejé de darle vueltas a cómo habría aprendido Tuyet francés, con quién, en qué circunstancia, y cómo es que, sin ser aparentemente un secreto, era algo que había permanecido oculto, al menos para mí. Me sorprendí de cuánto de nosotros no saldría generalmente a la luz y queda más allá de la conversación común, de los acomodos en la habitación del siete, e incluso de las búsquedas de crecimiento en un patio de niño con un muro siempre tan alto.

En un tiempo en el que Amelia apenas podía con la vida, la carga de la casa y la soledad, que a menudo acecha a las mujeres de mediana edad, Tuyet se hizo presente en todos los compromisos y tareas de la familia; siempre pendiente y ejercitando una responsabilidad – la de mamá – que no le correspondía, como si tuviéramos dos, o pudiéramos elegir cuál nos venía mejor en determinado momento. Acostumbrados a que cada cual desarrollara aquellas partes de sí que considerara adecuadas para el momento, actuamos en consecuencia con aquella faceta que nos pareció – como todas en la casa – natural, sin caer en la cuenta de que por su parte conllevaba una carga de renuncia a su propia vida. Más que cuántas naturalezas hubiera en ella, no vimos cuántas cosas dejó de ser.

Desde aquella noche, comprendiendo que no tenía certezas sobre Tuyet, decidí tratar de conocer su vida imaginando otras en las que todo fuera igualmente incierto y por tanto también posible. Entre las actividades inciertamente posibles que elegí para ella me parecieron bien la ópera y el manejo de avionetas. Así, al llegar a casa y sin el menor preámbulo, de vez en cuando le hacía preguntas de acuerdo con estas imaginaciones mías: ¿qué tal hoy en el teatro?, o ¿has oído lo de Lindbergh?, o ¿cómo vas con ese libreto a medio terminar? Ella me respondía ‘¿pero qué dices, hombre, de qué teatro me hablas?’ como quien no es parte del tema de la conversación. O me quedaba callado escuchando lo que tuviera que decir, si era el caso, por si se le escapaba un comentario de alguna de esas vidas de las que no estaba al tanto. Me doy cuenta, parece una estrategia sin sentido. Para mí, sin embargo, era un intento valiente y esforzado de acceso, de acercamiento, puede que absurdo, sí, aunque no más que las conclusiones o los encasillamientos que a menudo adjudicamos a nuestros otros para relajar el esfuerzo de tener que mirarles constantemente y saber así en qué lugar de la vida se hallan.

Todo ello explica mi disposición a acceder a esa existencia desconocida u oculta suya – a esa o a la que sea – con tal de no perderme la vida de mi hermana. Siempre pienso que alguna vez coincidiremos secretamente en el teatro, en una pista de despegue o en un programa de radio, y que nos descubriremos más allá de la vida de la Mara. Y entonces me acercaré con cuidado, para no asustarla, y como señal de reconocimiento le hablaré en francés, que ya estoy aprendiendo. Tal vez Saúl ya lo hable.

Cuánto se tarda en volver.

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