El expediente Glasser: “En la placita” (XI)

Violeta Balián

Caballo

11. En la placita

Como habíamos acordado, nos encontramos en la placita de la estación del ferrocarril. Pero cuando buscábamos donde sentarnos notamos que los bancos ya estaban ocupados por madres con bebés en brazos o en cochecitos, y alguno que otro anciano con bufanda y sombrero leyendo el diario. Me indigné. ¡Hacía tanto frío! ¡Qué inconsciencia traer niños a la plaza en un día como éste! ¿O no se daban cuenta de que podían pescarse una pulmonía? Y los viejos también.

El parque ya no era el mismo que frecuentaba hasta hacía unos pocos años. Se había transformado en un sitio deprimente, ajeno y  desconectado de los recuerdos que guardaba de tiempos felices con Rogelio y los mellizos.  Aun así, quise encontrarle horizontes que no tenía o nunca existieron. Un ejercicio inútil.  Había llegado el momento de abandonar a esas madres, niños y ancianos a los que veía ubicados estratégicamente en bancos y senderos cual piezas de ajedrez.  No eran reales.

Miré el reloj. Nos quedaba una hora y media de luz.

Apenas levanté la vista, vi a un par de mujeres sentadas en uno de los bancos de piedra que nos observaban fijamente. Me llamaron la atención.  Sus vestidos, en rojo y negro, venían cargados de volados al estilo de las bailarinas de flamenco. También sus peinados, a la antigua, con un rodete en la nuca.  Pero poco después las mujeres se levantaron y desaparecieron rápidamente por el otro extremo de la plaza.

‒‒Este lugar no me parece una buena idea ¿Qué tal el café de enfrente?

‒‒Sí, sí ‒‒respondieron los hermanos. ‒‒No es un buen lugar. Lo hemos notado.

Me disculpé.

Cruzábamos la calle y comenzó a nevar. Sorprendida, les comenté que el fenómeno no era común en nuestra ciudad.

‒‒Lo sabemos ‒‒dijeron los hermanos continuando en dirección del café.

Seguí andando tras ellos pero un impulso me hizo mirar hacia atrás, hacia la placita. Contemplé allí una estampa antigua, al estilo japonés.  Sí, la recordaba de algún libro, pero ante mis ojos cobraba vida al amparo de un cielo bajo y plomizo.  Insistente, callada, la nieve caía en copos blancos y amarillos sobre las madres, sus bebés en los cochecitos y los viejitos con bufanda y sombrero que leían el diario.  Todos ellos, extrañamente inmóviles, permanecían  en  sus  sitios.  En instantes, unas pocas, oscuras figuras irrumpieron por los senderos buscando guarecerse de la inclemencia invernal.

El café de enfrente era abrigado, ruidoso y maloliente.

Me senté junto a los hermanos y miré por la ventana. Había dejado de nevar y la placita estaba desierta. Mis acompañantes hablaban entre sí sin esforzarse  por  cambiar  el  tono  ni  elevar el  volumen  de  sus  voces.  Casi no los podía oír.

Alcides preguntó cómo me sentía y mi respuesta rompió toda contención.

A los gritos, aprovechando el bullicio del entorno, les hablé de mi experiencia en el mercado africano y les exigí explicaciones.

Me escucharon, en silencio.

Estaba en mi derecho, me lo habían prometido, agregué furiosa.

A su debido tiempo, debía tener paciencia, respondieron.

‒‒Clara, ¿le comentamos que Hipontia, nuestro planeta de origen, está cerca de una estrella de la constelación de Andrómeda que ustedes llaman Sirrah, una voz árabe que significa “ombligo de caballo”?

‒‒No, no creo. Andrómeda sí,  el planeta  sí,  pero la estrella, no ‒‒respondí indiferente y de mal humor.

‒‒Nos sorprende que entre las miles de lenguas  que se  hablan  en  este  planeta  no  exista,  con la excepción del  árabe, un vocablo para el ombligo de caballo. Evidentemente, son pocos los terrícolas que se detienen a pensar que el caballo, al igual que otros mamíferos, tiene ombligo. Usted dirá que es un detalle menor  Sin embargo, para nosotros, el caballo es sagrado.  Es más, a Hipontia se lo conocía por sus magníficos equinos.  Razón por la que nuestros descendientes, las etnias que poblaron el norte de Europa se familiarizaron con ellos.  Y los utilizaron bien.  Como ejemplo le presento a las  valkirias  que  describen  las sagas nórdicas, doncellas guerreras que no eran deidades como se cree sino humanos mortales.  Formaban  parte de las huestes del dios Odín, y recorrían los campos de batalla buscando caídos para darles el brebaje divino, sanarlos y organizar su futuro en otra dimensión, cerca del dios. Aún hoy, les rendimos homenaje.  Nos oponemos al sacrificio de estos animales y maldecimos a quienes lo practican.  Le aseguro que son muchos los pueblos que han sufrido las consecuencias.

«Ya es hora que despiertes, Clarita. No están interesados en la experiencia que viviste. Ahora te hablan de caballos, de valkirias ¿Acaso creen que con estas historias te halagan y te conectan con tus raíces germanas? ¿Calculan que vas a simpatizar con ellos? ¡Por Dios, te redujeron a un perro callejero en un mercado africano! Y ahí los ves, tranquilos  como  si  nada.  Te  ignoran.  Deliberadamente.  Tienen una agenda predeterminada.»

Es verdad, exhibían una indiferencia que me pareció el colmo del descaro. El ambiente del café estaba recargado y el humo les molestaba.  Encendí un cigarrillo para provocarlos. Y me divertí viéndolos espantar el humo y echándolo a un lado con sus grandes brazos como aspas de molino.  Me dio pena y entonces me vi a mí misma  Me avergoncé. Me había comportado como una chiquilina malcriada.

«Es que tenés tus razones. Ya no te deslumbran como antes, cuando con cada sorpresa te hacían tambalear. Seamos sinceras, no se han portado muy bien contigo.»

El expediente Glasser II

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