La cocina del infierno: “Comando Meón” (V) Tercera Parte

Fernando Morote

Súper héroes

-¡Qué pasteleadas te metías acá, Champero! –rememoró el Narizón.

-No le importaba que fuera al mediodía –dijo el Doctor-, con el sol reventándole el cerebro.

-Al toque le venían las arcadas –afirmó el Conde- y se le salía la caca de sólo escuchar el nombre.

La asociación de propietarios había transformado la rústica rotonda de tierra, cubierta por un precario techo de palmas, en una zona de actividades recreativas, donde agrupaciones formadas por veteranos de la tercera edad llevaban a cabo prácticas de oración, meditación y tai chi.

-¿Otra vez la vamos a pegar de inocentes? –interpeló el Narizón.

-¿Por qué no? –objetó el Doctor- ¿Qué más podemos hacer un domingo por la tarde con tanta gente en el parque?

-¿Qué tienes en la agenda, Conde? –consultó el Champero.

-Nada. Sólo esperar a ver quién cae.

-Alguien nos sacará de misios –estimó el Doctor- Ya verán.

-Creo que ahí está nuestro hombre –dijo el Champero.

-Dónde…-preguntó el Doctor.

-Allá…-señaló el Champero con el dedo.

Al extremo de la cuadra, atravesando diagonalmente el jardín, asomaba un anciano arrastrando los pies muy juntos, como si tuviera cosidos los pasadores de los dos zapatos. Tenía semblante risueño. Nada en su apariencia física llamaba demasiado la atención, excepto que traía puestos los calzoncillos encima del pantalón.

-¿Quién? –dijo el Narizón- ¿Supermán?

-Se quedó así desde que murió su mujer –relató el Doctor-. Dicen que llevaban cincuenta años de casados.

-Se llama Alzheimer –aclaró el Conde, para romper las especulaciones.

-¿Y entonces? –juzgó el Champero- ¿Lo vamos a intervenir a él también?

-No lo creo –dijo el Doctor.

-Míralo…

Usurpando el área para niños, Supermán había encontrado entre los columpios y el tobogán un espacio donde infructuosamente luchaba por desprenderse de su vestimenta. Al no conseguirlo, se alisaba con fruición el abultado cabello blanco que casi le llegaba a los hombros, levantaba la vista y miraba en todas las direcciones. Por último alzó los ojos al cielo.

-Dios… -murmuró el Doctor.

El pantalón del abuelo estaba mojado desde la pelvis hasta los tobillos.

-Llevémoslo a su casa –dijo el Narizón.

-Su familia no debería ya dejarlo salir solo a la calle –opinó el Champero.

En el trayecto, el Doctor comentó:

-Parece que llegó el momento de empezar las visitas a las instituciones.

-Tengo lista la lista de entidades y contactos –asintió el Conde.

-¿Tienes lista la lista? –rió el Champero- ¡Qué bien hablas, Condesa! ¡Felizmente que eres profesor, pendejo!

-No se trata de castigar –explicó el Doctor-. La idea es educar.

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