El expediente Glasser: “Simbad y el viejo hombre del mar” (IV) y “Nórdicos” (V) Segunda parte

Violeta Balián

Expediene Glasser

Ilustración de Miriam Ascúa

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4. Simbad y el viejo del mar

Pasaron unas semanas. En casa, nuestras vidas se fueron acomodando a esa rutina donde los días pasan y llegan. O son iguales a los de ayer y anteayer, a los de mañana y pasado mañana.  Y así, hasta el día en que inesperadamente me llovieron todo tipo de trabajos y pedidos: cuidados de noche entera, curaciones para enfermos desahuciados, postoperatorios, inyecciones y masajes. También lo que más quería: suplencias regulares en la clínica.

‒‒Un regalo del cielo, una intervención divina ‒‒bromeó  Rogelio.

Conocía esa reacción de mi marido; la manifestaba cuando los acontecimientos, del tipo que fueren, lo desconcertaban. En mi opinión, el milagro no era nada más que una mezcla del cinismo básico de Rogelio con las hechicerías de Alcides.  Naturalmente, con semejante aluvión de trabajo y poco tiempo disponible, me ilusioné con la idea de haber regresado a mi vida normal.  Entonces decidí tomarme un respiro de las experiencias vividas durante el último mes, particularmente la muerte de Mercedes.   Inclusive, tomé una resolución personal: no darle lugar en mi existencia a ninguna otra cosa que no fuera mi familia y mi trabajo. Y en la bolsa de las “otras cosas” puse también a mi amigo Alcides, a quien y a pesar de mis buenas intenciones veía regularmente en la confitería o en la calle, convencida de que sus merodeos no representaban compromisos ni peligros para mí.

Me engañaba.  No  dejaba  de  pensar  en  él  ni  de  tenerlo presente. Necesitaba los  estímulos que recibía en cada uno de esos encuentros. Eran momentos en los que me sentía capaz de observar cómo su persona se tornaba más enigmática, y detrás de su semblante imperturbable acechaba una inteligencia provocadora, lista para manejar cualquier tipo de situación.  Un individuo que no hablaba por hablar y que, efectivamente, guardaba secretos, atributos y requisitos para ser un espía exitoso.

«Clara, ¿será posible que te hayas olvidado de que Alcides no es un espía sino un mago?»

Pero días más tarde, profundamente apenada por la muerte de Miguelito, cruzaba la avenida distraída y un auto casi me atropella. Apareció Alcides, me arrebató por el aire y me depositó sobre la vereda. Me salvó la vida. Un verdadero hito. Razón por la cual no me sorprendió de que a partir de ese incidente se convirtiera en mi ángel guardián y también en mi carcelero.

‒‒Mamá, leénos otro cuento  de  Simbad ‒‒pedían  los mellizos cuando eran pequeños.

«Simbad y sus hombres naufragaron y dieron a parar en la playa de un lejano país donde los rescató un ser extraño, peludo, al que los lugareños llamaban el “viejo hombre del mar”. A cambio de ese servicio, el viejo obligó a Simbad a que lo llevara sobre sus hombros, tierra adentro, hacia un destino desconocido. Día y noche, con el viejo a cuestas y sin poder, ni por un momento, desprenderse de él Simbad recorrió enormes distancias hasta que no deseó otra cosa más que morir. Por fortuna, y justo a tiempo, preparó un brebaje con el que embriagó a su captor y logró escapar. Más tarde se enteró de que “el viejo” era un orangután que planeaba llevárselo al interior de la isla para entregarlo a otros simios quienes como él, devoraban humanos.

¿Fue fácil identificarme con las peripecias de Simbad? Sí.  Porque yo, al igual que el Marino, no me podía sacar de encima a Alcides.  El hombre respiraba a la par de mi persona, mi familia y mi trabajo. Ya no le bastaban nuestros encuentros en la confitería.  Insistía en vigilarme a la distancia cuando iba por las calles camino a las casas de mis pacientes.  Se subía a los colectivos y trenes en los que viajaba. En cuanto se percataba de que lo había visto entre el gentío, desaparecía como el estallido de un flash. Otras veces se replicaba, es decir se aparecía con hombres como él.  Ellos también me vigilaban.  En una ocasión vi a cuatro de ellos, sentados todos juntos. Una ilusión.  Posiblemente.   Lo cierto es que sus osadías me hacían sentir como una sonámbula o una hipnotizada que flotaba entre una orilla y la otra, viviendo simultáneamente en realidades o mundos diferentes.

Para mi familia, para los demás, Alcides no existía. Aparecía y desaparecía según las circunstancias, por arte de magia o a causa de su “invisibilidad”. Fui muy ingenua. Lo sé. Asumí que era justamente esa invisibilidad la que me aseguraba de que no pudiera comprometerme ‒‒aunque se tomara o yo se las diera‒‒ libertades y oportunidades para seguir deslumbrándome con su personalidad inescrutable o bien, a ejercer ese extraño poder que tenía sobre mí.  Sin embargo, sus interferencias comenzaron a molestarme y mis salidas se hicieron menos frecuentes. Entonces me propuse establecer una mínima distancia.  Confiaba con que Alcides se daría por enterado de la necesidad que yo sentía de controlar mi vida, de hacer mis cosas y moverme con libertad.  Por sobre todo, dejar de envidiar a toda esa gente con la que me cruzaba en la calle, gente normal a la que hasta hacía muy poco tiempo soñaba con conocer, gente libre de este embrollo en el que yo misma me había metido en un momento cualquiera de mi vida.

Quería perderme entre esa multitud.

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5. Nórdicos

Una de las pocas tardes que tenía libre, fui al cine. Sola.  Comenzaba la película cuando Alcides se sentó a mi lado.  No me sorprendió.  Hacía ya un tiempo que no nos veíamos en la confitería. Cuando terminó  la función, sugirió que fuésemos a tomar algo. Acepté.  Era la oportunidad que buscaba  para esclarecer este juego sin propósito como también, la conexión singular que tenía con él y  que aparentemente me beneficiaba y protegía de algo no identificable.  ¿Lo sucedido en casa de Latorre, quizá? El tema seguía pendiente.  Pasaban los días, se sumaban los encuentros y Alcides no me informaba del verdadero motivo de su presencia en la casona ni de su acercamiento a mí.

‒‒Es hora que me diga la verdad, Alcides.

‒‒¿La verdad, Clara? Hasta ahora no le he dicho nada que no sea la verdad.

‒‒Usted no es sincero conmigo. Realmente, no sé quién es. Qué es lo que hace, dónde vive, cómo se relaciona con los altos niveles del gobierno, si…

‒‒Latorre le comentó algo ‒‒interrumpió.

‒‒No me ponga en ese compromiso, por favor.

‒‒Permítame explicarle. Soy un vendedor de seguros de vida. En mi tiempo libre me desempeño como…ahora se lo llama “consultor” de estrategias, en ingeniería aeronáutica y espacial.

‒‒¿Espacial? ¡Qué curioso! Resulta que mi hijo quiere  dedicarse  a la astrofísica ‒‒dije entusiasmada, tratando de conseguir algún tipo de información que lo impulsara a Pablito a decidir sus estudios futuros.

‒‒Una excelente elección. También cualquiera de las dos disciplinas que le mencioné. Como “consultor” me consultan gobiernos como  los de éste y otros países.  Represento a entidades corporativas dedicadas al avance de las tecnologías existentes, y a nivel internacional  ‒‒.

‒‒¡Extraordinario! Alcides, entiendo que sus actividades sean secretas, que no pueda darme detalles, pero me intriga todo lo que usted hace. No es como los demás, como la gente de aquí ‒‒señalé.

‒‒Aplaudo su percepción. Sepa que disfruto y valoro nuestra amistad, si podemos llamarla así. Nuevamente, me disculpo si la ofendí. ¿Sabe una cosa? Latorre tenía razón. No estaba en nuestros planes que me viera en la casona. Asumimos que la penumbra de la sala haría un buen escondite. Nos equivocamos. No, no soy un espía, no tema. Considéreme un ser comprometido.

‒‒¿Un “ser”?

‒‒Sí. Un ser como lo son el señor y la señora sentados en aquella mesa, usted, yo y todo lo que vive en el planeta ya sea en razas o conformaciones diferentes.

‒‒¿Razas? ¿Conformaciones?

‒‒Efectivamente, Clara. Veamos.  Desde el ángulo de las razas tenemos puntos en común, sí, usted y yo.  Soy europeo, más específicamente nórdico y según entiendo, sus orígenes germánicos nos ubican en el mismo bando.

‒‒En cuanto a las conformaciones  ‒‒continuó‒‒ tomemos como ejemplo a los animales. Un perro, un pájaro, una lagartija, una planta, todos entes vivientes que habitan el planeta junto a nosotros y respiran el mismo oxigeno ¿verdad? Sin embargo, lo hacen dentro de una conformación ósea o una estructura propia, diferente de la nuestra, los seres humanos, es decir, los seres humanos terrestres.

‒‒Un ser humano…terrestre. No entiendo. ¿Es que puede haber otro tipo de ser humano que no sea terrestre?

‒‒Sí, lo hay.

Lo miré sorprendida, sin percatarme de que alguien se había detenido junto a nuestra mesa. Alcé la vista y contemplé una versión femenina de Alcides. Tan alta como él, con los mismos rasgos excepto que venían iluminados por una gran sonrisa y encuadrados por una melena platinada, casi blanca.

‒‒Clara, permítame que le presente a mi hermana, Asima.

‒‒¿Su hermana? Mucho gusto, Asima. Soy Clara Glasser ‒‒dije y le extendí la mano.

La mujer no me retribuyó el saludo. Lo esquivó o no pudo hacerlo porque se estaba quitando los guantes. Sus meñiques mostraban la misma deformación que había visto en los de Alcides. Obviamente, un problema genético.  Asima levantó la  cabeza y me observó por unos segundos antes de alejarse por el salón buscando una silla desocupada. La encontró, la arrimó a la mesa y se sentó junto a nosotros.

Asima, una mujer verdaderamente hermosa. De una belleza singular y con facciones de una “simetría absoluta”.  Usaba la minifalda de moda y un par de botas blancas ajustadas;  este último, un detalle que no correspondía con la estación invernal.

«Sombrero negro, botas blancas y anteojos oscuros. En pleno invierno. Para este par de hermanos no existen las convenciones».

Alcides le preguntó si deseaba tomar algo.

Un vaso de agua, nada más.

‒‒Mi hermano dice que usted cree que él es un espía ‒‒soltó la mujer con una expresión divertida y a modo de presentación.

Sonreí.

‒‒Asima, un nombre interesante. ¿De origen escandinavo?

‒‒Oh, no. Es muy antiguo. Significa “sin fronteras, sin límites.” Con el tiempo se incorporó al sánscrito, razón por la que hoy en día es común entre los hindúes.

‒‒Antes de que llegaras, Asima, conversábamos sobre las características de un ser humano y que Clara también es un ser humano, terrestre.

‒‒Pero ¡qué duda cabe! ‒‒insistí con firmeza. ‒‒Nosotros  tres, aquí somos  seres humanos  terrestres.  Respiramos el aire de este planeta.

Alcides recogió unos papeles que tenía sobre la mesa y los guardó en su portafolio.

‒‒Estos son temas muy importantes, y para examinarlos debidamente, necesitaríamos varias horas ‒‒remarcó.

Concordamos. Nos citamos en dos días, en el mismo lugar y a la misma hora.

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El expediente Glasser II

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