Entremientras: “Lunares” (VI)

Miguel Rodríguez

Luna

La niña Lunares estrenaba sus veranos con una amalgama de postillas en rodillas, codos y otros múltiples sitios de su cuerpo diminuto, las que había procurado metiéndose entre las zarzas y los espinos que cubrían una parte de su patio de infancia, simplemente porque no sabía qué había más allá. Allí aprendió a descubrir moras aún muy tempranas, y luego otros placeres que la llevarían, con el tiempo, a ejercer su oficio.

Lunares decidió irse de la Mara para preparar bien el siglo, decía, como leedora de manos y futuros, y sin experiencia previa ni más don que el que decidiera tener. No conocía las artes adivinatorias de los charlatanes de aldea, pero distinguía perfectamente las vidas grandes de las menguantes. Las grandes, decía, son las que se atreven y se acercan, extienden la mano y me miran a la cara sin miedo, quizás porque ya lo han resuelto antes, y se exponen a mi juicio o a mi compasión, y no a mi don, que no tengo. Unos se acercan tambaleantes y otros firmes o misteriosos, pero, si les miras bien a la cara, sus historias se revelan de manera natural y fluyen de tal forma, chico, que no siempre sé seguir el hilo de lo que digo. En fin, tampoco me preocupa si es certero o ha sucedido de veras, ya sabes lo que dice Littah: “Algo puede no ser real, lo cual no quiere decir que no exista” Al fin y al cabo, una vida grande seguirá siendo grande solo por querer seguir siéndolo…

Las vidas ajenas se le presentaban a Luna a fogonazos, intermitentemente, como cuando yo saltaba en la Mara tratando de ver qué hacían Mary y Emiliano. Ambos coincidíamos en tratar de interpretar la discontinuidad, nuestra percepción acerca de nuestros vecinos o clientes, tratar de hilar un conocimiento siempre entrecortado.

Lunares, Luna, podía leer de un vistazo la cara de cualquier hombre, aunque yo creo que no por su arte adivinatorio, sino más bien por su ocupación anterior. Cuando vivía con nosotros, su vida, como la del astro, crecía o menguaba en ilusión según la caricia de los hombres, hasta un punto en que sintió que quería una caricia con historia, con nombre. Al no encontrarla, comenzó a vivir eclipsada, disminuida, perdió el amor y se quedó gravitando en la casa recorriendo los pasillos, acompañada de cuerpos extraños que chocaban con su vida una y otra vez, sin siquiera desvestirla por completo. “Luna, cariño, no puedes seguir trayendo hombres a casa”, le dijo Amelia.

Igual que la formación del astro a raíz de una colisión con la Tierra, la vida de Lunares empezó con el puño de su padre estrellándose contra su madre embarazada, y con violencias recurrentes se desarrolló durante buena parte de su vida. Con el tiempo, igual que la luna se fue haciendo compacta y serena – aunque dependiente de la órbita terrestre – así, Lunares giraba alrededor del amor igual que los hombres alrededor de ella. En esta atracción mutua de órbita y gravedad, Lunares ejercía un influjo desmedido sobre los hombres, que se veían desposeídos de voluntad y arrastrados hacia ella, ansiándola pero temiéndola recorrer. Había en Luna una cara oculta que comprendía las entrañas de sus visitas. En la época de los grandes exploradores, no todo el mundo está dispuesto a viajar.

La vida está ahí, bajo las postillas, donde fluye la ilusión, un poco más allá tan solo, tras las zarzas.

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