La cocina del infierno: “Comando Meón” (I) Tercera Parte

Fernando Morote

Escrache

-Sólo podemos conservar lo que tenemos si lo compartimos con los demás.

Los otros tres tomaron esta declaración del Doctor como una arenga.

-Tenemos que empezar por la tienda del cholo Tito –señaló el Conde.

-Tengo todo listo –confirmó el Champero.

-Ok –apuró el Narizón-, vamos a joderlos.

El primer asalto estaba programado para las diez de la noche. Rodaron despacio con las luces apagadas. Champero como chofer, el Doctor de copiloto. Sentados sobre la tolva descubierta de la Tacoma negra, el Narizón navegaba cámara en mano y el Conde sostenía un sencillo equipo luminotécnico. Estacionaron a dos cuadras. Bajaron en silencio. A distancia fijaron su objetivo. Se escondieron agazapados tras unos granados. El Doctor musitó dirigiéndose a sus compañeros:

-Esperen mi señal.

El cónclave en la esquina parecía animado. Un par de décadas atrás hubieran sido ellos quienes tomaban cerveza vociferando groserías, formando un círculo, sacudiendo el vaso y tirando la espuma al piso, vaceando los cigarros para convertirlos en pistolas.

-¿Cuántos son? –preguntó el Conde.

El Doctor efectuó el conteo con los dedos. El Champero se adelantó.

-Cinco.

-Al primero que se desprenda lo cagamos –sentenció el Narizón.

Minutos después se presentó el candidato. Un tambaleante mocoso, no mayor de dieciséis años, bajó la grada, se aflojó el pantalón y se abrió la bragueta. Con ampuloso orgullo sacó su miembro y soltó un chorro contra la pared.

-¡Ahora! –ordenó el Doctor.

El estrepitoso ruido de pasos y aparatos alarmó al muchacho. En un segundo los reflectores del Conde alumbraron su rostro invadido de nervios. El Narizón lo acorraló registrando en la cámara su patética expresión de desconcierto. La escena podía compararse a la captura de un delincuente juvenil condenado a residir una temporada en Maranguita.

-¡Más respeto, señor! –protestó.

-¿Respeto? –replicó el Doctor- ¿Respeto, conchetumadre?

-¿Qué crees que estás haciendo? –azuzó el Champero.

-¡No tienen por qué tratarme así, señor!

-¡Tú tampoco tienes por qué ofender a la gente! –explicó el Doctor.

-Tienes suerte de que no seamos la policía…-observó el Narizón.

-Nadie quiere conocerte el pájaro…-dijo el Conde.

-¡Anda a mear a tu casa, huevón! –agregó el Champero.

-¿Tu padre no te enseñó que no debes orinar en la calle? –increpó el Doctor.

-Mi padre me enseñó que si no lo hago soy maricón…

-¡Ah, bueno! –exclamó el Conde.

-¿Lo tienes grabado? –preguntó el Doctor.

-Completo –afirmó el Narizón.

El Doctor encaró al adolescente:

-En la próxima reunión de la junta de vecinos pondremos tu video.

-La urbanización entera verá cómo meas –anunció el Conde.

-Se van a reír de ese pellejo que te cuelga entre los huevos –añadió el Champero.

El chico, ahora con los pantalones mojados, no lograba escapar de su asombro. Sus amigos se habían esfumado apenas descubrieron el alboroto. El Narizón volvió a él antes de abandonar el lugar.

-Otra cosa…

-Sí, señor.

-Aprende a armar bien esos tabacos.

-Si quieres que te pateen bien –apuntó el Champero-, tienes que cargarlos mejor. Así no te van a hacer nada.

-Te lo dije, Conde –indicó el Doctor, mientras caminaban de regreso a la camioneta- Éste no es más que un problema de educación.

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