Estaciones interminables

Sergio Coello


          Hay estaciones –como ésta, sin ir más lejos– que se hacen interminables para los amantes despechados, señoría. Todo lo que me ha sucedido parece fruto de un conjuro dictado por el rencor de esos antepasados fantasmales de cualquier hombre abandonado por una mujer. Y es que lo que me viene pasando desde aquel maldito día en que comenzó la temporada, señor juez, me recuerda las famosas maniobras orquestales en la oscuridad. Esas que caen sin avisar sobre el novio de toda la vida cuando, de pronto, deja de serlo  sin conocer las razones. No sé si usted sabe, señoría, lo que es un amante despechado. Supongo que sí. Me refiero a ese al que ─¡ay, pena, penita, pena!─ le cierran la cancela del patio de la casa donde vive ella con su familia y luego se encuentra las piedras de la calleja de la pérfida cubiertas de sal. A veces, incluso, alguien ha escrito ¡piérdete!  en la fachada para que lo lea todo el mundo.
     Ya lo sé, señor juez; lo elegante habría sido reaccionar como esos héroes románticos que pasan por la misma situación y consiguen hacer de tripas, corazón. En fin, dar  la media vuelta cuando llega la tarde y echar a andar en dirección a casa mientras uno silba Yesterday, sonriendo como si nada. Pero  en tales casos, la mayoría de nosotros ─usted también, reconózcalo, señoría─  más tarde, y una vez dentro de la guarida, se pone manos a la obra y arranca el motor de la máquina resentida e implacable del desamor. Señoría, no creo que usted haya olvidado aquel tiempo en que también fue uno más entre los des-amantes que acaban adoptando el aire trascendente de las resistencias numantinas. Quizá usted también llegó a aplicarse en aprender a disparar contra todo lo que se acercaba al recinto de su propia silueta, convertida ya en muralla sorda. Porque, en la vida real,  señoría, todos sin excepción nos negamos a aceptar que ya no volveremos a ocupar jamás el centro del Universo y se nos acabó el reinado sobre el corazón cautivo de antaño. 
    Señoría, esas y no otras han sido las razones de que, en lugar de ponerme a rumiar boleros a distancia para ella o salir en televisión cantando Amanecí otra vez entre tus brazos con el sombrero de José Alfredo Jiménez sobre la calva, anoche me pusiera a meter seis balas ─una por una─ en el cargador.

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