El puente de los Alpinos

Lucía del Mar Pérez


     Me dirijo hacia sus entrañas de madera. Siento el crujir de su armazón, como si de ancianos huesos se tratara. Escucho sus gemidos, cómo lamenta las pérdidas añorando a los ausentes. Y observo cómo cobija entre sus brazos a los que permanecen en él. Junto a ellos siente la angustia de la incertidumbre. Porque los objetos inanimados también tienen alma, ¿cómo no va a tenerla este viejo puente?
     El puente es el corazón de Bassano del Grappa, una de las villas medievales más conocidas de la región del Véneto, en el Norte de la península itálica. Está ubicada en la provincia de Vicenza, en un enclave entre el  Monte del Grappa y el altiplano de Asiago.
La primera construcción del puente fue a comienzos del siglo XIII. En el pasado tenía la función de medio de comunicación, y dividía el territorio de Vicenza con el de Bassano. Cada vez que fue destruido,  bien causas naturales ligadas a las crecidas del río Brenta, bien por guerras, el puente se volvió a construir igual, siguiendo el proyecto de Andrea Palladio, el gran arquitecto véneto del Renacimiento.

     Sin embargo, el puente ha pasado a la historia como El puente de los Alpinos
Los Alpinos son las tropas de montaña del ejército italiano, la infantería especializada en terrenos montañosos. Son los soldados de la pluma negra, muda compañera de las noches frías en los riscos donde  anidan las águilas.

Son los hijos de los montes. Fueron creados en 1872, cuando el joven reino de Italia tuvo que afrontar el problema de la defensa de sus nuevos confines terrestres  que tras la infeliz guerra contra Austria en 1866, coincidían casi enteramente con el arco alpino. Hacía poco que se había producido la unificación italiana. El espíritu del Romanticismo, llamado en Italia Risorgimento, encendió el ánimo patriótico de los italianos. Dirigidos por el Piamonte y gracias a personajes como Cavour, Mazzini o el apasionado Garibaldi y sus Camisas Rojas, consiguieron, no sin esfuerzos, la unificación. Roma se convirtió en la capital del nuevo estado.

     La historia de los Alpinos está íntimamente relacionada con el viejo puente de Bassano del Grappa. La “Gran Guerra” supone el  inicio de leyenda de los Alpinos. La vieja canción que entonaban, decía así: 

Sobre el puente de Bassano

allí nos daremos la mano.

Nos daremos la mano

y un beso de amor.

Por un beso de amor

sucedieron tantos problemas

que nunca creí

tenerte que abandonar.


Una canción de despedida, una última mirada dirigida al puente, donde dejaban a sus seres queridos antes de marchar hacia el frente. En los Dolomitas combatían entre rocas y bosques de día, en un mundo luminoso de sol y de nieve y de noche en un hielo de estrellas. En sus solitarias posiciones, a la vanguardia de desesperadas batallas contra un enemigo más rico en artillería, sus hazañas son solo fruto de coraje y gestas individuales.
 El escritor inglés Rudyard Kipling, quien perdió a su único hijo en el frente francés, fue de visita al frente italiano durante la Primera Guerra Mundial. Definió a los Alpinos como: “El más tenaz de todos los cuerpos. Grandes bebedores, sobre todo de grappa, de lengua y mano rápidas, orgullosos de sí mismos y de su Cuerpo. Viven rudamente y mueren heroicamente.”.

      Los Alpinos han recorrido un sendero construido con sangre y sacrificio, un itinerario repleto de cruces. Durante la Segunda Guerra Mundial, atravesaron Rusia a pie, caminaron  más de setecientos kilómetros  bajo el gélido frío y contra un enemigo implacable. Perdieron la vida alrededor de treinta y cinco mil hombres. Los maltrechos supervivientes asistieron a la liberación de Italia. El puente de Bassano,  alcanzó la fama el 16 de febrero de 1945  cuando fue destruido para evitar que los bombardeos destruyeran la ciudad. Al final de abril Bassano y los pueblos colindantes pudieron festejar la libertad conquistada y comenzaron la reconstrucción del puente. 

       Ahora, recorro con una mezcla de curiosidad y temor el viejo puente de los Alpinos. Apoyada en el pretil, observo las casas cuyas fachadas se asoman al río Brenta. Casas de aspecto orgulloso, que muestran sin ningún pudor los orificios producto de la metralla bélica. Suspirando, me dirijo al otro lado del puente admirando la belleza del Monte Grappa, refugio de los montañeros. Decido entrar en una de las tabernas del puente y beber Grappa para entrar en calor. Cuando los efluvios del alcohol se apoderan de mi mente, creo que he encontrado el valor suficiente para visitar el Museo de la Segunda Guerra Mundial que la taberna esconde. Apenas desciendo por las escaleras, observo armas, uniformes, y un largo etcétera de objetos militares. Pero al fondo, apenas visible, descubro el macabramente famoso pijama de rayas. Dominada por la emoción, conteniendo las lágrimas, me dirijo a la barra y bebo la enésima grapa. Me desplomo sobre la vieja madera. Y escucho, a lo lejos, la suave melodía de la canción de los Alpinos… 

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