Estefanía Farias Martínez

Portrait de Mauricia Coquiot (1915)-Suzanne Valadon
(Caridad, que acaba de volver del mercado, está en la cocina ordenando la compra cuando le suena el móvil, en la pantalla ve aparecer una ardilla con gafas de sol).
—¡Hola!
—Hola.
—¿Estás bien?
—Sí, por qué lo dices.
—Porque estás susurrando.
—Es que estoy escondida en el baño y no quiero que mi hija me oiga.
—¿Qué pasa?
—Ha encontrado unas fotos en mi ordenador que no tenía que haber visto.
—¡¿Guardas porno en tu ordenador?!
—No era porno, eran fotos mías desnuda y se ha creído que tengo un amante.
—¡¿Y tienes un amante?!
—No, pero como no quiero que sepa por qué me hago las fotos, le he dicho que sí.
—¿Y quién le has dicho que era?
—Tú.
—¡¿Yo?! ¡¿Por qué yo?!
—No pasa nada. Tú, tranquila. Sólo necesito que me hagas un favorcito.
—¿Qué quieres que haga?
—Cuando te llame mi hija, porque te va a llamar, niégame. Dile que si está loca, que de dónde ha sacado esa estupidez, algo así.
—¿Pero no quieres que piense que estamos liadas?
—Claro que quiero.
—Entonces, ¿por qué lo voy a negar?
—Para que no le quede la menor duda. Ahora cuelgo. Te llamo luego y te explico todo.
(Un par de horas más tarde vuelve a sonarle el móvil a Caridad y ahí está la ardilla, pero sin gafas).
—¡Hola!
—¡Hola! ¿Llamó?
—Sí, nada más colgar tú.
—¿Hiciste lo que te dije?
—Más o menos.
—¿Qué hiciste?
—Me puse dramática.
—¿Qué capítulo?
—El de la calumnia.
—Ése es buenísimo… ¿Quieres arruinar mi reputación? ¿Qué te he hecho yo a ti?
—Sonaba falsísimo.
—¿Y qué dijo?
—Sed discretas.
—Muchísimas gracias, me has salvado el cuello.
—Ahora me cuentas de qué va esto. Con pelos y señales.
—Desde hace más de un año he crecido a lo ancho, me está cambiando el cuerpo mucho.
—A mí también.
—No sé cómo lo llevas tú, pero yo, fatal.
—Qué me vas a contar. Hace meses que no puedo comprarme ropa porque cambio de talla demasiado rápido.
—Eso además. Pero lo peor era que no me gustaba mi cuerpo, me veía muy grande, me sentía muy rara. Un día Facebook me mandó publicidad de un curso en línea que parecía interesante. Ya sabes, en esos anuncios que manda a partir de los cincuenta, desde Tena Lady para las pérdidas de orina hasta diseña tu propio funeral. Son muy sutiles. Este curso iba sobre aceptar tu cuerpo y me apunté.
—¿Cómo se llama?
—«Yo soy ésta». Muy Pantoja, lo sé. No se lo tengas en cuenta. A mí me ha ayudado mucho.
—Éso es lo principal. Y el lío de las fotos, ¿de qué va?
—Las bases del curso son: adiós a la báscula, hola a la cinta métrica y reconcíliate con tus curvas. Para afianzar esa reconciliación tenemos que hacernos una foto de cuerpo entero por los cuatro costados, de frente, de espaldas, perfil derecho e izquierdo, y de la parte a asumir cada semana. Por supuesto las fotos deben ser desnudos integrales.
—¿Y lo de la parte qué es?
—Esta semana toca tobillos. A todas se nos han hinchado. Se trata de sentirte unida a tus propios tobillos y no codiciar los tobillos ajenos. Y quien dice tobillos dice cualquier parte del cuerpo. Vamos aceptando una a una. Nos reunimos el primer y tercer viernes de cada mes a las 6 de la tarde. Compartimos nuestras medidas y las sensaciones que nos genera ver nuestras fotos. Al final de cada sesión abrazamos nuestros contornos en grupo.
—Suena muy bien.
—Apúntate. La semana que viene terminamos con los pies y volvemos a empezar.
—¿Cuánto cuesta?
—No es caro, son 20 euros por sesión, en realidad es mucho trabajo personal.
—Ésas son las fotos que encontró tu hija.
—Claro, eran los deberes de esta semana. Las tenía guardadas en una carpeta en mi portátil, pero me lo cogió porque el suyo estaba actualizándose y necesitaba algo en ese instante. Vio una carpeta que ponía Fotos viernes y como es una cotilla, la abrió. Yo estaba arreglando el salón y de repente oigo: ¡¡Mamá, ven aquí!! ¡¿Qué es esto?! A grito pelado. Una exagerada.
—¿Qué te dijo?
—¡¡No me lo puedo creer, mamá!! ¡¡Tienes un amante!!
—¿Y tú qué le dijiste?
—¡No necesito un amante para hacerme fotos desnuda!
—¿Qué te contestó?
—¡¿Cómo se te ocurre hacer algo así a tu edad?! ¡¿Quieres avergonzarme?!
—¿A tu edad? Pero si tienes 56.
—Exacto, casi le hago comerse el portátil. Al final, para no discutir, le dije que sí a lo del amante. Y empezó el interrogatorio. Si me negaba a darle un nombre, iría a contarle a su padre que le estaba poniendo la cornamenta (desde siempre nos ha tenido amenazados con chivarse al otro si descubría una infidelidad de uno de los dos). Entonces se me ocurrió la coartada perfecta: una infidelidad lésbica. Por eso le di tu nombre. Fue una maniobra magistral. Se quedó estupefacta, muda. No sabía si creerme o no. Ni como reaccionar.
—Qué lista eres.
—A la fuerza ahorcan. Ahora piensa que estoy en crisis y ya se me pasará, o no.
—Vamos que te da por perdida.
—Algo así.
—¿Y por qué no le contaste lo del curso?
—Si le digo lo del curso, me vendrá con lo de «¡¡Estás malgastando mi herencia!!».
—¿Y cuándo te gastas el sueldo en ella?
—Entonces estoy invirtiendo en su futuro.
—Ten hijos para esto.
