Qué viejo estás y qué gordo

Carlos Casares

 

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Qué gordo estás, viejo. Y qué calvo. Bueno, pelo nunca tuviste mucho, pero ahora mismo estás casi pelado por arriba, o descapotado, si quieres, mondo y lirondo como el culo de un niño. Tiene gracia que algún día te hayan comparado con una saeta rubia. Más que una flecha, pareces un bidón, perdona que te lo diga, y del color rubio no te queda ni el recuerdo. La primera vez que te vi, aún conservabas un resto de cabello en esa cabeza redonda y llena de arrugas que en estos momentos estoy observando en el televisor. Se parece a la de una rana. Lo digo también por los ojos y por la boca: unos te saltan hacia afuera y la otra se alarga excesivamente, igual que una raja que te atravesase la cara de oreja a oreja. Por cierto, que al comentar uno de los partidos de hoy, hace apenas tres o cuatro minutos, has hablado del referee, una gilipollez que no viene a cuento, teniendo como tenemos en español la palabra árbitro. Es como si para decir pan, por ejemplo, dijeras bread. Una tontería.

Por culpa tuya me pillé yo un catarro de buey, hace años. Bueno, por culpa tuya y de Manolito Romero, que un día vino a mi casa a decirme que podíamos ir a verte a Madrid en la moto. Confieso que pudo más la ilusión que el miedo, pues yo quería y no quería, pero al fin quise completamente. Salimos de noche, con varios periódicos metidos debajo del jersey, con las gabardinas enrolladas en el cuerpo como mantas y un par de gorras calzadas hasta el cuello. De cuando en vez, pasados los primeros cien kilómetros, a mí me entraban ganas de dar la vuelta, no porque no quisiera verte, que quería, sino porque me había entrado la cagalera de que iba a coger una pulmonía y que podía palmar como consecuencia. Es que pensaba en mi primo Darío, que la apañó en un viaje en coche por culpa de una ventanilla rota a la que le habían puesto una caja de frutas para tapar, hecha con aquella tablilla ruin que se utilizaba en el embalaje de plátanos y naranjas. Para esto de las enfermedades, soy un poco flojo, como si tuviera el pecho delgado, de mosquito, o como si fuese de alma inocente, que era lo que me insinuaba Manolito Romero cuando me quejaba del frío y le decía que podíamos pensar en dar la vuelta.

Cada vez que yo le recordaba la aventura tonta en la que nos habíamos metido, él me respondía con esos reproches que te digo y luego se ponía a cantar como loco: «¡Hala, Madrid, caballero del honor, a vencer en buena lid!». Eso lo aprendió en el disco que le pedimos al club por correo desde la Peña y que él se llevó luego para su casa porque era el único que tenía tocadiscos. Por cierto, que el disco era un poco mierda, como si estuviera hecho de gelatina de pollo, indigno de un club tan millonario y señor como aquél. Tal vez por eso le duró tanto a Manolito, porque de porquería que era ni siquiera se rompía como los otros discos ni se rayaba. Una desgracia para los vecinos, porque seguramente que alguno ya quisiera que aquella música se acabara de una vez, por lo menos los del Barcelona, por no decir la gente normal, pues cada domingo lo ponía no menos de veinte veces, o más si ganaba el equipo, que ganaba casi siempre.

En la Peña, Manolito era el alma, el cuerpo, la boca, los ojos, el culo, todo. Esto lo digo porque lo decía él mismo. Lo del alma era cierto, pues se encargaba de comprar el Marca y de organizar las meriendas e incluso me ayudaba a mí a escribir las cartas de felicitación a don Santiago Bernabéu, que eso era asunto de mi exclusiva competencia por decisión unánime de los compañeros. No recuerdo bien la explicación de cada cosa, pero del culo, por ejemplo, me acuerdo muy bien de que nos decía que tenía el culo más potente de España, es decir, para cagarse en la madre que parió a todos los del Barcelona. En esto era de una pasión enloquecida, como si se tratara de odio por herencias o litigios de lindes y enfados de vecindad. No se le podía nombrar ni a Kubala ni a un defensa cuyo nombre olvidé, porque del primero decía que era una vaca gorda con botas, y del segundo afirmaba que antes de cada partido tenía que tirarse a una tía, pues si no lo hacía, fallaba como una coladera. Lo cual yo dudé siempre, porque en esas cosas, lo mismo en el polvo que en la paja, ya me entiendes, se pierde mucha glucosa, que es la base de la energía y de la fuerza.

Pero volviendo al principio, lo del catarro te lo debo a ti. Llegué a Madrid hecho una salsa verde, con la mocada saliéndome como una fuente incontenible por las narices y la fiebre pintándome los ojos de un color encarnado subido, pura sangre concentrada en las venas y a punto de reventar. De hecho, en aquellas condiciones no debía haber ido al campo a ver el partido. Pero lo hice por ti. Para que lo entiendas bien y sepas darle el valor que tiene, no fui al entierro de mi tío Andrés porque nevaba y tenía miedo de pillar la pulmonía del primo Darío. En aquella ocasión tuve que oírle decir a mi madre que era un desagradecido y que carecía de sentimientos de familia, mi padre me llamó maricón y poeta y mi hermano Julio me dijo que ojalá cogiera la pulmonía en casa, sin salir a la calle, que era donde se cogían entonces, sentados alrededor de la mesa camilla, con los pies bien calentitos por el brasero de carbonilla, pero la espalda desguarnecida y expuesta a la traición de las corrientes.

Pues a pesar del miedo a la pulmonía, me metí en una moto toda una noche para verte a ti. Era algo de locura, pero estas cosas no siempre dependen de la cabeza. A mí, por ejemplo, es que me gustó mucho la primera vez que te contemplé en un cromo, poco después de que llegaras a España para fichar por el Madrid. Yo antes era del portero Alonso, desde que lo vi en una foto del calendario Dinámico volando por el aire para atrapar un balón lanzado desde la izquierda por Panizo, con una leyenda debajo que decía que el guardameta del Real Madrid había hecho un prodigioso alarde de elasticidad. Lo estoy viendo aún, el cuerpo en arco flotando a más de un metro del suelo, los muslos oscuros y tensos, pero suaves como ratones, los brazos como tenazas de acero agarrando el balón y la cabeza sostenida por un poderoso cuello de búfalo. En cada partido jugado por mí como portero, cuando yo me alineaba en el equipo de mi pueblo, soñé siempre en que una de mis estiradas fuese comentada en el periódico como un prodigioso alarde de elasticidad.

Pero Basilio Corner, que era el seudónimo de Argimiro Sánchez, el cronista deportivo, no entendía demasiado de palabras. Lo más que llegó a decir de mí, una vez que me lancé por el aire para coger un balón enviado a la base del poste, fue que me había tirado en plongeon, una gilipollez parecida a eso del referee que acabas de decir tú, cuando en español tenemos la palabra plancha, que fue lo que hice yo en aquella ocasión, tirarme en plancha, aunque lo que propiamente habría que decir fue que hice un alarde de elasticidad, no sé si tan prodigioso como el del portero Alonso, pero alarde al fin y al cabo. Lo que ocurre es que a los jugadores de pueblo, aunque hagamos lo mismo que vosotros, no se nos reconoce de la misma manera, sólo por prejuicios, porque en cuestión de elasticidad, por ejemplo, ya me dirás qué diferencia podía haber entonces entre mi cuerpo adolescente, con dieciocho años, y el de Alonso, que debía casi doblarme la edad y no podía ser ya tan elástico como el mío. Toda la diferencia a mi favor, por supuesto.

Lo de aquel primer cromo lo recuerdo muy bien. Era una foto de cuerpo entero, un poco pequeña, tal vez, tamaño galleta, como decimos en mi tierra, pero de una calidad magnífica, por lo clara y nítida que se podía ver. Aparecías de pie en el centro del campo, con las manos atrás, las piernas ligeramente separadas y la mirada de frente. Es cierto que de pelo no andabas ya muy abundante, sobre todo en la parte alta del bollo, como decís en la Argentina para llamarle a la cabeza. A propósito, en esto del idioma te oí decir una vez en la radio que cuando llegaste a España pensaste que los españoles estábamos todos locos, una vez más por una gilipollez relacionada con la lengua, es decir, por esa bobada que os inventasteis los argentinos de decir coger en vez de joder, como si fuese lo mismo una cosa que la otra. Decías entonces que cada vez que escuchabas frases como coger un taxi o coger una maleta, que te descojonabas de risa.

Pero volviendo al cromo, estabas bien en la foto: bastante delgado y musculoso, se podría decir incluso que parecías bastante elástico, no para hacer un alarde, como Alonso, pero sí para realizar unos cuantos regates fulminantes de ardilla, nerviosos y rápidos, algo tramposos quizás, pero mortales para el defensa más seguro, hay que reconocerlo. No sé por qué, lo primero que me llamó la atención en aquella fotografía fueron tus piernas, tal vez porque en aquel momento recordaba el comentario de un técnico del club, el señor Saporta, que unos días antes había dicho también la tontería de que tenías un dribling incomparable, cuando podía decir regate, por ejemplo. Las piernas estaban bien, no hay que negarlo, aunque no eran lo mejor de ti en aquella época. Yo las encontré ya entonces algo escurridas y tuberculosas, como de bailarina pobre. Si te soy sincero, piernas por piernas, en plan futbolista, las de Kubala siempre me parecieron más apropiadas. Eran de tanque, por más que mi amigo Manolito Romero lo comparara con las piernas de una vaca.

Yo no entro en la guerra, como no entré nunca, de decir si Kubala era mejor que tú o al revés, una cuestión que ya me da lo mismo, después de tantos años. Desde luego, como te dije, en piernas te ganaba, y en la planta y en el tipo, también. Vaca y todo, tanque y todo, pesado como un elefante y todo, sin elasticidad ni nada, nunca llegó a tener aquella barriguita tuya incipiente que pronto hizo su aparición al poco tiempo de llegar al Real Madrid y que formaba como un huevo grande y algo ridículo debajo de la camiseta blanca, como si antes de cada partido bebieras varios litros de agua con gas, o cerveza con gaseosa, que también hincha. Ahora se ve que la tendencia tuya era a convertirte en un pequeño tonel, como ahora, todavía digno, lo reconozco, pero con una inclinación clarísima a que una sorpresa desagradable se te instale definitivamente en la papada. Desde luego, si no tomas medidas, puedes acabar siendo un viejo redondo y algo barrigón, con las carnes sueltas y columpiándose en las partes críticas, que ya sabes por dónde cuelgan.

Y los dientes. Me da la sensación de que te faltan algunos, como me pareció siempre. Por eso siempre te vi cara de vieja. Antes de aquel viaje en moto a Madrid, yo tenía una foto tuya clavada en una pared de mi habitación, distinta del cromo que te he dicho. Te la cuento. Era de medio cuerpo, en color, con la cabeza girada hacia tu lado derecho y algo alzada, los ojos fijos en alguna cosa divertida, porque en esa foto te estás riendo con risa de verdad, como si un niño tuyo estuviera unos metros más allá haciendo una travesura en el alto de una estantería, por ejemplo, naturalmente protegido, pues en caso contrario no estarías tú tan feliz. Es esa sonrisa la que permite ver tu dentadura, pero no los dientes de la parte delantera de la boca, sino la zona en donde se incrustan los molares, que son tres en cada mandíbula y a cada lado, lo cual te digo porque un colega tuyo dijo un día en un programa de la radio que eran veinte.

A lo que iba. En esa foto, da la sensación de que no tienes dientes, de manera que si no fuese por el gesto simpático de la cara y por la alegría de miel que te sale por los ojos, yo nunca la hubiera colgado en mi cuarto. Lo hice por esa mirada de ternera feliz que aún hoy puedo recordar sin esfuerzo, yo que he olvidado ya, a mi pesar, el bello rostro de mi madre; el de antes, quiero decir, no la desgracia de arrugas en que se ha ido convirtiendo con los años. Sin embargo, a ti te sigo viendo con nitidez en aquella foto, con el pelo un poco más oscuro de lo que era en realidad, que era bastante más rubio, como pude comprobar el día del partido. A pesar de todo, no debiera ser ninguna sorpresa para mí, que lo fue, porque el color de tu piel, tal como se apreciaba perfectamente en el retrato, era de la clase que posee esa gente a quien en mi tierra llamamos los rubiales, es decir, sonrosada. O sea, como si acabase de ser lavada o fregada fuertemente con estropajo y con jabón.

Debo decirte que estos que llamamos rubiales, gente que está a medio camino entre los rubios y los pelirrojos, son considerados de la raza de estos últimos, lo cual significa que son parientes de Judas, que era pecoso como tú y color zanahoria. En mi pueblo hay dos, ninguno bueno, como establece la norma, más bien cabrones ambos, incluso hijos de puta. Oí contar un día que tú también te dedicabas a mortificar a los defensas en los partidos, mentarles a la madre por lo bajo para ponerlos nerviosos y que te agredieran, mientras tú hacías de beata Serafina con la intención de que el árbitro los expulsara, quedando tú por inocente y oveja mansa, como la gran figura castigada con malas artes por cualquier tuercebotas incapaz de sujetarte de hombre a hombre, habilidad contra habilidad. Alguien me dijo una vez que Campanal o Garay, no recuerdo, te largó un hostión por ese motivo, harto de que le estuvieras diciendo marranadas durante más de media hora, hasta que no pudo soportar más tu sonrisa de zascandil y te calcó una hostia soberana.

Me gustaría saber qué provocaciones les decías a los defensas. Hijo de puta, seguro que les decías. Quizás también alguna cosa tuya de por allá, con ese acento porteño cabrón que parece inventado para joder. Un acento que no se te ha borrado con el paso del tiempo, después de tantos años. Ahora mismo acabas de decir que el gol que ayer le clavó Bebeto al Barcelona fue un auténtico trallazo, pero pronunciando trachazo, igual que dices mes de macho o michonario. Eso, unido a la falta de dientes, hace que no resulte fácil entenderte cuando hablas, además de la cosa tonta esa del referee y del dribling, como la costumbre fea que tenéis en tu tierra de contar en dólares, otra idiotez, pues lo que vosotros tenéis son pesos o australes, como nosotros tenemos pesetas y no pounds o deutsche marks. No niego que a veces tienes gracia, porque el mismo acento que parece inventado para joder, a veces parece también inventado para hacer reír. Hace unos minutos tan sólo, por ejemplo, comentando un despeje alocado de Garaicochea, eso que nosotros llamábamos antes un mamarán, o sea, un balonazo alto a la grada, dijiste: «Esa pelota va a cenar con San Pedro».

Ya ves que no me importa reconocerte los méritos. Incluso quiero decirte que en esto de pronunciar mal, eres mucho mejor que Kubala; él sí, una auténtica catástrofe. Se ve que para la cuestión, los dientes no lo son todo, porque la dentadura de tu rival se podría decir que es fetén del mejor, yo diría que calidad caballuna en versión humana. Por lo demás, a la hora de hablar, una vergüenza. Además de llamarle míster al entrenador, otra bobada de la que tampoco te libras tú, él dice algo así como mícher, de la misma manera que dice también Barsalona y otras que ahora no recuerdo. Por supuesto que tiene la disculpa de ser húngaro, que por otra parte se contrarresta con los muchos años que ha vivido aquí, por la cual razón una se mata contra otra, o sea, que no tiene disculpa, igual que Franz Johan, aquel animador de la televisión, que era también húngaro y que nunca fue capaz de decir correctamente señoras y señores. Lo tuyo es otra cosa, estoy de acuerdo, aunque ahora mismo acabas de decir córner y no saque de esquina, otra mamarrachada que no comprendo.

Por cierto que de saque de esquina le calzaste un golazo al Barcelona en el partido aquél, cuando yo cogí el catarro. Más o menos fue así, te lo cuento. Primero avanzó Gento por su banda, una carrera en bicicleta que dejó tirado varios metros atrás al pobre de Segarra. Sobre la marcha, antes de que Biosca se le echara encima, tu compañero lanzó un zambombazo con la zurda que si no fuera porque Ramallets se estiró como una anguila para desviar el balón, se podría cantar el primer gol de la tarde ya en aquel momento, minuto seis, más o menos. Hubo que esperar apenas unos segundos para que subiera el uno a cero al marcador. La cosa fue que sacó de esquina el mismo Gento, alto y templado, suficiente para que el portero hiciera la cantada, saliendo en falso. Tú estabas esperando, perfectamente situado, a lo zorro, como si no pensaras intervenir en la jugada, detrás de Marquitos, que parecía dispuesto para un posible remate de cabeza. El remate, en cambio, lo cogiste tú con el pie en el aire, sin dejar que la pelota pegara en el suelo. Fantástico.

Al entrar el balón, cuando yo no me había repuesto todavía de la sorpresa, mejor el miedo, que me causó el rugido que surgió del campo, como mil hipopótamos gritando, o como se diga el ruido que hacen los hipopótamos cuando emplean con furia la garganta, sentí el abrazo que me dio mi amigo Manolito Romero, un apretón metálico alrededor del pecho, una barbaridad asfixiándome, mientras gritaba que eras el mejor del mundo, decía, reconocido por todas las naciones, según L’Équipe, no sólo el Marca, y yo sin contener los mocos, pero no me importaba, estaba completamente feliz, aunque me viniera la pulmonía como a mi primo Darío, si bien faltaban todavía doce horas para saberlo, que no viene en la hora exacta del enfriamiento, sino un día después, aproximadamente. Entonces te vi corriendo hacia el centro del campo, liberado ya de los achuchones de tus compañeros, elegante y seguro, con la cabeza erguida y el paso trotón y lento, solemne. Si me lo permites, te digo que estabas regio.

Ya ves que lo digo todo, tanto lo bueno como lo malo. Y de la misma manera que entonces me parecías un tipo bien puesto, ahora no me importa reconocer que estás hecho una birria, una pura cagada de hombre. Cualquiera que te vea en la televisión y no sepa que fuiste jugador de fútbol, podría pensar en ti como cualquier cosa corriente, es decir, abogado o profesor, por no decir empleado de oficina. Sólo te faltaba poner corbata para que parecieses esa clase de gente; aunque más te valiera, lo de la corbata, quiero decir, porque a veces vas vestido de pura lástima. Como en el programa de esta noche, que pareces una mezcla de deportista y de señor. Para empezar, el polo que llevas puesto, no te va, ni por el color ni por el estilo de prenda que es. A los gordos como tú les sientan mejor los colores claros, y no ese bermellón trágico que vistes hoy, que te infla. Pero además, el polo no está pensado para personas con tripa, sino para gente con la cintura contenida y bien marcada hacia dentro, que no es tu caso.

Tal como estás sentado, el polo te acentúa la barriga, o las barrigas, pues tienes varias. La primera hace un arco que va desde el arranque del esternón hasta la línea que marca el cinto, es decir, aproximadamente hasta la altura del ombligo. La segunda queda ya debajo del pantalón. No hay que ser demasiado imaginativo para suponer que después viene otra, por lo menos. Estoy seguro, sin embargo, de que no todo el mundo estaría de acuerdo conmigo en esto de tu panza, o tus panzas, que tanto da, mucha o poca, gordura al fin. No me extrañaría incluso que hubiera gente dispuesta a pensar que sigues siendo magnífico en todo, delgado, estilizado, elegante… Pero a mí no te me escapas. Te conozco muy bien, te sé de memoria desde hace años, te puedo recitar de coro desde el alto de la cabeza hasta la punta de los pies, como si fueses un verso, aunque esto del verso no es más que una manera tonta de hablar, pues no eres nada poético, sobre todo vestido con esa horrible chaqueta marrón que te has puesto para venir al programa, el color que jamás utilizaría un caballero.

Quizás fuiste siempre igual y era yo quien estaba ciego, por lo menos al principio. Tal vez aquella elegancia que yo te atribuí el día del partido de mi catarro, cuando después del gol avanzaste con aquel gracioso trote hacia el centro del campo, no estaba nada más que en mi cabeza. A lo mejor, todo era más simple y se resumiera en lo que decía Manolito Romero, que cuando ibas corriendo, con el público puesto en pie y aplaudiéndote enfervorizado, no dejaba de decirme a gritos que eras cojonudo. Eso mismo me repetía cuando, al terminar el partido, se echó a correr para abandonar el estadio a toda prisa e ir a situarse a la puerta por donde los jugadores teníais que salir a la calle. Estuvimos apostados allí cerca de una hora. El primero en salir fue Paco Gento, que me pareció que tenía cara de abrelatas, pero que resultó ser encantador y muy amable. A pesar de que se veía cansado, se hartó de firmar autógrafos a todo el mundo, incluido uno para la Peña, que le firmó a Manolito Romero, con agradecimiento y simpatía por nuestra afición.

Después salió Lesmes, un tío feo, con cara de pompas fúnebres. La verdad es que, excepto un par de críos que andaban por allí, nadie le hizo demasiado caso, pero a mí me llamó la atención lo bien marcada que llevaba la raya de los pantalones, impecable, y el moreno de playa que lucía, un tostado color oro maravilloso. Lo contrario de Navarro, el Fifo, que aparte de que era también bastante feo y rellenito, con cara de bacalao, vestía un jersey azul claro que le convertía el rostro en una cosa blanca y enfermiza, de leche. Sin embargo me pareció buena persona, sobre todo por la sonrisa que le dedicó a un cura viejo que pasaba por allí y que le aplaudió espontáneamente al reconocerlo. Luego se introdujo en un coche deportivo de color rojo y salió a todo meter, con los neumáticos chirriando y el tubo de escape echando truenos. Por cierto que el guardia que estaba en la esquina paró a un par de coches para dejarle paso al jugador, al que saludó militarmente.

Y en ese preciso momento apareciste tú. Vestías pantalones azules de tono oscuro, bien planchados también, aunque no tanto como los de Lesmes. Por la parte de arriba llevabas una cazadora de piel natural, supongo que argentina, de muy buena calidad. La camisa era color pastel, con tres botones desabrochados, dejando ver el pecho de una forma claramente intencionada, en plan chulería. El primero en pedirte un autógrafo fue un niño de nueve o diez años. Le firmaste en un cuaderno de pastas negras, con rapidez, haciendo un garabato. Las otras firmas las echaste sin parar, un poco a boleo, aquí y allá, según te cuadraba que te metieran un bolígrafo en la mano. Así hasta que llegaste a Manolito Romero, que te dijo a gritos que era para la Peña. A él no le tocó, porque en aquel instante habías conseguido llegar a empujones hasta el coche y ya te habías metido dentro. Entonces yo me acerqué a la ventanilla, introduje las manos y los codos para que no pudieras cerrar y te supliqué, por favor, que nos firmaras, que era para la Peña. Me miraste con cara de mala leche y me dijiste: «Oye, pibe, déjame arrancar que te pego una hostia». Fue en aquel instante, tan de cerca, cuando por primera vez me di cuenta de que tenías cara de rana.

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