LA TOALLA MANCHADA DE SANGRE (II)

Fernando Morote





Para despejar la mente entré al bar de Juanito. Fui directo al salón de atrás. Me senté en la esquina de la barra y pedí una copa de pisco con anisado. Instalado allí me sentía como en una galería de arte. Los afiches anunciando exposiciones de pinturas y obras de teatro me transportaban a otro mundo. En ningún otro lugar de Barranco me he hallado más en mi elemento que dentro de esa catedral de la cultura popular.

Una sensación parecida me producía El Cinematógrafo, la vieja casona de la Calle Pérez Roca convertida en sala de proyecciones, que había venido a llenar el vacío dejado por los antiguos cinemas de barrio. El Barranco de la Calle El Sol, cuyas paredes interiores estaban decoradas con intimidantes figuras de la mitología greco-romana, fue acondicionado como estudio de televisión; el Premiere ubicado en la esquina entre las Avenidas Grau y Nicolás de Piérola, que destacaba por su espacioso hall con grandes vitrinas promocionando los próximos estrenos, se convirtió en casino de juego; el Zenith, y su ascenso por una escarpada escalera a la mezzanine de astilladas butacas, era ahora un supermercado; el Raimondi sobre la Calle Salaverry, preferido del pueblo a pesar de su pestilencia por las películas mexicanas que exhibía, servía de sede a una nueva iglesia evangélica; y en el Balta, apostado en el óvalo del mismo nombre, famoso por su cazuela y sus películas pornográficas, funcionaba un burdel. Una noche, mientras presenciaba en la pantalla cómo cinco atracadores en un cuarto eran abaleados de manera salvaje por un matón rival, concluí que mi teoría de la toalla manchada de sangre no tenía aplicación en este asunto. El inmueble había sido la sede, cuatro décadas atrás, de mi primer colegio, llamado Federico Flower. Tenía seis o siete años de edad. Estudiaba en horario partido. Mi mamá me embarcaba en la movilidad por las mañanas y me esperaba en la vereda por las tardes. Un día, saliendo de la escuela, subí apurado a la camioneta y perdí un zapato. Como era un niño muy tímido, me quedé callado. Me senté y uno de los chicos más grandes cerró la puerta. Cuando el vehículo se puso en marcha escondí mi pie descalzo detrás del otro. Todo el camino viajé con la cabeza gacha. Al llegar a casa, la señora que manejaba el transporte escolar dijo que ya podía bajar. Permanecí inmóvil en mi sitio, ocultando lo más que podía mi pie sin zapato. Hubiera querido meterlo debajo del carro o arrancármelo. Los demás niños comenzaron a mirarme con curiosidad. Empecé a sudar, sentía ganas de llorar. Supongo que no quería hacer el ridículo. Al final uno de ellos me delató. Todos empezaron a reírse. Mi mamá desde afuera observaba extrañada; al enterarse de lo sucedido puso una cara de pena que nunca olvidaré. Quería morirme. Exponerme de ese modo ante los demás fue uno de los peores momentos de mi existencia.


Desperté de nuevo a la realidad cuando descubrí en un cartel pegado a la pared que la señora Shimabukuro había escrito “hog dot” en lugar de “hot dog”. Considerando su ascendencia japonesa, encontraba natural su escaso dominio del inglés. A veces ni siquiera podía vocalizar bien el castellano, lo que sin embargo no le había impedido fundar su exitoso salón de té “Alicia”, en pleno corazón del distrito.

—He escuchado lo que le pasó a Cayetano… ¿cómo era su nombre completo?
—Lo conocen como el negro Cayetano —dije.
—Sí, sí. Es que soy muy mala para recordar los apellidos. Me contó una vez que las alturas le producían una fobia insoportable. Fue cuando estaba armando el andamio para la reparación de la fachada. Decía que tenía la impresión de que un día iba a terminar aventándose por el acantilado. Me confesó que tenía problemas con su mujer, que ya lo había denunciado varias veces a la policía. Nunca mencionó el motivo exacto. A mí me parecía un hombre honesto. Conmigo era muy respetuoso. Cuando supe que encontraron su cuerpo en el puente, me desconcerté mucho.

Terminé mi porción de leche asada y me retiré. A media cuadra me detuve ante los faroleros del rancho Rossell. Desde niño su imagen siniestra me había causado una especie de pavor morboso que ahora se había convertido en admiración artística. No era ya el par de espeluznantes gárgolas que vigilaban la entrada de un tétrico palacio gótico sino dos extraordinarias piezas de fina escultura. Sin entender por qué, pensé en mis peluqueros.


El mezclado aroma de glostora y lavanda ejercía una fascinación inexplicable en mi olfato. Jorge cabeceaba en su silla y Miguel estaba concentrado en la cabellera de un cliente que leía la sección hípica del periódico. Durante un desfile de carros alegóricos en la época del carnaval, muchos años atrás, tuve oportunidad de verlos en acción. Con bromas y juegos, habían logrado llevar detrás de unos arbustos a una chica de calzón flojo. Deduje que la repasarían por turnos. Ella se mostraba muy complaciente y no paraba de reír. Entonces Miguel le ofreció fuego para encender un cigarillo. Ella acercó los labios y de pronto noté que sus anteojos cayeron al suelo. Las manos de Jorge fueron directo a su cuello. La tomó con tanta fuerza que la pobre chica empezó a desmoronarse, como una muñeca que se desinfla de un pinchazo. No pude resistir la tentación de irme. Las rayas blancas y rojas, girando sobre el poste de barbero de la entrada, me marearon hasta el extremo de sentirme borracho. Mi argumento podía no tener mucho éxito por esa vía. Esos tipos simpáticos, ya maduros ahora, habían sido de cuidado y nunca llegaron a endilgarles nada.


Al salir busqué en mis apuntes. Un nombre surgió natural: Amadeo Canales, el hermano mayor de uno de mis amigos de la infancia.

Cuando éramos chicos, él era una estrella de la liga barranquina de fútbol. Tenía un impresionante porte atlético. Nadie se atrevía a enfrentarlo. Sonreí al recordar que nos defendía del viejo Sartorelli —el amargado dueño de la quinta de Pedro de Osma, donde vivíamos— que no dejaba de amenazarnos con arrojar nuestra pelota a los perros guardianes del terreno contiguo. Pero cuando vino a mi memoria su imagen frotándose los muslos con linimento, antes de saltar al campo de juego, tuve una fea sensación. Tras abandonar el deporte a causa de una falsa lesión en los meniscos se unió a la Marina Mercante. Las malas lenguas murmuraban que lo echaron porque se volvió maricón. Ahora se desempeñaba como árbitro de segunda división. Los aficionados aseguraban que era muy bueno arreglando partidos.

El trayecto hasta la Cancha Unión me permitió comprobar los cambios que había sufrido la Avenida Bolognesi. Aunque se encontraba en proceso de remodelación, el desordenado tráfico y la ausencia de adecuada señalización, sumados al pésimo estado de las pistas, la habían tornado en una arteria peligrosa para conductores y peatones. Había dejado de ser la línea que dividía la zona pobre del distrito con la más acomodada. En la actualidad todavía ostentaba un número importante de antiguas mansiones transformadas en corralones tugurizados. A lo largo de lo que alguna vez fueron exuberantes huertas o floridos jardines se extendían cordeles ondeando la ropa interior de sus ocupantes.

—No te lo voy a negar —dijo Amadeo—. Estuve esa noche en El Plebeyo con mi nueva pareja.
—¿Conocías al negro Cayetano? —pregunté.
—En absoluto. Pero ocurrió algo, digamos, peculiar.
—¿Qué fue?
—En el local estaba el señor Colombo.
—Sí. Qué hay con él.
—Es el papá de mi nueva pareja.
—El señor Colombo no tiene hijas —precisé.
—Mi nueva pareja es uno de sus hijos. El menor.
—El menor debe tener veinte años menos que tú.
—Nos llevamos muy bien.
—¿A qué te refieres con peculiar sobre lo que pasó?
—La mujer que estaba con el señor Colombo llevaba un vestido casi transparente. Muchos ojos estaban encima de ella toda la noche. Era una tipa regia, espectacular. Muy joven, además. Una muñeca bien hecha: el color de sus ojos, la forma de sus pestañas, el diseño de su nariz, la línea de sus labios… En algún momento los oí discutir. Imagínate lo acalorados que estaban para que pudiera escucharlos en ese bullicio.
—¿Por qué discutían?
—Ella mencionaba algo acerca de un sobre amarillo con unas fotos. Él decía que no podía hacer nada. Ella insistía en que si no le daba lo que le pedía las entregaba. Él se puso colorado de furia y dijo algo de un muelle. La cuestión es que en ese momento pasó por su mesa un zambo alto, musculoso, que chocó la silla de la mujer. Me pareció que lo hizo a propósito.
—¿El señor Colombo reaccionó?
—Es muy chiquito. No creo que le hubiera convenido reaccionar contra esa bestia negra. Pero en cambio hizo una llamada. Mi mesa estaba muy cerca de la suya y ya estaba enganchado con el cruce de palabras entre él y su amiga.
—Su amante —acoté.
—Qué más da cómo se le llame…
—¿A quién llamó? —insistí— ¿Qué dijo en el teléfono?
—¿Cómo saberlo…? —dijo— Pero lo que alcancé a escuchar fue algo de cuatro hombres y una maleta. Después ya no me acuerdo porque regresé con mi novio. Los chismes me ganan y lo había abandonado un buen rato. Cuando nos íbamos, varias horas más tarde, oímos un balazo. Entonces subimos apurados al auto y nos largamos antes de vernos envueltos en algun lío.

(Continuará…)

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