LA MIRADA DEL AMOR

Pedro A. Curto







El descubrimiento de una persona amada, ya formada y completa, es el anuncio de una pasión.
John Berger

Si hay días para casi todo, ¿por qué no un día del amor? Quizás el San Valentín más tradicional pueda resultar algo rancio y su modernización ha sido ante todo comercial y consumista. Y no es extraño que sean esas las formas de celebración, se mueven entre una posmoderna normatividad amatoria, que curiosamente, en su recorrido ha terminado pareciéndose a su opuesto, tradicionalismo y mercado están sobre el escaparate. Quizás habría que plantearse algo que puede parecer extraño, la necesidad de no banalización del amor y buscarlo más que en su institucionalización o unas supuestas liberaciones, darle un carácter trascendente, dotarle de un aspecto sagrado en el sentido que señalaba Pasolini que veía en su época la desacralización: “cada vez me resulta más escandaloso la ausencia del sentido de lo sagrado en mis contemporáneos”. Pues tras los aspectos más aparentemente liberadores, los nuevos códigos del amor han derivado en una institucionalización técnica, que limita el amor a un contrato proyecto que elimina todo juego pasional que sirva para romper la normalidad y dote a la limitada existencia humana (y más aún a su organización social) del misterio, del ser como enigma que aporta nuevas visiones, sin caer por ello en delirantes formas de romanticismo. Como define John Berger: “A la persona amada la vemos de una forma totalmente opuesta, su contorno o forma no es una superficie encontrada por casualidad, sino un horizonte que lo bordea todo. Uno no reconoce a la persona amada por sus cualidades y logros, sino por los verbos que pueden satisfacerla. Sus necesidades son muy diferentes a las del amante, pues crean un valor: el valor de ese amor.” La mirada del amor es una invitación a romper con el solipsismo, no en base a un contrato de afinidades, sino a la complejidad de dos miradas que se encuentran, en su pluralidad, puede que en su lejanía y establecen un común espacio de comunicación y descubrimiento, de intercambio, a la vez que muestra esa parte incognoscible, como creen las culturas orientales y explica Junichiro Tanizaki en Elogio de la sombra, debe situarse entre los claroscuros , es necesario que no todo sea luminoso, para que exista luz, e incluso para apreciarla, se precisa dela oscuridad. No hay mirada del amor sin noche. Porque no hay mirada del amor que no incorpore un ser más o menos idealizado, una fantasía, algunos rasgos, la mujer de la Canción desesperada de Neruda que no tiene cuerpo, y ese ser es el traje que se pone cuando se descubre el ser corpóreo, se establece entonces una curiosa dialéctica: “la mirada promotora mira al otro como es, pero sobre todo, la mira tal como cree que es capaz de llegar a ser” (Barbotin). Como se dice ahora la mirada del amor puede venir con mochila, pero el ser encontrado no es el enteramente contenido en las ideas y experiencia de esa mochila. Así se establece una fusión entre ser buscado y el ser encontrado, que es ambivalente. En particular cuando aún domina un patriarcado que determina con un modelo cerrado. Porque una cosa es la tradición y otra el tradicionalismo. En el juego dialéctico del amor se establece: “encontrar y reconocer al otro en su subjetividad es lo que se designa como amor. Amar es querer al otro como sujeto, como libertad; es una voluntad de promoción que responde a la llamada del otro. El yo que ama desea ante todo la existencia del tú, y quiere además su desarrollo autónomo. (Gervaert )”

La mirada no nace, se hace y la del amor en particular es una construcción tan vital y pasional que necesita de lo sagrado para trascender. El problema es que lo sagrado tiende a la institucionalización y en las filas de la institución se queman las naves. Lo cual no impide que los ojos busquen, se descubra un rostro nuevo hecho de sombras y claridades, se siente llamado a dar un sentido inédito a su existencia, necesario como señalan los versos de Bertol Brecht: “Los ojos de no mirarse con otros ojos, se van cerrando./ El cuerpo, de no sentir otro cuerpo, se va olvidando. /El alma, de no entregarse con todo el alma, se va muriendo.”

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