Por senderos que la maleza oculta (Final)

Knut Hamsun






Ríos y fiordos deshelados.

Es marzo. Después del maravilloso tiempo que hizo en febrero y en marzo, la cala de Nørholm ya ha empezado a deshelarse. No es lo único que ocurre, también hay deshielo en los seres humanos. El autor de salmos Grundtvig tiene razón: ¡Los hijos de la luz notamos cómo la noche ya ha terminado! ¿Acaso no notamos el jaleo que se está armando en nuestras carcomidas ruinas? Este invierno oímos a menudo hablar de los buitres que se estaban concentrando sobre nuestro viejo hogar en Europa. De acuerdo. ¿Pero nadie ha oído esta mañana temprano a la oca silvestre? Está llegando la primavera.

Entre un montón de impresos me encuentro un viejo calendario. No era mi intención sacar de la oscuridad ese calendario, me puse a hojearlo, pero me enteré de poco. Al cabo de bastantes páginas pone Verner von Heidenstam. Bien, sigo hojeando. Para un momento, ¿qué es lo que pone de Heidenstam? Hojeo hacia atrás y leo. Teníamos la misma edad, nacidos en el mismo año, y los dos estamos muertos. Y aunque solo uno de nosotros se convirtió en fantasma en el lugar del patíbulo, los dos servimos a la misma vieja diosa en nuestros tiempos felices. Y ahora estamos muertos.

Paso deprisa muchas hojas. Muy dentro me encuentro con Schiller. Había nacido el mismo año que nosotros, solo que cien años antes. Murió.

Napoleón se presentó ante Goethe. ¿Se estremeció por eso el mundo? No. Charlaron, pero Napoleón tenía prisa. Al salir del encuentro se dice que dijo a modo de aprobación sobre Goethe: ¡Qué persona! Pero eso fue todo. Fue como si no se hubiesen conocido. Mas ellos también están muertos.

¡Por qué no íbamos a morir!

Tácito opina que los germánicos somos hábiles para morir. Y los vikingos no nos deshonraron en ese aspecto. Nuestro conocimiento aún más reciente nos deja claro por qué existe en sí la muerte: pues no morimos para estar muertos, para ser algo muerto, morimos para poder pasar a la vida, morimos a la vida, estamos dentro de un plan. El mismo Tácito nos elogia porque no adornamos en exceso nuestras tumbas. Nos limitamos a echar algo de torva encima para evitar el olor. Luego nos elogia también por no querer tener altos monumentos sobre la tumba. Dice que los desdeñamos. No ha tenido en cuenta nuestra modesta decadencia en los últimos tiempos.

*

Agua de deshielo y señales de primavera. Ha terminado el racionamiento de electricidad por las noches, y puedo despertarme cuando me dé la gana y leer, un gran regalo y una bendición del cielo. Como estoy sordo y no oigo, no son tonos o música lo que siento por dentro, pero estoy lleno de vida y alegría, y tengo muchas brillantes ocurrencias, ja, ja. No hemos de pegar tiros al urogallo en celo. Los seres humanos no debemos hacerlo, es un acto malvado y necio. Puede ser, lo reconozco, pero en ese caso no tiene nada que ver con mi siguiente aforismo: Un día llegué a una capilla, o como se llamen los templos musulmanes, minúscula y a punto de derrumbarse en este mundo. Un hombre alto de barba pelirroja iba esparciendo unos trapos por el suelo, y sobre los trapos ponía piedrecitas. Luego se tiró de rodillas. Entendí de repente que estaba rezando a Dios. ¿Por qué movía las rodillas de un lado para otro? No entendía nada, pero me callé y no sonreí.

Ahora recuerdo que un día tomé la comunión en la iglesia. Fue cuando me confirmaron. El párroco me metió algo en la boca, y a continuación me dejó sorber de una copa. Había mucha gente alrededor mirando, pero se controlaron y no sonrieron.

¿Por qué me acuerdo de esto ahora? No me hace falta para nada, y no hay nada de sabiduría en este recuerdo. Simplemente me fijo en cosas insignificantes porque estoy contento y bullo. Creo que suele llamarse «ímpetu».

Me viene a la mente un recuerdo de mis primeros tiempos de emigrante. No son cosas importantes ni rarezas, solo una serie de vivencias del día a día en un paisaje desconocido de una pequeña y seca ciudad de la pradera. No había ni siquiera un río y nada de bosque, solo unos cuantos matorrales. No me iba mal, trabajaba en una pequeña granja de buena gente, gente modesta, pero sufría de añoranza, y lloraba a menudo. Mi ama sonreía con indulgencia, me enseñó la palabra homesick.
Cuando llevaba unos meses trabajando, la familia Loveland no podía seguir pagándome el sueldo. Nos separamos con desgana, y estaba ya avanzado el día cuando me marché rumbo a la ciudad. No tenía prisa, no había carretera, solo un sendero, y en el camino me sentaba de vez en cuando a soñar. Cuando el agua corría debajo del hielo, no era como en mi pueblo, ese minúsculo pulso debajo del hielo era más hermoso y más azul allí de donde yo venía. Y volví a lloriquear.
Oí pasos en el sendero. Una joven. La conocía, era hija de una viuda de la vecindad. La viuda había dicho un par de veces que quería que yo trabajara con ella cuando dejara a los Loveland.
Hola, Nut, ¿te he asustado?
No.
Voy a la ciudad, dijo ella.
Llevaba un utensilio de cocina, un palo de madera para batir que se había roto. Me encargué de llevarle el artilugio, lo conocía bien de mi infancia y podría haberle arreglado el mango con mi navaja si hubiera tenido un trozo de madera seca.
Ella parloteaba y gorjeaba constantemente mientras caminaba, y yo intentaba contestarle con las pocas palabras que sabía en inglés. Me resultaba muy incómodo, y me hubiera gustado verla bajo tierra.
Puf, aún queda un buen trecho para la ciudad, ¿verdad?
¡Pues sí, eso espero!, contestó la muy pesada con una risa. La joven no tenía nada en contra de gorjear.
Llegamos al taller de Larsen en la ciudad. Se estaba haciendo de noche.
Querido Nut, ahora tendrás que acompañarme de vuelta, dijo Bridget.
¿Cómo?, exclamé.
No puedo andar sola en la oscuridad, dijo ella.
Larsen era danés, también él dijo que yo tendría que acompañarla.
Y emprendimos el camino de regreso. Se hacía cada vez más de noche, al final tuvimos que andar cogidos de la mano y cuidarnos de las ramas que nos golpeaban la cara. Pero era una mano bonita que agarrar.
¡Nos hemos olvidado del artilugio!, grité de repente.
No importa, contestó Bridget.
¿No importa?
No. ¡Conseguí que te vinieras conmigo!
¿Por qué dijo eso? Tuve que interpretarlo como que estaba prendada de mí, realmente embelesada.
Al llegar, quise dar la vuelta enseguida, pero no me dejó, tenía que tomar algo, cenar, tenía que pernoctar. Bridget me llevó a un cuartucho con una cama. A la mañana siguiente, la madre y la hija me convencieron para que me quedara y trabajara algún tiempo con ellas. Me di una vuelta por la granja. Tenían dos mulas y tres vacas. No es fácil encontrar a gente para trabajar, se lamentó la viuda. Yo, por mi parte, no estaba acostumbrado a trabajar solo, en la granja de los Loveland el marido me orientaba en el trabajo, pero allí no había más que mujeres para indicar lo más importante. Pero no podía estar sin dar golpe, corté un gran montón de leña, y luego transporté excrementos para abono con las mulas. Cada día lo que tocaba.
Creo, sin embargo, que la viuda comprendió que tendría que buscarse una ayuda mejor, un día fue a la ciudad y volvió con un finlandés, un muchacho muy hábil por cierto, era de Østerbotten y sabía hacer muchas cosas. La joven Bridget ya no parecía tan contenta de haberme encontrado, al contrario, ya no me veía, ni me cogía la mano.
Ah, yo era un paleto de mi lejana patria. Pero jamás en la vida volvería a fiarme de la palabra de una mujer.
La gran escasez de mano de obra continuaba. Cuando volví a la ciudad, un granjero me paró en la calle, quería llevarme a que trabajara para él. Supongo que notaría por mi ropa y lo demás que era un recién llegado. No me equivocaba, se me rifaban. Acompañé al hombre, que iba montado en un carro tirado por dos grandes caballos, y cuando llegamos a su granja me puso enseguida a trabajar. Tenía que cavar una pequeña fosa en la linde del bosque, me indicó las medidas en pies. No tardé nada y, cuando hube terminado, el hombre salió con un pequeño ataúd al hombro y lo colocó en la fosa. Tampoco en eso tardó nada, y como me quedé esperando una nueva orden, me hizo señas para que volviera a cubrir la fosa de tierra y dejar encima la turba. Acto seguido se marchó.
Pero Dios mío, ¿no va a volver? No. Estaba ya muy ocupado en los establos.
Me extrañó, me estremecí y me sentía muy poco a gusto. Se había enterrado el cadáver de un niño, eso era todo. Nada de ceremonias, no se cantó ningún himno religioso. La granja era de gente joven, pero no podía hablar con ellos y no sabía a qué iglesia pertenecían.
Por lo demás, no tenía nada de qué quejarme. Las casas estaban bien cuidadas, había caballos y vacas, bonitos campos, ningún niño. Mi trabajo era simple, el hombre ordeñaba a los animales y cuidaba de ellos, yo trabajaba los campos. Y mi ama era gorda y de risa fácil. Me enseñó muchas palabras inglesas y me dio un pequeño cuarto con ventana y cama. Gente curiosa, se les ocurrió pesarme en una balanza romana, pero rompí el clavo y me caí con la pesa golpeándome la cabeza. Yo no entendía gran cosa, pero ellos me alabaron por ser tan grandote. Cuando mi ama se dirigía a la ciudad con mantequilla y trigo, y a hacer compras, me encargaban de vez en cuando que la llevara.
Al terminar el laboreo de primavera, el hombre quería emplearme para más tiempo y me quedé hasta acabar la cosecha de otoño. Eso sería alrededor del año 1880 u 81. Empezaba a sentirme más en casa y a acostumbrarme a los amos. Los dos eran de ascendencia alemana y se apellidaban Spear. Nos dimos lealmente la mano cuando me marché.
Otro hombre me paró con el fin de ofrecerme trabajo para todo el invierno cortando traviesas de ferrocarril. No me atreví a aceptar. Luego el mismo hombre me sugirió que arrendara su pequeña granja. Como eso tampoco era para mí, intentó venderme a plazos un par de caballos y un carro para transportar personas. Estaba lleno de sugerencias y especulaciones, y me costó trabajo librarme de él.
Un día, en la ciudad, me ofrecieron trabajo de deliveryboy en una tienda. Esa oferta sí que la acepté. Llevaba paquetes y cajas por toda la ciudad a las direcciones que me indicaban, para luego volver a la tienda. Era la más grande del lugar, con muchos hombres despachando tras el mostrador. El dueño se llamaba Hart y era inglés. Vendíamos de todo, desde jabón de fregar a telas de seda, conservas, dedales y papel de escribir. No pude evitar aprender los nombres de toda nuestra mercancía, y mi vocabulario experimentó un acelerón muy positivo. Al cabo de un tiempo, a mi jefe se le ocurrió nombrar a otro recadero y colocarme a mí fijo detrás del mostrador. Pasé a llevar cuello duro y zapatos relucientes, tenía alquilada una habitación en la ciudad y comía en uno de los hoteles. Los granjeros que había conocido anteriormente se extrañaron sobremanera por la rapidez con la que había ascendido de categoría. También la joven Bridget vino a la tienda y vio mi recién estrenada dignidad, tal vez se arrepintiera hasta el momento de su muerte de haber roto nuestra relación. No lo sé.
Enseguida me di cuenta de que quería que saliera para hablar con ella, pues dijo: Querido Nut, ¿quieres hacer el favor de ayudarme con mis paquetes y bártulos?
¡Con mucho gusto!, respondí. Podría haberle hecho una seña al nuevo chico de los recados para que lo hiciera él, pero respondí: ¡Con mucho gusto! Fue una contestación grandilocuente. A continuación llevé en persona sus cosas al carro y luego me quité el polvo de la ropa, y le pregunté cortésmente por la granja, por su madre y por el finlandés. Pues el finlandés ya se había marchado y la cosecha había terminado. Pero su madre ya no quería dedicarse más a la agricultura, tenía intención de vender, mudarse a la ciudad y poner una pequeña tienda de chocolates, pastas y refrescos. La joven Bridget estaba encantada, habían elegido ya una destartalada casita para su restaurante, más bien una choza que podría convertirse en ese pequeño negocio.
En ese punto de la conversación entra mi amigo Patrick. Pat es irlandés, algo mayor que yo, aventurero, compañero y un buen chico. Al igual que yo, Pat se hospedaba en una buhardilla en la ciudad, hablábamos a menudo, ambos sufríamos de añoranza, y estábamos de acuerdo en volver a nuestras respectivas casas en cuanto tuviéramos dinero para ello.
Es probable que Pat hubiese trabajado ya en la construcción de casas en su país, al menos no tenía nada en contra de que lo llamaran arquitecto. Calculaba el futuro restaurante en pies y pulgadas, esforzándose mucho por lograr un buen resultado. Se había hecho con tablones y en mi tienda compró clavos y cartón. Trabajaba sin cesar.
Teníamos mucho trato, nos veíamos a diario, a veces teníamos ese dólar que al otro le hacía falta, y nos prestábamos libros, aunque nuestros recíprocos préstamos nunca servían de nada, porque yo no sabía el suficiente inglés como para leer Age of Reason de Paine, y él no entendió Marie Grubbe de J. P. Jacobsen, que yo había comprado en Jovengo. Fueron días de juventud, titubeantes y laboriosos, pero nunca olvidamos que queríamos marcharnos de ese país y volver a los nuestros. También llorábamos a solas, sintiendo mucha autocompasión.
¡Qué increíble que la joven Bridget no se tirara de bruces al suelo sollozando cuando se vendió el hogar de su infancia! Había un pequeño sendero hasta el bosque, y había en los árboles pajarillos que se quedarían solos. Y además había primavera, flores, la lluvia del cielo y el murmullo del grano en días de verano, ¿Bridget se había olvidado de eso? Y luego el arroyo, que corría tan entrañablemente campo abajo, ya se ha vendido. ¡Pero Dios Padre Todopoderoso, se ha vendido el arroyo! Y la pequeña vivienda sigue allí, rumiando, entiende lo sucedido, la pared de madera sin pintar la mira. Debería haber puesto la mejilla junto a esa pared y no haberla abandonado jamás.
No entendemos a la gente de este lugar, dice Pat. Esa es la razón por la que no nos sentimos a gusto aquí. El año pasado trabajé en una granja en Wyoming. El amo estudiaba regularmente los carteles y anuncios impresos que recibía por correo, un día llegó y dijo: ¡Me voy ya! Y cogió a su familia y se marchó a Florida. Dejó su granja en Wyoming y se fue a Florida.
No, Pat, no entendemos a los seres de este lugar. Queremos marcharnos de aquí.
Pero Bridget es una joven bonita, dice Pat.
¿Qué quieres decir con eso?, pregunto.
Es una joven bonita. Ahora trabajo para ella y su madre. Tú no conoces a Bridget. Van a empezar con un restaurante.
¡Ah, entiendo!, digo.
Pero a partir de aquel día empecé a dudar un poco de Pat y de la añoranza que sentía por su país y por su hogar. Hablamos de ello y lo discutimos. Pues sí, Pat se declaró igual de impaciente por volver a Erin, y enumeró todas las maravillas y grandezas del lugar. Había millas de pastos verdes con ganado vacuno y ovejas, e iglesias y tantos castillos que nadie lograba contarlos.
Yo escuchaba, y asentía diciendo que lo mismo teníamos en mi país.
Pero a Pat se le exaltaba el ánimo y decía que ningún país podía compararse con Erin, con largas cadenas montañosas recorriendo diez o veinte condados hasta el mismísimo Atlántico. Y vastos ríos y ciudades, y lagos con grandes barcos, procesiones encabezadas por cardenales.
Yo decía que sí a todo, afirmando que también nosotros teníamos lo mismo. Así presumíamos cada uno de nuestra patria. Galdøpiggen, decía yo. Lomseggen. Ambos altos picos. Junto a Lomseggen hay una iglesia, y en esa iglesia fui confirmado en 1873, decía yo.
Tal información, que podría haber conmovido a una piedra, no conmovió a Pat, que se iba calentando cada vez más y deliraba. Un día mencionó a un irlandés que había inventado una máquina con la que se podía volar por los aires. Y mentía sobre las cuevas de basalto en Antrim —él era de Antrim, decía, y las cuevas llegaban hasta el mismo centro de la tierra. Pura locura, patriotismo subido de tono. Se explayaba sobre sus olivares y sus rosaledas, y sobre miles de pescadores con mosca en las orillas de los ríos.
Ja, ja, ja, pescadores con mosca, decía yo. ¿No había oído hablar de nuestras pesquerías de Lofoten y de Finnmark?
No.
Y todo lo demás. ¿Creía que nuestros enormes bosques y nuestras cascadas eran puras menudencias? Cállate, Pat. ¿No era verdad que nosotros descubrimos América quinientos años antes que Colón? ¿Y no era verdad que nuestras fronteras llegan incluso hoy hasta la mismísima Rusia?
¿Hasta Rusia?, preguntó Pat, incrédulo.
Ahora bien, lo principal era que los dos echábamos mucho de menos nuestros países. Pero yo ya dudaba de Pat.
¿Dudar de Pat? Pero si él sufría allí, trabajando duramente y alojado en una pequeña buhardilla con un quinqué como única fuente de luz. ¡Si lo supiera su gente! ¡Si lo supieran sus padres! Pero él no había querido escribirles y contárselo. Él, que en su casa tenía dos caballos de silla en el establo, y aquí solo una buhardilla con un ventanuco en un marco de hierro para levantarlo.
¿De verdad tienes caballos de silla en tu granja?
¿Te sorprende? ¿Sabes cuántas ventanas tenía nuestro edificio principal? ¡Bastantes más que toda esta ciudad! Y cuando aquí logro sacar la cabeza por el tejado no veo más que cuerdas de tender la ropa en un solar. No te puedes imaginar lo que me escandalizan esas cuerdas, atravesando todo con prendas tendidas ondeando al viento, cuando estoy ocupado en mi trabajo de arquitecto calculando líneas rectas. Lo aguanto por Bridget, pues Bridget es una bonita muchacha.
¿Cómo vas a volver a tu país si te atas a una muchacha de aquí?
Me la llevo, contestó Pat.
¿Te la llevas?
Sí. ¿Creías que iba a abandonarla? Entonces no me conoces. Me la llevo.
Eso está por ver, dije yo.
Pero entonces todo empezó a salirle mal. No podía irle peor.
Las cuerdas de tender pertenecían al pastelero Kleist, que también tenía su pastelería en el mismo solar. Una noche Pat salió, soltó todas las cuerdas y las dejó ordenadamente en el suelo, pero por la mañana se armó un gran revuelo. Kleist era austriaco, vienés, un buen hombre de mediana edad, pero se negó a tolerar esa broma de mal gusto. Hablaron seriamente del asunto y Pat se explicó: no se trataba de una broma, sino de algo que le atormentaba. ¿No soportas mirar las cuerdas?, preguntó Kleist. Así es, contestó Pat. Ja ja ja ja, se rio el austriaco muy divertido. Y volvió a colocar las cuerdas y a tender la colada.
Pero se convirtió en algo más que una broma.
Dio la casualidad de que la joven Bridget, Bridget, la de la granja, se colocó de aprendiz con el pastelero. Iba a aprender a hacer para su restaurante las tartas, pastas, bollos, ensaimadas y dulces más corrientes. Era una buena idea concebida por madre e hija, una idea que resultaría rentable. Durante algún tiempo todo fue bien, y ni siquiera Pat tenía nada que oponer.
Pero con el tiempo empezó a ir mal.
El restaurante ya se había inaugurado, y con mucho éxito. El arquitecto Pat había convertido la choza en una casa, no era solo un local con asientos para tomar un refresco y chocolate, también había un anexo para cocina y pastelería, y arriba varias pequeñas habitaciones privadas para madre e hija.
También el pastelero contribuyó con buenos consejos durante la preparación, pero exageró. ¿No hubiera podido contenerse a tiempo? Quiso volver a la juventud. Sus hijos eran ya adultos, con puesto de trabajo, y él empezó a interesarse por esa bonita muchacha que quería aprender su oficio, y que era tan capaz. Fuera como fuera, lo cierto es que las ayudó a instalar una gran cocina con muchas placas, convirtiendo el anexo en una verdadera pastelería.
Bien. Pero el viejo zorro empezó a lavar la ropa de Bridget. Pues tenía siempre agua caliente y fría en sus grandes calderas, y cuando lavaba su ropa de pastelero, también podía meter la de Bridget. Se había dado cuenta de que a ella no le sobraba el dinero y quería ayudarla, tal vez la intención fuera noble, pero se pasó y eso le hizo enfrentarse con Pat. Es decir, el pastelero Kleist lavaba pequeños delantales, pecheras y pañuelos que difícilmente podían ser suyos…
¡Y los tendía en la cuerda del solar!
Pat vino a verme a la tienda, quería que me fuera con él. Estaba lívido.
Debes mudarte a otra habitación, le dije.
No lo dirás en serio, contestó Pat. Al contrario, tengo que vigilar.
Fuimos a ver al pastelero, Pat quería comprar el solar, pero no tenía dinero, y Kleist no quería vender.
¿Qué te pasa?, le preguntó Kleist. Lavo y tiendo. Tengo que estar limpio e inmaculado todo el día, ¿no lo entiendes?
Me refiero a toda esa ropa de mujer que tiendes, dijo Pat. Eres un cerdo.
¿No soportas ver ropa de mujer?, le preguntó Kleist.
No, contestó Pat.
Ja ja ja ja, se rio el austriaco, ruidosamente.
Por cierto, a Pat no se le daba bien hacerse valer. Se limitó a mirar, le temblaba la boca. Acabó por amenazar a su enemigo con hacer algo más grave, lo haría saber a su familia en Erin, dijo, y su familia era de la nobleza.
Aquello no impresionó a Kleist, parecía no entender gran cosa, luego hizo un gesto con la cabeza y se marchó.
Tendrás que mudarte, le dije a Pat. Tú mismo ves que esto no funciona.
No me iré, dijo Pat.
Claro que no, ¡aún no había alcanzado el nivel máximo de estupidez, o de locura! Me irritaba muchísimo y se lo hice saber. ¿Qué podía entender yo de ese nuevo aspecto de Pat? Yo no veía sino su enamoramiento cómico y desesperado… ¿y la nobleza… qué era eso? Quizá fuera algo muy fino en Irlanda, pero yo no sabía de qué se trataba. Me burlaba de él por haberse dejado cautivar por su pequeña granjera hasta el punto de perder el sentido común.
Daría mi vida por ella, decía.
Vaya, vaya. Tú, que eres noble, dije al tuntún.
Yo no soy noble, respondió, la noble es mi madre.
Se sacó una carta del bolsillo y me la enseñó. En el reverso del sobre había un adorno de esmalte verde que él llamó escudo nobiliario, al menos a mí me pareció muy fino. No entendía nada y tuve que callarme, pero todo eso me desconcertó. Y sin embargo me burlé de él por sus dos caballos de silla.
Pat contestó: Querido Nut, tú no entiendes nada de estas cosas. Tenemos una hacienda, por eso podía tener yo dos caballos de silla.
No entendí más que antes.
A partir de entonces, Pat se pasaba todo el día con la cabeza fuera del tragaluz, controlando las prendas tendidas en el solar. Enloqueció, estaba dominado por unos poderosísimos celos, y no parecía que fuera a vencerlos. Me reía de él, pero no servía de nada. Sus ojos se volvieron tremendamente astutos, a él no lo engañaría nadie, podrían tender más prendas de mujer, pero no se le escaparía ni una.
Completamente mentecato.
Duró mientras el pastelero Kleist enseñaba sus artes de repostería, pero un buen día declaró a la joven Bridget plenamente formada, diciendo que ella ya podía hacer pasteles por su cuenta en el restaurante. Con ello hubo un final.
El pastelero Kleist era un viejo vienés de buen corazón, y en absoluto un zorro peligroso, sino un maestro en su oficio, y orgulloso de su alumna, tan dispuesta a aprender. También resultó que no le importaban los diez dólares acordados como pago por la enseñanza, sino que se negó a aceptarlos. Él tenía su buen negocio en la ciudad y vivía bien de él. Y, tras semanas y meses, volvió a su cotidiana normalidad, y no había pasado nada.
Pero en Pat tuvo lugar un cambio: ya no estaba enamorado de Bridget. Fue un milagro. ¡Y qué milagro: ya no estaba enamorado de Bridget!
¿Cómo podía entenderse? ¿Él, que había estado tan desesperado, tan herido, él, que acababa de declararse dispuesto a morir por ella? Era muy sencillo de entender: ya no tenía a nadie de quien estar celoso, no había ya nada dentro de él que lo empujara, así se evaporó su pasión, decreció su vehemencia.
Pobre Pat, se había quedado flaco y macilento por no haber tenido tiempo para comer, su vigilancia en el tragaluz no le había permitido bajar a comer, pero se recuperó en poco tiempo, levantó la cabeza y se quedó erguido. Así era Pat.
Fuimos juntos al restaurante. Pat no dijo nada, nos sirvieron chocolate y pastas, y pagamos. Pat no tenía ya ningún amor que conservar, al contrario, insinuó que necesitaba la paga. Madre e hija lo miraron asombradas. Pat había cambiado mucho, estaban viendo un nuevo aspecto de él.
La paga… por el trabajo, de acuerdo. ¿Pero no podría alojarse arriba, en uno de los cuartos que él mismo había construido?
Pat negó con un gesto de la cabeza.
¿Pero entonces para qué había construido los cuartos?
Necesito mis chelines, dijo Pat. Me voy a Wyoming.
Se mostraron sumamente desganadas y reacias. Bridget aún peor; su paternal amigo, el pastelero Kleist, la había mimado y le había metido algunas ideas en la cabeza.
La muchacha me irritaba, se había vuelto demasiado lista. Ahora andaba con indumentaria de ciudad, pero había presenciado sin una lágrima la venta del hogar de su infancia. No, no era buena.
Un día pasé por delante del taller de Larsen, le dije. Tu batidora aún está allí.
¿El qué?
Tu batidora. No has ido a recogerla.
¿Qué me dices…? ¿Mi batidora?… Ya no me hace falta. Puedes quedártela, Nut.
Ja ja ja.
Entonces recibiré algo a cambio por haber cargado con ella, dije.
Calla, Bridget, dijo la madre.
Son doscientos cuarenta dólares por mi trabajo, dijo Pat.
Madre e hija entrelazaron las manos. Vamos a pedir una tasación de la obra, dijeron, mostrándose muy indignadas con Pat. Sabían muy bien lo que hacían, alargaron lo de la tasación, y a Pat le hacía falta el dinero. Al final tuvo que aceptar la mitad del importe solo para que se lo pagaran al contado. ¡Gentuza!, exclamó Pat.
Yo me sentía muy satisfecho de que el hombre se hubiese librado de Bridget, y de nuevo nos pusimos a discutir sobre nuestro futuro. Se acercaba la primavera y los dos estábamos ansiosos por volver a nuestras casas. Yo, por mi parte, quería dejar la tienda, llevaba ya más de dos años, pero el sueldo era pequeño y no se veía posibilidad de mejora. Quería irme hacia el oeste, hacia la pradera, donde me cubrirían el sustento y donde no tendría ningún gasto durante el trabajo.
Eso tampoco conduce a nada, dijo Pat. Yo me voy a Wyoming.
¿Qué vas a hacer allí?
Darme una vuelta. Puedo vender la granja, ¿sabes?
¿Qué granja?
En la que trabajaba.
¿Cómo…? ¿Era tu granja?
Claro que sí, el hombre la dejó y se fue a Florida.
Lo miré boquiabierto, pensando: ¿Y con eso se convierte en tu granja? ¡Pat, eres un tipo curioso, un aventurero en el firmamento, otra vez me dejas perplejo!
Sea como sea, dijo, la vendo.
Entonces supongo que tendrás derecho a hacerlo, dije. El granjero te debe varios sueldos.
Sí, asintió Pat.
Es lógico. Has estado allí trabajando a todas horas, sin sacar ningún provecho de ello.
Así es, dijo Pat.
Contesté que para mí estaba claro. Estuviste allí mucho tiempo, tal vez años…
Año y medio, dijo Pat.
Naturalmente. Entonces todo está claro, me alegra saberlo. Acuérdate de darme tu dirección antes de marcharte.
Cuando Pat se hubo marchado, la vida en la ciudad se me hizo aún más insoportable. Había sido un amigo imprescindible y lo echaba de menos. Le escribí un par de veces, pero no recibí respuesta. Tal vez no tuviera tiempo, tal vez estuviera ocupado en preparar el viaje de regreso a casa. Hacia el final de mis días en la ciudad, Mr. Hart me ofreció por fin un buen aumento de sueldo si quería quedarme. Era demasiado tarde.
Llegué a la granja de Dalrumple, en Red River Valley, y me quedé hasta acabar la cosecha.

*

Al parecer, hoy hace tres años que me arrestaron. Y aquí sigo.

No me ha importado, no iba conmigo. Ha pasado por mí como una casualidad, y no tengo intención de decir nada más sobre ello. Ya tengo experiencia en callarme.

Estamos todos de viaje hacia un país al que llegaremos a tiempo. No nos corre prisa, nos llevamos las casualidades de camino. Solo los bufones ríen al cielo inventando palabras grandilocuentes sobre esas casualidades, son más resistentes que nosotros y no se pueden evitar. Ay, qué resistentes son, qué inevitables.

Llevamos mucho tiempo de calor y verano, hasta veintitrés grados a la sombra. Luego todo cambia de repente y el cielo se vuelve transparente y rígido. Es de noche, pero salgo a estudiar el fenómeno. Hay luna llena, pero sin luna. ¿Cómo? Todo está en silencio, ni un mosquito. Al cabo de dos horas vuelvo a salir y veo una incipiente luna por encima de las copas de los árboles.

A lo mejor no hay mucho desorden en esto, en absoluto, pero la verdad es que resulta un poco confuso. Si hace dos horas hubiera estado lo suficientemente en alto, habría visto la luna salir trepando del mar como una medusa mojada en oro.

¡Ay, son estas facultades mentales permanentemente mermadas las que me vuelven tan bobo!

Claro que sufro de arteriosclerosis, pero tampoco eso me importa, no me concierne. Cuando quiero mostrarme cortés conmigo mismo, lo llamo podagra. Ya hace más de un año que dejé de usar el bastón. ¿Qué hacía yo con el bastón? No era más que una de mis extravagancias, como lo de colocarme el sombrero torcido y cosas así. ¿Me servía el bastón de algún apoyo? No. Nos habíamos hecho amigos, pero nada más. Cuando nos caíamos, acabábamos siempre muy lejos el uno del otro.

Como es de esperar entre amigos.

Pero claro, mi podagra resulta terriblemente molesta. No oigo. De acuerdo. Pero no veo, y eso es peor. Ya no soy capaz de leer una revista, ni un miserable periódico. Lo mismo da. En realidad, también eso es una especie de jactancia, pues soy capaz de leer con una intensa luz de sol.

En Nordland teníamos algo que llamábamos vista para andar, es decir, vista suficiente para poder andar. Cuando Maren Maria Kjeldsen venía andando, todavía contaba con vista para andar, pero usaba bastón y sufría de otros muchos males. Maren Maria era un personaje misterioso entre nosotros, nadie sabía nada de ella, pero se decía que en un principio había sido una distinguida dama, hija de un capitán de barco o algo así, pero no eran más que conjeturas, ella nunca decía nada. Todo el mundo opinaba que era de buena familia, porque se apellidaba Kjeldsen, y así no se llamaba nadie en toda nuestra parte del país. Cuando caminaba por la vecindad, tenía un solo propósito: pedir tabaco de mascar contra su dolor de muelas. En su juventud se había acostumbrado al tabaco y ya no podía vivir sin él, mascaba tabaco como un marinero. Por lo demás, también era espantosa y no tenía vergüenza. Mas sus manos eran muy hermosas. Me extrañaban esas manos, eran amarillentas, pero suaves y bonitas, no habían trabajado nunca, nunca muy limpias, pero hermosas a la vista.

Al final, Maren Maria pasó a ser responsabilidad del ayuntamiento, y vivía una temporada en cada granja de nuestro pueblo, por entonces tendría setenta u ochenta años. Era capaz de seguir su ruta reglamentaria entre las granjas sin que tuvieran que acompañarla, conservó su vista para andar hasta el final.

Es bueno conservar la vista para andar muchos años en el futuro.

*

San Juan, 1948.

Hoy el Tribunal Supremo ha dictado sentencia, y yo acabo mi escrito.

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