Casa desolada [Fragmento] (I)

Charles Dickens






1. En Cancillería

Londres. Hace poco que ha terminado la temporada de San Miguel, y el Lord Canciller en su sala de Lincoln’s Inn’s. Un tiempo implacable de noviembre. Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse de la faz de la Tierra y no fuera nada extraño encontrarse con un megalosaurio de unos 40 pies chapaleando como un lagarto gigantesco Colina de Holborn arriba. Humo que baja de los sombreretes de las chimeneas creando una llovizna negra y blanda con copos de hollín del tamaño de verdaderos copos de nieve, que cabría imaginar de luto por la muerte del sol. Perros, invisibles en el fango. Caballos, poco menos; enfangados hasta las anteojeras. Peatones que entrechocan sus paraguas, en una infección general de mal humor, que se resbalan en las esquinas, donde decenas de miles de otros peatones llevan resbalando y cayéndose desde que amaneció (si cupiera decir que ha amanecido) y añaden nuevos sedimentos a las costras superpuestas de barro, que en esos puntos se pega tenazmente al pavimento y se acumula a interés compuesto.

Niebla por todas partes. Niebla río arriba, por donde corre sucia entre las filas de barcos y las contaminaciones acuáticas de una ciudad enorme (y sucia). Niebla en los pantanos de Essex, niebla en los cerros de Kent. Niebla que se mete en las cabinas de los bergantines carboneros; niebla que cae sobre los astilleros y que se cierne sobre el aparejo de los grandes buques; niebla que cae sobre las bordas de las gabarras y los botes. Niebla en los ojos y las gargantas de ancianos retirados de Greenwich, que carraspean junto a las chimeneas en las salas de los hospitales; niebla en la boquilla y en la cazoleta de la pipa que se fuma por la tarde el patrón malhumorado, metido en su diminuto camarote; niebla que enfría cruelmente los dedos de los pies y de las manos del aprendiz que tirita en cubierta. Gentes que pasan por los puentes y miran por encima del parapeto el cielo bajo la niebla, todas rodeadas de niebla, como si estuvieran metidas en un globo, colgadas en medio de las nubes neblinosas.

Los faroles de gas crean confusas aureolas en medio de la niebla en diversas partes de las calles, como las que parecería crear el sol, visto desde los campos esponjosos, a ojos del pastor y el labrador. Casi todas las tiendas han encendido el alumbrado dos horas antes de lo normal, y el gas parece darse cuenta de ello, pues tiene un aspecto sombrío y renuente.

Donde más hosca está la tarde, y donde más densa está la niebla, y donde más embarradas están las calles, es junto a esa mole antigua y pesada, ornamento idóneo del umbral de una corporación antigua y pesada: Temple Bar. Y junto a Temple Bar, en Lincoln’s Inn Hall, en el centro mismo de la niebla, está sentado el Lord Gran Canciller, en su Alto Tribunal de Cancillería.

Jamás podrá haber una niebla demasiado densa, jamás podrá haber un barro y un cieno tan espesos, como para concordar con la condición titubeante y dubitativa que ostenta hoy día este Alto Tribunal de Cancillería, el más pestilente de los pecadores empelucados que jamás hayan visto el Cielo y la Tierra.

Si hay una tarde adecuada para ello, esta es la tarde en que el Lord Gran Canciller debería estar en su sala —como lo está ahora— con un halo de niebla en torno a la cabeza, blandamente enmarcada en paños y cortinas escarlatas, mientras escucha a un abogado corpulento de grandes patillas, escasa voz y un expediente interminable, y él dirige la mirada a la lámpara del techo, donde no ve nada más que niebla. Si hay una tarde adecuada para ello, esta tarde debería haber una veintena de miembros del Alto Tribunal de Cancillería —y los hay— ocupados neblinosamente en una de las 10.000 fases de una causa interminable, echándose zancadillas los unos a los otros con precedentes escurridizos, hundidos hasta las rodillas en tecnicismos, dándose de cabezazos empelucados de pelo de cabra y crin de caballo contra muros de palabras, y presumiendo de equidad con gestos muy serios, como si fueran actores. En una tarde así, los diversos procuradores de la causa, dos o tres de los cuales la han heredado de sus padres, que hicieron una fortuna con ella, deberían estar en fila —¿no lo están?— en un foso alargado y afelpado (en el fondo del cual, sin embargo, sería vano buscar la Verdad), entre la mesa roja del escribano y las togas de seda, con peticiones, demandas, réplicas, dúplicas, citaciones, declaraciones juradas, preguntas, consultas a procuradores, informes de procuradores, montañas de necedades carísimas, todo amontonado ante ellos. ¡Es lógico que el tribunal esté oscuro, con unas velas moribundas acá y acullá; es lógico que sobre él se cierna una niebla densa, como si nunca fuera a desvanecerse; es lógico que las ventanas de vidrieras coloreadas pierdan el color y no dejen entrar ninguna luz; es lógico que los no iniciados, que atisban por los panales de vidrio de la puerta, se vean disuadidos de entrar por el ambiente solemne y por los lentos discursos que retumban lánguidos en el techo, procedentes del estrado donde el Lord Gran Canciller contempla la lámpara que no alumbra y donde están colgadas las pelucas de todos sus ayudantes en medio de un banco de niebla! Es el Alto Tribunal de Cancillería, que tiene sus casas en ruinas y sus tierras abandonadas en todos los condados; que tiene sus lunáticos esqueléticos en todos los manicomios, y sus muertos en todos los cementerios; que tiene a sus litigantes, con sus tacones gastados y sus ropas gastadas, que viven de los préstamos y las limosnas de sus conocidos; que da a los poderosos y adinerados abundantes medios para desalentar a quienes tienen la razón; que agota hasta tal punto la hacienda, la paciencia, el valor, la esperanza; que hasta tal punto agota las cabezas y destroza los corazones que entre todos sus profesionales no existe un hombre honorable que no esté dispuesto a dar —que no dé con frecuencia— la advertencia: «¡Más vale soportar todas las injusticias antes que venir aquí!».

¿Y quién está en la Sala del Lord Canciller esta tarde sombría, además del Lord Canciller, el abogado de la causa, dos o tres abogados que nunca tienen una causa y el foso de abogados antes mencionado? Está el escribano, sentado más abajo del magistrado, con su peluca y su toga, y hay dos o tres maceros, o bolseros, o saqueros, o lo que sean, con los uniformes de su oficio. Todos ellos bostezan, porque ya no es posible divertirse con JARNDYCE Y JARNDYCE (que es la causa de la que se trata), que quedó exprimida hasta el tuétano hace años. Los taquígrafos, los secretarios de tribunales y los periodistas de tribunales se marchan siempre que reaparece Jarndyce y Jarndyce. Sus sitios se quedan vacíos. Subida en una silla a un lado de la sala, con objeto de ver mejor el santuario encortinado, hay una ancianita loca tocada con un gorro fruncido, que siempre está en el tribunal, desde que empieza la sesión hasta que se levanta, y que siempre espera que se pronuncie algún fallo incomprensible en su favor. Hay quien dice que efectivamente es, o fue alguna vez, parte en un pleito, pero nadie está seguro, porque a nadie le importa. Lleva en su ridículo cachivaches a los que califica de documentos; se trata fundamentalmente de fósforos, de papel y de lavanda seca. Aparece un preso cetrino, detenido por sexta vez, a fin de presentar una instancia personal «para purgar su desacato», pero como se trata del único superviviente de una familia de albaceas, y ha caído en un estado de confusión de cuentas, de las cuales nadie le acusa de haber sabido nada, no es en absoluto probable que lo vaya a lograr. Entre tanto, no tiene ningún futuro en la vida. Otro pleiteante arruinado, que llega periódicamente desde Shropshire, y se esfuerza por hablar con el Canciller a última hora del día, y al que no hay medio de hacer comprender que el Canciller ignora legalmente su existencia después de habérsela destrozado durante un cuarto de siglo, se planta en un buen sitio y mira atentamente al Magistrado, dispuesto a exclamar «¡Señoría!» con sonora voz de queja en el momento en que Su Señoría se levante. Unos cuantos pasantes de abogados y otros que conocen de vista al pleiteante deambulan por allí, por si hace algo divertido, y anima un poco este día tan triste.

Jarndyce y Jarndyce se arrastra. Este pleito de espantapájaros se ha ido complicando tanto con el tiempo que ya nadie recuerda de qué se trata. Quienes menos lo comprenden son las partes en él, pero se ha observado que es imposible que dos abogados de la Cancillería lo comenten durante cinco minutos sin llegar a un total desacuerdo acerca de todas las premisas. Durante la causa han nacido innumerables niños; innumerables jóvenes se han casado; innumerables ancianos han muerto. Docenas de personas se han encontrado delirantemente convertidas en partes en Jarndyce y Jarndyce, sin saber cómo ni por qué; familias enteras han heredado odios legendarios junto con el pleito. El pequeño demandante, o demandado, al que prometieron un caballito de madera cuando se fallara el pleito, ha crecido, ha poseído un caballo de verdad y se ha ido al trote al otro mundo. Las jovencitas pupilas del tribunal han ido marchitándose al hacerse madres y abuelas; se ha ido sucediendo una larga procesión de Cancilleres que han ido desapareciendo a su vez; la legión de certificados para el pleito se ha transformado en meros certificados de defunción; quizá ya no queden en el mundo más de tres Jarndyce desde que el viejo Tom Jarndyce, desesperado, se voló la tapa de los sesos en un café de Chancery Lane, pero Jarndyce y Jarndyce sigue arrastrándose monótono ante el Tribunal, eternamente un caso desesperado.

Jarndyce y Jarndyce se ha convertido en un tema de broma. Es lo único bueno que ha producido. Ha acarreado la muerte a mucha gente, pero en la profesión es motivo de risa. Todos los procuradores en Cancillería tienen algo que contar a su respecto. Todos los Cancilleres han «estado en él» en nombre de unos o de otros, cuando eran meros abogados. Han hablado bien del caso viejos magistrados de narices rojas y gruesos zapatos en comités selectos mientras tomaban su oporto después de cenar en sus oficinas. Los abogadillos que están haciendo sus pasantías han profundizado en él sus conocimientos jurídicos. El último Lord Canciller lo manejó muy bien cuando, al corregir al señor Blowers, el eminente Abogado de la Corona, que había dicho de algo que no pasaría hasta que las ranas criaran pelo, le señaló: «O hasta que hayamos terminado con Jarndyce y Jarndyce, señor Blowers», broma que hizo particular gracia a los maceros los bolseros y los saqueros.

Sería muy difícil saber a cuántas de las personas implicadas en el pleito ha tocado Jarndyce y Jarndyce con su mano enferma para deformarlas y corromperlas. Desde el procurador, en cuyos archivos las resmas polvorientas de atestado para Jarndyce y Jarndyce han ido arrugándose en sombrías y múltiples formas, hasta el copista de la Oficina de los Seis Secretarios , que ha copiado docenas de miles de páginas de folios oficiales de la Cancillería bajo ese epígrafe eterno, nadie ha llegado a ser una persona mejor gracias al pleito. El engaño, la evasión, los aplazamientos, el saqueo, el hostigamiento, las falsedades de todo tipo, no contienen influencia alguna que pueda jamás llevar a nada bueno. Es posible que hasta los meritorios de los procuradores, que han mantenido a distancia a los sufridos pleiteantes, con sus permanentes protestas de que el señor Chizzle, Mizzle , o lo que fuera, estaba muy ocupado y tenía visitas hasta la hora de cenar, se hayan visto moralmente influidos por Jarndyce y Jarndyce. El administrador judicial de la causa ha adquirido una buena suma de dinero gracias a ella, pero también ha llegado a desconfiar hasta de su propia madre y a despreciar a sus propios colegas. Chizzle, Mizzle, o quienes sean, han caído en el hábito de prometerse a sí mismos que van a estudiar ese asuntillo pendiente y ver lo que se puede hacer por Drizzle —al que no se le ha tratado demasiado bien— cuando el bufete pueda terminar con Jarndyce y Jarndyce. La malhadada causa ha esparcido por todas partes la pereza y la codicia, en todas sus múltiples formas, e incluso quienes han contemplado su historia desde el círculo más remoto de tanta perversión se han visto insensiblemente tentados a dejar que la maldad siguiera su mal camino y a opinar vagamente que si el mundo va mal era porque, quizá por distracción, nadie pretendió nunca que fuera bien.

Así, en medio del barro y en el centro de la niebla está el Lord Gran Canciller sentado en su Alto Tribunal de Cancillería.

—Señor Tangle —dice el Lord Gran Canciller, que últimamente se está cansando un tanto de la elocuencia del erudito jurista.
—Señoría —dice el señor Tangle. El señor Tangle sabe más que nadie del caso Jarndyce y Jarndyce. Esa fama tiene; se dice que desde que salió de la Facultad no se ha ocupado más que de él.
—¿Le queda mucho por exponer?
—No, señoría…, varios aspectos…, me siento obligado a señalar… señoría —es la respuesta que susurra el señor Tangle.
—Creo que todavía han de intervenir varios letrados, ¿no? —dice el Canciller con una leve sonrisa. Dieciocho distinguidos colegas del señor Tangle, cada uno de ellos armados con un breve resumen de 1800 folios, asienten subiendo y bajando las cabezas como 18 teclas de un piano, hacen 18 reverencias y vuelven a ocupar sus 18 asientos anónimos.
—Continuaremos la audiencia del miércoles en quince días —anuncia el Canciller. Pues el tema en estudio no es más que una cuestión de costas, una mera gota en el océano del pleito principal, y ésta sí que se va a resolver en cuestión de días.

El Canciller se pone en pie; llevan al preso a toda prisa al frente; el hombre de Shropshire exclama:: «¡Señoría!». Maceros, bolseros y saqueros exigen silencio, indignados, y miran ceñudos al hombre de Shropshire.

—Por lo que hace —continúa el Canciller, que sigue refiriéndose a Jarndyce Jarndyce— a la jovencita…
—Con la venia de Su Señoría…, el joven —dice el señor Tangle prematuramente.
—Por lo que hace —continúa el Canciller, vocalizando exageradamente— a la jovencita y al joven, los dos menores —el señor Tangle queda aplastado—, que ordené estuvieran presentes hoy, y que se hallan en estos momentos en mi despacho, voy a verlos para ver si procede que ordene que pasen a residir con su tío.

El señor Tangle vuelve a ponerse en pie:

—Con la venia de Su Señoría…, fallecido.
—Con su… —y el Canciller contempla los papeles que tiene en la mesa a través de los anteojos—, su abuelo.
—Con la venia de Su Señoría…, víctima de acto temerario…, tapa de los sesos.

De pronto, un abogado muy bajito, con tremenda voz tonante, se levanta, todo inflado, en medio de los bancos traseros de niebla, y dice:

—¿Permite Su Señoría? Actúo yo en su nombre. Se trata de un primo lejano. De momento no puedo informar al Tribunal de cuál es el grado de parentesco, pero es su primo.

Tras dejar que este discurso (pronunciado como un mensaje de ultratumba) resuene hasta las vigas del techo, el abogado bajito se deja caer en el asiento y desaparece en la niebla. Todo el mundo lo busca. Nadie lo ve.

—Voy a hablar con los dos jóvenes —vuelve a hablar el Canciller— para ver si procede que pasen a residir con su primo. Hablaré del asunto cuando vuelva a la Sala, mañana por la mañana.

El Canciller está a punto de hacer una inclinación a los abogados cuando comparece el preso. Imposible hacer nada respecto del confuso estado de sus asuntos, salvo volverlo a enviar a la cárcel, y eso es lo que se hace inmediatamente. El hombre de Shropshire aventura otro «¡Señoría!» de reproche, pero el Canciller ya ha advertido su presencia y ha desaparecido hábilmente. Todo el mundo desaparece a gran velocidad. Se llena una batería de sacas azules con grandes cargas de papeles que se llevan los secretarios; la viejecita loca se marcha con sus documentos; la sala vacía se cierra con siete llaves. ¡Si todas las injusticias que se han cometido en ella y todos los pesares que ella ha causado pudieran encerrarse con ella y quemarlo todo en una enorme pira funeraria, tanto mejor para otras partes, además de las partes en Jarndyce y Jarndyce!


2. El gran mundo

Lo único que queremos en esta tarde neblinosa es echar un vistazo al gran mundo. No es tan diferente del Tribunal de Cancillería como para que no podamos pasar de una escena directamente a la otra. Tanto en el gran mundo como en el Tribunal de Cancillería imperan los precedentes y las costumbres; son Rip Van Winkles que han dormido demasiado, que se dedican a extraños juegos en medio de las mayores tormentas; bellas durmientes a las que algún día despertará el Príncipe, cuando todos los asadores inmóviles en la cocina se pongan a girar a velocidad prodigiosa.

No es un mundo muy grande. En comparación incluso con este mundo nuestro, que también tiene sus límites (como averiguará Vuestra Alteza cuando lo haya recorrido y hayamos llegado al borde del Más Allá), es como una mota de polvo. Tiene muchos aspectos buenos; mucha de la gente que pertenece a él es buena y leal; tiene un papel que desempeñar. Pero lo malo que tiene es que es un mundo envuelto en tanto algodón y lana fina de joyero, y es incapaz de escuchar el tumulto de mundos más anchurosos, y es incapaz de ver cómo giran éstos alrededor del Sol. Es un mundo amortiguado, y su vegetación se marchita a veces por falta de aire.

Milady Dedlock ha vuelto a su casa de Londres a pasar unos días antes de irse a París, donde Milady se propone pasar unas semanas; después de lo cual no se sabe adónde irá. Es lo que dicen los rumores del gran mundo, para gran tranquilidad de los parisinos, y se trata de gente bien informada sobre todo lo que ocurre en el gran mundo. El enterarse de las cosas por otros conductos no sería de buen tono. Milady Dedlock ha estado pasando algún tiempo en lo que, cuando habla en confianza, califica ella de su «residencia» de Lincolnshire. En Lincolnshire no para de llover. Las aguas se han llevado un arco del puente del parque y lo han arrastrado con ellas. Las tierras bajas adyacentes se han convertido, en una anchura de media milla, en un río estancado, en el cual hay árboles en lugar de islas, y cuya superficie está puntuada en todas partes por la lluvia que cae sin cesar. La «residencia» de Milady Dedlock ha estado de lo más lúgubre. Desde hace muchos días y muchas noches, hace un tiempo tan húmedo que los árboles parecen estar saturados y que las ramas cortadas blandamente por el hacha del leñador no hacen el menor ruido al caer. Cuando saltan los ciervos, empapados, hacen saltar el agua a su paso. El disparo de una escopeta pierde su mordiente en el aire saturado de agua, y su humo asciende en una nubecilla perezosa hacia la pendiente verde, coronada por un bosquecillo, que constituye el telón de fondo de la lluvia. La vista desde las ventanas de Milady Dedlock es, según los momentos, un panorama de plomo o de tinta china. Los jarrones de la terraza empedrada en primer plano atrapan la lluvia a lo largo del día, y las pesadas gotas siguen cayendo, plas, plas, plas, en el gran acerón de losas de piedra conocido como el Paseo del Fantasma. Los domingos, la iglesita del parque está toda húmeda; el púlpito de roble rompe en un sudor frío; y todo exhala un olor y sugiere un sabor general como de los antiguos Dedlock en sus tumbas. Milady Dedlock (que no tiene hijos) ha mirado al principio del atardecer hacia el pabellón de uno de los guardas, desde la ventana de su tocador, y ha visto a un niño, perseguido por una mujer, salir corriendo en medio de la lluvia a abrazar la figura brillante de un hombre abrigado que entraba por la puerta del parque, y se ha puesto de muy mal humor. Milady Dedlock dice que «se ha estado muriendo de aburrimiento».

Por eso se ha ido Milady Dedlock de su residencia de Lincolnshire y la ha dejado abandonada a la lluvia, y a los cuervos, y a los conejos, y a los ciervos, y a las perdices, y a los faisanes. Los cuadros de los Dedlock del pasado parecen haberse hundido en las paredes húmedas de puro desaliento, cuando pasa la anciana ama de llaves por los viejos salones y va cerrando las persianas. Y los rumores del gran mundo —que al igual que el Enemigo son omniscientes en cuanto al pasado, y al presente, pero no en cuanto al futuro— no se comprometen todavía a decir cuándo volverán a salir de las paredes.

Sir Leicester Dedlock no es más que un baronet, pero no hay baronet más poderoso que él. Su familia es tan antigua como Matusalén, e infinitamente más respetable que él. Él opina, en general, que el mundo podría privarse muy bien de los matusalenes, pero que se acabaría sin los Dedlock. Estaría dispuesto, en general, a reconocer que la Naturaleza es una buena idea (quizá un poco vulgar cuando no está encerrada por la verja de un parque), pero una idea cuya ejecución depende de las grandes familias de cada condado. Es un caballero de conciencia estricta, que desdeña todo lo que sea pequeño y mezquino y que estaría dispuesto a morir, inmediatamente, como fuera, antes que dar ocasión a cualquier crítica a su integridad. Se trata de un hombre honorable, obstinado, veraz, de altos ideales, intensos prejuicios, de un hombre perfectamente irracional.

Sir Leicester tiene por lo menos veinte años más que Milady. Ya no cumplirá los sesenta y cinco, ni quizá los sesenta y seis, ni los sesenta y siete. De vez en cuando tiene un ataque de gota, y anda un poco tieso. Tiene una magnífica presencia, con su pelo y sus patillas de color gris claro, sus finas camisas de encaje, su chaleco de un blanco inmaculado y su levita azul, cuyos botones brillantes siempre están abotonados. Es ceremonioso, solemne, muy cortés con Milady en todo momento, y tiene la mayor estima por todos los atractivos personales de Milady. Su galantería para con Milady, que no ha variado desde que la cortejaba, es el único detalle romántico de su persona.

De hecho, se casó con ella por amor. Todavía se rumorea que ella no tenía ni familia; pero Sir Leicester tenía tanta familia que quizá le bastara con la suya y pudiera renunciar a adquirir más. Pero ella tenía belleza, orgullo, ambición, una determinación insolente y suficiente buen sentido como para dotar a una legión de damas finísimas. Cuando a todo eso se añadieron riqueza y posición social, ascendió rápidamente, y desde hace años Milady Dedlock está en el centro del gran mundo, en la cúspide de la pirámide del gran mundo.

Todo el mundo sabe que Alejandro lloró cuando ya no le quedaron más mundos que conquistar, o más bien debería saberlo, pues es un asunto del que ya se ha hablado mucho. Cuando Milady Dedlock conquistó su mundo, no cayó en un estado de aflicción, sino de gelidez. Los trofeos de su victoria son un gesto de cansancio, una placidez gastada, una ecuanimidad fatigada que no pueden agitar el interés ni la satisfacción. Tiene unos modales perfectos. Si mañana la subieran al Cielo, es de prever que ascendería sin el menor gesto de delirio.

Todavía conserva su belleza, y aunque ya no esté en su apogeo, tampoco se halla en el otoño. Tiene una hermosa faz, inicialmente de un tipo al que se hubiera calificado de guapa, más que de hermosa, pero que ha ido mejorando hasta convertirse en clásica gracias a la expresión que le ha ido dando su elevada condición. Tiene una figura elegante, y da la impresión de ser alta. No es que lo sea, sino que, como ha afirmado en varias ocasiones el Honorable Bob Stables, «aprovecha al máximo todas sus ventajas». La misma autoridad afirma que se atavía perfectamente, y observa, al elogiar en especial sus cabellos, que es la mujer mejor peinada de toda la cuadra.

Revestida de todas sus perfecciones, Milady Dedlock ha llegado de su residencia de Lincolnshire (perseguida en todo momento por los rumores del gran mundo) a pasar unos días en su casa de Londres antes de irse a París, donde Su Señoría se propone pasar unas semanas, y después no sabe adónde ir. Y en su casa de Londres se presenta, en esta tarde sombría, un caballero anticuado y viejo, que es abogado y además consejero del Alto Tribunal de Cancillería, que tiene el honor de ser el asesor jurídico de los Dedlock y tiene en su despacho tantas cajas de hierro con el nombre de éstos escrito en el exterior como si el baronet actual fuera la moneda del truco del prestidigitador y alguien lo estuviera pasando constantemente de un lado a otro del escenario. Un Mercurio empolvado lo conduce por el vestíbulo, las escaleras, los pasillos y las salas, que brillan durante la temporada y se entenebrecen después de ella (como un país de las hadas para el visitante, pero un desierto para quien allí habita) hasta llegar a la presencia de Milady.

El viejo caballero tiene un aspecto oxidado, pero también fama de haber obtenido bastantes beneficios con contratos de matrimonios aristocráticos y aristocráticos testamentos, y de ser muy rico. Está rodeado de un aura misteriosa de confidencias familiares, de las que se sabe que es depositario silencioso. Hay nobles mausoleos, iniciados hace siglos en claros retirados de muchos parques, que quizá contengan menos secretos de la nobleza que los que en el mundo de los hombres encierra el pecho de Tulkinghorn. Pertenece a eso que se llama la vieja escuela (término que, por lo general, significa toda escuela que jamás parece haber sido joven) y lleva calzones hasta la rodilla atados con lazos, así como polainas o medias. Una peculiaridad de su ropa negra, y de sus negras medias, sean de seda o de estambre, es que nunca brillan. Su atavío, mudo, apretado, insensible a cualquier luz que incide sobre él, es igual que él mismo. Nunca conversa, salvo que se le haga una consulta profesional. A veces se le ve, sin decir una palabra, pero perfectamente a sus anchas, sentado al extremo de una mesa durante un banquete en una de las grandes casas, o junto a las puertas de un salón, en acontecimientos de los que los rumores del gran mundo siempre tienen mucho que decir; todo el mundo lo conoce, y la mitad de la Alta Nobleza se detiene a decir: «¿Cómo está usted, señor Tulkinghorn?». Él recibe estos saludos gravemente y los entierra junto con el resto de las cosas que sabe.

Sir Leicester Dedlock está con Milady y celebra ver al señor Tulkinghorn. Éste tiene un aire de prescripción legal que siempre agrada a Sir Leicester; lo recibe como una especie de homenaje. Le agrada cómo viste el señor Tulkinghorn; también eso es como un homenaje. Es eminentemente respetable y, al mismo tiempo, como una especie de uniforme de servicio distinguido. Expresa, por así decirlo, la administración de los servicios jurídicos, la mayordomía de la bodega jurídica, de los Dedlock.

¿Tiene alguna idea de todo esto el señor Tulkinghorn? Quizá sí y quizá no, pero existe una notable circunstancia que observar en todo lo relacionado con Milady Dedlock como parte de una clase, como parte de los líderes y representantes de su pequeño mundo. Ella se considera un Ser inescrutable, totalmente fuera del alcance y la comprensión de los ordinarios mortales, cuando se contempla ante el espejo, y entonces efectivamente parece serlo. Pero todas las estrellas menores que giran a su alrededor, desde su doncella hasta el director de la ópera Italiana, conocen sus debilidades, sus prejuicios, sus locuras y sus caprichos, y viven con un cálculo y una medida tan exactos de su carácter moral como los que toma su modista de sus proporciones físicas. ¿Hay que preparar un nuevo vestido, un nuevo atavío, un nuevo cantante, un nuevo bailarín, un nuevo enano o un gigante, una nueva capilla, un nuevo lo que sea? Existe una serie de personas diferentes, en una docena de oficios, de quienes Lady Dedlock no sospecha que hagan otra cosa que postrarse ante ella, que pueden deciros cómo manejarla como si fuera un bebé, que la guían a todo lo largo de su vida, que aceptan humildemente seguirla con total sumisión, y que en realidad la guían a ella y a todo su grupo; que al enganchar a una, enganchan a todos ellos, igual que Lemuel Gulliver arrastró tras de sí a la solemne flota del majestuoso Lilliput. «Si quiere usted tratar con nuestro personal, señor mío», dicen los joyeros Blaze y Sparkle (que al decir «personal» se refieren a Milady Dedlock y el resto), «ha de recordar que no está tratando con el público en general; hay que dar a esa gente en su punto flaco, y ése es su punto flaco». «Señores, para hacer que este artículo se venda», dicen Sheen y Gloss, los pañeros, a sus amigos los fabricantes, «tienen que venir a nosotros, porque nosotros sabemos adónde llevar al gran mundo, y hacer que algo se ponga de moda». «Si quiere usted hacer que esta litografía llegue a los salones de mis altas relaciones, señor mío», dice el señor Sladdery, el librero, «o si quiere usted llevar a tal gigante o a cual enano a las casas de mis altas relaciones, señor mío, o si quiere usted conseguir para esta compañía el patrocinio de mis altas relaciones, señor mío, tenga usted la bondad de dejarlo en mis manos, pues estoy acostumbrado a estudiar a las principales de mis altas relaciones, señor mío, y puedo decirle sin vanidad que hacen lo que yo les digo», en lo cual el señor Sladdery, que es hombre honrado, no exagera en absoluto.

Por ende, si bien es posible que el señor Tulkinghorn no sepa lo que pasa ahora por las cabezas de los Dedlock, también es muy posible que sí lo sepa.

—¿Ha vuelto a verse hoy la causa de Milady ante el Canciller, señor Tulkinghorn? —pregunta Sir Leicester al darle la mano.
—Sí. Hoy se ha vuelto a ver —replica el señor Tulkinghorn con una de sus leves reverencias a Milady, la cual está sentada en un sofá frente a la chimenea, protegiéndose el rostro con una pantalla de mano.
—Supongo que es inútil preguntar —dice Milady, presa todavía de la monotonía de la residencia de Lincolnshire— si se ha hecho algo.
—Hoy no se ha hecho nada que pudiera usted calificar de algo —contesta el señor Tulkinghorn.
—Y nunca se hará —observa Milady.

Sir Leicester no tiene ninguna objeción a un pleito interminable en Cancillería. Es un trámite lento, caro, británico, constitucional. Claro que a él en ese pleito no le va nada vital, pues lo único que aportó Milady a su matrimonio fue su participación en ese pleito, y tiene una vaga impresión de que el que su nombre —el nombre de Dedlock— figure en esa causa y no sea el título de esa misma causa constituye el más ridículo de los accidentes. Pero considera que el Tribunal de Cancillería, pese a entrañar algún que otro retraso en la justicia, y un cierto volumen de confusión, es algo ideado, junto con muchas otras cosas, por la perfección de la sabiduría humana y para la solución eterna (en términos humanos) de todas las cosas. Y opina, en general, decididamente que el dar la sanción de su aprobación a cualquier crítica respecto de ese Tribunal equivaldría a alentar a alguien de las clases inferiores a que se rebelara en alguna parte, a alguien como Weat Tyler .

—Como se han inscrito unas cuantas declaraciones juradas nuevas, y como son breves, y como parto del incómodo principio de solicitar a mis clientes que me permitan informarles de todas las novedades de una causa —dice el señor Tulkinghorn, que cautelosamente no acepta más responsabilidades que las necesarias —, y además como se va usted a París, los he traído en el bolsillo.

(Sir Leicester también iba a París, pero lo que interesaba al rumor del gran mundo era que fuese Milady.)

El señor Tulkinghorn saca sus documentos, pide permiso para depositarlos en una mesa que es un talismán dorado puesto al lado de Milady, y empieza a leer a la luz de una lámpara de mesa.

«En Cancillería. Entre John Jarndyce…»

Milady interrumpe y le pide que prescinda de todas las pesadeces formales que sea posible.

El señor Tulkinghorn mira por encima de sus impertinentes y vuelve a empezar más abajo. Milady, distraída y despectivamente, va desviando su atención. Sir Leicester, sentado en un butacón, contempla la chimenea, y parece sentir un agrado ceremonioso por las reiteraciones y las prolijidades jurídicas, como si formaran parte de los bastiones de la nación. Da la casualidad de que donde está sentada Milady el fuego de la chimenea calienta mucho, y de que la pantalla de mano es más bonita que útil, y es inapreciable, pero pequeña. Milady cambia de postura y ve los papeles que hay en la mesa, los contempla más de cerca, cada vez más de cerca, y pregunta impulsivamente:

—¿Quién hizo esas copias?

El señor Tulkinghorn se interrumpe, sorprendido ante la agitación de Milady y su tono desusado.

—¿Es eso lo que llaman ustedes letra cancilleresca? —pregunta ella, que lo mira a los ojos, una vez más con gesto inexpresivo y jugando con la pantalla.
—No exactamente. Probablemente —y el señor Tulkinghorn examina el documento mientras habla—, ese aspecto jurídico que tiene se adquiriese después de que se fuera formando la letra del copista. ¿Por qué me lo pregunta?
—Cualquier cosa con tal de variar esta detestable monotonía. ¡Pero siga, siga!

El señor Tulkinghorn vuelve a leer. El calor va en aumento y Milady vuelve a protegerse el rostro con la pantalla. Sir Leicester da una cabezada, se despierta de repente y exclama:

—¿Eh? ¿Qué decía?
—Decía que me temo —contesta el señor Tulkinghorn, que se ha levantado apresuradamente— que Milady Dedlock se siente mal.
—Un vahído —murmura Milady, a quien se le han puesto blancos los labios—; nada más, pero me siento muy débil. No me digan nada. ¡Llamen para que me lleven a mis aposentos!

El señor Tulkinghorn se retira a otra sala; suenan timbres, ruidos de pasos, primero lentos y después a la carrera; después, silencio. Por fin, Mercurio ruega al señor Tulkinghorn que vuelva.

—Ya está mejor —dice Sir Leicester, con un gesto al abogado para que se siente y siga leyendo ante él sólo—. Me he asustado mucho. Nunca había visto desmayarse a Milady. Pero hace un tiempo terrible, y la verdad es que se ha muerto de aburrimiento en nuestra residencia de Lincolnshire.

(Continuará…)

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