Por senderos que la maleza oculta (VI)

Knut Hamsun









Quería escribir sobre muchas cosas en estas páginas, pero no lo he hecho. Tenía muchas razones justificadas para temer lo peor, y he preferido callarme. Nuestra vida y nuestro tiempo pueden transcurrir como quieran, todo puede transcurrir como quiera. Aquí estoy yo.

Ayer izamos la bandera a media asta. No era yo el que había muerto, sino un hombre de mediana edad, cincuenta y seis, y no fue un accidente, sino un caso de cáncer normal y corriente.

Es indiferente. También él tendría sus planes, supongo, pero se le truncaron.

Y los que superamos todas las edades, encendemos nuestra pipa y seguimos ocupándonos de nuestras pequeñas cosas.

Me acuerdo de haber visto la palabra snekker en una revista. ¿Qué es snekker? Claro que no es una palabra, no es nada, solo queda ahí, sobre el papel. Está tan despojada y vacía que no mantiene nada de su significado inicial, ha acabado siendo un invento de esos que escriben en los periódicos. A mí me da pena la palabra snekker, en su día la intención tendría algún significado. Ahora quiero inventar algo y restaurar la palabra. Solo me cuesta una palabra, si es que es una palabra: snidikar. Ahí está. ¿Por qué no iba a ser una palabra? Las tres sílabas son nórdicas, y en conjunto aportan a la palabra snekker una maravillosa plenitud de sentido y razón. No siempre he tenido tanta suerte con mis inventos.

Por cierto, al fin y al cabo tal vez resulte indiferente cómo usemos la lengua. Lo importante es que nos ayude.

Fue Ol’Hansa quien tuvo esta idea y la supo explicar. Mira lo de vocal y consonante, decía, para qué necesitamos esas cosas si podemos arreglarnos sin ellas. No es más que un viento machacón, como dice el predicador en la Biblia. Ol’Hansa ha leído muchos libros y es un hombre instruido en diversos oficios y ciencias, las cosas como son. Tenía una pequeña granja con un poco de tierra y algunos animales, les bastaba a él y a los suyos, nada de abundancia, pero tampoco penuria en la vida cotidiana, ni deudas en la tienda. Se las apañaba bien. Era periodista cuando venía al caso y agarraba a menudo la pluma, pero era además un gran narrador y charlatán, al que nos quedábamos escuchando muchas noches. Su sabiduría de la vida consistía en que los humanos nos esforzamos demasiado para aprender una gran cantidad de cosas innecesarias que luego tenemos que mantener ordenadas. Dejad que las cosas marchen por su cuenta, así se ordenarán a sí mismas. Su lógica no siempre era aplastante, pero la lógica, decía Ol’Hansa, tampoco era siempre tan necesaria. Puedo probarlo, decía.

Menos mal, decíamos nosotros. Empieza.

Mi vecino vino a verme para que le prestara un cencerro para la vaca. Se lo dejé, pero no me lo devolvió, y cuando habían pasado uno o dos años, me hacía falta para una nueva vaca que acababa de adquirir. Al final fui a su casa a pedirle que me devolviera el cencerro.
Soy un hombre pobre, dijo mi vecino, a punto de llorar.
Mi cencerro, dije.
Sí, ¿pero no oyes lo que te estoy diciendo, Dios mío?, preguntó.
¿Dónde estaba la lógica en eso?
Fui a su establo a buscar el cencerro. Y lo encontré, estaba colgado de un clavo y muerto, pues había perdido el badajo.
Me quedé pensando. Mi vecino se había explicado sin lógica,
pensó que yo iría a los tribunales por lo del cencerro. Entonces era yo el que estaba a punto de llorar. Tenía bien cogido a ese hombre, pero no me aproveché de ello, ni escribí sobre él en los periódicos. No podía ni soñar con algo así, al contrario, me sentía profundamente conmovido.
Pues sí, sí, Ol’Hansa, eso lo sabe todo el mundo. ¿Pero cómo era aquello de vocales y consonantes por lo que empezaste?
Bueno. Eso es algo que data de mis años de mozo, menos de veinte tendría. Si a esa edad te preguntan por vocales y consonantes, te quedas pálido y no sabes qué responder. Es de lo más incómodo que te puede suceder. Has oído hablar de ello y lo has aprendido, pero cuando por fin contestas, yo no hago más que un imperceptible movimiento negativo con la cabeza, basta con eso, vacilas, y dices lo contrario de lo que debes decir.
Escuchemos.
En mis caminatas había llegado a Gildeskål, en Salten, y me disponía a solicitar un puesto en la oficina del comisario rural. No me lo dieron. Entonces di una vuelta por la comarca y llegué a una granja llamada Indyr. Mientras estábamos sentados en el salón charlando, entró la esposa del párroco. Era joven y bonita, todo el mundo le da la bienvenida, ofreciéndole un asiento. Yo me levanté para marcharme.
Usted se llama Ole Hansen, dijo la hermosa señora.
Sí, asentí con una inclinación.
El párroco desea hablar con usted, dijo ella. Me miró y se sonrojó, porque me traía un recado y porque era joven.
Al día siguiente fui a ver al párroco y lo encontré fuera de la casa, sentado en un banco, llevaba un gran sombrero de paja y tenía la barba cana. Nos hace falta un maestro en la escuela, dijo, ¿podría usted encargarse de dar algunas clases?
Sí, contesté.
Me pidió que abriera el Nuevo Testamento y me miró de reojo para ver lo rápido que lograba encontrar el verso que me indicaba.
Cuando hube leído un trozo, dijo: Está usted acostumbrado a leer en voz alta.
¿Cuándo recibió la confirmación?
Hace tres años.
Sin duda se acordará usted de los mandamientos, pero ¿cuántas oraciones hay en el Padre Nuestro?
¿En el Padre Nuestro?
Sí, ya lo entiendo, usted piensa que es una sola oración, y también es correcto. ¿Sabe aritmética? Nueve por nueve. Siete por seis. Es sobre todo religión lo que va a enseñar a los chicos. ¿Sabe escribir? Tenga papel y lápiz, vamos a ver, escriba la palabra absolución.
Escribí absolción.
No tiene mala letra, pero ha escrito absolción. Pues no, no, mi querido Ole Hansen, no sabe usted lo suficiente. El párroco se disponía a marcharse.
Para reparar el error escribí más cosas en el papel y se lo di, varias palabras realmente largas. Pero el párroco apenas las miró, se limitó a señalarme con el dedo. Escribe usted muy mal, dijo, comete muchos pero que muchos errores.
Perdóneme, dije.
Al parecer, le conmovió que le pidiera perdón, así que no me echó al instante, me preguntó por el singular y el plural, sobre consonantes y signos de puntuación.
Contesté al tuntún, no sabía nada.
Consonantes y vocales, dijo.
Fue horrible, seguro que diría justo lo contrario de lo correcto. Recogió rápidamente sus cosas, agitó una vez su gran sombrero, me dio las gracias y se marchó.
Permanecí unos instantes sentado, luego me alejé a hurtadillas. Miré hacia la ventana y era un hombre destrozado, no, un perro. Ahora él entraría directamente a contárselo todo a su esposa. Y mira esto, diría, mira cómo escribe. No he visto nada peor. Y no tiene ni idea de lo que son consonantes y vocales.
Así era, no lo sabía. Me daba igual, ningún ser humano tendría que andar por la vida sabiendo esas cosas. Intenté mencionar vocales y consonantes en orden inverso, pero no me sentí ni más feliz ni más alegre por ello, no me sentí nada mejor en mi alma, de modo que solo me quedaba escupir sobre esas palabras. ¿Para qué servían semejantes bobadas? No eran más que viento. Y el propio párroco tenía una voz desagradable, cortante y poco amable, me intimidaba. Por cierto, su apellido era Daae, recuerdo.
Sí, pero Ol’Hansa, no entiendo…


¿Adónde quiero llegar con esto? Yo sí lo entiendo. Todas esas cosas innecesarias que tenemos que aprender y conservar para el resto de la vida. Mira cómo hacen los que escriben en los periódicos. Ellos ya no usan esos conocimientos de loro, se manejan sin ellos y se les entiende. Hoy he visto los restos de un sillón que perteneció a un viejo director de colegio, estuvo sentado en él hasta que murió. Había conservado y cuidado durante setenta años lo que había memorizado; cuando él murió, sus hijos vendieron su sillón.

Aquí he sido un bromista, he mezclado todo, los que escriben en los periódicos, Ol’Hansa y yo mismo. Para que ninguno de nosotros tenga nada que decir.

*

El tiempo avanza, hay invierno y nieve. En este punto me detengo. Nadie sabe cuánto tiempo llevo aquí sentado reflexionando, pero no conseguí seguir. Quería decir algo único y certero sobre invierno y nieve, pero fracasé. Da lo mismo. Me desperté una mañana y me encontré con invierno y nieve, eso es todo. Ah, no, no es todo, el invierno y la nieve son para mí grandes males.

¿Cómo puede haber una estación del año tan única en ser terrible? La muchacha la menciona batiendo los dientes, la hormiga sabia huye varios metros a través de la tierra para alejarse. Para mí no es grave, tengo ya buenos zapatos, pero ayer leí un telegrama de las regiones de la hambruna, hablaba de niños sin una miga de pan, de niños que tenían que ser derretidos junto a los cuerpos de sus madres para no quedarse helados.

Ante esto el ser humano no tiene nada que decir, ni preguntas inoportunas que hacer. Allí están las montañas con su peso, a solas, el bosque está muerto y bien muerto. Todo calla a todo, la nieve es blanca y buena, la helada rechaza toda clase de igualdad y no deja hablar a los seres humanos.

El tiempo avanza.

Mi «causa» tiene aún mucho tiempo por delante. El representante de la dirección general de indemnizaciones no puede hacer más de lo que hace, a cortos intervalos comunica públicamente que la fecha de la celebración de mi causa aún no ha sido fijada. En el mes de octubre expresó su esperanza de que se celebrara «este otoño». También en noviembre dice a un par de periódicos que se celebrará «este otoño». ¡Este otoño!, dice. Se supone que el caso va a invernar.

Mientras tanto, el representante recibe la llamada de una persona a la que no puede ignorar. Intercambian unas cuantas palabras y se ponen de acuerdo en que mi causa no se aplazará más. Me citan para el 16 de diciembre del año 1947. Una semana antes de Navidad.

Me paseo por mi residencia de ancianos con el mensaje recibido, no, doy saltos entre todas las personas y les cuento la noticia.

*

Llega el día. Se abre la sesión.

Como no oigo, y mi vista ha empeorado mucho el último año, estoy algo aturdido, entro en una oscura sala de audiencias, tienen que ayudarme, solo vislumbro alguna que otra cosa. Habla el fiscal, contesta mi defensor, nombrado de oficio. Luego hay una pausa.

Yo ni he oído ni visto lo que ha pasado, pero estoy tranquilo y observo cada vez más lo que hay a mi alrededor. Después de la pausa me ceden la palabra para que exponga mi caso. Me resulta un poco difícil con esa luz tan mala, me dan una lámpara, pero no veo con ella, sostengo unos papeles en la mano, pero ya no intento averiguar lo que pone en ellos. Da igual. Lo que dije viene a continuación, según la versión estenográfica.

(Nota: A partir de aquí se reproduce la ortografía del informador, y no ha sido corregida por el autor).

*

«No voy a robarle mucho tiempo a este honrado tribunal. No soy yo quien hace mucho, mucho tiempo, varios años, anunció en la prensa que se ofrecería todo mi capítulo de culpas. Fue un hombre de la dirección general de indemnizaciones quien lo hizo, un abogado, en compañía de un periodista. Por cierto, esto me viene muy bien. Hace dos años expliqué en una larga carta dirigida al Fiscal General del Reino que rendiría cuentas sobre mí y todo lo mío. Me ha llegado la oportunidad, y quiero contribuir a que mi capítulo de culpas sea presentado de un modo ordenado y ético.

En el transcurso de los años, he visto de sobra a personas que se han defendido con cuerpo y alma, ayudadas por abogados y procuradores, sin que les haya servido de mucho. Por regla general, la sentencia ha resultado poco influida por tanta pericia. Más bien ha seguido la petición del fiscal general, la llamada petición. Se trata de un concepto misterioso del que no entiendo gran cosa. Renuncio aquí y ahora a ser habilidoso.

Asimismo, debo pedir disculpas por mi afasia, que hace que mis palabras, es decir, la expresión que quiero usar en cada momento, a menudo vaya más allá de lo que pretendo decir, y otras veces no llegue.

Por otra parte, he contestado ya antes a todas las preguntas, si he entendido bien. Al principio, me llegaban a cada momento policías de Grimstad para entregarme papeles, que, por cierto, no leía. Luego llegó el Juzgado de Instrucción hace dos, tres o cinco años. Queda ya tan atrás que no me acuerdo de nada, pero contesté a las preguntas. Luego llegó esa larga época en la que estuve encerrado en una institución en Oslo, donde se trataba de averiguar si era un enfermo mental o no, o tal vez se tratara más bien de determinar que era un enfermo mental, y donde tuve que responder a todo tipo de preguntas estúpidas. De modo que ahora no puedo aclarar más de lo que constantemente he venido haciendo.

Lo que acabará conmigo son únicamente mis artículos en los periódicos. No hay nada más de lo que se me pueda acusar. En ese sentido mis cuentas son sencillas. No he delatado a nadie, ni he participado en reuniones, ni siquiera he estado involucrado en asuntos del mercado negro. No he regalado nada a los noruegos que luchaban en el bando alemán, ni al partido Unión Nacional, del que ahora se dice que he sido miembro. Es decir que nada de nada. No he sido miembro de Unión Nacional. He intentado entender lo que fue UN, he intentado estudiarlo, pero no sirvió de nada. Lo que sí puede ser es que de vez en cuando haya escrito en el espíritu de UN. No lo sé, porque no sé lo que es el espíritu de UN. Pero puede ser que haya escrito en el espíritu de UN, es decir, que me haya penetrado alguna cosa de lo que leí en los periódicos. En todo caso, ahí están mis artículos, a disposición de todo el mundo. No pretendo minimizarlos, hacerlos más insignificantes de lo que son. Al contrario, respondo de lo que he escrito, como siempre he hecho.

Pido permiso para subrayar que estuve escribiendo en un país ocupado, en un país ocupado por un ejército, y en ese contexto quisiera añadir una escueta información sobre mí mismo:

Se nos había ofrecido la idea de que Noruega ocuparía un lugar destacado en esa sociedad germánica mundial que se estaba fraguando. Y en la que todos creíamos; en mayor o menor grado, pero todo el mundo creía en ella. Yo creía en ella, por eso escribía como escribía. Escribía sobre Noruega, que ocuparía un lugar destacado entre los países germánicos de Europa. El que también escribiera más o menos de la misma manera sobre el estado ocupante debería ser fácil de entender. Pues no quería exponerme al peligro de resultar sospechoso, lo que en realidad y como gran paradoja ocurrió. Mi casa estuvo siempre rodeada de oficiales y soldados alemanes, incluso por la noche, sí, muchas veces también por las noches, hasta el amanecer, y a veces era inevitable que tuviera la sensación de estar rodeado por observadores, por gente que iba a controlarme a mí y a mi familia. Por parte de círculos alemanes relativamente destacados, se me recordó dos veces (si la memoria no me falla), dos veces, que yo no realizaba tantas actividades como ciertos suecos cuyos nombres me indicaban, subrayando el hecho de que Suecia era un país neutral, lo que no era el caso de Noruega. No estaban pues demasiado contentos conmigo. Se esperaba recibir más de mí de lo que daba. Teniendo en cuenta que esas eran las condiciones bajo las que escribía, debe resultar comprensible, hasta cierto punto, que tuviera que mantener algún equilibrio entre mi país y el otro. No digo esto para defenderme o disculparme. No me defiendo en absoluto. Lo expongo como explicación, como información al honrado tribunal.

Y nadie me dijo que estuviera mal lo que estaba escribiendo, nadie en todo el país. Estaba solo en mi habitación, exclusivamente remitido a mí mismo. No oía, estaba tan sordo que no se podía tratar conmigo. Me daban golpes en la tubería de la estufa de leña desde el piso de abajo para que bajara a comer, ese sí era un sonido que podía captar. Bajaba, comía y volvía a subir a mi habitación. Así fue durante meses, años, durante todos esos años fue así. Y jamás me llegó la menor insinuación. Pues no era un fugitivo. Gozaba de una pequeña fama en el extranjero. Creía tener amigos en ambos bandos en Noruega, tanto entre los partidarios de Quisling como entre los que luchaban contra él. Pero nunca me llegó una pequeña advertencia, un buen consejo del mundo exterior. No, el mundo se abstuvo por completo de eso. Y tampoco de mi familia ni de la gente de mi casa solía recibir algo de información o ayuda. Conmigo todo había que hacerlo por escrito, y a la larga resultaba demasiado molesto. Me quedaba en mi habitación. En esas circunstancias solo tenía mis dos periódicos, Aftenposten y Fritt Folk, y en ellos no se decía nada de que lo que escribía estuviera mal. Al contrario.

Y no era incorrecto lo que escribía. No era incorrecto cuando lo escribía. Era correcto, y lo que escribía era correcto.

Voy a explicarlo. ¿Qué escribía? Escribía para impedir que la juventud y los hombres noruegos se comportaran de un modo necio y provocador ante los ocupantes cuando no serviría de nada, excepto para ruina y muerte de ellos. Eso era lo que escribía de muchas y variadas maneras.

Los que ahora se sienten superiores porque han ganado, ganado en lo exterior, en la superficie, no han recibido, como yo, visitas de familias, desde las más modestas hasta las más poderosas, que acudían llorando por sus padres, hijos y hermanos, que estaban encerrados en algún campo de alambre de espino y… condenados a muerte. Sí, a muerte. Bueno, yo no tenía ningún poder, pero mandé telegramas. Me dirigí a Hitler y a Terboven. Incluso me abrí tortuosos caminos hasta otras personas, por ejemplo hasta un hombre llamado Müller, de quien se decía que tenía mucho poder entre bastidores. Supongo que en algún lugar existe un archivo en el que se encuentran todos mis telegramas. Hubo muchos. Enviaba telegramas día y noche cuando el tiempo apremiaba y se trataba de vida o muerte para mis compatriotas. Pedía a la mujer del administrador de mi finca que enviara mis telegramas por teléfono, ya que yo no podía hacerlo. Y fueron esos telegramas los que hicieron que los alemanes empezaran a sospechar de mí. Me consideraban una especie de mediador, un mediador no del todo de fiar, a quien convendría vigilar un poco. El propio Hitler acabó por rechazar mis peticiones. Le aburrían. Me remitía a Terboven, pero Terboven no me respondía. No sé si mis telegramas sirvieron de algo, ni tampoco si mis articulillos en los periódicos espantaron a mis compatriotas, como era mi intención. Es probable que en lugar de esa actividad mía tal vez inútil en el telégrafo, hubiera debido esconderme a mí mismo. Podría haber intentado huir a Suecia, como hicieron tantos otros. No me habría perdido en ese país. Allí tengo muchos amigos, y a mi poderoso editor. Y también podría haber intentado huir a Inglaterra, lo que hicieron muchos, y luego volvieron como héroes porque habían abandonado su país, huido de su país. Yo no hice nada de eso, no me moví, jamás se me ocurrió. Pensé que como mejor podía servir a mi país era quedándome donde estaba y seguir con mi granja agrícola como mejor podía en esa época de tanta estrechez, cuando en nuestra nación faltaba de todo, y, por lo demás, usar mi pluma a favor de esa Noruega que luego ocuparía un lugar tan alto entre los países germánicos de Europa. Era una idea que me atraía desde el principio. O más que eso, me entusiasmaba, me obsesionaba. Creo que no se me quitó en ningún momento de la cabeza en todo ese tiempo sentado en mi soledad. Me parecía una gran idea para Noruega, y hoy sigo pensando que era una gran idea para Noruega, una idea por la que merecía la pena luchar: Noruega, ¡un país independiente que brillaría con luz propia en la periferia de Europa! Yo tenía una estrella entre el pueblo alemán, de la misma manera que tenía una estrella entre el pueblo ruso, esas dos poderosas naciones me protegerían y no declinarían siempre mis peticiones.

Pero lo que hice se torció, se torció. Pronto llegué a sentirme desorientado, y aún más desconcertado me sentí cuando el rey y su gobierno abandonaron el país por voluntad propia, dejando aquí sus funciones. Aquello me dejó sin base. Quedé colgando entre la tierra y el cielo. No tenía ya nada firme a que agarrarme. Así que me puse a escribir, escribía, enviaba telegramas y meditaba. Mi estado durante ese tiempo era la meditación. Meditaba sobre todo. De esa manera pude recordarme que cada uno de los grandes hombres de la cultura noruega habían pasado primero por la germánica Alemania para hacerse grandes en el resto del mundo. No me faltaban razones para pensar así. Pero se me criticó por ello. Se me criticó también por ello, aunque es una evidencia en nuestra historia, en nuestra historia reciente.

Pero no me llevó a nada bueno, no, no me llevó a nada bueno. Al contrario, llevó a que ante los ojos y corazones de todo el mundo yo estaba traicionando a esa Noruega que quería elevar. Que la traicionaba. Bueno, si tiene que ser, así será. Así será como quieren acusarme ahora todos esos ojos y corazones del mundo. Es mi pérdida con lo que tengo que cargar. Dentro de cien años todo se habrá olvidado. Para entonces estará olvidado por completo incluso este honrado tribunal. Dentro de cien años, los nombres de todos los que estamos hoy aquí presentes estarán borrados de la faz de la tierra, nadie nos recordará, nadie nos mencionará. Nuestro destino se habrá olvidado.

Se dice pues que cuando estaba escribiendo como mejor podía, enviando telegramas día y noche, en realidad estaba traicionando a mi país. Se dice que fui un traidor a mi patria. Así será. Pero yo no lo sentía así, no lo vivía así, y tampoco hoy lo siento así. Estoy en paz conmigo mismo, y tengo la mejor de las conciencias.

Aprecio bastante el sentido común. Y más aún aprecio el sistema judicial noruego, pero no tanto como aprecio mi propia conciencia del bien y del mal, de lo correcto y lo equivocado. Soy lo suficientemente viejo como para tener mi propia pauta y esta es la mía.

En mi vida, bastante larga ya, en todos los países por los que he viajado y entre todos los pueblos y gentes con los que me he mezclado, siempre he conservado y sostenido la patria en mi alma. Y aún pretendo conservar allí mi patria, mientras espero mi sentencia final.

Ahora doy las gracias al honrado tribunal.

Solo son estas pocas y sencillas cosas las que he deseado expresar en esta ocasión, con el fin de no estar siempre tan mudo como sordo estoy. No pretendo que sea una defensa por mi parte. Si así suena, se debe al tema y la materia de mi discurso, a que he tenido que mencionar algunos hechos. Pero no ha sido mi intención presentarlos como una defensa, razón por la que no he dicho nada de mis testigos, de los que sí tengo algunos nombres que dar. Y tampoco he querido mencionar toda esa otra documentación que también poseo. Eso puede esperar a otra ocasión más adelante, tal vez a mejores tiempos ante un tribunal que no sea este. También llegará un día después de este, y puedo esperar. Tengo el tiempo por delante. Muerto o vivo, lo mismo da, y sobre todo le da lo mismo al mundo cómo le vaya al individuo, en este caso a mí. Pero yo puedo esperar. No tengo otra cosa que hacer».

*

Después de mi discurso habló el fiscal, y después de él mi defensor. De nuevo permanecí sentado durante horas sin enterarme de lo que pasaba. Al final, el tribunal me entregó un par de preguntas por escrito, y las respondí.

Así transcurrió el día. Se hizo de noche.

Había terminado.

*

Llega algo de correo, cartas y telegramas, lo dejo todo en un montón, ya lo abriré más adelante. Transcurren unos cuantos días, llegan las Navidades, regreso a mi casa en Nørholm y lo veo todo de nuevo. Resulta extraño verlo ahora, los páramos están nevados, la cala helada y la vieja bóveda celeste por encima de todo igual que siempre. Normal y corriente, y sin embargo extraño para mí.

Después de la sentencia llega una época tranquila, con lectura del extracto de los procedimientos y un recurso al Tribunal Supremo. Habrá que esperar, como antes, es verdad, y de nuevo perspectivas muy largas, pero hemos avanzado otro paso.

He retomado los paseos diarios de mis tiempos en la residencia, hago un tramo de camino parecido al que hacía allí, y tardando aproximadamente lo mismo: de Nørholm hasta el puente, cruzando por el canal y vuelta a casa, hora y media o dos. No es divertido caminar por caminar, tampoco resulta divertida ninguna otra cosa. Ya no sirvo para trabajar con las manos, debería haber muerto hace mucho tiempo. ¿A qué estoy esperando?

Dejo que Arild se ocupe de mi correo, el viejo y el nuevo, manda algún agradecimiento que otro a distintos países, el resto lo tira. No cuento con que mucha gente acuda a mi entierro.

A propósito, no seré enterrado, seré cordialmente incinerado todo yo, ¡con mi agradecimiento a Dios nuestro Padre por la vida que me dejó vivir en esta tierra!

Ahora podría aprovechar la ocasión y pronunciarme sobre la incineración de cadáveres en general. Tengo libros, podría hacer un esfuerzo y buscar en ellos algo sobre la incineración de cadáveres. ¿Por qué no lo hago? Por la sencilla razón de que no consigo llegar a mis libros. Los tengo cerca, pero no puedo acceder a ellos, están en su propia casa bajo la ladera, y este invierno resulta completamente imposible llegar hasta allí, debido a la cantidad de nieve que hay. ¡Qué situación!

¿Estoy diciendo bobadas? ¿No puedo conseguir que la máquina quitanieves se desplace hasta la casa? Me explicaré con precisión: los hombres tienen otras cosas de que ocuparse, los caballos tienen que llevar estiércol hasta los grandes pantanos, es un largo camino, y resulta pesado pelear durante semanas y meses con montones de nieve de varios metros de altura. Podría conseguir que la máquina quitanieves se desplazara hasta allí, pero no solo sería llegar hasta allí, luego hay una cuesta hasta la propia casa, de la que solo se puede quitar la nieve con las manos. Y tampoco eso es todo: también hay una escalera, una gran escalera de piedra cubierta de muchos metros de nieve dura, y esa escalera no tiene barandilla, lo que la hace peligrosa por todos los lados, y yo estoy mareado y padezco de arteriosclerosis.

¿Me he explicado ya?

Es diferente en el verano, puedo subir la escalera saltando, porque entonces no hay nieve allí para borrar mi capacidad visual.

Mis mareos tampoco son un pretexto. Desde niño he sufrido de mareos, no me han molestado mucho, solo un poco. Leo sobre tipos duros que trepan chapiteles de iglesias y me agarro valientemente al sillón. Me quedaba agarrado y tumbado junto a la Torre Eiffel al ver el ascensor subir hasta arriba. Para subir o bajar una escalera tengo que girarme alternativamente a la derecha y a la izquierda. Eso no tiene nada que ver con mi decrepitud, sufría de lo mismo ochenta años antes de volverme decrépito. ¡Ay, tengo entendido que todo esto le resulta muy sencillo al hechicero! Tenía yo un hermano mayor que bailaba muy bien y era en todo un chico normal y corriente, pero era incapaz de elevarse lo más mínimo en el aire. Se mareaba cuando iba a bajar las ovejas de las colinas por las tardes. Era demasiada altura. Por lo demás estaba muy bien. Murió con la mente clara a los noventa y un años.

*

El tiempo templado alterna con el frío, pero siempre hay heladas nocturnas. Nada de qué quejarse. La cala de Nørholm se vuelve a abrir y se vuelve a helar, y al final se hiela para todo el invierno. Estamos en enero, a día veinte desde Navidad, el invierno se encuentra en pleno apogeo. Días oscuros y cortos, los periódicos están vacíos desde hace meses, el aliento sale como humo y vapor de las bocas de humanos y animales.

Ha llegado la época en que tres hombres salen a la helada cala de Nørholm con un trineo entre ellos. Se paran cuando no se atreven a seguir avanzando, hacen agujeros en el hielo con un hacha y se ponen a pescar. Permanecen allí sentados hasta que les duele la espalda, hasta el crepúsculo, fumando, pasando frío, aguantando. De vez en cuando se palpan el bolsillo y sacan un trozo de pan. Si tienen un minúsculo pensamiento en sus cabezas no lo usan ni lo necesitan, son pacientes y están vacíos, llenos de nada.

Luego se levantan y vuelven a sus casas.

No tienen ganas de enseñar lo que han capturado. Solo uno de ellos sabe hablar, al preguntarle me contesta de mala gana, mira al trineo y dice que no, que no hay gran cosa. Es como si les diera vergüenza, y tal vez no sea de extrañar: tres hombres, tres jornadas de trabajo, y esos miserables pececillos.

Bueno, no está tan mal, comento sobre la captura, siendo en realidad bastante falso. Podría estar peor.
Estamos acostumbrados tanto a lo peor como a lo mejor, dice el que tiene el don de la palabra.
Sus compañeros se alejan, irritados porque el hombre está hablando conmigo.
¿Pero no hace frío allí fuera en el hielo?
Sí. Pero eso no tiene remedio.
No.
Porque lo que ocurre, dice, es que una comida de pescado fresco nos viene muy bien.
Dios mío, no se me había ocurrido. Y me avergüenzo, y me arrepiento por dentro. La familia. Los niños.
¿No vienes?, gritan los otros, volviendo a por él.
Los miro. Apenas los distingo en la penumbra: son jóvenes, no tienen ni familia ni hijos.

*

Es increíble cómo la gente puede disfrutar en un mundo muerto de nieve, cómo gente adulta puede hacer castañetear los dientes y disfrutar por los caminos.

Una mujer aparece delante de mí en mi paseo hasta el puente.

No me fijé por dónde había llegado, si por un camino lateral o de una de las casitas, pero llevaba un abrigo oscuro y botas de goma, y era un placer tener ante mis ojos a ese ser humano como una marca en medio de la lunática blancura.

Por fin, al cabo de un buen rato, la mujer se detuvo. Como si estuviera harta de llevarme detrás. Cuando quise adelantarla, sacó una cámara (o como se llame) para fotografiarme.
Le dije que no con la cabeza.
Ella sonrió y me suplicó, como con el rostro pobre.
¿No me lo permite?
No, ya me han retratado bastante en mi vida.
Estoy esperando al autobús, dijo, pero no hay ningún sitio donde sentarse.
Me quito el jersey y se lo pongo en el borde de la nieve.
Nada de eso, ¡está usted loco!, grita ella. Por favor, vuelva usted a ponérselo inmediatamente.
Bien. Por cierto, hace calor, digo. Lo que ocurre es que no encontré mi sombrero de paja al salir.
Creo que estamos a un par de grados bajo cero, dijo ella. ¡Qué cosa!, añadió, se mordió la lengua y me miró.
¿Se dirige usted a la ciudad?, le pregunté.
Déjeme sacarle una foto. Me gustaría mucho tenerla.
¿Es usted de algún periódico?
¿Yo? En absoluto. Pero usted llevaba tanto tiempo andando detrás de mí…
Es que veo muy mal y me ayudaba tenerla delante.
Ah, por eso fue.
¿Va usted por ahí sacando retratos de la nieve?
Pues sí. De la nieve en los árboles. Resulta bonito.
Ahí viene su coche, señorita.
Pero ella levantó la vista y lo dejó pasar. En el mismo instante aprovechó para sacarme una foto.
Me pareció demasiado astuto por su parte y dije: ¡No sé cómo puede tener ganas!
¿Ganas de qué?, preguntó ella inocentemente.
Me temía más muestras de habilidad por su parte, le dije adiós y la adelanté.
Cuando volví del puente, ella aún no se había marchado. Se me acercó y quiso que la escuchara: ¿Ha estado usted junto al puente? Va allí todos los días. Para eso tiene usted ganas. Usted tiene ganas para lo suyo y yo para lo mío.
Quería pagarme con la misma moneda y, por desgracia, me dejé engañar. Mientras usted está ocupada en sus juegos de niños, hay gente en nuestra vecina Europa que se muere de hambre. ¿Lo sabe?
He leído sobre ello, contestó ella.
Ha leído usted sobre ello.
Sí, ¿y qué más podemos hacer? ¿Qué hace usted? Cuéntemelo.
Me vi obligado a callarme y bajar la vista. No sé si moví la boca para decirme una palabra a mí mismo y a los demás culpables. Todos somos culpables. Somos millones de culpables.
Un autobús pita, ella hace señas y se sube. ¡Resulta que no se dirige a la ciudad, qué va, vuelve por el mismo camino por el que ha llegado!
¿Qué era lo que se había movido dentro de ella? Nada. ¿Y qué es esa pequeña idea nuestra de ir actuando por las carreteras?
Creo que ella era periodista o algo así. No he vuelto a verla desde entonces.

*

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