Por senderos que la maleza oculta (V)

Knut Hamsun








De vuelta a la residencia de ancianos.

Son menudencias las cosas sobre las que escribo, y son menudencias lo que escribo. ¿Qué otra cosa pueden ser? Soy un preso preventivo alojado en una residencia de ancianos, pero aunque hubiera estado encerrado en una cárcel, no habría tenido cosas más grandes sobre las que escribir, tal vez más pequeñas. Todos los presos tienen que escribir sobre los dichosos sucesos de todos los días y esperar su sentencia, es lo único que tienen que hacer. Silvio Pelico estuvo en una cárcel austriaca y escribió sobre un ratoncito al que adoptó, su ratón adoptivo. Yo escribo sobre algo parecido, por temor a lo que pudiera sucederme si escribiera sobre otra cosa.

Entre otros asuntos tenemos el de cierto gallo y la primera vez que iba a cantar. Era un asunto serio. Ni siquiera había mencionado que era macho, por temor a que alguien lo comprobara. Hizo un par de selectos trucos con el cuello, tanteando. Luego hizo unos trucos aún más selectos y fue incapaz de seguir. El pobre estaba solo en este mundo y no se atrevió. Entonces oyó algo que llegaba de su garganta, fue horrible, ¡y en ese instante lo hizo! Las gallinas se acercaron enseguida a mirarlo. ¿Qué estaban mirando? Él no había cantado. Le dio vergüenza y seguía callado, pero nadie podría decir que había cantado. Ya entrado el día lo hizo de nuevo, ya no lo negaba, no servía de nada, tendría que ser lo que fuera. Ay, qué lleno está el mundo de abismos sin fondo. Luego lo hizo a menudo.

Un día, ya adulto, y todavía sin entender nada, se pisó el ala. Una gallina levantó la vista. Él volvió a pisarse el ala y la gallina volvió a levantar la vista. ¿Se estaría burlando de él? Le hizo una reverencia, riéndose de él, y eso él no lo toleró. De repente se abalanzó sobre ella y le mordió la cresta. Se convirtió en una grave pelea, levantándose plumas y plumones a su alrededor. Y ay, acabó en un gran abismo.

Una noche, algún tiempo después, él estaba sentado en su palo dormido. Como en las sagas, Torarin el cazador se iba a la guerra, etc., pero entonces una mano le agarró y se hizo la oscuridad, una oscuridad sin fin.

*

Está lloviendo, pero sin fuerza, y a mí no me molesta, tengo paraguas. Encuentro ese escondite en el bosque donde he estado antes. Está ocupado. ¿Cómo? Sí, está ocupado.
¡Martin!, digo.
¿Así que me reconoce usted?, dice él.
Martin de Kløttran, de Hamarøy.
Tiene el mismo aspecto que la última vez. Corriente y de mediana edad, acaso con algo más de barba y pelo. No harapiento, pero sí remendado, reparado y zurcido, ay, qué zurcido, llevaba los zapatos al hombro e iba descalzo. Tenía los pies decentes y limpios después de haber andado bajo la lluvia.
Entre nosotros no hay ningún secreto ni nada artificioso, nos conocíamos de antes, él me habla de usted y de tú indistintamente, y se muestra amable. ¡Qué sorpresa volver a verte!, decimos los dos, pero ¡Gracias a Dios que te he encontrado vivo!, dice solo él.
Sabía que este escondite era tuyo, por eso me senté aquí. No te enfades por eso.
¿Cómo lo supiste?
Encontré estos papelitos. ¿Quieres que te los devuelva?
No. No son más que unas notas.
¿Versos, canciones y cosas así?
Tal vez, tíralos. ¿Vienes del norte?
Sí, esta vez vengo del norte. Y vuelvo al norte.
¿Sigues caminando por el país?
Sí, no se puede decir de otra manera.
¿Y rezas a Dios?
Ah, sí, Dios es misericordioso. Ayudé en las labores de primavera en una granja, era un sitio bendito, tenían órgano.
¿Te recompensaron con algo?
No. Me dieron un saco de patatas.
¿De patatas?
No pedí nada más. Es mucho recibir hoy en día, pronto no tendrán patatas en ningún país.
¿Entonces lees los periódicos? ¿Puedes leer sin gafas?
Sí, sin gafas. No soy tan viejo. Pues sí, leo un poco los periódicos. Y en la granja donde estuve organizamos varias reuniones. Cantaban muy bien acompañados por el órgano.
Al leer los periódicos, ¿has encontrado algo sobre Truman?
No. ¿Truman?
Sí, es el presidente de América.
Soy muy poco ilustrado, señala él.
¿Has leído algo sobre Kirsten Flagstad?
¿Flagstad, en la región de Lofoten? Sí, sé dónde está.
Es una gran cantante. Viaja por todos los países cantando.
Comprendo, pues yo entiendo de pocas cosas, por desgracia. ¿Ella viaja por el mundo solo cantando? Debe de ser bonito.
Sí. En grandes salas y en iglesias. Y hay miles de personas escuchándola.
¡Ay, Dios mío! Yo no sé cantar. Debería haber aprendido para poder cantar por ahí. Yo también tengo ese don de Dios, no puedo decir otra cosa, pero lo que canto no es bonito, aunque sé solfeo. Estoy aquí mirándote, ¿te has atado el chanclo?
Sí, aunque tengo un par nuevo.
Comprendo.
Sin estrenar, aún no me los he puesto. Me surten de ropa desde mi casa.
Pasé por delante de tu finca, ¿cómo se llama? Ah sí, Nørholm. Pasé por allí hace algún tiempo. Una finca grande. Pero necesita cuidados.
Sí.
Ya ves lo perecedero que es todo en esta vida cuando no se cuida.
Sí, sí, Martin. ¿Qué haces con las patatas?
¿Con las patatas? ¿Que qué hago con ellas? Pues las aso en las brasas cuando ando por ahí. Para mí significan muchas buenas comidas. ¿No te has dado cuenta?, me pregunta.
Sí, muchas veces, en mi infancia.
Saben tan maravillosamente bien…
Sí.
No sé de nada más sabroso para cuando llevas mucho tiempo caminando y sientes hambre.
¿Has estado en Helgeland desde que te vi la última vez?, pregunto.
¿En Helgeland? Pues sí.
Quiero decir si has oído algo más sobre ese maestro de escuela que desapareció en América.
No, no lo han encontrado.
Es una pena para su familia, quiero decir.
Silencio.
¿Cómo se llamaba ella? ¿Alvilde? Y dos hijos.
Silencio.
¿Ha preguntado a la Cruz Roja o al Ejército de Salvación?
Sí, ha preguntado, contesta. No lo encuentran.
Dime, Martin, ¿por qué no se vuelve ella a Hamarøy, a estar con su gente?
Se toma mucho tiempo para contestar: No puede volver a su casa.
¿Y eso?
Cayó en desgracia hace algún tiempo. Yo no debería contar esto.
¿En desgracia?
Al ver que se calla, reflexiono y no pregunto más. Reconozco ese suave lenguaje de Hamarøy sobre las jóvenes que «caen en desgracia». Y me quedo sumando y restando para mis adentros.
Todo resulta muy raro, dice en voz baja. Una niña, ay, un angelito de Dios, estaba sentada en la hierba, pero no me atreví a acercarme más para no asustarla. Hacía un tiempo tan bueno que la pequeña llevaba solo una camiseta y una cinta de seda azul alrededor del cuello. Jamás me había imaginado que alguien pudiera ser tan hermoso.
¿No tienes una foto de ella?
¿Yo? Qué va. Ni siquiera entré a decir que estaba allí.
¿Por qué no entraste?


Cuando voy por allí no le hago más que daño. Es muy triste, ella opina que yo tengo la culpa de que el maestro se fuera, porque yo fui el que le prestó el dinero para el billete.
Bueno, digo yo, de un modo bastante brutal, pero al menos no tienes la culpa de que ella tuviera un niño.
Sí, ella dice que sí, contesta. También dice que soy yo el que ha cambiado su vida entera en la tierra.
Los dos callamos.
¡Está aclarando!, dice, refiriéndose a la lluvia y mirando hacia fuera. El sol está asomando. Ya luce. Luce.
Siento lástima por Martin, pero no me atrevo a dárselo a entender, me da pena, está tan remendado y zurcido… Me gustaría llamarlo hermano o pariente, pero a él no le haría gracia. Hay tantas vidas diferentes.
Me gustaría mucho saber cómo se llama ella, dijo. Estaba sentada en la hierba con algo entre los dedos. Podría ser bueno saberlo para cuando les envíe algunas cosas por Navidad. Si lo supiera, podría mencionar su nombre.
¿No puedes escribirle y preguntarle?
No. Y no te imaginas lo bonita que era. He visto niños antes, todos hermosos y a imagen de Dios, no puedo decir otra cosa. Pero ella estaba sentada tan tranquila en la hierba jugando sola y ¡jamás había pecado!
Los ojos azules y un poco cansados se le empañaron.
¿Quién es el padre de la niña?, pregunto.
No lo sé, responde tajantemente. Tal vez un hombre del pueblo.
Bueno, pensaba que tal vez pudiera casarse con él.
No, no, qué va. Ella está casada.
¿Se lo preguntaste?
¿Yo? ¿Qué quieres decir? ¿Iba yo a…? Pero ella misma dijo una vez, sin que se lo hubiese preguntado, que nunca podría volver a casarse.
Ya debe de tener sus años, ¿no?
¿Ella? No, no lo creas. Está igual de joven que antes, no se le notan nada los años.
Bueno, bueno, Martin. Ha sido un placer verte de nuevo, digo, cerrando el paraguas. He pensado en ti a menudo, eres un caminante fiel, necesitas tan poco, te limitas a caminar. Así eres.
¿Crees que volveremos a vernos una vez más?
Quiero evitar una grandilocuente despedida, y no contesto. Pero pregunto: ¿No te cansas de andar?
No. Cuando me canso, me tumbo. En el nombre de Dios.
Oye, Martin, ahora que me acuerdo: ¿Sabías ya el año pasado cuando te conocí lo que había sucedido en Helgeland?
Miró hacia otra parte: No debería haber dicho nada. Ni haberlo mencionado.
¿Pero lo sabías ya el año pasado?
Sí, contesta.
Cuánto ha callado, cuánto peso ha sobrellevado con paciencia. ¿Estaba reprimido? No daba esa impresión, solo la de ser un hombre tranquilo y bueno.
Martin, no te entiendo. Pero no está bien por su parte echarte la culpa de la situación en la que ahora se encuentra. En absoluto.
Tampoco es fácil para ella, contesta Martin. No es viuda ni nada. Y tiene que convivir con otras personas.
Veo que quieres cargar con todo, pero no entiendo por qué.
¿Cargar con todo? Tengo un buen ayudante, dice. Acudo a Dios con todas mis penas. Si no, me habría ido muy mal en la vida. Ruego a Dios que no me abandone. Tú también deberías hacerlo. Piensa en la edad que tienes.
¿Qué harás ahora, cuando te marches de aquí?
Iré a por mi mochila, que dejé en una cabaña, pues tengo que ponerme ropa bonita para esta noche, cuando hable en la congregación. Es una casa muy grande con muchas ventanas. Vendrá gente…
Yo no voy a poder oír nada aunque acuda.
No, pero me acordaré de ti cuando esté allí. Me gustaría llegar a Dios esta noche. En compañía de un viejo amigo. Ya que los dos somos de Hamarøy y somos viejos conocidos…
Era verano y brillaba el sol. Nos separamos, pero yo ya había hecho planes para acudir a la reunión. Me sentaría junto a la puerta a observar.
Ya te vas, buena alma Martin de Krøttran. Llevas dentro una flor, una minúscula flor de pecado dentro de ti, tu enamoramiento desesperado por la joven Alvilde, que no quiere saber nada de ti. Pero un día sabrás que Alvilde se ha casado con ese hombre del pueblo, no queda otro remedio, tendrás que inclinarte ante el golpe. También en esa situación acudirás a Dios para decirle que eso no ha sido bueno para ella.

Camino de casa, seguía reflexionando sobre todo aquello. No tenía más ropa que la que llevaba puesta, pero me quitaría el cuello duro, por si alguien me reconocía y me preguntaba por qué yo, un hombre sordo, acudía a una reunión de ese tipo. Me pondría un pañuelo oscuro al cuello y dejaría en casa mi bastón, que era tan amarillo y tan claro.

Esta vez Martin no ha mencionado su almanaque, pensé. También esa era una tendencia conocida, ya no era tan importante que alguien leyera su almanaque, el tiempo había adelantado al escritor y su obra, habían sucedido cosas nuevas.

No podía ignorar su necedad, ahí estaba, pero me gustaría llamarlo ingenuidad, infantilismo. Cuando hablaba de la pequeña sentada en la hierba sin haber pecado jamás, él era un santo, una herramienta de Dios, él mismo era inocente.

No me costó nada encontrar el local de la reunión, en vallas y postes de teléfono habían pegado carteles con dos nombres: el de Simon Trostdahl, licenciado en Teología y secretario de la juventud, y el de Martin Enevoldsen, aparentemente ambos conocidos en la región. Esta noche reunión. Todo el mundo será bienvenido. Había mucha gente fuera y dentro, todas las ventanas estaban abiertas, y algunos escuchaban desde el exterior, junto a las ventanas.

Un pequeño cuarteto del pueblo cantó un salmo, y el secretario de la juventud tomó la palabra. Era un hombre de buena presencia, entrenado en orar tomando como punto de partida un determinado pasaje de la Biblia, y también en buscar con dedos rápidos otro cuando hiciera falta. No sé lo que dijo, tal vez no fuera gran cosa, yo no oía, solo miraba. El hombre habló durante media hora.

Estuve observando a Martin. Lo seguía todo y parecía feliz. Cuando el secretario de la juventud se calló, Martin movió la cabeza como si la reunión vespertina estuviera yendo muy, pero que muy bien, tanto los discursos como el canto de salmos. Se levantó, entrelazó las manos y movió la boca, supe que estaba rezando. Lo supe porque muchísimos de los presentes también entrelazaron las manos y participaron en la oración. De esa manera se entregó a la edificación.

No buscó ningún pasaje bíblico por el que guiarse, y el que de vez en cuando dejara la mano sobre la Biblia en la mesa era pura casualidad. Pero seguía moviendo la boca, de modo que algo estaría diciendo. Digo yo que el buen Martin no habría leído o pensado mucho, difícilmente podría elegir un tema y explayarse sobre él, como hacían otros predicadores, él era tan ignorante como los apóstoles de Jesucristo. De experiencia religiosa contaba con la de su juventud, cuando, sentado en la nieve bajo un saliente de una montaña, fue atravesado por una intensa luz que venía de arriba. Pero no era una luz, era un cielo entero lo que descendió sobre él, era Dios.

Solía decir que él no oraba, no tenía conocimientos para ello, él sólo rezaba a Dios. Sería lo que él decía: tenía su propio modo. Vi ojos brillantes entre los presentes, pañuelos que asomaban, no era imposible que a algunos les diera pena ese buen hombre de mediana edad que caminaba descalzo por el país y que apenas necesitaba comer. En verdad, era un hombre capaz de conseguir que la gente se uniera a él en la oración, los atraía, se unían a él y lo seguían con la mirada. En una ocasión vi que señalaba una pizarra colgada junto al espejo, pero a la distancia a la que se encontraba no pude leer lo que ponía. Luego lo vi detenerse ante unos niños que se acercaban, corrió a recibirlos, asombrado e iluminado. Supongo que alguien los habría bajado de sus rodillas para librarse un momento de ellos, pero Martin no tuvo nada en contra de ocuparse de los pequeños, eso era evidente, los levantó a ambos y rezó por ellos a Dios con las mejillas enrojecidas.

Todo el tiempo tuve que prescindir de las palabras que usaba.

Pero todo aquello… bueno, ¿qué era todo aquello en realidad? Una llamada edificación, la gente había tenido una velada edificante. Para ellos todo eso era una realidad viva en la que apoyarse en los días venideros.

Cuando se despidieron fuera, en la calle, bajaron un poco a la tierra de nuevo, dad recuerdos en casa, y frases de ese tipo. Pero el secretario de la juventud volvió a tomar la palabra, diciendo que quería añadir un par de cosas. Tuve la sensación de que de repente me había descubierto, y eso me hizo encogerme. Por lo que pude captar con mis sordos oídos, ese licenciado en Teología era un buen predicador, además de sumamente simpático a su manera.

Los incrédulos dicen que les resulta imposible creer en lo que nosotros creemos. Dicen que lo nuestro es superstición, o directamente que es nuestra estupidez lo que nos convierte en creyentes. Y enumeran un montón de cosas de la Biblia que no pueden captar con la razón. Pero querido, entre nosotros viven algunos seres humanos que creen como nosotros y que no pueden ser tachados de estúpidos, ¿no es así? Ah, grandes profesores y sabios que conocemos, podríamos nombrar uno tras otro, personas que no son menos importantes que el mismísimo Pascal. ¿Cómo se puede explicar entonces que esos hombres y mujeres salgan a testificar por escrito y hablando precisamente sobre esa misma fe que tenemos en común para nuestra salvación y gloria? No pretendo ser un sabelotodo, ni mucho menos. Pero puedo explicar esta cuestión en toda su sencillez. Ese es el milagro. Conseguimos esta firme fe y seguridad en nuestros corazones gracias a la instrucción del Espíritu Santo. Ese es el milagro que ocurre en nosotros por la gracia de Dios. No sé si lo explico lo suficientemente bien, pero al menos resulta extraño que los incrédulos sigan siendo completamente indiferentes ante su propio bien. Su inteligencia debería aconsejarlos mejor.

Estuvo a punto de convertirse en una nueva edificación.

Martin ya se había marchado hacía tiempo.

*

¿Fue el año pasado o hace ya más tiempo que me encontraba en plena posesión de mis sentidos y fuerzas humanos? Lo recuerdo como una visión. Por las mañanas daba saltos en un magnífico estado de salud, y si había escrito algo por la noche, saltaba aún más alto, dando gracias al cielo por existir. Ahora no lo hago. No estoy en una residencia de ancianos para llamar la atención.

Por cierto, no sé por qué estoy aquí.

Una noticia por vigésima vez sobre mi «causa»: el 3 de junio leí en los periódicos que mi causa ya estaba ultimada y que el expediente ya se había enviado al tribunal de primera instancia de Grimstad, a la espera de sentencia. Algún tiempo después se pudo leer que el tribunal de primera instancia de Grimstad no había recibido ningún expediente, y que mi causa había sido aplazada hasta el otoño.

Después de 1947 viene el 48, 49, 50… 60…

Veo una bandera a media asta. Alguien ha muerto, pero no soy yo. Tampoco es nadie de nuestra residencia, pues nosotros somos muy duraderos. Nos movemos despacio por nuestra vida cotidiana y no hacemos nada disipado. Por otra parte, no permitimos que ningún detalle nos pase inadvertido, entonces nos ponemos a murmurar. Nos mantenemos informados de quién entra y quién sale por las puertas, de quién se ha fabricado un nuevo bastón, quién se ha comprado una nueva boquilla para la pipa. Pero cuando llegamos al tema de que el perro del vecino ha ladrado mucho por la noche, entonces no paramos de murmurar.

Creo que he mencionado que una de nuestras dos bellezas que llevaban la contabilidad en el piso de abajo nos abandonó el año pasado. Ninguno de nosotros tuvo fuerza suficiente para retenerla. Pero ahora también acaba de marcharse la segunda belleza, dejándonos aquí solos. Ha sido un mazazo. No, no se pudo hacer nada, pero eso no quita que sea una desgracia. Las dos eran muy buenas y me traían los periódicos, dejando tras ellas una sonrisa rosada cuando volvían a bajar por la escalera. Pero ninguno de nosotros podemos reprocharnos nada, hicimos todo lo que pudimos para retener aquí a las señoritas. Está claro que los hombres algo más jóvenes, los que no guardamos cama, deberíamos haber tenido alguna posibilidad, pero entonces el de noventa y seis se volvió a levantar y nos estropeó todo. ¿Por qué nos hizo algo así? El hombre se había puesto una gruesa bufanda que le daba varias vueltas al cuello, solo porque la lana tenía algo rojo.

Nos sentamos en la gran terraza del primer piso, está a nuestra disposición, y allí nos encontramos a nuestras anchas, fumando o jugueteando con algo. Estamos de buen humor y no dejamos de hablar, porque el tiempo es tan magnífico que nunca hemos visto nada igual, lleva meses o semanas sin llover, la hierba se quema, habrá escasez en el invierno, los jardines jadean por falta de aire, la patata no florece.

Pero no, esas cosas ya no nos preocupan, eso ocurría hace unas generaciones, cuando éramos jóvenes. Ahora lo que discutimos es el número de escalones de las escaleras, quién puede subirlas o bajarlas sin bastón, quién puede subirlas o bajarlas de dos en dos. A veces hay por aquí unos estupendos mozalbetes de setenta u ochenta que sostienen que vuelven a tener pecas en la nariz, exactamente como en la juventud. Hace poco fue el cumpleaños de uno y le pidió a la directora que le planchara una buena raya en los pantalones. Así lo hizo. Pero creó mal ambiente. A menudo venía correteando con una cartera con cremallera tristemente gastada, como si estuviera aquí por asuntos de negocios. Un petimetre. ¿Por qué se disfrazaba con cartera y llavero con muchas llaves en el bolsillo? ¡Esas cosas no se hacen! Y además, llevaba los zapatos brillantes en mitad de la semana y la gorra ladeada sin que fuera domingo ni nada.

Justo ahora ha debido de estar presumiendo demasiado de algo, porque los demás no lo creían, qué va, estaban muy lejos de creerlo, movían la cabeza como diciendo que no, riéndose en su cara. Él los miró con desdén y acabó por marcharse.

Pero no fue una ruptura para siempre, qué va, no hubo mala intención por ninguna de las partes. En el fondo, el hombre goza de cierta popularidad, es imprescindible, no había nadie como él para explicar cosas increíbles sobre terremotos, cuerpos celestes y bombas atómicas. Cuando un avión surcaba el cielo, él sabía explicar con todo detalle cómo era por dentro.
¿Pero no va nadie dentro?, preguntaban ellos.
¿Cómo que no?, respondía él. Un montón de gente.
Nueva incredulidad. No vemos a nadie.
Él levantaba la vista y miraba hacia el avión: Por su peso en el aire diría que hay unas quince o veinte personas a bordo.
¡Ja, ja, ja, no me vengas con esas! ¿Y dónde están esas personas? ¿Tumbadas y tapadas?

*

Sé que no debo molestar a nadie con mis especulaciones, ocurrencias y presentimientos, yo tampoco lo soporto en los demás. Pero la cabeza me zumba en exceso, o tal vez sea el cuerpo o el alma lo que me zumba tanto. No se trata de un incipiente catarro o de algo que pueda remediar poniéndome o quitándome ropa, no, no, es algo muy angelical, con muchos violines. ¡Eso es, justo eso!

Al poco tiempo hay otra cosa que también es justo eso. Son versos o es un caos, pero me zumban en la cabeza. Un fastidio para mí y para los demás.

Cuando estoy harto de mí mismo, vacío e inútil, me voy al bosque. No ayuda, pero tampoco empeora la situación. Ya no oigo el murmullo del bosque, pero veo mecerse las ramas. Eso en sí ya es algo de lo que alegrarse. Conservo este sitio para mí, el mismo que localizó mi amigo Martin, de Hamarøy. Es una especie de agujero o cueva debajo de una roca, con un poco de hierba y brezo en el fondo. Aquí nadie puede acercarse por detrás y ver lo que estoy haciendo. Es una ventaja para alguien que no oye.

Tienes las manos tan anchas, tan ancha tienes la mano
Eres simple y llanamente una muchacha trabajadora
En el campo te vi como la buena samaritana
Cortando cereales como una verdadera artesana
Y para la patata fuiste tú la mejor agricultora
No lees en los libros ni sueñas grandes sueños
No hay nadie como tú —en tus mejores ratos
Cuando ardes de ternura tan lejos de tus dueños
Tan inmersa en el presente con los ojos muy risueños
Te pierdes en el fondo del misterio de la vida
Te veía labrar y dorar tus años de ama
Al convertirte en madre y nodriza a la vez
Remendabas, construías y asegurabas tu condición
Bendita entre las mujeres y que Dios te dé su bendición
Tus manos son anchas y tu pelo hermoso en la vejez
Y tu sonrisa es aún hoy una llama

En realidad no me pareció demasiado malo. Hay muchos que no lo hacen mejor. Pero claro, siempre acabo por enviciarme, intento abarcar demasiado, me sobran algunas líneas y tengo que dejar otras sin usar. No soy un Robert Burns. Ay, estoy acostumbrado, consigo demasiado o demasiado poco, y me siento molesto y desesperado, y arranco la hierba con raíz. Ahora mi hijo Arild escribirá esto a máquina para llevárselo o tirarlo, según le parezca. A mí me da igual. Estoy muy acostumbrado a tirar mis notas, he estado tirándolas durante muchos años, tirándolas, recuperándolas y volviéndolas a tirar. Llevo tres días con estos versos, tirándolos y recuperándolos aquí en mi cueva. Y he tenido que cuidarme mucho cuando hermosas estrofas que no vienen al caso amenazan con destruirlo todo.

Estamos varios compañeros reunidos. Yo acabo de publicar una colección de poemas y por fortuna he logrado evitar oír comentarios sobre la misma. Pero entonces entra Daniel y dice: ¡No hay dulzura en tus versos! Supongo que pensaba que eso era para mí una novedad. Pero no lo era. Tiene toda la razón del mundo. Y no solo faltaba la dulzura, sino también muchas otras cosas, demasiadas. Lo noto en los demás, los poemas de otros pueden conmoverme, hacerme llorar de corazón, los poemas de otros, pero yo no consigo hacerlos. Recibo muchos benditos regalos del cielo, pero reflexiono tanto sobre ellos que los destrozo. Basta con que los toque, con que manosee el polen.

No recuerdo si fue Kønig o alguna otra persona la que me habló de editar la colección, pero de todos modos fue una necedad por mi parte creérmelo. Daniel no estaba tan loco. Lo que le pasaba era que le gustaba ir de aristócrata. Había pertenecido a esa clase toda su vida, decía. Cada cual tiene su yugo, ese era el suyo. Creo que ya murió.


Y yo, yo me voy al bosque a componer versos, aunque no estoy para eso. Es mi manera de fingir. Estoy enfadado conmigo mismo por esta colección, pero no puede quedarse sin hacer. Si alguien se pusiera a buscar en ella, tal vez encontrara alguna chispa, pero nada más que eso. También recuerdo lo indiferente que me mostraba ante ella, no hice ninguna selección, sino que cogí varias hojas, las metí en un gran sobre y se las envié a Kønig.

Varios años más tarde me encontraba en el sótano de un hotel de Bodø quemando todos los poemas que tenía. Hecho. No, perdón, muchos años después me encontraba en el sótano de un hotel de Hønefoss quemando poemas por última vez. Ya no recuerdo cómo se llamaban aquellos poemas míos, pero me ayudaron a nutrir las llamas. Selah, dice David.

No es que quiera mostrar lo holgadamente que vivo, nada de eso. Pero supongo que lo que quemé no era ni mejor ni peor que la colección. Y por cierto, eso de componer versos también me ha proporcionado alegrías mientras lo hacía. A veces fueron buenos ratos, hasta con chispa.

*

Este verano el periódico Verdens Gang anunció que mi causa se celebraría en el mes de septiembre. Nadie sabe nada, pero a todo el mundo le divierte mucho escribir sobre ello. ¿Por qué no pueden callarse sobre mí y mi causa?

El mismo sol brillante, la misma sequía. Doy mi paseo diario por el campo mirando cómo se quema todo. Es un malvado milagro. El bosque sufre y según dicen habrá que replantarlo en parte, el brezo no tiene flores para las abejas. ¿Ha sucedido esto antes? Las abejas se posan en sus lugares habituales, miran a su alrededor, zumban un poco y regresan a sus casas.

Llego a un socavón en el camino. Esquivo ese horrible lugar y me mantengo en la parte de dentro. Durante mucho tiempo han caído aquí piedrecillas, residuos y basura de toda clase. Bien. Pero en el camino de vuelta me toca el lado de fuera y tengo que arriesgar la vida. Me irrita estar mareado, tener miedo y haber nacido cobarde, y hoy se me ocurre la idea de que por una vez voy a mirar hacia abajo. Me estremezco y tiemblo, pero me obligo a acercarme un poco más y mirar abajo.

De acuerdo, exageré…

No pasó nada grave, no rodé, sino que me deslicé como un cobarde de espaldas pendiente abajo. Y me paré.

Ah, no fue de ninguna manera peligroso, miré a mi alrededor. Desde donde estaba sentado no había una distancia tan grande hasta el fondo, no era tan abismal, desde lo alto descollaba sobre el mar, que estaba muy abajo, despreciándolo un poco, ignorándolo. Había aterrizado allí por casualidad, y no pretendía que tal casualidad me superase, hice como si hurgar en la basura ocupara toda mi atención, había cosas interesantes, trozos de alambre y huesos, un gato muerto y latas. Si alguien se detenía arriba en el camino, que no pensara que me había caído por el borde, le haría ver que estaba buscando algunos trozos de papel que se me habían volado con el viento.

Un papel asoma del montón de basura, un trozo de un periódico. Intento coger el periódico entero, pero fracaso y me quedo sentado con el trozo arrancado en la mano. Como no llevo las gafas, no puedo leerlo, pero parece letra gótica, lo que significa que se trata de un periódico local. Me lo guardo.


Ahora he de subir de nuevo al camino. Si hay alguien allí arriba, no quiero darle el gusto de verme subir a cuatro patas por la pendiente, de modo que ando en zig zag. No he hecho el paseo en vano, regreso con un botín en el bolsillo, la casualidad no ha triunfado.

Vuelvo a la residencia un poco agotado, pero eso solo me concierne a mí. El botín podría haber sido mejor, es verdad, pero no importa. Por cierto, resulta que al examinarlo no es tan pobre como pensaba. Era un trozo de un periódico, sin principio ni fin, un texto bastante largo, pero arrancado de un modo tan desafortunado que quedaba sin sentido. Por lo que pude entender trataba de un hombre y una mujer que llevaban una vida muy triste juntos, una historia banal de la vida de unos artistas. Podría haber tirado ese trozo de papel, pero quería algo a cambio por habérmelo llevado hasta casa. En ningún caso pretendía hacer un drama de la historia en cuestión. En eso tenía el poder de hacer lo que me diera la gana. Podría simplemente reconciliar a esos dos seres tan teatrales. Tenía poder para hacerlo. ¡Id a casa y reconciliaos!

*

¿No puedes hacer callar a esa cría?
No, como puedes oír, no soy capaz.
Vaya. ¡Esa es la ayuda que se puede esperar de ti!
Intenta tú hacerla callar.
De acuerdo. Pero me urge mucho acabar este estúpido dibujo. Son veinticinco coronas, ¿sabes?
Ni siquiera llega para el alquiler.
Ah, resulta imposible hablar contigo. Siempre me llevas la contraria.
¿Desde hace cuánto estás con ese dibujo?
Desde el año pasado, y ahora me voy.
No, no te vas, porque yo tengo que ir a entregar la colada.
Entonces vete tú también.
Y dejar a la pequeña aquí sola. ¡Y encima estoy esperando otro!
Sí, qué remedio.
Pronto me hartaré de todo.
No eres la única.
Piénsalo, otro niño. Y siendo tan joven.
Escucha, Olea, tal vez si me fuera a otra revista me dieran algo más.
Tal vez.
Pero no está acabado.
Bueno, pues siéntate a terminarlo. Y yo intentaré tranquilizar a la niña.
Bien. Borro la cabeza de Juan de la bandeja. No está muy lograda.
Es verdad.
¿Qué sabes tú de eso? Pero la borro de todos modos.
Así tal vez te quepan un establo y un pesebre.
¿¿Cómo??
Calla, la has asustado.
De acuerdo, ¡pero estás loca, Olea!
Bueno, me refería a ponerlos en una esquina, en el margen.
Jajaja. Pero si esto es el palacio del rey. En Jerusalén.
Bueno, no sé nada de eso, pero quedaba bonito como lo habías hecho. Con mucho color. Podría estar bien en una revista de Navidad.
Olea, me vas a matar. ¿Has dicho revista de Navidad?
Sí.
No se me había ocurrido.
Así es, no se te ocurre absolutamente nada. No haces más que dibujar y borrar.
No consigo hacerlo como quiero. Soy un artista.
Sí. Y yo lavo.
Conque hoy te da por ahí… Pero una revista de Navidad otra vez…
Son las que mejor pagan.
Tienes toda la razón. ¿Qué pasó con la goma de borrar?
¿Cómo voy a saberlo yo?
De acuerdo, pero solo tenemos una habitación para todo. Aquí tengo que trabajar y esforzarme.
No es culpa mía, Frode.
Cállate. ¿Sabes que tengo que borrar el palacio entero?
Qué va. Siempre exageras… Hay muchos colores bonitos.
Tienes razón, podría dejar un poco para ese establo. No me molestes, déjame seguir. ¿Podrías hacerme el favor de salir un momento con la niña al pasillo? Luego te llamo. Ven ya. Mira, aquí están el establo y el pesebre.
Es muy real.
¿Verdad que sí? Pero todo está completamente equivocado. Ya lo verás. Ese es el palacio, con un montón de gente. La hija de Herodías baila.
Sí, ya lo sé.
No sabes nada. Y luego toda esta gente, esa multitud de personas. Son reyes, príncipes y centuriones, más de diez mil.
Sí, déjalos. Pone que no había sitio para ellos en el mesón. ¡Ay, para! Acabas de borrar también a la hija de Herodías.
Sí. Fuera ella también.
Antes no decías que me fuera.
¿Qué? ¿Estás llorando?
Podrías haberme dejado en el dibujo. Yo no te perseguía.
Pero querida Olea, no podías bailar delante del establo.
Claro que podía.
Bueno. Nunca estamos de acuerdo en lo que a mi arte se refiere. Haré otro dibujo de ti con casi nada de ropa, solo un poco de gasa y, por cierto, muchas joyas.
No será tan bonito como este.
Mucho más bonito. Aún no me conoces, soy capaz de hacer arder las piedras preciosas para que echen llamas. Llevarás un collar de tres vueltas al cuello. Pero déjame primero seguir con este dibujo navideño y acabarlo ya. En realidad debería haber hecho uno nuevo, pero no hay tiempo, y este tiene, como has dicho, muchos colores bonitos. Qué bien que hayas conseguido tranquilizar a la niña.
Se ha dormido. Un collar de tres vueltas es una exageración. Pero sí me gustarían unos pendientes grandes que cuelguen.
Ahora dibujo aquí un burro.
Solo espero que no esté demasiado gorda. Ahora que estoy esperando otro.
No, no. Confía en mí. Soy un artista.
¿Confiar en ti? Perdona, pero no…
Entonces haz exactamente lo que te dé la gana.
Ya estamos discutiendo otra vez.
No sé lo que haces tú, pero yo soy bueno y me esfuerzo. Me esfuerzo día y noche.
Sí. Y yo me esfuerzo con esas coladas que son nuestro sustento.
Olea, tienes una boca muy grande para lo pequeña que eres. Ahora voy a dibujar una sola familia que tiene que estar ahí con su burro.
No quiero ver más.
No entiendo por qué estás tan enfadada. No he borrado a todo ese público que iba a contemplarte bailando, al contrario, la gente pulula por todas partes. Y dejo a los tres príncipes tal y como están, en todo su esplendor oriental. Estarás contenta, ya lo verás. Ya estoy manos a la obra, y empieza a gustarme el cometido.
Bueno, entonces me voy a entregar la colada.
No, no, espera un momento. Solo voy a incluir unos arbustos y algún cedro del Líbano. ¿A que eso no se te había ocurrido? Deberías conseguir cuarenta coronas por este gran dibujo.
¿Yo?
Sí, no cabe duda de que tú consigues más que yo. Así ha sido siempre. Porque yo tengo demasiado orgullo para escuchar a esa gente de las revistas. Inténtalo en La Estrella de Belén, Olea. Yo, en cambio, iré a entregar esa pesada colada, pobrecita.
¿Quieres hacerlo?
Sí que quiero, porque soy tu Frode, ya lo sabes.

*

(Sigue leyendo…)

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