Historia verdadera de Ah Q (II)

Lu Xun








Capítulo 4. La tragedia del amor

Hay quienes dicen: ciertos triunfadores desean que sus rivales sean como tigres o águilas, pues sólo entonces experimentan el júbilo de la victoria. Si el rival es como un cordero o una gallina, sólo sienten el tedio de la victoria. Hay otros triunfadores que, tras haber conquistado todo, tras ver morir a unos y rendirse, sumisos, a los demás, ya sin enemigos ni rivales, sin amigos, sólo se tienen a sí mismos allá arriba, solos, tristes, solitarios, y sienten entonces la tragedia de la victoria. Pero nuestro Ah Q no tenía ninguna de estas fallas, él permanecía eternamente satisfecho, lo cual tal vez sea una prueba de la superioridad mundial de nuestra civilización.

¡Mírenlo cómo flota, como si fuera a salir volando!

Esa última victoria, sin embargo, le había dejado un sabor diferente. Anduvo como volando durante todo el día, y volando entró al templo de la Tierra y los Granos, listo como siempre para acostarse a roncar. Pero en toda la noche, qué cosa tan rara, casi no pudo pegar un ojo, sintiendo una suavidad extraña entre sus dedos pulgar y anular. No terminaba de entender si era algo de la cara de la monjita que se le había pegado, o si era efecto del roce.

«Ah Q, ¡ojalá te quedes sin descendencia!».

Esta frase resonó de nuevo en su oído.

«Es cierto —pensó-hay que tener mujer; sin hijos ni nietos no tendré quien le ofrende un plato de arroz a mi espíritu… Debo conseguir una mujer».

No tener hijos es, según Mencio, la más grave de las tres actitudes no filiales, y en los comentarios a los Anales de la primavera y el otoño se habla de la tragedia de los espíritus que sufren hambre por no tener quien los alimente. El pensamiento de Ah Q, por lo tanto, se adecuaba desde todo punto de vista a la enseñanza de los clásicos y a los comentarios de los sabios. Lástima que, más tarde, no fuera capaz de dominar sus impulsos.

«¡Una mujer, una mujer!», pensó.

«Monje acaparador», siguió pensando. «¡Una mujer, una mujer! ¡Una mujer!».

Imposible saber en qué momento de esa noche Ah Q finalmente roncó. En todo caso, más o menos a partir de entonces tuvo en general esa sensación de suavidad en los dedos, y andaba como suspendido, pensando: «una mujer, una mujer».

No es difícil darse cuenta, a partir de esto, qué seres dañinos son las mujeres. Todos los chinos estarían en condiciones de llegar a santos y sabios si estas no los corrompieran. La dinastía Shang se extinguió por culpa de la concubina imperial Da Ji, y los Zhou se arruinaron por culpa de Bao Si. En cuanto a la dinastía Qin, pese a la falta de testimonios históricos, creo que no erraremos al suponer que hubo una mujer involucrada. En cambio, no hay dudas de que fue otra mujer, Diao Chan, quien mató a Dong Zhuo, de la dinastía Han.

Ah Q era una persona decente y, aunque no sabemos qué insigne maestro lo había instruido en estas cuestiones, siempre respetaba rigurosamente la distancia entre los sexos. Su sentido del decoro lo llevaba a rechazar a los herejes como la monja, el Falso demonio extranjero y demás. Creía firmemente que todas las monjas se entendían secretamente con los monjes, que toda mujer que andaba por la calle buscaba seducir a algún sinvergüenza, y que siempre que una mujer y un hombre hablaban quería decir que tramaban algo sucio. Para castigarlos solía clavarles su mirada asesina, o decir en voz alta lo que pensaba, o lanzarles desde atrás, cuando no había nadie, una pequeña piedra.

Era imposible imaginarse que a los treinta años, a la edad en que según Confucio el hombre «se afirma en su camino», iba ser hechizado por una monjita. Era algo totalmente impropio, y confirmaba lo abominable que eran las mujeres. Si la cara de la monjita no hubiera tenido esa suavidad, o si hubiera estado cubierta con una tela, el daño se habría evitado: cinco o seis años atrás había pellizcado el muslo de una mujer en medio de una multitud, frente a un escenario, pero gracias a la barrera de la ropa no había sentido ningún efecto. La monja, en cambio, no había hecho nada para prevenir el contacto; esto solo ya demostraba que era una hereje abominable.

«Mujeres…», pensaba Ah Q.

Con frecuencia observaba atentamente a esas mujeres a las que atribuía el deseo de seducir a algún sinvergüenza, y sin embargo ellas nunca le sonreían. A menudo escuchaba atentamente a las mujeres con las que hablaba, pero nunca hacían referencia a ningún asunto sucio. Esto también era algo que detestaba: que todas simulasen ser honestas.

Ese día Ah Q había estado descortezando arroz desde la mañana en casa de los Zhao. Después de la cena, se sentó en la cocina a fumar. En general el fin de la cena significaba que su jornada de trabajo había terminado. En casa de los Zhao, sin embargo, se cenaba temprano, y aunque normalmente no se encendían lámparas y todos se iban a acostar tras la cena, había ciertas excepciones. Una era cuando, en la época en que aún no había pasado el examen local, al hijo mayor se le permitía encender una lámpara para quedarse estudiando. La otra era cuando Ah Q venía a trabajar y se quedaba descortezando el arroz a la luz de una lámpara. A causa de esta excepción, Ah Q permaneció aún en la cocina fumando, antes de ponerse a trabajar de nuevo.

Wuma era la única criada en la casa del señor Zhao. Después de lavar los platos, ella también se sentó en un banco y comenzó a charlar con Ah Q:

—La señora no ha comido nada en dos días, porque el señor quiere comprar una joven concubina…

«Mujeres… Wuma… Joven viuda…», pensaba Ah Q.

—La nuera de los señores va a dar a luz en agosto…

«Mujeres…», pensaba Ah Q.

Dejó la pipa y se puso de pie.

Wuma seguía parloteando:

—La nuera…
—¡Acuéstate conmigo! —abalanzándose de golpe Ah Q se puso de rodillas frente a Wuma.

Hubo un instante de silencio.

—¡Ay! —suspiró Wuma, atónita, y de repente comenzó a temblar y salió corriendo a los gritos. Corría y chillaba a la vez y sus gritos sonaban mezclados con llanto.

Ah Q se quedó de rodillas frente a la pared, con la mente en blanco; luego, apoyándose con ambas manos en el banco, se puso lentamente de pie. Parecía darse cuenta de que algo estaba mal. Inquieto, guardó la pipa rápido en el cinturón y se dispuso a seguir descortezando el arroz. ¡Pum!, un golpazo en la cabeza: se dio vuelta alarmado y vio al diplomado local parado frente a él con una gran vara de bambú.

—Te has pasado… Tú…

La vara descendió de nuevo sobre su cabeza. Ah Q se cubrió con las manos, pero los golpes sobre los dedos dolían muchísimo. Salió disparado por la puerta de la cocina como si hubiera recibido otro golpe en la espalda.

—Miserable —lo insultó desde atrás el diplomado local, en la lengua de los funcionarios.

Ah Q entró corriendo en el patio donde se descortezaba el arroz y se quedó de pie allí. Le dolían aún los dedos y seguía pensando en aquel insulto («miserable»), porque era una palabra que la gente de Weizhuang no usaba nunca, salvo los ricos que tenían trato con los funcionarios. Eso la hacía más portentosa y difícil de olvidar. Pero al menos aquella idea fija («mujeres») había desaparecido, y además, terminados los insultos y los golpes, el asunto parecía haber quedado atrás, así que se puso a trabajar otra vez con la sensación de haberse deshecho de un peso. Después de un rato, tuvo calor y se detuvo para sacarse la camisa.

Mientras lo hacía, un alboroto llegó a sus oídos desde el exterior. Ah Q salió a ver de dónde venía, porque lo que más amaba en la vida era observar el bullicio. El ruido lo llevó poco a poco hacia el patio interno del señor Zhao, donde a pesar de la oscuridad logró distinguir a varias personas, entre ellas a la señora que venía ayunando desde hacía dos días, más la vecina de al lado, la señora Zou, y también Zhao Baiyan y Zhao Sichen.

En ese momento la nuera salió de uno de los cuartos interiores arrastrando a Wuma.

—Ven afuera… No debes quedarte escondida en tu cuarto pensando… — decía.
—Todo el mundo sabe que eres decente… No es posible encontrarte la más pequeña mancha —agregó la señora Zou, desde un costado.

Wuma lloraba, entremezclando algunas palabras incomprensibles.

—Qué interesante —pensaba Ah Q-. ¿Qué le habrá pasado a la pequeña viuda?

Deseando averiguarlo avanzó unos pasos hasta ponerse junto a Zhao Sichen, y en ese momento vio súbitamente cómo el diplomado Zhao se venía hacia él corriendo con una vara de bambú en la mano. Al ver la vara tuvo la intuición que la golpiza de hacía un rato estaba relacionada de alguna forma con todo este alboroto, y se dio vuelta, planeando volver al patio. Pero la vara le obstruía el camino, así que se dio vuelta otra vez y salió por la puerta trasera y poco tiempo después ya se encontraba en el templo de la Tierra y los Granos.

Se quedó un rato sentado, hasta que empezó a tener piel de gallina y a sentir frío, porque, pese a que era la primavera, durante las noches la temperatura descendía y aún no estaba como para andar sin camisa. Recordó que había dejado la camisa en lo de los Zhao, pero el terror a la vara del diplomado lo disuadió de volver. En ese momento entró el alguacil.

—Ah Q, ¡carajo! ¡No puedes dejar en paz siquiera a los criados de los Zhao! Esto es casi insubordinación. Y me has quitado el sueño, mierda…

Lo sermoneó un buen rato, sin que Ah Q abriera la boca. Finalmente, como no tenía plata para pagar la propina extra de cuatrocientas monedas que correspondía por ser de noche, entregó en garantía un gorro de tela, aparte de lo cual tuvo que aceptar cinco condiciones:

1) Debía ir a la casa de los Zhao con incienso y un par de velas rojas de medio kilo, para pedir disculpas.
2) Debía hacerse cargo de pagar el maestro taoísta que la familia Zhao contrataría para purgar la casa de espíritus funestos.
3) A partir de ahí Ah Q tenía prohibido acercarse a lo de los Zhao.
4) Si algo inesperado le sucedía a Wuma, el culpable sería Ah Q.
5) No podía reclamar ni la paga ni la camisa.

Ah Q accedió naturalmente a todo, sólo era una lástima que no tuviera dinero. Por suerte ya era la primavera, podía prescindir de su frazada de algodón y empeñarla por unas dos mil monedas para cumplir las condiciones. Luego de prosternarse con el torso desnudo en lo de los Zhao, descubrió que le quedaban algunas monedas; en lugar de recuperar el gorro empeñado, decidió ir a beber a la taberna. Los Zhao, por su parte, no encendieron las velas ni el incienso, pues la señora prefirió guardarlos para sus ofrendas al buda. En cuanto a la vieja camisa, la mayor parte se usó para el pañal del bebé que la nuera dio a luz en el octavo mes; el resto, todo estropeado, lo usó Wuma como suela para sus zapatos.

Capítulo 5. El problema de la subsistencia

Concluidas las formalidades, Ah Q volvió como siempre al templo de la Tierra y los Granos. El sol había caído y poco a poco empezó a tener la sensación de que algo andaba mal. Reflexionando, se dio cuenta de que debía ser a causa de su torso desnudo. Recordó la chaqueta y se la puso antes de acostarse a dormir, y cuando abrió los ojos el sol brillaba una vez más sobre el borde de la pared oeste.

«Mierda…», pensó, sentándose.

Se levantó, paseó como de costumbre por la calle, y aunque la piel ya no le dolía empezó a tener otra vez la sensación de que algo andaba mal. Era como si, de repente, todas las mujeres de Weizhuang se hubieran vuelto tímidas, pues en cuanto lo veían se escabullían detrás de una puerta. Incluso la señora Zou, que tenía cerca de cincuenta años, salía corriendo detrás de las demás con su hija de once. A Ah Q le parecía extrañísimo.

—Estas busconas —pensaba— de repente toman modales de señoritas…

Pero su sensación de extrañeza se agravó al poco tiempo, primero cuando se negaron a fiarle en la taberna; segundo, cuando el viejo que administraba el templo dijo algún disparate con el que parecía sugerir que debía mudarse; en tercer lugar, al darse cuenta de que hacía varios días, aunque no pudiera especificar cuántos, que nadie lo llamaba para hacer changas. Que en la taberna no le fiaran vaya y pase, y en cuanto a los intentos del viejo de echarlo podía manejarlos con excusas y evasivas. En cambio, si nadie lo llamaba para hacer trabajos, no tendría con qué llenar el estómago. Eso sí que era un gran problema.

Cuando no aguantó más no le quedó otra que ir a averiguar a la casa de sus clientes —salvo la de los Zhao, a la que tenía prohibido acercarse—. Ocurría algo muy extraño, pues en todas las casas lo recibía un hombre con expresión de fastidio que agitaba la mano como respondiendo a un mendigo:

—No hay nada, no hay nada. ¡Vete!

Todo le resultaba cada vez más incomprensible. Esta gente siempre necesitaba ayuda, se decía a sí mismo, ¿cómo podía ser que de repente todos a la vez no tuvieran nada para hacer? No era normal. En efecto, tras algunas averiguaciones descubrió que la gente llamaba ahora al pequeño Don cada vez que tenían algo para hacer. Este pequeño D era un muchachito pobre, magro e inútil, que en la opinión de Ah Q se encontraba incluso por debajo del barbudo Wang. Nunca se le hubiera ocurrido que alguien así podía robarle su plato de arroz. Por eso su enojo esta vez era distinto de otras veces y mientras caminaba, furioso, clamaba con el brazo en alto:

—Con mi fusta de acero he de azotarte…

Días más tarde se encontraron frente a la casa de los Qian. Ah Q avanzó hacia el pequeño D, que se quedó en el lugar. El deseo de guerra los llamaba…

—¡Animal! —le dijo, clavándole su mirada asesina, mientras disparaba un escupitajo por una comisura de la boca.
—Soy un insecto… ¿Estás conforme? —respondió el pequeño D.

Su docilidad lo enfureció aún más. A falta de una fusta se vio obligado a arremeter y tironear al pequeño D de la trenza. Protegiéndose con una mano la raíz de su trenza, el pequeño D agarró con la otra mano la trenza de Ah Q, obligando a este a agarrarse con su mano libre la raíz de su propia trenza. En circunstancias normales el pequeño D no era rival, pero últimamente Ah Q había pasado hambre y se había puesto tan flaco y tan débil como su contrincante, de manera que se produjo una suerte de empate, cuatro manos agarradas de dos cabezas, ambos inclinados hacia abajo, proyectando sobre el muro blanco de la casa de los Qian una sombra azul con forma de puente, y esto durante media hora.

—Ya está bien, ya está bien —dijeron unos que miraban, tal vez con ánimo pacificador.
—Bien, bien —decían otros, no se sabía si con la intención de pacificar, de alabar o de azuzar.

Pero ellos no escuchaban a nadie. Ah Q avanzó tres pasos, el pequeño D retrocedió tres pasos, y se detuvieron; el pequeño D avanzó tres pasos, Ah Q retrocedió tres pasos, y de nuevo se detuvieron. Alrededor de media hora más tarde, —en Weizhuang la campana no sonaba con frecuencia, por lo cual no es fácil precisar, tal vez fueran veinte minutos—, cuando ya salía vapor de ambas cabezas y el sudor chorreaba de ambas frentes, la mano de Ah Q aflojó y en el mismo instante la mano del pequeño D aflojó, se irguieron al mismo tiempo, y al mismo tiempo, separándose, se metieron entre la multitud.

—Ya sabes, mierda —dijo Ah Q volviendo la cabeza.
—Mierda, ya sabes… —dijo el pequeño D volviendo la cabeza.

Esta «lucha de titanes», al parecer, no había tenido ganador ni perdedor. Tampoco se sabe si los espectadores estaban satisfechos, nadie opinó nada y Ah Q siguió sin ser llamado para trabajar.

Un día cálido en el que soplaba una brisa veraniega, Ah Q sintió frío. Lo que le resultaba insoportable, sin embargo, no era esto sino el vacío en el estómago. Frazada de algodón, alfombra, gorro de tela, camisa: hacía rato que ya no tenía nada de eso, y luego también había vendido la chaqueta de algodón. Le quedaban los pantalones, de los que no podía prescindir, además de una vieja chaqueta forrada que, salvo regalársela a alguien para usarla de suela, era inútil e invendible. Tenía desde hacía tiempo la idea de encontrar dinero en el camino, pero hasta ahora había sido inútil. Revisó rápido todos los rincones de su casa con la idea de encontrar alguna moneda perdida, pero era evidente que no había nada. Finalmente, tomó la decisión de salir a buscar comida.

Caminando con este plan en su cabeza, vio la taberna y en la taberna los panes de siempre, y sin embargo pasó de largo, no sólo sin detenerse sino sin siquiera pensar en ellos, porque lo que tenía en mente era otra cosa, aunque ni él mismo sabía qué.

La aldea no era grande y Ah Q no tardó en llegar hasta el final. Más allá empezaban los campos de arroz, cubiertos por doquier con el verde claro de los brotes, y unos círculos negros y móviles que señalaban la presencia de los campesinos en plena labor. Intuyendo que allí tampoco se encontraba lo que buscaba, Ah Q siguió adelante sin detenerse a disfrutar de este cuadro bucólico, hasta que se topó con el muro del convento.

También el convento estaba rodeado de campos. Las paredes blancas emergían abruptamente en medio del verdor nuevo, y al fondo había un huerto rodeado por un muro de tierra. Ah Q dudó un instante, miró a su alrededor, no había nadie. Comenzó a trepar el muro de tierra, agarrándose de una enredadera, pero la tierra se desmoronó y quedó pedaleando en el aire. Finalmente trepó a la rama de una morera y desde ahí saltó hacia el interior. Adentro todo era un verde exuberante pero no parecía haber ni vino ni panes, ni nada por el estilo. Contra la pared oeste había un seto de bambú, con un montón de brotes abajo. Lástima que no podía comerse crudo… La colza había dado fruto hacía rato, la mostaza ya estaba por florecer, el pequeño repollo también parecía demasiado viejo.

Ah Q sintió una rabia similar a la de un niño letrado que ha fallado en un examen. Mientras caminaba lentamente hacia la puerta descubrió, entre asombrado y feliz, un lote de nabos viejos, y poniéndose en cuclillas empezó a arrancar. Una cabeza redonda se asomó por la puerta y desapareció en el acto. Era la monjita, qué duda cabía. Ah Q despreciaba profundamente a las de su género, pero sabía también que en la vida había que «tener medida», así que arrancó rápido cuatro nabos, les quitó las hojas y se los metió bajo la chaqueta. Una monja vieja, sin embargo, ya había salido.

—Buda Amitabha. Ah Q, ¿cómo te atreves a meterte en el huerto a robar? Ay, ay, qué pecado tan grande. Ay, ay, Buda Amitabha.
—¿De qué hablas? ¿Cuándo? —respondió Ah Q, mirando a la monja y sin dejar de caminar.
—Ahora mismo… ¿Lo niegas? —la monja señaló el bulto bajo la chaqueta.
—¿Son tuyos? ¿Acaso responden si los llamas? Tú…

Dejó la frase por la mitad y se largó a correr. Un perro negro y enorme venía a toda carrera en su dirección. Lo había visto en la entrada del convento al llegar, pero no entendía cómo había llegado hasta el huerto. El perro corría detrás de Ah Q, sin dejar de gruñir, y estaba a punto de morderle una pierna cuando un nabo se le cayó del regazo y el perro asustado se rezagó un instante. Ah Q aprovechó para trepar a la morera, saltó a la pared de tierra y rodó junto con los nabos hacia el otro lado. Sólo quedó el perro negro ladrándole a la morera y la vieja monja que rezaba.

Temiendo que liberaran otra vez al perro, Ah Q recogió los nabos y se fue. En el camino levantó algunas piedras, pero el perro negro no apareció de nuevo. Ah Q tiró las piedras y se puso a comer, mientras caminaba. Se dio cuenta de que ahí no había nada para él. Había llegado el momento de ir a la ciudad.

Para cuando terminó de comer los tres nabos, la idea de ir a la ciudad ya estaba decidida.

Capítulo 6. Del renacimiento al callejón sin salida

Fue recién pasada la fiesta de la luna que en Weizhuang volvieron a ver a Ah Q. Las personas repetían sorprendidas que Ah Q había vuelto y no hacían más que preguntarse adonde había estado. Las veces anteriores, antes de ir a la ciudad, Ah Q se había ocupado de anunciar triunfantemente la noticia. Esta vez no lo había hecho, y por eso nadie pareció percatarse de su ausencia. Quizás se lo había comunicado al viejo cuidador del templo; sin embargo, según la costumbre de Weizhuang, sólo un viaje del señor Zhao, del señor Qian o del diplomado local se consideraba un hecho importante. Si el Falso demonio extranjero no contaba, mucho menos Ah Q. Por eso el viejo no se ocupó de hacerle publicidad y la gente no tuvo forma de enterarse.

La sorpresa era aún mayor porque este regreso de Ah Q no se parecía en nada a los anteriores. Estaba oscureciendo cuando apareció con cara de dormido en la puerta de la taberna, se acercó al mostrador y avanzó desde la cadera una mano llena de monedas de plata y cobre:

—¡Contante y sonante! —dijo, tirando las monedas sobre el mostrador—, ¡Traigan vino!

Vestía un abrigo nuevo y le colgaba en la cintura una bolsa grande cuyo peso combaba visiblemente el cinturón. En Weizhuang acostumbraban, por las dudas, a tratar con deferencia a las personas cuyo aspecto les resultaba llamativo, y aunque ahora se tratara claramente de Ah Q, debido a que a la vez parecía otra persona diferente del Ah Q del abrigo roto, y a que, como dice el dicho, «con el tiempo se muda el gesto», todos, desde el camarero hasta el dueño, pasando por los clientes y los paseantes, tomaron una actitud atenta y respetuosa. El dueño saludó primero con la cabeza y luego le habló:

—Hey, Ah Q, has vuelto.
—He vuelto.
—Te has enriquecido… Has estado…
—He estado en la ciudad.

Al día siguiente la noticia se difundió por toda la aldea. Todo el mundo quería saber la historia del renacimiento de este Ah Q que tenía dinero y abrigo nuevo. Así que en la taberna, en la casa de té, bajo el alero del templo, iban haciendo de a poco sus indagaciones. El resultado fue que Ah Q se vio rodeado de un respeto y un temor nuevos.

Había estado trabajando, según contaba, en la casa de un ilustre diplomado provincial, un punto que de inmediato generaba en los que lo oían una actitud reverente. Este ilustre señor se apellidaba Bai, pero como en la ciudad de Hecheng era el único diplomado provincial, podía prescindir de su apellido: con hablar del ilustre diplomado provincial se sabía ya de quién se hablaba. No sólo en Weizhuang: en mil li a la redonda era igual, al punto que la gente casi pensaba que ese era su nombre: ilustre diplomado provincial. Trabajar en la mansión de una persona así era obviamente un gran honor, pero Ah Q, según decía, se había cansado de «ese cretino». Los aldeanos escuchaban esto con cierto alivio, porque Ah Q no les parecía digno de trabajar en la mansión de un ilustre diplomado provincial, aunque a la vez suspiraban, pues abandonar un trabajo así no dejaba de ser una pena.

Según Ah Q su regreso se debía a su descontento con la gente de la ciudad, como el hecho de que llamaran un banco angosto a un banco largo y de que picaran la cebolla demasiado fina para acompañar el pescado frito, a lo que había que agregar el fruto de observaciones recientes: que las mujeres no se contoneaban bien al caminar por la calle. Ocasionalmente había puntos admirables; por ejemplo, en Weizhuang la gente sólo conocía un juego con 32 fichas de bambú, salvo por el Falso demonio extranjero que sabía jugar al mahjong. En cambio, en la ciudad cualquier pobre infeliz era un maestro de mahjong. Poner al Falso demonio extranjero en manos de cualquier pobre infeliz de ciudad, incluso de un niño de diez años, era como poner a un pequeño demonio en frente del mismísimo rey del infierno. En este punto, los que escuchaban sentían vergüenza de sí mismos.

—¿Han visto alguna vez una ejecución? —decía Ah Q-Ah, es hermoso. Un revolucionario decapitado. Ah, es algo hermoso, hermoso…

Sacudió la cabeza, salpicando con saliva el rostro de Zhao Sichen, parado en frente suyo. Todos escuchaban aterrorizados. Ah Q miró alrededor y, levantando de golpe la mano derecha, la dejó caer recta como un hachazo sobre la nuca del barbudo Wang, que escuchaba absorto y con el pescuezo estirado.

—¡Chaaa!

El barbudo Wang pegó un salto a causa del susto y retrajo el cuello rápido como un relámpago, mientras una mezcla de terror y placer embargaba al público. Desde entonces el barbudo Wang anduvo cabizbajo varios días y ya no se atrevió a acercarse a Ah Q. Lo mismo el resto de las personas.

Aunque no me atrevo a afirmar que el prestigio de Ah Q a ojos de los habitantes de Weizhuang superara en este momento al del señor Zhao, creo que no estaríamos errados en decir que era casi equivalente.

Al poco tiempo, sin embargo, el nombre de Ah Q se propagó también entre los aposentos femeninos de la aldea. Dejando aparte las casas de los Zhao y los Qian, en el resto de las casas de Weizhuang, por su tamaño, apenas podía hablarse de aposentos femeninos. Y sin embargo, en la medida en que eran aposentos femeninos, no dejaba de ser raro que el nombre de Ah Q penetrara en ellos. Era tema de conversación inevitable cada vez que dos mujeres se encontraban, cómo la señora Zou le había comprado a Ah Q una falda de seda azul, usada, era cierto, pero a un muy buen precio. O cómo la madre de Zhao Baiyan —o la de Zhao Sichen según otros, aquí falta verificar — había comprado una camiseta roja de muselina para niños, casi nueva, por menos de trescientas monedas. Así que las mujeres estaban desesperadas por ver a Ah Q: la que no quería comprarle una falda de seda buscaba una camiseta de muselina, y no sólo no lo esquivaban, sino que a veces, cuando había pasado de largo, lo perseguían y lo paraban de un grito:

—Ah Q, ¿te queda alguna falda de seda? ¿No? ¿Camiseta de muselina? — preguntaban.

Más tarde la reputación de Ah Q llegó también a los aposentos femeninos de las grandes familias. La señora Zou, que apenas cabía dentro de sí de orgullo, invitó a la señora Zhao a apreciar su falda de seda, y la señora Zhao a su vez se lo contó al señor Zhao, en un tono francamente admirativo. El señor Zhao deliberó en la mesa de la cena con su hijo, el diplomado local, y ambos llegaron a la conclusión que había algo extraño en Ah Q y que debían mantener las ventanas bien cerradas. En cuanto a sus cosas, no podía descartarse que hubiera algo para comprar, algo interesante, y además la señora Zhao justo estaba buscando un chaleco a buen precio. Así que la familia resolvió mandar a la señora Zou en busca de Ah Q, y para eso hicieron un tercer tipo de excepción: esa noche prenderían especialmente una lámpara.

La lámpara llevaba ardiendo un buen rato y Ah Q todavía no llegaba. Toda la familia estaba un poco nerviosa, y entre un bostezo y otro, criticaban a Ah Q por perezoso y se quejaban de la lentitud de la señora Zou. La señora Zhao temía que no se atreviera a venir a causa de las condiciones impuestas la primavera anterior, pero el señor Zhao creía que no había nada que temer, porque ahora era él quien lo llamaba. En efecto, el señor Zhao sabía de qué hablaba, pues Ah Q finalmente apareció detrás de la señora Zou.

—Repetía sin parar que ya no hay nada —dijo la señora Zou mientras se acercaba, jadeando—. Le dije que viniera él mismo a decirlo. Se negaba, entonces le dije…
—¡Señor! —exclamó Ah Q, esbozando una especie de sonrisa, y se detuvo bajo el alero.
—Ah Q, se comenta que te has enriquecido afuera… —el señor Zhao se acercó lentamente y lo examinó de arriba a abajo—. Eso está muy bien, muy bien. Este… escuché por ahí que tienes algunas cosas viejas… puedes traerlas para que las veamos… no hay otra intención, al contrario…
—Le dije a la señora Zou que ya no queda nada.
—¿Nada de nada? —dijo el magistrado, y la voz se le quebró sin darse cuenta—, ¿Cómo puede haberse acabado tan rápido?
—Eran cosas de un amigo, no era mucho. Lo vendí todo…
—Pero algo debe quedar…
—Lo único que me queda es una cortina.
—Tráela para que la veamos —terció en seguida la señora Zhao.
—Entonces, mañana la traes —dijo el señor Zhao, que no parecía muy entusiasmado—. Si en el futuro tienes cosas para vender, primero las traes aquí para que las veamos…
—No te daremos menos plata que en otras casas —dijo el diplomado local. La mujer del candidato examinó de un vistazo la expresión de Ah Q para verificar si había alguna emoción.
—Necesito un chaleco de cuero —dijo la señora Zhao.

Ah Q dijo que sí a todo, pero luego se alejó perezosamente, y era difícil saber si no le había entrado por una oreja y salido por la otra. Desalentado, furioso e inquieto, el señor Zhao dejó de bostezar. También su hijo el diplomado se mostraba indignado con la conducta de Ah Q.

—Hay que tener cuidado con este sinvergüenza —dijo—. Tal vez no sea mala idea pedirle al alguacil que lo mantenga lejos de la aldea.

El señor Zhao no estaba de acuerdo, porque temía generar una enemistad, y sobre todo porque en ese oficio, dijo, «no se come en el mismo lugar que se duerme»; es decir, que en la aldea no tenían de qué preocuparse. Bastaba con estar un poco más alerta de noche. Admirando la profundidad de la sabiduría paterna, el diplomado descartó en el acto la idea de expulsar a Ah Q y le recordó a la señora Zou que bajo ninguna circunstancia debía reproducir este diálogo.

Al día siguiente la señora Zou tiñó de negro la falda y se dedicó a propagar por toda la aldea las sospechas sobre Ah Q. Aunque omitió cualquier referencia a lo que había dicho el diplomado acerca de expulsarlo, todo esto ya era suficientemente perjudicial para Ah Q. Primero, el alguacil vino al templo en busca de la cortina. Aunque Ah Q insistió que la señora Zhao quería verla, el alguacil no sólo no cedió sino que decidió imponerle un tributo mensual fijo. Poco después, se notó un cambio en la forma en que lo trataban, y aunque la gente no se atrevía aún a desairarlo, guardaban una distancia que no tenía nada que ver con la que les inspiraba antes el temor de su «hachazo». Era más bien la distancia que se guarda respecto de los fantasmas o los muertos.

Sólo un grupo de haraganes, que deseaba llegar al fondo de la cuestión, siguió interrogando a Ah Q. Este no escondía nada y contaba con orgullo su experiencia. Fue así que supieron que no había tenido más que un pequeño rol de cómplice, pues no sólo no era capaz de escalar un muro sino que tampoco sabía meterse por los huecos. Se quedaba afuera esperando las cosas. Una noche, luego de entregarle un paquete, el cómplice principal entró de nuevo y al rato se escuchó un gran alboroto. Ah Q se puso de inmediato a correr y esa misma noche trepó el muro de la ciudad y escapó de regreso a la aldea.

Desde entonces nunca más se había atrevido a hacerlo. Pese a lo cual, todo esta historia no lo favoreció para nada. La razón principal de la distancia cautelosa de los aldeanos era el temor a enemistarse con él. ¿Quién hubiera pensado que se trataba de un ladrón que no se atrevía a robar? No había ahí, en verdad, nada que temer.

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