Historia verdadera de Ah Q (Final)

Lu Xun








Capítulo 7. Revolución

En el día catorce del noveno mes del tercer año del Emperador Xuantong—el mismo día en que Ah Q le vendió su bolsa a Zhao Baiyan—un bote de techo negro atracó, pasada la medianoche, en el muelle de los Zhao. Flotando en la oscuridad a una hora en que toda la aldea dormía, el bote pasó completamente inadvertido; cuando volvió a partir, sin embargo, estaba ya por amanecer y fue avistado por algunas personas que, a través de discretas averiguaciones, supieron que pertenecía al honorable diplomado provincial.

Ese bote había descargado en Weizhuang un enorme fardo de inquietud, y para el mediodía todo el mundo andaba con el corazón en la boca. La familia Zhao guardaba la mayor discreción respecto de la misión del bote, pero en la casa de té y en la taberna se decía que los revolucionarios estaban por entrar a la ciudad y que el honorable diplomado provincial había venido en busca de refugio. Sólo la señora Zou rechazaba esta versión; decía que se trataba apenas de unas viejas maletas que el diplomado provincial deseaba guardar provisoriamente en lo de los Zhao. El señor Zhao no había accedido. Era cierto, de hecho, que el diplomado provincial y el diplomado local tenían desde siempre sus diferencias, y en ese sentido hubiera sido raro que los Zhao se solidarizaran con aquel en la desgracia. Además, si se tenía en cuenta que la señora Zou era vecina de los Zhao y su información era de primera mano, lo que contaba debía ser verdad.

No obstante, los rumores seguían prosperando. Aunque el honorable diplomado provincial no había venido en persona, se decía, había enviado una larga carta en la que resaltaba un supuesto parentesco con los Zhao. Luego de reflexionar un rato, el señor Zhao pensó que en todo caso no tenía nada que perder y decidió quedarse con las maletas, que ahora estaban guardadas debajo de la cama de la esposa. En cuanto a los revolucionarios, algunos decían que esa misma noche habían entrado a la ciudad, enfundados en armaduras y yelmos blancos y vestidos con la insignia del último emperador de los Ming.

Hacía tiempo que Ah Q había escuchado hablar de los revolucionarios, y ese mismo año había presenciado la ejecución de uno. Pero no se sabe de dónde le había venido la idea de que los revolucionarios eran rebeldes y que la rebeldía iba en contra de sus intereses, y por eso siempre les había tenido un odio y un rechazo totales. Lo que no había imaginado era que podían suscitar tal pavor en el honorable diplomado provincial: esto le producía una fascinación que era tanto mayor cuanto a ella se sumaba el placer de ver todos esos rostros nerviosos.

«La revolución es buena», pensaba Ah Q. «¡Terminar con este montón de cretinos! Yo también quiero unirme a los revolucionarios».

Las penurias de los últimos tiempos quizás habían suscitado en Ah Q un sentimiento de injusticia. A eso había que agregar que al mediodía, con el estómago vacío, había tomado dos tazones de vino y se había emborrachado más rápido de lo normal. Iba caminando y pensando al mismo tiempo, y así entró nuevamente en ese estado de excitación. De una extraña manera, de repente fue como si él mismo encarnara la revolución y los habitantes de la aldea fueran sus prisioneros.
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—¡Rebelión! ¡Rebelión! —gritó, rebosante de orgullo.

Los aldeanos lo miraron con pánico. Ah Q nunca había visto miradas tan penosas, y le produjo un placer comparable a beber en pleno verano el agua fría de la montaña. Caminó aún más exaltado, mientras aullaba:

—Bien… lo que desee lo tendré de inmediato… la mujer que quiera, de inmediato…
—¡Tá tá, chán chán!
—¡Oh, remordimientos! Ebrio, hice rodar por error la cabeza de mi fiel amigo.
—¡Oh, remordimientos! Ay, ay, ay…
—¡Tátá, chánchán, tá, chán, chin, chán!
—Con mi fusta de acero he de azotarte…

Los dos hombres de la familia Zhao se encontraban delante de la puerta, discutiendo sobre la revolución con unos parientes. Ah Q pasó de largo sin verlos, cantando, la cabeza en alto.

Tá, tá
—Estimado Q —susurró el señor Zhao, acercándose tímidamente.
Chán, chán… —Ah Q no podía imaginar su nombre asociado a la palabra «estimado», le pareció escuchar cualquier otra cosa y siguió cantando—. Tá, tá, tá, chán, chán, chán, chin, chán.
—Estimado Q.
—Oh, remordimientos.
—¡Ah Q! —al diplomado local no le quedó otra que llamarlo por su nombre.
—Estimado Q… ahora… —empezó el señor Zhao, pero sin encontrar las palabras—. Ahora… te has vuelto rico.
—¿Rico? Por supuesto. Tendré todo lo que desee.
—Hermano Ah Q, amigos pobres como nosotros no somos importantes —dijo Zhao Baiyan jadeando, como tanteando la intención de los revolucionarios.
—¿Pobres? En todo caso tienen más dinero que yo —dijo, y siguió de largo.

Los otros se quedaron espantados y sin palabras. El señor Zhao y su hijo volvieron a casa y durante la noche deliberaron hasta la hora de encender la lámpara. Zhao Baiyan volvió a su casa, se sacó la bolsa de la cintura y le dijo a la mujer que la escondiera en el fondo de un cajón.

Ah Q vagó un buen rato por la aldea, como en éxtasis; para cuando volvió al templo de la Tierra y los Granos, ya estaba sobrio. Esa noche el viejo cuidador lo trató con una amabilidad inusual y lo invitó a tomar té. Ah Q le pidió dos tortas, y luego de comer aprovechó y le pidió una vela de doscientos gramos y un candelero. Prendió la vela y se acostó en su pequeño cuarto. Sentía una frescura y una alegría indescriptible, y observando las llamas bailotear como en la Fiesta de las Linternas sus pensamientos se agitaban:

«¿Rebelión? Qué bien que suena, vendrá una tropa de revolucionarios, con armaduras y yelmos blancos, puñales, fustas de acero, bombas, fusiles, lanzas; pasarán por el templo de la Tierra y los Granos, gritando: “¡Ven con nosotros, Ah Q! Y me uniré a ellos”. En ese momento, hombres y mujeres de Weizhuang, todos esos cretinos, se pondrán de rodillas, tan patéticos: “Ten piedad, Ah Q”, exclamarán. ¿Pero quién va a escucharlos? Los primeros en morir han de ser el pequeño D y el señor Zhao, el diplomado local y el Falso demonio extranjero. ¿Cuántos quedarán? El barbudo Wang, en principio, podría salvarse, pero tampoco.
»Luego, los objetos. Entrar y abrir los arcones: lingotes, monedas de plata, camisas de muselina. La cama estilo Ningbo de la esposa del diplomado municipal. Primero he de mudarla al templo de la Tierra y los Granos. Luego instalaré la mesa y las sillas de la familia Qian, o tal vez use también las de los Zhao. Yo mismo no moveré un dedo. Llamaré al pequeño D para que haga la mudanza. Y más vale que lo haga rápido, o le daré para que tenga.
»La hermana menor de Zhao Sichen es demasiado fea. La hija de la señora Zou puede ser, veremos dentro de unos años. La esposa del Falso demonio extranjero pfff, una mujer capaz de acostarse con un hombre sin trenza no sirve para nada. La esposa del diplomado local tiene una cicatriz en el párpado. A Wuma hace mucho que no la veo, no sé dónde estará, lástima que tenga los pies grandes».

Aún no había terminado sus planes imaginarios cuando comenzó a roncar. De la vela se había consumido apenas un centímetro y la llama iluminaba su boca abierta.

—¡Ja! ¡Je! —gritó de repente, levantando la cabeza; miró alarmado alrededor y al ver la vela encendida dejó caer la cabeza de nuevo y se durmió otra vez.

Al día siguiente se levantó tarde y al salir a la calle comprobó que todo estaba igual que siempre. Todavía tenía el estómago vacío, pero no se le ocurría nada para remediarlo. Luego de golpe, como si tuviera una idea, se puso en marcha lentamente, y como quien no quiere la cosa se dirigió hacia el convento.

El convento estaba tan tranquilo como en la primavera, con sus muros blancos y su puerta negra. Pensó un rato, avanzó y dio unos golpes. Adentro ladró un perro. Levantó rápido unos pedazos de ladrillo y golpeó otra vez, con más fuerza, hasta marcar la pintura. Recién entonces escuchó que alguien venía a abrir.

Ah Q apretó los pedazos de ladrillo y se colocó en pose de combate, listo para enfrentarse al perro negro. Pero la puerta apenas se entreabrió y ningún perro salió disparado de su interior. Lo único que se veía por la abertura era una vieja monja.

—¿A qué vienes esta vez? —dijo la monja, sorprendida.
—Hay una revolución… ¿No te has enterado? —respondió Ah Q, de manera algo confusa.
—Revolución… ya pasó por acá la revolución… ¿Qué quieren de nosotros con su revolución? —dijo la monja con los ojos rojos hinchados.
—¿Cómo? —Ah Q estaba estupefacto.
—¿No estás enterado? Ellos ya han venido y han hecho la revolución.
—¿Quiénes? —la sorpresa de Ah Q iba en aumento.
—El diplomado local y el Falso demonio extranjero.

Ah Q no podía creer lo que estaba oyendo; se quedó como aturdido. Al ver que perdía ímpetu, la monja aprovechó para cerrar velozmente. Ah Q empujó, pero la puerta estaba firme y cuando golpeó de nuevo nadie respondió.

Había ocurrido por la mañana. Al enterarse por sus contactos que los revolucionarios habían entrado a la ciudad durante la noche, el diplomado local se enrolló la trenza sobre la cabeza y a la mañana fue a hacerle una visita al hijo de los Qian, al Falso demonio extranjero, con el que nunca había estado en buenos términos. Era el momento de «unir los esfuerzos de todos en pos de la Reforma». Así que, luego de mantener una amena charla, se declararon camaradas y se pusieron de acuerdo para hacer la revolución. Poniéndose a pensar, se acordaron que en el convento había una estela imperial con la inscripción «Viva el emperador diez mil diez mil diez mil años», y decidieron que debían eliminarla sin tardanza. De inmediato, se dirigieron al convento a hacer la revolución. Cuando la vieja monja trató de disuadirlos la tomaron como representativa de los manchúes y le dieron unos cuantos bastonazos y golpes en la cabeza. La monja esperó que se fueran, tomó ánimo y fue a examinar el lugar. En efecto, habían hecho pedazos la estela imperial. También había desaparecido un incensario de la época Ming que solía estar frente a la imagen de Guanyin.

De todo esto Ah Q se enteró más tarde. No podía parar de lamentarse por haberse dormido, pero también los culpaba profundamente por no haber ido a buscarlo. Tratando de ver las cosas en perspectiva, se preguntó:

—¿Tal vez no saben que me he unido a los revolucionarios?


Capítulo 8. Excluido de la revolución

Los habitantes de Weizhuang se fueron serenando cada vez más con el paso de los días. Las noticias que llegaban permitieron saber que, pese a la entrada de los revolucionarios en la ciudad, todo seguía más o menos igual que siempre. El magistrado de distrito seguía ocupando la misma función de antes, aunque ahora se llamara de otra manera, así como el honorable diplomado provincial tenía todavía algún cargo —en Weizhuang nadie sabía bien los nombres—, o como el comandante seguía al mando de las tropas. Lo único inquietante era la presencia de algunos malos revolucionarios que, infiltrados entre los demás, generaban problemas y al día siguiente de la revolución se habían puesto a cortar trenzas. Se decía que habían agarrado a Qijin, un barquero de la aldea vecina, y lo habían dejado hecho un desastre. Pero esto tampoco eran tan terrible, porque los habitantes de Weizhuang por principio rara vez iban a la ciudad, y si alguno casualmente estaba pensando en hacerlo, bastaba con cambiar de planes para evitar ese peligro. Ah Q también había pensado en ir a la ciudad a buscar a sus viejos amigos, pero apenas supo esa noticia, tuvo que abandonar la idea.

Tampoco puede decirse que no hubiera cambios en Weizhuang, pues el número de los que se enrollaban la trenza en la cabeza comenzó a aumentar poco a poco. Ya se ha dicho, el primero de todos fue el talento local, luego Zhao Sichen y Zhao Baiyan, y por último Ah Q. En verano, todo el mundo se enrollaba la trenza en la cabeza o se hacía un nudo: en sí mismo no era nada insólito. Sin embargo, la adopción en pleno otoño de este hábito veraniego tenía algo indudablemente osado, y no podía decirse que no estuviera relacionado con la revolución.

Viendo a Zhao Sichen acercarse con la nuca desnuda varias personas habían exclamado:

—Apártense, ahí llegan los revolucionarios.

Ah Q escuchó esto con envidia. Sabía hacía rato que el diplomado local se había enrollado la trenza pero no se le había ocurrido que él también podía hacerlo. Recién al ver a Zhao Sichen lo pensó y tomó la decisión de imitarlo. Con un palito de bambú se enrolló la trenza sobre la cabeza y, tras dudar un rato, salió del templo, envalentonado.

La gente lo observaba mientras caminaba por la calle pero nadie decía nada. Esta indiferencia al principio simplemente le disgustó; luego le produjo llana indignación. Se enfurecía por cualquier cosa en el último tiempo. De hecho, su vida no era más dura que antes de rebelarse, la gente lo trataba con cierta deferencia y en los negocios no le exigían pagar al contado, pero Ah Q se sentía decepcionado en general: la revolución no podía limitarse a esto. Su furia llegó a un extremo insoportable cuando un día se encontró con el pequeño D.

Este también se había enrollado la trenza sobre la cabeza, y además había utilizado un palito de bambú igual que él. Para Ah Q esto era un atrevimiento inimaginable que no podía dejarle pasar. ¿Quién se creía que era? Tuvo ganas de agarrarlo ahí mismo, partirle la varita de bambú y soltarle la trenza; ganas de darle unas cuantas cachetadas para ponerlo en su lugar, por atreverse a hacer la revolución cuando no le correspondía. Finalmente, sin embargo, tuvo misericordia y se limitó a clavarle su mirada asesina mientras chistaba y lanzaba un escupitajo.

El único en ir a la ciudad por esos días fue el Falso demonio extranjero. El diplomado local también deseaba aprovechar la excusa de las valijas para hacerle una visita al honorable diplomado provincial, pero se abstuvo de hacerlo, por miedo a ser despojado de su trenza. Escribió una carta extremadamente ceremoniosaque encomendó al Falso demonio extranjero, y le pidió que lo presentara para ingresar al partido liberal. A la vuelta el Falso demonio extranjero le entregó al diplomado local, a cambio de cuatro yuanes, un durazno de plata que este se prendió en la solapa. Los habitantes de Weizhuang comentaban, admirados, que se trataba de una insignia del partido «limonal», con un rango equivalente al de miembro de la Academia Hanlin. El prestigio del señor Zhao se incrementó de golpe, mucho más aún que cuando su hijo había obtenido el diploma local. Miraba a todo el mundo por encima del hombro e ignoraba completamente a Ah Q.

Al enterarse de lo del durazno de plata, Ah Q comprendió de golpe, en medio de su indignación, la razón del trato indiferente que sentía dispensársele una y otra vez: si uno quería hacer la revolución, no bastaba con declarar su voluntad de unirse, ni con enrollarse la trenza sobre la cabeza; lo primero de todo era establecer lazos con los revolucionarios. Sólo había conocido a dos en su vida: uno, de la ciudad, había sido ejecutado ¡cha!; el otro era el Falso demonio extranjero. No tenía más opción que ir a conversar con este.

El portón de la casa de los Qian estaba abierto y Ah Q se coló tímidamente. La escena con la que se encontró lo dejó atónito: el Falso demonio estaba de pie en el centro del patio, vestido todo de negro con ropa extranjera, un durazno de plata prendido en la solapa y en la mano el bastón con el que había aleccionado en el pasado a Ah Q. Se había deshecho la trenza y el pelo le caía suelto y desgreñado sobre los hombros, como el de un inmortal. Frente a él estaban Zhao Baiyan y tres haraganes del pueblo, escuchando con aspecto respetuoso, bien firmes.

Ah Q se acercó suavemente y se paró detrás de Zhao Baiyan. Estaba la cuestión de cómo debía dirigirse al Falso demonio extranjero. No podía llamarlo de esa forma, ni tampoco «extranjero» a secas, ni «revolucionario». ¿Quizás debía llamarlo «señor extranjero»?

El Señor extranjero sin embargo no se percató de su presencia, pues justo en ese momento hablaba exaltado, con los ojos en blanco.

—Tengo una personalidad impetuosa. Por eso, cuando nos encontrábamos siempre le decía: «¡Hermano Hong!¡Es hora de actuar!». Pero él siempre decía: «¡Notyet!» (son palabras extranjeras que ustedes no entienden). De haberme hecho caso hubiéramos triunfado mucho antes. Es que en ese aspecto él es sumamente cauto. Una y otra vez me ha pedido que vaya a Hubei, hasta ahora no he aceptado. ¿Quién tiene ganas de ir a un pueblito donde no hay acción?
Ehem… este… —tras esperar un instante, Ah Q juntó coraje y abrió la boca, pero por alguna razón tampoco se dirigió a él como «Señor extranjero».

Los cuatro que escuchaban se dieron vuelta sorprendidos. Recién entonces el Señor extranjero lo vio.

—¿Qué quieres?
—Yo…
—¡Vete!
—Quiero unirme.
—¡Vete ya mismo! —repitió el Señor extranjero, acercándose con el bastón en la mano.

Zhao Baiyan y los otros bramaron entonces:

—¿No escuchaste? El señor te ha dicho que te vayas.

Ah Q se cubrió la cabeza con las manos y salió corriendo por la puerta. El Señor extranjero no lo persiguió. En cuanto aminoró el paso unos metros más adelante la tristeza empezó a invadirlo: si el Señor extranjero no le permitía hacer la revolución ya no le quedaba ninguna salida. De ahora en más no podía tener esperanza en que los hombres de armadura y yelmo blanco vinieran a buscarlo; todas sus aspiraciones, su ambición, su esperanza, su futuro, todo había sido borrado de un plumazo. Ya ni siquiera importaba que los haraganes difundieran la noticia y el pequeño D y el barbudo Wang se rieran de él.

Nunca había sentido una frustración semejante. Su propia trenza enrollada sobre la cabeza le parecía algo despreciable y sin sentido. Movido por el despecho, pensó en soltársela de nuevo, pero no lo hizo. Deambuló hasta la noche, logró que le vendieran fiado dos tazones de vino, se los echó en el estómago y poco a poco comenzó a ponerse de buen humor otra vez, y entonces en su mente volvieron a aparecer fragmentos de armaduras y yelmos blancos.

Un día que, como de costumbre, se había quedado haciendo nada hasta bien entrada la noche, esperó hasta la hora de cierre de la taberna para emprender el regreso al templo. De golpe, escuchó un ruido extraño, parecido al ruido de petardos pero a la vez diferente.

¡PUM, PUM!

A Ah Q siempre le había gustado el bullicio, le gustaba meterse en los asuntos ajenos, y de inmediato buscó en la oscuridad el lugar de donde venían los ruidos. Parecían escucharse unos pasos adelante, y estaba tratando de aguzar el oído cuando una persona vino corriendo en su dirección. Al verlo, Ah Q dio la vuelta de inmediato y se puso a seguirlo. Cuando la persona giró él también giró, y cuando el otro se detuvo Ah Q hizo lo mismo. Vio que detrás no había nada de nada, y se dio cuenta que había estado siguiendo al pequeño D.

—¿Qué pasa? —preguntó Ah Q, indignado.
—La familia… la familia Zhao fue asaltada… —dijo el pequeño D, jadeando.

El corazón de Ah Q latió aceleradamente. El pequeño D siguió su camino; Ah Q, en cambio, avanzó y se detuvo varias veces. Recordando que, a fin de cuentas, él había hecho «ese oficio», tomó coraje y se ubicó en un recodo del camino. Al escuchar atentamente, le pareció oír gritos, y luego al aguzar la vista creyó ver un montón de hombres con armaduras y yelmos blancos que llevaban fuera de la casa una valija tras otra, además de unos muebles, entre los cuales la cama estilo Ningbo de la mujer del diplomado local. Deseaba avanzar para distinguir mejor, pero los pies no le respondían.

Esa noche no había luna. La aldea, sumida en la oscuridad, se encontraba en un silencio comparable al que imperaría en tiempos del legendario emperador Fuxi. Ah Q se quedó ahí de pie hasta que comenzó a aburrirse: la situación continuaba igual, gente que iba y venía moviendo cosas, acarreando valijas, muebles y utensilios, la cama estilo Ningbo… Apenas podía creer lo que veía. Pero decidió no avanzar y en cambio volvió al templo.

La oscuridad era aún mayor ahí. Cerró la puerta principal y buscó, tanteando, su cuarto. Estuvo un rato acostado hasta que pudo tranquilizarse y formular un pensamiento acerca de sí mismo: los hombres de armadura y yelmo blanco habían venido, era evidente, y no lo habían llamado, se habían llevado muchas cosas y él no había tenido su parte —esto era culpa de ese odioso Falso demonio extranjero, que no le había permitido entrar en la revolución—. Era la única explicación posible para el hecho que él no hubiera obtenido su parte. Más pensaba más se enfurecía, hasta que el rencor ocupó todo su ser. Sacudió ferozmente la cabeza.

—Así que no me permites hacer la revolución, ¿eh? ¿Sólo tú puedes, no? Maldito Falso demonio extranjero. Bien, rebélate si quieres: la rebelión se paga con la ejecución. Voy a denunciarte. Te veré entrar en la ciudad para ser ejecutado, tú y toda tu familia, ejecutados. ¡Cha! ¡Cha!


Capítulo 9. El gran desenlace

El robo a la casa de los Zhao produjo en los habitantes de Weizhuang, incluyendo a Ah Q, una mezcla de júbilo y terror. Cuatro días más tarde, sin embargo, Ah Q fue arrestado en medio de la noche y llevado a la ciudad. Era una noche oportunamente oscura. Un grupo de soldados y guardias civiles, un equipo de policías y cinco detectives llegaron sigilosamente a la aldea, rodearon el templo al abrigo de la oscuridad y apostaron una ametralladora frente a la puerta. Ah Q, sin embargo, no salió corriendo y durante un rato no hubo movimiento. El comandante empezó a ponerse nervioso y tuvo que ofrecer una recompensa para que dos guardias civiles al fin decidieran correr el riesgo y treparan el muro. Con la ayuda de los de adentro, los de afuera irrumpieron en el templo y se llevaron a Ah Q, que sólo se despertó un poco al encontrarse junto a la ametralladora.

Ya era mediodía cuando entraron a la ciudad. Ah Q se vio arrastrado hasta el interior de una ruinosa oficina de gobierno y arrojado, luego de varias vueltas, en una pequeña celda. Apenas había tenido tiempo de trastabillar cuando la reja hecha de troncos se cerró detrás. Los otros lados eran paredes y en los rincones, advirtió, había dos personas.

Aunque sentía cierta inquietud, no estaba para nada deprimido, ya que su cuarto del templo no era en absoluto mejor que esta habitación. De a poco entró en conversación con los otros dos, que parecían venir también del campo. Uno estaba ahí por una vieja deuda de alquiler que su abuelo había contraído con el honorable diplomado provincial. El otro no sabía por qué. Cuando quisieron saber por qué se encontraba él ahí, Ah Q les respondió sin rodeos:

—Porque quería rebelarme.

Horas después lo sacaron de la celda y lo llevaron a una gran sala presidida, desde lo alto, por un viejo con la cabeza enteramente rapada. Ah Q pensó que se trataba de un monje, pero luego vio que había, más abajo, una fila de soldados, y a ambos costados una decena de figuras de túnica larga, entre las cuales algunos rapados como el viejo y otros que se dejaban caer sobre los hombros el pelo largo, igual que el Falso demonio extranjero. Todas eran caras horribles y feroces, que le clavaban miradas asesinas. Supo de inmediato que eran grandes personajes, se le aflojaron los músculos y cayó de rodillas.

—¡Habla de pie! No te pongas de rodillas —exclamaron los hombres de túnica al unísono.

Aunque pareció entender, no era capaz de mantenerse de pie. Se puso en cuclillas y luego, en cuanto pudo, volvió a arrodillarse.

—¡Servil! —un hombre de túnica lo miró con desdén, pero ya no volvió a repetirle que se levantara.
—Confiesa la verdad y ahórrate el sufrimiento. Ya sé todo hace rato. Si confiesas, quedarás libre —dijo el viejo, mirándolo fijo y hablando en un tono claro y tranquilo.
—¡Confiesa! —gritaron los hombres de túnica.
—Yo quería… quería unirme… —Ah Q apenas logró tartamudear en medio de su confusión.
—Y entonces, ¿por qué no viniste? —preguntó afablemente el viejo.
—El Falso demonio extranjero no me lo permitió.
—¡Mentiras! Ya es tarde para hablar. ¿Dónde están tus cómplices?
—¿Qué…?
—Los que asaltaron la casa de los Zhao esa noche.
—Ellos no vinieron a buscarme. Se llevaron las cosas solos —al recordarlo Ah Q comenzaba a enfurecerse.
—¿A dónde fueron? Si lo dices, quedarás libre —continuó el viejo, con un tono aún más amable.
—No lo sé… no vinieron a buscarme…

El viejo hizo un guiño y Ah Q fue puesto de nuevo tras las rejas. Lo sacaron por segunda vez a la mañana del día siguiente.

La escena de la sala era la misma. Arriba seguía todavía el viejo, y Ah Q, igual que la otra vez, se puso de rodillas.

El viejo le preguntó en un tono afable si tenía algo para decir.

Ah Q pensó, no se le ocurrió nada; respondió que no.

Así que uno de los de túnica agarró un papel y un pincel y los puso delante de Ah Q. Luego trató de ponerle el pincel en la mano.

Ah Q se quedó paralizado, como si el alma misma se le hubiera ido del cuerpo, porque esta era la primera vez que su mano sostenía un pincel. No sabía cómo agarrarlo. Pero el hombre de túnica le señaló un espacio y le indicó que firmara.

—Yo… yo… no sé escribir —dijo Ah Q, aterrorizado y con vergüenza.
—Entonces, haz lo que puedas, ¡dibuja un círculo!

Ah Q se propuso dibujar un círculo, pero la mano que sostenía el pincel le temblaba. El hombre de túnica puso el papel en el piso, Ah Q se tendió y concentró toda su atención en dibujar un círculo. Temía que se burlaran de él, estaba determinado a dibujarlo bien redondo, pero el maldito pincel no sólo era pesado sino que no le obedecía. Estaba a punto de cerrar el círculo, avanzando lenta y temblorosamente, cuando el trazo se le fue para arriba y terminó dibujando algo más parecido a una calabaza.

Ah Q sintió verdadera vergüenza por no haber dibujado un círculo bien redondo. Al otro no pareció importarle, ya que agarró el papel y el pincel y entre varios metieron a Ah Q de nuevo tras las rejas.

No estaba especialmente preocupado. Pensaba que el mundo es ancho y la vida es larga y a veces a uno le tocaba ser encerrado y sacado de una celda, y a veces a uno le tocaba dibujar un círculo en un papel; lo que sí resultaba una mancha en sus antecedentes era ese círculo imperfecto. Pero aun así, al rato se tranquilizó, pensando: sólo los idiotas dibujan círculos perfectamente redondos. Y así se durmió.

Esa misma noche, en cambio, el honorable diplomado provincial no fue capaz de dormir, a causa de un altercado que había tenido con el comandante. El honorable diplomado provincial sostenía que lo principal era encontrar lo robado, mientras que para el comandante lo más importante era ofrecer un espectáculo aleccionador a la masa.

—¡Hay que castigar a uno para que otros cien comprendan! —dijo el comandante, que en el último tiempo no trataba con la deferencia de siempre al diplomado provincial.
—No hace veinte días que estoy con los revolucionarios y ya ha habido más de diez robos, de los cuales ninguno se ha resuelto. ¡Esto es una mancha en mi nombre! Ahora por fin resolvemos un caso, y vienes con rodeos. ¡No es posible! Soy yo el que decide.

Pese a lo incómodo de su situación, el honorable diplomado provincial insistió, afirmando que si no se recuperaba lo robado renunciaría a seguir colaborando en la administración. El comandante respondió que hiciera lo que le pareciera. Así que esa noche el honorable diplomado provincial no logró dormirse; por fortuna, sin embargo, luego de pensarlo bien al día siguiente no renunció.

La tercera vez que Ah Q fue sacado de la celda fue a la mañana siguiente de la noche que el honorable diplomado provincial pasó en vela. En la sala el viejo estaba sentado en lo alto igual que antes. Igual que antes, Ah Q se arrodilló.

—¿Tienes algo para decir? —preguntó afablemente el viejo.

Ah Q pensó, no se le ocurrió nada, y respondió que no.

Varios hombres de túnica larga y corta le calzaron de golpe un chaleco blanco de algodón con unos ideogramas negros adelante. Esto lo inquietó, porque se parecía un poco a la ropa que se usa durante el duelo por la muerte de un pariente, lo cual podía ser de mala suerte.

Lo subieron a un carro abierto y varios hombres de chaqueta se sentaron junto a él. El coche arrancó de inmediato. Adelante iba un grupo de soldados y guardias civiles con fusiles. A ambos costados había un montón de personas mirando con la boca abierta. Qué había atrás, Ah Q no supo. Pero de repente se preguntó: ¿estaba yendo a una ejecución? El pánico hizo que los ojos se le nublaran y sintió en las orejas un zumbido, como si estuviera por desmayarse. Sin embargo, no se había desmayado, y aunque por momentos lo asaltaba el pánico, por momentos mantenía la calma. En esos instantes de lucidez se decía que el mundo es ancho y la vida es larga y a veces le tocaba a uno ser ejecutado.

Conocía el camino, y lo que le sorprendía es que no parecían estar yendo al patíbulo. Ignoraba que estaban haciéndolos desfilar para exhibirlos delante de la gente. Pero aún si lo hubiera sabido, hubiera pensado lo mismo: que el mundo es ancho y la vida es larga y a veces le toca a uno tener que desfilar por la calle y servir de ejemplo.

Finalmente comprendió que el camino conducía al patíbulo por un rodeo y que estaban llevándolo allí para ¡cha! decapitarlo. Miró a un lado y al otro, perplejo; por todos lados había una multitud que los seguía, como hormigas, y entre el gentío descubrió a Wuma. Estaba trabajando en la ciudad, comprendió de repente; esa era la razón por la que no la había visto en tanto tiempo. De repente se avergonzó de su poca ambición, pues se dio cuenta que aún no había cantado unos versos de alguna de sus óperas favoritas. Los pensamientos se le arremolinaban en la cabeza: La pequeña viuda va a la tumba le parecía insuficientemente grandiosa; El combate del dragón y el tigre, esa parte que decía Oh, remordimientos…, también, demasiado sosa. Terminó optando por Con mi fusta de acero he de azotarte. Sin embargo, al intentar agitar las manos recordó que las tenía atadas, así que finalmente tampoco cantó aquellos versos.

«En veinte años habrá otro…». En medio de su ajetreo mental a Ah Q le salieron espontáneamente unas palabras que nunca había dicho en su vida.

—¡Bravo! —un rugido animal surgió del gentío.

El coche avanzaba sin parar. En medio de los vítores, Ah Q giró los ojos en busca de Wuma, pero ella no parecía haberlo visto, sólo miraba absorta los fusiles sobre los hombros de los soldados. Así que Ah Q miró una vez más a la multitud que aclamaba.

En ese momento, los pensamientos se arremolinaron de nuevo en su cabeza. Cuatro años antes, al pie de una montaña, se había encontrado con un lobo hambriento, que lo seguía sin acercarse ni alejarse, esperando la oportunidad para devorarlo. Sintió tanto miedo que pensó que iba a morirse, pero por fortuna tenía un hacha en la mano, y gracias a eso tuvo el coraje para aguantar hasta llegar a la aldea. Pero nunca se había olvidado de esos ojos que, feroces y tímidos a la vez, refulgían como dos fuegos fatuos y parecían atravesar su carne desde lejos. Y sin embargo, los ojos que veía ahora eran más temibles que los que había visto entonces, ojos ágiles y lerdos a la vez, que masticaban sus palabras y se disponían a masticar todo lo que no fuera su cuerpo. Lo seguían sin acercarse ni alejarse.

Estos ojos, fundidos ya como en una atmósfera, parecían estar royéndole el alma.

—Socorro…

Pero las palabras no salieron de su boca. Sus ojos ya se habían nublado, en su oído no había más que un zumbido y todo su cuerpo parecía dispersarse igual que polvo.

El más perjudicado en todo este asunto resultó ser el honorable diplomado provincial, pues finalmente nunca se encontraron los bienes. Su casa estaba sumida en el llanto. En segundo lugar, los Zhao, no sólo porque al ir a la ciudad a presentar la denuncia el diplomado local fue despojado de su trenza por los malos revolucionarios, sino porque tuvo que pagar además más de 20 mil monedas de tributo. Así que también su casa estaba sumida en el llanto, y a partir de ese día adoptaron poco a poco los modos de una familia fiel a la antigua dinastía.

En cuanto a la opinión pública, todos en Weizhuang coincidían en que Ah Q era culpable, y que su ejecución era la prueba irrefutable. ¿Si no había hecho nada, por qué lo habían ejecutado? La opinión en la ciudad era negativa y el descontento generalizado, pues una ejecución era un espectáculo muy inferior a una decapitación. Y además, el condenado era demasiado ridículo, había recorrido media ciudad y no había cantado ni una sola línea de ópera. Los había hecho perder el tiempo.

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