Por senderos que la maleza oculta (II)

Knut Hamsun






Hoy, 22 de septiembre, me han vuelto a llevar ante el juez de instrucción.

Es por la mañana temprano, un poco demasiado temprano para mí y para toda la residencia de ancianos. Podrían haberme avisado, pero no lo hicieron, ¿para qué sirven los teléfonos? Para un policía no es difícil, solo tiene que meterse en un coche y venir, pero el reo tiene que acompañarlo tal cual. Me habría gustado estar vestido y listo al presentarme ante el juez de instrucción. También en la Rusia de los zares les daban un respiro. Aquí no fue así.

Murmuré una disculpa y el viejo y noble juez de instrucción me disculpó. Por lo demás no quería gran cosa: mi tiempo fijado acababa hoy, y ahora se trataba de prolongar el período hasta el 23 de noviembre. Así fue aclarado, anotado y secundado con diversas preguntas que el juez me hizo por escrito para no tener que hablar a mis sordos oídos. Contesté las preguntas una por una y me mantuve en mi declaración anterior, reiterando que mantenía lo dicho sobre lo que había hecho.

Acabamos y me devolvieron a la residencia para que pudiera vestirme.

*

Otros dos meses. Bueno, para mí no cambia nada. En realidad no pertenezco a aquí, a la residencia de ancianos, soy un intruso, pero los ancianos son amables y no me hacen sentir como un intruso. Ellos solicitaron libremente el ingreso como el lugar más apropiado para pasar sus últimos días; yo, en cambio, he venido aquí con ayuda de la policía, y estoy ingresado a la fuerza. También los otros tendrán sus achaques, algunos en la espalda, otros tienen muy mal las piernas, pero yo, yo carezco casi totalmente de un determinado sentido, lo que me convierte en un inútil para mascullar. No es ese un defecto insignificante, y tengo muchos más: por ejemplo, a veces me falta tan desesperadamente la palabra que quiero emplear que primero tengo que decir otra cosa. No soy el único que sufre esa molesta dolencia, que por cierto es antigua y noble, y se llama afasia, el gran Swift de Inglaterra estaba peor que yo.

¿Para qué protestar? Todo el mundo tiene sus problemas. Tampoco hay nada que moleste aquí en la residencia, tenemos libertad para ir y venir, movernos y observarnos los unos a los otros. La residencia está llena, quince o veinte personas de ambos sexos, varios en cama. De vez en cuando también se muere alguno de nosotros, eso es inevitable, pero no deja demasiado impresionados a los supervivientes. Echamos un vistazo tras el ataúd blanco, pero cuando el coche ha desaparecido volvemos a lo nuestro.

Por cierto, ¿hay en nuestra época una moda que dicte que el ataúd sea blanco? Yo no sé qué es lo más correcto, pero en mi infancia un ataúd era siempre negro, solo para los niños se empleaban ataúdes blancos. O tal vez la moda o la costumbre cambie según el lugar: aquí la bandera se queda todo el día a media asta para honrar a los muertos, en Nordland la costumbre era que cuando el ataúd se había enterrado, la bandera se subía desde media asta hasta arriba, y así se quedaba.

Tal vez las dos maneras sean igual de buenas.

*

Mientras voy tomando nota de algunas trivialidades para mí mismo, un hombre me alcanza. Me resultó algo extraño, porque había cogido un apartado camino forestal alejado del tráfico, y me consideraba bien escondido.

El hombre apenas esbozaba una sonrisa e intentaba andar a mi paso. Me resultaba incómodo e intenté quedarme atrás. No sirvió de nada. No oigo, dije. Asintió con la cabeza, y de repente consiguió decirme algo con sorprendente claridad: ¡Sé quién es usted!

Me quedé un poco perplejo, sonriendo ante su tímido intento de bromear, y dije: Prefiero andar solo.

El hombre no desistió, dijo algunas nimiedades de las que pude captar alguna que otra palabra.

No tenía aspecto de ladrón, pero me resultaba molesto, simplemente quería dar la vuelta e irme, hice como que leía lo que acababa de anotar, sin hacerle ningún caso. Pero de repente le oí usar una expresión muy típica de Saltvær: ¡No te arrepientas de ello!

Al oír esas simples palabras me vino a la cabeza un recuerdo, mi corazón las oyó.

¿Es usted de Nordland?, le pregunté.
Pues sí, contestó él. Pero usted no me conoce.

Empleaba alternativamente el tú, el usted y el vos, y se esforzaba por hablar con claridad, con frases breves junto a mi oído. Tal vez fuera el propio tono de su voz lo que me hizo comprender casi todo.

No diré una palabra sobre su aspecto, era muy común, demasiado común: estatura media, con cara de buena persona, flaco, y ni joven ni viejo. Quizá por necesidad, quizá por humildad, llevaba los zapatos atados al hombro, e iba descalzo.

Me alegro de verlo, dijo.

¡Vaya tipo! Era para hacer rechinar los dientes.

Y de que quiera usted escucharme, prosiguió.
Pero si estoy sordo, ya se lo he dicho. ¿Qué quiere que escuche?
Los dos somos de la isla de Hamarøy.
Con que sí. Hice como si eso no significara gran cosa, pero sí que me ablandó bastante.

Me acercó un almanaque de hacía varios años, con un desgastado forro de piel y un montón de páginas que me pidió que leyera.

Me lo esperaba, el cuento, su biografía.
¿No empieza a hacer frío para ir descalzo?, le pregunté con el fin de desviar la conversación. Estamos casi en octubre.
He anotado todo tal y como fue, dijo, empeñado en lo suyo.
¡Ah, cómo me sonaba todo aquello! Hasta hace diez años recibía por correo paquetes con historias caseras verídicas de amor, y poemas. No puedo leerlo, dije. No tengo fuerzas.
Como los dos somos de la isla de Hamarøy…
¿De dónde es usted exactamente?
De Sagfjorden, de Kløttran.
¿Y cómo se llama?
¿Yo? Martin. Mi apellido es Enevoldsen.
Intentaré echar un vistazo, dije cansado, hojeando el cuaderno. Pero no puedo leerlo todo, solo algunos trozos.

Las notas hablaban del maestro de escuela y de un hombre llamado Berteus, un par de veces vi el nombre de Alvilde, de cómo llegar a estar en paz con Dios, de ir a Klingenberg y del párroco, de salir a la pesca, de buscar metales en la montaña…

No, no podía leerlo de esa manera, con él allí, mirándome. Le devolví el cuaderno, pero estaba claro que no me libraría de ese hombre así como así, y al final tampoco tenía ganas de hacerlo. Me daba la impresión de que me estaba rogando y lo tenía a mi merced.

Nos sentamos en el brezo a charlar, yo encendí la pipa, pero él no fumaba, hablaba. Me di cuenta de que tenía miedo de cansarme, y me enseñó el almanaque diciendo: Mejor que lo leas tú mismo.

Pero yo prefería escuchar.

Curioso que te oiga tan bien, dije, devolviéndole el trato de tú. Mejor que he entendido a nadie.
Estoy acostumbrado a hablar con claridad cuando oro, dijo.
¿Cómo que oras?
En congregaciones.
¿En congregaciones? Pero no me refiero a las palabras, sino al sonido. El sonido de las palabras. Su voz no era particularmente fuerte, pero nacida para el oído y para penetrar. Con esa voz podría aprender poemas e impactar.
¿Recitas salmos?, le pregunté.
Qué va. Ah, pues sí, los salmos de David.
¿Y cantas algo?
No, pero toco el órgano.
¿Y luego hay una joven llamada Alvilde?, dije de repente, mirándolo.
Se sorprendió y respondió: Sí, se llama Alvilde. ¿Cómo lo sabes?
Acabo de leerlo en este cuaderno.
Ah pues sí, lo has leído. Me alegro. No hay nada malo en él.
Pero cuéntame, ¿cómo empezaste?
¡Por la gracia de Dios!, contestó.
De acuerdo. ¿Pero llegaste directamente desde Kløttran, en el Sagfjorden, para orar en congregaciones?
No, no, contestó, un poco perdido. El pastor me convenció. Fue en un entierro donde sentí llegar la vocación.
Y oraste. ¿Qué dijiste entonces?
No dije nada. Recé a Dios. Fue en el entierro de Berteus. Todo está escrito aquí.

No me quedaba más remedio, tuve que ponerme a leer. No perdí nada con ello, en absoluto, las simples palabras y descripciones conformaban un buen relato y me resultó atractivo.
Leí:

*

Todo empezó con un hombre llamado Berteus, venía de Kvædfjord y se estableció en nuestro pueblo. Estaba casado y tenía un hijo pequeño. Yo me juntaba a menudo con él, aunque era mayor que yo y había sido patrón de un barco pesquero. Un hombre excelente en todos los sentidos, para mí era como un hermano entre hermanos. Recibió madera de Schøning, en Hillingen, y lo ayudé a levantar su cabaña a cambio de que me diera de comer y no le pedí nada más. En el otoño volvió a Kvædfjord para prepararse para la pesca de Lofoten, tenía una barca en propiedad de ocho remos. La mujer se quedó con nosotros en su nueva cabaña. No quería decirle nada, pero dejaba al niño solo cuando ella iba a buscar frutos del bosque con otras personas. Ya entrado el invierno trajeron remando a Berteus, tenía fiebres tifoideas y permaneció en cama durante cuarenta y ocho horas. Deliraba sin cesar, y nadie quería quedarse con él por el peligro de contagio, tampoco su mujer se atrevía porque decía que tenía miedo de que su marido contagiara al pequeño. Por eso me quedé yo con él, sentado junto a su cama y dándole agua con azúcar con una pluma con la que le mojaba los labios, mientras él no paraba de delirar. Solo duró dos días y dos noches, y murió.

Me quedé completamente aturdido cuando sucedió, porque todos pensábamos que se curaría, pero no fue así. No sabía cómo reaccionar o comportarme ante esa repentina muerte, pues el hombre estaba fuerte y sano cuando construimos la cabaña, ¡y de repente vinieron a por él! Me quedaba por las noches meditando en la cama sin encontrar paz. La mujer quería llevarlo al cementerio de Kvædfjord, pero eso resultaba demasiado complicado, porque su barca y su tripulación ya habían regresado a la pesca en Lofoten, y no se encontraba otro transporte. Unas buenas personas remaron hasta Klingenberg a por un ataúd y víveres para el entierro, pero yo no los acompañé. ¿Y si la muerte viniera a por mí como a por Berteus?, ¿dónde acabaría yo entonces? El maestro vino a verme y me dijo que no me lo tomara tan a pecho, pero eso no me sirvió de nada. Trepé por la nieve hasta un pico llamado Kleksen, porque se parece a un águila, y allí me arrodillé a gritar a Dios y a Jesús en mi desgracia. Me hizo bien, supliqué razonamiento y luz para mi alma, y en verdad fui escuchado como nunca antes. Pasó un buen rato, el sol apareció en el cielo, vi a gente desconocida abajo junto a las casas, habían vuelto de Klingenberg con el ataúd. Pero lo más maravilloso era que una gran lucidez se había apoderado de mí, y una increíble luz brillaba en mi interior. Perdí la razón y hablaba sin cesar en voz alta mientras volvía a casa. Había llegado el párroco, y el muerto yacía ya en el ataúd, estaban a punto de poner la tapa y me pidieron que me callara, pero el párroco les hizo una seña, porque él me había confirmado y me conocía: ¡Dejad a Martin en paz!, dijo. Entrelacé las manos, las levanté muy alto y pedí piedad y perdón para el alma de Berteus y para todos nosotros, no sabía muy bien lo que hacía ni cuánto tiempo estuve así, hasta que el párroco me cogió la mano y me dio las gracias. Pero cuando logré sentarme, me dormí extenuado en la silla. ¡Alabado sea Dios en los cielos! Todo esto acabo de anotarlo aquí por la gran misericordia que Él me ha mostrado desde aquel día en Kleksen hasta ahora.

Pasó el tiempo y no ocurrió nada más. La viuda iba a volver a Kvædfjord y estaba esperando a que la barca y los hombres volviesen para llevarla a su casa. Ya era abril. ¿Qué iba a hacer con la cabaña? Intentó venderla, pero no lo consiguió, así que me pidió que se lo encargara al comisario rural, y así se lo prometí. Cuando volví de verlo, ella me dijo que mientras tanto podía quedarme con la cabaña. Le pregunté que qué quería decir con eso. No sé lo que quiero decir, respondió ella, ¡pero lo dije porque tú ayudaste a Berteus a carpintear la cabaña! Yo seguía sin entender lo que quería decir. Bueno, bueno, tú solo piensas en otra, y te va a salir rana, porque ya sabes, ¡acabará con el maestro! Ya lo sé, contesté, no hablemos más de eso, más vale que nos callemos. Pero al día siguiente la barca de ocho remos llegó a por ella y a por el niño, y volvió con su gente a Kvædfjord, que era su pueblo. Todo se iba arreglando. Llegó el verano y fue el maestro el que compró la cabaña, se instaló en ella y allí estaría la escuela. Se casó en mitad del verano y compró cacharros, cacerolas y demás útiles necesarios en Klingenberg, fueron una pareja feliz, yacían en el heno y estaban satisfechos. El propio maestro iba prospeccionando, martillo en mano, por los montes de alrededor, pero no encontró ningún metal valioso para vender, y perdió lo que había comprado, incluso tuvo que vender la cabaña, porque no había nada en los montes.

Entrado ya el otoño, el maestro consiguió un puesto mejor en Helgeland, y allí se fue, nosotros lo echamos de menos, porque era un hombre competente y bueno en todas las materias. Había venido del seminario de Tromsø con conocimientos y sabiduría, entendía cómo funcionaban las máquinas y tenía todo en la cabeza. Lo de ese hombre fue una pena, a mí me enseñó a tocar el órgano y a otros les enseñó otras artes, se llamaba Hans Næss y era un hombre alto y bien parecido, pero tal vez no fuera muy constante en nada y se olvidara de su Dios. En Helgeland compró una granja, pero tampoco esta vez le salió bien, la mantuvo unos cuantos años y de nuevo se vio obligado a dejar la granja, y todo lo que tenía se convirtió en deudas. Por fin decidió irse a América, pensando que era allí donde debería haber estado siempre. La gente le daba la razón en eso, pues para un hombre que sabía tanto como sabía él, y que era tan competente con la cabeza y con las manos, América tendría que ser el único país adecuado. Pidió dinero prestado para el billete y se armó de valor, dio la casualidad de que yo me encontraba en Helgeland justo cuando él se despidió de su familia y se marchó. Lo único que pude hacer fue rezar de corazón a Dios y pedirle que le fuera bien en su nueva vida y en el nuevo mundo, y terminé rogándole que protegiera y cuidara de su esposa y de los dos pequeños que se quedaban solos aquí, pero que le seguirían en cuanto el marido hubiese encontrado medios para ello. Y se marchó. ¡Hágase la voluntad de Dios! Ella jamás volvió a verlo.

Pues no, no volvió a verlo nunca más en esta tierra. Él le envió un par de cartas en las que le decía que había llegado bien y que tenía la intención de irse hacia el oeste, desde entonces no volvió a dar señales de vida. La mujer leyó en los periódicos sobre un enorme incendio en Chicago en el que murieron muchas personas, y temió que él se encontrara entre los fallecidos. Pero nunca dejó de preguntar por él, de buscarlo y de pensar en él año tras año, y además vivió en la mayor de las pobrezas. Fueron tiempos muy duros para ella, no estaba casada, y no era soltera, y tenía que mantenerse a sí misma y a sus hijos. Apenas soportaba verme cuando yo andaba por esa parte del país, y me dijo que habría sido mucho mejor que no le hubiera prestado dinero para el billete que arrojarlos a todos a la desgracia. No pude objetar nada a eso, y me marché con gran dolor en el corazón. En el estado de ánimo en el que la mujer se encontraba, no me atrevía a acercarme a ella a menudo, sino que me limitaba a enviarle un saludo por Navidad y demás fiestas religiosas. También eso se lo tomó a mal, y la siguiente vez que aparecí por allí estaba llena de amargura y me hizo escuchar muchas cosas malas. No entiendo por qué merodeas por aquí, dijo, ¿tú no eres de Hamarøy? Vengo del sur y me voy muy al norte, contesté, solo pasaba por aquí. No, estás merodeando, dijo ella, ¿y qué pensará la gente de eso? ¿No pretenderás hacerme olvidar al hombre que conseguiste alejar? Ja, ja, buen Martin, ¿no querrás compararte con él? No, no es mi intención, respondí. Llévate todo lo que has traído, no lo quiero ni ver, dijo ella, ¡nosotros no necesitamos nada, no te preocupes! No son más que unas cosas para los niños, dije. Sí, pero no entiendo por qué no puedes marcharte de aquí, dijo ella. Voy a marcharme, contesté.

Me arrepentí de haberlo dicho, porque no hizo sino empeorar las cosas y que ella se echara a llorar. Fue doloroso de contemplar. Le dije que no volvería a pensar en lo que ella había dicho, pero ella se llamó a sí misma la peor escoria humana, y se negó a dejarse consolar. Cuando me marché, me acompañó fuera llorando sin cesar. Supongo que esta es la última vez que te veo a ti también, dijo. No digas cosas tan tristes, contesté, tal vez la próxima vez hayas recibido alguna noticia. ¡Nada es imposible para Dios!

*

Dejé de leer y le devolví el almanaque. Fue para él una decepción. También eso me resultaba muy familiar, son incapaces de entender que alguien pueda dejar de leer el resto, pues lo que queda no es peor que el principio.

Al maestro de escuela le fue muy mal, dije para suavizarlo. Se casaría con Alvilde, ¿no?
Se quedó algo perplejo. No lo pone aquí, contestó.
No.
No se menciona en ningún sitio.
Cuéntame, ¿has empleado toda tu vida, desde la juventud, en hablar en congregaciones?
No oro gran cosa, no tengo conocimientos suficientes para ello. Yo rezo a Dios.
Pero durante todos estos años, toda una vida.
¡Pues sí, en eso tienes razón! Por desgracia, ha pasado el tiempo y han pasado todos estos años, y yo no he conseguido hacer nada por los seres de la tierra.
¿Cómo llegaste hasta aquí, tan al sur del país?
Andando.
¿Andando?
Sí, caminando. También he estado en Suecia y en Finlandia.
Perdóname por preguntar, le dije. ¿Te pagan algo por ello? Quiero decir, ¿hay alguien que te pague?
No. Pero Dios es misericordioso conmigo, no padezco ninguna necesidad. A menudo hago una jornada de trabajo y me pagan un poco por ello, muchas veces incluso me sobra. De modo que no estoy necesitado.
¿Entras en las casas a pedir comida?
No, contestó, moviendo la cabeza. Pero cuando se da el caso, también como junto a los que están sentados a la mesa.
De acuerdo. ¿Y cuando no se da el caso?
Entonces espero hasta llegar a otro lugar, o no necesito nada. No me hace falta gran cosa.
Miré al enjuto caminante y dije: Te pido que me perdones, pero ¿no sería mejor que te unieras a alguna asociación o comunidad religiosa para tener algo fijo?
Puede ser, contestó el hombre. Pero ¿sabes?, no puedo presentar papeles ni de estudios ni de conocimientos, tengo que ir por mi cuenta y mantenerme cerca de Dios, eso es lo más seguro. Ay, me resulta fácil llegar, rezo a Dios y estoy seguro.

Cuando entro en una cabaña o un hogar, doy gracias a Dios por estar bajo techo, y pido la bendición y el perdón del cielo para todos nosotros. Algunos suelen venir a escuchar, y si hay un pequeño órgano en el lugar, todo se convierte en un canto de alabanza a Dios. Así es.
¿Por qué te importa tanto que yo lea tu agenda?
Ah bueno, tengo mis razones. Durante mi infancia en Hamarøy oí hablar de vez en cuando de ti, de modo que conocía tu nombre.
¿Y cómo sabías que estaba aquí?
Dio la casualidad de que se lo oí decir a alguien. Y entonces pensé enseguida que intentaría verte.
Ah sí.
Oí decir que te habías quedado sordo, pero eso no me preocupaba gran cosa. Mi padre estaba sordo y mi madre estaba sorda, de nada servía gritarles, no lo oían. También hay muchos sordos en las congregaciones que nunca oyen una sola palabra sobre Dios, ni una oración dirigida a él.
Comprendo. ¿Y qué te hizo querer verme?
Te lo diré si no te lo tomas a mal.
No, no.
Entonces voy a decir una sola cosa: que debes disponer de tu casa. Ya es hora. Eres un hombre viejo.

Los dos callamos, y él no dijo nada más. Ningún sermón, era un hombre juicioso y no se extendió en sus palabras. Tal vez hubiera planeado estas palabras de despedida, tal vez soliera usarlas con los ancianos con los que se topaba por el camino.

Te doy las gracias por haberte esforzado en hablarme hoy, dije, a la vez que le metía en el bolsillo un pequeño billete.
Eso nos hizo avergonzarnos a los dos y yo dije para suavizarlo: ¿Adónde te diriges desde aquí?
A la ciudad, contestó.
Entonces ponte los zapatos, dije.
Sí, pero no corre prisa, contestó. Los ahorraré hasta que llegue donde haya gente.

*

Ya es octubre. Los puros se me acabaron hace tiempo, pero no importa, tengo tabaco de cosecha noruega en cajas, y fumo en pipa. Un día veo a uno de los ancianos volver a la residencia con una larga planta de tabaco, un verdadero arbusto que ha conseguido en algún lugar, coge escrupulosamente cada hojita seca del tallo, las mete en la pipa y la enciende. También eso funciona, funciona perfectamente, a los viejos nos divierte verlo. Desde que este verano me mandaron de casa unos zapatos mejores no me ha faltado de nada, he recibido un estudio cultural maravillosamente extenso de Dinamarca, una Biblia que me han prestado aquí y un gran libro sobre Nueva Guinea.

Una tarde llega el médico y dice que va a examinarme.
¿Por qué?, le pregunto.
La policía está estudiando la posibilidad de enviarlo a su casa, a Nørholm, o qué hacer.
¿Debo desnudarme?
En absoluto, contesta, basta con que se afloje un poco la camisa.
Me auscultó el pecho y la espalda. A lo mejor tiene la tensión algo alta, dijo. ¿Le gustaría irse a su casa?
Yo quiero hacer lo que la policía quiera que haga. Ahora no tengo voluntad.
Acabado. Todo había llevado diez minutos.

No presté mucha atención a aquel examen médico. Me parecía que la policía era exageradamente escrupulosa, yo estaba sano, la tensión, ¿qué era aquello? Nunca había oído hablar de eso antes. No me pasaba nada, solo estaba viejo y sordo.

Dos días después llegó un letrado con muchos papeles grandes. Dijo que venía a hacer un registro de bienes. Declaré lo mismo que había declarado al juez de instrucción: en dinero en efectivo veinticinco mil coronas, la finca Nørholm y doscientas acciones de la editorial Gyldendal.

Pero luego están los derechos de autor, dijo, y los valoró en cien mil coronas.
¡Puras suposiciones!, objeté: A lo mejor valen cien mil, a lo mejor no valen cinco coronas, nadie lo sabe, yo soy hombre muerto. Pregunte usted en Gyldendal, al menos allí hay gente entendida.

Borró las cien mil y puso en su lugar cincuenta mil.

¿Joyas?, me pareció oírle decir.

Como no usaba sortijas, me llevé la mano al chaleco y quise darle mi reloj, pero él lo rechazó con un movimiento de la cabeza.

Listo.

Pasó una semana, no tenía ningún presentimiento de nada, recibí la visita de mi hija y de mi nuera, que venían de Nørholm, bromeé y me reí con ellas, contándoles cosas de la vida. Mis familiares me informaron de que iría a Oslo, a «una bonita pensión», lo habían oído a través de conocidos en la policía. ¡Bueno, no me importaba nada! Estaría fuera unas dos semanas, había insinuado la policía. Mis familiares me entregaron sendos paquetes de dinero que debería esconderles hasta que volviera, era algo que solían hacer cuando habían recibido algunas coronas.

A la tarde siguiente llegó la policía y me llevó a Arendal en coche. Era domingo. Entré en un vagón de tren atestado de gente, todavía sin saber el objetivo de mi viaje, hasta que la policía, de una manera muy elegante, hizo llegar a mis manos un ejemplar del diario Aftenposten, donde ponía que yo iba a ingresar en una clínica psiquiátrica. Todo muy secreto, ya lo creo. Cuando el tren llegó a Oslo, llevaba doce horas sentado derecho durante toda la noche. El barco habría tardado siete horas, y yo habría podido dormir en una cama.

El lunes por la mañana del 15 de octubre, en algún momento entre las diez y las once, fui recibido en la Clínica Psiquiátrica. Me abrieron tres puertas cerradas con llave para que pasara y las volvieron a cerrar.

Me recibió una multitud de enfermeras vestidas de blanco, tuve que entregar todo lo que llevaba en los bolsillos, las llaves, el reloj, un cuaderno de notas, un cortaplumas, un lápiz, las gafas, todo. En el cuello de la camisa llevaba dos alfileres, también me los quitaron, me arrancaron la funda protectora de la maleta, presumiblemente por temor a que hubiera escondido allí algo peligroso. Luego me abrieron la maleta y palparon el contenido.

Me pidieron un informe médico. ¿No traía nada escrito del médico? No. Fue la policía la que me acompañó, yo estaba arrestado, era un traidor a la patria, por si no lo sabían. La amable enfermera jefe me preguntó cómo había acabado en esa desgracia. No importa, dije. Sí, sí, era malo para mí, dijo, muy triste. Dije que luego lo explicaría todo.
Me llevaron al baño. Dije que tenía hambre y que estaba cansado, pero ellos contestaron que tenía que bañarme. Cuando volví a vestirme, no encontré mi alfiler de corbata. Lo habían quitado de la corbata mientras yo estaba en la bañera, y nadie me lo dijo. Me arrodillé en el suelo buscándolo, pero nada. Pregunté al celador. Me enfadé y grité, cállese, cállese, cállese. Expliqué que era un alfiler valioso, una perla oriental, al contrario que esos enormes carteles que algunos llevaban en sus corbatas. Al final, una enfermera dice que el alfiler está bajo control.

Por fin me trajeron unas minúsculas rebanadas de pan con fiambre, que me puse a masticar. Estando en ello me llamaron. No entendía lo que me estaban diciendo y cuando les pedí que me lo escribieran, anotaron el medíco en un papel. ¿Qué quiere decir el medíco?, pregunté. Volvieron a escribir el medíco en otra parte del papel, subrayando el medíco. ¿Se refieren al médico? ¿Al doctor?, pregunté. Sí, sí, contestaron, moviendo la cabeza. No necesito ningún médico, dije. No estoy enfermo.

El médico estaba en el primer piso, conseguí subir. En mi agitado estado hablaba sin cesar, quejándome de que estaba agotado, deberían haberme dejado viajar en barco. La estenógrafa escribía. El médico fue paciente y quiso ayudarme: Si usted no ha venido en barco, será porque el tren va mucho más deprisa. Sí, solo para llegar cinco horas después, dije.

Le pregunté cómo se llamaba. Ruud, contestó. Estoy muy cansado, tengo que dormir, dije.

*

Un breve prólogo.

Como ya he dicho, estoy ingresado en la Clínica Psiquiátrica de Oslo, una institución para «nerviosos y enfermos mentales». El año es 1945, del 15 de octubre en adelante. Paso los días escribiendo las respuestas a las preguntas escritas del profesor Langfeldt. Esas respuestas pecan de rapidez por mi parte, escritas bajo las condiciones más adversas, en el tiempo minuciosamente medido por el reglamento, bajo una luz muy deficiente, con una creciente depresión. Con esto quiero decir que no se trata de una colección de perlas cultivadas. Pero son mis escritos. Ya que no me dieron tiempo para sacar copia de mis respuestas, y como el profesor se negó a prestarme mis originales, no tengo nada que meter en este vacío.

*

Corre el año 1946, estamos a 11 de febrero.

He salido de la institución.

Eso no significa que sea un hombre libre, pero puedo volver a respirar. En realidad lo de respirar es lo único que puedo hacer por ahora. Estoy muy deprimido. Salgo de una institución de salud, y estoy muy deprimido. Estaba sano cuando ingresé.

Tal vez más adelante haya tiempo para volver sobre mi estancia en la Clínica Psiquiátrica, las amables enfermeras, la buena y cordial enfermera jefe, las Navidades del 45, los pacientes, los paseos por el patio… todo eso tendrá que esperar. Antes he de reponerme.

Lo primero, tengo que intentar volver a la residencia de ancianos de Landvik. No es fácil, hay una nueva dirección, otro vejestorio ocupa mi vieja habitación, la casa está llena. El jefe de policía Onsrud, de Arendal, hizo lo que pudo por mí, toda la gente de la residencia puso de su parte, y pude entrar.

Aquí debería empezar mi mejoría. Pero ya no era un jovenzuelo, me resultó difícil volver a la vida normal, la que se había interrumpido cuatro meses antes, mi convalecencia se prolongaba mes tras mes. Me negaba a ver a nadie, llegaban cartas, pero no las contestaba, no tenía fuerzas. Daba mis paseos por la nieve blanda, pero luego temblaba. Dormitaba y dormía mucho, incluso cuando me sentaba en una silla a mediodía, la gente me decía que se debía a mi agotamiento.

Me sobrepuse, y conseguí deshacerme de la navaja. ¡Ay, esa navaja! No se la había sustraído a nadie, se me había pegado en el hospital de Grimstad, y luego estuvo enterrada en el sótano de la clínica con el resto de mis objetos. La envié por correo al hospital: Tengan ustedes, he aquí una navaja, cójanla, no soporto seguir viéndola, no es mía.

También en otros sentidos intenté arreglar mis asuntos lo mejor que pude, ponía cruces en la agenda los días importantes, me aboné sin permiso a un par de periódicos, me remendaba la ropa. Tenemos invierno pleno con un sol brillante y días cada vez más largos, estamos en una especie de tiempo ecuatorial: a las siete de la tarde llega el crepúsculo hacia la noche, a las siete de la mañana apunta el día. Así será durante algún tiempo, hasta que el ecuador se desplace.

En aquellos momentos no tenía ninguna gana de leer. Tenía conmigo la historia de la cultura, la Biblia y la obra sobre Nueva Guinea, pero me cansaba demasiado para poder leer libros de verdad, y en su lugar leía basura y periódicos. De vez en cuando me encontraba en la cocina alguna revista religiosa que me estudiaba, estaban bien escritas y a menudo bien pensadas, una de ellas era la revista El Evangelista, que enviaban gratuitamente, y había escritos adventistas entregados por emisarios. Estos últimos estaban bien impresos en un papel exquisito, un placer de hojear y un descanso para mi debilitada vista. Pensé en mi amigo de Kløttran, de la provincia de Nordland, podría haberse integrado en esa amplísima sociedad adventista y se habría librado del todo de ir descalzo. Pero él tenía que caminar solo, dijo.

Una tarde vino en coche la enfermera jefe del hospital de Grimstad. ¡El objetivo de su visita era devolverme la navaja!

Yo todavía no pensaba con mucha profundidad, y me limité a quedarme quieto.

Pues sí, dijo ella, esa navaja que me ha enviado usted no pertenece al hospital, y no queremos tenerla allí. Es una bonita navaja, pero no es nuestra.
Tampoco es mía, dije.
Debe usted preguntar en su casa, dijo ella, tiene que haber venido de Nørholm.

No pregunté, no tenía fuerzas.

*

Pasan los días, pasan los meses y no mejoro gran cosa. Alguien muere en la residencia, aquí tenemos vejestorios de sobra, algunos desaparecen, pero otros vienen en su lugar, no influye en los que quedamos, así debe ser. La nieve ha desaparecido y es primavera, poco a poco me van entrando ganas de trabajar, pero no tengo fuerzas. Sigo sin responder las cartas.

El tabaco ya no está racionado, pero tampoco me produce placer, ninguno. ¿Qué quiero entonces? ¿Por qué me pongo tan difícil? Primavera y verano y todo, ¡pero Dios mío, qué estado mental tan bobo! Afilo dos nuevos lápices con la navaja, con el fin de estar preparado para una sublime explicación, pero esta no llega. ¿Qué voy a hacer entonces? Estoy patas arriba, eso es lo que pasa, estoy harto de mí mismo, no siento ningún deseo, ningún interés, ningún placer. Cuatro o cinco buenos sentidos hibernando y el sexto sentido me lo han robado.

Gracias al fiscal general del reino.

*

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