Por senderos que la maleza oculta (I)

Knut Hamsun






Corre el año 1945.

El 26 de mayo llegó a Nørholm el comisario jefe de policía de Arendal para anunciarnos a mi esposa y a mí un arresto domiciliario de treinta días. No me habían avisado con antelación. A petición suya, mi mujer le entregó mis armas de fuego. Más tarde, me vi obligado a escribir al comisario para decirle que también tenía dos grandes pistolas de los últimos juegos olímpicos de París, podía venir a recogerlas cuando lo estimara oportuno. Al mismo tiempo le decía que suponía que lo del arresto domiciliario no era literal, pues tenía una granja agrícola con grandes extensiones de tierra alrededor, que requerían cuidados.

Al cabo de un tiempo se presentó el adjunto del comisario de Eide a recoger las dos pistolas.

*

El 14 de junio me trasladaron desde mi casa al hospital de Grimstad —a mi mujer habían venido a buscarla un par de días antes para llevarla a la cárcel de mujeres de Arendal—. Así pues, ya no se me permitía seguir teniendo el control de mi finca. Fue muy poco oportuno, ya que solo contaba con un chico joven, temporal, para administrarlo todo. Pero no se pudo hacer nada para impedirlo.

En el hospital, una joven enfermera me preguntó si quería acostarme enseguida, pues había leído en el periódico Aftenposten que «había sufrido un colapso y necesitaba cuidados». ¡Bendita sea usted, joven, dije, jamás ha llegado alguien más sano que yo a este hospital, lo único que me pasa es que estoy sordo! Puede que ella lo interpretara como una fanfarronería, y no quiso hablar conmigo. Así era, no quería hablar conmigo, y ese silencio adoptaron todas las enfermeras durante mi estancia en el hospital. La única excepción era la enfermera jefe, la hermana Marie.

*

Doy vueltas por el recinto del hospital. Un viejo edificio en un cerro y otro más nuevo abajo —que realmente es el hospital—. Yo me alojo en el cerro y estoy solo, en el primer piso viven tres enfermeras. Por lo demás, no hay nadie más en la casa.

Mientras camino voy observando. Por aquí se ven muchos robles grandes, pero también bastantes que fueron talados hace tiempo, y en los tocones ya solo crece una maleza que no llega a nada. Al oeste se ven muchas pequeñas granjas.

El policía que me trajo aquí me dijo que no debía moverme «fuera de esta salita». Supuse que eso tampoco debía entenderse literalmente, pero quería ser un arrestado a prueba obediente y no me atreví a alejarme ni siquiera dos pasos. Por cierto, resulta curioso pensar que yo, que jamás había tenido nada que ver con la policía en ningún país, a pesar de lo mucho que había vagado por el mundo, y que había puesto el pie en cuatro de los cinco continentes, ahora, de muy mayor, estuviera arrestado. Bueno, si había de suceder, tenía que suceder ya, antes de que muriera.

*

Me paso los días holgazaneando. Las tres jóvenes enfermeras —en realidad alumnas— se turnan para subir la cuesta, traerme la comida, dar media vuelta y desaparecer. ¡Muchas gracias!, grito tras ellas. Esto resulta un poco solitario, pero estoy acostumbrado a la soledad, tampoco en casa me hablan, porque estoy sordo y pesado. Cuando acabo de comer, saco la bandeja con los platos vacíos al pasillo, donde ellas la recogen.

Entonces puedo volver a salir o ponerme a hacer un solitario. No he podido traerme nada para leer y los periódicos aún no me han llegado. Al cabo de unos días pregunto a una de las jóvenes: He visto llegar al cartero, ¿no me ha traído ningún periódico?

Me alegra oír que me contesta, contesta en voz alta y comprensible, pero dice:

¡No se le permite leer periódicos!
¿Y quién lo ha dicho?
El comisario jefe de Arendal.
Ah sí. Muchas gracias.

Pero la enfermera jefe lo remedia dejándome mirar en un armario de periódicos y libros viejos. Son donaciones hechas al hospital por gente buena, libros de texto, revistas infantiles y juveniles, folletines de periódicos encuadernados, las revistas Para Pobre y Rico, El Santal, El Evangelista, y en medio de todo esto una joya: un libro de Topsøe.

Me propongo leer espaciadamente para que me dure, sobre todo tengo mucha fe en varios volúmenes del folletín del periódico Morgenbladet. Compruebo que han pertenecido a la biblioteca de Smith Petersen. El tal Smith Petersen vivió en Grimstad y era un ricachón.

Pero muy en contra de mi propósito de racionar la lectura, me lancé vorazmente sobre el libro de Topsøe y lo devoré de un bocado. Ese Topsøe, sobre el que Brandes se negaba a escribir. Y ahora los dos están muertos.

*

Un policía viene a hacerme una serie de preguntas y anota mis respuestas. No tiene ningún interés para mí. Al parecer, a las autoridades les resulta importante saber de mis bienes. Pues Morgenbladet había escrito sobre mi «gran fortuna». Declaré lo que tenía.

Luego hubo paz y tranquilidad unos días, con la excepción de un policía que vino a entregarme una «providencia sobre la gestión de bienes» y otro con una «declaración de acción pública».

Ojalá tuviera una bicicleta tan buena como la suya, le digo.
¿No quiere usted leer la declaración?, pregunta.
No, no hace falta, pero…

*

El 23 de junio vinieron a buscarme para llevarme ante el juez de instrucción.

Me recibió enseguida, medio riéndose: Usted tiene que tener más dinero del que ha declarado.
Me sentí algo perplejo y miré al hombre. Yo no he ocultado dinero, dije.
Ya, pero…
Mi fortuna es la que he declarado, unas veinticinco mil coronas en efectivo, doscientas acciones de la editorial Gyldendal y la finca Nørholm. Bien, de acuerdo.
Pero ¿y los derechos de autor?
Bueno, si el juez puede aclararme algo sobre lo que pasa con ellos, se lo agradecería sobremanera. Al parecer, ya no debo albergar grandes expectativas sobre mi destino de escritor.

Dios mío, creo que lo decepcioné de verdad. Y decepcioné a todos los que esperaban poder hurgar en mi «gran fortuna». Aunque pensándolo bien, mi fortuna es suficientemente grande, demasiado grande. No me hace ninguna ilusión llevármela a la tumba.

El interrogatorio fue decoroso y nada concluyente. Respondí con evasivas a algunas de las preguntas del juez, con el fin de no irritar innecesariamente al bienintencionado señor. El juez Stabel siente un odio fanático hacia Alemania, y tiene una fe ciega en el noble y puro derecho de los aliados a destrozar la nación alemana y erradicarla de la faz de la tierra. Aparte de lo que ya se ha hecho público del interrogatorio, mencionaré un par de cosas.

Me pidió mi opinión sobre el círculo nacional socialista, del que yo había llegado a formar parte aquí en Grimstad.

Contesté que en ese círculo había personas mejores que yo. Pero me callé el hecho de que hubiera nada menos que cuatro médicos, por mencionar solo una categoría.

Parecía que yo era demasiado bueno para pertenecer al complot nazi.

También hay jueces, añadí.
Sí, por desgracia. ¿Y qué postura adoptaba frente a los actos terroristas cometidos por los alemanes en Noruega, que ya habían salido a la luz?
Como el comisario jefe me había prohibido leer periódicos, yo no sabía nada sobre ese tema.
¿No sabía nada de los asesinatos, del terror, de las torturas?
No. Apenas lo vi mencionado, justo antes de que me arrestaran.
Pues un joven llamado Terboven, bajo las órdenes directas de Hitler, había estado atemorizando y matando al pueblo noruego durante cinco años. Pero gracias a Dios, los demás aguantamos. ¿A usted le parece el alemán un pueblo culto?

No contesté.

Repitió la pregunta.

Lo miré y no contesté.

Si yo fuera el comisario, le permitiría leer todos los periódicos. Su juicio se aplaza hasta el 22 de septiembre.

*

Es decir, tres meses.

Leo, holgazaneo y hago solitarios.

Con el fin de ejercitar las piernas en mi estrecho campo medido, subo la colina haciendo un gran esfuerzo. Es muy empinada y por algunas partes tengo que agarrarme a un palo puntiagudo para no volver a resbalar hasta abajo. Y eso no es todo: también me siento tan vergonzosamente mareado que me entran ganas de vomitar, y tengo que tragar a la fuerza. He empezado demasiado tarde a escalar. Repito la excursión día tras día y voy progresando en la materia, pero me tiembla todo el cuerpo cuando llego arriba.

En lo alto de la colina hay una llanura. Me siento allí y veo un par de faros, la boca del puerto de Grimstad y unos veinte o treinta kilómetros hacia Skagerak. Al principio tengo que estarme quieto y no me atrevo a levantarme y hacerme el fuerte, pero mi cerebro se pasea y trabaja. Miro el reloj —pero bueno, no he tardado más que unos miserables minutos en la subida, y aquí estoy, sentado en la cima, disfrutando de mí mismo como si hubiera hecho realmente algo. Para que sea una excursión tengo que pensar en conseguir bajar por el otro lado de la ladera y volver a escondidas al hospital.

Lo consigo, bajo muy bien. Pero me encuentro un camino, no me atrevo a cogerlo y tal vez toparme con alguien. Y cuando miro el reloj aún no hay rastro de excursión, simplemente tengo que dar la vuelta y cruzar la ladera una vez más.

También eso me resultó fácil, aunque, tonto de mí, me caí y me apoyé en el brazo. Conseguí volver al hospital sentándome sobre una ramas llenas de hojas y dejándome deslizar.

He de decir que todo esto no estuvo tan mal planeado ni realizado por mi parte. No hice ningún cambio después en esas excursiones. Lo único que podía temer era que un policía fuera a buscarme al hospital durante mi ausencia.

Pero cuando tras días y semanas se me ocurrió pensar en lo provechoso de esas excursiones por la ladera, no me sentía muy satisfecho. No era el trabajo adecuado para mis músculos y miembros, me costaba demasiado esfuerzo, sudaba y me agotaba sin sentirme más ágil. Mis pies seguían marchitos debajo de mí. Por añadidura, mis zapatos no habían aguantado el suplicio, y se habían roto tanto por arriba como por abajo. Y no tenía otros.

A la enfermera jefe no se la ve mucho. Dispone de muy poca ayuda y tiene que cocinar ella misma. Cuando un día se dejó ver, me dijo que debía andar más. Señaló y me mostró un camino bastante largo hasta la mansión de Smith Petersen, destruida por un incendio, y me dijo que fuera hasta allí.

Lo que usted diga, enfermera jefe. Muchas gracias.

Fue de gran ayuda, podía ir deprisa o despacio, como quisiera. Y en una de las granjas había un perro pequeño que me esperaba siempre, y que me saludaba alegremente.

Ahora bien, tampoco quería abandonar del todo las excursiones por la ladera. Yo las había inventado, reconocía algunas piedras y árboles, y sabía que a mi alrededor se elevaba un amable susurro, aunque estaba sordo y no podía oírlo.

*

Estoy sentado en un cruce de caminos con una postal en la mano, he escrito a casa, a Nørholm, en la postal pido que intenten buscarme unos zapatos, y ahora estoy esperando a que pase alguien que vaya a la ciudad y pueda echarla a un buzón.

El primero que llega es un chico de unos dieciséis años, tiene el rostro sombrío y poco atractivo, pero yo me levanto, le alargo la postal y le digo: ¿Me haría usted el favor de echar esta postal a un buzón?

El chico se estremece, se le descoloca toda la cara, y mucho antes de acabar de hablar, oigo un murmullo y veo que prosigue su camino.

A lo mejor no va usted a la ciudad, grito tras él.

No contesta, se limita a seguir andando.

Como el primer ruego me ha salido tan mal, no me atrevo a dirigirme a nadie más, y vuelvo al hospital.

*

No cabe duda de que aquel joven me conocía. Sabía muy bien que estaba arrestado y quería mostrar su orgullosa postura ante un ser como yo sobre la tierra.

Ya tenemos en Noruega el arrestado político. Antes de nuestros días, el preso político era solo una especie de cuento en las novelas rusas, no existía para nosotros, no lo conocíamos. Thranerøra, Kristian Lofthus, Hans Nielsen Hauge no cuentan. Pero hoy ya tenemos uno que cuenta, se pasea a montones por el país noruego, existe en cuarenta, cincuenta, sesenta mil ejemplares, se dice. Y tal vez en muchos miles más.

Que sea lo que quiera.

La gente relaciona al preso político con algo criminal, alguien que va por ahí con ametralladora, ojo con su navaja, sobre todo deben tener cuidado jóvenes y niños. Lo he notado durante estas semanas y meses, ha sido conmovedor observarlo. ¿Qué le habría importado a ese joven mostrarse amable y llevarse mi postal? A mí no me importa, es verdad. Pero me resulta muy difícil mandar una postal. Al parecer las jóvenes enfermeras desean estar libres cuando van a la ciudad. Y el cartero tampoco se la lleva.

Leo, holgazaneo y hago solitarios.

*

A propósito de la navaja: Me han traído una navaja que no entiendo de dónde viene. Una navaja magnífica, con virolas grabadas en alpaca y vaina de cuero. Pregunto al hombre que barre el patio, pero no es suya. Tendré que preguntárselo a la enfermera jefe.

Un señor vestido con traje de verano gris entra en mi cuarto, me saluda con la cabeza y no dice nada. A lo mejor da por sentado que lo conozco, pero no es el caso. Me parecer oírle murmurar que es médico, y dice su nombre. No oigo nada y tengo que preguntarle de nuevo. ¿Erichsen? Pero solo conozco a un doctor Erichsen y he oído que está arrestado. El desconocido doctor busca algo en su cartera, tal vez su tarjeta, no la encuentra y desiste. Allí estamos.

¿Quiere usted algo de mí?, le pregunto.

Niega con un movimiento de la cabeza y entiendo que simplemente quiere saludarme.

Le doy las gracias. Es amable por su parte. Últimamente trato casi solo con la policía, estoy preso, ¿sabe usted? Traidor a la patria…

¿Cómo se encuentra aquí?, pregunta.
Perfectamente.

Al poco rato se marchó. Era muy amable, pero no hablaba lo bastante alto como para que pudiera oírle.

*

Por cierto, no falta gente que me muestre amabilidad. Hay por aquí un atajo, un sendero hasta mi colina, y muchos eligen ese sendero en lugar de pasar por el hospital. De vez en cuando me siento allí porque es un buen sitio para quedarse embobado, observar a las hormigas y volverse sabio. La gente pasa por delante de mí, y algunos me saludan. Saben la razón por la que estoy aquí, pero me saludan.

Un día, una señora mayor se para y me mira. Me levanto y me quito el sombrero. Ella empieza a hablar, le digo que no oigo, pero ella sigue hablando. Señala hacia el cielo y yo asiento con la cabeza. Una y otra vez señala hacia el cielo, como si también para mí pudiera haber alguna solución, y yo asiento. Para a otra señora que pasa por allí, y las dos se ponen de acuerdo en darme la mano al marcharse. Todo amabilidad.

Y yo, insensato de mí, ¡no les di mi postal para que se la llevaran!

Muevo la cabeza para mí mismo y subo la cuesta más empinada con el fin de castigarme. Tengo que hacer ya algo en serio, porque mis zapatos están cada vez más rotos. Tienen más de ocho años, datan del año en el que estuve en Serbia.

Había llegado al otro lado de la ladera y seguí andando hasta que vi la torre de la iglesia. Desde luego me encontraba ya en terreno prohibido, pero si me movía con cuidado lo suficientemente lejos —y un poco más— podría cotejar mi reloj con el de la torre de la iglesia. Aunque lo cierto era que me encontraba allí en busca de un buzón.

A mi derecha había una calle desierta. Empecé a bajar esa calle, pero con algo de miedo, de modo que andaba de puntillas. Abajo avisté la ferretería de Grefstad, y en su exterior colgaba un buzón de correos.

¿Y si me atreviera un poco más? Solo se trata de unos cuantos pasos. Miro a hurtadillas a mi alrededor, pero no hay ni un alma. Al instante cruzo a toda prisa la calle, meto la postal en el buzón y vuelvo a cruzar igual de rápido. Luego aflojo el paso.

No había subido mucho trecho de la cuesta cuando noté un empujón en la espalda. La policía. Me había vuelto tan bobo e irritable las últimas semanas que me asusté sobremanera.

Solo quería decirle que el reloj de la iglesia va veinte minutos atrasado, digo.
¿Lleva usted reloj?

Se hurga en el bolsillo, saca el reloj y comparamos.

Pero esto no le sirve a usted de nada, dice. No tiene derecho a andar por estas calles. ¿Cómo se le ha ocurrido hacer algo así?

Le explico todo, solo una postal, con unas pocas palabras.

¿Quiere usted echar un vistazo a mis zapatos?
Estamos hablando de dos cosas distintas, dice él.
Ya lo creo, asiento. Y le pido perdón por ello. Por cierto, ¿fue usted el que me llevó aquel día en coche al hospital?
No, contesta secamente. Pero da lo mismo quién fuera.
De acuerdo. Lo que pasa es que me urgía mucho enviar esa postalita con la que me acerqué al buzón.
Escúcheme, dice. Tiene usted orden de permanecer en el hospital, y no quiero volver a verlo más veces por la ciudad. ¿Lo entiende?
Sí, contesto. Estoy pensando en la mala suerte que he tenido. Podía haber esperado un poco y haberle dado a usted la postal para que la echara al buzón por mí, y así todo habría sido legal.

Se me queda mirando unos instantes y dice: Me abstendré de denunciarlo esta vez. Pero váyase inmediatamente de aquí. ¡Andando!

*

En los viejos tiempos, el periódico Morgenbladet editaba unos maravillosos folletines recortables. No sé cómo son ahora, pero en tiempos de Smith Petersen era literatura cuidadosamente elegida, y hoy no puedo desear una lectura mejor. Lo único es lo poco que duran, aunque tengan cientos de páginas. Tengo una casa llena de libros en mi finca, y podría conseguir que me trajeran una carga de camión de vez en cuando, pero mi dinero está arrestado igual que yo. No me irrita, sonrío y no adularé a nadie. Una amable señora de Java me ha enviado una caja de puros vía Holanda, dice que su marido y ella han leído algunos de mis libros, con un cordial saludo, y gracias. ¡Qué increíble que haya querido hacer eso, pienso, para un desconocido tan lejano, bendita sea esa mujer! Los seres humanos favorecen al anciano. Pero un día ya no me quedará ningún puro, ¿y qué? Entonces dejaré de fumar. Lo dejaré. Lo he hecho tres veces antes, un año entero, de tal fecha a tal fecha. Quiero ser lo suficientemente dueño de mí mismo y dejarlo. Bien. Pero luego volveré a empezar, ¿de qué sirve entonces? Quiero ser lo suficientemente dueño de mí mismo como para poder volver a empezar.

Y ahora no tengo la más remota intención de encender mi lámpara y ponerla bajo el celemín.

*

En la vida cotidiana no ocurre gran cosa. Un viejo sube la cuesta con un féretro en la carreta, su anciana mujer va detrás empujando. Ya es la segunda vez en el tiempo que llevo aquí que esta pareja de ancianos llega con un féretro, alguien ha muerto esta noche en el hospital, y el cadáver lo meten en una casita aparte, aquí en la colina, hasta que lo entierran. Silencioso y pacífico, nada especial. Él afloja la cuerda, se va al extremo y tira. La mujer vuelve a empujar. Y el ataúd se desliza por el suelo.

¿No se habrá dejado usted aquí una navaja?, le pregunto.
¿Una navaja?, supongo que repite él, porque se palpa los bolsillos y luego niega con la cabeza.

Sigue una tirada de palabras, quiere más datos sobre la navaja, cómo era, qué aspecto tenía. Yo me marcho como si de repente me acordara de que tenía que hacer algo en mi despacho.

Y así es. En realidad no estoy ocioso, como todo el mundo en estos tiempos tengo que zurcir mis calcetines cada día, y remendar la manga de mi camisa. Además, hay una serie de pequeños quehaceres que no voy a mencionar: tengo que hacer la cama, fumarme el puro de la mañana y matar moscas. Voy a pegar esa pata de la silla que se sale constantemente, y clavaré un clavo en la pared para mi sombrero, me he buscado una piedra para ello. Finalmente también debería contestar a cierta carta que llegó el mes pasado, pero no soy un escribano, de manera que no lo hago.

Todo esto tengo que hacer.

De mi mundo exterior hay menos que decir. Aquí no hay más que la colina, sin un macizo de flores. El tiempo es inclemente, el viento es casi siempre vendaval; pero los árboles están cerca y el bosque con pajarillos en el aire y toda clase de bichos en la tierra. Ay, el mundo es hermoso también aquí, y deberíamos estar muy agradecidos de poder existir en él. Aquí hay una gran riqueza de colores incluso en las piedras y en el brezo, hay formas maravillosas en los helechos, y aún me queda un buen sabor en la boca de ese trozo de polipodio que encontré.

Un avión pasa por encima de la ladera y le da vida. Hay dos vacas atadas abajo en la cuesta, me dan pena, las veo mugir, están impacientes porque nadie las cambia de sitio, ni tienen agua para beber.

Cuando llega la hora me traen la comida. Una de las tres jóvenes enfermeras coloca una bandeja sobre mi mesa, se da la vuelta y se marcha. ¡Muchas gracias!, grito tras su espalda. No, las tres enfermeras no cambian de táctica. Tal vez les resulte un poco difícil subir la cuesta sin derramar el café o la sopa. No lo sé. Pero en la bandeja todo flota. Así debe ser para mí, me lo tengo merecido. Al principio de estar aquí, intentaba explicarles que no he matado a nadie, que no he robado ni incendiado ninguna casa, pero no servía de nada, las aburría. Ahora ya no explico nada a nadie, porque no tiene importancia. Sopa aparte, café aparte, no está mal. Pero ahora pesco de la bandeja una carta, la han abierto y vuelto a cerrar, la policía la ha enviado así. O tal vez sea un recorte de algún periódico sueco. O una amable actriz danesa que me envía un saludo. Después de pescar todo esto de la bandeja, lo seco al sol. También así está bien. Pero las tres enfermeras dan pena, todas jóvenes y bonitas, pero tan mal educadas…

*

Versan por aquí leyendas sobre la mansión quemada de Smith Petersen. Al parecer era algo fuera de serie y un lugar de peregrinaje.

Primero llego a un puente de madera sin barandilla, no es mucho más que un puente cerril, luego me detengo junto a unos enormes fresnos, centenarios y venerables, solo cinco o seis. No más, el resto habrá muerto, supongo. Subo con gran esfuerzo por un camino pedregoso y descuidado.

La mansión era de madera, los cimientos que quedan insinúan una pequeña y vulgar casa rústica a la que se fueron añadiendo anexos y salientes según la necesidad. Soy incapaz de imaginarme que esto fuera una gran edificación, pero puede que haya tenido una grandeza interior, un ambiente grato y confortable, con esplendor, lujo y magnificencia terrenal, qué sé yo. Y aquí podrían haberse celebrado fiestas, grandiosos momentos y noches de cuento que aún perduran en la leyenda. Aquí estuvo la dinastía Smith Petersen, algunos con y otros sin guión en el apellido. Un Smith Petersen era agente consular en Grimstad, todavía se habla del muelle de Smith Petersen, no sé nada de ninguno de ellos, solo que en una ocasión recibí una carta de un tal Smith Petersen con una letra tristemente ilegible. ¿No era cónsul de Francia? Supongo que se desplazaría con dos caballos y cochero con botones relucientes, lo que era mucho en sus tiempos; si hubiera sido ahora, habría tenido dos limusinas y se habría visto obligado a construir un camino decente hasta su casa.

Pero no es aquello lo que ocupa mis pensamientos, sino esto: que tan pocas cosas duren mucho tiempo. Que incluso las dinastías se quiebren. Que hasta lo más grandioso se derrumbe un buen día. No pretendía que hubiese algo pesimista en ese pensamiento y esa reflexión, solo el reconocimiento de lo voluble y dinámica que es la vida. Todo se mueve, todo está vivo y coleando, hacia arriba, hacia abajo y hacia todos los lados, cuando uno cae, otro se levanta para sobresalir un rato en el mundo y luego morir. En el antiguo poema noruego, Hàvamal, creen en una duración inocente y estática de la fama póstuma de una persona. Pero de Madagascar leemos un refrán de los malgaches: ¡A Tesaka no le gustan las cosas que duran mucho tiempo!

Ah, las gallinas cacareantes de Madagascar consiguen lo que quieren.

Tan sabios no somos los seres humanos, no queremos renunciar a la ilusión de durar mucho tiempo. Ante Dios y el destino intentamos a toda costa conseguir fama póstuma e inmortalidad, besar y acariciar nuestra propia necedad, marchitarnos hasta el fondo sin estilo ni compostura.

Me viene a la memoria un dibujo de Engstrøm de hace cincuenta años: un anciano matrimonio está sentado en el banco de un jardín, roncando levemente. Es otoño. Él tiene barba rala de varios días y las manos agarradas al bastón.

Susurran la siguiente conversación:

Me acuerdo de una muchacha llamada Emilie.
Pero querido, esa era yo.
Ah sí, eras tú.

Bjørnson era consciente de su propia brevedad: ¡el tiempo se lo lleva todo! ¿Qué vamos a decir entonces los demás? Yo, por mi parte, anoto pequeñas cosas sobre una mansión de madera destruida por el fuego, y tengo mi propia opinión al respecto. Un poco más allá, en la granja más próxima, corre un perrito de un lado para otro, veo que me ladra, pero no me molesta. Estoy en paz, tengo la mente limpia y la conciencia libre. Recibo cartas en las que se dice que se me leerá en tiempos inmemorables, también me elogian noruegos que lucharon contra los nazis. Amabilidad aparte, son muy pocas las cosas que duran mucho, se las lleva el tiempo, el tiempo se lleva todo y a todos. Yo estoy perdiendo un poco de renombre en el mundo, un cuadro, un busto, en ningún caso se habría tratado de una estatua ecuestre.

Pero hay algo peor, incluso para hablar de ello. Yo creía que me llevaba bien con los niños. Venían de vez en cuando para que les escribiera mi nombre en sus pequeños libros, y hacían reverencias y daban las gracias, y todos estábamos contentos. Ahora se me usa para espantar a los niños.

Todo eso aparte, dentro de cien años y tal vez menos, los nombres de los niños junto a mi nombre ya se habrán olvidado.

*

No sé quién puede haber comprado el libro de Topsøe para llevárselo a un hospital. Llevo un par de días meditando sobre ello. Y cuando ahora vengo a buscarlo otra vez, el libro ha desaparecido.

Desaparecido.

¿Quién lo ha cogido? De nada sirve que pregunte, no obtengo respuesta, como mucho se me contestará: ¡No lo sé! Quería examinar el libro de cerca, página por página, buscar alguna marca, me arrepiento de no haberlo hecho enseguida, y ahora es demasiado tarde. Era un bonito ejemplar, sin usar, pero pudo haber sido comprado hace cincuenta o cien años —me han desaparecido todas las fechas y años, y no tengo donde consultarlo.

En mi relativa juventud conocí a la familia Topsøe en París, pero solo a la señora y a tres hijos de corta edad, el propio Topsøe ya había muerto. Una linda y encantadora familia con aficiones, una hija tocaba el violín, otra estudiaba arte, nada de eso era lo mío.

¿Pero quién es ese paciente que llegó un día al hospital de Grimstad con un libro de Topsøe en la mano? En mi estado de ociosidad y pereza hago un poco de comedia para mí mismo, fingiendo que me importa mucho encontrar la solución a ese misterio, aunque en realidad me importa un bledo, y eso me dije sin tapujos. Es una tontería por tu parte, es peor que hacer crucigramas y solitarios, ¡no creas que no lo sé!

A continuación de lo cual me pongo a lavar algo de ropa, con el fin de hacer algo útil. Aquí no hay agua caliente, pero tengo jabón y sé muy bien cómo hacerlo desde mi juventud en la pradera americana, donde tampoco había agua caliente.

De repente llaman a la puerta. Estoy a medio vestir, pero digo ¡pase! Es una señorita, una joven. ¡Qué demonios!, se me escapa. Porque no solo tengo el torso desnudo, sino que tampoco me he puesto la dentadura postiza.

Ella mueve la boca. Está pálida y se siente violenta.

No oigo, señorita.

Escribe en un papel: Perdóneme por haberle robado este libro.

¿Qué libro? Topsøe. No es mío.
Lo cogí ayer de su mesa.
Ah sí. Lo encontré en un armario del pasillo. Es un libro danés.
Sí. ¡Maravilloso!, escribió ella. No sabía que hubiera otro Topsøe.

Mientras tanto he conseguido vestirme.
La joven escribe: ¡Le ruego que me perdone! También ayer llamé repetidas veces a su puerta, de verdad. Por fin he conseguido entrar.
En mi confusión digo: Creía que era usted danesa.

Ella negó con un gesto de la cabeza y escribió su nombre.

Contó que se alojaba en un pequeño lugar de veraneo de la costa. Su madre y ella. Venían todos los años. No era más que una cabaña en una isla. Por desgracia, ya tenían que marcharse.

¿Por qué trae usted útiles de escribir? ¿Toma notas cuando lee?
Se sonrojó y escribió: Sabía que está usted sordo.
¿No quiere sentarse, señorita?

Ella escribe sin parar, tiene unas manos bonitas, magníficas uñas, un par de anillos en la mano izquierda. No lleva nada de pintura en la cara. Es joven y natural, quiero decir, inocente.

Empiezo a hablar un poco: No puedo sino reírme del estado en que usted me ha encontrado, ¡qué habrá pensado de mí! Tengo que lavar alguna que otra cosa, ¿sabe usted? Podría enviarla a casa, claro, pero se tarda mucho. Por fin hoy he recibido un par de zapatos que me ha costado gran esfuerzo conseguir.
¡Pobre!
No, no, yo me río de todo esto. Pasará pronto.
¡Es usted como sus libros! ¡A veces nos reímos todos en casa cuando leemos algo divertido escrito por usted! Pero otras veces…
¿Son ustedes muchos?
Solo mi hermana, pero ella está casada y tiene su propia casa. Luego estamos mis padres y yo.
¿No está su padre con ustedes en la isla?
No. Este año no. Está detenido.

Pausa.

Ha sido muy amable por su parte venir a verme.
No. Sabíamos muy bien que no le gustaría. Pero ahora nos vamos a ir, y por eso me han enviado. En nombre de toda la familia. Ja ja, se rio a continuación.
Sí, sí, ha sido muy amable por su parte. Es cierto que no quiero que venga nadie a verme, pero eso es solo en general. ¿Sabe usted? Estoy sordo y nadie tiene paciencia para hablar conmigo, de modo que al final me he olvidado de hablar.
Me pregunto si realmente está usted tan sordo. ¿Me deja comprobarlo?

Hablaba despacio y bajo hacia mi oído izquierdo, dijo unas cosas sin importancia y me miró con cara interrogante.

Pues sí, digo asintiendo con la cabeza.
¿De verdad me ha oído?
Sí, creo que cada palabra. ¿Cómo podía saber usted que mi oído izquierdo es el mejor?
Porque se inclina hacia la izquierda cuando escucha. Me he dado cuenta.

Charlamos y dejamos de escribir. Elogié su aguda observación, y ella me contó que había empezado a trabajar de enfermera. Le di las gracias por haber venido, es decir, la bendije. ¡Lo contaré en casa!, dijo ella.

Busca algo en su bolso, lo encuentra y me lo da. De parte de mi madre, dice, es lana para zurcir. Ayer vi por aquí un calcetín que había empezado usted a zurcir con la aguja clavada, estaba ahí, encima de la cama…
¿Ah sí?
Sí, pero no se lo tome a mal, dijo, ¡por favor! No suelo mirar ni hurgar de esa manera…
Claro que no, hija mía.
Porque de verdad que no lo hago. Pero me fijé en que estaba usted zurciendo un calcetín de lana con hilo.
Vaya, es que no soy un experto.
¿Pero no tiene usted…? Mi madre pensó que acaso no tenía usted hilo de lana.
Sí, pero me había olvidado de ello. Tengo de sobra.
¿De dónde lo ha sacado? Ahora no puede usted comprarlo.

Esa niña traviesa me pone en un aprieto, y me veo obligado a decir: Transmítale mi agradecimiento a su madre. Es muy amable por su parte. No he visto nada parecido, fíjese, lana en los tiempos que corren.
Pues sí, charlamos y es posible. Pero gracias al sacrificio por su parte de acercarse mucho a mi oreja. Dice que se alegra de haberme visto hoy, porque mañana se tienen que marchar. Yo le doy las gracias por haber venido y le digo que me produce mucha tristeza que se vaya. ¿De veras?, pregunta. Eso también lo contaré en casa.

Cuando se hubo marchado, me quedé pensando. Para mí un maravilloso encuentro. Deja tras ella un silencio audible. Y el libro de Topsøe sigue sobre la mesa, tan misterioso como antes, pero ya no me interesa saber quién fue su dueño en el siglo pasado. No hay nada como recibir el aliento de la vida viva.

*

2 de septiembre. Un policía entra en mi cuarto y dice sin preámbulos: Se va usted a mudar.
Ah sí. ¿Adónde?
A Landvik.

La enfermera jefe también acude y dice Landvik. Pregunto que qué clase de lugar es Landvik. No obtengo respuesta a esa pregunta, pero la enfermera jefe explica que el hospital va a recibir pacientes de poliomielitis y que necesitan mi habitación.

Le doy las gracias por la estancia en su hospital y por prestarme todos esos libros que ya he leído. Luego hago la maleta y me meto en el coche con el chófer.

Ya no pregunto más por ese lugar, Landvik, me es indiferente adónde me lleven, nos desviamos por un estrecho camino y en una curva leo Residencia de Ancianos en la pared de una gran casa blanca.

De modo que esa era la razón por la que la enfermera jefe y el policía se habían mostrado tan misteriosos, no querían asustarme con la residencia de ancianos. Pero precisamente encaja muy bien conmigo y no puedo sino sonreír por sus esmeros. No me dejo perturbar y me bajo del coche. La realidad es que me siento un poco confuso ante tantos vejestorios en un mismo lugar.

Saludo a la directora, me dan una habitación en el primer piso y me despido del coche policial agitando los brazos. Hoy es domingo y brilla el sol, razón por la que hay una gran aglomeración junto a los escalones de la entrada. Me mezclo con todos, nadie me habla, tampoco habría servido de nada, pues su nuevo compañero está muy sordo.

Aquí en la residencia de ancianos vivo los días tal y como me llegan. No hago nada para cambiarlos, todo sigue su marcha. ¿Aventuras? ¿Grandes emociones? En absoluto. Excepto si el estar leyendo sobre los complementarios de la teoría del color de Goethe sin entender nada de nada se puede llamar una experiencia.

Pero estoy agradecido a la policía por haberme traído aquí, es un lugar ideal para mí. Puedo darme largos paseos sin que me digan nada de límites de la ciudad, aquí como, duermo y leo. También escribo un poco, pero no quiero mencionarlo para no irritar a nadie.

La residencia de ancianos es un gran lugar, digno de una gran población. Aquí hay un local del ayuntamiento, distintas oficinas y una biblioteca pública, aquí llega el correo todos los días, hay teléfono, radio y mucha gente yendo y viniendo con sus recados, y más allá de este centro está el país entero. Supongo que la oficina más importante es la del cajero, pero en ayudas sociales hay dos jóvenes escribiendo, dos bellezas en medio de este increíble mundo de vejestorios de ochenta o noventa años.

Como no se me permite leer periódicos, lo hago a escondidas. En el hospital me resultaba muy difícil, pero cuando recibía ropa limpia de casa había un rollo especial con periódicos, y por ellos me enteraba de lo que pasaba, por primera vez también de las ignominias cometidas por los alemanes en nuestro país. Así pues, había grandes vacíos en mis conocimientos enviados a través de la colada, pero tampoco me convertí en un completo analfabeto.

Aquí, en la residencia de ancianos, me resulta más fácil: todos los días me dejan leer el diario de Grimstad en la cocina, y eso es una gran ayuda. En general todo resulta más fácil aquí, la directora es una mujer comprensiva y tiene buen humor, lleva veintitrés años en la dirección y, aunque solo tiene la mitad de años que algunos de nosotros, viene a vernos regularmente, a los niños acogidos, con chocolate, dulces y pastas cuando llegan los víveres racionados. Lo único que no me consigue es la complacencia del bibliotecario. No lo logra. Él es seminarista y profesor, y no quiere prestarme ningún libro de la biblioteca pública.

Aunque puede ser que yo haya escrito algunos de ellos. No lo sé.

*

Cuando doy mis paseos, me esfuerzo bastante para no poder criticarme luego. Lo que gano andando lo aprovecho para dormir por la noche. Dormir es mejor que comer, no se puede comparar. No crean que dormir significa que estoy metiéndome un montón de comida en la cabeza. Dormir es esa maravillosa locura de encontrar en un bolsillo un dinero que creía haber perdido y que había buscado por todas partes. Dormir es librarme por fin de un forzudo marinero al que estoy a punto de matar, pero que a su vez me pellizca con unas tijeras de jardín. Pues sí, dormir es una deliciosa mezcla de fábula, vida y milagro.

Pero también la comida puede servir de algo, claro.

No tengo horas fijas para nada, cuando se me antoja cojo mi palo y me voy. No tengo mucha costumbre de usar el palo, solo tiene que acompañarme como un perro y nada más. Casi todo el mundo lo llama bastón: ¿Quiere que vaya a buscarle su bastón?, solían preguntarme antaño en los hoteles. Pero ese nombre me parece demasiado distinguido, de modo que yo siempre lo llamo el palo. Tiene forma de báculo y una contera de goma, pero por desgracia lleva también un horrible alambre rodeando la parte de abajo, por donde se rompió. Tiene además varias marcas de medidas que me sirven de ayuda cuando lo necesito.

Saludo a los chavales con los que me encuentro, algunos de ellos habrán oído decir que estoy sordo y se divierten acercándose mucho y gritándome algo. También saludo a los adultos cuando a mi parecer me invitan a ello, pero si se muestran reacios y me dan la espalda, paso por su lado indiferente. Ahora bien, saludo gustosamente, no voy a negarlo, saludo demasiado gustosamente. Lo aprendí en mi infancia, me dijeron que era de buena educación saludar, y aún me dura la costumbre.

Una soleada mañana en Praga había salido en busca de una tienda de tabaco. Al entrar me topé con un monje, la mujer de detrás del mostrador acababa de darle una moneda y él le dio las gracias, a punto ya de marcharse. La escena resultó tan insólita para mi corazón noruego que me apresuré a añadir otra moneda a la primera. El monje, abrumado, empezó a decir algo levantando las manos, yo me olvidé de mi asunto y no compré nada, salí a la calle y me alejé. Luego iba por ahí amando a los seres humanos y al mundo, saludaba a todo el que me encontraba y la gente me devolvía la sonrisa y me saludaba, nadie me detuvo, todo fue muy decoroso. No sé lo que pensaría la gente, lo que pensaría la calle, tal vez que había empezado a beber pronto si salía ya de la taberna. ¡A mí qué me importa eso! Yo soy quien soy, y Praga es una ciudad maravillosa.

Leí hace mucho, muchísimo tiempo —soy tan viejo que todo pasó hace muchos años—, una historia sobre Sócrates. Iba por la calle con un amigo y saludó a una persona. ¡No te ha devuelto el saludo!, exclamó el amigo indignado. Sócrates sonrió y dijo: No me importa ser más educado que él.

Me vienen ahora a la mente muchas cosas que podría decir en mi defensa, pero me las callo. Podría parecerme a esos viejos noruegos que saludaban con la mano derecha extendida para indicar que venían desarmados. Un día que me encontré con el ministro consejero japonés en un ascensor en Oslo, nos mostramos los dos igual de educados negándonos a salir en primer lugar. Tampoco me arrepiento de haberme levantado para dejar mi asiento a una señora que subió a un tranvía de Versalles. Lo cierto es que todos los caballeros se levantaron, pero yo el primero. Era una linda anciana con velo de viuda y collar de perlas al cuello, tal vez una duquesa de sangre, tal vez podría adoptarme. Pero al menos di una lección de educación que no habrán olvidado a esos caballeros franceses, yo fui el primero.

Bueno, aquello pasó en mis tiempos de juventud, que ya no tienen ningún interés y que no se deben mencionar. Pero incluso en Nordland, en el distrito de Salten, recuerdo que nos colocábamos humildemente la gorra debajo del brazo izquierdo y saludábamos con un paz a usted al entrar, y diciendo Dios bendiga el trabajo a aquellos que estaban ocupados en algo, y un ¡sigan ustedes en paz! cuando nos íbamos.

Ese era nuestro saludo.

*

(Sigue leyendo…)

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