La peste (VIII)

Albert Camus






V

A pesar de este brusco e inesperado retroceso de la enfermedad, nuestros conciudadanos no se apresuraron a estar contentos. Los meses que acababan de pasar, aunque aumentaban su deseo de liberación, les habían enseñado a ser prudentes y les habían acostumbrado a contar cada vez menos con un próximo fin de la epidemia. Sin embargo, el nuevo hecho estaba en todas las bocas y en el fondo de todos los corazones se agitaba una esperanza inconfesada. Todo lo demás pasaba a segundo plano. Las nuevas víctimas de la peste tenían poco peso al lado de este hecho exorbitante: las estadísticas bajaban. Una de las nuevas muestras de que la era de la salud, sin ser abiertamente esperada, se aguardaba en secreto, sin embargo, fue que nuestros ciudadanos empezaron a hablar con gusto, aunque con aire de indiferencia, de la forma en que reorganizarían su vida después de la peste.

Todo el mundo estaba de acuerdo en creer que las comodidades de la vida pasada no se recobrarían en un momento y en que era más fácil destruir que reconstruir. Se imaginaban, en general, que el aprovisionamiento podría mejorarse un poco y que de este modo desaparecería la preocupación más apremiante. Pero, en realidad, bajo esas observaciones anodinas una esperanza insensata se desataba, de tal modo que nuestros conciudadanos no se daban a veces cuenta de ello y afirmaban con precipitación que, en todo caso, la liberación no sería para el día siguiente.

Y así fue; la peste no se detuvo al otro día, pero a las claras se empezó a debilitar más de prisa de lo que razonablemente se hubiera podido esperar. Durante los primeros días de enero, el frío se estabilizó con una persistencia inusitada y pareció cristalizarse sobre la ciudad. Sin embargo, nunca había estado tan azul el cielo. Durante días enteros su esplendor inmutable y helado inundó toda la ciudad con una luz ininterrumpida. En este aire purificado, la peste, en tres semanas, y mediante sucesivos descensos, pareció agotarse, alineando cadáveres cada día menos numerosos. Perdió en un corto espacio de tiempo la casi totalidad de las fuerzas que había tardado meses en acumular. Viendo cómo se le escapaban presas enteramente sentenciadas como Grand y la muchacha de Rieux, cómo se exacerbaba en ciertos barrios durante dos o tres días, mientras desaparecía totalmente en otros, cómo multiplicaba las víctimas el lunes, y el miércoles las dejaba escapar casi todas; viéndola desfallecer o precipitarse se hubiera dicho que estaba desorganizándose por enervamiento o cansancio y que perdía, al mismo tiempo que el dominio de sí misma, la eficacia matemática y soberana que había sido su fuerza. El suero de Castel empezó a tener, de pronto, éxitos que hasta entonces le habían sido negados. Cada una de las medidas tomadas por los médicos, que antes no daban ningún resultado, parecieron inesperadamente dar en el clavo. Era como si a la peste le hubiera llegado la hora de ser acorralada y su debilidad súbita diese fuerza a las armas embotadas que se le habían opuesto. Sólo de cuando en cuando la enfermedad recrudecía y de un solo golpe se llevaba a tres o cuatro enfermos cuya curación se esperaba. Eran los desafortunados de la peste; los que mataba en plena esperanza. Este fue el caso del juez Othon al que hubo que evacuar del campo de cuarentena y del que Tarrou dijo que no había tenido suerte, sin que se pueda saber si pensaba en la muerte o en la vida del juez.

Pero, en conjunto, la infección retrocedía en toda la línea, y los comunicados de la prefectura, que primero habían hecho nacer tan tímida y secreta esperanza, acabaron por confirmar, en la mente de todos, la convicción de que la victoria estaba alcanzada y de que la enfermedad abandonaba sus posiciones. En verdad, era difícil saber si se trataba de una victoria, únicamente estaba uno obligado a comprobar que la enfermedad parecía irse por donde había venido. La estrategia que se le había opuesto no había cambiado: ayer ineficaz, hoy aparentemente afortunada. Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado.

Sin embargo, se hubiera podido creer que no había cambiado nada en la ciudad. Las calles, siempre silenciosas por el día, estaban invadidas de noche por una multitud en la que ahora predominaban los abrigos y las bufandas. Los cines y los cafés hacían los mismos negocios. Pero mirando detenidamente se podía ver que las caras estaban menos crispadas y que a veces hasta sonreían. Entonces se daba uno cuenta de que, hasta ese momento, nadie sonreía por la calle. En realidad, se había hecho un desgarrón en el velo opaco que rodeaba a la ciudad desde hacía meses y todos los lunes se comprobaba por las noticias de la radio que el desgarrón se iba agrandando y que al fin iba a ser posible respirar. No era más que un alivio negativo que todavía no tenía una expresión franca. Mientras que antes no se hubiera podido oír sin cierta incredulidad la noticia de que había salido un tren o llegado un vapor, o bien que se iba a autorizar la circulación de los autos, el anuncio de ésos acontecimientos a mediados de febrero no provocó la menor sorpresa. Era poco, sin duda. Pero este ligero matiz delataba los enormes progresos alcanzados por nuestros conciudadanos en el camino de la esperanza. Se puede decir, por otra parte, que a partir del momento en que la más ínfima esperanza se hizo posible en el ánimo de nuestros conciudadanos, el reinado efectivo de la peste había terminado.

No hay que dejar de señalar que durante todo el mes de enero nuestros conciudadanos tuvieron reacciones contradictorias, pasaron por alternativas de excitación y depresión. Fue por esto por lo que hubo que registrar nuevas tentativas de evasión en el momento mismo en que las estadísticas eran más favorables. Esto sorprendió mucho a las autoridades y a los puestos de guardia porque la mayor parte de esos intentos tuvieron éxito. Pero en realidad las gentes se evadían obedeciendo a sentimientos naturales. En unos, la peste había hecho arraigar un escepticismo profundo del que ya no podían deshacerse. La esperanza no podía prender en ellos. Y aunque el tiempo de la peste había pasado, ellos continuaban viviendo según sus normas. Estaban atrasados con respecto a los acontecimientos. En otros, y éstos se contaban principalmente entre los que habían vivido separados de los seres que querían, después de tanto tiempo de reclusión y abatimiento, el viento de la esperanza que se levantaba había encendido una fiebre y una impaciencia que les privaban del dominio de sí mismos. Les entraba una especie de pánico al pensar que podían morir, ya tan cerca del final, sin ver al ser que querían y sin que su largo sufrimiento fuese recompensado. Así, aunque durante meses con una oscura tenacidad, a pesar de la prisión y el exilio, habían perseverado en la espera, la primera esperanza bastó para destruir lo que el miedo y la desesperación no habían podido atacar. Se precipitaron como locos pretendiendo adelantarse a la peste, incapaces de ir a su paso hasta el último momento.

Al mismo tiempo hubo también señales de optimismo, se registró una sensible baja en los precios. Desde el punto de vista de la economía pura, este movimiento no se podía explicar. Las dificultades seguían siendo las mismas, las formalidades de cuarentena habían sido mantenidas en las puertas y el aprovisionamiento estaba lejos de mejorar. Se asistía, pues, a un fenómeno puramente moral, como si el retroceso de la peste repercutiese por todas partes. Al mismo tiempo, el optimismo ganaba a los que antes vivían en grupos y que a causa de la enfermedad habían sido obligados a la separación. Los dos conventos de la ciudad empezaron a rehacerse y la vida en común recomenzó. Lo mismo fue para los militares, que volvieron a reunirse en los cuarteles ya libres, reanudando su vida normal de guarnición. Estos pequeños hechos eran grandes síntomas.

La población vivió en esta agitación secreta hasta el veinticinco de enero. En esa semana las estadísticas bajaron tanto que, después de una consulta con la comisión médica la prefectura anunció que la epidemia podía considerarse contenida. El comunicado añadía que por un espíritu de prudencia, que no dejaría de ser aprobado por la población, las puertas de la ciudad seguirían aún cerradas durante dos semanas y las medidas profilácticas mantenidas durante un mes. En este período, a la menor señal de que el peligro podía recomenzar, “el status quo sería mantenido y las medidas llevadas al extremo”. Todo el mundo estaba de acuerdo en considerar a estas cláusulas como de mero estilo y una gozosa agitación henchía la ciudad la noche del veinticinco de enero. Para asociarse a la alegría general, el prefecto dio orden de restituir el alumbrado, como en el tiempo de la salud. Nuestros conciudadanos se desparramaron por las calles iluminadas, bajo un cielo frío y puro, en grupos ruidosos y pequeños.

Es cierto que en algunas casas las persianas siguieron cerradas y las familias pasaron en silencio esta velada que otros llenaron de gritos. Sin embargo, para muchos de esos seres enlutados, el alivio era también profundo, bien porque el miedo de ver a otros de los suyos arrebatados hubiera desaparecido, o bien porque la atención necesaria para su conservación personal pudiera dejar de estar alerta. Pero las familias que tenían que quedar más ajenas a la alegría general eran, sin discusión, las que en ese momento tenían un enfermo debatiéndose con la peste en un hospital, o las que en las residencias de cuarentena o en sus casas esperaban que la plaga terminase para ellas como había terminado para los otros. Éstas concebían también esperanzas, es cierto, pero hacían de ellas un depósito que dejaban en reserva y al que se proponían no tocar hasta tener verdaderamente derecho. Esta espera, esta vigilia silenciosa a mitad del camino entre la agonía y la alegría, les resultaba aun más cruel en medio del júbilo general.

Pero estas excepciones no mermaban nada a la satisfacción de los otros. Sin duda, la peste todavía no había terminado y aun tenía que probarlo. Sin embargo, en todos los ánimos, ya desde muchas semanas antes, los trenes partían silbando por vías sin fin y los barcos surcaban mares luminosos. Al día siguiente, los ánimos estarían más calmados y renacerían las dudas. Pero, por el momento, la ciudad entera se despabilaba, dejando los lugares cerrados, sombríos e inmóviles, donde había echado raíces de piedra, y se ponía al fin en marcha con su cargamento de supervivientes. Aquella noche Tarrou y Rieux, Rambert y los otros, iban entre la multitud y sentían ellos también que les faltaba el suelo bajo los pies. Mucho tiempo después de haber dejado los bulevares, Tarrou y Rieux sentían que esta alegría los perseguía cuando ya estaban en las callejuelas desiertas, pasando bajo las ventanas con persianas cerradas. Y, a causa de su mismo cansancio, no podían separar este sufrimiento, que continuaba detrás de las persianas, de la alegría que llenaba las calles, un poco más lejos. La liberación que se aproximaba tenía una cara en la que se mezclaban las lágrimas y la risa.

En un momento en que el ruido se había hecho más fuerte y más alegre, Tarrou se detuvo. Por el empedrado en sombra, una forma corría ligera; era un gato, el primero que se volvía a ver desde la primavera. Se quedó quieto un momento en medio de la calzada, titubeó, se lamió una pata y se atusó con ella la oreja derecha; rápidamente reanudó su carrera silenciosa y desapareció en la noche. Tarrou sonrió. El viejecito estaría también contento.

Pero en el preciso momento en que la peste parecía alejarse para volver al ignorado cubil de donde había salido, había alguien en la ciudad que estaba consternado de su partida: éste era Cottard, a creer los apuntes de Tarrou.

A decir verdad, esos apuntes se hicieron sumamente curiosos a partir del momento en que las estadísticas empezaron a bajar. Seguramente era el cansancio, pero el caso es que la escritura se hacía difícilmente legible y que pasaban con demasiada frecuencia de un tema a otro. Además, y por primera vez, a esos apuntes empieza a faltarles objetividad y se detienen en consideraciones personales. Así se encuentra, en medio de largos pasajes concernientes al caso de Cottard, una pequeña digresión sobre el viejo de los gatos. De creer a Tarrou, la peste no le había hecho perder nada de su consideración por este personaje, que le interesaba después de la epidemia como le había interesado antes, y que, desgraciadamente, no pudo seguir interesándole a pesar de su buena intención. Pues había procurado volver a verlo. Algunos días después de aquella noche del veinticinco de enero, había ido a la esquina de la callejuela. Los gatos estaban allí calentándose al sol, fieles a su cita, pero a la hora de costumbre las persianas habían seguido cerradas. Durante muchos días después, Tarrou siguió insistiendo, pero no volvió a verlas abiertas. Sacó la conclusión de que el viejecito estaba ofendido o muerto. Si estaba ofendido, es que creía tener razón y la peste se había portado mal con él, pero si estaba muerto habría que preguntarse, tanto de él como del viejo asmático, si había sido un santo. Tarrou no lo creía, pero consideraba que en el caso del viejo había un “indicio”. “Acaso —señalaban los apuntes— no se pueda llegar más que a ciertas aproximaciones de santidad. En ese caso habría que contentarse con un santismo modesto y caritativo.”

Siempre mezclados con las notas sobre Cottard, se encuentran en los apuntes numerosas consideraciones frecuentemente dispersas; unas tratan de Grand, ya convaleciente y reintegrado al trabajo, como si nada hubiese sucedido, y otras evocan a la madre del doctor Rieux. Las pocas conversaciones a que la convivencia había dado lugar entre ella y Tarrou, las actitudes de la viejecita, su sonrisa, sus observaciones sobre la peste, están registradas escrupulosamente. Tarrou insiste, sobre todo, en el modo de permanecer como borrada de la señora Rieux; en su costumbre de expresarlo todo con frases muy simples; en la predilección particular que demostraba por una ventana que daba sobre la calle tranquila y detrás de la cual se sentaba por las tardes, más bien derecha, con las manos descansando en la falda, y la mirada atenta, hasta que el crepúsculo invadía la habitación, convirtiéndola en una sombra negra entre la luz gris que iba oscureciéndose hasta disolver la silueta inmóvil; en la ligereza con que iba de una habitación a otra; en la bondad de la que nunca había dado pruebas concretas delante de Tarrou, pero cuyo resplandor se podía reconocer en todo lo que hacía o decía; en el hecho, en fin, de que, según él, comprendía todo sin necesidad de reflexionar y de que, con tanto silencio y tanta sombra, podía tolerar ser mirada a cualquier luz, aunque fuese la de la peste. Aquí, por lo demás, la escritura de Tarrou daba muestras curiosas de flaqueo. Las líneas que seguían eran casi ilegibles y como para dar una prueba más de aquel flaqueo las últimas frases eran las primeras que empezaron a ser personales: “Mi madre era así, yo adoraba en ella ese mismo apaciguamiento y siempre quise estar a su lado. Hace ocho años que no puedo decir que murió; solamente se borró un poco más que de costumbre, y cuando me volví a mirarla ya no estaba allí.”

Pero volvamos a Cottard. Desde que las estadísticas estaban en baja, éste había hecho muchas visitas a Rieux, invocando diversos pretextos. Pero en realidad era para pedirle siempre pronósticos sobre la marcha de la epidemia. “¿Cree usted que esto puede cesar así, de golpe, sin avisar?” Él era escéptico sobre este punto o, por lo menos, así lo decía. Pero las repetidas preguntas que formulaba indicaban una convicción no tan firme. A mediados de enero Rieux le había respondido de un modo harto optimista. Y, siempre, esas respuestas, en vez de regocijarle, producían en Cottard reacciones variables según los días, pero que fluctuaban entre el mal humor y el abatimiento. También había llegado el doctor a decirle que a pesar de las indicaciones favorables dadas por las estadísticas, era mejor no cantar victoria todavía.

—Dicho de otro modo —observó Cottard—, no se sabe nada; ¿podría recomenzar de un día para otro?
—Sí, como dicen, es posible que la marcha de la curación se acelere.

Esta incertidumbre, inquietante para todos, había tranquilizado a Cottard y delante de Tarrou había entablado conversaciones con los comerciantes de su barrio en las que trataba de propagar la opinión de Rieux. No le costaba trabajo hacerlo, es cierto. Pues una vez pasada la fiebre de las primeras victorias, en muchos ánimos había vuelto a renacer una duda que habría de sobrevivir a la excitación causada por la declaración de la prefectura. Cottard se tranquilizaba ante el espectáculo de esta inquietud. Otras veces se descorazonaba. “Sí —le decía Tarrou—, terminarán por abrir las puertas y ya verá usted cómo me dejarán plantado.”

Hasta el veinticinco de enero todo el mundo notó la inestabilidad de su carácter. Durante días enteros, después de haber procurado conquistar, por tanto tiempo, a las relaciones de su barrio, de pronto rompía abiertamente con ellos. En apariencia, por lo menos, se retiraba del mundo y de la noche a la mañana se ponía a vivir a lo salvaje. No se le veía en el restaurante, ni en el teatro, ni en los cafés que le gustaban. Y, sin embargo; no parecía volver a la vida comedida y oscura que llevaba antes de la epidemia. Vivía completamente retirado en su departamento y hacía que le subiesen la comida de un restaurante vecino. Sólo por la noche hacía salidas furtivas, comprando lo que necesitaba, saliendo de los comercios para lanzarse por las calles solitarias. Si Tarrou lo encontraba, no conseguía sacar de él más que monosílabos. Después, sin transición, aparecía sociable otro día, hablando de la peste abundantemente, solicitando la opinión de todos y sumergiéndose con complacencia en la marea de la muchedumbre

El día de la declaración de la prefectura, Cottard desapareció completamente de la circulación. Dos días después, Tarrou lo encontró vagando por las calles. Cottard le pidió que le acompañase hasta el barrio. Tarrou se sentía extraordinariamente cansado, pero él insistió. Parecía muy agitado, gesticulaba de un modo desordenado y hablaba alto y ligero. Preguntó a su acompañante si creía que realmente la declaración de la prefectura ponía término a la peste. Naturalmente, Tarrou consideraba que una declaración administrativa no bastaba por sí misma para detener una plaga, pero se podía creer que la epidemia, salvo imprevistos, iba a terminar.

—Sí —dijo Cottard—, salvo imprevistos, y siempre hay algo imprevisto.

Tarrou le hizo notar que, desde luego, la prefectura había previsto en cierto modo lo imprevisto, instituyendo un plazo de dos semanas antes de abrir las puertas.

—Han hecho bien —dijo Cottard, siempre sombrío y agitado—, porque tal como van las cosas podría ser que hubiesen hablado en balde.

Tarrou no lo creía imposible, pero le parecía que era mejor afrontar la próxima apertura de la puerta y la vuelta a la vida normal.

—Admitámoslo —dijo Cottard—, admitámoslo, pero ¿a qué llama usted la vuelta a una vida normal?
—A nuevas películas en el cine —dijo Tarrou, sonriendo.

Pero Cottard no sonreía. Quería saber si podía esperar que la peste no cambiase nada en la ciudad y que todo recomenzase como antes, es decir, como si no hubiera pasado nada. Tarrou creía que la peste cambiaría y no cambiaría la ciudad, que sin duda, el más firme deseo de nuestros ciudadanos era y sería siempre el de hacer como si no hubiera cambiado nada, y que, por lo tanto, nada cambiaría en un sentido, pero, en otro, no todo se puede olvidar, ni aun teniendo la voluntad necesaria, y la peste dejaría huellas, por lo menos en los corazones. Cottard declaró abiertamente que a él no le interesaba el corazón, que el corazón era la última de sus preocupaciones. Lo que le interesaba era saber si la organización misma sería transformada, si, por ejemplo, todos los servicios funcionarían como en el pasado. Y Tarrou tuvo que reconocer que no lo sabía. Según él era cosa de pensar que a todos esos servicios perturbados durante la epidemia les costaría un poco de trabajo volver a levar anclas. Se podía suponer también que se plantearían muchos problemas nuevos, que harían necesaria una reorganización de los antiguos servicios.

—¡Ah! —dijo Cottard—, eso es posible, en efecto, todo el mundo tendrá que recomenzar todo.

Los dos paseantes habían llegado cerca de la casa de Cottard. Éste se había animado mucho, esforzándose en el optimismo. Imaginaba la ciudad rehaciendo su vida, borrando su pasado hasta partir de cero.

—Bueno —dijo Tarrou—. Después de todo, puede que las cosas se arreglen para usted también. En cierto modo, es una vida nueva la que va a empezar.

Habían llegado a la puerta y se estrechaban la mano.

—Tiene usted razón —decía Cottard, cada vez más animado—, partir de cero, eso sería una gran cosa.

Pero de la sombra del pasillo surgieron dos hombres. Tarrou tuvo apenas tiempo de oír a su acompañante preguntar qué harían allí aquellos dos pájaros.

Los dos pájaros, que tenían aire de funcionarios endomingados, preguntaron a Cottard si se llamaba Cottard, y éste, dejando escapar una especie de exclamación, dio media vuelta y se lanzó hacia lo oscuro, sin que Tarrou ni los otros tuvieran tiempo de hacer un movimiento. Cuando se les pasó la sorpresa, Tarrou preguntó a los dos hombres qué era lo que querían. Ellos adoptaron un aire reservado y amable para decir que se trataba de algunos informes, y se fueron pausadamente en la dirección que había tomado Cottard.

Cuando llegó a su casa, Tarrou anotó la escena y en seguida (la escritura lo demuestra) notó un gran cansancio. Añadió que tenía todavía mucho que hacer, pero que esta no era razón para no estar dispuesto, y se preguntaba si lo estaba en realidad. Respondía, para terminar, y aquí acaban los apuntes de Tarrou, que había siempre una hora en el día en la que el hombre es cobarde y que él sólo tenía miedo a esa hora.

Dos días después, poco antes de la apertura de las puertas, el doctor Rieux, al volver a su casa al mediodía, se preguntaba si encontraría el telegrama que esperaba. Aunque sus tareas fuesen tan agotadoras como en el momento más grave de la peste, la esperanza de la liberación definitiva había disipado todo cansancio en él. Esperaba y se complacía en esperar. No se puede tener siempre la voluntad en tensión ni estar continuamente firme; es una gran felicidad poder deshacer, al fin, en la efusión, este haz de fuerzas trenzadas en la lucha. Si el telegrama esperado fuera también favorable, Rieux podría recomenzar. Y su opinión era que todo el mundo recomenzaría.

Pasó delante de la portería. El nuevo portero, pegado al cristal, le sonrió. Subiendo la escalera, Rieux veía su cara pálida por el cansancio y las privaciones.

Sí, recomenzaría cuando la abstracción hubiese terminado, y con un poco de suerte… Pero al abrir la puerta vio a su madre que le salía al encuentro anunciándole que el señor Tarrou no se sentía bien. Se había levantado por la mañana, pero no había podido salir y había vuelto a acostarse. La señora Rieux estaba inquieta.

—Probablemente no es nada grave —dijo su hijo. Tarrou estaba tendido en la cama, su pesada cabeza se hundía en el almohadón, el pecho fuerte se dibujaba bajo el espesor de las mantas. Tenía fiebre, le dolía la cabeza. Dijo a Rieux que creía tener síntomas vagos que podían ser los de la peste.
—No, no hay nada claro todavía —dijo Rieux, después de haberle reconocido.

Pero Tarrou estaba devorado por la sed. En el pasillo Rieux le dijo a su madre que podría ser el principio de la peste.

—¡Ah! —dijo ella—, eso no es posible ¡ahora!

Y después:

—Dejémosle aquí, Bernard.

Rieux reflexionó.

—No tengo derecho —dijo—. Pero van a abrirse las puertas. Yo creo que si tú no estuvieras aquí, sería el primer derecho que me tomaría.
—Bernard —dijo ella—, podemos estar los dos. Ya sabes que yo he sido vacunada otra vez.

El doctor dijo que Tarrou también lo estaba, pero que, acaso por el cansancio, había dejado de ponerse la última inyección de enero u olvidado algunas precauciones.

Rieux fue a su despacho. Cuando volvió a la alcoba, Tarrou vio que traía las enormes ampollas de suero.

—¡Ah!, es eso —dijo.
—No, pero por precaución.

Tarrou por toda respuesta tendió el brazo y soportó la interminable inyección que él mismo había puesto a tantos otros.

—Veremos esta noche —dijo Rieux y miró a Tarrou cara a cara.
—¿Y el aislamiento, Rieux?
—No es enteramente seguro que tenga usted la peste.

Tarrou sonrió con esfuerzo.

—Es la primera vez que veo inyectar el suero sin ordenar al mismo tiempo el aislamiento.

Rieux se volvió de espaldas.

—Mi madre y yo lo cuidaremos. Estará usted mejor.

Tarrou siguió callado y el doctor, que estaba arreglando en la caja las ampollas, esperaba que hablase para volver a mirar. Al fin, fue hacia la cama. El enfermo lo miró. Su cara estaba cansada, pero sus ojos grises seguían tranquilos. Rieux le sonrió.

—Duerma usted si puede. Yo volveré dentro de un rato.

Al llegar a la puerta oyó que Tarrou lo llamaba. Volvió atrás.

Pero Tarrou parecía debatirse con la expresión misma de la idea que quería expresar.

—Rieux —dijo al fin—, tiene usted que decirme todo; lo necesito.
—Se lo prometo.

Tarrou torció un poco su cara recia en una sonrisa.

—Gracias. No tengo ganas de morir, así que lucharé. Pero si el juego está perdido, quiero tener un buen final.

Rieux se inclinó y le apretó un poco el hombro.

—No —dijo—. Para llegar a ser un santo hay que vivir. Luche usted.

A lo largo del día, el frío que había sido intenso disminuyó un poco para ceder el lugar por la tarde a chaparrones violentos de lluvia y de granizo. Al crepúsculo el cielo se descubrió un poco y el frío se hizo otra vez penetrante. Rieux volvió a su casa por la tarde; sin quitarse el abrigo fue al cuarto de su amigo. Su madre estaba allí, haciendo punto de aguja. Tarrou parecía que no se había movido, pero sus labios, blanquecinos por la fiebre, delataban la lucha que estaba sosteniendo.

—¿Qué hay? —dijo el doctor.

Tarrou alzó un poco entre las mantas sus anchos hombros.

—Hay —dijo— que pierdo la partida.

El doctor se inclinó sobre él. Bajo la piel ardiendo los ganglios empezaban a endurecerse y dentro de su pecho retumbaba el ruido de una fragua subterránea. Tarrou presentaba extrañamente las dos series de síntomas. Rieux dijo, enderezándose, que el suero no había tenido tiempo todavía de hacer efecto. Una onda de fiebre que subió a su garganta sofocó las palabras que Tarrou iba a pronunciar.

Después de cenar, Rieux y su madre vinieron a instalarse junto al enfermo. La noche comenzaba para él en la lucha declarada, y Rieux sabía que ese duro combate con el ángel de la peste tenía que durar hasta la madrugada. Los anchos hombros y el gran pecho de Tarrou no eran sus mejores armas, sino más bien aquella sangre que Rieux había hecho brotar con la aguja y en esa sangre algo que era más interior que el alma y que ninguna ciencia sería capaz de traer a la luz. Y él no podía hacer más que ver luchar a su amigo. Todo lo que se disponía a llevar a cabo, los abscesos que ayudaría a madurar, los tónicos que iba a inocularle, era de limitada eficacia, como se lo habían enseñado tantos meses de fracasos continuos. Lo único que le quedaba, en realidad, era dar ocasión al azar que muchas veces no actúa si no se le provoca. Y era preciso que el azar actuase, pues Rieux se encontraba ante un aspecto de la peste que le desconcertaba. Una vez más, la peste se esmeraba en despistar todas las estrategias dirigidas contra ella, apareciendo allí donde no se la esperaba y desapareciendo de donde se la creía afincada. Una vez más se esforzaba la peste en sorprender.

Tarrou luchaba, inmóvil. Ni una sola vez, en toda la noche, se entregó a la agitación al combatir los asaltos del mal: solamente empleaba para luchar su reciedumbre y su silencio. Pero tampoco pronunció ni una sola vez una palabra, confesando así que la distracción no le era posible. Rieux seguía solamente las fases de la lucha en los ojos de su amigo, unas veces abiertos, otras cerrados; unas veces los párpados apretados contra el globo del ojo, otras por el contrario, laxos, la mirada fija en un objeto o vuelta hacia el doctor y su madre. Cada vez que el doctor encontraba su mirada, Tarrou sonreía con esfuerzo.

En cierto momento se oyeron pasos precipitados por la calle, que parecían huir ante un murmullo lejano que iba acercándose poco a poco y que terminó por llenar la calle con su barboteo: la lluvia recomenzaba, mezclada al poco tiempo con un granizo que rebotaba en las aceras. Los toldos y cortinas ondearon ante las ventanas. En la sombra del cuarto, Rieux, que se había dejado distraer por la lluvia, volvió a contemplar a Tarrou iluminado por la lámpara de cabecera. Su madre hacía punto, levantando de cuando en cuando la cabeza para mirar atentamente al enfermo. El doctor había hecho ya todo lo que podía hacer. Después de la lluvia el silencio se hizo más denso en la habitación, llena solamente del tumulto de una guerra invisible. Excitado por el insomnio, el doctor creía oír en los confines del silencio el silbido suave y regular que lo había acompañado durante toda la epidemia. Indicó a su madre, con el gesto, que debía acostarse. Ella movió la cabeza negativamente y, con más animación en los ojos, se puso a buscar con cuidado con la aguja un punto del que no estaba muy segura. Rieux se levantó para dar de beber al enfermo, y luego volvió a sentarse.

Algunos transeúntes, aprovechando la calma, pasaban rápidamente por la acera. Sus pasos decrecían y se alejaban. El doctor reconoció que, por primera vez, aquella noche llena de paseantes trasnochadores y limpia de timbres de ambulancia, era semejante a la de otros tiempos. Era ya una noche liberada de la peste y parecía que la enfermedad espantada por el frío, las luces y la multitud, se hubiera escapado de las profundidades de la ciudad y se hubiera refugiado en esta habitación, caldeada, para dar su último asalto al cuerpo inerte de Tarrou. El flagelo ya no azotaba el cielo de la ciudad. Pero silbaba en el aire pesado del cuarto. Eso era lo que Rieux escuchaba desde hacía horas. Había que esperar que allí también se detuviese, que allí también la peste se declarase vencida.

Poco antes de amanecer, Rieux se acercó a su madre.

—Deberías acostarte para poder relevarme a las ocho. No olvides las instalaciones antes de acostarte.

La señora Rieux se levantó, recogió su labor y se acercó a la cama. Tarrou hacía ya tiempo que tenía los ojos cerrados. El sudor ensortijaba su pelo sobre la frente. La señora Rieux suspiró y el enfermo abrió los ojos, vio la dulce mirada sobre él y bajo las móviles ondas de la fiebre reapareció su sonrisa tenaz. Pero en seguida cerró los ojos. Cuando se quedó solo, Rieux se acomodó en el sillón que había dejado su madre. La calle estaba muda y el silencio era completo. El frío de la madrugada empezaba a hacerse sentir en la habitación.

El doctor se adormeció, pero el primer coche del amanecer lo sacó de su somnolencia. Pasó un escalofrío por la espalda, miró a Tarrou y vio que había logrado un poco de descanso y dormía también. Las ruedas de madera y las pisadas del caballo de un carro sonaban ya lejos. En la ventana, el espacio estaba todavía oscuro. Cuando el doctor se acercó a la cama, Tarrou lo miró con los ojos inexpresivos como si estuviese todavía en las regiones del sueño.

—Ha dormido usted, ¿no? —preguntó Rieux. —Sí.
—¿Respira usted mejor?
—Un poco, ¿eso quiere decir algo?

Rieux se calló un momento, después dijo:

—No, Tarrou, eso no quiere decir nada. Usted conoce tan bien como yo la tregua matinal.

Tarrou asintió.

—Gracias —dijo—, respóndame siempre así, exactamente.

Rieux se sentó a los pies de la cama. Sentía junto a él las piernas del enfermo, largas y duras como miembros de una estatua yacente. Tarrou empezó a respirar más fuerte.

—La fiebre va a recomenzar, ¿no es cierto, Rieux? —dijo con voz ahogada.
—Sí, pero al mediodía ya podremos ver.

Tarrou cerró los ojos, parecía concentrar sus fuerzas. Una expresión de cansancio se leía en sus rasgos, esperaba la subida de la fiebre que se revolvía ya en algún sitio de su propio fondo. Cuando abrió los ojos, su mirada estaba empañada y sólo se aclaró cuando vio a Rieux inclinado hacia él.

—Beba —le decía.

Tarrou bebió y dejó caer la cabeza.

—Qué largo es esto —murmuró.

Rieux le tomó del brazo, pero Tarrou, con la cabeza vuelta para otro sitio, no reaccionó. Y de pronto la fiebre afluyó visiblemente hasta su frente, como si hubiese roto algún dique interior. Cuando la mirada de Tarrou se volvió hacia el doctor, éste procuró darle valor con la suya. La sonrisa que Tarrou intentó esbozar no pudo pasar de las mandíbulas apretadas ni de los labios pegados por una espuma blancuzca. Pero bajo su frente obstinada los ojos brillaron todavía con el resplandor del valor.

A las siete, la señora Rieux volvió a la habitación. El doctor fue a su despacho para telefonear al hospital haciéndose sustituir. Decidió también dejar sus consultas aquel día, se echó un momento en el diván de su gabinete, pero se levantó en seguida y volvió al cuarto. Tarrou tenía la cabeza vuelta hacia la señora Rieux, miraba aquella menuda sombra recogida junto a él en una silla, con las manos juntas sobre la falda. Y la contemplaba con tanta intensidad que la señora Rieux se puso un dedo sobre los labios y se levantó para apagar la lámpara de la cabecera. Pero a través de las cortinas la luz se filtraba rápidamente y poco a poco, cuando los rasgos del enfermo emergieron de la oscuridad, la señora Rieux pudo ver que seguía mirándola. Se inclinó hacia él, le arregló la almohada y puso un momento la mano en su pecho mojado. Entonces oyó, como viniendo de lejos, una voz sorda que le daba las gracias y le decía que todo estaba muy bien. Cuando volvió a sentarse, Tarrou cerró los ojos y su expresión agotada, a pesar de tener la boca cerrada, parecía volver a sonreír.

(Sigue leyendo…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .