La peste (Final)

Albert Camus







Al mediodía la fiebre había llegado a la cúspide. Una especie de tos visceral sacudía el cuerpo del enfermo, que empezó a escupir sangre. Los ganglios habían dejado de crecer, pero seguían duros como clavos, atornillados en los huecos de las articulaciones y Rieux consideró imposible abrirlos. En los intervalos de la fiebre y de la tos, Tarrou miraba de cuando en cuando a sus amigos. Pero pronto sus ojos se abrieron cada vez menos frecuentemente y la luz que iluminaba su cara devastada fue haciéndose más débil. La tempestad que sacudía su cuerpo, con estremecimientos convulsivos hacía cada vez más frecuentes sus relámpagos y Tarrou iba derivando hacia el fondo. Rieux no tenía delante más que una máscara inerte en la que la sonrisa había desaparecido. Esta forma humana que le había sido tan próxima, acribillada ahora por el venablo, abrasada por el mal sobrehumano, doblegada por todos los vientos iracundos del cielo, se sumergía a sus ojos en las ondas de la peste y él no podía hacer nada para evitar su naufragio. Tenía que quedarse en la orilla con los brazos cruzados y el corazón oprimido, sin armas y sin recursos, una vez más, frente al fracaso. Y al fin, las lágrimas de la impotencia le impidieron ver cómo Tarrou se volvía bruscamente hacia la pared y con un quejido profundo expiraba, como si en alguna parte de su ser una cuerda esencial se hubiese roto.

La noche que siguió no fue de lucha, sino de silencio. En este cuarto separado del mundo, sobre este cuerpo muerto, ahora vestido, Rieux sentía planear la calma sorprendente que muchas noches antes, sobre las terrazas, por encima de la peste, había seguido al ataque de las puertas. Ya en aquella época había pensado en ese silencio que se cierne sobre los lechos donde mueren los hombres. En todas partes la misma pausa, el mismo intervalo solemne, siempre el mismo aplacamiento que sigue a los combates: era el silencio de la derrota. Pero aquel silencio que envolvía a su amigo era tan compacto, estaba tan estrechamente acorde con el silencio de las calles de la ciudad liberada de la peste, que Rieux sentía que esta vez se trataba de la derrota definitiva, la que pone fin a las guerras y hace de la paz un sufrimiento incurable. El doctor no sabía si al fin Tarrou habría encontrado la paz, pero en ese momento, por lo menos, creía saber que para él ya no habría paz posible, como no hay armisticio para la madre amputada de su hijo, ni para el hombre que entierra a su amigo.

Fuera quedaba la misma noche fría, las estrellas congeladas en un cielo claro y glacial. En la semioscuridad del cuarto se sentía contra los cristales la respiración pálida de una noche polar. Junto a la cama, la señora Rieux estaba sentada en su postura habitual, el lado derecho iluminado por la lámpara de cabecera. En medio de la habitación, lejos de la luz, Rieux esperaba en su butaca. El recuerdo de su mujer pasó alguna vez por su cabeza, pero lo rechazó.

Las pisadas de los transeúntes habían sonado, claras, en la noche fría.

—¿Te has ocupado de todo? —había dicho la señora Rieux.
—Sí, ya he telefoneado.

Habían seguido velando en silencio. La señora Rieux miraba de cuando en cuando a su hijo. Cuando él sorprendía una de sus miradas, le sonreía. Los ruidos familiares de la noche se sucedían fuera. Aunque la autorización todavía no había sido dada, muchos coches circulaban de nuevo. Lamían rápidamente el pavimento, desaparecían y volvían a aparecer. Voces, llamadas, un nuevo silencio, los pasos de un caballo, el chirriar de algún tranvía en una curva, ruidos imprecisos, y de nuevo la respiración de la noche.

—Bernard.
—¿Qué, mamá?
—¿No estás cansado?
—No.

Sentía que su madre lo quería y pensaba en él en ese momento. Pero sabía también que querer a alguien no es gran cosa o, más bien, que el amor no es nunca lo suficientemente fuerte para encontrar su propia expresión. Así, su madre y él se querían siempre en silencio. Y ella llegaría a morir —o él— sin que durante toda su vida hubiera podido avanzar en la confesión de su ternura. Del mismo modo que había vivido al lado de Tarrou y estaba allí, muerto, aquella noche, sin que su amistad hubiera tenido tiempo de ser verdaderamente vivida. Tarrou había perdido la partida, como él decía, pero él, Rieux, ¿qué había ganado? Él había ganado únicamente el haber conocido la peste y acordarse de ella, haber conocido la amistad y acordarse de ella, conocer la ternura y tener que acordarse de ella algún día. Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo. ¡Es posible que fuera a eso a lo que Tarrou le llamaba ganar la partida!

Volvió a pasar un auto y la señora Rieux cambió un poco de postura en su silla. Rieux le sonrió. Ella le dijo que no estaba cansada y poco después:

—Tendrías que ir a descansar un poco a la montaña.
—Sí, mamá.

¿Por qué no? Iría a reposar un poco. Ese sería un buen pretexto para la memoria. Pero si esto era ganar la partida, qué duro debía ser vivir únicamente con lo que se sabe y con lo que se recuerda, privado de lo que se espera. Así era, sin duda, como había vivido Tarrou y con la conciencia de lo estéril que es una vida sin ilusiones. No puede haber paz sin esperanza y Tarrou, que había negado a los hombres el derecho de condenar, que sabía, sin embargo, que nadie puede pasarse sin condenar, y que incluso las víctimas son a veces verdugos, Tarrou había vivido en el desgarramiento y la contradicción y no había conocido la esperanza. ¿Sería por eso por lo que había buscado la santidad y la paz en el servicio de los hombres? En verdad, Rieux no sabía nada y todo esto importaba poco. Las únicas imágenes de Tarrou que conservaría serían las de un hombre que cogía con ánimo el volante de su coche para conducirlo todos los días y la de aquel cuerpo recio, tendido ahora sin movimiento. Un calor de vida y una imagen de muerte: esto era el conocimiento.

Por eso fue, sin duda, por lo que el doctor Rieux a la mañana siguiente recibió con calma la noticia de la muerte de su mujer. Estaba en su despacho y su madre vino casi corriendo a traerle un telegrama, en seguida fue a dar una propina al repartidor y cuando volvió, Rieux tenía el telegrama abierto en la mano. Ella lo miró, pero Rieux miraba obstinadamente, por la ventana, la mañana magnífica que se levantaba sobre el puerto.

—Bernard —dijo la señora Rieux.

El doctor la miró con aire distraído.

—¿El telegrama? —preguntó.
—Sí, es eso —dijo el doctor—. Hace ocho días.

La señora Rieux se volvió hacia la ventana. El doctor siguió callado. Después dijo a su madre que no llorase, que él ya se lo esperaba, pero que, sin embargo, era difícil de soportar. Al decir eso sabía, simplemente, que en su sufrimiento no había sorpresa. Desde hacía meses y desde hacía dos días era el mismo dolor el que continuaba.

Las puertas de la ciudad se abrieron por fin al amanecer de una hermosa mañana de febrero, saludadas por el pueblo, los periódicos, la radio y los comunicados de la prefectura. Le queda aún al cronista por relatar las horas de alegría que siguieron a la apertura de las puertas, aunque él fuese de los que no podían mezclarse enteramente a ella.

Se habían organizado grandes festejos para el día y para la noche. Al mismo tiempo, los trenes empezaron a humear en la estación, los barcos ponían ya la proa a nuestro puerto, demostrando así que ese día era, para los que gemían por la separación, el día del gran encuentro.

Se imaginará fácilmente lo que pudo llegar a ser el sentimiento de la separación que había dominado a tantos de nuestros conciudadanos. Los trenes que entraron en la ciudad durante el día no venían menos cargados que los que salieron. Cada uno había reservado su asiento para ese día en el transcurso del plazo de las dos semanas, temiendo que en el último momento la decisión de la prefectura fuese anulada. Algunos de los viajeros que venían hacia la ciudad no estaban enteramente libres de aprensión, pues sabían en general el estado de las personas que les eran próximas, pero no el de las otras ni el de la ciudad misma, a la que atribuían un rostro temible. Pero esto sólo contaba para aquellos a los que la pasión no había estado quemando durante todo este espacio de tiempo.

Los apasionados pudieron entregarse a su idea fija. Sólo una cosa había cambiado para ellos: el tiempo, que durante sus meses de exilio hubieran querido empujar para que se apresurase, que se encarnizaban verdaderamente en precipitar; ahora, que se encontraban ya cerca de nuestra ciudad deseaban que fuese más lento, querían tenerlo suspendido, cuando ya el tren empezaba a frenar antes de la parada. El sentimiento, al mismo tiempo vago y agudo en ellos, de todos esos meses de vida perdidos para su amor, les hacía exigir confusamente una especie de compensación que consistiese en ver correr el tiempo de la dicha dos veces más lento que el de la espera. Y los que les esperaban en una casa o en un andén, como Rambert, cuya mujer, que en cuanto había sido advertida de la posibilidad de entrada, había hecho todo lo necesario para venir, estaban dominados por la misma impaciencia y la misma confusión. Pues este amor o esta ternura que los meses de peste habían reducido a la abstracción, Rambert temblaba de confrontarlos con el ser de carne y hueso que los había sustentado.

Hubiera querido volver a ser aquel que al principio de la epidemia intentaban correr de un solo impulso fuera de la ciudad, lanzándose al encuentro de la que amaba. Pero sabía que esto ya no era posible. Había cambiado; la peste había puesto en él una distracción que procuraba negar con todas sus fuerzas y que, sin embargo, prevalecía en él como una angustia sorda. En cierto sentido, tenía la impresión de que la peste había terminado demasiado brutalmente y le faltaba presencia de ánimo ante este hecho. La felicidad llegaba a toda marcha, el acontecimiento iba más de prisa que el deseo. Rambert sabía que todo iba a serle devuelto de golpe y que la alegría es una quemadura que no se saborea.

Todos, más o menos conscientemente, estaban como él, y de todos estamos hablando. En aquel andén de la estación, donde iban a recomenzar sus vidas personales, sentían su comodidad y cambiaban entre ellos miradas y sonrisas. Su sentimiento de exilio, en cuanto vieron el humo del tren, se extinguió bruscamente bajo la avalancha de una alegría confusa y cegadora. Cuando el tren se detuvo, las interminables separaciones que habían tenido su comienzo en aquella estación tuvieron allí mismo su fin en el momento en que los brazos se enroscaban, con una avaricia exultante, sobre los cuerpos cuya forma viviente habían olvidado.

Rambert no tuvo tiempo de mirar esta forma que corría hacia él y que se arrojaba contra su pecho. Teniéndola entre sus brazos, apretando contra él una cabeza de la que no veía más que los rizos familiares, dejaba correr las lágrimas, sin saber si eran causadas por su felicidad presente o por el dolor tanto tiempo reprimido, y seguro, al menos, de que ellas le impedirían comprobar si aquella cara escondida en su hombro era con la que tanto había soñado o acaso la de una extraña. Por el momento, quería obrar como todos los que alrededor de él parecían creer que la peste puede llegar y marcharse sin que cambie el corazón de los hombres.

Apretados unos a otros, se fueron a sus casas, ciegos al resto de las cosas, triunfando en apariencia de la peste, olvidados de todas las miserias y de aquellos otros que, venidos en el mismo tren, no habían encontrado a nadie esperándolos, y se disponían a recibir la confirmación del temor que un largo silencio había hecho nacer en sus corazones. Para estos últimos, que ahora no tenían por compañía más que su dolor reciente, para todos los que se entregaban en ese momento al recuerdo de un ser desaparecido, las cosas eran muy de otro modo y el sentimiento de la separación alcanzaba su cúspide. Para ésos, madres, esposos, amantes que habían perdido toda dicha con el ser ahora confundido en una fosa anónima o deshecho en un montón de ceniza, para ésos continuaba por siempre la peste.

Pero, ¿quién pensaba en esas soledades? Al mediodía, el sol, triunfando de las ráfagas frías que pugnaban en el aire desde la mañana, vertía sobre la ciudad las ondas ininterrumpidas de una luz inmóvil. El día estaba en suspenso. Los cañones de los fuertes, en lo alto de las colinas, tronaban sin interrupción contra el cielo fijo. Toda la ciudad se echó a la calle para festejar ese minuto en el que el tiempo del sufrimiento tenía fin y el del olvido no había empezado.

Se bailaba en todas las plazas. De la noche a la mañana el tránsito había aumentado considerablemente y los automóviles, multiplicados de pronto, circulaban por las calles invadidas. Todas las campanas de la ciudad, echadas a vuelo, sonaron durante la tarde, llenando con sus vibraciones un cielo azul y dorado. En las iglesias había oficios en acción de gracias. Y al mismo tiempo, todos los lugares de placer estaban llenos hasta reventar, y los cafés, sin preocuparse del porvenir, distribuían el último alcohol. Ante sus mostradores se estrujaba una multitud de gentes, todas igualmente excitadas, y entre ellas numerosas parejas enlazadas que no temían ofrecerse en espectáculo. Todos gritaban o reían. Las provisiones de vida que habían hecho durante esos meses en que cada uno había tenido su alma en vela, las gastaban en este día que era como el día de su supervivencia. Al día siguiente empezaría la vida tal como es, con sus preocupaciones. Por el momento, las gentes de orígenes más diversos se codeaban y fraternizaban.

La igualdad que la presencia de la muerte no había realizado de hecho, la alegría de la liberación la establecía, al menos por unas horas.

Pero esta exuberancia superficial no era todo y los que llenaban las calles al final de la tarde, marchando al lado de Rambert, disfrazaban a veces bajo una actitud plácida dichas más delicadas. Eran muchas las parejas y las familias que sólo tenían el aspecto de pacíficos paseantes. En realidad, la mayor parte efectuaron peregrinaciones sentimentales a los sitios donde habían sufrido. Querían enseñar a los recién llegados las señales ostensibles o escondidas de la peste, los vestigios de su historia. Algunos se contentaban con jugar a lo guías, representar el papel del que ha visto muchas cosas, del contemporáneo de la peste, hablando del peligro sin evocar el miedo. Estos placeres eran inofensivos. Pero en otros casos eran itinerarios más fervientes, en los que un amante abandonado a la dulce angustia del recuerdo podía decir: “En tal época, estuve en este sitio deseándote y tú no estabas aquí.” Se podía reconocer a estos turistas de la pasión: formaban como islotes de cuchicheos y de confidencias en medio del tumulto donde marchaban. Más que las orquestas en las plazas eran ellos los que anunciaban la verdadera liberación. Pues esas parejas enajenadas, enlazadas y avaras de palabras afirmaban, en medio del tumulto, con el triunfo y la injusticia de la felicidad, que la peste había terminado y que el terror había cumplido su plazo. Negaban tranquilamente, contra toda evidencia, que hubiéramos conocido jamás aquel mundo insensato en el que el asesinato de un hombre era tan cotidiano como el de las moscas, aquel salvajismo bien definido, aquel delirio calculado, aquella esclavitud que llevaba consigo una horrible libertad respecto a todo lo que no era el presente, aquel olor de muerte que embrutecía a los que no mataba. Negaban, en fin, que hubiéramos sido aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte en las fauces de un horno, mientras la otra, cargada con las cadenas de la impotencia, esperaba su turno.

Esto era, por lo menos, lo que saltaba a la vista para el doctor Rieux, que iba hacia los arrabales a pie y solo, al caer la tarde, entre las campanas y los cañonazos, las músicas y los gritos ensordecedores. Su oficio continuaba: no hay vacaciones para los enfermos. Entre la luz suave y límpida que descendía sobre la ciudad se elevaban los antiguos olores a carne asada y a anís. A su alrededor, caras radiantes se volvían hacia el cielo. Hombres y mujeres se estrechaban unos a otros, con el rostro encendido, con todo el arrebato y el grito del deseo. Sí, la peste y el terror habían terminado y aquellos brazos que se anudaban estaban demostrando que la peste había sido exilio y separación en el más profundo sentido de la palabra.

Por primera vez Rieux podía dar un nombre a este aire de familia que había notado durante meses en todas las caras de los transeúntes. Le bastaba mirar a su alrededor. Llegados al final de la peste, entre miseria y privaciones, todos esos hombres habían terminado por adoptar el traje del papel que desde hacía mucho tiempo representaban: el papel de emigrantes, cuya cara primero y ahora sus ropas hablaban de la ausencia y de la patria lejana. A partir del momento en que la peste había cerrado las puertas de la ciudad no habían vivido más que en la separación, habían sido amputados de ese calor humano que hace olvidarlo todo. En diversos grados, en todos los rincones de la ciudad, esos hombres y esas mujeres habían aspirado a una reunión que no era, para todos, de la misma naturaleza, pero que era, para todos, igualmente imposible. La mayor parte de ellos habían gritado con todas sus fuerzas hacia un ausente, el calor de un cuerpo, la ternura o la costumbre. Algunos, a veces sin saberlo, sufrían por haber quedado fuera de la amistad de los hombres, por no poder acercárseles por los medios ordinarios como son las cartas, los trenes y los barcos. Otros, menos frecuentes, como Tarrou acaso, habían deseado la reunión con algo que no podían definir, pero que para ellos era el único bien deseable. Y que, a falta de otro nombre, lo llamaban a veces la paz.

Rieux seguía hacia los barrios bajos. A medida que avanzaba, la multitud aumentaba a su alrededor, el barullo crecía y le parecía que los arrabales que quería alcanzar iban retrocediendo. Poco a poco fue confundiéndose con aquel gran cuerpo aullante, cuyo grito comprendía cada vez mejor, porque en parte era también el suyo. Sí, todos habían sufrido juntos, tanto en la carne como en el alma, de una ociosidad difícil, de un exilio sin remedio y de una sed jamás satisfecha. Entre los amontonamientos de cadáveres, los timbres de las ambulancias, las advertencias de eso que se ha dado en llamar destino, el pataleo inútil y obstinado del miedo y la rebeldía del corazón, un profundo rumor había recorrido a esos seres consternados, manteniéndolos alerta, persuadiéndolos de que tenían que encontrar su verdadera patria. Para todos ellos la verdadera patria se encontraba más allá de los muros de esta ciudad ahogada. Estaba en las malezas olorosas de las colinas, en el mar, en los países libres y en el peso vital del amor. Y hacia aquella patria, hacia la felicidad era hacia donde querían volver, apartándose con asco de todo lo demás.

En cuanto al sentido que pudiera tener este auxilio y este deseo de reunión, Rieux no sabía nada. Empujado o interpelado por unos y otros, fue llegando poco a poco a otras calles menos abarrotadas y pensó que no es lo más importante que esas cosas tengan o no tengan un sentido, sino saber qué es lo que se ha respondido a la esperanza de los hombres.

Rieux sabía bien lo que se había respondido y lo percibía mejor en las primeras calles de los arrabales casi desiertos. Aquellos que ateniéndose a lo que era no habían querido más que volver a la morada de su amor, habían sido a veces recompensados. Es cierto que algunos de ellos seguían vagando por la ciudad solitaria privados del ser que esperaban.

Dichosos aquellos que no habían sido doblemente separados como algunos que antes de la epidemia no habían podido construir, con el primer intento, su amor y que habían perseguido ciegamente durante años el difícil acorde que logra incrustar uno en otro de los amantes enemigos. Ésos, como el mismo Rieux, habían cometido la ligereza de creer que les sobraría tiempo: ésos estaban separados para siempre. Pero otros, como Rambert, a quien el doctor había dicho por la mañana al separarse de él: “Valor, ahora es cuando hay que tener razón”, esos otros habían recobrado sin titubear al ausente que creyeron perdido. Ésos, al menos por algún tiempo, serían felices. Sabían, ahora, que hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana.

Para todos aquellos, por el contrario, que se habían dirigido pasando por encima del hombre hacia algo que ni siquiera imaginaban, no había habido respuesta. Tarrou parecía haber alcanzado esa paz difícil de que hablaba, pero sólo la había encontrado en la muerte, cuando ya no podía servirle de nada. Si otros, a los que Rieux veía en los umbrales de sus casas, al caer la luz, enlazados con todas sus fuerzas y mirándose con arrebato, habían obtenido lo que querían, es porque habían pedido lo único que dependía de ellos. Y Rieux al doblar la esquina de la calle de Grand y Cottard pensaba que era justo que, al menos de cuando en cuando, la dicha llegara a recompensar a los que les basta el hombre y su pobre y terrible amor.

Esta crónica toca a su fin. Es ya tiempo de que el doctor Bernard Rieux confiese que es su autor. Pero antes de señalar los últimos acontecimientos querría justificar su intervención y hacer comprender por qué ha tenido empeño en adoptar el tono de un testigo objetivo. Durante todo el tiempo de la peste, su profesión le ha puesto en el trance de frecuentar a la mayor parte de sus conciudadanos y de recoger las manifestaciones de sus sentimientos. Estaba, pues, bien situado para relatar lo que había visto u oído, pero ha querido hacerlo con la discreción necesaria. En general, se ha esforzado en no relatar más que lo que ha visto, en no dar a sus compañeros de peste pensamientos que no estaban obligados a formular, y en utilizar únicamente los textos que el azar o la desgracia pusieron en sus manos.

Habiendo sido una vez llevado a declarar en un crimen, guardó una cierta reserva, como conviene a un testigo de buena voluntad. Pero al mismo tiempo, según la ley de un corazón honrado, tomó deliberadamente el partido de la víctima y procuró reunir a los hombres, sus conciudadanos, en torno a las únicas certidumbres que pueden tener en común y que son el amor, el sufrimiento y el exilio. Así, no ha habido una sola entre las mil angustias de sus conciudadanos que no haya compartido, no ha habido una situación que no haya sido la suya.

Para ser un testigo fiel tenía que relatar los hechos, los documentos y los humores. Pero lo que él, personalmente, tenía que decir, su espera y todas sus pruebas, eso tenía que callarlo. Si se sirvió de ella fue solamente por comprender o hacer comprender a sus conciudadanos, y por dar una forma lo más precisa a lo que sentía confusamente. A decir verdad, este esfuerzo de la razón no le costó nada. Cuando se sentía tentado de mezclar directamente sus confidencias a las mil voces de los apestados, se detenía ante la idea de que no había uno solo de sus sufrimientos que no fuera al mismo tiempo el de los otros, y que en un mundo en que el dolor es tan frecuentemente solitario esto es una ventaja. Decididamente tenía que hablar por todos.

Pero hay uno entre todos, por el cual el doctor Rieux no podía hablar y del cual Tarrou había dicho un día: “Su único crimen verdadero es haber aprobado en su corazón lo que hace morir a los niños y a los hombres. En lo demás lo comprendo, pero en eso tengo que perdonarlo.” Es justo que esta crónica se termine con él, que tenía un corazón ignorante, es decir, solitario.

Cuando salió de las grandes calles ruidosas, al doblar por la de Grand y Cottard, el doctor Rieux fue detenido por un grupo de agentes, que no se esperaba. El rumor lejano de la fiesta hacía que el barrio pareciese silencioso y él lo había imaginado tan desierto como mudo. Sacó su carnet.

—Imposible, doctor —dijo el policía—. Hay un loco que está tirando sobre la gente. Pero quédese ahí que puede usted ser útil.

En ese momento Rieux vio venir a Grand, que tampoco sabía lo que ocurría. Le habían impedido pasar diciéndole que los tiros salían de su casa. Se veía desde lejos la fachada, dorada por la luz última de un sol frío. Alrededor de ella se recortaba un gran espacio vacío que llegaba hasta la acera de enfrente. En medio de la calzada se podía distinguir un sombrero y un trapo sucio. Rieux y Grand vieron muy lejos, al otro lado de la calle, un cordón de guardias paralelo al que les impedía avanzar y detrás de él pasaban y repasaban los vecinos del barrio rápidamente. Después de mirar bien, descubrieron también que, parapetados en los huecos de las casas de enfrente, había agentes revólver en mano. Todas las persianas de la casa de Grand estaban cerradas: sólo en el segundo, una de ellas parecía medio desprendida. El silencio era completo; en la calle se oían solamente jirones de música que llegaban del centro de la ciudad.

De pronto, de uno de los inmuebles de enfrente de la casa, partieron dos tiros de revólver que hicieron saltar astillas de la persiana desencuadernada. Después se volvió a hacer el silencio. Desde lejos y después del tumulto de aquel día, a Rieux le pareció todo aquello un poco irreal.

—Es la ventana de Cottard —dijo de pronto Grand, todo agitado—. Pero Cottard hace ya días que ha desaparecido.
—¿Por qué tiran? —preguntó Rieux al agente.
—Están entreteniéndole. Van a traer un camión con el material necesario, porque él tira a todos los que intentan entrar por la puerta de la casa. Hay ya un agente herido.
—Pero él, ¿por qué tira?
—No se sabe. Los agentes estaban en la calle divirtiéndose. Al primer tiro no comprendieron. Al segundo, hubo gritos, un herido, y la huida de todo el mundo. ¡Un loco!

En el silencio que había vuelto a hacerse los minutos se arrastraban lentamente. Por el otro lado de la calle apareció de pronto un perro, el primero que Rieux veía desde hacía mucho tiempo, un podenco muy sucio que sus dueños debían haber tenido escondido hasta entonces y que venía trotando junto a la pared. Cuando llegó a la puerta titubeó un poco, se sentó sobre sus patas traseras y se volvió a morderse las pulgas. Los agentes empezaron a silbarle, el perro levantó la cabeza y se decidió a cruzar la calle para ir a oler el sombrero. En el mismo momento un tiro partió del piso segundo y el perro se dio vuelta como un panqueque, agitando violentamente las patas, hasta dejarse caer al fin, de lado, sacudido por largos estremecimientos. En respuesta, cinco o seis detonaciones partidas de los huecos de enfrente astillaron nuevamente la persiana. Volvió a hacerse el silencio. El sol había dado un poco de vuelta y la sombra iba aproximándose a la ventana de Cottard. En la calle, detrás del doctor, se oyó frenar un coche.

—Ahí están —dijo el agente.

Los policías bajaron del camión llevando cuerdas, una escala y dos paquetes alargados envueltos en tela encerada. Se metieron por una calle que rodeaba la manzana donde estaba situada la casa de Grand. Un momento después, se podía adivinar más que ver cierta agitación en las puertas de las casas de aquella manzana. Después hubo una espera. El perro ya no se movía, estaba tendido en medio de un charco oscuro.

De pronto, desde las ventanas de las casas ocupadas por los agentes, se desencadenó un tiroteo de ametralladora. La persiana que servía de blanco se deshojó literalmente y dejó al descubierto una superficie negra, en la que tanto Rieux como Grand no podían distinguir nada. Cuando pararon los tiros, una segunda ametralladora empezó a crepitar en la esquina de otra casa. Las balas entraban sin duda por el hueco de la ventana porque una de ellas hizo saltar una esquirla de ladrillo. En el mismo momento, tres agentes atravesaron corriendo la calzada y desaparecieron en el portal de la casa. Detrás de ellos se precipitaron otros tres y el tiroteo de la ametralladora cesó. Se oyeron dos detonaciones dentro de la casa. Después un rumor fue creciendo y se vio salir de la casa, llevado en vilo más que arrastrado, a un hombrecillo en mangas de camisa que gritaba sin parar. Como por un milagro, todas las persianas se abrieron y las ventanas se llenaron de curiosos, mientras que una multitud de personas salía de las casas, apiñándose en las barreras de cuerdas. En un momento se vio al hombrecillo en medio de la calzada con los pies al fin en el suelo y los brazos sujetos atrás por los agentes. Seguía gritando. Un agente se le acercó y le pegó con toda la fuerza de sus puños dos veces, pausadamente, con una especie de esmero.

—Es Cottard —balbuceó Grand—. Se ha vuelto loco.

Cottard había caído. Se vio todavía al agente tirar un puntapié al matón que yacía en el suelo. Después, un grupo confuso comenzó a agitarse y se dirigió hacia donde estaban el doctor y su viejo amigo.

—¡Circulen! —dijo el agente.

Rieux bajó los ojos cuando el grupo pasó delante de él.

Grand y el doctor se fueron: el crepúsculo terminaba. Como si el acontecimiento hubiera sacudido al barrio del sopor en que se adormecía, las calles se llenaron de nuevo del bordoneo de una muchedumbre alegre. Al pie de la casa, Grand dijo adiós al doctor: iba a trabajar. Pero antes de subir le dijo que había escrito a Jeanne y que ahora estaba contento. Además, había recomenzado su frase. “He suprimido —dijo— todos los adjetivos.”

Y, con una sonrisa de picardía, se quitó el sombrero ceremoniosamente. Pero Rieux pensaba en Cottard y el ruido sordo de los puños aporreándole la cara le persiguió mientras se dirigía a la casa del viejo asmático. Acaso era más duro pensar en un hombre culpable que en un hombre muerto.

Cuando Rieux llegó a casa de su viejo enfermo, la noche había ya devorado todo el cielo. Desde la habitación se podía oír el rumor lejano de la libertad y el viejo seguía siempre, con el mismo humor, trasvasando sus garbanzos.

—Hacen bien en divertirse —decía—, se necesita de todo para hacer un mundo. ¿Y su colega, doctor, qué es de él?

El ruido de unas detonaciones llegó hasta ellos, pero éstas eran pacíficas: algunos niños echaban petardos.

—Ha muerto —dijo el doctor, auscultando el pecho cavernoso.
—¡Ah! —dijo el viejo, un poco intimidado.
—De la peste —añadió Rieux.
—Sí —asintió el viejo después de un momento—, los mejores se van. Así es la vida. Pero era un hombre que no sabía lo que quería.
—¿Por qué lo dice usted? —dijo el doctor, guardando el estetoscopio.
—Por nada. No hablaba nunca si no era para decir algo. En fin, a mí me gustaba. Pero la cosa es así. Los otros dicen: “Es la peste, ha habido peste.” Por poco piden que les den una condecoración. Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más.
—Haga usted las inhalaciones regularmente.
—¡Oh!, no tenga usted cuidado. Yo tengo para mucho tiempo, yo los veré morir a todos. Yo soy de los qué saben vivir.

Lejanos gritos de alegría le respondieron a lo lejos.

El doctor se detuvo en medio de la habitación.

—¿Le importa a usted que suba un poco a la terraza?
—Nada de eso. ¿Quiere usted verlos desde allá arriba, eh? Haga lo que quiera. Pero son siempre los mismos.

Rieux se dirigió hacia la escalera.

—Dígame, doctor, ¿es cierto que van a levantar un monumento a los muertos de la peste?
—Así dice el periódico. Una estela o una placa.
—Estaba seguro. Habrá discursos.

El viejo reía con una risa ahogada.

—Me parece estar oyéndolos: “Nuestros muertos…”, y después atracarse.

Rieux subió la escalera. El ancho cielo frío centelleaba sobre las casas y junto a las colinas las estrellas destacaban su dureza pedernal. Esta noche no era muy diferente de aquella en que Tarrou y él habían subido a la terraza para olvidar la peste. Pero hoy el mar era más ruidoso al pie de los acantilados. El aire estaba inmóvil y era ligero, descargado del hálito salado que traía el viento tibio del otoño. El rumor de la ciudad llegaba al pie de las terrazas con un ruido de ola. Pero esta noche era la noche de la liberación y no de la rebelión. A lo lejos, una franja rojiza indicaba el sitio de los bulevares y de las plazas iluminadas. En la noche ahora liberada, el deseo bramaba sin frenos y era un rugido lo que llegaba hasta Rieux.

Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales. La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard, Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos, muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos. En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.

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