Por senderos que la maleza oculta (III)

Knut Hamsun








Residencia de Ancianos de Landvik, Grimstad, 23 de julio de 1946.

Señor fiscal general del reino:
Oslo
He albergado dudas sobre si debía o no escribir esta carta. Supongo que no servirá de nada. En mi tan avanzada edad podría dedicarme a otros menesteres. Mi disculpa es que no la escribo para el día de hoy, la escribo para el individuo que tal vez llegue a leerla después de nosotros. Y la escribo para nuestros nietos.

Tras un par de traslados en el transcurso del verano del año pasado, fui ingresado en la Clínica Psiquiátrica de Oslo, el 15 de octubre. La razón de ese ingreso sigue siendo un misterio no solo para mí. El título oficial de la institución es «para nerviosos y enfermos mentales», pero yo no estaba nervioso ni era un enfermo mental. Era un hombre viejo y estaba sordo, pero me encontraba sano y bien cuando me arrancaron de mi vida y trabajo cotidianos, y me encerraron. Tal vez un día alguien pregunte por el fundamento de ese modo de actuar del señor fiscal general del reino, tan arbitrario e imprudente contra mí. Podría haberme llamado ante usted para hablar unos instantes conmigo, pero no lo hizo. Podría haber conseguido un certificado médico diciendo que necesitaba ser ingresado, pero no lo hizo. El médico comarcal me examinó durante diez minutos, «solo corporalmente», como él dice, acaso mencionara algo de «la tensión arterial un poco alta», tal vez también mencionara mi derrame cerebral. ¿La tensión alta justificaría ser ingresado para un examen mental? ¿Un derrame cerebral que no ha dejado huella alguna en mi mente justificaría ese ingreso? No son pocas las personas que han sufrido un derrame cerebral, la arteriosclerosis no es un caso de enfermedad extraña y rara. Conozco a un señor con derrame cerebral, y con no menos de dos tesis doctorales. Él mismo sostiene que el derrame cerebral no le ha afectado en nada.

He de suponer que mi nombre le era desconocido al señor fiscal general del reino. Pero podría usted haber buscado información donde la había. Alguien podría haberle informado de que yo no era del todo un ignorante del mundo de la psicología, y de que, en el transcurso de una larga vida de escritor, he creado varios centenares de personajes, personajes que he creado por dentro y por fuera como seres vivos, cada uno en su estado mental matizado en sueños y en actos. Usted no buscó esa información sobre mí. Me entregó casi en secreto a una institución y a un catedrático que tampoco poseían información alguna. Este vino equipado con sus libros de texto y sus obras eruditas que se había aprendido de memoria y sobre las que se había examinado, pero eso era algo distinto a lo que tenía ante él. Puesto que el fiscal general del reino era un profano lego en la materia, el catedrático debería haberme rechazado al instante. Acaso debería haberse abstenido de presentarse aquí con sus conocimientos profesionales, ya que la tarea se encontraba totalmente fuera de su alcance.

Además, ¿para qué iba a servir todo eso? ¿Se trataba de conseguir que se me declarase demente y, en consecuencia, no responsable de mis actos? ¿Es esa la buena voluntad que quería ofrecerme el señor fiscal general? En ese caso no ha contado conmigo. Desde el primer momento, en el juzgado de instrucción, el 23 de junio, me responsabilicé de mis actos, y desde entonces he mantenido íntegramente esa posición. Pues sabía por mí mismo que si me dejaban hablar con libertad, el viento soplaría a favor de la absolución, o algo tan cercano a la absolución como yo hubiera podido esperar y el tribunal aceptar. Sabía que era inocente, sordo e inocente, me habría manejado bien en un examen realizado por el fiscal general, contándole la mayor parte de la verdad.

Pero esta situación se trastocó por las circunstancias por las que fui encerrado, mes tras mes privado de libertad, de voluntad, a la fuerza, con prohibiciones, torturas, inquisición. Soy consciente de que la institución puede expedir esmerados certificados que digan otra cosa. Que lo haga. No todos tenemos la misma sensibilidad, para bien o para mal, pero reaccionamos de diferentes maneras en nuestras aportaciones. Algunos viven, descansan y trabajan a tirones, no consiguen nada especulando. Si alguna vez reciben una pizca de la gracia del cielo, entonces todo marcha sobre ruedas en ese instante, por lo demás se quedan inmóviles. Yo, por mi parte, habría preferido diez veces estar entre rejas en una cárcel ordinaria que ser torturado conviviendo con esos seres más o menos enfermos mentales de la Clínica Psiquiátrica.

Pero allí me quedé.

A un preso no hay que ahorrarle disgustos. El profesor preguntaba y yo contestaba, sin parar de escribir porque era sordo, tenía que esforzarme por responder a todo. Estaba sentado bajo la débil luz procedente de una cúpula velada en lo alto del techo, era durante los meses más oscuros del año, poco a poco notaba cómo se me iba debilitando la vista, pero escribía para que la pericia y la ciencia no fracasaran conmigo. El profesor exigió que me explicara sobre mis «dos matrimonios», como él decía. Me negué —la primera vez tan rotundamente que pensé que sería suficiente. Pero no fue suficiente. El profesor repitió su tremenda pregunta por escrito y oralmente otras dos veces, echando la culpa en ambas ocasiones a «las autoridades». No le contesté con una sola palabra. No era a mí a quien quería ocultar, quería prevenir una barbaridad.

Pero el profesor sabía cómo proceder. Consiguió el permiso de «las autoridades» para trasladar a mi mujer de Arendal a la clínica de Oslo, con el fin de someterla a un examen. El resultado de esa sesión se puede leer desde la página 123 en adelante del gran opus que se ha enviado a la audiencia comarcal.

A un preso no hay que ahorrarle disgustos. ¡Por nada del mundo!

Cuando en un determinado momento creí vislumbrar el final de tanta pericia, el profesor me dejó pasar por algo que él llamaba la investigación o prueba judicial. Resultó ser exactamente lo mismo que lo anterior, las mismas preguntas y las mismas respuestas de meses atrás. Ni siquiera había cambiado el tono, no había un nuevo enfoque, ni otro nivel, alguna diferencia que pudiera haber mostrado que estábamos trabajando en profundidad. Nada. Lo único era alargar el tiempo semanas y meses.

La última vez que me atreví a pensar en el final, el profesor había recibido tres cartas mías que yo tendría que explicar. Las cartas eran de hacía 50 —cincuenta— años y no trataban de nada malo por mi parte, sino más bien del maltrato al que me habían sometido en los tiempos del mal afamado Mossin en la policía. Y tuve que ponerme a escribir de nuevo porque estaba sordo, ya no tenía ningún interés para vivos ni muertos, pero el episodio sirvió para atormentarme un poco más. Logré superar también eso, pero durante las últimas semanas me mantuve a flote gracias a mis reservas. Cuando un amigo me encontró y me sacó de allí, era como gelatina.

¿Y para qué había servido todo aquello? Derecho y justicia, un extenso aparato. Nombramiento por parte del juez de instrucción de dos psiquiatras ya elegidos de antemano, transporte con vigilancia policial de ida y vuelta por el país, publicidad con visitas de extranjeros a los que se les enseñaba a la bestia encerrada, cuatro meses para colocar eruditas etiquetas a cada imaginado estado de ánimo en el que pudiera encontrarme y, por fin, la sentencia: Yo no era ni había sido un enfermo mental, pero tenía las facultades mentales mermadas.

Por desgracia sí. Y sobre todo las había mermado mi estancia en la Clínica Psiquiátrica.

Se nombraron dos peritos, pero uno de ellos se mantuvo —o lo mantuvieron— casi totalmente al margen. Vi dos veces al director, y las dos durante tal vez un cuarto de hora, parecía un buen hombre, nada presuntuoso. Solo cometió el inesperado error de ponerme ante los ojos un informe de mi visita a Hitler, en la que supuestamente me había pronunciado en contra de los judíos. Hasta la fecha no he leído ese informe, y mucho menos lo he aceptado. ¿Iba yo a atacar a los judíos? Para eso he tenido demasiados amigos judíos, que han sido buenos amigos. Insté amablemente al director a que buscara en la totalidad de mi producción algún ataque a los judíos.

Al escribir sobre y en contra del profesor como segundo perito, desde luego no ha sido mi intención poner en duda su capacidad en sí. Estoy seguro de que sabe de lo suyo. Yo simplemente sostengo que lo suyo no me concernía a mí. Ni el hombre ni su oficio eran nada para mí.

¡Señor fiscal general del reino! Al mismo tiempo que publicó usted la sentencia que los peritos dictaron sobre mi persona, permitió que llegara al público la declaración de que anulaba usted el procesamiento contra mí, evitando la acusación.

Perdóneme, pero volvió a actuar en eso sin mi participación. No se le ocurrió que yo pudiera estar descontento con esa decisión, se olvidó de que en el juzgado de primera instancia, y siempre desde entonces, he mantenido lo que he hecho, esperando mi sentencia. Su impulsiva intervención me hizo quedarme colgado entre el cielo y la tierra, y mi caso no fue resuelto a pesar de todo. Quedaba la mitad sin resolver. Pensaba usted que eso me vendría bien, pero no fue así, y creo que algunas personas me darán la razón. Hasta hace poco era no del todo un don nadie en Noruega y en el mundo, y no me convenía pasar el resto de mis días en una especie de amnistía concedida por usted, sin responsabilidad de mis propios actos.

Pero usted, señor fiscal general del reino, me quitó el arma de la mano.

Pensará que ha remediado esa situación —ahora más tarde— mediante una citación a la audiencia comarcal. Eso no enmienda nada, me han empujado fuera de mi postura firme y limpia. ¿Qué pasará ahora con su «anulación de acción judicial» y su sobreseimiento? Permite usted que entrevisten a sus juristas y sus escribanos sobre mi caso por cada punto de vista que cambia, me usa como conejillo de Indias en su muy especial técnica judicial. Podría haberse dejado guiar por mi postura en el juzgado de primera instancia, de esa manera habría evitado tener que recibir directrices para sus actos de periodistas y de prensa. ¿Y qué pretende usted hacer finalmente con mis cuatro meses de tormento en la clínica? ¿Voy a recibirlos gratuitamente de su mano? ¿Debo tomarlos como un castigo anticipado, además del que va a venir?

Si me hubieran molestado menos, mi intención habría sido proceder a la absolución en la audiencia comarcal. Esta idea no es tan descabellada como tal vez piense usted. Me queda un resto de mis «facultades mentales mermadas», y lo habría empleado primero en hablar de una determinada materia, luego habría invitado al tribunal a juzgar mi caso con justicia y nada más que justicia.

Pero he desistido de este plan, he perdido el ánimo. Incluso en el caso de un buen resultado en el juicio, no hay nada que impida una vuelta más de tuerca en cuanto a la opinión pública. De nuevo me habría convertido en un conejillo de Indias.|

Respetuosamente.

*

El verano pasa. No noto en mí ninguna gran diferencia entre las estaciones, no se suceden en meses, el tiempo no tiene tiempo y el verano me desaparece.

Pero ha sucedido algo. No escribo ningún libro, ni siquiera un diario, Dios me libre, me salto grandes trozos en línea recta y ni siquiera llevo la cuenta de lo que pasa. Pero algunas cosas del mundo exterior sí penetran en mí. Se ha ido la vieja directora de la residencia y una nueva ha venido en su lugar. Una de las dos bellezas de la oficina de abajo nos ha dejado, pero nos queda la otra. Nuestra vieja residencia de viejos se nos ha quedado anticuada, y tenemos intención de construir una nueva.

No es poca cosa. Veo que los vejestorios ya tenemos algo serio de lo que hablar, vamos a tener baños, lavandería, enfermería, panadería, gallinero, leñera y habitaciones exteriores para veinte o treinta personas bajo un solo techo. Nunca antes hemos sabido nada de tales prodigios, y tiene lugar en nuestra imaginación un acelerón que no hemos sentido desde la juventud. Algunos intentamos defender nuestra antigua residencia, tampoco hemos estado mal en ella, y además… ¿no hemos venido aquí para morir? Sí, claro. Pero hay que aprovechar lo que se pueda hasta el último momento. Tenemos que estar al día, ¿no? Tenemos que modernizarnos, ¿verdad? Tráenos una nueva residencia, no nos costará nada acostumbrarnos a nuevas necesidades así, con un pie en el estribo, y morirnos con un cigarrillo en la boca.

Claro que nos vamos a morir, dice san Agustín, pero todavía no.

*

Me compro unos cordones para los zapatos. Son demasiado largos y me dan tres vueltas alrededor de la pierna, pero no hago nada para remediarlo. Descubro al hombre que está construyendo una casa en la cuesta. Resulta vergonzoso verlo construir su nuevo tejado en un ángulo torcido encima del antiguo tejado, que va a seguir ahí. ¡Qué puntería tan mala! El hombre ha trabajado en la construcción en América, así que sabrá lo que hace. Pero no me animo a ir a investigar quién de nosotros se equivoca. Eso lo habría hecho el año pasado, antes de que me pusieran en manos de los doctores.

Llevo mucho tiempo pensando en reparar mis chanclos, ahora que se acerca el otoño. Datan de la Primera Guerra Mundial, pero todavía tienen buenas suelas, lo que ocurre es que el chanclo derecho se ha roto y ya no se ajusta al pie. Lleva años molestándome, pero ahora se ha vuelto completamente imposible, porque di un traspiés con él y tuve que llevarlo a casa en la mano. Ese chanclo se está convirtiendo en una cruz. Lo coso con un fuerte hilo amarillo de lana, pero no sirve, revienta por cada punto que doy y queda aún peor. No hay nada más que decir sobre este tema, pero han sido unos buenos chanclos, he andado con ellos por muchos países, con reventón y todo, me siguieron a Viena y a ver a Hitler una famosa vez. Los habría tirado lejos de no haber sido porque mis zapatos necesitaban esas gruesas suelas para poder andar. Una cosa va ligada a la otra. Y me he atado el chanclo con uno de los dos cordones.

*

Uno, dos, tres, cuatro —así voy anotando pequeños textos para mí mismo. No sirve de nada, no es más que una vieja costumbre. Tengo una tubería por la que se me escapan palabras prudentes. Soy un grifo que gotea, uno, dos, tres, cuatro…

¿No hay una estrella llamada Mira? Podría haberlo consultado, pero no tengo donde hacerlo. Da lo mismo. Mira es una estrella que llega, brilla brevemente y luego desaparece. Esa es toda su vida. Ser humano, en este punto pienso en ti. De todo lo vivo en el mundo, tú has nacido para poca cosa. No eres ni bueno ni malo, te has creado sin un objetivo planificado. Vienes de la niebla y vuelves a la niebla, tan cordialmente imperfecto eres. Tú, ser humano, si te subes a un caballo raro, ya no hay nada que haga raro a ese caballo. Así siempre, todos los días y por el mismo camino, lentamente…

¿Te bajas de un salto tocando la tierra con tu sombrero ante dos ojos, dos ojos con los que te encuentras? No tienes vida para eso.

Justo en este momento sube arremolinándose desde lo subterráneo una nueva estirpe llena de esperanza. Es recién nacida e inocente. Leo sobre ella, pero no conozco ningún nombre, y lo mismo da. Es una luz para el caminante, llega, brilla un poco y desaparece. Va y viene, como yo iba y venía.

*

Yo tenía un tío, un hermano de mi madre, en Hamarøy, un solterón muy soltero, tacaño y enfadado, taciturno, con lo que se dice una buena cabeza, un hombre rico. No era una estrella, pero tenía una casa en la finca de la parroquia, y se hacía cargo del correo de toda la comarca —pues en esa época no había una oficina de correos cada diez casas—. Mi tío era un tipo extraño, había conseguido comprar una casa grande con hórreo que pertenecía a los edificios de la propia parroquia. No sé cómo lo consiguió, pero el párroco, con el que necesariamente tendría que negociar, se llamaba Bent Fredrik Hansen y más tarde se mudaría a Ørlandet. Tras él llegó a nuestra isla de Hamarøy Fredrik Motzfeldt Raum Flamark, para luego mudarse a Nordre Odalen. El último párroco fue Christian Engebret Nicolaisen, pero no sé qué fue de él, porque me fui del lugar y lo perdí de vista. Pero todo ese tiempo mi tío vivió en su gran casa con hórreo añadido, comprado a la parroquia.

Además del correo, también se ocupaba de la biblioteca pública, la cual, por cierto, salvó del deterioro total. Vendía y compraba cosas sin patente, recibía libros del sur para vender, y también escribía para encargar libros para la biblioteca según su propio parecer. No pedía permiso a nadie. Su ama de llaves se llamaba Sissel, tal vez fuera buena persona, pero me tuvo muerto de hambre durante varios años.

En mis tiempos, mi tío no era un hombre viejo, pero las manos se le estaban paralizando, y ya no podía escribir. Yo tenía ocho años cuando llegué a su casa, y me entrenó para que le escribiera todo, fustigándome de un modo vergonzoso. Él yacía vestido todo el santo día sobre eso que llaman banco cama, cada vez más paralítico.

Todo esto da igual.

Pero un día —tendría yo unos nueve años— entró en la oficina de correos un hombre moreno y alto, un gigante. Me entregó una carta y una moneda de cuatro chelines para el sello.

Mi tío se puso a hablar con él, se llamaba Hans Paulsen Torpelvand, y vivía en la parroquia vecina, Tysfjord, pero venía a nuestra oficina porque le quedaba más cerca.

¿De viaje hoy?, le preguntó mi tío.
Sí, con una carta para mi hijo, que vive en Kristiania.
He leído sobre él, dijo mi tío.
Ah sí, repuso el padre. Yo también he leído sobre él, pero entiendo muy poco.
Ya.
A su madre le gustaría verlo volver de sacerdote. Pero no creo
que lo haga.
Mi tío contestó desde el banco: ¡Su hijo es más que un sacerdote!

No sé por qué lo sabía mi tío, seguramente por los periódicos y libros en los que hurgaba. ¿Pero quién era ese hijo tan prometedor en Kristiania? Nada menos que el escritor y bibliotecario Paul Botten-Hansen. Uno de los mejores noruegos de su época.

También mi padre tuvo una vez un hijo prometedor.

Y no son pocos los cuidados que hacen falta para una de esas promesas. Pero no permitamos que los que defraudamos nos pongamos trágicos. No merece la pena.

*

Hay un pequeño abeto en la parte de abajo del descuidado jardín del vecino. ¡A mí qué me importa! Apenas miro en esa dirección. Lo cierto es que no recibe muchos cuidados y creo que está condenado a morir. Es hermoso y pequeño, un metro de alto y derecho como una vela, pero hay un enorme álamo haciéndole sombra, y rozándole la copa con sus hojas día y noche, privándolo de todo reposo. Si no se encontrara en mi camino, pero no es el camino de nadie más, y no estuviera tan desvalido…, pero a mí no me concierne. Como no tengo nada que ver con él, simplemente doy una vuelta por donde se encuentra en oscuras noches de otoño y quito algo de follaje y ramas para que el abeto descanse alguna noche. Pero muchas mañanas hay nuevas hojas y nuevas ramas, y no llego arriba. He buscado una caja para subirme, pero hay luz en todas las ventanas y un perro que avisa. ¿Por qué no voy a plena luz del día a quitar hojas y ramas de una vez por todas? Podría haberlo hecho el año pasado. Pero entonces no estaba aquí, ingresado a la fuerza.

Todo esto es muy ridículo.

Espero un día al vecino, lo saludo y le digo: ¡Debería usted podar el álamo y salvar a ese pequeño abeto! Él no contesta, supongo que ha leído en el periódico que han tenido que hacerme un examen mental. Me da pena el pequeño abeto, digo. Entonces el hombre esboza una torcida sonrisa hacia una ventana abierta de la casa y se va.

En mi ociosidad mato el tiempo algunas oscuras noches de otoño cortando hojas y ramas. Pero no alcanzo hasta arriba y el viento mueve más hojas y ramas. Resulta imposible.

Pero una mañana veo a un hombre con hacha y sierra que poda el álamo entero, de arriba abajo. A mí no me importa, dice, pero parece haber recibido órdenes, también aprovecha para podar algunos otros grandes árboles foliáceos. Allá él.

¿Acaso el otro día había alguien detrás de la ventana, escuchando lo que le decía al vecino y viendo su torcida sonrisa? Apuesto por la esposa.

Y, por cierto, hasta la primavera no se verá si la copa del pequeño abeto aún sigue viva. Una larga espera.

*

Alguien me llama, lo oigo…

Pero no es verdad, son solo imaginaciones. Quiero hacerme el interesante ante mí mismo. Es una negligencia por mi parte no haber exhibido ante los psiquiatras este botón, así habría conseguido un buen nombre para mi mal. Aquí estoy, sano y salvo, engañándome a mí mismo deliberadamente. Será como mínimo esquizofrenia.

Pensar que alguien puede llamarme es una payasada, y que me lo invente para mí mismo ya es demasiado, no lo habría tolerado de nadie. Nadie me ha llamado, pero hago como si así hubiera sido.

¿Por qué lo hago? Mis pensamientos vuelan muy lejos. Lo hago como un ejercicio, lo hago con el fin de reponerme después de la depresión en la Clínica Psiquiátrica. Ha disminuido algo en el transcurso de los meses, pero no me abandona del todo. Era ya demasiado viejo cuando se inició el experimento conmigo, tardaré en superarlo. Deposito mi esperanza en mi sensatez de campesino, y mi buena salud general.

¿Entonces es algo que me he sacado de la manga eso de que alguien me llamara? Su origen puede encontrarse en un par de preguntas hechas por el profesor Langfeldt. ¿Había vivido yo alguna vez una experiencia extraña, algo llamado sobrenatural? Empecé ingenuamente a reconstruir una profunda y bonita experiencia de mi infancia, pero no lo conseguí, todo mi esfuerzo fue en vano, el profesor no entendió nada. ¿Pero no ha oído usted nada?, preguntó. No contesté. No me dio la gana.

Debió de ser el recuerdo de esa sesión lo que se convirtió en la idea de que alguien me estaba llamando. No se me ocurre nada profundo que decir sobre ese tema.

En cambio, respecto a los asuntos terrenales, me he enterado por fin de lo de la navaja. Ya es bastante. Me llegó como algo querido e inesperado. Ay, qué necesitados estamos los seres humanos. No vemos gran cosa, no se nos ocurre casi nada, no intuimos mucho. Debería haberlo entendido por mí mismo, pero no fue así.

Cuando Stevenson estuvo escribiendo en su isla de Oceanía, escuchó una voz divina dentro de él. No preguntó, no consultó en los libros, era el genio en erupción, tenía revelaciones. Estaba enfermo, pero se curó escribiendo en una locura celestial. Leyó sobre los seres humanos en la época del cemento y murió de un derrame.

Pues sí, la navaja es mía, me la envió el jefe de correos de Aurdal, Erik Frydenlund, hace mucho tiempo. Es una pena que no tuviera esa navaja cuando estuve cortando hojas y ramas en las oscuras tardes de otoño.

¿Pero cómo me había llegado en secreto esa navaja al hospital de Grimstad? Una historia muy sencilla: mi nieto, el pequeño Esben, estuvo allí y andaba loco por tener esa navaja tan grande y maravillosa, de manera que a su madre no se le ocurrió otra cosa que esconderla en el fondo de la cesta de leña. Bien. Pero claro, cuando se marchó se olvidó de avisarme.

Mientras escribo lo de la navaja conviene mencionar otro asunto: tengo nuevos chanclos. Los de mi casa me equipan, habrán reunido sus coronas y céntimos para comprarlos entre todos.

Pero no me hacen falta chanclos nuevos, he atado los viejos de las suelas gordas y hace meses que los llevo. ¿Para qué iba yo a usar mis cordones demasiado largos si no era para atar la suelas? Y lo bueno es que han resultado muy eficaces, ni siquiera se nota que están atados.

No tengo intención de estrenar los chanclos nuevos.

*

Ojalá terminara ya el invierno. ¡Ojalá hubiese terminado ya el invierno, Dios mío!

Mi vista está algo debilitada. Me resulta extraño no ver bien, y al principio pensaba que no era verdad, pensé que me había entrado una mota en el ojo. Tenía mis excelentes gafas con las que veía muy bien hasta hacía solo unos meses, ¿estaban fallándome ya?

Cogí un taxi carísimo para ir al oftalmólogo. Escúcheme; ya no veo con nitidez, ni para leer como antes ni para enhebrar una aguja, ¿qué rareza es esta? ¿Les pasa algo a mis dos ojos a la vez? Apenas recibo respuesta, el médico gira unos botones que muestran líneas blancas y rojas, letras y números. Al parecer, a mi ojo izquierdo le pasa algo, comento a modo de orientación. No contesta. Eso me irrita y prosigo: Pues cuando me tapo el ojo izquierdo todavía puedo leer letras claras y grandes. Pero cuando hago lo contrario y me tapo el ojo derecho, no veo más que una gran mancha negra. Hm, dice el médico. ¡Eso me irrita aún más e insisto en que entonces a mi ojo izquierdo le pasa algo! Puedo ponerle unas gafas prismáticas si quiere, dice por fin. Claro que quiero gafas prismáticas, digo, también hay algo llamado gemelos prismáticos, con los que vemos monstruos. Creo que esto es todo lo que podemos hacer con usted, dice, con una inclinación de la cabeza.

¡Es increíble! Vuelvo a casa en taxi, bastante desesperado por culpa del oftalmólogo, pues no le creo, no le creo nada.

Busco entonces una manera de ir a Oslo. Se acerca la Navidad, he de darme prisa. Como no soy capaz de ir en un tren sentado derecho durante doce horas, consigo que se me apunte con precisión el día en que puedo ir en barco, y me pongo en camino. Va bien, todo el mundo me ayuda, y me encuentro a mis anchas, un hombre en su mejor edad. Todo está organizado, estoy en Oslo, voy al hotel, como, me afeito y voy al oftalmólogo.

Allí empiezan algunas dificultades. Es un día triste, llueve, las calles están horribles y no veo. Subo cinco plantas de un edificio y las vuelvo a bajar. Sospecho que me he equivocado de casa y me quedo mirando los números. De repente un hombre me saluda, va acompañado de una joven. ¿Puedo ayudarlo en algo?, pregunta. No, gracias, solo estoy buscando al oftalmólogo, digo. ¡Allí!, dice señalando. La joven sonríe. ¿Cómo es que se toma la molestia de ayudar a un desconocido con este tiempo tan espantoso?, pregunto. La joven sonríe aún más. Lo he reconocido, dice él. Se lo agradezco profundamente y entro en el edificio. ¿No había estado allí ya, hasta en la quinta planta? Busco escrupulosamente en todas las plantas y entre todos los nombres y encuentro al médico. Hay tres personas delante de mí en la sala de espera.

Por vieja costumbre me pongo a ojear revistas y magacines, pero no veo gran cosa. Tengo que esperar. Los pacientes entran y salen, se suceden, una enfermera sale a consolarme y me dice que tendré que esperar un poco más, pero que no será mucho tiempo.

Ya me he tranquilizado, pronto recuperaré la vista. Ha sido muy amable por parte del señor y de la joven tomarse el tiempo de ayudarme con esta lluvia. Una paciente me habla, pero como estoy sordo, hago gestos al tuntún. Ella sigue hablando, y yo me señalo las orejas para indicarle que últimamente oigo fatal, pero que mis ojos no están nada mal, excepto por una mota en el ojo izquierdo. Estoy de buen humor y parloteo sin parar. Finalmente la mujer sospecha de mis sentidos varios y me deja en paz. Pasa mucho tiempo hasta que me llaman. La mujer ha escrito algo en una hoja, me da las gracias por algunas de mis novelas o algo por el estilo…

En la consulta, el médico prueba varias cosas, pero es amable y no me hace pasar por líneas rojas y letras. Probamos con cristales y lupas, tuve que volver un rato a la sala de espera, pero ahora le tocaba entrar a la mujer, y ya no volví a verla.

El resto de la consulta transcurrió rápidamente. Me recomendó dictar. ¿Dictar? No puedo, nunca he podido. ¿Pero por qué iba a dictar? Si ya no escribo, lo dejé hace muchos años. Pero en cambio me gustaría recuperar la vista para poder leer un poco y cosas así. Ah, bueno, de acuerdo. Telefoneó a Optikus y encargó algo para el mes de enero, tendría que esperar hasta entonces. ¿Pero no puede usted ponerme unas gafas ahora mismo?, pregunté. Déjeme ver sus gafas. Estas parecen buenas, dijo. Sí, excelentes, respondí, hasta hace unos meses veía con ellas como en mi juventud, pero ahora supongo que necesito unas de más graduación, ¿no? El médico rellenó una receta, apenas la miré, pero debía entregarla en enero. No me dio gafas, pero sí algo extraño que no había pedido: ¡la receta de una lupa de mano y un frasco de yodo! Podría pasarme por la farmacia y llevarme el yodo en el momento, dijo. Cuando quise pagarle, me alejó con un movimiento de la mano y volvió a su mesa.

De manera que regresé al hotel con un frasco de yodo y la receta de una lupa de mano que compraría en Optikus en el mes de enero. No me dio nada para los ojos.

Gente muy rara esos oftalmólogos. Desde entonces tengo una mala opinión de ellos.

Pero por lo demás, la estancia en Oslo fue puro placer y alegría, las Navidades más maravillosas que he vivido nunca en un hotel. Paseé, visité a hijos y nietos, fui a exposiciones, caminé de buen humor observando la ciudad de Oslo tras muchos años de ausencia. Un montón de cosas eran nuevas para mí, el tráfico de autobuses, todos los restaurantes, una juventud completamente desconocida en la vida diurna y nocturna. Todos se mostraron amables y corteses conmigo durante mis paseos, querían cederme el asiento o el periódico, al ver que iba a bajarme querían abrirme la puerta, pero yo había sido conductor de tranvía en Chicago y me manejaba bien por mi cuenta. En general, no fui capaz de notar ninguna amabilidad enfriada hacia mi persona, aunque seguía estando arrestado. Una joven me paró en medio de la calle de Karl Johan, dijo algo, se rio y me abrazó. Recuerdo que tenía los ojos oscuros. Un hombre que llevaba una mochila me miró y dijo: ¿No lleva usted chanclos con este tiempo? ¡Venga conmigo y le daré unos! Tiró de mí, queriendo que lo siguiera. Cuando se puso pesado, le di las gracias y conseguí meterme en el hotel.

Pero había muchos problemas con los barcos en las fiestas, tuve que esperar a que hubiera billete. Diez días después volví a la residencia de ancianos.

*

Mis cosas se encuentran en un estado deplorable, no he contestado las cartas, no he agradecido las flores que he recibido ni los pequeños saludos con tarjeta. Este ya es el segundo año que he dejado de darle las gracias a mi buen editor de Barcelona, que nunca se olvida de mandarme un telegrama con deseos para el año nuevo. Hay un montón de cartas del extranjero y en el fondo de la maleta aún muchos más saludos del año pasado. No saben que estoy en la cárcel, no se imaginan que no he conseguido un lugar en el «cambio de sistema». Yo sí.

Los días avanzan.

Sigo sin entender gran cosa de lo que ocurre en el mundo, leo los periódicos y estudio los telegramas, pero no soy lo suficientemente listo, aún tengo que seguir reponiéndome. El viaje a Oslo me sentó muy bien, aunque no me aportó ninguna solución para los ojos. Atamos al animal doméstico con suavidad, dejándole mucho margen de movimiento, y lo abandonamos. Bueno, atado está. Pero al menos debo agradecer esa indulgencia oficial que me permitió hacer el viaje, habría sido peor si no hubiera podido hacerlo. Ocurrieron muchas cosas, y yo no era exactamente un vejestorio de buen ver para aquella joven que me abrazó en la calle de Karl Johan. No. Y no vestía como un mendigo, pues lucía un bonito abrigo ante ese caballero que quería regalarme unos chanclos. Y aparte de esas dos, hubo innumerables personas que se mostraron amables. No vi ni odio ni desprecio en la gente. Menos mal. En cualquier caso, me habría sido indiferente. Soy ya tan viejo…

*

Entre las cosas que me cuestan comprender está por qué los gacetilleros y el público en general siguen interesándose por mi «causa» y por qué esta causa se sigue aplazando.

El verano pasado fue aplazada nada menos que tres veces a distintas fechas. Y no cambió nada el que el 1 de mayo del año 46 recibiera una citación formal para presentarme ante la audiencia comarcal, solemnemente anunciada por la policía de Grimstad. No cambió nada: la causa fue aplazada —¡aplazada hasta el otoño, hasta el mes de septiembre! Eso ya era un buen salto. Pero no, la causa fue aplazada de septiembre del 46 a marzo del 47. Para entonces se había convertido ya en comedia y en el arte del funambulismo. Ya dejo de anotar más fechas.

¿Acaso no me había mantenido escrupulosamente informado? Pero no veía más que agitación y cambios por donde mirara. Primero dimitió el fiscal general del reino. Luego dejó su puesto el presidente del tribunal comarcal y volvió al de juez de primera instancia. A continuación nos abandonó nuestro fiscal general para convertirse en juez en la provincia vecina. Se me informó una y otra vez de que mi causa estaba lista. Simplemente no se llevaba a juicio.

Especulo e intento averiguar si existe alguna ventaja judicial en mis «aplazamientos». ¿Sería posible que alguien estuviera especulando con mi vejez, esperando que me «muera por mi cuenta»? Pero si así fuera, mi causa quedaría sin resolver para siempre, ¿y cuál sería la ventaja? ¿No sería más sensato hacerme algo mientras siga vivo? Además, se dice que no hay nada más cansado y eterno que andar esperando la muerte de otra persona. Algunos herederos pueden contarlo.

Boganis habla de un perro que había perdido el ratro, pero que recuperó el olfato al pasar a gran velocidad por encima de una zanja, para seguir sin más por el otro lado. Ya lo creo que lo hizo, continuó sin más por el otro lado.

Más cosas que siguen: mi último aplazamiento fue para marzo del 47, ¿verdad? Ahora estamos en el mes de marzo del 47, incluso en abril, y hoy leo que mi causa se aplaza hasta «alguna fecha del verano». No me altero por ello, solo hago un gesto afirmativo con la cabeza, indicando que conozco el fenómeno. Tras el 47 llega el 48. Un animal doméstico está atado.

Es probable que a partir de ahora lo más práctico fuera aplazarme de medio año en medio año o de año en año. Porque, ¿cómo si no superar mi longevidad en los años venideros? Un factor molesto a tener en cuenta.

Ahora se le echa la culpa al Tribunal Supremo, se dice que es el Tribunal Supremo el que no acaba con mi causa. Está bien poder echar la culpa a algo firme.

*

(Continuará…)

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